«Si él no es la palabra de Dios»
Publicado el 16. dic, 2012 por Cuadrivio en Cuadrivio proteico
La díada padre-hijo en el escenario posapocalíptico de The Road, de Cormac McCarthy
Comúnmente damos una importancia casi nula a la figura del padre en la crianza temprana de los niños. Y es efectivamente difícil que un infante cree vínculos tan profundos con su padre como podría hacerlo con su madre. En este ensayo, la relación padre-hijo se analiza en el mundo pos-apocalíptico de The Road, novela de Cormac McCarthy, donde los personajes silenciosos y siempre al borde del peligro extienden entre sí un lazo vital, al tiempo que distante.
Antonio Puente Méndez
La famosa cita de la antropóloga estadunidense Margaret Mead, en la que sentencia que «los padres son una necesidad biológica, pero un accidente social»[1], puede parecer exagerada en la actualidad si se toma en cuenta que, en los últimos 20 años, se ha comenzado a replantear el papel que el padre tiene en la crianza de los hijos. Es innegable que la participación del padre en el desarrollo del infante es cada vez más reconocida y la sociedad, en general, ya fomenta la creación de espacios para que esta relación prospere. Sin embargo, hasta nuestros días siguen permeando ciertas ideas sobre la paternidad que refuerzan los roles de género establecidos en las familias tradicionales. Todavía se considera que la madre es la principal encargada del cuidado y de la crianza de los niños y que, si bien el padre también ayuda, hace eso, sólo ayudar como si fuera un apoyo complementario, mas no vital. Incluso si la madre trabaja, sus obligaciones con el niño se siguen relacionando con la esfera privada de la sociedad –ésa que tiene que ver con los afectos, las emociones y la construcción de la psique del niño–. En cambio, la influencia del padre se relaciona más con la esfera pública. Por sólo dar un ejemplo, Robert E. Lane señala que «[el padre] coloca al hijo en un contexto social, le da una identidad étnica, posición de clase, y un ambiente de comunidad»[2]. Es decir, la construcción del niño como persona psíquica se da a través de las enseñanzas de la madre, pero se significa como individuo social a partir del padre. En ese sentido, se siguen reafirmando las narrativas en las que se establece que la madre es instructora y el padre proveedor.
Mucho se ha criticado la Teoría del desarrollo sexual, postulada por Sigmund Freud en 1905, específicamente debido a su formulación del concepto de la envidia del pene que las niñas sienten cuando atraviesan por el complejo de Edipo —entre los tres y cinco años—, por ser aparentemente misóginas. No obstante, pocos han cuestionado el hecho de que, en esta misma teoría, Freud considera que, hasta esta etapa, el padre carece de cualquier importancia en el desarrollo del infante. Antes de que esto ocurra, la madre y el hijo funcionan como una díada perfecta. La labor del padre es interponerse entre ellos para romper con esta relación simbiótica[3]. Incluso en teorías posteriores dentro del psicoanálisis que cuestionan las ideas de Freud, como la de Melanie Klein que se centra en el desarrollo psicosexual del infante, se reformula el papel de la madre y su importancia en la vida de sus hijos, pero, curiosamente, no el del padre.
En la novela The Road [La carretera] (2006), del escritor estadunidense Cormac McCarthy, se presentan y cuestionan las dificultades que existen para que haya una relación armónica entre un padre y su hijio. Lo interesante de este texto es que la narración se desarrolla en un ambiente posapocalíptico en el que, básicamente, ya no existen estructuras sociales. Por eso, examinaré cómo es que el texto señala la falta de estructuras que faciliten el desarrollo de la díada padre-hijo, incluso en una situación tan extrema como es el fin del mundo, pues, aunque el padre trata de proteger a su hijo, hay una barrera que impide la formación de un vínculo afectivo que pueda articularse. Esto lo haré con la finalidad de mostrar la manera en que la novela reivindica la importancia de la figura paterna en el desarrollo integral del niño, en una sociedad que generalmente hace énfasis sólo en el valor de la madre.
La trama de The Road es muy simple: después de que un evento nunca especificado en el texto destruye casi toda forma de vida en la Tierra, un hombre y su hijo –cuyos nombres nunca son mencionados– emprenden un viaje hacia el sur, pues el frío cada vez más intenso vuelve imposible permanecer en el sitio donde se encuentran. Al principio, parecería que el único problema que deben enfrentar es la falta de comida y de ropa, que tratan de encontrar en casas y supermercados abandonados. Sin embargo, pronto se descubre que hay una gran amenaza en los caminos que recorren: bandas de sobrevivientes que recurren al canibalismo para conseguir comida. Es decir, el viaje de estos personajes se torna más peligroso, pues en cualquier momento pueden ser capturados y asesinados para convertirse en alimento de otros humanos. En consecuencia, el que podría ser un desplazamiento relativamente sencillo a través de los caminos despoblados del territorio que alguna vez fue Estados Unidos, y del que sólo quedan letreros que dan la bienvenida a atracciones turísticas ya desaparecidas, se convierte en una búsqueda continua de refugios en los que puedan dormir con una fogata encendida sin ser descubiertos por estos grupos de cazadores a los que llaman «los malos» –comparados con ellos, «los buenos»–.
La primera parte de la novela se construye a partir de pequeños fragmentos con diálogos mínimos y en los que se pone mayor atención a las descripciones de los lugares por los que pasan que a las acciones que realizan. De esa forma, el lector puede hacerse una idea del escenario por el que los personajes caminan y que, si bien en un principio da la impresión de que se encuentran en medio de un bosque de árboles quemados en el que las noches eran «oscuras más allá de la oscuridad y los días cada vez más grises, como el principio de algún frío glaucoma que apaga el mundo»[4], es todavía más devastador cuando atraviesan ciudades que se encuentran «quemadas en su mayoría. Sin señales de vida. Coches en las calles cubiertos de ceniza, todo cubierto de ceniza y polvo. Huellas fosilizadas en el lodo seco. Un cadáver en la puerta con la piel seca. Haciendo una mueca al día»[5]. Este énfasis que se hace en el espacio también provoca que el lector no forme una idea clara de la dinámica que existe entre el padre y su hijo. Es evidente que el padre trata de proteger al niño y de proveerle diversiones infantiles a pesar de la circunstancia en que se encuentran –en el carrito de supermercado que usan para cargar las cobijas con que se cubren en las noches, también lleva libros infantiles y juguetes que ha recolectado–, pero también es clara la distancia que el niño tiene con su padre. Si bien obedece a todas las órdenes que él le da sin cuestionarlas, se mantiene al margen y en muy contadas ocasiones habla con él –generalmente para preguntarle si van a morir–. Como señalan Robert J. Pellegrini y Theodore R. Sarbin, los silencios, sobre todo si se tratan de analizar en episodios emocionales de la vida de una persona, tienen una carga simbólica[6] que, en este caso, apuntan hacia la barrera emocional que el hijo tiene con su padre –porque, conforme avanza la novela, y su relación mejora, los diálogos se vuelven más numerosos–. Asimismo, los silencios en esta primera parte también funcionan para dar más fuerza a los diálogos, pues al ser tan escasos, todo lo que se verbaliza, adquiere mucho significado. Por sólo dar un ejemplo, en un momento en el que el niño está a punto de quedarse dormido, le pregunta al padre: «¿Qué harías si yo me muriera?», a lo que él responde: «querría morir también». El niño se aventura y dice: «Para que pudieras estar conmigo» y el padre sólo repite: «para que pudiera estar contigo»[7].
El primer cambio se da en la narrativa después de que avistan por primera vez a un grupo de caníbales y, al intentar esconderse, se encuentran frente a frente con uno de ellos. Si bien parecería que el padre tiene el control porque carga con una pistola, justo cuando intenta hacer un trato con el caníbal para que los deje escapar, éste toma al niño y pone un cuchillo en su garganta[8]. El giro se da cuando, a pesar de que el caníbal estaba seguro de que no dispararía, el padre «apuntó la pistola y disparó con las dos manos balanceadas en ambas rodillas a una distancia de seis pies. El hombre cayó hacia atrás instantáneamente y quedó tendido con sangre bullendo del agujero en su frente»[9]. En consecuencia, el padre y su hijo deben escapar de inmediato, ya que el disparo alertó al resto de los caníbales de su presencia, y, en consecuencia, dejan ahí todas las pertenencias que llevaban en el carrito de supermercado.
La transformación que se da en la dinámica de estos dos personajes se hace evidente cuando el padre lava con agua de un río al niño que está bañado en sangre. El primero se dice: «Éste es mi hijo, […] quito los sesos de un hombre muerto de su cabello. Ése es mi trabajo»[10] y así acepta que mató a un hombre, pero lo hizo para mantener a salvo a su hijo. En cambio, el niño se enfrenta a su primera experiencia violenta en este mundo posapocalíptico. Lo que antes le parecían sólo historias, ahora son realidad y, por lo tanto, su visión inocente del mundo comienza a destruirse. Como el padre le diría después, «querías saber qué aspecto tenían los malos. Ahora lo sabes. Puede pasar de nuevo. Mi trabajo es cuidarte. Fui elegido por Dios para hacerlo. Mataré a cualquiera que te toque. ¿Entiendes?»[11]. A pesar de esta demostración de amor incondicional, el niño comienza a cuestionar todo lo que su padre le dice. En primer lugar, lo que anteriormente aceptaba como verdades absolutas, como cuando el padre afirmaba que iban a encontrar comida o que no iban a morir, ahora le parecen mentiras y no intenta disfrazar su incredulidad ante lo que se le dice. De igual forma, continuamente pregunta si todavía ellos son «los buenos» y los caníbales «los malos», a pesar de que también ya mataron a un ser humano. Finalmente, la protección que antes sentía al tomarle la mano, también desaparece. Cada vez se vuelve más temeroso de lo que pueden encontrar en las casas vacías a las que entran en busca de comida. Por eso, la relación se torna más difícil. El padre pierde fácilmente la paciencia y el niño deja de seguir las órdenes que se le dan con la obediencia de antes: no quiere quedarse cuidando las fogatas que encienden para mantenerse calientes en las noches, pero tampoco quiere acompañar al padre a buscar madera para alimentarla.
A pesar de esto, el verdadero punto decisivo que cambia la relación de estos personajes es resultado de dos momentos muy contrastantes, pero que ocurren justo uno después del otro. El primero es la visita que hacen a una casa aparentemente abandonada en la que encuentran ropa nueva y zapatos, pero en la que descubren, al entrar al sótano en busca de comida, «personas desnudas agrupadas contra la pared del fondo, hombres y mujeres, todos intentando esconderse, cubriendo sus caras con las manos. En la cama yacía un hombre sin piernas [...] y los muñones ennegrecidos y quemados. El olor era horrendo»[12]; es decir, una alacena de humanos esperando a ser comidos. Aunque las personas que están ahí le piden ayuda, el padre y el niño tienen que huir porque en ese momento llegan los caníbales. Sin embargo, no pueden alejarse lo suficiente y el padre, debido al miedo que tiene de que los atrapen y se coman a su hijo, decide entregarle la pistola al niño y le dice: «Sabes cómo hacerlo. La pones en tu boca y apuntas hacia arriba. Hazlo rápido y con seguridad»[13]. El plan era que él saliera corriendo para distraerlos, pero, al darse cuenta del terror del niño, decide quedarse con él y esperar a que no los descubran. Así ocurre. No obstante, no puede evitar preguntarse si, en caso de que la pistola no sirviera, «¿podría triturar ese amado cráneo con una roca? ¿Hay alguien así dentro de ti de quien no sepas nada? ¿Puede haberlo? Tómalo entre tus brazos. Con cuidado. El alma es rápida. Jálalo hacia ti. Bésalo. Rápido»[14]. Por primera vez, el padre se cuestiona si lo mejor para su hijo es que muera. A pesar de todos sus esfuerzos por mantenerlo a salvo, se da cuenta del poco control que tiene sobre la seguridad del niño y de que en cualquier momento pueden atraparlos.
El otro momento se da cuando, después de mucho caminar y buscar comida sin éxito, el padre descubre un búnker afuera de una casa en medio de un terreno desértico. Al abrirlo y bajar, espera un descubrimiento similar al del sótano de los caníbales, pero, al contrario, encuentra «caja tras caja de comida enlatada. Tomates, duraznos, frijoles, chabacanos. Jamones enlatados. Carne curada. Cientos de galones de agua en envases de plástico de diez galones cada uno. Toallas de papel, papel de baño, platos de papel. Bolsas de plástico llenas con cobijas»[15]. En esta especie de paraíso se asientan sólo por unos días –ya que el padre teme que el lugar pueda ser descubierto fácilmente–. Sin embargo, lo importante de este pasaje es que, al contar con todos estos medios, el padre tiene la oportunidad de darle una vida relativamente normal a su hijo. Finalmente puede cocinarle todo lo que le gusta al niño, darle a escoger qué desea de postre, asegurarse de que por las noches esté bien abrigado y, todavía más importante, bañarlo con agua caliente. Digo que es importante ya que, si bien es difícil porque debe acarrear agua una y otra vez y calentarla toda en las pequeñas parrillas eléctricas que encuentran en el búnker –lo cual toma mucho tiempo–, el padre «quería que el agua estuviera tibia, buena»[16]. Ésta es una referencia al otro único momento, al principio de la novela, en el que se narra un baño que toman los personajes, sólo que es en una cascada y con agua casi congelada. Puede decirse que, de cierta forma, el padre trata de «corregir» o recompensar al niño por todo lo que ha sufrido hasta ese momento. De esta forma, se marca el principio de una nueva estrategia narrativa que se volverá recurrente desde este punto y hasta el final de la novela: la repetición de ciertas situaciones ya ocurridas anteriormente, pero con modificaciones en la forma en que los personajes las enfrentan, lo que obliga al lector a reflexionar sobre las razones de estos cambios.
Así pues, la última parte de la novela es una especie de reflejo de la primera. Por sólo dar otro ejemplo, justo al principio del texto, el niño tiene una pesadilla y, al ser consolado por el padre porque está llorando, le cuenta lo que soñó: «Tenía un pingüino al que le dabas cuerda y caminaba y movía sus aletas. Estábamos en la casa en la que vivíamos y él aparecía pero nadie le había dado cuerda y era muy aterrador»[17], para luego agregar que «la cuerda no daba vuelta»[18]. En cambio, una vez que dejan el búnker y continúan con su travesía, nuevamente tiene una pesadilla pero no llora y el padre sólo se da cuenta cuando despierta. Aunque el padre intenta que le diga lo que soñó, el niño se niega, para después decir que «estaba llorando, pero tú no despertaste»[19]. El padre, al creer que se refiere a que no lo despertó el llanto del niño como ocurrió anteriormente, le pide una disculpa, pero éste señala que ésa fue la pesadilla.
Con este tipo de repeticiones modificadas, el lector se da cuenta de que, como el padre reflexiona en un punto, el niño está perdiendo su inocencia, pero también está madurando. Si bien ya no piensa de la misma forma infantil que antes, el niño conserva su bondad. Cuando se encuentran a un anciano casi ciego en medio del camino, logra convencer al padre de que le compartan la comida que tomaron del búnker. Más adelante, cuando un ladrón toma todas sus pertenencias, y después de atraparlo, el padre le quita todo lo que llevaba –hasta la ropa–, el niño lo persuade para que se la devuelvan. El padre sólo piensa en el bienestar de su hijo, pero éste lleva sus enseñanzas a un nivel más profundo, pues no sólo ve por sí mismo, sino por los demás; incluso en el ambiente tan cruel en el que vive. Asimismo, esta dureza de carácter también significa que cada vez es más consciente de los peligros a los que se enfrentan y, por lo mismo, será capaz de sobrevivir solo. También se vuelven más recurrentes los momentos en los que el niño sugiere cosas que antes el padre habría ordenado al avanzar. El niño se vuelve consciente de que deben esconder la basura de los pocos alimentos que les quedan para que los caníbales no crean que tienen mucha comida, o aprende que, si se encuentran cerca de otros viajeros deben esconderse para ver quiénes son «y cuántos son»[20]. En otro momento con carga simbólica, el padre da al niño la pistola para que se proteja mientras él entra a un tren abandonado. Contrario al miedo que antes sentía por este objeto, el niño acepta y se queda solo, vigilando que nadie se acerque. Cuando el padre le llama para que entre, éste –en una imitación de uno de los movimientos característicos del padre– «se levantó y guardó la pistola en su cinturón»[21].
Así pues, una vez que el padre está seguro de que su hijo se encuentra preparado para sobrevivir por su cuenta, se deja morir. Durante toda la novela se hace énfasis en los continuos ataques de tos que el padre tiene. Éstos se van incrementando conforme avanza la novela al grado en que llega a toser sangre. Si bien al principio trata de ignorar la enfermedad que padece –y que se relaciona con el aire lleno de cenizas–, hasta que encuentra un poco de seguridad en el búnker se da cuenta de que en cualquier momento puede morir. Pero como había dicho a su hijo, «esto es lo que los buenos hacen. Siguen intentando. No se rinden»[22]. Por eso es que, a pesar del deterioro de su salud, sigue luchando por llegar a la meta que se había puesto secretamente: una playa. Es ahí donde finalmente confiesa al niño que va a morir. Éste le recrimina por primera vez desde que dejaron el búnker, ya que le había prometido que nunca lo dejaría, pero el padre sólo puede acertar a responder: «Lo sé. Lo siento. Tienes todo mi corazón. Siempre lo tuviste. Eres el mejor chico. Siempre lo fuiste. Si ya no estoy aquí todavía podrás hablar conmigo. Puedes hablarme y yo a ti. Ya lo verás»[23]. Así pues, una vez que el padre muere y después de que el niño se queda solo, una familia que los seguía lo recoge para continuar con el viaje. Cuando la mamá se da cuenta de lo mucho que el niño sufre, le sugiere que hable con Dios, pero el niño se da cuenta de que «trataba de hablar con Dios, pero lo mejor que podía hacer era hablar con su padre y efectivamente lo hacía y no olvidaba»[24].
Entonces, para cuando termina el texto, el niño se da cuenta no sólo del sacrifico que su padre hizo por protegerlo, sino también de la importancia que tuvo –y seguirá teniendo– en su vida. La novela marca la trayectoria que estos personajes tuvieron que recorrer a lo largo de un camino desolador, tanto físico como emocional, y que tuvo como consecuencia la construcción de una nueva relación positiva para los dos. Los que comenzaron siendo besos en la cabeza del niño mientras éste dormía o palabras de afecto por parte del padre, y que sólo tenían como respuesta un OK, se convierten en el reconocimiento verbalizado del valor que los sacrificios del padre tuvieron en su vida. Por eso, y desde mi punto de vista, The Road puede funcionar como una alegoría de los conflictos a los que se enfrentan un padre y su hijo a lo largo de sus vidas. Si bien difícilmente se encontrarán en los predicamentos que los personajes de la novela tienen que vivir, éstos sirven para demostrar que es posible construir un vínculo armónico, incluso si la sociedad no plantea esquemas que lo faciliten. Por eso debe dejarse de ver al padre como el accidente social del que habla Margaret Mead, o como la ayuda extra que las madres reciben en la crianza del niño. Si comienza a pensarse en el padre no como el elemento que se interpone entre la díada perfecta creada por la madre y el niño, sino como alguien que complementa y puede ayudar al desarrollo integral de éste, se permitirá que esta relación se fortalezca y ambos se verán beneficiados, pues, como Ross D. Parke señala, «los niños necesitan a su padre, pero el padre precisa también de ellos»[25].
Así pues, me gustaría terminar con la invitación que el texto hace al lector para reconsiderar la importancia que la díada padre-hijo tiene en la vida de cada persona. Y es que es imposible no reflexionar sobre el valor que tiene alguien capaz de decir de su hijo: «Si él no es la palabra de Dios, Dios nunca habló»[26].
Referencias
[1] Ross D. Parke, El papel del padre, trad. Jesús Palacios, Madrid, Ediciones Morata, 1998, p. 19
[2] Robert E. Lane, «Fathers and Sons: Foundations of Political Belief», American Sociological Review, 24 (4), agosto de 1959, p. 502. Obtenido de: http://www.jstor.org/stable/2089537 [consultado el 30 de diciembre de 2011].
[3] Ross D.Parke, op. cit., pp. 23 y 24.
[4] Cormac McCarthy, The Road, Nueva York,Vintage, 2006, p. 3.
[5] Ibíd., p. 12.
[6] Robert J. Pellegrini y Theodore R. Sarbin, Between Fathers and Sons: Critical Incident Narratives in the Development of Men’s Lives, Nueva York, Haworth Clinical Practice, 2002, p. 20.
[7] Cormac McCarthy, op. cit., p. 11.
[8] Ibíd., p. 65.
[9] Ibíd., p. 66.
[10] Ibíd., p. 72.
[11] Ibíd., p. 77.
[12] Ibíd., p. 110.
[13] Ibíd., p. 113.
[14] Ibíd., p. 114.
[15] Ibíd., p. 138.
[16] Ibíd., p. 148.
[17] Ibíd., p. 36.
[18] Ibíd., p. 37.
[19] Ibíd., p. 183.
[20] Ibíd., p. 193.
[21] Ibíd., p. 179.
[22] Ibíd., p. 137.
[23] Ibíd., p. 279.
[24] Ibíd., p. 286.
[25] Ross D. Parke, op. cit., p. 177.
[26] Cormac McCarthy, op. cit., p. 5.
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Antonio Puente Méndez (Ciudad de México, 1988) es licenciado en Lengua y Literaturas Modernas (Letras Inglesas) por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente cursa la maestría en Letras (Modernas Inglesas) en la misma institución con la investigación «El adulterio en la obra diaspórica de Jhumpa Lahiri». Sus áreas de interés son la narrativa escrita por mujeres de los siglos XIX y XX en lengua inglesa, el feminismo, el poscolonialismo, los estudios de género y el psicoanálisis.









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