En búsqueda del placer transexual
Publicado el 02. sep, 2012 por Cuadrivio en Cuadrivio proteico
Irrumpiendo en las reglas del género, férreas en la cultura mexicana, emerge un fenómeno que trastoca las tradiciones de la identidad, el placer y el negocio del sexo. Las mujeres transexuales, orilladas por la intolerancia y la incomprensión hacia la prostitución, han tenido que construirse un espacio en el juego de las identidades, atendiendo a la nueva clientela, que demanda placer transexual.
Berenice Pérez Ramírez
México en 2007 parecía desconocer «el fenómeno trans». En mis primeras entrevistas con personas trans, la respuesta común era que no existía un movimiento con esas características. La cuestión era: ¿Cómo en un país machista, tradicionalista e individuos que sólo buscaban su propio beneficio podían conformar un movimiento con demandas propias y que apostara por los derechos de personas que rompían con las normas de género, que transgredían dichas normas?
Cinco años después el escenario es otro. La experiencia trans, y con ello me refiero a las condiciones travesti, transgénero y transexual, están en distintos escenarios de la vida pública. En 2008 se aprobó la Ley de identidad de género con el fin de que las personas trans puedan cambiar sus documentos oficiales acorde a su identidad. Sin embargo, estos avances no implican necesariamente un cambio de sitio social y político, así como de posibilidades para estas personas.
El trabajo sexual trans
Las personas trans viven su experiencia de vida como algo muy peculiar y diferente a otras experiencias de identidad, pero hay un punto en el que coinciden con otros individuos y colectivos: afrontan las mismas dificultades para sobrevivir y, especialmente, se enfrentan a las difíciles condiciones de trabajo, elemento característico del neoliberalismo.
Refiriéndome al caso de las mujeres trans[1], hay dos cuestiones que las sitúan en condiciones de desventaja: por un lado, es muy común que al momento de dejar al descubierto su condición trans, la familia las rechace e incluso ocurre que, de manera extremadamente violenta, son orilladas a abandonar la casa familiar. Como resultado de esto suelen abandonar los estudios y no es extraño que sufran depresión ya que, en general, atraviesan por momentos difíciles y tal vez de manera solitaria. Por el otro, ante la baja cualificación y discriminación imperante, conseguir un trabajo resulta una ardua tarea. En este sentido, no es raro que en América Latina el trabajo sexual figure como opción de sobrevivencia y oportunidad laboral para las mujeres trans.
El trabajo sexual trans es un fenómeno que asciende con fuerza y sus protagonistas relatan que esto ha hecho que «el punto»[2] sea muy peleado; la competencia se incrementa entre las mismas trans y, entre trans y mujeres[3]. Para tener un acercamiento a este fenómeno social es imprescindible recurrir al feminismo desde donde se intenta interrogar y responder al fenómeno mismo de la prostitución y las(os) involucradas(os). Desde el feminismo, la prostitución se observa como «una institución patriarcal que refleja el ordenamiento social jerarquizado del género. El servicio sexual, afectivo o psicológico requerido por los hombres es justamente el servicio que dan “gratuitamente” las esposas en el ámbito “privado” y que las prostitutas venden en el ámbito “público”»[4].
El feminismo señala que el servicio sexual se da porque hay un sector de mujeres o trans (sean travestis, transgéneros y/o transexuales) que ofrecen sus cuerpos y actividad sexual a cambio de una remuneración monetaria[5]. No obstante, hay una serie de cuestiones que me parece complejizan esta relación comercial que a simple vista parece un racional acuerdo comercial entre dos personas adultas y libres.
Las mujeres trans ocupan un sitio muy particular dentro del mercado de la carne. El trabajo que realizan sobres sus cuerpos es extremo, en el sentido de que se convierte en un ejercicio inacabado, constante y rotundo. Gran parte de sus recursos están destinados a este objetivo y cuando son insuficientes, están dispuestas a utilizar productos industriales o someterse a intervenciones que, a bajo costo, les promete moldearse para alcanzar su ideal de belleza.
«Belleza» es un sistema monetario como el estándar del oro. Como cualquier economía, éste es determinado por políticas, y en la época moderna en el Occidente reciente, el mejor sistema de creencias que deja intacta la dominación masculina.[6]
Cabe destacar que en este aspecto, el llamado hacia las trans para cumplir con el ideal de belleza no es diferente al que se dirige sistemáticamente a las mujeres: en el caso de las mujeres es auspiciado por las instituciones, y, en acompañamiento, con otras mujeres. En el caso de las trans suele ser experimentado en soledad, al menos cuando las personas comienzan con su proceso de transición, después sus amigas y compañeras trans jugarán el papel de maestras y cómplices.
Otro aspecto interesante que se observa en el trabajo sexual trans es la de las diferencias que se dan en la estructura organizativa y que lo distinguen del trabajo sexual ejercido por mujeres. Existe un caso paradigmático pues son trabajadoras sexuales ubicadas en Calzada de Tlalpan, la avenida Puente de Alvarado y el Barrio de Tepito en el Distrito Federal. Estas trabajadoras sexuales han creado una especie de «padrón» en el que anotan sus datos personales con dos fines. Por un lado, como medida de seguridad, para saber quiénes están y, en caso de sufrir algún percance, saber a quién pueden acudir. Por el otro, como estrategia de organización, ya que de esta manera se contactan y movilizan si se manifiestan acciones políticas que afecten al colectivo.
No existe la figura del «padrote». En algunos casos existe una «madrota», que suele ser trans, a quien le pagan una cuota (sea por pagar la renta de «el punto» o como una jubilación, situando a las trans más jóvenes obligadas a brindarle ese «apoyo» a la madrota que, en algún momento, también aportó a una anciana trans). En lugar de padrote lo que ocurre con mucha frecuencia es que se vinculan con hombres que mantienen. Fabiola, de 28 años, comenta: «Nosotras las transexuales es más de mantenerlos, a pagarles […]; o sea, sale de nosotras el tenerlos “bien”, nosotras les llamamos “chichifos” […] ¿Por qué chichifo? Porque los mantienes, porque no trabaja, porque es un “nini”, tienes un “nini” en tu casa.» (Entrevista personal, 14 de junio de 2012)
«Las gallinas», los nuevos clientes
Por último un aspecto que llama especialmente la atención es el de los clientes de las trabajadoras sexuales trans. Encontramos una abundante literatura de prostitución en mujeres; en menor medida, pero cada vez más, sobre las mujeres trans. Aún más escasos son los trabajos acerca de los clientes, pero el tema de clientes trans está poco explorado. La figura del cliente es de suma importancia porque es la demanda en ese mercado de la carne. Volnovich (2010) afirma que todo varón homo o heterosexual, en cuanto ha dejado de ser niño, es un cliente potencial pues, desde su punto de vista, la sola condición de ser varón lo sitúa como un consumidor de servicios sexuales en potencia.
Los clientes son los que participan en la incorporación de productos exóticos al mercado de la carne: asiáticas, latinas o negras y de la cada vez más reducida edad de la «mercadería» que consumen. En ese sentido, la presencia cada vez más abierta de mujeres trans en el escenario tiene que ver con «nuevas» necesidades, demandas y conflictos que presentan estos hombres, clientes en ese espacio íntimo con las mujeres trans.
Si partimos de que en la prostitución se garantiza un vínculo erótico donde nada de lo cariñoso está presente, estos varones tienen una vida erótica disociada en dos direcciones:
Una encarnada en el amor al arte, en el amor divino, en la ternura, en el cariño desinteresado por el sexo y el dinero; la otra encarnada en el amor terreno, la atracción animal, la pasión interesada. Si aman a una mujer, no la desean y, si la desean, no pueden amarla. En las prostitutas buscan mujeres a las que no necesitan amar para poder desear.[7]
Los cuerpos trans trabajados tan minuciosamente provocan un deseo muy peculiar en los hombres que las buscan pues son cuerpos extremos, que apuntan a las fantasías más especulares del momento y son inalcanzables para el hombre promedio. No son pocos los relatos de las trabajadoras sexuales trans acerca de momentos en los que, después de haber tenido relaciones sexuales con el cliente, éste se violenta y las ataca. Susana me narró que trabajaba en un teibol donde un grupo de soldados rasos le pidieron los acompañara. Ella accedió. Cuando el sitio estaba a punto de cerrar, uno de ellos, el más amable –comentó– le propuso un encuentro sexual en algún hotel. Ella no ofrecía ese servicio, sólo era acompañante, pero él le gustó, en especial su amabilidad y cortesía. Dijo que sí. Llegaron al hotel, «hicimos lo que teníamos que hacer» y después sacó una pistola; le apuntó a la cabeza, la hizo «saludar a la bandera», marchar y cantar el himno. La desnudó completamente y se llevó su ropa. Ella salió envuelta en una sábana, tomó un taxi y se dirigió al hotel en el que alquilaba una habitación, su hogar.
Gloria Hazel Davenport, activista trans y que en algún momento de su vida se vio orillada al trabajo sexual, comentó que los tiempos han cambiado:
Al menos un par de décadas atrás ellos –los clientes– iban a buscar una mujer trans para jugar el rol de activos (donde ellos las penetran). Sin embrago, Gloria asegura que en el último lustro ha surgido una nueva generación de clientes que prefieren ser pasivos (piden que ellas los penetren). «Nosotras les llamamos “gallinas”, porque con todo y sus botas de macho, acaban cacareando. Tendrán muchos huevos en sus trabajos y en sus casas, pero con nosotras son unas “gallinas”». [8]
Este fenómeno, una demanda diferente por parte del cliente; la manera despectiva en la que las trabajadoras sexuales trans se refieren a ellos; la violencia que ejerce ese cliente y los efectos contrapunteados en las trans resultan muy interesantes. Los clientes que piden ser penetrados por la trans producen efectos en ellas, en el sentido de que muchas han desistido a realizarse la «cirugía de reasignación sexual» (CRS) porque se han dado cuenta de que, dentro del trabajo sexual, el tener pene deja más ganancias. Sin embargo, la mayoría trans consume hormonas para lograr cambios en su apariencia y el consumo prolongado de éstas les genera problemas de disfunción eréctil, así que la «nueva» demanda las coloca en un sitio diferente como sujetos trans.
¿Qué tiene que decirnos la prostitución trans sobre este momento histórico? Acudo a lo que Volnovich nos señala sobre la prostitución en general:
Deviene [como] el analizador primordial de la cultura actual. Analizador, en el sentido que este término tiene para el análisis institucional: analizadores son esos indicios que explicitan la existencia de conflictos, deseos y fantasmas en la vida social. La «prostitución» es el analizador primordial de la cultura actual, no sólo por la incomodidad ética que genera, sino también porque es en la explotación sexual comercial donde el patriarcado lleva al límite los valores impuestos por la sociedad de consumo y se hace evidente la condición de mercancía de los cuerpos. Cuerpos cuyo aprovechamiento y goce tiene un costo y un rendimiento que se juega en el intento fallido por reforzar la presencia del equivalente universal dinero y por restituir (si es que alguna vez lo han perdido) el poder de los varones.[9]
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Berenice Pérez Ramírez (Puebla, 1978). Estudiante del doctorado en Sociología en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Desde 2007 estudia el movimiento transgénero en México y en distintos países de América Latina y Europa. Ahora se enfoca en el trabajo sexual transgénero. Contacto: bere19_78@hotmail.com
[1] Comúnmente se abrevia como MTF «Male to Female» o en español, HaM «de Hombre a Mujer».
[2] «El punto» o «la esquina» es su sitio de trabajo en la calle. «El punto» hace referencia a un término comercial: «el punto de venta».
[3] Las trans se refieren y distinguen de las mujeres llamándolas «mujeres biológicas» o «mujeres XX»; asimismo ellas llegan a denominarse «mujeres XY».
[4] Lamas, Marta, «El fulgor de la noche. Algunos aspectos de la prostitución callejera en la ciudad de México», en Debate Feminista, septiembre de 1993, p. 3.
[5] No ahondaré en ver la prostitución como parte de la trata de personas. Este punto se trabaja desde distintas miradas y se observa a la prostitución como un espacio de explotación sexual. Hago referencia, únicamente, a quienes bajo la trampa de la libre elección se afirman como trabajadoras sexuales por su elección.
[6] Naomi Wolf, The Beauty Myth. How Images of Beauty are used against women [El mito de la belleza. Cómo las imágenes de la belleza son utilizadas en contra de las mujeres], Nueva York, Harper Perennial, 2002, p. 12.
[7] Volnovich, Juan Carlos, Ir de Putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución, España, Topia editorial, 2010.
[8] Tavira Álvarez, Alberto, «Las transexuales: el infierno de las otras putas», en Animal Político, junio 10 de 2011. Obtenido de: http://www.animalpolitico.com/2011/06/las-transexuales-el-infierno-de-las-otras-putas/ [Consultado el 22 de junio de 2012].
[9] Volnovich, Juan Carlos, op. cit.






