El ojo de Polifemo: una mirada a la exposición de arte «Surrealismo. Vasos comunicantes»
Publicado el 02. sep, 2012 por Cuadrivio en Cuadrivio proteico
«Lo importante es retener de la vida despierta lo que merece ser retenido», le dice André Breton al joven escéptico, mientras dan un paseo por el montaje onírico de «Surrealismo. Vasos comunicantes », del Museo Nacional de Arte (Munal).
Miguel Torres Caudillo
México no podría ser menos surrealista que en otras etapas de su historia. Violencia, represión, censura y crisis son algunos de los conceptos que habitan el ideario mexicano actual. La exposición «Surrealismo. Vasos comunicantes»[1] reivindica a esta corriente artística en suelo nacional, ya que le muestra al visitante su rostro más amable: remite a aquel movimiento que guarda relaciones eróticas con los sueños y el inconsciente.
El cementerio surrealista –ubicado en el Museo Nacional de Arte (Munal) de la ciudad de México que integra la muestra museográfica del 5 julio al 15 de septiembre– está compuesto por los epitafios de André Breton, Max Ernst, Joan Miró, René Magritte, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Diego Rivera, Frida Kahlo, Remedios Varo, Leonora Carrington, Antonio Ruíz el Corcito y Raúl Anguiano. Un total de 109 obras tejen la atmósfera onírica de la exposición a través de sombreros de gallina, cuerpos mutilados, miradas aterradoras, mitologías actualizadas, parafilias lunares y bigotes primitivos.
No es de mi interés descifrar el discurso encriptado que subyace en esta muestra de arte, sino en la experiencia que surgió cuando me atreví a encender mis sentidos. Al ingresar a la primera sala fue el olor del peyote el que se incrustó en mis dientes. También sentí que los principios físicos de la hidrostática se metaforizaban y se convertían en poesía. Confieso que al principio me mostré escéptico ante esto, pero pronto me di cuenta de que los opuestos perdían sus contradicciones por medio de un delgado vínculo invisible: el sueño y la vigilia; el consciente y el inconsciente… lo real y lo surreal se volvieron meras formalidades.
Confirmé estas cavilaciones mías en el momento en que mis retinas flechaban El hijo del hombre de Magritte. Mientras admiraba el orbe enverdecido que ocultaba el rostro del anónimo, una mano se posó sobre mi hombro. Volteé para ver quién me llamaba con su tacto. Se trataba de un hombre de frente amplia y labios marchitos, debajo de sus párpados se cuajaban dos ojeras color acuarela. Era André Breton.
Sin decir palabra alguna, el padre del movimiento surrealista me ofreció su brazo y me invitó a caminar con él. Acepté acompañarlo bajo el influjo de una especie de hipnosis. Observamos un cuadro de Joan Miró y otro de Leonora Carrington. Él evitó a toda costa sus pinturas. A pesar de que intenté mantener el silencio que nos arropaba, mi curiosidad terminó arrojándole preguntas:
—Para usted, ¿qué es el surrealismo? –pregunté de manera ceremoniosa. Hay que procurar ser lo más solemne posible cuando se conversa con Breton.
—El surrealismo es el automatismo psíquico puro –contestó sin el menor atisbo de interés– por cuyo medio se intenta expresar, tanto verbalmente como por escrito o de cualquier manera, el funcionamiento real del pensamiento, el dictado del pensamiento en ausencia de todo control ejercido por la razón y fuera de toda preocupación estética o moral.[2]
La urgencia por seguir interrogando a André Breton se volvió irrefrenable. Por más que intenté que mis cuestionamientos no parecieran un tipo de entrevista improvisada, un molesto instinto periodístico poseyó mis locuciones y reveló su verdadera naturaleza inquisitiva.
—¿Qué son los vasos comunicantes? –pregunté.
—Los vasos comunicantes son aquellos que restablecen la unidad entre el mundo de la vigilia y el del sueño. Lo importante es retener de la vida despierta lo que merece ser retenido.[3]
—¿ Y qué representan para usted?
—Todo lo que amo, todo lo que pienso y experimento, me inclinan a una filosofía articular de la inmanencia según la cual la surrealidad estaría contenida en el realidad misma, y no sería ni superior ni exterior a ella. Y con reciprocidad, pues el continente sería también el contenido. Sería algo así como un vaso comunicante entre el continente y el contenido.[4]
—Entonces, ¿cuál es el papel que juega la realidad dentro de la corriente artística del surrealismo?, ¿cree que haya correspondencia entre ellas o alguna clase de inmanencia?
—Creo en la futura armonización de estos dos estados, aparentemente tan contradictorios, que son el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, en una sobrerrealidad o surrealidad, si así se le puede llamar.[5]
—El ojo como símbolo del surrealismo: ¿qué significa?, ¿cuál es su naturaleza?
—El ojo existe en estado salvaje. Preside el intercambio convencional de señales que exige, al parecer, la navegación del espíritu. Es lo que veo de manera diferente de como lo ven todos los demás, e incluso lo que empiezo a ver que no es visible.[6]
Después de hacer esta última declaración, André se negó a contestar otra de mis preguntas. El silencio volvió a construirse entre nosotros y esta vez ya no me atreví a derrumbarlo. Sin embargo, el mutismo fue breve, ya que de pronto alguien gritó: «Breton: ¡tanta y tanta intransigencia para tan insignificante decadencia!»[7]. El misterioso locutor era un hombre vestido con un traje de buzo y sólo cuando se acercó lo suficiente a nosotros pude vislumbrar los tentáculos que le crecían por bigote. Era Salvador Dalí.
Ambos personajes se veían el uno al otro. No sabía distinguir si estaban saludándose con las miradas o si era un reto visual. Al final, pareció que la partida se la llevó Dalí, ya que André Breton dejó la sala de exposiciones de forma abrupta. Contemplé la escena con un poco de decepción en el rostro, no podía creer que mi encuentro con el padre del surrealismo había concluido. Cuando le pregunté a Dalí el motivo de la retirada de Breton, él sólo se limitó a decir: «La envidia de los demás pintores ha sido siempre el termómetro de mi éxito»[8].
Desde ese momento, Dalí se convirtió en mi nuevo guía. Era una persona muy excéntrica. Le pregunté el porqué de su vestimenta y me contestó: «El vestir es esencial para triunfar. En mi vida son raras las ocasiones en que me he envilecido y me he vestido de paisano. Siempre voy de uniforme de Dalí»[9]. Además, el artista se enfureció cuando nos topamos con una señorita que dirigía una visita guiada. Dalí casi le suelta un manotazo, pero se conformó con gritarle: «¡Pintor, no eres un orador! ¡Por lo tanto pinta y calla!»[10].
Para mantener ocupado al extraño hombre, decidí restaurar mis cuestionamientos. Como no sabía qué decir, le pregunté lo primero que se me vino a la mente:
—¿Qué opinas de la exposición «Surrealismo. Vasos Comunicantes»?
—Esta mierda es extremadamente dura y de grandes dimensiones.[11]
—¡¿No te gusta la exposición?! –exclamé– ¡¿Por qué?!
—¡Malditas sean las obras maestras perezosas![12]
—Entonces, ¿para ti qué significa la pintura?
—La pintura es la imagen amada que entra por los ojos y se derrama por la punta del pincel… ¡y el amor es lo mismo![13]
—¿Y te parece que aquí no existe ese amor?
Él negó con la cabeza.
—¿Entonces qué ves en esta exposición del Munal? –pregunté.
—Defecación excepcional: dos pequeños excrementos en forma de cuerno de rinoceronte.[14]
—¿Podrías ser más específico y profundizar un poco más sobre este punto?
—Si eres mediocre, incluso aunque te esfuerces por pintar muy, muy mal, enseguida se notará que eres mediocre.[15]
—¡Pero también se están exhibiendo obras de tu autoría! –dije sorprendido.
—Todo puede hacerse bien o mal. ¡Lo mismo digo de mi pintura![16]
Como la charla no era como yo la esperaba, quise cambiar de asunto. Aún existía un tema que me provocaba honda curiosidad: Gala.
—¿Y dónde está Gala? –pregunté impaciente.
—Gala ha descubierto un redil a la entrada de Cadaqués –contestó con cierta luz en la mirada–. Le gustaría comprarlo para restaurarlo, y habla de ello con el pastor.[17]
—¿A qué te refieres? –pregunté de nuevo con impaciencia, pero Dalí no respondió.
Después de varios minutos sin decir nada, el artista abrió la boca:
—Doy gracias una vez más a Sigmund Freud y proclamo más alto que nunca sus grandes verdades. Yo, Dalí, que me hallo sumergido en una ininterrumpida introspección y en un análisis meticuloso de mis propios pensamientos, acabo de descubrir de pronto que, sin ni siquiera darme cuenta, durante toda mi vida no he pintado otra cosa que cuernos de rinoceronte.[18]
Desesperado porque la conversación no tenía ningún sentido, decidí deshacerme de Dalí. Hui hacia la salida mientras él veía en un monitor un fragmento de Un perro andaluz de Luis Buñuel.
Antes de salir del museo, me encontré a Frida Kahlo sentada en las escaleras de piedra y mármol. Me senté a su lado y me comentó que estaba esperando a que su esposo, Diego Rivera, saliera de la exposición de surrealismo. Le pregunté por qué no había acompañado a su marido a ver el trabajo suyo y de sus colegas. Me sorprendió mucho su respuesta: «Odio el surrealismo. Me parece una manifestación decadente del arte burgués. Una desviación del verdadero arte que la gente espera recibir del artista»[19]. A pesar de que el propio André Breton clasificó su obra como surrealista, Kahlo nunca se sintió cómoda con esa corriente: «Algunos críticos han tratado de clasificarme como surrealista, pero no me considero como tal […] En realidad no sé si mis cuadros son surrealistas o no, pero sí sé que representan la expresión más franca de mí misma»[20]. Después le pregunté a qué se debía la confusión de los críticos por considerarla como una artista surrealista, ella respondió: «Creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté los sueños. Pinté mi propia realidad»[21].
Mi encuentro con Frida Kahlo fue breve. A ella la llamaba su cónyuge; a mí, la necesidad de irme a mi casa a escribir todo lo que viví. Ambos nos marchamos y jamás volvimos a cruzar las miradas. Cuando mi ser se incorporó nuevamente al mundo exterior, a esa aparente realidad, sentí cómo el peyote se evaporaba de mi psique. Nunca me quedó claro si en verdad conocí a esos personajes de antaño. Sus reflexiones parecían ser ahora fragmentos de libros y discursos sacados fuera de su contexto original.
No obstante, un pensamiento permaneció anclado a mi mente con toda seguridad: la surrealidad de la exposición no está en las obras de arte que son admiradas por los visitantes, sino en los visitantes que vienen a ser admirados por las obras de arte.
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Miguel Torres Caudillo (ciudad de México, 1992). Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Arqueólogo de historias amateur. Ha ganado varios concursos escolares de poesía y cuento. Le interesan la literatura, el periodismo, el cine, los cómics y todo lo que cuente una historia.
[1] Algunas de las frases y aforismos que se utilizaron en el presente texto aparecen en la exposición «Surrealismo. Vasos comunicantes» del Munal. Sin embargo, se registraron las fuentes originales debido a que el museo no aportaba esta información. Puedes consultarlas conforme aparezcan en el texto.
[2] André Breton, Manifiestos del surrealismo, 3ª ed., España, Guadarrama, 1980, p. 44.
[3] André Breton, Vasos comunicantes, trad. de Herederos de Agustí Bartra, España, Siruela, 2005.
[4] Ídem.
[5] André Breton, Manifiestos… op. cit., p. 30.
[6] Marguerite Bonnel (selección y prólogo), André Breton. Antología (1913-1966), 12ª ed., trad. de Tomás Segovia, México, Siglo XXI, 2004, p. 60.
[7] Salvador Dalí, Diario de un genio, trad. de Beatriz de Moura, España, Tusquets Editores, 2004, p. 127.
[8] Ibíd., p. 126.
[9] Ibíd., p. 76.
[10] Ibíd., p. 125.
[11] Ibíd., p. 168.
[12] Ibíd., p. 125.
[13] Ibíd., p. 272.
[14] Ibíd., p. 83.
[15] Ídem.
[16] Ibíd., p. 125.
[17] Ibíd., p. 124.
[18] Ibíd., p. 75.
[19] Raquel Tibol, Escrituras de Frida Kahlo, México, Lumen, 2004.
[20] Ídem.
[21] Edward Sullivan, Artistas Latinoamericanos del siglo XX, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, The Museum of Modern Art, 1992.









No cabe duda que los jovenes nos inyectan entusiasmo por la cultura, felicidades excelente artículo
Excelente el artículo, es fresco, interesante y te atrapa
Simplemente extraordinario ¡¡felicidades!!
Exquisita la descripción del autor de la exhibición, la entrevista con los pintores y sus sentidos abiertos. Magnífico.