Lunita en tres episodios
Publicado el 14. mar, 2011 por Cuadrivio en Cuento, Literatura
Efraín Trava
1
Me dicen Lunita, mi nombre es Salvador, Salvador Cabrera, aunque no he salvado a nadie. Hoy voy a ver a Irene Suárez. Permítanme presentársela: Irenita es mi novia, la única que he tenido, o al menos la única que recuerdo y que he considerado como mi novia. Tengo 45 años, vivo con mi madre enferma y con mi perra, Tama. Llevo toda la vida viviendo en la colonia Roma. Nací en un edificio de la calle Tepeji a una cuadra de Baja California, pero nos mudamos a esta casa, en la calle Cuyutlán, cuando mi madre tuvo a su segunda hija, mi hermana Beatriz. Después vinieron mi hermana Marcela y finalmente el chiquito, Javier. ¡Ah, el pobrecito! fue asmático toda su infancia, luego, como por arte de magia, el asma desapareció y él también. Como se imaginarán, porque es estadísticamente lógico, ya todos se han ido, unos casados, otros quién sabe. Digamos como le gusta decir a la gente: han hecho su vida. Yo también, de alguna forma, he hecho mi vida, o la sigo haciendo o deshaciendo, cuestión de enfoques. Mi madre está enferma, la pobre viejita. Se cayó de la escalera hará unos 10 años, se fracturó el fémur. Tuvo que ser operada, pero en el proceso le dieron 2 infartos cerebrales; los doctores no saben con precisión el momento exacto de los mismos, pero con la ayuda de análisis posteriores supieron que habían sido dos y que no habían sido leves. Ya nunca se recuperó, nunca volvió a ser la misma. Tan activa que era y tan fuerte que se veía y, de pronto, todo cambió. Ahora vive, si cabe la palabra, postrada en su cama. Yo la atiendo, a veces me ayuda una enfermera, pero las enfermeras aquí van y vienen; no soy muy compatible con ellas y terminan largándose. Tal vez también mi madre las espanta con sus gritos, pero yo me pregunto, ¿qué no están estas holgazanas preparadas para los lamentos de una viejita que vive con dolor? Sin nada de compasión un buen día, después de cobrar, las muy ingratas ya no se aparecen, y me vuelvo a quedar yo solo con todo el paquete. La Irenita me ayuda a veces, pero no quiero involucrarla mucho. No es muy romántica la idea. Bueno, no es que «romántico» sea un adjetivo que me defina, pero tengo mis ideas y no me gusta que Irenita conviva mucho con mi madre, así que yo hago todo y ya después me doy un tiempo para ir con ella al cine o a dar vueltas en el coche. Antes la llevaba al departamento que tengo en Villa Coapa; ahí podíamos estar solos y hacer lo que hacen los novios cuando están solos, supongo. Pero ahora, la necesidad económica me ha orillado a rentar el departamentito y nuestros acercamientos los tenemos que hacer en mi coche, un Renault 4 de 1974; el «zapatito», le dicen mis amigos por tener forma de botín. Pues es ahí, en el interior de mi renolito, donde han transcurrido los mejores momentos de nuestra relación. Ya llevamos 5 años.
2
Como cada tarde, la perra Tama comenzaba a impacientar a Lunita con movimientos y sonidos. Lunita, diseñador gráfico de profesión, sentado en la mesa del comedor, intentaba darle expresión al retrato que le habían encargado. Esta vez se trataba de una mujer muy joven, la hija de un conocido de cuando Lunita trabajaba en el desaparecido Bancomer. La muchacha en cuestión era muy blanca y de cabello negro, largo; su cara era muy afilada y el pico del mentón sobresalía flanqueado a ambos lados por los largos cabellos. Su mirada era adusta y seria, como si hubiera sido forzada a mirar a la cámara, a estar ahí. La foto ovalada, tipo pasaporte, debía ser no muy reciente, puesto que el envés de la misma no era totalmente blanco sino más bien amarillento; tenía escritas las iniciales V.B. con tinta roja ya muy borrosa; daba la impresión de que la foto había estado pegada previamente en algún documento o en uno de esos álbumes de los que son imposibles despegar las fotografías sin dañarlas un poco.
Lunita interrumpió su trabajo para atender a la Tama, que aceleraba sus movimientos para evidenciar cada vez más su urgencia por comenzar el habitual paseo vespertino. La Gran Danés dejó entonces de revolcarse en el desteñido tapete azul del hall y de inmediato puso en pie sus largas piernas al ver que Lunita se disponía a ponerle su collar. Acercó su cabeza para hacer más fácil la maniobra, mientras movía la cola en un rígido balanceo; acto seguido se paró en dos patas para recargar su enorme tronco sobre el pecho de Lunita, quien vio así cómo la perra desafiaba descaradamente su paciencia.
Salieron a la calle apurados por el jaloneo de la Tama. Afuera todavía no estaba totalmente oscuro. El cielo conservaba esos tonos rosáceos del crepúsculo otoñal tan comunes en el DF. Lunita sintió paz. Todavía es posible sentir paz en algunas calles del DF, a pesar de que a sólo dos cuadras de ahí está la Avenida Insurgentes, de la cual se dice que es la más larga de Latinoamérica, pero eso no le consta a nadie. Lunita pensó en la ruta a seguir. Quizá hoy debía cambiarla para no aburrirse. En realidad ese mismo pensamiento recorría su mente cada día. Comenzaba los paseos con la intención de cambiar la ruta; sin embargo, nunca lo lograba. Siempre viraba a la izquierda al salir de la casa, recorría la cuadra que abarca la pequeña calle de Cuyutlán, para luego cruzar Aguascalientes y entrar por Taxco. Taxco es una calle agradable. Como casi todas las calles pequeñas de la Roma, Taxco está repleta de casas particulares, muchas de una sola planta y algunas de dos. Casi todas fueron construidas a finales de los años 40; algunas, incluso, muestran en la fachada una placa que confirma la fecha exacta de construcción. Otra circunstancia que la hace agradable es que las banquetas de la calle de Taxco tienen sembrados árboles de diferentes tamaños: unos más chaparros, otros más frondosos; éstos últimos rompen el asfalto con sus raíces de trompa de elefante. En fin, es una calle de contrastes e irregularidades visuales que la hacen muy singular. Quizá es por ello que Lunita no se decidía a cambiar la ruta desde un principio y después, por supuesto, ya era demasiado tarde para semejante decisión. Al salir de Taxco tomaba a la izquierda por Tlaxcala, una calle más grande y transitada, de la cual sólo recorría una cuadra, para después meterse por Manzanillo. En realidad, pensándolo bien, el recorrido que hacían la Tama y Lunita era prácticamente un zigzag a través de la Roma Sur. Caminaban dos cuadras de Manzanillo, cruzaban Tepic, para luego doblar a la izquierda en Quintana Roo. Ahí veían la iglesia a la que cada domingo su madre solía llevarlo a él y a los demás hermanos; ahí los hacía confesarse y comulgar. Su madre era una mujer estricta y, como la mayoría de las personas de su generación, muy religiosa. Ella misma le ponía nombre a su fe diciendo que era Católica, apostólica y romana. Así lo recordaba Lunita casi cada vez que veía los enormes portones de caoba de la entrada a la Parroquia de la Divina Providencia, que es el nombre oficial de la conocida iglesia de Quintana Roo. Muchas anécdotas recorrían la mente de Lunita cuando veía aquel edificio. Una de las más recurrentes y comentadas en la familia era la que relataba cómo su hermana Marcela había conocido a un motociclista en una de esas sesiones dominicales. ¡Ay, cuánto sufrió la madre con la rebelde Marcela! Un buen día Marcela, de 16 años, se montó en el asiento trasero y huyó con el motociclista. Todavía está fresca en la memoria la última imagen que Lunita tiene de ellos: sus espaldas alejándose velozmente en la motocicleta, los cascos que no podían contener en su interior las larguísimas cabelleras de ambos. Así se fueron para siempre, así como los años se han ido para Lunita, tan fugaces, tan inasibles.
Siguieron su camino hasta la calle Tlacotalpan y luego todo derecho ya en su ruta de regreso. Tomaron Aguascalientes, nuevamente, para después dar vuelta en Champotón. Antes, la Tama ladró un poco a unas putas que esperaban pacientemente un cliente afuera del hotel Paraíso. Una de ellas, la más flaca, alcanzó a cruzar la mirada con Lunita, le sonrió y gracias a esto Lunita pudo ver que le faltaba un diente. Mientras le sonreía, la puta movió su dedo índice hacia ella como invitándolo. Lunita sintió un escalofrío; pudo sentir como la sangre se le removió un poco; un pensamiento atravesó su mente como una bala: imaginó aquellos dientes destartalados en su pene. Sintió vergüenza; pensó en Irenita. La Tama dio un tremendo jalón que a punto estuvo de llevarlo al suelo.
3
Era un miércoles y Lunita trataba de ordenar, aunque fuese un poco, el caos que imperaba en la casa de Cuyutlán. Pronto serían las ocho de la noche y sus distinguidos invitados harían acto de presencia. Recoger, para Lunita, consistía en mudar las pequeñas pilas de periódico y papeles que se habían acumulado durante la semana, y hacia mayores las pilas, que generalmente decoraban los rincones; algunas de estas pilas de papel superaban el metro y medio de altura. Para los incautos que visitaban la casa por primera vez, los edificios de papel resultaban, por lo menos, amenazantes; no digamos para un niño, para quien, incluso, las montañas podrían representar un peligro de muerte, si toda la prensa de un año se le venía encima.
Cuatro minutos después de las ocho sonó el timbre; la Tama ladró y Lunita abrió la puerta para recibir a Panito. Su nombre es Leopoldo Inzunza, pero eso casi nadie lo sabe. Lunita sonrió. «¡Hola, Panito!», dijo emocionado, y se hizo a un lado para que Panito usara sus muletas y tomara vuelo para entrar hacia la sala. Panito sufrió un accidente automovilístico en 1975, y estuvo a punto de perder las piernas por una gangrena derivada de una fractura expuesta del fémur izquierdo y la multifragmentación del peroné derecho, pero la buena fortuna lo tenía aquí, 35 años después, con las dos piernas y avanzando ayudado de sus inseparables bastones de metal.
Lunita y Panito se saludaron y hablaron de sus más recientes aventuras. Hacía un par de años que no se veían. Panito había viajado a Canadá, en donde residió durante diez años, pero el viaje más reciente lo había hecho sólo para traer las últimas cosas hasta el Distrito Federal, donde había decidido radicar debido a una buena oferta de trabajo. Panito es ingeniero.
Lunita le ofreció un trago a Panito, «En lo que llegan los demás, qué te parece», dijo Lunita con esa infantil sonrisa que retuerce su boca y entrecierra su ojo izquierdo. «Sí, me tomo una cubita, Lunita, muchas gracias». «¿Campechana?» «Sí, Lunita, pintadita, ya sabes, como siempre». Lunita colocó dos hielos en cada vaso, empinó la botella de a litro de Bacardí blanco, luego exprimió unas gotas de limón y con las dos manos comenzó a frotar el vaso hacia adelante y hacia atrás, como si quisiera calentarlo. «¿Quemadita, verdad, Panito?» «Ándale, Lunita, tú sí sabes», respondió Panito, hundido en el sillón más viejo de la casa. Después Lunita vertió agua mineral y, por último, pintó los tragos con una pequeña cantidad de Coca Cola. Revolvió, probó y caminó hacia Panito para darle el vaso. «¡Salud, Panito, qué gusto que estés aquí!» «¡Salud, Lunita¡» Y sonó el timbre. La Tama ladró enfurecida desde el fondo del patio trasero. Lunita abrió y dio la bienvenida al segundo invitado: Óscar Ortiz. «¡Hola, Óscar, qué gusto, pásale!» «Hola, Lunita, gracias. Oye no cierres porque ahí viene Charly, está estacionando el coche» «¡Ah, perfecto, viene Carlitos!» «Ahora sí nos juntamos todos. Al ratito llega Marco Polo» «¡Qué bien! –exclamó Óscar, y reiteró–: ahora sí nos juntamos todos, ¿no?»
Panito se levantó como pudo y saludó a Óscar efusivamente. Lunita se quedó en la puerta esperando a Carlos San Román, quien no tardó en presentarse en la puerta. Saludó a Lunita con una sonrisa leve y se encaminó hacia adentro. San Román no era muy expresivo. Sus sonrisas eran contadas mientras no estuviera borracho. Tenía un bigote negro y tupido que escondía su boca y que daba la impresión de producir un bufido cada vez que hablaba, como si tanto pelo le impidiera respirar con comodidad.
Los tres sentados en los destartalados sillones de la sala de Lunita, hablaron de sus más recientes proyectos. Óscar era un tipo muy interesante y elocuente. Escuchaba mucho a los demás, pero cada vez que era su turno, tomaba la palabra sin impacientarse y platicaba anécdotas divertidas. Óscar, odontólogo de profesión, tenía un sentido del humor pausado y entretenido. La sutileza del tono de su voz ponía en una especie de trance al que lo escuchaba. Susurraba sus historias y siempre estaba sonriente. Con todas estas características, muy pocos se atrevían a interrumpirlo. Óscar era un juglar.
Media hora más tarde llegó Marco Polo. Un tipo chaparro, cuadrado, entre fuerte y gordo. De tez blanca, pelo castaño y nariz roja, Marco Polo era más bien feo. Con su llegada, Lunita no esperaba más invitados. La sesión del miércoles había comenzado, como en los viejos tiempos. Lunita preguntó a Óscar por Elenita, su mujer. Elenita era odontóloga también. Se habían conocido en la facultad, se habían hecho novios y habían montado juntos el consultorio. Una de esas tardes de verano, cuando se habían acabado las consultas y la secretaria ya se había ido, Elenita comenzó a tocarle el pantalón a Óscar, quien reaccionó con una de esas sonrisitas dizque ingenuas que tiene tan bien ensayadas. Cinco minutos después ahí estaba Elenita inclinada mamándole el pito al doctor Ortiz, su novio, quien estaba cómodamente reclinado en el reposet de espera del consultorio. En un descuido, Elenita le rasgo el miembro con uno de sus brackets y todo terminó. Óscar, todo un caballero, se quejó un poco y apartó la verga de la boca metálica de su noviecita. Al ver que sangraba un poco de la base del glande, Elenita se volvió a meter la carne a la boca como si quisiese cauterizar la herida con su baba, pero Óscar había perdido el momento y sintió cómo su pito se desinflaba, así que cortésmente apartó a Elenita, se lavó, se secó y le propuso matrimonio.
Óscar le respondió a Lunita que estaba bien, muy bien. Marco Polo pensó lo mismo, aunque él pensó más en el culo de Elenita que en su estado general. Desde que se la presentaron, Elenita había representado para Marco una especie de secreta obsesión. Él, por supuesto, nunca revelaría ese secreto a nadie. Además estaba muy conforme con las imágenes que tenía de la panocha de Elenita, de cuando la pudo espiar a través de la cerradura del baño mientras ésta se bañaba. Esto había ocurrido durante un fin de semana que Marco se quedó en casa de los Ortiz, porque su ex novia lo había echado a la calle. Desde entonces, era frecuente que Marco se remitiera a esas imágenes para jaloneársela y venirse imaginariamente en la boca embracketada de Elenita.
4
Ayer por la noche Lunita arrancó su Renault 4 y se encaminó a casa de Irene Suárez. En el camino escuchó la radio. Su estación favorita: Radio Décadas, que podía sintonizar en el 102.7 de FM. Para su buena fortuna, Lunita pescó un programa dedicado a los Rolling Stones. Curiosamente, unos minutos antes en el noticiero vespertino, se transmitía la noticia de que Ronnie Wood había sido detenido por golpear a su joven noviecita: Ekaterina Ivanova. Esto último, desde luego, no impidió que Lunita disfrutara el programa como cuando tenía 15 años. Difícilmente se escuchaba la potente voz de Mick Jagger en el interior del auto en forma de botita; la voz que se escuchaba era la de Lunita que gritaba y gesticulaba como verdadera estrella de rock. Una a una, Lunita fue entonando las canciones que surgían mágicamente de las bocinas del Renault. El estéreo era el mismo de cuando compró el coche, así que el sonido no era para nada bueno; más bien era un sonido sin brillo, vibrante y apagado a la vez; un sonido que, después de un rato, molestaría el oído de los más quisquillosos. Pero ahí iba Lunita cante que cante: I´m not waiting on a lady… I´m just waiting on a friend… uuh uuh uuh uhh uhh uhh uuuuuhhh..
No era cosa fácil dar con la casa de Irene, pero Lunita había repetido la misma ruta un incontable número de veces; se podría decir que era ya un experto en el laberinto que se formaba en el interior de la colonia Tacubaya. Lunita sabía perfectamente de calles y callejones, sabía de atajos legales e ilegales; unas cuadras en sentido contrario no le hacen mal a nadie en el Distrito Federal, pensaba. De hecho se podía dar el lujo de tomar rutas alternas si los charcos y las inundaciones amenazaban con tragarse al Renolito. Y así fue como después de internarse por varias calles de la vieja colonia Tacubaya, Lunita estacionó el coche afuera de la casa amarilla de su amada, esperó un par de minutos a que terminara la canción de los Rollin’ y se bajó del coche para tocar el timbre, y así lo hizo. Irene respondió a través del interfón y le dijo que saldría en un momento. Lunita aprovechó para revisar su cartera y constatar que sólo tenía 100 pesos y que eso no les alcanzaría ni para el cine. Trató de pensar en un plan alternativo, pero se puso nervioso y no logró concebir ninguna idea clara. En realidad a él le daba igual hacer cualquier cosa con tal de estar con Irenita; pensó por un instante que ella compartía estos mismos ideales, pero luego dudó. En eso recordó que en su casa había dejado un dinero extra que había guardado del último cobro de la renta del departamento de Villa Coapa. Irene abrió la puerta con una sonrisa fulgurante dibujada en su rostro. Para entonces, Lunita ya estaba preocupado por lo del dinero y no pudo corresponder la sonrisa del todo; su cara más bien lucía compungida. Se dieron un beso tímido en la mejilla y Lunita recordó que había olvidado rasurarse, por lo que su barba probablemente picaría los labios de Irenita; esto incrementó aún más su nerviosismo. Inmediatamente Lunita propuso a Irene que lo acompañara de regreso a la colonia Roma para recoger el dinero que había olvidado; la sonrisa de Irene se desdibujó un tanto, pero asintió y ambos se subieron al Renault 4. Unas cuadras después, la llanta delantera que está del lado del conductor se ponchó y súbitamente, como si se tratara de un castigo divino, comenzó a caer un aguacero. Se hizo tarde y Lunita debía volver para darle la medicina a su madre. Después de lamentarse un rato, la pareja decidió que Irenita volvía a su casa en un taxi y que Lunita se quedaba ahí para cambiar la llanta y regresar a atender las necesidades maternas. Lunita paró un taxi en medio de la tormenta y le dio a Irenita los 100 pesos de su cartera. El agua caía ferozmente y el taxista parecía tener prisa. Se despidieron rápidamente e intentaron darse un beso en la boca, pero entre tanto movimiento no acertaron a juntar sus bocas. El seco tronido de sus labios contrastó con el sonido del viento que era cada vez más frío, más húmedo y más violento.
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Efraín Trava (Ciudad de México, 1975) es licenciado en Comunicación Social por la UAM-Xochimilco. Candidato a Doctor en Filología Hispánica por la Universidad de León, España. Fue profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Actualmente radica en Dinamarca. Es autor de los libros de poesía Génesis (2004), De suyo, las alucinaciones y el espejo (2006) y Terapia intensiva (2008). Sus textos han aparecido en diversas publicaciones tanto impresas como electrónicas. No ha ganado ningún premio, y confía en no ganarlo nunca.









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