Saturday, 9th August 2014

La ciudad

Publicado el 14. mar, 2011 por en Cuento, Literatura

Valeria Molina

 

Una sombra, la cara de esta ciudad, el revuelo de gente. La gente es absolutamente todo, de manera literal: sin ella es la nada. Y la gente es todo lo que a la gente le interesa estudiar, comprender, tocar, ver, sentir, vivir. Abrir la ventana y escuchar ruidos, sonidos reconfortantes pero siempre alertas, arrulla pero impide dormir. Los golpeteos de la ciudad te llevan a la reconstrucción mental de lo que hay fuera, de eso que escuchas y, sin verlo, imaginas: el aullido de las sirenas, las siempre inquietas luces parpadeantes, las grandes avenidas, los arbustos, las casas, lo nuevo, lo viejo, lo chic, lo indigno, los puentes, las ventanas, la luna, las nubes, los miles y millones, y te pierdes. No sabes dónde estás. Es fácil extraviar el camino cuando ha sido trazado para y no por ti ¿Cómo llegaste aquí? No sabes, ni sabrás, y mejor aún: no te interesa saber; simplemente aquí estás y agradeces mientras compadeces tu situación de niña crecida en la gran ciudad: que porque no saliste lo suficiente, ni jugaste con la naturaleza, comías comida chatarra y fuiste prematura, cosmopolitamente precoz. Si la suerte y la astucia te rodean, lograrás establecerte, esconderte y vivir con ella, a través de ella; lograrás caminar sobre sus calles rasgadas, torcidas, agujeradas y orinadas; lograrás transitar en ellas, en sus taponadas, sofocadas, y sudorosas avenidas; llegarás siempre tarde a lo que hagas, a donde vayas;  tendrás los mejores días de tu vida y las más encendidas e inquietantes noches; la enjuiciarás pensando que jamás podrás alejarte de ella.

La regurgitación de gente te marea y aterra. Es un problema el exceso de voces suplicantes, todas demandantes de aquello que tú también anhelas. Lo peor y lo mejor es que todos han sido moldeados bajo el mismo precepto: los deseos se comparten en fondo y forma; consecuencia última: la desmesurada convivencia. Conocer y odiar es peligroso; más aún lo es conocer y amar, sentencia de vida y muerte. Se vuelve peligroso salir y cohabitar el mundo, es decir, los sentimientos, emociones e intimidades están al continuo acecho y ataque. Obligado a vivir en un cosmos excesivamente poblado, el roce intruso se vuelve inevitable. Aquí uno conoce a mucha y muy poquita gente, a todos y a nadie, a diez y a tres, y  a veinte y a seis; y la conoces porque a alguien hay que frecuentar, con alguien se debe ir al cine y con alguien se debe emborracharse. También, a alguien hay que querer. Culpas a todos, pero más, culpas a la ciudad: sus manías y secretos, el misterio con el que se maneja, generosa y receptora de masas. Porque el cliché con el que se maneja, cliché asignado al revés de autoimpuesto, invita a todos aquellos débiles de mente, ansiosos de aventura, soñadores de fortuna, ilusos del amor, a perseguirla, a profundizar en sus calles, rincones, restaurantes, parques y pequeños departamentos que apenas podrán pagar; porque es imposible no amarla, porque aquí nací, porque aquí nacieron, porque aquí vivieron, porque aquí llegaste cuando tenías 3, 15 o 20 años, por necesidad, cariño, prepotencia, inseguridad, o la mejor y más sincera razón: no sabes, sólo estás aquí. Gran amante, gran amiga, gran ciudad. La dejarás por traicionera y desleal, te repites; algún día la abandonarás en busca de un mejor amante, de una mejor amiga y de una mejor ciudad.

 

 

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Valeria Molina (Ciudad de México, 1989). Estudió Política y Administración Pública en el Colegio de México durante dos años, y ahora está por aventurse una vez más en los estudios universitarios, esta ocasión en la UNAM, bajo las garras de las Relaciones Internacionales.

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