De los objetos y la vida en la obra de Enrique Alfaro
Alfaro Llarena, Enrique, Telemaquia, México, Editorial Terracota, 2010.
Aurora Piñeiro
En La rosa del calidoscopio, su primer libro, Enrique Alfaro hizo de Proust el espíritu o la referencia dominante. Hoy con una segunda novela, Telemaquia, el autor se encarga de establecer en su narrativa vasos comunicantes que nos llevan, entre otros, de manera irremediable al escritor francés.
Desde la primera oración de la novela nos encontramos con el querido Marcel, otro buscador. Esa referencia me hace pensar en la búsqueda como motivo central de todo viaje y, por supuesto, de toda telemaquia. También me invita a suponer que tal vez Alfaro adolece del «síndrome Joyce», que consiste en escribir, a lo largo de la vida, un solo gran libro, aunque éste se presente al mundo con títulos y portadas, en apariencia, distintos y autónomos. Y menciono a Joyce con toda la intención, porque este nombre me lleva a Ulises, y Ulises me lleva a La Odisea: el periplo mayor que contiene a los demás recorridos, a las búsquedas fundamentales, a la necesidad de encontrar al padre biológico y simbólico que, de manera también inevitable, está destinada a ser una búsqueda del yo.
Telemaquia es la historia de Paul Stephenson, el protagonista y narrador cuyo linaje entronca con el de los telémacos del mundo, quienes, según el propio Paul, son legiones. Hace años que pensadores como Roger Bartra declararon que México era un país de huérfanos, pero la novela de Enrique Alfaro, aunque tiene como uno de sus espacios principales a Coyoacán y abunda en elementos locales, explora el tema de la orfandad desde más de una perspectiva: la de la pérdida individual e íntima, sí, pero también una orfandad universal, la que compartimos los lectores por el simple hecho de ser humanos.
El apellido del narrador es, en sí mismo, una declaración: si traducimos Stephenson como «hijo de Stephen», encontramos la referencia al protagonista de El retrato del artista adolescente, el joven que también tiene que emprender un viaje para no morir de incertidumbre y asfixia para dar cauce a su vocación como escritor. De la misma forma, Stephenson cruzará el mar en busca del padre perdido, pero los lectores sabremos de este traslado físico y simbólico muchos años después; y el personaje decide contárnoslo o, más bien, darnos acceso a su reflexión escrita sobre el acontecimiento, veinte años más tarde y como consecuencia de la llegada de un objeto inesperado: un reloj de oro.
Paul se debate entre la humillación de aceptar el obsequio como un legado accidental de su padre y la posibilidad de establecer, por la vía de un instrumento diseñado para medir el tiempo, un vínculo con la figura desdibujada del hombre que lo engendró. El reloj adquiere la condición de objeto casi mágico en la mente de un personaje que insiste en decirnos que «no sabe poseer», y como buen «marinero» de filiación epicúrea cuenta con muy pocas pertenencias; sin embargo, hacia el final de la novela, puede ser que el viaje le haya enseñado, entre otras cosas, a poseer, pero no como se entiende el término en la lógica de las sociedades de consumo, sino el arte de aprender a hacer suyo o resignificar el pasado, la capacidad para construir –a partir de un objeto o una palabra– una identidad que, como todas, se sabrá artificial, pero propia.
En el reloj, como símbolo, confluyen varios de los temas centrales de la novela: la búsqueda del padre, la orfandad, la identidad y, por supuesto, el tiempo y la memoria. A esta última se le mira con desconfianza, pero también como una necesidad, como un ejercicio que sólo encuentra su legitimidad en la honestidad de quien lo practica, a sabiendas de que nunca conducirá a la Verdad, al menos no a la que se escribe con mayúscula:
Las historias no comienzan en un punto fijo ni a una hora ni en un acto digno de mención, uno las recuerda o las imagina, les atribuye una coherencia implacable que no siempre corresponde con la realidad, y es necesario recuperarlas del tiempo pasado con un ejercicio honesto que concluye en la fusión de la memoria y el deseo para inventar la verdad.
La verdad de Paul, la única posible verdad es… novelística. Los libros y la escritura son depositarios de verdades, formas de la memoria que, desde la subjetividad, encierran la semilla del quiénes somos. Por eso, Paul escribe; por eso, «se escribe», y su escritura está llena de referencias a otros libros que le ayudan a entender el mundo o a hacerlo soportable. La novela medita sobre la naturaleza de los libros y el acto de la lectura, así como los distintos tipos de relaciones que establecemos con las obras literarias.
La muerte, el duelo, el silencio, los laberintos o la extranjería: todo cabe en la caja de resonancias que es Telemaquia, una novela de naturaleza híbrida que inserta en lo narrativo el discurso de lo ensayístico, que hace gala de la intertualidad o de la metatextualidad con una aparente sencillez que es muy difícil de lograr. Y ésta es otra de sus virtudes: el uso de un lenguaje económico y preciso, un español impecable que nunca adopta la pose de lo pretencioso a pesar de la mucha erudición contenida en sus páginas.
La novela también podría leerse como un Bildungsroman o novela de crecimiento y, en ese sentido, el hecho de que esté dividida en dieciocho capítulos puede interpretarse como una metáfora estructural del proceso por el que atraviesa el personaje para alcanzar una mayoría de edad, es decir, una toma de conciencia de su existencia en el mundo más allá del legado de los padres u otras circunstancias externas.
Cualquiera que sea la puerta de entrada que el lector elija para acercarse al texto, Telemaquia es una novela lograda que reposiciona a Enrique Alfaro en el panorama de la narrativa mexicana contemporánea como un escritor maduro y ambicioso, como un narrador que se atreve a correr riesgos al elegir un tema que ha sido abordado por muchos grandes creadores y sale bien librado de la batalla.
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Aurora Piñeiro es doctora en Letras por la UNAM, donde imparte clases de lengua y literatura inglesa, así como en el posgrado en Letras de Casa Lamm. Fue profesora visitante de la Universidad de Debrecen, Hungría (2002-2003) y conferencista Fulbright en Ferris State University, Michigan, en 2004. Ha publicado crítica literaria en la Revista de la Universidad de México, Anuario de Letras Modernas, Excélsior, Plural, Etcétera, Gutenberg, VozOtra y Correo Diplomático y Consular, entre otras. Es autora de la colección de cuento breve En el fuego y la miel, publicada por Leer y Escribir.












