Las musas se han ido de copas
Nilton Santiago
Epitafio para el último pingüino en el desierto
Heme aquí,
como el búho aquel al que vimos una vez estamparse contra un árbol
y hacerse añicos las gafas,
el cuarto menguante de tu lado de la cama vacío,
como una estantería de un supermercado comunista
(o neoliberal, para el caso da lo mismo)
aquí estoy, heme aquí pero estoy tan lejos como un agujero negro
a la hora del almuerzo de las estrellas:
dos docenas de ostras con todo tu lado del mar bajo el sofá
y es así como nos engaña la vida (o lo que queda de ella)
porque también la soledad es una mentira de las estrellas,
las llaves de una habitación de hotel al que no iremos nunca.
Tontos los peces y tonto yo por querer apagar el incendio que nos separa
con las lágrimas de la libélula que rescataste del atrapasueños
que usabas como pendiente
y que compramos hace años ya en aquella feria callejera en la ciudad del Cuzco.
Cierto, mi corazón necesita otra mano de pintura
y mis amigos nuevas historias de mis metidas de pata para partirse de risa
y seguir pensando que siempre hay una vida peor que la suya
como si ser una rata de segunda en el laboratorio de la mala suerte,
sea más divertido que ser un personaje de tercera
salido de una película de Woody Allen.
Heme aquí, dos cuartos de lo que fui ayer
aún naufraga entre el tren y la cena de ayer,
cuando te ventilaste dos besos
con el que decías que era sólo un buen amigo
mientras que yo recogía los platos sucios después de haber hecho la cena,
limpiando los restos del espagueti a la boloñesa
con las mismas manos que acariciaron los sueños de los gorriones
que solían dormir entre tus muslos, llenos de lágrimas.
Todos saben que entre tú y el infinito han pasado más de 150 veces
tus 15 minutos de fama
y no sé por qué demonios sigo intentándolo,
por qué diablos sigo volviendo una y otra vez
aunque nadie me pida que vuelva
a pesar de que no paro de lanzar mi corazón al aire,
una y otra vez,
como un náufrago que lanza una bengala cuando ve pasar de cerca a un barco.
Aquí me tienes,
sé que ya no hay más neveras para que congeles tu buen humor,
ni tampoco oficinas de correos bajo tu cama
para que me sigas mandando (contra reembolso) al otro lado de la luna.
Tranquila,
todo lo que queda de mí
ya se lo han llevado a aquella oficina de objetos perdidos
en la que alguna vez nos conocimos, allí
donde también tú estás a punto de llegar
y donde el búho con las gafas rotas y tú y yo y tu ex
descubriremos, finalmente, que el «sentido de la vida»
está en la dirección contraria.
Klara, una au pair de Karlstad, me ha pedido que le escriba un poema para olvidarla de una vez por todas
Bruno me ha llamado para contarme que ha leído
que algunas nutrias del Amazonas
pueden cambiar el curso de los ríos con el poder de sus mentes,
esto es más falso que un billete de 3 euros
pero igualmente me recuerda que una hormiga
puede sobrevivir hasta dos semanas bajo el agua,
así que aún guardo algunas esperanzas para mí.
Yo le cuento que aquí están a punto de llover ranas,
no hay ciudad que aguante esta lluvia de los mil demonios,
fijaos que se quejan hasta las ballenas varadas entre los árboles
que se esconden en el supermercado de la esquina de casa.
Nos acabamos de conocer, Klara,
pero me dices que a los árboles no les importa la lluvia
y que te deje dormir.
De pronto se me viene a la cabeza que el animal
más rápido en el acto sexual es el chimpancé (3 segundos),
le sigue el ratón (5 segundos) y quizás tú, que apenas te has tomado una copa
y ya te escuchaba roncar en mi cama.
Hemos venido esta mañana a escribir el poema que me has pedido
y es en este mismo momento cuando el mar desempaca tu sonrisa sobre el cielo
antes de que el reloj despertador te haya despertado por última vez
antes de salir volando por la ventana
(aunque ambos sabemos que un par de libélulas
harán su mismo trabajo entre nuestras sábanas).
Soy el final de tu caja de bombones, tus últimas bragas limpias
o, lo que es lo mismo,
la oscuridad de los peces cuando lloran y pasan una sed de caballos.
Me dices que nunca has montado a un caballo
pero que sabes que sus lágrimas
son el principio de cualquier río que se precie en tu pueblo, Karlstad,
donde los muñecos de nieve van de compras a diario
para comprarse una nueva nariz de zanahoria
y para aprovechar la calefacción de los supermercados.
Pronto dejaré de ser uno que parece joven y sigo metiendo la pata hasta la rodilla
aunque no nos engañemos:
tu corazón, como el mío, está cerrado por obras
y rueda como una moneda o un milagro
que se le acaba de caer a un pobre mendigo
que creo que soy yo.
No está hecho el amor de las pelirrojas para nosotros, Bruno,
los alejados de las manos del señor,
como tampoco está hecho el amor para el amor:
salven pues las estrellas mis torpezas para quitarte el sujetador,
salven todo lo que queda de mi corazón entre tus manos de gata
aunque ya de nada servirá… es para partirse de risa
pero de tirios y troyanos hemos pasado a dirigir el tráfico de las estrellas
entre tu mirada y la luz de la luna llena sobre tu espalda asalmonada,
en un santiamén
(mientras me preguntas si sabía que en Finlandia
se prohibieron los comics del pato Donald porque no llevaba pantalones).
Después de las risas no puedo dejar de pensar que allí,
cerca de donde las lágrimas pierden su equipaje,
donde las nubes limpian sus gafas porque la lluvia empaña su mirada,
allí, donde todo termina,
no hay árboles llorando de rodillas ante un pájaro en un supermercado
no está Dios (ni nada que se le parezca)
estamos nosotros dos, Klara o como te llames,
jodidamente separados
a pesar de compartir esta noche la misma cama.
Y sí, vale querido amigo Bruno,
una vez más tienes toda la razón:
a) para un pingüino las aves no tienen talento para nadar y
b) el amor es para nosotros lo que la aritmética para los filósofos:
(o ¾ de lo mismo)
tan solo un gran malentendido.
De Las musas se han ido de copas
XV Premio Casa de América de Poesía Americana 2015
(Visor Libros, Madrid 2015)
*
La cenizas de Ulises
Ahora lo sabemos, tu país era la sonrisa de Ulises,
la frontera más allá de la frontera,
donde las vacas y los cangrejos escapan de algún Chagall
y donde los autobuses, como hospicios para dramaturgos,
son misteriosos escarabajos atrapados en las autovías.
Sí, nuestro país es una nena de veintipocos que aún piensa que los chicos
creen en el matrimonio,
en esa luz que se parece demasiado al sexo de los ángeles.
Deberíamos dejar de hablar de nosotros,
del New York Times envolviendo los anónimos recuerdos de los campos de guerra,
como si fuesen pescado fresco,
allí donde los cascos azules caen como moscas
(total, por la cuenta que les trae a los banqueros y a los gorriones)
Por esos lares, los honorarios de las estrellas
son los mismos que el de los pájaros que brotaban de tu sonrisa
cuando éramos pequeños y los árboles recogían los frutos graves de la noche,
la frágil materia de las aves migratorias
(que también era la nuestra y la de las enfermeras de guerra)
Hoy he vuelto a casa, a la frontera más allá de la frontera
y tengo que decirte que los árboles son apenas un puñado de otoño
brotando de las chimeneas de los autobuses
(los árboles, que para nosotros eran mucho más que los sindicalistas de los bosques)
que Chagall está en paro,
que las columnas de rebeldes han firmado una tregua
con los murciélagos de traje y corbata
y que ya nadie me conoce, a pesar de que he preguntado por ti.
Déjame contarte que la clase media ha sido embotellada y arrojada por el retrete,
que nuestro amigo, el pescador, el que hablaba el dialecto
de las estrellas de mar,
ha dejado de beber, de colocarse y de hacer chistes sobre los conservadores,
y ahora lo ves deambular repitiendo una y otra vez
aquellas palabras de Céline:
«El amor es el infinito puesto al alcance de los caniches» y lo entiendo,
me pongo la chaqueta y, qué demonios, voy por cigarrillos
y una botella de ginebra.
Le hago otro flaco favor a mi soledad.
Cinco gramos y medio de milagros
Una a una, una fila de milagros hacen cola para entrar en la fábrica de pájaros que escondes bajo tu lengua y no es ninguna broma. Fíjate, no hay aritmética posible que explique por qué los crisantemos escarban la tierra para buscar las urnas donde los perros esconden sus lágrimas, pero tú siempre tienes la respuesta correcta para todas mis metidas de pata: un portazo detrás de tus labios. Es cierto, se me lengua la traba cuando quiero escribir poemas contra la manipulación transgénica de la conciencia de las rosas o, simplemente, una carta de amor para una pelirroja de calendario, pero qué se va a hacer, ya sabes que soy tan tonto que antes de decirte lo siento (otra vez) me tengo que leer una treintena de manuales de cómo psicoanalizar a un guacamayo. Hace un par de minutos que acaba de pasar un milagro en el lomo de un caracol: no es que yo sepa reconocerlos pero cuando se sale con nenas como tú se es capaz de diferenciar, al menos, 132 tipos de sonrisas entre mis labios y tus pecas. No obstante, pasan las horas dentro de los pétalos de la lluvia y tú sigues en tus trece, los pobres seres del aire poco pueden hacer para vendar nuestras heridas, sobre todo si aún quedan estrellas por forjar entre tus cejas; aunque sé desde hace mucho que está prohibido ser pobre y tratar de besar tus labios a 100 kilómetros por hora. Detrás de esa puerta está mi corazón o llámalo como quieras, su historia es tan absurda como la de un taxidermista de sueños; en cualquier caso, tienes razón, te he tejido más de un problema, pequeña astronauta, te he mordisqueado el lóbulo de la oreja cientos de veces a media noche para sacar a pasear a tu sonrisa por mi corazón y créeme que no lo siento, ya sabes que el amanecer es el panadero que nos envía la noche para hornear mis besos sobre tus labios y por eso prefiero desayunar directamente de tu boca. La soledad es un activo financiero en toda regla y también el origen de todo este embrollo de no quererte más lejos que al otro lado de mi almohada. Vale, no hace falta más que llorar para darse cuenta que también los cangrejos usan despertadores para abrazar el mar, pero para nosotros no son más que animalillos que nos cortan el rollo cuando el alba empieza a colarse por tu sonrisa. Piedra, papel y tijera son lo mismo ya que todo lo solucionas con un susurro en mis oídos para echarme de tu lado de la luna y dejarme con las ganas de morderte las estrellas. Otra noche más tendré que hacer cola para entrar en tu fábrica de pájaros, lo sé, también soy yo una de tus equivocaciones terrenales y sí, es cierto, los poetas deberían pagar impuestos por su uso excesivo de las estrellas, bla, bla, bla, ni el sonido de las lágrimas al romperse ni el «cuac» de los patos hacen eco, bla, bla, bla. Ciertamente, algún día se venderá poesía «al peso» y algunos peces pasan sed.
De El equipaje del ángel
XXVII Premio Tiflos de Poesía
(Visor Libros, Madrid 2014)
*
Contra el matrimonio, otra elegía
pero qué inútil / tanta luz / entre dos
Jorge Eduardo Eielson
Como si la mesa del comedor fuese una gran ciudad y nosotros,
torpes y tiernos animales en las oficinas de correos,
que cada día ven pasar los mensajes de otros, los corazones de otros
en papel de embalar,
y entonces llorásemos girasoles por la mañana y girasoles por la tarde
y empezara a llover –a cántaros— girasoles y tú, de pronto, sacas el mantel de un tirón,
muy cabreada,
y los platos y los tenedores, como pesados edificios de metal,
intactos sobre la mesa
y la copa de vino llena de huellas dactilares, sin haberla tocado nunca,
(como un espejo al que pudieses pasar sus páginas de vidrio
y ver en lo que nos convertiremos si seguimos con esto)
y entonces, miras hacia otra parte y enciendes el televisor
porque aún es pronto para volver al trabajo
(nos enteramos, entonces, que han matado extrajudicialmente a un dictador árabe
en ¿defensa de los derechos civiles? y, claro, de la reacción «positiva»
de los mercados).
Luego sales de casa dando un gran portazo.
Te has dejado el paraguas pero no vuelves
y yo tampoco quiero salir detrás de ti
pero lo hago, dejándome el corazón entre los platos por fregar.
Ah, cariño, antes de marcharte, bajo la puerta, vi un destello azul
quizá sea la luz que juega con nosotros
cuando discutimos por la lentitud de los pájaros
y puede que sea por esa misma luz que tengamos que hacer éste,
nuestro último viaje.
Sé que has empacado nuestras heridas y mis huesos como espinas de pescado
y mi soledad en un kleenex.
¿Cuándo fue que perdimos la batalla que nos convirtió
en estas cenizas enamoradas,
en esos espejos rotos donde aún podemos vernos juntos aunque
estemos totalmente solos?
Ahora lo entiendo:
hablando con ángeles es que te enteras de que no existen.
De La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad
Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro
(Madrid, 2012)
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Nilton Santiago nació en la ciudad de Lima, donde se licenció en Derecho y Ciencias Políticas. Poco después de la publicación de su primer poemario, El libro de los espejos, segundo Premio de Poesía Premio Copé 2003 (Ediciones Copé, Lima, 2005), se marchó a vivir a Mallorca, España. También es autor de La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro), de El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, Visor Libros 2014) y del eBook Para retrasar los relojes de arena (Vallejo & Co., 2015).
Ha sido merecedor del accésit del Premio Adonáis de Poesía 2014, y acaba de obtener el XV Premio Casa de América de Poesía Americana 2015 por Las musas se han ido de copas (Visor Libros, Madrid 2015).
Más sobre el autor en https://niltonsantiago.wordpress.com/



