Miguel Hidalgo: el mito y su sombra

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Miguel Hidalgo es una figura central en la historia de México. El padre de la patria, como lo conocemos, es un personaje que parece no perder vigencia. Javier Mardel, lejos de la academia, reconstruye su vida: éxitos y sombras de Miguel Hidalgo

 

Javier Mardel

El mito del mito

Cualquiera que haya cursado la primaria reconoce la importancia de Miguel Hidalgo en la historia nacional. Los epítetos «Cura de Dolores», «Libertador de México» y «Padre de la Patria» son tan inconfundibles y familiares que no hay mexicano, hombre o mujer, que necesite mayores referencias para identificar a la figura principal de la Independencia de México. Que convocó al pueblo a levantarse en armas en contra de la autoridad virreinal, que devolvió las tierras a los indios, que abolió la esclavitud y que hoy, más allá de la muerte –y con su muerte misma–, sigue representando los más altos ideales nacionalistas son las razones esenciales para que su nombre corone la lista de nuestros héroes patrios. Decir Miguel Hidalgo es decir Independencia. Evocar la sotana, la calva característica, el cabello canísimo y crecido, la mano sosteniendo un estandarte dela Virgen de Guadalupe y los pies calzando botas de campaña es darle rostro y personalidad al momento que definió el inicio de la historia de la nación mexicana, el punto a partir del cual el relato de México es el de un estado libre y soberano.

Y sin embargo, por su propia naturaleza de símbolo, de crisol de aspiraciones colectivas, ese Hidalgo presente en el ideario popular actual no es, del todo, el que corresponde al hombre que en septiembre de 1810 hizo repicar las campanas de la parroquia de Dolores. Tampoco al hombre que tras su ingreso al Colegio de San Nicolás Obispo se llegaría a convertir en un estudiante distinguido y un profesor brillante, conocedor del francés y de varios idiomas indígenas, así como impulsor de las artes, la agricultura y la industria en beneficio de los indios. Mucho menos corresponde a aquél que en el siglo XIX describiera Lucas Alamán –de quien nos viene la interpretación más conservadora de la Independencia– y cuyo retrato Moisés González Navarro cita y critica cien años después:

Por otra parte, Alamán nos pinta a Hidalgo como hombre de carácter taimado (el apodo de El Zorro, según él, le venía muy bien), poco severo en sus costumbres, y no muy ortodoxo en sus opiniones, derrochador, jugador y mujeriego[i].

Documentado o no, mimado por la historiografía o desnudado por ella, hoy por hoy, el Hidalgo concebido por la mayoría de los mexicanos es sólo el impreso en las monografías escolares, el numerosamente tallado en mármol y en bronce. Es todavía el moldeado por la especulación decimonónica, pero adaptado sucesivamente a las épocas ulteriores y sus necesidades ideológicas y morales, perdiendo de este modo incluso el relieve artificial que los protocolos cívicos le imponen, el falso brillo que el boato institucional se esfuerza septiembre a septiembre en sostener.

Hidalgo no es más que un mito. Pero lo es en la medida de su ausencia, de la distancia a la que el verdadero significado de sus actos se encuentra de las necesidades actuales de identidad nacional. Se habla de Hidalgo como del amigo de un amigo. La palabra que lo nombra es un estado dela República, una estación del metro. El mito de Hidalgo no proviene tanto de la idealización del que diera el llamado Grito de Dolores como de la interpretación de esa idealización, de su manejo. Las fiestas patrias lo han convertido en un mero elemento iconográfico; el Estado, en un pretexto. Aun asumiendo que el símbolo preserve su sentido, que convivir con la imagen de Hidalgo, desvirtuada o no, sea una forma de recordar el significado de su empresa, la relación de la sociedad con su héroe máximo es cada vez más tenue. Ni siquiera las más elementales tareas cotidianas le ofrecen al ciudadano común recordatorios sutiles o ficticios de la trascendencia de Hidalgo, ya como figura mitificada, ya como indiscutible encarnación de los valores nacionales. Un ejemplo de esto, por muy trivial que parezca, es el uso de la moneda corriente, la que está en manos y ojos de todos: mediante un billete, se puede convivir con Juárez o con Morelos –con Zaragoza, si bien nos va–, pero toparse con Hidalgo, además de efímera, es una experiencia infrecuente para la mayoría. Ya no decir del antiguo billete de diez pesos, pues, mientras el actual de mil es un objeto exótico en los bolsillos de la gente, el primero hace mucho que el tiempo lo ha alejado de sus ojos.

Que haya mitos está bien, que haya ceremonias. Toda sociedad necesita sus rituales: refuerzan la cohesión, propician el entendimiento y mantienen a salvo la identidad colectiva ante factores externos de perturbación cultural. Sobre todo en estos días, globalizados y mediáticos, la función de las tradiciones y los símbolos nacionales como agentes unificadores es primordial para la idiosincrasia mexicana. Y para tener rituales se necesitan símbolos, y los símbolos se alimentan de mitos. Pero algo que cabe recordar es que no hay mitos per se: éstos se originan en el ánimo de los pueblos y se sostienen en cuanto los representan. Son los pueblos, y no sus instituciones, los que han de tomar un hecho o un individuo sobresalientes para arrancarlo de sus circunstancias inmediatas y elevarlo a la categoría de mito. Éste se mantendrá en lo alto, resguardando a la vez a quienes le sostienen, mientras dé sentido a las necesidades sociales y represente un sentimiento común.

En el caso de Hidalgo, la ignorancia y la apatía populares, la utilización oportunista y frívola de su figura por parte de las instituciones, el desgaste de doscientos años y las diversas modificaciones al mito han colocado a éste, si no en un majestuoso mausoleo hueco, sí en un cada vez más difuso altar que flota a alturas inalcanzables, proyectando así, ya no el aura protectora con que los héroes iluminan el destino de los pueblos, sino una sombra apenas definida, casi imperceptible, sobre la superficie de un acontecer actual que, o bien no necesita del amparo de sus héroes, o bien –que es peor aún– no sabe cuánta falta le hacen.

Un héroe jubilado con honores

El culto a Hidalgo, desde que en edad escolar se nos presenta como el cura benefactor, el redentor de los oprimidos, el mártir insurgente, se basa más en lo que representa por aceptación general que en su significado intrínseco, inmune a interpretaciones históricas e ideológicas. La veneración que se le rinde descansa en una inercia tradicional que rechaza todo tipo de análisis crítico: entrar en detalles sobre su vida y pensamiento es arriesgarse a profanar al héroe intocable, el canonizado, el que tutela el nacimiento dela Patriapor encima, incluso, de sus motivaciones personales.

A un héroe así, prácticamente sagrado, no se le puede hablar de tú. Debe tratársele de lejos, a la distancia que el respeto por la santidad exige. Sólo que hay un inconveniente: esa distancia reprime la identificación. Hidalgo no es, como lo pueden ser Zapata o Villa, un amigo: es un padre. Un insustituible Padre dela Patriaque, aunque venerable y protector, no está para luchar hombro con hombro nuestras batallas actuales, las de entre veinte y doscientos pesos, y que son finalmente las que nosotros, mexicanos independientes, nos vemos obligados a librar sin tregua día con día.

Disociado del pueblo, lejano a sus preocupaciones cotidianas e inmediatas, a Hidalgo solamente le queda presidir –patriarca en el retiro– las manifestaciones colectivas del espíritu patriótico desde su silla de honor en las festividades y los actos oficiales. No es «Hidalgo» el clamor del pueblo. Las multitudes no se abanderan con su imagen. Entre los días de Alfonso Reyes y los nuestros han pasado muchas cosas y, si bien para él «Hidalgo no se ha quitado aún las botas de campaña»[ii], cabe cierta sospecha de que el pueblo mismo haya decidido descalzarlo.

Ya ni siquiera las instituciones federales lo mantienen como patrono: para eso están Juárez o Madero. Aun con los cientos de retratos del cura de Dolores que se han hecho, sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX, es raro encontrar alguno presidiendo la dirección de un colegio o la sala de reuniones de una Secretaría de Estado. El muralismo mexicano del siglo XX urdió su reivindicación atribuyéndole razones socialistas y colmándolo de monumentalismo místico. Pero al igual que las egregias obras de Orozco o Chávez Morado, ni toda la fuerza de la grandilocuencia mural alcanza ahora para que al ojo común de la sociedad le signifique algo más allá del colosal, pero anticuado, revestimiento de una pared o una cúpula conocidas.

El patriotismo mexicano, bajo el efecto de su propia «modernización», de sus «renovaciones», se ha quedado huérfano –y acaso no se ha dado cuenta– apenas a dos siglos de la Independencia. «Padre de la Patria» es sólo una sonora aliteración con la que apenas una vez por año el mexicano común recuerda, y vagamente, que hubo una vez un hombre en cuyo espíritu se acrisoló la sed de libertad de todo un pueblo.

El mito de Hidalgo no es tal. Es nada más su sombra. Quien lo busque más allá de la utilización académica, social e institucional llegará únicamente al centro de una gran nube de humo. No hallará, por supuesto, al Hidalgo verdadero y desconocido, pero tampoco al mitificado. Lo que verá será apenas la desvaída huella de un legado cuyo significado primordial se encuentra mucho más allá del padre de una patria y de un libertador, más allá incluso de un cura. Esto es, en un hombre que en vida respondiera al nombre de Miguel Hidalgo y Costilla.

Vayamos, pues, en su búsqueda.

Un hombre de finales del XVIII

Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla y Gallaga Mondarte Villaseñor, hijo de Cristóbal Hidalgo y Costilla y Ana María Gallaga, nació enla Haciendade Corralejo, cerca de Pénjamo, Guanajuato, el 8 de mayo de 1753. Tuvo cuatro hermanos: José Joaquín, Mariano, José María y Manuel. En 1762, mismo año del nacimiento de este último, la madre murió.

Al igual que José Joaquín, Miguel, el segundo de los hijos, creció para convertirse en sacerdote. Mariano estudió leyes y fue administrador en sus parroquias. Manuel, el menor de todos, fue abogado y se encargó de los negocios familiares. Por su parte, José María, seis años menor que Miguel, fue capitán en el ejército de Félix María Calleja y contribuiría posteriormente a la derrota de su hermano.

Hacia 1803, Miguel Hidalgo se desempeñaba como cura de la parroquia de San Felipe Torresmochas. Antes había sido cura de Colima, después de laborar como maestro, tesorero y rector de su alma mater: el Colegio de San Nicolás Obispo. En esta institución, el joven Miguel estudió de 1765 a 1767 junto a su hermano José Joaquín. Durante su estancia ahí, leyó a los clásicos latinos y aprendió el francés. A los diecisiete años ya era maestro de filosofía y teología. Fue por ese tiempo que sus condiscípulos le apodaron El Zorro, gracias a su insuperable astucia en los juegos dialécticos.

En marzo de 1770, tan sólo un día antes que José Joaquín, Miguel se convirtió en bachiller y ambos pasaron a estudiar a la Realy Pontificia Universidad de México, de la que se graduaron tres años después. José Joaquín siguió estudiando hasta obtener un doctorado en teología, mientras que Miguel optó por predicar y dar clases. Aun así, en 1784, cuando contaba los treinta y un años de edad, Miguel ganó un concurso de teología convocado por el obispo Antonio de San Miguel. Su Disertación sobre el verdadero método de estudiar teología eclesiástica reafirmó su ya favorable posición entre los círculos clericales dela Nueva España y lo consagró como uno de los más finos teólogos del virreinato.

Su designación a la parroquia de Colima fue tomada por el alumnado y los profesores de su antiguo colegio como una forma de castigarle por lo que en esa época se consideraba «libertinaje» y «faltas a la ética»; pero en una misiva del obispo San Miguel, éste le afirmaría a Hidalgo que fue, por el contrario, una muestra del gran aprecio que le guardaba. En 1791 pasó a San Felipe Torresmochas, gracias a que un año antes, debido a la muerte de su padre, Miguel solicitara a su obispo ubicarle en una parroquia cercana a Pénjamo, para poder estar al tanto de los negocios de la familia.

Un cura en Dolores

En 1803, José Joaquín Hidalgo, que era párroco de Dolores, murió repentinamente y el obispo le asignó la plaza a Miguel. Ésta sería la parroquia más rica entre todas las que administró, aunque hacia 1805 una crisis financiera lo obligaría a comprar víveres y efectos para el campo. Su admiración por la cultura ilustrada francesa le llevó a representar obras de Molière, por lo que su parroquia, y especialmente su casa, fueron conocidas como “la Franciachiquita”. Por detalles como éstos, sumados a la fama de sus hábitos dispendiosos, el cura Hidalgo tuvo ciertos problemas conla Inquisición. Porsus «faltas a la moral y a la fe de la Iglesia Católica», en 1807 y 1808 se le realizaron dos juicios sumarios, de los cuales saldría airoso, pero que años después, durante su juicio por sedición en 1811, serían una agravante para su condena.

A principios de 1804, España se alió con Napoleón Bonaparte para atacar a Inglaterra. Para financiar esta guerra inminente, el rey necesitaba obtener fondos y en octubre de ese mismo año llegó ala Nueva Españauna medida conocida como Consolidación de los Vales Reales, por los que se embargaban los bienes de todos los deudores dela Iglesiay la Corona. Las haciendas y tierras agrícolas de los Hidalgo se vieron seriamente afectadas. El desastre de la armada española enla Batallade Trafalgar, en octubre de 1805, incrementó el descontento de la población novohispana y, en el entorno familiar de los Hidalgo, el hermano menor, Manuel, que había perdido sus propiedades enla Ciudadde México, comenzó a dar muestras de locura. Fue internado en un hospital psiquiátrico, donde murió en 1809.

Hacia finales del siglo XVIII, ciertos cambios en la estructura social, económica y política de las colonias españolas hicieron reflexionar a un grupo ilustrado de novohispanos acerca de la relación con España. Sin soslayar la influencia dela Ilustración,la Revolución Francesay la independencia de las colonias norteamericanas, el hecho fundamental que alentó a esta élite criolla a comenzar un movimiento emancipador fue que en 1808 Carlos IV y Fernando VII abdicaron sucesivamente en favor de José Bonaparte, quedando España como una especie de protectorado francés.

El primer intento de este tipo concluyó con la destitución del virrey y la sujeción del Ayuntamiento de México a la autoridad directa de la nueva cabeza de la colonia. Esto llevó a los criollos a radicalizar su posición. Finalmente, tras ser descubierta la conspiración de Querétaro, sería Dolores el núcleo donde se daría el comienzo de la guerra por la independencia. Los conspiradores, entre los que se encontraba Hidalgo, apenas pudieron prevenirse ante la intervención de las autoridades virreinales, y el cura, apremiado por la situación, convocó al pueblo tocando las campanas de su parroquia. Aún era de madrugada cuando acudió la gente. Hidalgo entonces pronunció un enardecido discurso y al finalizarlo gritó: «¡Vivala Virgende Guadalupe! ¡Viva Fernando VII! ¡Muera el mal gobierno!». Y, refiriéndose a los franceses, para ganarse la simpatía criolla: «¡Abajo los gachupines!».

Durante el resto del siglo XIX, el Grito de Dolores se conmemoraría el 16 de septiembre, respetando la fecha en la que, alrededor de las cinco de la mañana (unos dicen que a las dos), el cura Hidalgo hizo tañer las campanas de su parroquia. La actual costumbre de celebrarlo la víspera iba a originarse un siglo más tarde, cuando Porfirio Díaz cambió la celebración al 15 para hacerla coincidir con su cumpleaños.

Destino y predestinación

Contrario a lo que se supone comúnmente, Miguel Hidalgo no fue el supremo autor intelectual dela Independencia. Esverdad que su incorporación a la conspiración queretana no requirió mayores argumentos por parte de Allende –quien se encargó principalmente de convencerlo– ni del resto de los implicados. Sus ideas, alimentadas por el pensamiento ilustrado, comulgaban tanto con las evidentes necesidades de los indios como con las de los criollos pudientes, entre los que él mismo se contaba. Pero también es cierto que si sus circunstancias particulares y familiares no hubieran sido afectadas por la crisis económica y el deterioro político de inicios del XIX, tal vez su participación en el movimiento independentista no hubiera sido la que conocemos.

Cuando en 1810la Arquidiócesisde Zaragoza ordenó que todos los párrocos del imperio predicaran en contra de Napoleón, Hidalgo acató la orden no sólo por lealtad eclesiástica, también por propia convicción ideológica. Mientras que su pensamiento liberal –así como gran parte de su conducta y sus gustos personales– estaba moldeado por el iluminismo francés, para él, por otro lado, la libertad y la igualdad entre los hombres finalmente no eran sino legítimos derechos cristianos que como predicador era su deber promulgar.

Su conocimiento de los idiomas indígenas, principalmente del otomí, el náhuatl y el purépecha, es sólo una prueba de que, más allá de los intereses políticos y económicos, en él operaba también una genuina preocupación por la realidad indígena. Resultado de su contacto infantil con los peones de su hacienda, hablar estos idiomas, así fuera sólo un medio de negociación o de manejo, lo puso inevitablemente de frente a las necesidades de los indios. Hidalgo no pudo ser insensible a ellas. Y esta conciencia, reforzada durante sus años como cura, sería ciertamente una de sus razones principales para integrarse a las asambleas conspirativas. Aun cuando desde antes, gracias a su amistad –secreta u ostensible– con personajes influyentes dela NuevaEspaña, ya se había considerado que él podría ser un buen dirigente del movimiento, fue su capacidad para convocar y relacionarse con el pueblo la que al final lo determinaría.

Aunadas al menoscabo financiero familiar y la pérdida de su hermano menor, todas estas razones, que van de lo ideológico a lo espiritual, de lo social a lo personal, cristalizaron en el cura Miguel Hidalgo en la forma de un grito de indignación, rabia, valor, determinación y esperanza que estallaría aquel septiembre de 1810.

Sacerdote guanajuatense tocado por los eventos coyunturales de su tiempo, es Hidalgo la auténtica personificación del hombre –un hombre que pudo ser cualquiera– herido y sacudido en sus principios morales, en sus condiciones personales, en los más íntimos pilares de su vida. Ya llegarían luego sus conflictos con Allende, la violenta crueldad con que alentó a actuar a sus tropas (más una chusma caótica y frenética que un ejército), su proclamación de Generalísimo en Celaya, la toma de la alhóndiga de Granaditas. Ya sufriría después la derrota de Puente de Calderón y la traición final en Las Norias. Pero antes, y sin negar los actos despiadados de que fue responsable y su incapacidad para dirigir una revolución inteligente y exitosa, Miguel Hidalgo fue tan sólo un hombre que, basado en sus más legítimas motivaciones como ser humano, decidió combatir contra las fuerzas que amenazaban tanto su estilo de vida como su entorno social.

Convertirse en el héroe de un pueblo, siendo un hombre predeterminado a las hazañas memorables, poseedor de un espíritu incorruptible y una pasión comprometida exclusivamente con las grandes gestas, no sólo no es difícil, tampoco es meritorio. En cambio, erigirse como la representación suprema de una nación en su lucha por la libertad siendo un hombre –aun si sobresaliente– como cualquier otro, con declives y máculas, con disposición tanto a los actos más nobles como a los más prosaicos, víctima de todas las dudas y equivocaciones que la fe y la voluntad humanas necesitan para serlo, es verdaderamente la mayor conquista.

Al cura Hidalgo no sólo le asiste la gloria de lo segundo, también la de que su leyenda haya inspirado fuerza y valor a los que continuaron y definieron la lucha por la Independencia. (Tras su muerte, algunos se juntaron para vengarle, abanderados con la dramática y distintiva bandera El doliente de Hidalgo.) Corrieron las historias, se revistió de prestigio hasta el más mínimo pasaje de su vida. Con el tiempo, y de acuerdo con las distintas naciones sucesivas que sería México, Hidalgo también terminaría siendo varios: de caudillo a libertador, de libertador a padre de una patria.

Apenas cuatro meses estuvo al mando de sus huestes, pero, como apuntara Edmundo O’Gorman en su ingreso ala Academia Mexicanade Historia, fue tan letal la ráfaga de su revuelta, tan devastadora, que siempre nos sorprende recordar su brevedad:

En el increíblemente corto espacio de ciento veinte días, aquél teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a músicas y bailes; gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo de la artesanía, dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo, porque si la vida no le alcanzó para saberlo, no hay duda de que él hirió de muerte al virreinato[iii].

Captura y enjuiciamiento

Tras la derrota en Puente de Calderón, las diferencias entre Hidalgo y Allende se habían incrementado. Incluso el segundo confesaría luego haber armado un plan para envenenar al «bribón del cura». Junto con Aldama, Abasolo y Rayón, se acordó despojar a Hidalgo del mando militar, mientras las tropas insurgentes se preparaban para partir a Estados Unidos de América y, tras reabastecerse de armamento, regresar a la lucha.

El 21 de marzo de 1811, Hidalgo y Allende, uno después del otro, arribaron a Las Norias de Acatita, donde pretendían detenerse. Tras ser emboscados y capturados por Ignacio Elizondo, los reos fueron trasladados a Chihuahua, donde se les seguiría juicio. Encontrados culpables por alta traición, Allende y Aldama fueron ejecutados en la plazoleta de la ciudad el 26 de junio. Hidalgo se enteró esa misma noche.

Ya en Chihuahua, se interrogó al cura Hidalgo, quien juró decir verdad en lo que supiere y fuere preguntado. Confesó haber aprehendido europeos la mañana del 16 de septiembre de 1810, haber levantado un ejército, fabricado moneda en Zacatecas, construido armas y depuesto y dado muerte a autoridades, así europeas como criollas, que no siguieron su partido. Se le imputaron delitos de alta traición, conspiración, sedición y asesinatos, y le hicieron firmar una retractación por sus «errores cometidos contra la persona del Rey y contra Dios». El proceso se alargó con cuarenta y tres declaraciones de mixto fuero. Se le señaló como amante dela Ilustracióny fue sometido a la degradación sacerdotal para poder ejecutarlo. El embargo de la condena fue:

Excomunión y pena de muerte para Miguel Hidalgo. Por profesar y divulgar ideas exóticas: partidario dela Revolución DemocráticaFrancesa. Por disolución social: al pretender independizar a México del imperio Español. En consecuencia, por traidor ala Patria.

La ceremonia se realizó con sádica y solemne parsimonia. Con un cuchillo le rasparon las manos y las yemas de los dedos al tiempo que se exclamaba: «Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos. Te desnudamos de toda orden, beneficio y privilegio clerical; y por ser indigno de la profesión eclesiástica, te devolvemos con ignominia al estado de hábito seglar». Tras esto se le cortó algo de cabello con unas tijeras y un peluquero hizo desaparecer la tonsura. «Te arrojo de la suerte del Señor, como hijo ingrato, y borramos de tu cabeza la corona, signo real del sacerdocio, a causa de la maldad de tu conducta», concluyó la sentencia.

A pesar de la degradación, en el fondo de su conciencia Hidalgo sabía, como subraya Catalina Sierra, «que el movimiento por él iniciado, en el que tenía empeñada su vida, se apegaba a la más auténtica doctrina cristiana»[iv]. El despojo de sus potestades como cura y la humillación de la que fue objeto (pues ése era también el propósito de la ceremonia) no se comparan con el genuino dolor que debió de causarle la repulsión por parte de su propia iglesia, en la que a pesar de todo seguía creyendo y a la que tanto y tan lealmente había servido.

De la muerte a la inmortalidad

Hidalgo fue fusilado al amanecer del 30 de julio de 1811 en el patio del antiguo Colegio de los Jesuitas, entonces habilitado como cuartel realista y que en la actualidad es el Palacio de Gobierno de Chihuahua. Antes de conducirlo al paredón –se dice–, pidió que le llevaran unos dulces que había dejado en la capilla donde pasó la noche. Los repartió entre los soldados indicándoles que le dispararan a su mano derecha, la que pondría sobre su pecho. Besó el banquillo colocado contra la pared y pidió que no le vendaran los ojos ni le dispararan por la espalda, como era la usanza al fusilar a los traidores. Sólo se le concedió lo segundo. Se sentó, le ataron las piernas y esperó la descarga. Fueron necesarias tres de ellas para acabar con su vida.

Una vez desatado el cadáver, se colocó en una silla para la expectación pública. Al anochecer le fue cortada la cabeza por un comandante tarahumara cuya bonificación fue de veinte pesos. Los padres penitenciarios de San Francisco reclamaron su cuerpo, lo velaron y le dieron sepultura. La cabeza se conservó en sal y fue llevada a Guanajuato. La metieron en una jaula y la colgaron en una esquina de la alhóndiga de Granaditas, junto a las de Allende, Aldama y Jiménez. Las cuatro cabezas permanecieron allí hasta que se consumóla Independencia.

En 1821 el cuerpo y la cabeza de Hidalgo fueron llevados al Altar de los Reyes dela Catedral Metropolitanadela Ciudadde México. Finalmente, desde 1925 las reliquias reposan enla Columnadela Independencia, donde calladamente aguardan, reconocidos los claroscuros del hombre y restituida la fuerza simbólica del mito, que el pueblo mexicano los acepte como uno solo.

Es verdad, los héroes se levantan sobre el tiempo que sepulta al hombre. Pero tal vez si recordamos que el segundo paga con su vida la prevalencia del primero, comprenderemos mejor a Reyes cuando asegura que todavía «Hidalgo tiene mucho que hacer entre nosotros». Acaso sea tiempo de levantar al cura Hidalgo de su silla de honor y calzarle de nuevo aquellas botas de campaña; reconocer que tanto los ideales del libertador como las motivaciones del hombre son necesarios hoy, cuando a la nación mexicana le hace tanta falta recuperar la confianza en sí misma, volver a respetarse, saber que las razones verdaderas para luchar por un México mejor no están en la lealtad a un color político o en la observancia y justificación de un culto determinado, sino en las cosas inmediatas y domésticas, los pequeños, elementales bienes que como pueblo libre tenemos el derecho de ganar, disfrutar y defender.

No hay figura más grande, más influyente que Miguel Hidalgo en la historia mexicana, y hay plena justicia en ello. Pero antes de ser el santo libertador, el Generalísimo de América, el sacerdote incendiario, cabe recordar que aquella noche de septiembre de 1810, levantado de su cama hacía apenas unos minutos, tal vez descalzo, acaso nervioso, a punto de iniciar un movimiento que definiría el destino de una nación, el cura Hidalgo era tan sólo un hombre que conversaba con Allende, todavía capitán del ejército realista, bebiendo, se dice, una taza de chocolate.

NOTAS


[i] González Navarro, Moisés, «Alamán e Hidalgo», en Historia Mexicana, III/2 (octubre-diciembre, 1953). México, El Colegio de México, pp. 239-240.

 

[ii] Reyes, Alfonso, «Discurso pronunciado el 8 de mayo de 1939 en el Colegio de San Nicolás», publicado, entre otros, en En torno al nicolaíta Miguel Hidalgo y Costilla. Morelia, Universidad Michoacana, 1983, pp. 11-14.

 

[iii] O’Gorman, Edmundo, «Hidalgo en la historia. Discurso de ingreso pronunciado por el señor doctor don Edmundo O’Gorman», en Memorias de la Academia Mexicana de la Historia. Correspondiente de la Real de Madrid, XXIII (julio-septiembre de 1964). México, Academia Mexicana de Historia, pp. 221-239.

 

[iv] Sierra Casasús, Catalina, «El excomulgador de Hidalgo», en Historia Mexicana, III/4 (octubre-diciembre, 1953). México, El Colegio de México, pp. 178-191.

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Javier Mardel es escritor. Ganó el Premio Hispanoamericano de poesía para niños convocado por el FCE.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. Diego

    diciembre 28, 2011 at 11:45 am

    Me parece que es un buen escrito, principalmente en cuanto al análisis que se hace de la percepción que actualmente tienen los mexicanos sobre Miguel Hidalgo: una figura de vital importancia, pero siempre distante y algo sombrío. Aún así tengo que mencionar que me parece que es inconsistente la forma en que se hace referencia al Cura Hidalgo como un libertador. Tal vez habría que dejar claro lo que se quiere decir con dicho adjetivo, pues Hidalgo no pretendía con su lucha lograr la independencia de la Nueva España americana, como se puede deducir del mencionado grito “¡Viva Fernando VII!”. A mi entender, lo que buscaba Hidalgo con su lucha era imponer una junta que gobernara en la ausencia de Fernando VII. Pareciera que el verdadero libertador fue Morelos (tal vez por lo mismo le quedaría el título de “Padre de la Patria”), quien sí proponía la independencia de la Nueva España americana del dominio español, pero estas consideraciones dependen de lo que se pretende manifestar al asignar el adjetivo de libertador. E independientemente de lo que se haya querido decir con esta palabra, me parece que hizo falta hacer referencia a este detalle de magna importancia que se suele pasar por alto en la educación básica mexicana: ¡Hidalgo no pretendía la independencia mexicana! Por lo demás, felicitaciones por el escrito.

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