Irlanda del Norte: cuando la paz se convierte en quimera

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Irlanda lleva casi quinientos años desgarrada por un conflicto que resurge una y otra vez. ¿Qué la separa tan fuertemente de la paz y la unidad? Mariana Jaramillo vuelve a las raíces del conflicto para mostrar la multiplicidad de factores que, hoy en día, producen círculos de violencia difíciles de vencer y que dan a esta guerra su carácter de crisis perpetua.

 

Mariana Jaramillo

 

La isla celta de Irlanda ha sido escenario de uno de los conflictos más antiguos, persistentes y enigmáticos de la historia europea. Involucrando problemas culturales, políticos, económicos, étnicos e incluso estructurales, el conflicto que ha enfrentado a las dos Irlandas desde hace casi cinco siglos ha representado un choque de identidades que todavía prevalece en nuestros días, siendo motivo de análisis en muchas materias orientadas al entendimiento del problema de fondo que mantiene dividida a la Isla.

Las noticias más recientes del conflicto, en torno a los disturbios desencadenados por el mantenimiento de la bandera británica a las afueras del Ayuntamiento norirlandés, nos recuerdan lo frágil y endeble que sigue siendo la paz al norte de Irlanda y lo lejos que el pueblo gaélico se encuentra aún de la unidad nacional. Por lo tanto, ¿cómo entender las razones de fondo que mantienen en pugna a católicos y protestantes de la región del Ulster? Para poder acercarnos a éstas, es preciso aproximarse en primera instancia a la historia del pueblo irlandés aun en épocas previas al colonialismo británico.

 

Un primer acercamiento a Irlanda

Más allá del Mar de la Muerte yace la raza de Hibernia…[1]

Esta frase recurrida por griegos y romanos para referirse a los antiguos pueblos asentados en la región de las Islas británicas, refleja parte del misticismo que encierran aquellas tierras, cuya historia y cultura sigue siendo un enigma para propios y extraños; enigma que también ha sido partícipe en el análisis de las múltiples batallas que el pueblo irlandés ha protagonizado en pos de su identidad. Así pues, para poder comprender la mística del conflicto que persiste en la Isla, es menester tener un primer acercamiento a las particularidades de la misma.

La isla de Irlanda es un Estado insular compuesto por cuatro regiones, a saber: Ulster, Connaught, Leinster y Munster; las tres últimas conforman la actual República de Irlanda, mientras que la primera compone a la llamada Irlanda del Norte, provincia perteneciente a Reino Unido. Pese a que comparten el mismo territorio, el Norte y Sur de la Isla distan no sólo en la forma de gobierno que han decidido adoptar, también lo hacen en la identidad de sus respectivos pueblos, de manera que es menester explicar muy brevemente la situación por la que se diferencian.

Si bien la historia irlandesa es relacionada con frecuencia con la invasión y colonialismo de Gran Bretaña o con la presencia de la cultura celta en la región, es preciso hacer hincapié en que durante cerca de siete mil años, Irlanda ha sido escenario de múltiples incursiones e invasiones que han dado como resultado una rica mezcla de cultura y tradiciones que hoy por hoy constituyen la identidad irlandesa. Dentro de aquellas invasiones encontramos, por ejemplo, la llegada de los celtas en el siglo VI a. de C., quienes introdujeron la unidad lingüística a la Isla al generalizar el uso de la lengua celta o gaélica, la cual hoy se sigue considerando la primera lengua oficial en la República, incluso por encima del inglés.[2]

Posteriormente se introdujo el cristianismo, bajo la tutela de San Patricio, en el siglo V d. de C., el cual trajo la unidad religiosa a la Isla. Este aspecto es de relevancia porque el catolicismo y la tradición celta-gaélica son dos de los elementos que han dado sustento a la identidad nacional irlandesa, aun antes de la emancipación católica impulsada por Daniel O’Connell, ya que desde los tiempos tribales, debido a la ausencia de una unidad y estructura política definidas, la cohesión social se basaba en aquellos dos aspectos. Así, al ser parte fundamental de la identidad nacional irlandesa, la defensa de lo católico y lo celta sería una constante en sus luchas de reivindicación.

Ahora bien, otra incursión destacada corrió a cargo de los vikingos, quienes arribaron principalmente a las costas de Dublín entre los siglos IX y X impulsados por intereses comerciales. Los normandos[3] hicieron lo propio en el siglo XII. Estableciéndose primero en Inglaterra y Gales, pronto lograron el control de numerosas tierras al norte de la isla de Irlanda, en la región de Ulster, hasta que finalmente ésta cayó en poder de la Corona inglesa en 1603.

A partir de estas primeras incursiones comenzaron a establecerse asentamientos de ingleses y escoceses en Ulster, quienes fueron introduciendo poco a poco sus estructuras sociales, impactando en cierta medida en las estructuras políticas y religiosas propias de aquella provincia, lo cual derivó en el malestar de la población nativa y se tradujo en una serie de batallas llevadas a cabo durante el siglo XVII en contra del control inglés, que finalmente venció. Cabe señalar que una vez lograda la derrota irlandesa en aquellas batallas, se comenzó a dar una primera oleada de migración que expulsó importantes cantidades de población irlandesa, un acontecimiento muy vivamente recordado por aquella población durante los periodos más críticos de su acontecer.

Del mismo modo, una vez afianzado el poder británico en manos de la dinastía Tudor, la Iglesia anglicana protestante se hizo del poder político, de la propiedad de las tierras y del sistema judicial, en todo lo cual se discriminaba a la comunidad nativa, mayoritariamente católica. La región norte de Irlanda comenzaría a desarrollarse con mayor rapidez que el resto de la isla debido al importante intercambio comercial que las colonias británicas ahí asentadas tenían con la metrópoli. Esto dio pie a una segregación económico-social que favorecía a los colonos británicos (mayoritariamente protestantes) y que se evidenciaría aún más una vez implantadas las llamadas Leyes Penales. Este compendio de leyes, elaborado paulatinamente entre los años 1695 y 1797,[4] fue la base sobre la cual se sustentaría el poderío británico sobre tierras irlandesas debido a que, usando las diferencias étnico-religiosas como una herramienta para la expropiación de tierras y la sumisión económica de la Isla, promovió el descontento y la segregación social de la que sería victima la población nativa irlandesa hasta mediados del siglo XIX, y en ocasiones, hasta nuestros días. Algunas de las restricciones que imponían estas leyes a los católico-irlandeses eran, entre otras muchas, al acceso a una educación formal, a la participación política, a ostentar algún cargo público, a poseer o heredar tierras, etc., lo cual poco a poco derivó en el empobrecimiento del grueso de la población que profesaba aquella fe o que era nativa.

 

Los orígenes del nacionalismo irlandés

Aquella situación de desigualdad derivó en una serie de levantamientos en contra del yugo colonial que, en gran medida por su falta de organización, fueron aplastados. No obstante, ya entrado el siglo XVIII, destacaría el movimiento del republicano y revolucionario Theobald Wolfe Tone, conocido como el movimiento de Los Irlandeses Unidos (The United Irishmen, en su original inglés), el cual sería el precursor de la corriente revolucionaria y republicana que algunos otros movimientos destacados retomarían en los siglos XIX y XX.[5] La importancia de este movimiento recayó no sólo en que fue el primero en promover el republicanismo en la Isla, sino que también  propugnaba por una ciudadanía y una identidad irlandesa alejadas de las diferencias religiosas y sectarias, ya que sostenía que cualquier habitante de la isla era ciudadano irlandés, sin importar si era de ascendencia inglesa o nativa, o si era protestante o católico.

El movimiento de Tone logró en un primer momento el derecho al voto de los irlandeses católicos acomodados, pero iría más allá al buscar una emancipación total en 1797, mediante una rebelión que fue aplastada por el gobierno británico y que trajo como consecuencia la firma y establecimiento del Acta de Unión de 1800, con la cual Irlanda pasaría a formar parte del Reino Unido, siendo suprimido el Parlamento irlandés, hasta entonces dominado por la llamada «Ascendencia» británica (colonos ingleses acomodados y asentados en el norte de la Isla).

Esta situación causaría descontento dentro de la cúpula política irlandesa, ya que la unión parlamentaria significaba una disminución del poder político de la Ascendencia, la cual, pese al recelo que le representaba el Acta, finalmente decidió aceptarla a cambio de que el gobierno de Westminster llevara a cabo la unión sin la emancipación católica (temida por los colonos pues mermaba aún más sus privilegios económicos y políticos) que se había promovido desde Londres como respuesta para frenar las rebeliones de los católicos irlandeses.

Como consecuencia de ello, el siglo XIX se caracterizó por la búsqueda de emancipación bajo el signo católico. Diversas batallas políticas se llevaron a cabo y se consiguieron algunas victorias a favor de los derechos de aquel sector de la población. Por ejemplo, en 1829, católicos liderados por Daniel O’Connell lograron el derecho de participación en el Parlamento y, a partir de entonces, comenzaron a surgir diferentes esfuerzos por reformar o deshacer la unión entre Gran Bretaña e Irlanda.

Cabe señalar que el movimiento de Daniel O’Connell difería un tanto de los esfuerzos de sus antepasados puesto que éste era de carácter constitucionalista. O’Connell, si bien provenía de una familia católica, tenía una posición económica desahogada gracias a que su abuelo logró conservar sus tierras tras el desahucio que generó la colonización inglesa; de esta forma, la postura de O’Connell era más moderada. Este líder no buscaba precisamente la plena libertad de la Isla respecto a su metrópoli, tan sólo se conformaba con que la gran mayoría de la población (católicos) gozara de los mismos derechos que los colonos ingleses.

El movimiento constitucionalista que encabezó tuvo un apoyo generalizado y logró, entre otras cosas, la ya mencionada emancipación católica en 1829 y la fundación de la Asociación Pro Revocación (del Acta de Unión) en 1840; asimismo, se convertiría en referente obligado del vínculo entre la identidad irlandesa y la religión católica. No obstante, a mediados del siglo XIX, Irlanda sería escenario de un acontecimiento catastrófico que cambiaría el rumbo de su historia y sería determinante para la consecución de la tan anhelada libertad.

Para el año 1840 tendría lugar una hambruna que mermaría la densidad demográfica de la Isla, tanto debido a las muertes que ocasionaría la falta de alimentos, como debido a la oleada de migración que acarreó. La población irlandesa se redujo en casi dos millones de personas, todo lo cual debilitaría los intentos de O’Connell y sus seguidores para continuar con la lucha. El pueblo se encontraba más preocupado por sobrevivir que por luchar una batalla de la que probablemente se beneficiarían una vez más los poderosos. Otro factor que debilitaría los esfuerzos del libertador constitucionalista sería la crítica de la que fue víctima como consecuencia de los favores que había hecho a sus allegados. En este contexto, surgirían grupos alternativos al movimiento independentista que retomarían la herencia de Wolfe Tone y los Irlandeses Unidos.

 

Los movimientos nacionalistas y los primeros intentos de emancipación

Durante la segunda mitad del siglo XIX persistirían dos corrientes del nacionalismo irlandés que diferían respecto a los métodos y alcances de la lucha por la libertad de la Isla: por un lado, los constitucionalistas herederos del movimiento de O’Connell y, por otro, los revolucionarios, quienes pretendían revivir las raíces del movimiento de los Irlandeses Unidos criticando además los tímidos esfuerzos de los constitucionalistas por lograr la emancipación total de Irlanda.

Este grupo, además de ser republicano, muchas veces se pronunció a favor del uso de las armas para lograr la independencia irlandesa, por lo que con el tiempo surgirían facciones dentro de esta corriente que algunas veces tenderían a radicalizarse, escindiendo al movimiento en más de una ocasión y debilitando sus esfuerzos para la consecución de su objetivo final. Ejemplo claro de ello serían los múltiples alejamientos que tuvieron el IRA y el partido Sinn Fèin durante la primera mitad del siglo XX.

Ahora bien, algunas de las principales consignas que defenderían los revolucionarios de la época se derivaron de las consecuencias de la hambruna del siglo XIX. Por un lado, consideraban la propiedad de la tierra como el principal factor que favorecería la emancipación de la población irlandesa,[6] asimismo, enardecerían el movimiento con el fulgor del resentimiento ocasionado por la apatía de la Corona británica frente a la mortandad acarreada por la hambruna y, finalmente, se favorecerían de las oleadas de migración (hacia Estados Unidos, principalmente), ya que la población establecida fuera de la Isla sería una fuente importante para el financiamiento de los movimientos republicanos y revolucionarios.

En Irlanda, el principal grupo revolucionario sería la Hermandad Republicana Irlandesa (IRB, por sus siglas en ingles), mientras que paralelamente operaba en Estados Unidos su par, la Hermandad Feniana. Por los vínculos entre ambas sociedades es que a los miembros de éstas se les conoció como los «fenianos». Fueron los fenianos quienes encabezarían la famosa rebelión de 1916, que, pese a que contó con un número reducido de participantes, causó un impacto importante en la historia irlandesa y en el logro de la preciada independencia.

El 24 de abril de 1916, un grupo de 700 hombres al mando de Patrick Pearse, líder de los Voluntarios Nacionales Irlandeses (grupo feniano), se enfrentaría al yugo colonial y proclamaría tanto la creación de la República de Irlanda como del Ejército Republicano Irlandés (IRA), por lo que a partir de entonces la rama armada y revolucionaria de los fenianos comenzaría a denominarse como tal.

La razón de origen de tal levantamiento recaía en la promesa del gobierno británico de otorgar el autogobierno a Irlanda, en 1914, como consecuencia de los pactos entre el parlamentario moderado irlandés Charles Parnell (quien encabezaría la Liga Agraria en pro de la propiedad de la tierra para los irlandeses) y el entonces primer ministro británico  liberal, William Gladstone. No obstante, tras el estallido de la Gran Guerra, el proceso de establecimiento del autogobierno se retrasó, provocando el descontento de los independentistas irlandeses, el cual se vería acrecentado gracias a la designación del contingente irlandés que sería enviado a participar a la guerra.

A pesar de que el movimiento prontamente fue sofocado y perseguido por las autoridades británicas, debido a la serie de atentados en contra de unionistas y británicos que le sucedieron, tendría consecuencias de gran relevancia. Por un lado, el temor del levantamiento y emancipación católica contribuyó a reforzar los esfuerzos de los llamados «unionistas británicos» para evitar la escisión de la Isla, por lo que conformaron grupos políticos y armados que perseguirían a los revolucionarios.[7] Por otro, la barbarie con la que el gobierno británico comenzaría a castigar a los precursores revolucionarios le valió la desaprobación de la opinión pública internacional, principalmente de Estados Unidos, cuyo apoyo era evidentemente necesario en los albores de la Primera Guerra Mundial. Precisamente por la presión de la coyuntura y de la opinión pública estadounidense, comenzó a retomarse la idea de la creación del Estado Libre Irlandés, el cual se materializaría una vez terminada la conflagración mundial.

Para aquellas fechas, el partido republicano Sinn Fèin, con Arthur Griffith a la cabeza, ya había sido constituido y había ganado las elecciones generales del Parlamento en 1918, comenzando a ejercer presión a favor de la independencia. Con ello, las negociaciones entre el gobierno británico y las fuerzas revolucionarias y unionistas de Irlanda habían comenzado. El gobierno británico se comprometía a establecer un Estado libre en el que Irlanda tendría un Parlamento propio que ya no dependería completamente de Westminster, pero que se debería mantener fiel a la Corona británica, la cual seguiría representando a la Isla en sus relaciones exteriores. En cuanto al compromiso del gobierno británico con la población unionista, principalmente asentada en la región norte de la Isla, éste se obligaba a ofrecer la opción de que el pueblo norirlandés decidiera si continuaba siendo parte del Reino Unido o se adscribía al gobierno del nuevo Estado. Por supuesto, la población unionista se pronunció a favor de seguir siendo parte del Reino Unido, no sólo por sentir que compartían un sentimiento de pertenencia respecto a la nación inglesa, sino porque igualmente buscaban salvaguardar sus privilegios económicos y políticos, de algún modo garantizados al recibir la ciudadanía británica.

El acuerdo fue finalmente aceptado por el gobierno republicano del Sinn Féin, lo cual le valió la crítica de las facciones revolucionarias más puristas (principalmente de los miembros del IRA) y derivó en una fuerte crisis política dentro de los círculos republicanos que llevó incluso a la escisión de los mismos en grupos radicales y moderados. Dentro de las opiniones divididas que existían al interior del partido, sobresale la de su propio fundador, Griffith, quien consideraba que la mejor forma de gobierno para Irlanda sería una monarquía dual, similar a la austrohúngara, en la que el país gozara de poderes ejecutivo, legislativo y judicial plenos e independientes, pero que igualmente pudiera ampararse con el resto del Reino Unido, lo cual se traducía en un condicionamiento del carácter independiente de la Isla. Del mismo modo, la crisis sobrepasó las fronteras de lo político y se vio reflejada en una guerra civil acontecida entre 1923 y 1924, caracterizada por el terror provocado por las pugnas entre unionistas y las distintas facciones republicanas.

 

El resurgimiento del conflicto

Aquellas discrepancias, críticas y enfrentamientos se tradujeron en un debilitamiento y pérdida de legitimidad del IRA y su brazo político, el Sinn Fèin, que finalmente perdería la conducción del nuevo Estado. En medio de este contexto, surgirían nuevas fuerzas políticas revolucionarias más moderadas que criticaban las formas violentas de manifestación del IRA y sus nacientes grupos disidentes (que se habían radicalizado como consecuencia de la crisis política al interior de los círculos revolucionarios), y que buscarían la libertad de la Isla mediante métodos constitucionales. Esta nueva coalición, encabezada por el partido republicano moderado Fianna Fail, lograría primeramente el establecimiento de una nueva Constitución para Irlanda (1937) y posteriormente el de la República, en 1949.

Pese a estos importantes logros, la consigna de mantener a la región del Ulster como parte del Reino Unido se sostendría. Los sectores más radicales del IRA consideraban que la República sólo era el primer paso para el establecimiento del Estado irlandés, ya que buscarían la reabsorción de la parte norte de la Isla, la cual consideraban un enclave británico que ponía en peligro la soberanía irlandesa. Así, para 1950, el sector irregular del IRA (jamás reconocido por la contraparte política republicana del Sinn Fèin) retomaría la violencia y establecería el Consejo de Guerra del IRA, el cual tendría como único enemigo a Inglaterra y reabriría la lucha en el Ulster.

La campaña militar del Consejo iniciaría en 1956 mediante acciones dirigidas desde la República de Irlanda y tendría como objetivos puestos fronterizos, cuarteles, centros de comunicación y oficinas de gobierno en Irlanda del Norte, sin embargo tan sólo duraría nueve años debido a la falta de apoyo de la población de la República y de las pocas comunidades católicas establecidas en el Ulster. Sin embargo, para la década de los sesenta, las pequeñas concentraciones católicas en Irlanda del Norte,[8] todavía víctimas de discriminación política y económica y en ocasiones objeto de violencia por parte de unionistas radicales, comenzarían a tomar conciencia de su situación e iniciarían un nuevo activismo en pro de la igualdad de derechos civiles.

Ante la falta de respuesta del gobierno británico, las manifestaciones pacíficas y actos reivindicativos del movimiento comenzaron a radicalizarse hasta alcanzar poco a poco un nivel violento, por lo que la comunidad protestante, apoyada en gran medida por la policía norirlandesa (RUC,[9] por sus siglas en inglés), el ejército británico y las organizaciones protestantes leales al régimen, iniciarían una serie de atentados en los barrios católicos del Ulster.

De esta forma, las facciones del IRA que apoyaban la defensa de la comunidad católica buscarían responder al fuego con fuego, dando pie a una oleada de atentados y represalias y proclamando la vía armada como el método para la reunificación de Irlanda. Lo anterior tuvo como consecuencia el establecimiento (por mandato del gobierno británico) de una ley marcial en agosto de 1969. De esta forma y, a petición de los unionistas del Ulster, las fuerzas armadas británicas tomarían papel en el conflicto.

Esta situación impactaría en la ya existente crisis política e ideológica que finalmente contribuyó a la ruptura formal entre el sector oficialista y el tradicionalista del IRA, ya que los primeros estaban a favor de la reunificación por métodos constitucionales y pacíficos, mientras que los tradicionalistas (influenciados por la ideología socialista de la época) se inclinaban por la lucha armada. Los tradicionalistas constituyeron la facción del IRA Oficial, mientras que los oficialistas se aglutinaron en el PIRA (Ejército Provisional de la República de Irlanda).

Ahora bien, cuando el IRA Oficial decidió abandonar la violencia, sufrió nuevamente una escisión por parte de su sector más radical, quien se nombraría Ejército Nacional de Liberación de Irlanda (INLA), el cual se volvería aún más extremista que los provisionales. Estos acontecimientos se tradujeron en una constante acción-represión que duraría al menos dos décadas más, en las que se sucedieron una serie de atentados bomba que fueron acompañados con políticas de contención encabezadas por el gobierno británico y la República de Irlanda.

Entre estos esfuerzos para contener y sofocar el conflicto en la Isla, destacan los Acuerdos del Viernes Santo de 1998 (también conocidos como Good Friday Agreement o Acuerdos de Belfast), mediante los cuales se estableció un gobierno de poder compartido entre el Ejecutivo de la República de Irlanda y la Asamblea establecida para Irlanda del Norte, para poner fin al conflicto entre ambas Irlandas y garantizar la protección de los intereses de ambas comunidades en la provincia.

 

Conclusiones

A pesar de tales esfuerzos, aún en fechas recientes se han dado a conocer disputas de tintes xenófobos llevadas a cabo dentro de territorio norirlandés entre católicos y protestantes, demostrando con ello que el conflicto que con frecuencia se cree que tuvo origen en la partición de la Isla y a raíz de las diferencias religiosas entre una y otra comunidad, rebasa estos parámetros, mostrándose como una contienda cuyas raíces son vetustas y sus motivaciones se encuentran involucradas inevitablemente con intereses políticos y económicos de las élites en el poder.

Del mismo modo, es preciso señalar que la serie de atentados en defensa de una u otra población, más allá del resguardo de la religión, la etnia o los derechos civiles, se ha convertido en una campaña de rencores y represalias basada en el trinomio de la provocación, la reacción y la represión, envolviendo al conflicto en un círculo vicioso donde la paz se muestra frágil y endeble, susceptible de ser rota ante una mínima incitación.

Hoy en día, el antiguo anhelo de una Irlanda moderna, unida, gaélica y autosuficiente no se ha logrado. El viejo nacionalismo revolucionario del que fuese heredero el republicanismo del IRA y el Sinn Fèin ha perdido fulgor quizás porque se le ha asociado con el terrorismo del que se han valido las manifestaciones de los grupos militares tanto irlandeses como británicos, mostrando con ello que la violencia no es más la opción para el largo camino que debe recorrer el país en su afán por conseguir la paz y la unión.


NOTAS

[1] John O’Beirne Ranelagh, Historia de Irlanda, España, Cambridge University Press, 1999,  p.7.

[2] Artículo 8 de la Constitución de la  República de Irlanda, del 29 de diciembre de 1937. Constitución de Irlanda, documento PDF, Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, obtenido de: http://www.wipo.int/wipolex/es/text.jsp?file_id=194518, consultado el 4 de febrero de 2013.

[3] Entre algunas de las principales aportaciones de los normandos a la sociedad irlandesa de entonces encontramos la fuerte tradición militar (muy disciplinada) y la estructura legal anglonormanda que se basaba en el derecho consuetudinario, el cual difería del derecho Brehon irlandés, ya que, por ejemplo, establecía la propiedad personal de la tierra y no la propiedad familiar del clan.

[4] John O’Beirne Ranelagh, op. cit., p. 73.

[5] Dentro de los principales movimientos herederos del republicanismo revolucionario de los Irlandeses Unidos, destaca el de los Fenianos, que a finales de siglo XIX y XX encabezarían las rebeliones a favor de la independencia de Irlanda, de las cuales sobresale la rebelión de 1916, que daría pie a la declaración de la República y el establecimiento del Ejército Republicano Irlandés (IRA, por sus siglas en inglés) ese mismo año.

[6] De ahí la importancia de la Liga Agraria de Patrick Pearse (1879), que buscaba condonar la deuda de muchos campesinos irlandeses, quienes debían pagar una renta al terrateniente inglés desde los tiempos de la confiscación de tierras. En este sentido, los fenianos reconocían el vínculo de la nacionalidad con la propiedad de la tierra por parte del pueblo.

[7] Entre estas agrupaciones destaca la Fuerza Voluntaria del Ulster, brazo armado del Consejo Unionista del Ulster.

[8] Tras la partición de la Isla, una pequeña porción de católicos que habitaban en algunos condados limítrofes entre la República e Irlanda del Norte quedaron comprendidos dentro del Reino Unido y seguían padeciendo de discriminación y violencia, situación que desató el descontento de otras facciones del IRA que buscarían la reivindicación de los derechos de los católicos.

[9] Las siglas significan: Royal Ulster Constabulary (en español, Real Guardia Civil de Ulster), organización surgida el 29 de abril de 1922 que tenía como antecedente al RIC (Royal Irish Constabulary), guardia que estaba en funciones durante el periodo colonial. Actualmente se considera al RUC como una fuerza especial militarizada de la policía norirlandesa creada especialmente para hacerle frente al IRA. The Royal Ulster Constabulary, Página web, The Royal Ulster Constabulary.org, obtenido de: http://www.royalulsterconstabulary.org/, consultado el 10 de febrero de 2013.

 

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Mariana Josasi Jaramillo Álvarez (Distrito Federal, 1989). Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó la tesis de licenciatura «El Nacionalismo irlandés y la génesis de una República». Colaboró en el Centro de Estudios Europeos de la misma universidad de marzo a octubre de 2011. Actualmente es analista investigadora en la Secretaría de Gobernación.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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