Entre el balón y los votos
La relación entre el futbol y la política tiene múltiples aristas y va evolucionando dependiendo del contexto histórico particular que le toque enfrentar. En el caso brasileño, este deporte ha sido utilizado tanto como herramienta para legitimar regímenes autoritarios, como escaparate para la construcción de carreras políticas aprovechando, por supuesto, la visibilidad y alcance que tiene en el grueso de la población brasileña. A través de ejemplos paradigmáticos (Pelé, Romario, Bebeto), Natalia Rivera describe la compleja relación que existe entre los futbolistas brasileños y las altas esferas del poder político de ese país.
Natalia Rivera Hoyos
Estoy obligada, por un sentido de ética y respeto a los lectores, a iniciar este texto con un mínimo exordio personal. Desafortunadamente, no soy una gran conocedora de futbol (quiero decir: no soy siquiera una mínima pambolera), tampoco soy especialista en política brasileña. Pero desde hace algunos años empecé a explorar la historia de Brasil y su dinámica política, y esas andanzas me han llevado a escudriñar intersecciones como ésta, en la que el futbol, la historia y la política se conectan. Han sido andanzas que también me llevaron de regreso a Brasil, a estudiar y vivir allá por un tiempo. Este texto, por tanto, forma parte de ese pequeño camino exploratorio (que no ha llegado a su fin) y lo someto –como exploración, precisamente– al ojo crítico de los lectores. Sé que habrá quienes detecten ausencias, quienes quizá identifiquen errores y quienes, con su conocimiento y experiencia, podrían enriquecer enormemente este artículo. A ellos debo admiración y respeto, y debo, sobre todo, las gracias por leerlo y comentar. Así, en este artículo exploro las relaciones que han vinculado futbol y política en Brasil, una vinculación que ha registrado sentidos diversos, a veces como capitalización de un objeto propagandístico, a veces como blanco de críticas políticas y, más recientemente, como carreras que han conectado a algunos futbolistas con el mundo de la política, de los partidos y de los cuerpos legislativos. Es difícil para mí, al menos en este momento, discernir un patrón claro y estable que describa, sin fisuras o contradicciones, la dinámica histórica entre el balón y los votos, pero va aquí una pequeña reflexión que puede ofrecer puntos de crítica y debate. [Fin del exordio]
En 1958, en la sexta edición de la Copa Mundial de Futbol, el jugador Edson Arantes do Nascimento, Pelé, brilló en la escena internacional. Era el jugador brasileño más joven del torneo y era, también en aquel entonces, el jugador más joven en una Copa del Mundo. El campeonato mundial en Suecia fue el primero en ser televisado y, a pesar de que Pelé marcó su primer gol solamente hasta cuartos de final –el único gol del equipo en contra de la selección de Gales–, la figura del joven de diecisiete años quedó inmortalizada en las grabaciones de los partidos. Era el primer título mundial para Brasil y, junto a las futuras victorias que el equipo brasileño conseguiría en años posteriores, la figura tanto de Pelé como del futbol crecían y se mezclaban.
Así, cuatro años después, en la Copa de 1962, en Chile, Pelé era considerado ya el mejor jugador del mundo. Junto a él brillaban también otros futbolistas, como Garrincha, Vavá, Zito, Didí, Djalma Santos y Zagallo (legendario entrenador de la selección brasileña), que habían formado parte de la selección nacional en la Copa anterior. El torneo en Chile significó el segundo título para Brasil. Por una lesión, Pelé no pudo jugar todos los partidos, pero su desempeño produjo jugadas memorables y el personaje, nuevamente, se fundía con el deporte y el triunfo. En una dinámica así, en la que la idea de victoria se une a la idea de país, se forma un sentido de la unidad nacional vinculado al futbol, una unidad en la que el trabajo en equipo, el apoyo a lo colectivo y la identificación con el brasileño común y corriente se funden en la misma noción.
El título de tricampeones, que llegó en 1970 en el mundial de México, ofreció una oportunidad para capitalizar el futbol en el mundo político. Eran tiempos de la dictadura militar que gobernaba el país desde el golpe de 1964, y en el año de la Copa la presidencia estaba en manos de Emílio Garrastazu Médici (1969-1974), que presidió el periodo considerado de mayor represión y persecución política en Brasil. Tanto en los meses anteriores al campeonato como durante la Copa y tras la victoria de la selección en la final contra Italia, Médici era retratado –en medios, en fotografías, en la publicidad oficial, en declaraciones de políticos y funcionarios y en sus propias declaraciones– como un apasionado del futbol. Y al parecer, según investigadores e historiadores,[i] Médici era, en realidad, fanático del futbol. Esa afición personal del presidente por el deporte se exhibió, en los circuitos de la política y la propaganda, como rasgo de su «brasilidad» y como evidencia de su condición de hombre común, de hombre del pueblo, cercano al brasileño de la calle, al hombre de a pie. No puedo citar todas las evidencias de este argumento, pero sigo, en trazos generales, el texto de Marcos Guterman, que abunda en citas y referencias y que elabora una argumentación sólida y convincente. Guterman cita (p. 270) a Jarbas Passarinho, ministro de Educación en el gabinete de Médici, que declaró al periódico Folha de São Paulo en junio de 1970, refiriéndose al presidente: «Todos conocen su nacionalísimo gusto por el futbol. Doy mi testimonio de la emoción con la que el presidente vio todos los juegos, apoyando con el entusiasmo del brasileño normal y del hombre común que el elevado cargo no modificó». Así, el mismo Guterman escribe (p. 270, la traducción es mía):
Desde el punto de vista estrictamente ceremonial, Médici cumplió, como casi todos los otros presidentes brasileños en circunstancias semejantes, su «obligación» de brindar apoyo y solidaridad al seleccionado nacional en la disputa por la Copa del Mundo. Sin embargo, en el caso específico de Médici, lo que se vio, a juzgar por los retratos de la época, fue una entrega personal que superó, con holgura, el ritual adecuado a la función que ejercía.
El desempeño de la selección brasileña en la Copa de México hizo que el futbol en Brasil se posicionara como un activo para el gobierno de Médici, una fuente de legitimidad para la dictadura. El presidente no ahorró esfuerzos en vincular su imagen a la de la selección, sugiriendo la intención de transformar una victoria deportiva en un logro político,[ii] elaborando eslóganes oficiales como «Nadie detiene a este país» (Ninguém segura este país) o «Brasil: ámelo o déjelo» (Brasil; ame-o ou deixe-o).[iii]
También eran años de bonanza económica, tiempos en los que el crecimiento del PIB registraba tasas anuales de 10 %, los días del «milagro brasileño». Por ello, la energía nacionalista no era producto exclusivo del desempeño futbolístico, tampoco de las posibles maniobras de la propaganda oficial, sino también de un momento económico particular del siglo XX, momento que tocó a Brasil con ímpetu en esos años, pero que no era exclusivo de ese país, pues México, por ejemplo, también vivía en ese entonces el milagro económico, aunque ya en su fase final, la del «desarrollo estabilizador», según la historiografía de la época. Esa dinámica económica de crecimiento acelerado hacía su parte en la legitimación de la dictadura militar; y el título de tricampeones –el primero en el mundo– abonó a ese momento de triunfo. (Pero la situación económica sería muy diferente cuatro años después, cuando la decisión de la OPEP afectó la economía brasileña –como la mexicana y otras economías dependientes del petróleo– y se terminó el milagro económico. También ese año Brasil volvió a casa derrotado. La Copa había quedado en manos de los alemanes occidentales. Ni a la final pudieron llegar.)
Así, la victoria de 1970 apoyó la orientación de la propaganda política. Sin embargo, también produjo en los sectores de la oposición y la resistencia una crítica a la popularidad del futbol y un escepticismo con respecto a sus consecuencias sobre el bienestar social. Frente al «poder diluyente de las diferencias sociales» y la «resolución simbólica de las desigualdades económicas habituales» que opera el futbol en Brasil, los críticos del régimen oponían la idea de que este deporte funcionaba como un dispositivo que reprimía el conflicto de clases y que mistificaba la realidad, pues impedía la comprensión cabal de las condiciones político-sociales del país, alejando así a las clases populares de la lucha por mejorar sus condiciones sociales. Para la crítica, el futbol, más que un mecanismo de redención social, era, sobre todo, un «opio del pueblo», parte del «aparato ideológico del Estado», una manipulación del régimen para esconder la represión.[iv]
Puede decirse, por tanto, que había un vínculo entre política y futbol, un vínculo que el régimen militar explotó en su provecho, pero que constituía algo problemático para los grupos opositores. Sin embargo, esta conexión no parecía involucrar a los futbolistas como posibles «embajadores» de una perspectiva política, tampoco produjo un efecto avasallador en la participación electoral de 1970 en Brasil, muy a pesar de las recomendaciones del jefe del partido militar, el Arena (Alianza Renovadora Nacional), Rondon Pacheco, de vincular al régimen con la victoria futbolística y de promover la idea de su cercanía al pueblo (hubo elecciones legislativas en 1970, como las habrá este año –federales y locales– tras la Copa del Mundo). Tan es así que Pelé, por ejemplo, difícilmente se expuso ante la prensa como personaje ajeno al futbol. Según Robert M. Levine y John J. Crocitti,[v] Pelé era distante del mundo periodístico en los años dorados de su carrera futbolística; sin embargo tiempo después hizo algunas excepciones, dos de ellas para la edición brasileña de la revista Playboy: una en agosto de 1980 y otra en 1993. Hoy en día, cualquier búsqueda rápida por internet muestra que Pelé da entrevistas en cualquier momento y por cualquier ocasión, pero su participación mediática hace algunos años no era, según Levine y Crocitti, un suceso tan común como hoy. En aquellas entrevistas a Playboy hay declaraciones rápidas sobre política, pero también una narración que revela el desconocimiento del futbolista respecto del ejercicio del poder político, especialmente respecto de la división social que la gestión militar había provocado en el país. Al responder a la entrevista de 1993, cuando los militares ya habían salido del poder y cuando ya se había aprobado una nueva constitución federal, Pelé habla de sí mismo como de un extraño con respecto a la realidad de Brasil en los primeros años de la década de los 70, como de alguien que desconocía y no participaba de los hechos que indignaban y escandalizaban a sus compatriotas. El entrevistador le pregunta sobre las presiones que recibió del gobierno de Ernesto Geisel (1974-1979) –presidente que sucedió a Médici– para que participara en la selección durante la Copa de 1974. Pelé responde (nuevamente la traducción es mía):
Pelé: De hecho, la hija de Geisel, Amália Lucy, me llamó; también el ministro de Educación, Jarbas Passarinho. Me presionaron, me adularon, hicieron todo lo que pudieron, pero en aquel momento, había empezado a darme cuenta de las barbaridades practicadas por la dictadura, las torturas, las personas que desaparecieron. Supe que mientras ganábamos campeonatos muchas injusticias habían sucedido, y estuve firme; no me rendí. Creo que era mi forma de protestar. Primero, porque había dejado formalmente al equipo brasileño y, después, porque familiares de algunas de las personas que desaparecieron me habían buscado, y empecé a sentirme amargado por lo que supe. Tras eso, me hicieron amenazas veladas de que mejor tuviera cuidado con mis declaraciones de impuestos, y otras cosas. Los ignoré.
Playboy::¿En realidad no habías sabido de las torturas en Brasil?
Pelé: No, había escuchado algunas cosas. En viajes con el equipo de Santos, con el equipo brasileño, tuvimos algún contacto ocasional con exiliados. Incluso el alcalde de Río, César Maia, el otro día me agradeció porque lo recibí una vez, en Chile. Pero yo era algo vago con estas cosas, no hablaba de política […].[vi]
Pero hay trechos, en ambas entrevistas –que cuentan trece años de distancia entre sí–, en los que Pelé se muestra como un hombre de orientaciones políticas duras, alejadas de la lucha por la democratización. Todavía en 1993 dijo (pp. 256-257):
Playboy: Tuvimos veinte años de dictadura, con políticos al margen, y aun con esto, la situación del país no mejoró. ¿Puede ser que el problema esté en el egoísmo de la élite brasileña?
Pelé: No, porque durante el periodo en que el ejército estaba a cargo, las cosas no estaban tan mal. No era lo que la gente quería, y había una buena cantidad de barbarie, pero tuvimos grandes avances, como en comunicaciones, por ejemplo. El sistema educativo no estaba tan mal, tampoco, y la inflación no estaba tan mal [sic]. Cuando el ejército se hizo cargo, todo estaba realmente horrible. Cuando los civiles volvieron al gobierno, las cosas se pusieron peor.
Y años antes, en agosto de 1980, ya había declarado (pp. 254- 255):
Playboy: Hay quienes te acusan de haber dado un mal ejemplo cuando afirmaste [durante la dictadura militar] que los brasileños no estaban listos para votar en elecciones libres.
Pelé: Todo lo que digo es retorcido y mal interpretado. Lo que quería decir era que el pueblo brasileño tiene que tomar la votación más en serio, no votar por Careca, por Pelé, por Zico [estrellas del futbol], porque esto no llevará a Brasil a ningún lado. Dudo que algún brasileño haya hecho tan buena publicidad fuera del país como yo. Y quiero lo mejor para el pueblo brasileño. Quise decir esto, pero cambiaron lo que dije alegando que dije que los brasileños son burros, que no saben cómo votar. Lo que todavía creo, sin embargo, es que depositar un voto en blanco o destruir boletas electorales es una forma estúpida de protestar.
[…]
Playboy: También hiciste una declaración polémica a un periodista extranjero diciendo que la discriminación racial no existía en Brasil. ¿Confirmas haber dicho esto o también fue otro caso de mala interpretación?
Pelé: Creo que en mi área, los deportes, no hay discriminación racial. Nunca tuve problemas jugando futbol con blancos; fui a la escuela con blancos y nunca fui discriminado. Creo que en Brasil el problema es la discriminación social. Esto existe en verdad, y es un gran problema. La discriminación racial existe en Estados Unidos y en Sudáfrica.
A Pelé se le escapó el hecho de que nunca en la historia de Brasil un negro había ocupado un cargo en el gabinete presidencial, hasta que él mismo, bajo el gobierno ya democrático de Fernando Henrique Cardoso (1995- 2003), fue nombrado ministro del Deporte, una posición creada especialmente para él, Pelé. Se le escapó también que en Brasil los negros y los indígenas han sido, históricamente, relegados del acceso tanto a los servicios públicos de calidad como a la educación universitaria. Fue hasta 2012 que el Supremo Tribunal Federal votó, por unanimidad, que las cuotas raciales en las universidades públicas federales –cuotas que habían empezado a operar en 2002– son un mecanismo legítimo que no viola las disposiciones constitucionales. Y se le escaparía también el hecho de que el electorado brasileño tomaría en serio el ejercicio del voto y terminaría eligiendo en las elecciones pasadas, en 2010, a dos estrellas del futbol para el poder legislativo (federal y local): Romario y Bebeto.
Repasando los hechos, las declaraciones y las entrevistas, puede decirse que futbol y política se han vinculado, a veces de forma deliberada y utilitaria, a veces de manera velada y no intencionada; pero ha sido un hecho relativamente reciente que futbolistas en Brasil hayan ganado elecciones populares. Romario y Bebeto no son la excepción –João Leite, jugador del Clube Atlético Mineiro, por ejemplo, ocupa una diputación local en Minas Gerais desde 1995. También Roberto Dinamite, ex integrante de la selección nacional y del Vasco da Gama, fue electo diputado para la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro (en 1994, 1998, 2002 y 2006)–, pero los ejemplos no son tan numerosos. Junto a Romario y Bebeto, también en 2010 el ex jugador Vampeta se postuló para una diputación federal en un distrito en São Paulo, pero no fue electo. Lo relevante quizá sea la credibilidad del futbolista ante la sociedad brasileña y la posibilidad de capitalizar su desempeño deportivo como activo para el desarrollo de habilidades políticas (pienso, brevemente, en la elección que buscó Ana Guevara en el Distrito Federal. Hoy, lo sabemos, ocupa un escaño en la Cámara de Senadores, por el PT, en representación proporcional).
Así, en 2010, Romario fue elegido diputado federal, en Río de Janeiro, por el Partido Socialista Brasileño (PSB). Desarrolló su campaña con una propuesta enfocada en la atención a la infancia, particularmente a los niños con deficiencias físicas y habilidades especiales, impulsado por Ivy, su propia hija, que tiene síndrome de Down. Pero en su logo de campaña, Romario vestía una playera verde-amarilla, simulando una playera de la selección, como también vistió en actos de campaña a lo largo de su distrito. Así, si bien su posicionamiento político no estuvo centrado en el futbol, su vinculación con el deporte estuvo presente en todas sus imágenes de campaña y en algunos de sus recorridos personales. Hoy en día, al ser entrevistado, muestra opiniones sólidas –y a veces controvertidas para el mundo del deporte– sobre la gestión del futbol en Brasil y sobre los procesos de la Copa. Según lo que declara en entrevista, él mismo ha concentrado mucho esfuerzo y trabajo en conocer las cifras, los datos y los avances de las obras y el evento. El sentido y el contenido de la información no han sido, por supuesto, motivo de alegría ni de orgullo nacional. Romario se ha mostrado muy crítico con la actuación de la FIFA en Brasil y pone en tela de juicio el comportamiento tanto de la Federación Internacional como del gobierno federal brasileño. Cito, como ejemplo, una sola línea: «La FIFA montó un Estado dentro de nuestro Estado. Es la dueña del país». Y no llueve crítica sólo a Joseph Blatter o a Dilma Rousseff. Romario también reparte regaños a otros jugadores: Ronaldo entre ellos.[vii] Una vez más: futbol hace política, y más en un país como Brasil, más ante un evento como la Copa. Pero no se le ve mal a Romario la posición crítica. Su partido, el PSB, rompió la alianza con Rousseff para la elección de este año. Afortunadamente, no enfrenta silencios políticos en su crítica a la FIFA. Bebeto, en cambio, canta otras rancheras.
También electo en 2010, para el poder legistativo del estado de Río de Janeiro, Bebeto asumió como diputado local por el Partido Democrático Laborista (PDT), partido de la base aliada del gobierno federal. La prensa lo ha mantenido en el ojo de la crítica, pues su trabajo como diputado parece estar enfocado no en las tareas legislativas, sino en la gestión del futbol. Es miembro del Comité Organizador Local de la Copa del Mundo y es, además, coordinador de las divisiones de base de la Comisión Brasileña de Futbol (CBF). Sin duda, no es crítico de la FIFA, tampoco de su política de arraso económico o de modificaciones obligatorias a las legislaciones nacionales. Parece hacer de todo por el futbol, menos legislar en la Cámara. En una nota de febrero de 2013, la prensa notificaba que durante el último año Bebeto registraba 35 % de ausencia en las sesiones de la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro.[viii] Recorre el país respondiendo a sus responsabilidades futbolísticas, pero se defiende aduciendo que no cobra por esas actividades. Cobra, sí, por las que no desempeña.
Quizá 2014 sea un año de relaciones peligrosas entre futbol y política. Está en juego no sólo la Copa, sino también una valoración económica de Brasil –el PIB no ha mantenido su ritmo de crecimiento y la tasa de inflación ya pende como una espada de Damocles, especialmente por la actividad esperada en junio y julio–, y junto a eso se juega también la reelección de Dilma Rousseff y la continuidad del proyecto político del PT, un proyecto con objetivos y directrices cada vez más borrosos, más alejados de su discurso de cambio. Año de Copa y año de elecciones. Hacia octubre veremos si el balón repercute en los votos y si la vinculación tan seductora entre futbol y política abre un nuevo capítulo en la historia de Brasil.
Antes de cerrar, una pequeña recomendación turístico-cultural a los fanáticos audaces que decidan ir a la Copa este año –o que viajen a Brasil incluso tiempo después–: vale la pena visitar el Museo del Futbol, en el estadio de Pacaembú de la ciudad de São Paulo. Bajo mi humilde opinión, São Paulo no es una ciudad de museos memorables (muchas veces, todo lo contrario), pero el trabajo museográfico del Museo del Futbol es una excepción loable. Confieso que me acerqué al museo con pereza y desidia, pero una vez en el recorrido, me di cuenta de que, a pesar de la complejidad de museografiar (disculpen la libertad con el idioma) algo tan dinámico y polémico como el futbol, el trabajo narrativo e interactivo de la exposición es una excelente guía por la vida política y social del país. La experiencia es, por supuesto, interactiva: hay audios de narraciones históricas, de entrevistas a personalidades, videos de goles memorables, fotos, tableros, esquemas, pelotas, juegos. Hay también la clásica portería y la visita obligada al campo del estadio. En general, la faceta deportiva del museo no deja de lado la vida nacional, tampoco el escenario internacional y los acontecimientos que pautaron el camino del futbol y el papel de Brasil. Es una visita ampliamente recomendada, pero si puede, aprenda un poco de portugués antes de realizarla. Esos audios valen la pena.
NOTAS
[i] Léase, por ejemplo, el fantástico artículo de Marcos Guterman «Médici e o futebol: a utilização do esporte mais popular do Brasil pelo governo mais brutal do regime militar», Projeto História, vol. 29, tomo 1, 2004, pp. 267-279. El artículo completo está disponible en: <http://revistas.pucsp.br/index.php/revph/article/viewFile/9958/7397>.
[ii]Hamilcar Silveira Dantas Junior, «Futebol e ditadura: representações no cinema brasileiro», O olho da História, núm. 18, 2012. Disponible en: <http://oolhodahistoria.org/n18/artigos/hamilcar.pdf>.
[iii] Véase una narración breve y clara sobre la relación entre el futbol y la dictadura: <http://educacao.uol.com.br/disciplinas/historia/futebol-e-regimes-militares-o-futebol-nas-ditaduras-brasileira-e-argentina.htm#fotoNav=20>.
[iv]Marcos Guterman, op. cit., p. 268.
[v]Robert M. Levine y John C. Crocitti (eds.), The Brazil Reader. History, Culture, Politics, Durham: Duke University Press, 1999, p. 254.
[vi]Edson Arantes Nascimento da Silva, «Pelé Speaks», en Robert M. Levine y John C. Crocitti (eds.), The Brazil Reader. History, Culture, Politics, Durham: Duke University Press, 1999, p. 255.
[vii]En esta entrevista, Romario expone con claridad sus puntos de vista. Desafortunadamente, la página no muestra la fecha de la entrevista ni la de su publicación: <http://zerohora.clicrbs.com.br/rs/pagina/romario.html>.
[viii]Aquí la nota: http://extra.globo.com/esporte/com-cargos-no-col-na-cbf-deputado-bebeto-ja-faltou-35-das-sessoes-na-alerj-desde-fevereiro-de-2012-7533934.html.
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Natalia Rivera Hoyos nació en São Paulo, Brasil, pero desde pequeña llegó a México. Aquí creció y de aquí es. Cursa la maestría en Sociología en la Universidad de São Paulo (USP) y es licenciada en Política y Administración Pública por El Colegio de México. Fue miembro fundadora de la revista digital Distintas Latitudes. Lee e intenta escribir.












