Tuesday, 22nd February 2011

El placer de la lectura

Publicado el 01. ago, 2010 por Cuadrivio en Ensayo, Literatura

Una concepción pedestre de la educación ha llevado a miles de personas a creer que la lectura, antes que una opción, es un imperativo. Julián Meza examina los aciagos efectos de esta tesis y propone al placer y a la infancia como ejes en la construcción de un país de lectores.

Julián Meza

1.

El libro debería estar asociado con el placer de la lectura. Por regla general en México está, al contrario, asociado al sufrimiento, al horror, a la tortura. ¿Por qué?

Contrariamente a lo que, en el siglo XIX, creía José María Luis Mora (un liberal triunfalista, ya a la manera del PRI, y ahora del PAN), y a lo que se propuso José Vasconcelos, a principios del siglo XX, cuando se dio a la tarea de publicar millones de ejemplares de libros de autores clásicos en un  país de iletrados, el México del siglo XXI no es un país de lectores. Según las estadísticas, mientras que en Alemania el consumo per cápita es de 38 libros al año, y en Francia e Inglaterra es de 29, en México es de apenas 0.4. En otras palabras, los mexicanos leemos menos de medio libro por persona al año.

¿A qué se debe esto si se supone que México es un país casi plenamente alfabetizado? Son varias las causas.

En general, los libros son más caros que los alimentos básicos, y las personas, lógicamente, prefieren comer –aunque a menudo sólo consuman comida chatarra. Es verdad que podríamos leer en las bibliotecas, pero no hemos sido educados para ello. Además, la mayoría de nuestras bibliotecas están pobremente provistas –en particular el elefante blanco que mandó construir ese enemigo de la lectura que es el expresidente Fox. Pero las causas fundamentales son las costumbres familiares y las deficiencias del sistema escolar, si es que en México hay siquiera un esbozo de sistema en relación con la educación –tanto pública como privada, aunque se lleva las palmas la primera debido al hecho de haber sido secuestrada por una analfabeta integral. Me refiero, es evidente, a esa señora que se llama Elba Esther, y que bien podría llamarse Micaela Jackson.

En la inmensa mayoría de los hogares mexicanos no hay bibliotecas. Con mucha frecuencia, ni siquiera hay libros. No incluyo en esta categoría los llamados libros de superación personal ni los que recetan consejos para tener éxito en el amor o en los negocios.

La gran biblioteca mexicana la constituyen los monopolios televisivos, cuyos libros más leídos son esos patéticos programas transmitidos por canales que arrojan toneladas de vulgaridades por segundo.

La principal característica de la educación en México es la deficiencia. Son deficientes las escuelas, los maestros (sindicalizados y no sindicalizados) y los libros de texto (obligatorios y gratuitos o costosos y, más que únicos, homogeneizados), con los cuales ningún niño puede aprender a leer y a escribir.

En teoría los niños aprenden a leer en las escuelas. En la práctica no es así. En general, en lugar de enseñarlos a leer los maestros los obligan a memorizar reglas gramaticales, que ni siquiera les dicen cómo aplicarlas. Si acaso, ilustran esas reglas con retazos de poemas o de prosas que rara vez son de buenos poetas o escritores. Esta supuesta manera de enseñar a leer hace que los niños acaben odiando los libros y, por supuesto, la lectura.

En mi opinión, se debería enseñar a los niños a leer en los mejores libros escritos en nuestra lengua, que no son pocos. Y en ningún caso deberían empezar con los clásicos, como pretendía Vasconcelos. Un niño no puede aprender a leer en el Quijote o en los grandes poetas del siglo de oro español por las dificultades que entraña leer en el estilo literario de esa época (el barroco) y con el vocabulario de entonces. Tampoco con los clásicos ingleses, franceses, alemanes o rusos. Para interesarlo en la lectura se deben poner a su alcance obras de los grandes escritores contemporáneos. México es un país de poetas, de grandes poetas. Y por si esto fuera poco en México viven grandes poetas de otros países latinoamericanos. ¿Por qué no iniciar a los niños en la lectura de poetas como Octavio Paz, Álvaro Mutis y Eduardo Lizalde, en lugar de obligarlos a leer fragmentos de poetas tan malos como Salvador Díaz Mirón o de autores de poemas tan infames como El brindis del bohemio o Mamá, soy Paquito? Además, no se enseña a los niños (cuando se les enseña) a decir poesía, sino a recitarla, que es una pésima manera de querer acercarlos a la poesía. Al igual que en poesía, México es un país de grandes escritores en prosa. ¿Por qué no se enseña a los niños a leer con obras de grandes creadores como Juan José Arreola? Si leyeran a un autor como éste aprenderían un buen español y, además, se divertirían. Lo mismo ocurriría si leyeran obras de Jorge Luis Borges (no José Luis Borgues, como llamó a este autor el iletrado expresidente mexicano al que me referí antes). De esta manera muy pronto se darían cuenta de que leer es un placer y no una tortura. Sólo así, más adelante tendrían la capacidad para disfrutar plenamente con la lectura de los grandes clásicos en nuestra lengua, y, por supuesto, de la literatura universal.

2.

El hábito de la lectura empieza en casa.

Hubo un tiempo, en México, en el que algunas madres leían a sus hijos cuentos para niños por las noches, antes de dormir. Aun cuando ahora se publican muchos cuentos para niños, más que hace veinte o treinta años, no sé si aún hay madres que leen cuentos a sus hijos porque la vida en una ciudad como la nuestra no deja tiempo para nada y menos que nada para la lectura.

También hubo un tiempo en que algunos padres contaban cuentos a sus hijos. No creo que hoy haya muchos padres que lo hagan. El tiempo de los padres es tan reducido como el de las madres, y me temo que aún más por su adicción al trabajo improductivo y a otras drogas. (Las personas que realmente trabajan en México son mucho menos que las que malgastan el tiempo en el sector servicios, tanto públicos como privados. Quizá hay tantos burócratas públicos como privados.)

Esas dos formas de iniciación a la lectura no sólo daban como resultado que el niño se familiarizara con la literatura, sino que, sin darse cuenta, lo llevaban a leer en voz alta, que es una de las grandes y más interesantes modalidades de la lectura, que aún se practica, por  ejemplo, en algunos talleres en donde se hacen puros. Y no me refiero a la pureza de los ensotanados que no es tal, sino a esos enormes cigarros que ahora están prohibidos hasta en el cielo.

Además de estas dos maneras de iniciar a un niño en la lectura, queda la escuela, en la que tanto el maestro en clase, como los padres en casa conjugan el verbo leer de la peor manera posible. En lugar de invitarlo a leer, uno y otros le dicen al niño, al adolescente, al joven: tienes que leer. O, peor aún: lee, o te quedarás burro. De esta manera el así increpado adopta una radical animadversión hacia los libros y la lectura.

El rechazo a la lectura se incrementa cuando el alumno se ve obligado a leer, y a menudo a memorizar, libros estúpidos y aburridos para aprobar una tediosa asignatura. Leer no debería ser una obligación. Nadie debería estar obligado a leer. La obligación impide el placer de la lectura, y convierte ésta en una tortura que aniquila el placer.

Si la mayoría de los escritores que hay hoy escriben con las patas (cuando mejor escriben), los autores de libros de texto de cualquier materia ajena a la literatura son aún peores, y no pueden ser así una invitación al placer de la lectura, sino a su rechazo más radical. En México ha habido algunos buenos historiadores, pero su manera de escribir es tan mala y tan aburrida que a nadie en su sano juicio puede interesar una historia que, además, casi sólo existe en esa versión oficial que invita a celebrar lo que bien podríamos llorar: independencias sin independencia y revoluciones fracasadas. Otros, muy numerosos, escriben poniendo su pluma al servicio de los poderosos, y se dedican a hilvanar truculentas mentiras en libros tan siniestros que nadie debería leer.

En el ámbito universitario no son pocos los profesores tan asnos como un maestro del SNTE o la dirigente de éste. Escriben con las mismas faltas de ortografía, su léxico no supera las ciento cincuenta palabras diferentes por día, su sintaxis es guaraní, jamás terminan una frase y no saben articular. Sólo cuando son brillantes se quedan callados –algo que se agradece.

3.

¿Por qué es o puede ser placentero leer?

Contra la idea de que todo el mundo debe leer está la historia de la lectura. En todas las épocas de la historia de la humanidad han sido pocos los lectores. Por poner algunos ejemplos: ni todos lo griegos de la época clásica ni los romanos de la república eran lectores, y apenas unas mil personas leyeron artículos de la famosa Enciclopedia de los ilustrados franceses. No todo el mundo está obligado a leer. Corolario: sólo leen aquellos que hallan placer en la lectura. En consecuencia, las personas tienen derecho a no leer.

Si leer es un placer los lectores tienen todo el derecho a saltarse las páginas tediosas de un libro. Más aún: si el libro que leen les aburre tienen derecho a echarlo a la basura. El placer, entonces, no sólo consistirá en no leerlo, sino en arrojarlo al cesto de los papeles. Ejemplos de libros que merecen ir, desde mi punto de vista, al basurero son los libros de Guadalupe Loaeza (o Loatra), Elenita, la Maestreta (que no es Elba Esther), Héctor, los Jorges y otros, muchos otros –y otras, para ponernos en plan género.

Una de las formas más sanas de la lectura es la relectura. Si alguien lee un libro que, definitivamente, lo marca, lo mejor que puede hacer es volver a leerlo, una y otra vez. Éste fue uno de los placeres de Borges a lo largo de su larga vida. Una manera de anunciar esta repetición es una costumbre de los niños: cuando se les lee un libro o se les cuenta un cuento que les gusta siempre exclaman cuando se acaba: «Otra vez, otra vez». Sí, lo placentero en el terreno de la lectura se impone como relectura.

¿Habrá un lugar en especial para la lectura? Por supuesto que no. Uno puede leer sentado en un cómodo sillón o en una silla frente al escritorio o la mesa. Puede leer en la cama, o echado en el piso. También en el baño, de pie, en una esquina, en un parque, en un avión y aun en un rincón del mercado. En algunos países son numerosas las personas que leen en los autobuses y en el metro.

Hay libros que se compran para leerlos y uno termina hojeándolos. Está muy bien porque no está uno obligado a leerlos. Y si tras hojearlos no nos dicen nada tal vez lo mejor sea tirarlos.

Hubo una época, que tal vez persiste, en la que los padres le decían a los hijos: «deja de leer o te vas a quedar ciego», o: «deja de leer y apaga la luz porque no la regalan». O bien: «vete a jugar o a hacer deporte en lugar de estar perdiendo el tiempo leyendo». Supongo que esa época no ha sido clausurada del todo o, al contrario, se ha enfatizado. Es obvio que esto se debe a que el acto de leer no es visto como un juego, sino como un enemigo de éste.

El mundo en que vivimos no es amable, agradable, simpático. Al contrario: es por lo menos atroz. ¿Por qué no, entonces, sustraerse a una realidad más brutal que la obra literaria que describe las cosas más brutales? ¿Qué son obras de Shakespeare como Hamlet o Macbeth frente a realidades tan bestiales como Ciudad Juárez, Monterrey o, en general, México? Esencialmente, cuentos para niños, aunque en ellos mueran todos –hasta el perro. La ventaja de la obra literaria frente a la realidad es que pueden morir todos los personajes, pero esto no es real porque se trata de una ficción.

Un placer añadido de la lectura es la práctica clandestina de ésta. Por ejemplo la lectura de las obras del Marqués de Sade, que la mojigatería mexicana, tipo el ex secretario de trabajo Abascal, condena al fuego eterno.

Leer es, según yo, una manera de acariciar el imaginario, la sensibilidad, el pensamiento de las personas, y de esta manera tornarlas creativas, dispuestas a gozar del placer de los sentidos, llevarlas a reflexionar y a emitir juicios que bien pueden ser críticos.

La verdad es, creo yo, que los grandes libros no dicen la verdad (éste no es su propósito). Se limitan a divertir, hacen reír o llorar (que es una de las formas de la risa), ponen a imaginar, a crear, a pensar. Y este ejercicio de los sentidos y del pensamiento puede ser un auténtico placer, al que sólo pueden despreciar los imbéciles, tan abundantes como personajes en la literatura, y sobre todo en la vida real. Échenle una mirada al actual presidente de México y díganme si no es un doble de Bouvard o Pécuvhet, los dos perfectos imbéciles creados por Gustav Flaubert.

_________

Julián Meza (Veracruz, 1944) es narrador y ensayista. En 2007 el Fondo de Cultura Económica reunió en un solo volumen sus novelas La huella del conejo y La saga del conejo. Ha colaborado en revistas como Vuelta y Letras Libres.

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9 comentarios a “El placer de la lectura”

  1. Eduardo Mórlan 22 enero 2011 at 23:06 #

    Felicitaciones a Julián Meza por su artículo y para evitar que se le hagan reclamos academicistas de referencias y rigurosa objetividad, su escrito debiese clasificarse como OPINION, que tiene todo el derecho a darla, especificando que existe la libertad de que cada quien escoja lo que mejor le acomode (como también debí hacerlo yo en mis 2 anteriores comentarios).

  2. Eduardo Mórlan 22 enero 2011 at 22:59 #

    La cultura es un medio de descubrir al mundo y a uno mismo. Lo primero lo encontramos en libros de información objetiva, pero lo segundo se halla en lo más íntimo y recóndito de cada ser humano. ¿Y qué tan dispuestos estamos para encontrarlo? Cuando a un mexicano se le pregunta: “¿Qué tipo de (música, libros, películas: agreguen la categoría que quieran) te gusta?”, la respuesta será invariablemente “TOD@”. Eso indica una carencia de definición en carácter y metas. No hemos tenido el hábito de saber aprovechar el tiempo libre de la mejor manera: es frecuente ver a la gente en espera perdiendo el tiempo jugando con el celular u otro dispositivo electrónico, pero no leyendo, escribiendo, estudiando algo que le sea de utilidad (como gramática y redacción) o realizando una actividad que le enaltezca como individuo. Con lo anterior no quiero decir que la gente debe vivir esclava de su desarollo intelectual: como la Biblia dice: “hay un tiempo para todo”. Sí, es necesario divertirse y relajarse, pero aquí nos vamos al extremo: el hedonismo se convietre en la base de nuestras vidas. Parece que hay un concurso de “a ver quién es más vacuo”.

    Hasta hace unos 60 años uno de los hábitos -y placeres- de los escolapios era la lectura. ¿Y luego qué? Para empezar, la industria editorial ya entró en el juego de la mercadotecnia de convertise en un negocio rentable. Los títulos que se consiguen fácilmente en el mercado son de baja calidad pero de alto rendimiento en ganancias. Algunas marginales saben que son inverisón a causa perdida, y otras han inteligentemente buscado ampliar su negocio creando clubes de lectura invitando a autores y que implican que se compre el libro a analizar para poder ser parte de los mismos.

    ¿Por qué ese hábito ha desaparecido? Pueden buscarse muchas razones, pero lo cierto es que en el sistema escolar mexicano la idea no es preparar a la gente a conciencia, sino que estamos ante una banda continua de producción del producto que se llama “profesionales técnicos”, que son más baratos de generar y muy fáciles de explotar en empleos mal remunerados para que el país medio ande. O si tienen la suerte de entrar a una universidad, se encontrarán con la amarga realidad a cuando se titulan, los empleos que se ofrecen son escaso y mal pagados, o simplemente inexistentes.

    Se puede buscar igualmente el muy sobado pretexto de que no se tiene tiempo para leer, pero yo he constatado que no se tiene tiempo para uno mismo. Si la gente viaja hasta 2 horas de su hogar a su centro de trabajo, bien que puede llevar un libro de bolsillo y leer en el medio de transporte. O el otro de que “los libros son caros”: si uno sabe buscar, puede empezar en las librerías de viejo de Donceles o en comercios especializados donde se remata todo tipo de publicaciones a precios accesibles. O “leer me aburre”, porque me fuerzan a leer algo que no me interesa o me inspira a continuar haciéndolo.

    Como antes apunté y el autor señala, los maestros -con muy contadas y dignas excepciones- están habituados como buenos burócratas a dedicarse a dar lo menos posible por un sueldo que no corresponde. Con la mentalidad correspondiente se paran al frente de una aula a “enseñar” lo que ellos mismos no saben. Añádase la actitud de los alumnos que han perdido el respeto y pueden hacer lo que les venga en gana con el pretexto de que si se les mete al orden se van a quejar a Derechos Humanos y tenemos la mezcla de un muy explosivo coctel.

    Aunado a la carencia de iniciativa existente en este país a nivel general y personal, a la gente le gusta que le digan qué hacer. La analogía más común es el cine: se busca leer una crítica en la que el autor relata con lujo de detalle lo que sucede y entonces uno confía en su opinión. Me resulta molesto y desilusionante que cuando acudo a la Cineteca Nacional, veo que la gente va a darse lija de intelectuales simplemente por ir a ese lugar y lo primero que hacen es ir a consultar las sinopsis para saber en ese preciso momento qué van a ver. Y ni hablar de que la película venga con subtítulos que no sean en español: simplemente se salen.

    Con los libros es lo mismo: mucha gente pudiente presume que lee libros pero son exclusivamente best-sellers, de cursitos profesionales basados en modelos extranjeros que nada tienen que ver con nuestra realidad o de superación personal. En mi caso el acicate que me orilló a refugiarme primeramente en la lectura fue el estar siempre solo. En ese caso, como no se socializa con otras personas, a uno le sobra el tiempo, y la mejor manera de hacerlo pasar y que me rindiera un beneficio fue por medio de los libros. Mi educación ha sido personal, ecléctica y anárquica, pero lo esencial que he aprendido es saltar al vacío escogiendo temas que sean afines a mis gustos y a veces triunfar y a veces fracasar.

    En contra de lo que se piensa, es necesario en nuestras vidas el equivocarse. La gente no se casa con la primera persona que se le declara, ¿cierto? De la misma manera en muchos aspectos de nuestras vidas debemos seguir el método de ensayo y error para llegar a encontrar lo que nos gusta, llena y apasiona.

    Si la industria editorial tuviese más visión, debiese encargarse de atraer al público (primordialmente joven para tener una clientela cautiva durante su tiempode vida) y crear material de precios accesibles. Sería una manera de capturar mercado por mediode hacerse de un público cautivo. Leer, a fin de cuentas y en contra de lo que muchos piensan, es una buena manera de aprender y generadora de placer. Simplemente hay que hacerse a la idea de que hay que besar a muchos sapos hasta encontrar al príncipe azul.

  3. Eduardo Mórlan 21 enero 2011 at 19:29 #

    Leer siguiendo un ejemplo en casa es bueno, pero tengo un par de casos excepcionales: el mío propio y el de mi sobrino: en nuestras casas nadie leía libros. Yo comencé a leer “Selecciones del Reader’s Digest” porque eran las publicaciones disponibles en la casa de mis abuelos maternos. Y eso me despertó la curiosidad por conocer y saber más del mundo, y, a la larga, de mí mismo. Mi sobrino comenzó a hacerlo desde chico y por propia iniciativa, y el resultado es que en diciembre se tituló de maestro de historia. Nadie le obligó ni alentó, y ha sabido escoger sus lecturas, que cubren todo el espectro imaginable.

    El ser humano se distingue por seguir siempre la ley del mínimo esfuerzo y a eso se debe que se deja manipular por otros, pues resulta más fácil culpar a los demás que tomar una decisión propia. En lo que respecta a la educación no hay excepciones a la regla, pues la gente no tiene la iniciativa de comenzar a investigar por sí misma. Visiten una universidad privada y el sitio más popular es la cafetería y no la biblioteca.

    Después de 10 años de dar clases de inglés, he descubierto que el papel del maestro se reduce a ser guía -bien informado y con conocimientos- y no formador. Me refiero a que el pedagogo debe hacer que el alumno descubra sus propias capacidades intrínsecas de descubrir el mundo por medio del conocimiento y eligiendo lo que realmente le es necesario. La educación la consideramos como un proceso pasivo, en que una persona está al frente y otras escuchándolo, sin que haya una invitación a procesar la información que se imparte y hacerla de utilidad para nuestras propias personas, los demás y en la vida cotidiana.

    Es mi papel el hacer que la gente descubra sus habilidades y gustos e invitarla a pensar. Lo difícil al entrar a un salón de clases no es usar técnicas de enseñanza, sino darle al alumno la actitud adecuada para que quiera aprender. Ahora existe un exceso de “técnicas y métodos de aprendizaje” que pasan por alto el construir la personalidad del enseñante. Todo lo quieren resolver con jueguitos, paneles y demás, pero si el maestro carece de conocimientos o la vocación de esta profesión, todo se va al traste, como actualmente sucede.

    Se debe cultivar el imponer el hábito al alumno de hacer cosas por sí mismo. Basta ver la gran cantidad de e.mails y mensajes que diariamente recibimos para comprobar con vergüenza que la gente no sabe redactar, falla en ortografía y puntuación y lo que dice es ininteligible. Todos se quejan de que “no les enseñaron”, pero tampoco hacen por ir a una librería y comprarse un manual de gramática para ir mejorando. Y muchos maestros recomiendan leer cuando los primeros que no tienen ese hábito son ellos mismos. A predicar con el ejemplo, coleguitas.

    Mientras la educación siga siendo considerada como un proceso técnico estructurado en exceso y rígido en vez de un juego humanista en que el alumno es el protagonista principal, las cosas seguirán mal. Yo nunca dejo tarea: recomiendo que vean DVDs con subtítulos en inglés, que escuchen diálogos -no canciones, pues cuando viajen al extranjero les van a hablar, no a cantar-, que vayan a una librería e investiguen qué tipo de libros hay en inglés, que encuentren un tema que les guste y que se pongan a leer. Es un proceso efectivo en el cual aprenden, se divierten y practican estructuras, revisan ortografía, conocen vocabulario y ven que hay información en otros idiomas que en el suyo propio no existe. O escribir algo que les surja del corazón y expresar lo que realmente quieren decir para plasmarlo correctamente.

    La fe que yo tengo es que la gente debe hacer algo por mejorar día con día por sí misma. Es mi papel como maestro alentarla para que logre esa meta. Como budista Zen que soy, siempre insistiré que el Satori (la iluminación) es una meta que se alcanza solo, y nadie lo va a hacer por mí sino yo mismo. Y así sucede en la vida cotidiana. No se puede obligar a alguien a hacer lo que no quiere. Habrá gente que esté dispuesta a salir del hoyo y otros no. Pero con que UNO SOLO lo logre, me considero más que satisfecho con mi labor.

  4. René López Villamar 9 septiembre 2010 at 21:32 #

    ¿Cuál es la fuente de las estadísticas del primer párrafo?

  5. Karla Frutes 19 agosto 2010 at 6:04 #

    Es urgente cambiar la idea que los niños tienen de la lectura…

  6. René Aguilar Díaz 14 agosto 2010 at 22:37 #

    Convengo, en esencia, con los conceptos vertidos, sin embargo, por ejemplo en el plan de ser honestos, el artículo se anuncia como “ensayo” y la verdad dista mucho de eso en tanto que el autor descalifica a algunos escritores pero a partir de un “gusto personal”, sin dar argumentos validos que “echen luz” para entender el porqué son libros “malos”. Esa no debería ser la postura de un escritor o analista, porque solamente está repitiendo las f´ñormulas que critica. Puedo estar de acuerdo en lo que dice de algunos autores que menciona, sin embargo creo que “el análisis” es muy flaco, sobre todo viniendo de un escritor maduro, de cierta edad (en un principio, sion ver su ficha, pensé que era un articulista muy joven por la forma visceral de referirse a ciertos personajes). Estoy de acuerdo con usted, Julián, pero su artículo me parece raquitico, plagado de cuasi lugares comunes: más allá de algunos datos interesantes, lo percibo hecho con el hígado más que con el cerebro.

  7. Mirna 5 agosto 2010 at 0:18 #

    Me agrada del texto el que se haya centrado la actividad lectora en el placer, y coincido con i.l., agregaría que es muy difícil realizar un catálogo de libros basura, podemos considerar que existen gustos diversos (dejando de lado los criterios para juzgar una obra “bien” escrita). Además, las estrategias para comenzar en el ejercicio de la lectura son de varia invención, algunas pistas de la personalidad del infante nos ayudarán a acercarle libros de ciencia ficción, suspenso, entre muchos más. Por otro lado, no se me ocurre cómo promover la lectura en los adultos (ya que ellos, además de otros medios, se encargan de la educación de los infantes) más aun cuando, pese al discurso oficial de promoción a la lectura (en efecto, mal llevado e ineficaz -para ellos muy eficiente-) se trata de no informar a la sociedad (o desinformarla), es una verdad de Perogrullo pero de este modo la sociedad es manejable con mayor facilidad.

    Finalmente, interesante texto, interesante espacio. Un abrazo a los lectores/escritores.

  8. jgm 2 agosto 2010 at 16:16 #

    Qué bonito sería el mundo si en vez de leer a los clásicos para iniciarnos, leyéramos a Arreola

  9. i.l. 30 julio 2010 at 20:56 #

    Julián, coincido contigo en la mayor parte de tu exposición, sin embargo creo que no podemos hacer juicios de valor en cuanto a lecturas y libros se refiere. Entiendo tu postura al condenar al tiradero los libros de Loaeza, pero recordemos que no todos comienzan leyendo obras literarias. Creo que un lector se convierte en gran lector cuando da el paso de un libro común a un libro valioso. No sé qué opines al respecto. Te comento porque recuerdo haberme iniciado en la lectura con libros realmente malos en cuanto a calidad literaria se refiere, ahora, después de varias décadas, leo obras de calidad. En fin, es mi comentario. Saludos!


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