Friday, 28th January 2011

Con cariño, Carmen

Publicado el 03. nov, 2010 por Cuadrivio en Cuento, Literatura

Ilustración: Valeria Hernández ©

Frank Baez


1

A Carmen la conocí hace quince años en la guagua de unos hermanos chinos que estudiaban en mi colegio. Después de clases los chinos conchaban por la ruta comprendida entre el Parque Independencia y Los Kilómetros. Cuando digo que eran chinos, no me refiero sólo a que eran de origen asiático, sino a que habían nacido en una provincia de China continental y habían emigrado con sus padres al país. Al igual que muchos chinos, sus padres llegaron engañados a Santo Domingo pensando que llegaban a Miami o a Puerto Rico. Según me contaban, el dinero que hacían con la guagua les servía para pagar la mensualidad del colegio y completar el alquiler del segundo piso donde residían junto al resto de su familia. Como vivían próximos a mi barrio de vez en cuando les pedía que me dieran bolas hasta mi casa. A Carmen la conocí uno de esos días. En una esquina de la Correa y Cidrón la diviso con uniforme de colegio, con botas Doc Martens y con el pelo tan negro y tan largo que recuerda a la versión caribeña de la cantante Alanis Morrisette, famosa en esa época. Al ver que le hace señas a los carros públicos, le pido a los chinos que se detengan a recogerla y éstos frenan, dan reversa, le tocan bocina, y ella, sin pensarlo mucho, hala la puerta corrediza, entra preguntando si estamos conchando, y tan pronto le contesto que sí, ella se deja caer en el asiento. Aunque prefiere el Heavy Metal me cuenta que la ha afligido el suicidio de Kurt Cobain. ¿En serio?, le pregunto. Tengo tres días llorando de corrido, me dice. Justo cuando le anuncia a los chinos que se queda en la próxima esquina, le pregunto si me puede dar su número de teléfono; ella contesta que no. Le pregunto entonces si desea que la acompañe a su casa; dice que no de nuevo, de una manera educada y amable, que quizás no es ni amable ni educada, pero como ya me empieza a gustar Carmen entonces lo siento así.

2

Meses después vuelvo a topármela en una guagua. Esta vez no la de los chinos, sino en una de esas voladoras que hacen la ruta de San Cristóbal hasta el Parque Enriquillo. A Carmen la acompaña una prima gorda que se pasa el trayecto entero contando la desesperante trama de una telenovela venezolana. Antes de apearse, Carmen saca un lapicero y escribe en la palma de mi mano derecha su número de teléfono. Me pide que la llame ese mismo día. Sin embargo, ese día me distraje tanto que olvidé copiar el teléfono de Carmen en un papel, y al llegar a mi casa el teléfono escrito en mi mano se me había borrado completamente. Quizás sudé mucho ese día. No recuerdo.

3

Conozco varias jevitas. Salgo con algunas, peleo con otras, me acuesto con pocas. Una de esas noches, sentado en el parque e intercambiando cidis con los vecinos, alguien me cuenta que Blas, el metálico de la cuarta, está saliendo con Carmen. Dado que éste es más feo que Joey Ramone, me río de los rumores, hasta que una semana después los veo besándose en la penumbra del Lumiere. A Blas le tenía mala voluntad desde la vez que mi mamá subió a tender una camiseta de Pink Floyd a la azotea y cuando volvió para recogerla ya no estaba. Cuando lo supe, me dio tanta rabia que tuve que trancarme en el cuarto, poner una canción pesada, una de Pantera, y subir el volumen a todo para que los vecinos no me escucharan gritar y darle trompadas a la pared. Tras desahogarme, fui directo al apartamento de Blas a acusarlo de ladrón, pero éste negó con la cabeza y fingió que ni siquiera le gustaba Pink Floyd. A mí lo que me gusta es el metal, dijo. Sin embargo, días después un amigo lo vio con la camiseta puesta en Café Atlántico.

Así que voy a una de esas fiestas que celebraban en los multifamiliares del INVI y que casi siempre terminaban en tiroteos, y me topo con Carmen, que está sin Blas y que tiene puesta una camiseta de Iron Maiden y los jeans rotos en las rodillas, y que se desplaza con un cigarrillo en los dedos como si estuviera en medio de un video de MTV. Le pregunto por Blas y ella responde que es un comemierda. No intento reprimir la sonrisa que me aflora en el rostro.

—¿De qué te ríes?

—No me río.

—Sí, te ríes como si te acabaras de ganar la lotería.

De tanto en tanto alguien se acerca y se queda bobo mirándola. Otros tratan de sumarse a la conversación, pero al no darles Carmen oportunidad de opinar, dan la vuelta y se van a contemplar el culo de otra jevita. Al cuestionarme sobre los chinos, no tengo más remedio que mentirle y decirle que han puesto un supermercado. Después de la graduación del colegio no podía precisar si éstos seguían en la isla o se habían ido de vuelta a China. De igual manera, no sé qué ocurrió con la guagua, la cual de seguro los sindicalistas de Los Kilómetros confiscaron y sacaron de ruta.

En un momento, cambian las canciones gringas por un reggaetón. Aquellos que estaban sentados en los muebles y recostados de las paredes comienzan a perrear. Con tal de que fuéramos a un lugar más íntimo, me hago el sordo: cada vez que Carmen dice algo, le repico con señas que no la oigo.

—No te oigo, mami –le repito, señalándome un oído primero y luego una bocina que tenemos al lado.

—Pérate –dice, y alza la cabeza como el periscopio de un submarino, me agarra del brazo y me lleva entre los dúos y los tríos que perrean hacia la azotea. Ya arriba, rodeados por las fachadas de los multifamiliares, emprendemos a hablar.

—A mí me gusta ese lunar que tienes ahí –le digo.

—¿Lo quieres? Te lo vendo.

Se quita las Doc Martens y se sienta en el borde de la azotea con las piernas colgando en el vacío.

—¿Qué haces?

—Ven, no seas pendejo; siéntate.

Me acerco al borde e intento agarrarla. Pero a medida que me acerco, ella, riendo, se escabulle y se desplaza más a la derecha. Echo un vistazo hacia abajo y la imagino cayéndose en el pavimento y sobre el techo de uno de los carros parqueados, al igual que en la canción esa de Iron Maiden que ella tanto tararea. Le pido que deje el coro, que se baje, pero no me hace caso y sigue ahí subida mirando hacia abajo, como si estuviera concentrada viendo algo que sólo existe en su cabeza.

—Desde acá se ve el mar y Quita Sueño.

—Bájate de ahí, Carmen.

—No.

—Ajá, ¿es caerte lo que quieres?

—Te dije que no. Es más, si te mueves de donde estás, salto.

Justo cuando dice eso, se va la luz en el sector. Sumido en la oscuridad, lo único que alcanzo a distinguir más allá de las azoteas de los multifamiliares, es el letrero de Texaco.

—¡Carmen! –voceo sin recibir respuesta y temeroso de que se haya caído.

Tiento el borde de la azotea hasta que tropiezo con sus Doc Martens. Las recojo. Bajo las escaleras agarrado del pasamano. Ya en la fiesta, la veo descalza hablando con una morena que jugaba de centro para el equipo de básquet de Miramar. Dejo sus botas tiradas sobre un mueble y me largo.

4

En adelante, la veo con frecuencia con una camiseta de Sepultura paseando un chihuahua. Un día me dicen que Miguel, un amigo de la infancia, fue quien le regaló el perrito. En esa época no me importaba mucho. Incluso salía con una jevita que posteriormente me abandonaría por un mormón. No obstante, una vez andando a pie hasta la panadería, veo pasar a Carmen en una OMSA. La sigo con la mirada mientras ésta pega la cara al cristal sucio para no perderme de vista. Por unos segundos nuestras miradas se tocan, de una manera intensa y reconfortante, hasta que la OMSA se aleja por la avenida y se pierde con Carmen.

5

Vuelvo a verla en un concierto navideño. Prácticamente me tropiezo con ella mientras repaso las gradas en busca de asiento. Casi no la reconozco. Lleva el pelo recogido, unos jeans y una blusa rosada. Le pasa el chihuahua a una de sus primas y me abraza. Habla tanto que casi se le olvida presentar a las primas santiagueras que la acompañan. Son fanáticas de Los Rosario, agrega como para justificar su presencia ahí. Cuando la cuestiono sobre su nuevo look, me responde que tras lesionarse el tímpano izquierdo no ha vuelto a escuchar Heavy Metal. Incluso, por recomendación del médico, tuvo que botar unos audífonos que le costaron carísimos. Está a punto de explicarme cómo fue cuando la interrumpe el presentador con el anuncio de que Los Hermanos Rosario acaban de llegar. A lo largo y ancho de las gradas truenan los aplausos. Clavamos la mirada en el escenario, aguardando a que éstos suban, pero en cambio sale el presentador para anunciar que los Hermanos Rosario están en un minibús afuera y que subirán en diez minutos. El público lo abuchea. Si la tarima no estuviera tan lejos de las gradas, de seguro alguien hubiera saltado, burlado la seguridad y golpeado y pateado sin piedad al presentador.

—Eso es porque no les han pagado –dice Carmen mientras yo trato de imaginarme el interior del minibús donde Los Rosario aguardan incómodos y mentándole la madre a los organizadores.

Entonces comienza a caer una lluvia de botellitas de agua. Al caerme una en la cabeza, Carmen y sus primas se agachan y se resguardan contra mí. Impulsada por el pánico, la gente empieza a darse empellones, a lanzarse botellitas y a insultarse. Más tarde Aníbal, que se me acercó para que le presentara a las primas de Carmen, me contaría que quienes empezaron a tirar las botellitas fueron dos muchachas del Siete. Como por inercia, la mayoría se suma al pleito, empujando e insultando al que tienen enfrente o a sus espaldas. En un momento, volteo la cabeza hacia el escenario a ver si los Hermanos Rosario han hecho acto de presencia, cuando oigo un disparo. Instantáneamente me lanzo al suelo. En ese punto, todo se vuelve caótico: mujeres y hombres gritan, empujan y se embalan a la salida. Carmen está tirada a mi lado con su chihuahua, que ladra como si estuviera tosiendo. Vuelven a disparar. La muchedumbre se parte en cuatro. Me siento como en la secuencia de disparos de Full Metal Jacket. Les ordeno a Carmen y a sus primas que corran hacia la salida. —¡Ahora! –les grito como si estuviéramos en una trinchera.

Estas corren hasta confundirse con la multitud amontonada en una de las puertas de acceso. Al rato, Aníbal y yo las seguimos. Ya afuera, muevo la cabeza a derecha y a izquierda, buscando infructuosamente a Carmen con su chihuahua y sus primas. Retornando a casa en un carro público, Aníbal dice que quien disparó fue La Hiena y que desde que jugábamos básquet en el Ocho y Medio nos tiene mala voluntad.

6

No vuelvo a ver a Carmen hasta mucho después. ¿Cuánto tiempo? Un año y medio, tal vez dos años. En la sala de espera de una clínica donde me van a hacer unos análisis, la veo entrar con unas gafas enormes, aproximarse a donde estoy y saludarme con un abrazo. Sigue con el pelo como Alanis Morrisette, hasta encuentro que lo tiene mucho más largo, mucho más negro y mucho más maltratado. ¿Has salido del país?, me pregunta. Al negar con la cabeza, ella empieza a narrar la manera en que se fue con el programa de Work and Travel a Wisconsin, donde trabajó en una aburrida feria mecánica que abandonó al poco tiempo. Sin más opciones de empleo, retorna a la isla e ingresa en la universidad: se decide por psicología. A medida que toma clases de psicología empieza a trabajar como ayudante de profesora en un preescolar. A los pocos meses, se involucra y compenetra con los niños de una manera que no había imaginado. También se involucra con el papá de uno de sus alumnos. Le acepta una cena. Sin imaginárselo, esa noche acaban en la cama. Sigue aceptándole invitaciones a resorts y restaurantes chic hasta que la esposa de él, embarazada de seis meses, se aparece una mañana en el aula con una sevillana y la amenaza. Tienen que venir profesoras de las demás aulas para arrebatarle entre todas la sevillana. Sin pensarlo mucho, Carmen decide abandonarlo no sólo a él, sino también el preescolar. Coge aire y hace una larga pausa que yo aprovecho para pedirle su número de teléfono. Sin embargo, cuando estoy a punto de anotarlo, una de las enfermeras con cara de perro bulldog grita mi nombre, y cuando levanto la mano, me manda a que la siga por un pasillo. Ordena que me siente en una camilla, que me arremangue la camisa, y me pincha con la jeringuilla hasta extraerme una pinta de sangre. Al terminar, intento ponerme de pie, pero me da un yeyo y antes de perder el conocimiento, caigo como uno de esos ascensores de un rascacielos que te llevan al lobby antes de que logres pestañear. Cuando vuelvo en mí, lo primero que alcanzo a ver es a un residente con una bata verde y a su derecha la enfermera con cara de perro bulldog. Caminando de vuelta a la sala de espera, descubro que el asiento donde estaba Carmen se encuentra ahora ocupado por una gorda que lee una revista Vanidades. Le pregunto a la enfermera con cara de bulldog si estuve mucho tiempo desmayado. Responde que menos de un minuto.

7

Meses después nos reencontramos en otra clínica. En esta ocasión, a una donde llevan a Esteban de gravedad luego de un intento de suicidio. Doy zancadas por los pasillos asépticos leyendo los números de las habitaciones. Al intentar ingresar en la indicada, una enfermera me detiene, señalando hacia un grupo en el que reconozco a una serie de familiares y amigos de Esteban, que vociferan y gesticulan como si estuvieran en un billar. De pronto veo a Carmen, que se inclina un poco para servirse café de un termo. La abordo. Charlamos un rato y convenimos en sentarnos más allá, próximos a los ascensores. Carmen está animada. En un momento, me dice que alcanzó a salir con Esteban. Insisto tanto que ella acaba contándome los pormenores. Sin embargo, antes de referir el hecho, Carmen me hace prometerle que no relacionaré lo que me va a contar con el intento de suicidio de Esteban.

—¿Por dónde empiezo? –se pregunta mirando el vaso con café. A ver, Esteban y yo llevábamos meses cruzándonos a diario por los pasillos de la universidad. Un día me puse una bufanda crema. No por dármela de fashionista, sino porque donde estaba cogiendo clases ponían el aire acondicionado en full. Ese día Esteban me pasa por el lado y sonriendo dice que le gusta mucho cómo me queda la bufanda. De ahí en adelante nos hicimos panitas. Siempre nos saludábamos. Otra vez lo vi fumando afuera frente a un aula donde tomaba clases. Pese a que había dejado el cigarrillo, comencé a fumar por esos días para tener una excusa para salir al pasillo a conversar con él. Un día coincidimos en Cabarete. Otro día se acerca para invitarme a ver una película de Brad Pitt. Al final de la película, me pide que lo acompañe a su apartamento. Esa noche actuaba prácticamente como un psicópata.

—¿Como un psicópata?

—¿Te acuerdas del video de Thriller, cuando Michael Jackson, que parece súper amigable al principio, de pronto se convierte en un zombi?

—Claro.

—Pues así mismito estaba actuando.

—¿Y con todo y eso fuiste al apartamento?

—Claro, estaba intrigada.

Sentados en el apartamento y escuchando bossa nova, Carmen se para y anuncia que va al baño. Esteban se hace como el que no la escucha y se sirve un poco más de whiskey. Carmen se lava las manos y permanece un rato contemplándose en el espejo. Cuando trata de abrir la puerta, se percata de que está trancada por fuera. Empieza a vocearle a Esteban y a tocar la puerta. No recibe respuesta. Empuja la puerta con su cuerpo varias veces, gritando hasta darse por vencida. Toma asiento sobre los azulejos con la esperanza de que Esteban termine la broma. Dura alrededor de dos horas en el baño hasta que de pronto se levanta, gira el picaporte de la puerta y ésta se abre como por obra de magia, o al menos eso supone Carmen ante esa situación. Sale al pasillo y camina con cautela, tanteando las paredes y encendiendo una a una las luces de las habitaciones, hasta que comprende que es la única persona en el apartamento. Se marcha a su casa y dura varias semanas con miedo a que Esteban la vuelva a llamar. Por supuesto, luego de esto, Esteban abandona la universidad y Carmen no vuelve a verlo. Así no se juega con la gente, agrega antes de darle un sorbito al vaso con café.

8

Algo parecido me ocurre con Carmen nueve meses después. Casualmente nos topamos en un bar de La Zona. Al contrario de las otras veces, Carmen lleva una blusa corta, unos jeans ajustados y el pelo recogido por el calor que hace en esos días. En vez de conversar, bebemos shots de tequila y bailamos hasta que apagan la música y el bartender nos pide que salgamos para poder cerrar. Mientras esperamos un taxi, Carmen, borracha, me invita a su apartamento con la intención de prestarme un libro de Virginia Woolf. Dije su apartamento, pero esto debo rectificarlo, ya que Carmen vive entonces con sus padres en un apartamento del Diez y Medio. Por supuesto, esto lo sé más adelante, ya sentado en la cama de ella quitándome los zapatos.

—Duermen aquí al lado.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No me preguntaste.
—¡Ay mi madre!
—O sea, ¿tú pensabas que yo vivía sola?

Carmen busca el libro de Virginia Woolf para leerme algunos pasajes que tiene subrayados. Tras aquella película en que Nicole Kidman hace el papel de Virginia Woolf, todo el mundo se considera experto en la obra de la escritora inglesa. Intento desviar la conversación por otros cauces, pero Carmen vuelve, retoma el tema y lee sus extensos subrayados. Así que no tengo otra opción que asentir, enfocando la mirada en el lunar que tiene cerca del cuello y en su blusita, con toda la paciencia que puede tener alguien deseoso de ligar y que para lograrlo se transforma en una oreja de seis pies. En el colegio tenía un amigo que movía la oreja izquierda. Nunca he podido hacer eso. Sin embargo, cada vez que asiento ante lo que lee Carmen, me siento como la oreja de mi amigo.

Mientras Carmen lee los pasajes subrayados, me doy ánimos para alargar la mano y tocarle una teta. Cuando lo hago, ésta reacciona de manera violenta y me propina un librazo en la cabeza. Dado que el libro es de tapa dura, me saca un chichón. Carmen se levanta como si nada hubiera pasado. Anuncia que asaltará la nevera. Contrariado, me recuesto en la cama y le echo un vistazo a varios pósteres de filmes de los noventa. Con la esperanza de escuchar a los padres de Carmen, me pongo de pie y camino hasta la pared que da al cuarto contiguo. Por más que me concentro no escucho nada. Aproximo la oreja a la fría y rugosa pared. Me concentro como si fuera una oreja de seis pies. Al instante, empiezo a escuchar los ronquidos de un hombre, o puede ser que estos surjan de mi imaginación. La cuestión es que sigo pegado a la pared cuando ella retorna, y me pregunta qué diablos estoy haciendo.

—Mi papá tiene el sueño ligero.
—Baja la voz entonces.
—¿Qué?
—No grites.
—Tenemos que esperar a que ronque. Puede estar al acecho.

Le echa un vistazo a su reloj.

—Debe estar empezando.

Se cruza de brazos.
—¡Tengo hambre y no hay nada en la nevera!
—¿No te puedes aguantar?
—Quiero pizza.
—¿A esta hora? Imposible. Mañana.
—¡Quiero pizza!

Se sienta en la cama y me observa, como si hasta entonces me hubiera visto sin lentes y de pronto se los pusiera para contemplarme tal cual soy. Se pone a cantar en inglés.

—Haz silencio. ¿Quieres que se despierten?
—¿Me traes un chimi?

Saca un cigarrillo, se pone a fumar y a esparcir cenizas en el piso y en la cama.

—¿Un chimichurri?
—Sí, porfa. Tengo hambre.

—Pero, ¿un chimi? Se ve mal comerse un chimi de madrugada. Nunca he salido con una jeva que coma chimis. Y mucho menos de madrugada.

—Por favor, no critiques mis hábitos alimenticios.
—¿Estás segura?
—Por favor.

Al parecer mi abstinencia sexual es tan tortuosa que le digo que sí. Bajo las escaleras, me alejo del edificio y camino en dirección a la Independencia. Pienso en llegar a un colmado, donde justo al lado tienen un carrito de chimis, pero cuando llego, éste se encuentra cerrado y el carrito no se ve por ninguna parte. Camino entonces en dirección al centro comercial donde hay siempre un carrito para los noctámbulos. La distancia es de más de un kilómetro. Doy zancadas y rezo porque no se aparezcan dos sargentos en un motor, me pidan dinero y, al no poder ofrecerles nada, terminen llevándome detenido a un cuartel lleno de delincuentes y travestis. Al llegar, el dueño le prepara un chimi con mucha cebolla y repollo a un camionero. Mientras prepara el mío, me distraigo mirando los locales desahuciados del centro comercial y el parqueo en que se distingue un Daihatsu de dos puertas que alguien dejó abandonado. Sin embargo, a los pocos minutos, las luces se encienden y el carro avanza hacia la avenida. De acuerdo al dueño del chimi, desde que subieron la tarifa de los moteles, muchas parejas se parquean ahí con los vidrios subidos. Al principio, le molestaba, pero dejó de importarle tan pronto como muchos de ésos se convirtieron en potenciales clientes. A mí lo que me importa son mis chelitos, repite mientras pica la cebolla y los tomates.

A eso de las tres, subo las escaleras del apartamento de los padres de Carmen con el chimi en una funda. Carmen me ha prometido que dejaría la puerta abierta para cuando retornara; no obstante, al tratar de abrirla, compruebo que tiene el seguro puesto. Llamo despacio para que los padres de Carmen no se despierten. Doy golpes blandos. Apenas rozando con los nudillos la madera. Sin embargo, no hay señal de que Carmen los haya oído. Aunque me imagino que se ha olvidado de mí y que debe de estar roncando en su cama, persisto ante la puerta. Pego la oreja contra la puerta de caoba e instantáneamente me vuelvo a sentir como una oreja de seis pies. Permanezco casi una hora en esa posición, luego me doy por vencido y decido recostarme, cerrar los ojos y dormir hasta que una o dos horas después despierto estremecido. Afuera empieza a clarear. Me levanto, bajo las escaleras y me marcho a casa llevando un chimi conmigo en vez del libro de Virginia Woolf.

9

En 2001 o 2002, vuelvo a topármela, mientras hacemos fila para ingresar en el único baño que hay en Tamaño. En esa época está tan flaca como una anoréxica. Sigue con el pelo largo a lo Alanis Morrisette, pero esto es lo único que me recuerda a la cantante. Poco después, me entero de que anda con un hindú alto y lampiño, que ronda con un trago por el balcón. Si Carmen sigue conversando conmigo después de que ambos salimos del baño, es porque lo quiere poner celoso. Pero alcanzamos a hablar, o más bien ella habla, gesticulando con sus brazos cargados de pulseras que cada vez que se agitan, suenan como si alguien estuviera sobando una pistola. Cuenta que se mudó de Los Kilómetros, que ha abandonado la psicología, que da clases de yoga en dos gimnasios y que mantiene una estricta dieta de berenjenas. —¿Una dieta de berenjenas? –pregunto. —Sí –responde. Cuenta que meses atrás, en el comedor de su casa, cortaba un pedazo de bistec, y que de pronto oyó un sonido casi imperceptible, un quejido que al rato identificó como una vocecita que le suplicaba que por favor no se lo comiera. Al instante, se percató de que la voz provenía del bistec. Carmen puso los cubiertos en el plato y le aseguró que no lo haría. Tuvo una conversación de cinco minutos con el bistec. Desde entonces, no ha vuelto a consumir carne.

En ese punto de la conversación, no me atrevo a abrir la boca y acecho con la mirada al novio hindú de Carmen, que se ha sentado a cuatro mesas de donde estamos. ¿Quién es?, le pregunto. Estudia medicina en Unibe, dice. Ésta aprovecha entonces para hablar de Sai Baba, de métodos de respiración y de cómo expandir la consciencia. Al terminar, vuelve a sentarse junto a su novio.

10
Una noche estoy con Aníbal en Cinemacafé. Frente a nosotros, sentada junto a unos extranjeros, hay una morena con el pelo suelto y ojos color miel que de tanto en tanto voltea la cabeza para vernos. Sobre el escenario, una banda de rock toca canciones argentinas. Le echamos un vistazo a la morena con el pelo largo y luego hacia el cantante de la banda, que si mal no recuerdo le llamaban Burguer, pero cómo se puso un balón intragástrico y bajó de peso, decidieron llamarle Hot Dog. La morena se levanta y va en dirección a los baños, pero a mitad del trayecto es interceptada por Aníbal.

Su nombre es Yocasta. Debe de tener alrededor de dieciocho años. Aníbal le invita un trago, pero ella se excusa y hace el ademán de irse al baño. Aníbal la detiene, sosteniéndole una mano, y tras mucho insistir la convence para que le dé su número de teléfono. Al lograr zafarse, Aníbal la sigue con la mirada como si ésta fuera modelo en una pasarela y él un modisto que tomara notas.

—Yocasta se parece a una jevita que estaba conmigo en un posgrado –comienza Aníbal tan pronto toma asiento. Me pasó algo muy raro con esa jevita. La convencí para que nos juntáramos a terminar un proyecto. Era sábado. Estábamos en la biblioteca. Discutíamos. Entonces veo que la nariz comienza a sangrarle. Le bajaba un hilo de sangre hasta la blusa. En un momento, como que se entera y se pasa el dedo por la nariz, saca una servilleta de la cartera y se lo cubre. Por supuesto, yo estoy mudo, observándola. Ella se levanta, toma su cartera y sus cosas, y antes de marcharse, como en una telenovela venezolana, grita: ¡animal! Creo que esa fue la última vez que hablamos. No la última vez que la vi, ya que nos topábamos en el aula clase tras clase.

—¿Y se parece a Yocasta?

—Un poco. Se llamaba Carmen.

—¿Por casualidad no es una que tiene el pelo largo como la cantante Alanis Morissette?

Aníbal hace una larga pausa hasta que me pide que le repita la pregunta. Se la repito y me dice que no conoce a esa cantante.

11

Hay rumores de que Carmen regenta un restaurante vegetariano, de que se rasura la cabeza y de que se muda a un ashram en Chile. Dos amigas comunes comentan cosas relacionadas y ambivalentes con respecto a la relación de ella con su novio hindú. La primera se refiere a una ruptura. Carmen sufre tanto que empieza a tener dolores en el estómago. Al principio, cree que es propio del dolor de la separación, pero al hacerse una biopsia, el gastroenterólogo descubre que tiene un tumor cancerígeno. Su familia decide llevarla a Colombia, donde logran extirparle el tumor. Sin embargo, el cáncer ya se ha expandido por otros órganos del cuerpo. Un oncólogo se reúne con la familia y le pronostica a Carmen seis meses de vida. La familia nunca llega a comunicarle esto. Cuando pasa más de un año, Carmen va de nuevo donde éste y se somete a los exámenes. Después de examinarla, el doctor alega que se ha curado. Un milagro, agrega emocionado.

La segunda, en cambio, refiere que Carmen acaba mudándose con el hindú, que aunque estudió medicina en Unibe, nunca ejerce. Se dedica a dar clases de hatha yoga. Al irse como profesor por varios países, Carmen lo acompaña. Después de vivir en Honduras, Bolivia, Uruguay y Chile, retornan a Santo Domingo y deciden casarse tan pronto como éste retorne de un breve viaje a Trinidad y Tobago. Carmen no vuelve a tener noticias de él. Intenta llamarlo a los números de teléfono que le dejó, pero cada vez que llama, el teléfono suena y nadie lo levanta. Se queda con la duda de si el hindú tuvo un accidente mortal, o sencillamente se hartó de ella y la abandonó.

12

Finalmente converso con ella en el balcón del apartamento de Manolo. Pero retrocedamos un poco. Para entonces, me han rechazado para todas las becas que he aplicado. Tan desilusionado estoy que Manolo, con tal de subirme el ánimo, me invita a uno de colmados de Gascue con cooperantes de una ONG que te sacan a bailar y te brindan tragos. Bajando botella tras botella, Manolo no para de contar las desgracias que le hizo sufrir una sanjuanera con que se mudó meses atrás. De pronto, en medio de los que están sentados en sillas de plástico y de los que beben cerca del mostrador, veo a Carmen. Al principio pienso que la he confundido, pero a los pocos segundos, al darme cuenta de que es la Carmen de carne y hueso que siempre me ha fascinado, me pongo contento. La veo encaminarse hacia nosotros, remolcando con la mano a una amiga que lleva una de esas faldas que usan las Testigos de Jehová.

Ha engordado y se ha cortado el pelo hasta el hombro; ya dista mucho de parecerse a Alanis Morrisette. De acuerdo a lo que refiere, ya no es profesora de yoga, ni vegetariana, ni seguidora de Sai Baba. Tampoco ha vuelto a tener noticias de su ex hindú. Tras una mala experiencia que tuvo en Puerto Rico, desistió de estar jugando a la hippie. Fue a una ceremonia en que un chamán le hizo beberse una sustancia que la hizo vomitar, revolcarse en la tierra y tener alucinaciones durante horas.

—Desperté llena de tierra y vómito, con un dolor de cabeza tremendo, como si la cabeza me hubiera crecido más de la cuenta. Me duché, me cambié y prometí concentrarme en una cosa.

—¿Cuál cosa?

—Aún no sé.

A eso de la una, cuando cierran el colmado, Manolo propone que vayamos a su apartamento a proseguir la bebentina. Vive tan cerca que andamos el trayecto a pie.

—Los palos de luz no funcionan desde los ochenta –comenta Manolo mientras avanzamos bajo la sombra de las javillas y los almendros.

Llegamos al edificio y subimos al tercer piso. Después de abrir una verja y dos llavines, ingresamos. Manolo indica que pasemos a la habitación donde tiene su cama de agua, un televisor de casi cincuenta pulgadas y una neverita llena de bebidas. Como no hay otro sitio donde sentarse, nos subimos a la cama de agua. Manolo pone una película de Al Pacino. A la mitad, salgo a fumar al balcón. Carmen se me une, pero cuando le paso un cigarro, niega con la cabeza. Afuera, la ciudad en silencio, como si estuviera en toque de queda.

—¿Te acuerdas de los chinos?

—No he vuelto a saber de ellos.

—De seguro han vuelto a China

—A esta altura, ambos deben de estar casados, con hijos y con sus propios supermercados.

—En cambio, ni tú ni yo nos hemos casado –sostiene Carmen con la vista en el cielo, como si acabara de ver una estrella fugaz y no la quisiera compartir.

Ambos nos quedamos viendo el cielo por un largo rato.

—¿Es cierto que tuviste un tumor en el estómago?

Carmen suelta una carcajada.

—Claro que no.

A la hora, Manolo y la amiga de Carmen, con tragos en las manos, se nos unen. Treinta minutos después ambas anuncian su partida. Las escoltamos hasta el Nissan que dejaron parqueado por el colmado. Antes de montarse, Carmen me da un abrazo. Se sube al asiento del copiloto y me tira un beso con la mano. El carro acelera y se pierde en la calle oscura y llena de baches. Esa es la última imagen que tengo de Carmen. A veces hasta me pregunto si el rostro aquel con el lunar que recuerdo es el verdadero. ¿O será la memoria que lo mejora?

13

A los pocos días de arribar a Chicago, sentado en el Starbucks de la Belmont con Halsted, confundí a Carmen con una transeúnte. Pedí un latte y me senté en una de las mesas que dan al ventanal. Veía la gente que caminaba afuera: punks de pelo verde moco, mujeres trotando y travestis con tacones. Entonces creí ver a Carmen pasar con un abrigo y con el pelo suelto y de nuevo largo como el de Alanis Morrisette. Salí del Starbucks y la seguí de cerca hasta que la vi entrar en un mall. Antes de que tomara la escalera eléctrica, le toqué el hombro y al darse la vuelta comprendí mi error. La mujer, alterada, se quedó mirándome hasta que le pedí disculpas, me di la vuelta y salí de vuelta al frío.

14

Puede que haya escrito lo anterior pensando que no he de volver a ver a Carmen en lo que me resta de vida. No obstante, hay una razón más inmediata. Hace una semana recibí un email de Carmen que me llevó a redactar esta secuencia de recuerdos. Lo leí en un laboratorio de la universidad atestado de estudiantes. Tuve que salir afuera para coger aire. Hacía frío. El cielo estaba gris, y el downtown, cubierto por la niebla. Una señora se acercó y me preguntó si me encontraba bien. Le respondí con la cabeza que no. Volví al laboratorio y leí tres veces más el email. Aquí lo tienen:

Como quería comunicarme contigo, puse tu nombre en Google y a los pocos segundos encontré tu email. Es increíble. En Internet aparece de todo. Te preguntarás por qué te escribo. Entiendo que te hagas esa pregunta porque yo misma a medida que escribo me la voy repitiendo. No sé. Es como si las manos teclearan solas y yo no tuviera más remedio que ver y aceptar las palabras y las oraciones y los párrafos que forman. Pero bueno, por otro lado, sé precisamente el porqué lo hago. Hace unas horas estaba pensando en ti. Es más, todavía sigo pensando en ti. Así como si fueras un comercial de la televisión que quisiera ver de nuevo, e incluso prendiera la televisión para verlo, pero por más canales que paso, no doy con él. Sucede que estoy viviendo en Barcelona desde hace unos meses, estudiando (no te voy a decir qué para que no te asustes), pero lo importante es que no me estoy engañando a mí misma, pensando que soy algo que no soy; en vez de eso, estoy leyendo mucho, hasta que los ojos me pican, y esforzándome como nunca para no perder mi beca.

Tengo amigas de todas partes: rusas, sudacas, italianas, gringas, cubanas. Estaba en la fiesta de una de ellas, hace como dos horas, o quizás tres horas. La vaina es que el coro estaba encendido, cuando de repente una ucraniana levanta una cerveza, una rubia con trenzas y que mide como siete pies, imagínate que mujerón; nada, en algún punto ella alza la cerveza y dice: piensen en una persona que les gustaría que estuviera con ustedes ahora mismo. Todas empezaron a mencionar nombres, nombres extraños en todas las lenguas, que tan pronto los mencionaban sentíamos como si estuvieran ahí. Cuando llega mi turno, me tomo mi tiempo, tomo aire y menciono tu nombre, y tan pronto lo digo, se me salen las lágrimas. Me fui a un rincón y me puse contra la pared y empecé a golpearla con mi cabeza, repitiendo «no soy más que una mierda, no soy más que una mierda». Lo hice porque lo más seguro es que tú no recuerdas todas las cosas que yo recuerdo. Ahora estoy medio traqueteada y sé que dentro de un rato me voy a arrepentir de este email, pero mientras tanto, mientras dura este momento en que todavía no me arrepiento, te ruego que me recuerdes un poquito como yo a ti hace unas horas.

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Frank Baez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978) es editor de la revista Ping Pong, y autor de los libros de poesía Jarrón y otros poemas (Betania, Madrid, 2004), Postales (Casa de Poesía, Costa Rica, 2008), y del libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Nacional, Santo Domingo, 2007). Con el libro Postales ganó el Premio Nacional de Poesía en el 2009. Lleva un blog en la siguiente dirección:

www.frankinvita.blogspot.com.

Con cariño, Carmen

Frank Baez

1

A Carmen la conocí hace quince años en la guagua de unos hermanos chinos que estudiaban en mi colegio. Después de clases los chinos conchaban por la ruta comprendida entre el Parque Independencia y Los Kilómetros. Cuando digo que eran chinos, no me refiero sólo a que eran de origen asiático, sino a que habían nacido en una provincia de China continental y habían emigrado con sus padres al país. Al igual que muchos chinos, sus padres llegaron engañados a Santo Domingo pensando que llegaban a Miami o a Puerto Rico. Según me contaban, el dinero que hacían con la guagua les servía para pagar la mensualidad del colegio y completar el alquiler del segundo piso donde residían junto al resto de su familia. Como vivían próximos a mi barrio de vez en cuando les pedía que me dieran bolas hasta mi casa. A Carmen la conocí uno de esos días. En una esquina de la Correa y Cidrón la diviso con uniforme de colegio, con botas Doc Martens y con el pelo tan negro y tan largo que recuerda a la versión caribeña de la cantante Alanis Morrisette, famosa en esa época. Al ver que le hace señas a los carros públicos, le pido a los chinos que se detengan a recogerla y éstos frenan, dan reversa, le tocan bocina, y ella, sin pensarlo mucho, hala la puerta corrediza, entra preguntando si estamos conchando, y tan pronto le contesto que sí, ella se deja caer en el asiento. Aunque prefiere el Heavy Metal me cuenta que la ha afligido el suicidio de Kurt Cobain. ¿En serio?, le pregunto. Tengo tres días llorando de corrido, me dice. Justo cuando le anuncia a los chinos que se queda en la próxima esquina, le pregunto si me puede dar su número de teléfono; ella contesta que no. Le pregunto entonces si desea que la acompañe a su casa; dice que no de nuevo, de una manera educada y amable, que quizás no es ni amable ni educada, pero como ya me empieza a gustar Carmen entonces lo siento así.

2

Meses después vuelvo a topármela en una guagua. Esta vez no la de los chinos, sino en una de esas voladoras que hacen la ruta de San Cristóbal hasta el Parque Enriquillo. A Carmen la acompaña una prima gorda que se pasa el trayecto entero contando la desesperante trama de una telenovela venezolana. Antes de apearse, Carmen saca un lapicero y escribe en la palma de mi mano derecha su número de teléfono. Me pide que la llame ese mismo día. Sin embargo, ese día me distraje tanto que olvidé copiar el teléfono de Carmen en un papel, y al llegar a mi casa el teléfono escrito en mi mano se me había borrado completamente. Quizás sudé mucho ese día. No recuerdo.

3

Conozco varias jevitas. Salgo con algunas, peleo con otras, me acuesto con pocas. Una de esas noches, sentado en el parque e intercambiando cidis con los vecinos, alguien me cuenta que Blas, el metálico de la cuarta, está saliendo con Carmen. Dado que éste es más feo que Joey Ramone, me río de los rumores, hasta que una semana después los veo besándose en la penumbra del Lumiere. A Blas le tenía mala voluntad desde la vez que mi mamá subió a tender una camiseta de Pink Floyd a la azotea y cuando volvió para recogerla ya no estaba. Cuando lo supe, me dio tanta rabia que tuve que trancarme en el cuarto, poner una canción pesada, una de Pantera, y subir el volumen a todo para que los vecinos no me escucharan gritar y darle trompadas a la pared. Tras desahogarme, fui directo al apartamento de Blas a acusarlo de ladrón, pero éste negó con la cabeza y fingió que ni siquiera le gustaba Pink Floyd. A mí lo que me gusta es el metal, dijo. Sin embargo, días después un amigo lo vio con la camiseta puesta en Café Atlántico.

Así que voy a una de esas fiestas que celebraban en los multifamiliares del INVI y que casi siempre terminaban en tiroteos, y me topo con Carmen, que está sin Blas y que tiene puesta una camiseta de Iron Maiden y los jeans rotos en las rodillas, y que se desplaza con un cigarrillo en los dedos como si estuviera en medio de un video de MTV. Le pregunto por Blas y ella responde que es un comemierda. No intento reprimir la sonrisa que me aflora en el rostro.

—¿De qué te ríes?

—No me río.

—Sí, te ríes como si te acabaras de ganar la lotería.

De tanto en tanto alguien se acerca y se queda bobo mirándola. Otros tratan de sumarse a la conversación, pero al no darles Carmen oportunidad de opinar, dan la vuelta y se van a contemplar el culo de otra jevita. Al cuestionarme sobre los chinos, no tengo más remedio que mentirle y decirle que han puesto un supermercado. Después de la graduación del colegio no podía precisar si éstos seguían en la isla o se habían ido de vuelta a China. De igual manera, no sé qué ocurrió con la guagua, la cual de seguro los sindicalistas de Los Kilómetros confiscaron y sacaron de ruta.

En un momento, cambian las canciones gringas por un reggaetón. Aquellos que estaban sentados en los muebles y recostados de las paredes comienzan a perrear. Con tal de que fuéramos a un lugar más íntimo, me hago el sordo: cada vez que Carmen dice algo, le repico con señas que no la oigo.

—No te oigo, mami le repito, señalándome un oído primero y luego una bocina que tenemos al lado.

—Pérate –dice, y alza la cabeza como el periscopio de un submarino, me agarra del brazo y me lleva entre los dúos y los tríos que perrean hacia la azotea. Ya arriba, rodeados por las fachadas de los multifamiliares, emprendemos a hablar.

A mí me gusta ese lunar que tienes ahí le digo.

¿Lo quieres? Te lo vendo.

Se quita las Doc Martens y se sienta en el borde de la azotea con las piernas colgando en el vacío.

¿Qué haces?

Ven, no seas pendejo; siéntate.

Me acerco al borde e intento agarrarla. Pero a medida que me acerco, ella, riendo, se escabulle y se desplaza más a la derecha. Echo un vistazo hacia abajo y la imagino cayéndose en el pavimento y sobre el techo de uno de los carros parqueados, al igual que en la canción esa de Iron Maiden que ella tanto tararea. Le pido que deje el coro, que se baje, pero no me hace caso y sigue ahí subida mirando hacia abajo, como si estuviera concentrada viendo algo que sólo existe en su cabeza.

—Desde acá se ve el mar y Quita Sueño.

—Bájate de ahí, Carmen.

—No.

—Ajá, ¿es caerte lo que quieres?

—Te dije que no. Es más, si te mueves de donde estás, salto.

Justo cuando dice eso, se va la luz en el sector. Sumido en la oscuridad, lo único que alcanzo a distinguir más allá de las azoteas de los multifamiliares, es el letrero de Texaco.

—¡Carmen! –voceo sin recibir respuesta y temeroso de que se haya caído.

Tiento el borde de la azotea hasta que tropiezo con sus Doc Martens. Las recojo. Bajo las escaleras agarrado del pasamano. Ya en la fiesta, la veo descalza hablando con una morena que jugaba de centro para el equipo de básquet de Miramar. Dejo sus botas tiradas sobre un mueble y me largo.

4

En adelante, la veo con frecuencia con una camiseta de Sepultura paseando un chihuahua. Un día me dicen que Miguel, un amigo de la infancia, fue quien le regaló el perrito. En esa época no me importaba mucho. Incluso salía con una jevita que posteriormente me abandonaría por un mormón. No obstante, una vez andando a pie hasta la panadería, veo pasar a Carmen en una OMSA. La sigo con la mirada mientras ésta pega la cara al cristal sucio para no perderme de vista. Por unos segundos nuestras miradas se tocan, de una manera intensa y reconfortante, hasta que la OMSA se aleja por la avenida y se pierde con Carmen.

5

Vuelvo a verla en un concierto navideño. Prácticamente me tropiezo con ella mientras repaso las gradas en busca de asiento. Casi no la reconozco. Lleva el pelo recogido, unos jeans y una blusa rosada. Le pasa el chihuahua a una de sus primas y me abraza. Habla tanto que casi se le olvida presentar a las primas santiagueras que la acompañan. Son fanáticas de Los Rosario, agrega como para justificar su presencia ahí. Cuando la cuestiono sobre su nuevo look, me responde que tras lesionarse el tímpano izquierdo no ha vuelto a escuchar Heavy Metal. Incluso, por recomendación del médico, tuvo que botar unos audífonos que le costaron carísimos. Está a punto de explicarme cómo fue cuando la interrumpe el presentador con el anuncio de que Los Hermanos Rosario acaban de llegar. A lo largo y ancho de las gradas truenan los aplausos. Clavamos la mirada en el escenario, aguardando a que éstos suban, pero en cambio sale el presentador para anunciar que los Hermanos Rosario están en un minibús afuera y que subirán en diez minutos. El público lo abuchea. Si la tarima no estuviera tan lejos de las gradas, de seguro alguien hubiera saltado, burlado la seguridad y golpeado y pateado sin piedad al presentador.

—Eso es porque no les han pagado –dice Carmen mientras yo trato de imaginarme el interior del minibús donde Los Rosario aguardan incómodos y mentándole la madre a los organizadores.

Entonces comienza a caer una lluvia de botellitas de agua. Al caerme una en la cabeza, Carmen y sus primas se agachan y se resguardan contra mí. Impulsada por el pánico, la gente empieza a darse empellones, a lanzarse botellitas y a insultarse. Más tarde Aníbal, que se me acercó para que le presentara a las primas de Carmen, me contaría que quienes empezaron a tirar las botellitas fueron dos muchachas del Siete. Como por inercia, la mayoría se suma al pleito, empujando e insultando al que tienen enfrente o a sus espaldas. En un momento, volteo la cabeza hacia el escenario a ver si los Hermanos Rosario han hecho acto de presencia, cuando oigo un disparo. Instantáneamente me lanzo al suelo. En ese punto, todo se vuelve caótico: mujeres y hombres gritan, empujan y se embalan a la salida. Carmen está tirada a mi lado con su chihuahua, que ladra como si estuviera tosiendo. Vuelven a disparar. La muchedumbre se parte en cuatro. Me siento como en la secuencia de disparos de Full Metal Jacket. Les ordeno a Carmen y a sus primas que corran hacia la salida. —¡Ahora! –les grito como si estuviéramos en una trinchera.

Estas corren hasta confundirse con la multitud amontonada en una de las puertas de acceso. Al rato, Aníbal y yo las seguimos. Ya afuera, muevo la cabeza a derecha y a izquierda, buscando infructuosamente a Carmen con su chihuahua y sus primas. Retornando a casa en un carro público, Aníbal dice que quien disparó fue La Hiena y que desde que jugábamos básquet en el Ocho y Medio nos tiene mala voluntad.

6

No vuelvo a ver a Carmen hasta mucho después. ¿Cuánto tiempo? Un año y medio, tal vez dos años. En la sala de espera de una clínica donde me van a hacer unos análisis, la veo entrar con unas gafas enormes, aproximarse a donde estoy y saludarme con un abrazo. Sigue con el pelo como Alanis Morrisette, hasta encuentro que lo tiene mucho más largo, mucho más negro y mucho más maltratado. ¿Has salido del país?, me pregunta. Al negar con la cabeza, ella empieza a narrar la manera en que se fue con el programa de Work and Travel a Wisconsin, donde trabajo en una aburrida feria mecánica que abandonó al poco tiempo. Sin más opciones de empleo, retorna a la isla e ingresa en la universidad: se decide por psicología. A medida que toma clases de psicología empieza a trabajar como ayudante de profesora en un preescolar. A los pocos meses, se involucra y compenetra con los niños de una manera que no había imaginado. También se involucra con el papá de uno de sus alumnos. Le acepta una cena. Sin imaginárselo, esa noche acaban en la cama. Sigue aceptándole invitaciones a resorts y restaurantes chic hasta que la esposa de él, embarazada de seis meses, se aparece una mañana en el aula con una sevillana y la amenaza. Tienen que venir profesoras de las demás aulas para arrebatarle entre todas la sevillana. Sin pensarlo mucho, Carmen decide abandonarlo no sólo a él, sino también el preescolar. Coge aire y hace una larga pausa que yo aprovecho para pedirle su número de teléfono. Sin embargo, cuando estoy a punto de anotarlo, una de las enfermeras con cara de perro bulldog grita mi nombre, y cuando levanto la mano, me manda a que la siga por un pasillo. Ordena que me siente en una camilla, que me arremangue la camisa, y me pincha con la jeringuilla hasta extraerme una pinta de sangre. Al terminar, intento ponerme de pie, pero me da un yeyo y antes de perder el conocimiento, caigo como uno de esos ascensores de un rascacielos que te llevan al lobby antes de que logres pestañear. Cuando vuelvo en mí, lo primero que alcanzo a ver es a un residente con una bata verde y a su derecha la enfermera con cara de perro bulldog. Caminando de vuelta a la sala de espera, descubro que el asiento donde estaba Carmen se encuentra ahora ocupado por una gorda que lee una revista Vanidades. Le pregunto a la enfermera con cara de bulldog si estuve mucho tiempo desmayado. Responde que menos de un minuto.

7

Meses después nos reencontramos en otra clínica. En esta ocasión, a una donde llevan a Esteban de gravedad luego de un intento de suicidio. Doy zancadas por los pasillos asépticos leyendo los números de las habitaciones. Al intentar ingresar en la indicada, una enfermera me detiene, señalando hacia un grupo en el que reconozco a una serie de familiares y amigos de Esteban, que vociferan y gesticulan como si estuvieran en un billar. De pronto veo a Carmen, que se inclina un poco para servirse café de un termo. La abordo. Charlamos un rato y convenimos en sentarnos más allá, próximos a los ascensores. Carmen está animada. En un momento, me dice que alcanzó a salir con Esteban. Insisto tanto que ella acaba contándome los pormenores. Sin embargo, antes de referir el hecho, Carmen me hace prometerle que no relacionaré lo que me va a contar con el intento de suicidio de Esteban.

—¿Por dónde empiezo? se pregunta mirando el vaso con café. A ver, Esteban y yo llevábamos meses cruzándonos a diario por los pasillos de la universidad. Un día me puse una bufanda crema. No por dármela de fashionista, sino porque donde estaba cogiendo clases ponían el aire acondicionado en full. Ese día Esteban me pasa por el lado y sonriendo dice que le gusta mucho cómo me queda la bufanda. De ahí en adelante nos hicimos panitas. Siempre nos saludábamos. Otra vez lo vi fumando afuera frente a un aula donde tomaba clases. Pese a que había dejado el cigarrillo, comencé a fumar por esos días para tener una excusa para salir al pasillo a conversar con él. Un día coincidimos en Cabarete. Otro día se acerca para invitarme a ver una película de Brad Pitt. Al final de la película, me pide que lo acompañe a su apartamento. Esa noche actuaba prácticamente como un psicópata.

—¿Como un psicópata?

—¿Te acuerdas del video de Thriller, cuando Michael Jackson, que parece súper amigable al principio, de pronto se convierte en un zombi?

—Claro.

—Pues así mismito estaba actuando.

—¿Y con todo y eso fuiste al apartamento?

—Claro, estaba intrigada.

Sentados en el apartamento y escuchando bossa nova, Carmen se para y anuncia que va al baño. Esteban se hace como el que no la escucha y se sirve un poco más de whiskey. Carmen se lava las manos y permanece un rato contemplándose en el espejo. Cuando trata de abrir la puerta, se percata de que está trancada por fuera. Empieza a vocearle a Esteban y a tocar la puerta. No recibe respuesta. Empuja la puerta con su cuerpo varias veces, gritando hasta darse por vencida. Toma asiento sobre los azulejos con la esperanza de que Esteban termine la broma. Dura alrededor de dos horas en el baño hasta que de pronto se levanta, gira el picaporte de la puerta y ésta se abre como por obra de magia, o al menos eso supone Carmen ante esa situación. Sale al pasillo y camina con cautela, tanteando las paredes y encendiendo una a una las luces de las habitaciones, hasta que comprende que es la única persona en el apartamento. Se marcha a su casa y dura varias semanas con miedo a que Esteban la vuelva a llamar. Por supuesto, luego de esto, Esteban abandona la universidad y Carmen no vuelve a verlo. Así no se juega con la gente, agrega antes de darle un sorbito al vaso con café.

8

Algo parecido me ocurre con Carmen nueve meses después. Casualmente nos topamos en un bar de La Zona. Al contrario de las otras veces, Carmen lleva una blusa corta, unos jeans ajustados y el pelo recogido por el calor que hace en esos días. En vez de conversar, bebemos shots de tequila y bailamos hasta que apagan la música y el bartender nos pide que salgamos para poder cerrar. Mientras esperamos un taxi, Carmen, borracha, me invita a su apartamento con la intención de prestarme un libro de Virginia Woolf. Dije su apartamento, pero esto debo rectificarlo, ya que Carmen vive entonces con sus padres en un apartamento del Diez y Medio. Por supuesto, esto lo sé más adelante, ya sentado en la cama de ella quitándome los zapatos.

—Duermen aquí al lado.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No me preguntaste.
—¡Ay mi madre!
—O sea, ¿tú pensabas que yo vivía sola?

Carmen busca el libro de Virginia Woolf para leerme algunos pasajes que tiene subrayados. Tras aquella película en que Nicole Kidman hace el papel de Virginia Woolf, todo el mundo se considera experto en la obra de la escritora inglesa. Intento desviar la conversación por otros cauces, pero Carmen vuelve, retoma el tema y lee sus extensos subrayados. Así que no tengo otra opción que asentir, enfocando la mirada en el lunar que tiene cerca del cuello y en su blusita, con toda la paciencia que puede tener alguien deseoso de ligar y que para lograrlo se transforma en una oreja de seis pies. En el colegio tenía un amigo que movía la oreja izquierda. Nunca he podido hacer eso. Sin embargo, cada vez que asiento ante lo que lee Carmen, me siento como la oreja de mi amigo.

Mientras Carmen lee los pasajes subrayados, me doy ánimos para alargar la mano y tocarle una teta. Cuando lo hago, ésta reacciona de manera violenta y me propina un librazo en la cabeza. Dado que el libro es de tapa dura, me saca un chichón. Carmen se levanta como si nada hubiera pasado. Anuncia que asaltará la nevera. Contrariado, me recuesto en la cama y le echo un vistazo a varios pósteres de filmes de los noventa. Con la esperanza de escuchar a los padres de Carmen, me pongo de pie y camino hasta la pared que da al cuarto contiguo. Por más que me concentro no escucho nada. Aproximo la oreja a la fría y rugosa pared. Me concentro como si fuera una oreja de seis pies. Al instante, empiezo a escuchar los ronquidos de un hombre, o puede ser que estos surjan de mi imaginación. La cuestión es que sigo pegado a la pared cuando ella retorna, y me pregunta qué diablos estoy haciendo.

—Mi papá tiene el sueño ligero.
—Baja la voz entonces.
—¿Qué?
—No grites.
—Tenemos que esperar a que ronque. Puede estar al acecho.

Le echa un vistazo a su reloj.

—Debe estar empezando.

Se cruza de brazos.
—¡Tengo hambre y no hay nada en la nevera!
—¿No te puedes aguantar?
—Quiero pizza.
—¿A esta hora? Imposible. Mañana.
—¡Quiero pizza!

Se sienta en la cama y me observa, como si hasta entonces me hubiera visto sin lentes y de pronto se los pusiera para contemplarme tal cual soy. Se pone a cantar en inglés.

—Haz silencio. ¿Quieres que se despierten?
—¿Me traes un chimi?

Saca un cigarrillo, se pone a fumar y a esparcir cenizas en el piso y en la cama.

—¿Un chimichurri?
—Sí, porfa. Tengo hambre.

—Pero, ¿un chimi? Se ve mal comerse un chimi de madrugada. Nunca he salido con una jeva que coma chimis. Y mucho menos de madrugada.

—Por favor, no critiques mis hábitos alimenticios.
—¿Estás segura?
—Por favor.

Al parecer mi abstinencia sexual es tan tortuosa que le digo que sí. Bajo las escaleras, me alejo del edificio y camino en dirección a la Independencia. Pienso en llegar a un colmado, donde justo al lado tienen un carrito de chimis, pero cuando llego, éste se encuentra cerrado y el carrito no se ve por ninguna parte. Camino entonces en dirección al centro comercial donde hay siempre un carrito para los noctámbulos. La distancia es de más de un kilómetro. Doy zancadas y rezo porque no se aparezcan dos sargentos en un motor, me pidan dinero y, al no poder ofrecerles nada, terminen llevándome detenido a un cuartel lleno de delincuentes y travestis. Al llegar, el dueño le prepara un chimi con mucha cebolla y repollo a un camionero. Mientras prepara el mío, me distraigo mirando los locales desahuciados del centro comercial y el parqueo en que se distingue un Daihatsu de dos puertas que alguien dejó abandonado. Sin embargo, a los pocos minutos, las luces se encienden y el carro avanza hacia la avenida. De acuerdo al dueño del chimi, desde que subieron la tarifa de los moteles, muchas parejas se parquean ahí con los vidrios subidos. Al principio, le molestaba, pero dejó de importarle tan pronto como muchos de ésos se convirtieron en potenciales clientes. A mí lo que me importa son mis chelitos, repite mientras pica la cebolla y los tomates.

A eso de las tres, subo las escaleras del apartamento de los padres de Carmen con el chimi en una funda. Carmen me ha prometido que dejaría la puerta abierta para cuando retornara; no obstante, al tratar de abrirla, compruebo que tiene el seguro puesto. Llamo despacio para que los padres de Carmen no se despierten. Doy golpes blandos. Apenas rozando con los nudillos la madera. Sin embargo, no hay señal de que Carmen los haya oído. Aunque me imagino que se ha olvidado de mí y que debe de estar roncando en su cama, persisto ante la puerta. Pego la oreja contra la puerta de caoba e instantáneamente me vuelvo a sentir como una oreja de seis pies. Permanezco casi una hora en esa posición, luego me doy por vencido y decido recostarme, cerrar los ojos y dormir hasta que una o dos horas después despierto estremecido. Afuera empieza a clarear. Me levanto, bajo las escaleras y me marcho a casa llevando un chimi conmigo en vez del libro de Virginia Woolf.

9

En 2001 o 2002, vuelvo a topármela, mientras hacemos fila para ingresar en el único baño que hay en Tamaño. En esa época está tan flaca como una anoréxica. Sigue con el pelo largo a lo Alanis Morrisette, pero esto es lo único que me recuerda a la cantante. Poco después, me entero de que anda con un hindú alto y lampiño, que ronda con un trago por el balcón. Si Carmen sigue conversando conmigo después de que ambos salimos del baño, es porque lo quiere poner celoso. Pero alcanzamos a hablar, o más bien ella habla, gesticulando con sus brazos cargados de pulseras que cada vez que se agitan, suenan como si alguien estuviera sobando una pistola. Cuenta que se mudó de Los Kilómetros, que ha abandonado la psicología, que da clases de yoga en dos gimnasios y que mantiene una estricta dieta de berenjenas. —¿Una dieta de berenjenas? –pregunto. —Sí –responde. Cuenta que meses atrás, en el comedor de su casa, cortaba un pedazo de bistec, y que de pronto oyó un sonido casi imperceptible, un quejido que al rato identificó como una vocecita que le suplicaba que por favor no se lo comiera. Al instante, se percató de que la voz provenía del bistec. Carmen puso los cubiertos en el plato y le aseguró que no lo haría. Tuvo una conversación de cinco minutos con el bistec. Desde entonces, no ha vuelto a consumir carne.

En ese punto de la conversación, no me atrevo a abrir la boca y acecho con la mirada al novio hindú de Carmen, que se ha sentado a cuatro mesas de donde estamos. ¿Quién es?, le pregunto. Estudia medicina en Unibe, dice. Ésta aprovecha entonces para hablar de Sai Baba, de métodos de respiración y de cómo expandir la consciencia. Al terminar, vuelve a sentarse junto a su novio.

10
Una noche estoy con Aníbal en Cinemacafé. Frente a nosotros, sentada junto a unos extranjeros, hay una morena con el pelo suelto y ojos color miel que de tanto en tanto voltea la cabeza para vernos. Sobre el escenario, una banda de rock toca canciones argentinas. Le echamos un vistazo a la morena con el pelo largo y luego hacia el cantante de la banda, que si mal no recuerdo le llamaban Burguer, pero cómo se puso un balón intragástrico y bajó de peso, decidieron llamarle Hot Dog. La morena se levanta y va en dirección a los baños, pero a mitad del trayecto es interceptada por Aníbal.

Su nombre es Yocasta. Debe de tener alrededor de dieciocho años. Aníbal le invita un trago, pero ella se excusa y hace el ademán de irse al baño. Aníbal la detiene, sosteniéndole una mano, y tras mucho insistir la convence para que le dé su número de teléfono. Al lograr zafarse, Aníbal la sigue con la mirada como si ésta fuera modelo en una pasarela y él un modisto que tomara notas.

—Yocasta se parece a una jevita que estaba conmigo en un posgrado comienza Aníbal tan pronto toma asiento. Me pasó algo muy raro con esa jevita. La convencí para que nos juntáramos a terminar un proyecto. Era sábado. Estábamos en la biblioteca. Discutíamos. Entonces veo que la nariz comienza a sangrarle. Le bajaba un hilo de sangre hasta la blusa. En un momento, como que se entera y se pasa el dedo por la nariz, saca una servilleta de la cartera y se lo cubre. Por supuesto, yo estoy mudo, observándola. Ella se levanta, toma su cartera y sus cosas, y antes de marcharse, como en una telenovela venezolana, grita: ¡animal! Creo que esa fue la última vez que hablamos. No la última vez que la vi, ya que nos topábamos en el aula clase tras clase.

—¿Y se parece a Yocasta?

—Un poco. Se llamaba Carmen.

—¿Por casualidad no es una que tiene el pelo largo como la cantante Alanis Morissette?

Aníbal hace una larga pausa hasta que me pide que le repita la pregunta. Se la repito y me dice que no conoce a esa cantante.

11

Hay rumores de que Carmen regenta un restaurante vegetariano, de que se rasura la cabeza y de que se muda a un ashram en Chile. Dos amigas comunes comentan cosas relacionadas y ambivalentes con respecto a la relación de ella con su novio hindú. La primera se refiere a una ruptura. Carmen sufre tanto que empieza a tener dolores en el estómago. Al principio, cree que es propio del dolor de la separación, pero al hacerse una biopsia, el gastroenterólogo descubre que tiene un tumor cancerígeno. Su familia decide llevarla a Colombia, donde logran extirparle el tumor. Sin embargo, el cáncer ya se ha expandido por otros órganos del cuerpo. Un oncólogo se reúne con la familia y le pronostica a Carmen seis meses de vida. La familia nunca llega a comunicarle esto. Cuando pasa más de un año, Carmen va de nuevo donde éste y se somete a los exámenes. Después de examinarla, el doctor alega que se ha curado. Un milagro, agrega emocionado.

La segunda, en cambio, refiere que Carmen acaba mudándose con el hindú, que aunque estudió medicina en Unibe, nunca ejerce. Se dedica a dar clases de hatha yoga. Al irse como profesor por varios países, Carmen lo acompaña. Después de vivir en Honduras, Bolivia, Uruguay y Chile, retornan a Santo Domingo y deciden casarse tan pronto como éste retorne de un breve viaje a Trinidad y Tobago. Carmen no vuelve a tener noticias de él. Intenta llamarlo a los números de teléfono que le dejó, pero cada vez que llama, el teléfono suena y nadie lo levanta. Se queda con la duda de si el hindú tuvo un accidente mortal, o sencillamente se hartó de ella y la abandonó.

12

Finalmente converso con ella en el balcón del apartamento de Manolo. Pero retrocedamos un poco. Para entonces, me han rechazado para todas las becas que he aplicado. Tan desilusionado estoy que Manolo, con tal de subirme el ánimo, me invita a uno de colmados de Gascue con cooperantes de una ONG que te sacan a bailar y te brindan tragos. Bajando botella tras botella, Manolo no para de contar las desgracias que le hizo sufrir una sanjuanera con que se mudó meses atrás. De pronto, en medio de los que están sentados en sillas de plástico y de los que beben cerca del mostrador, veo a Carmen. Al principio pienso que la he confundido, pero a los pocos segundos, al darme cuenta de que es la Carmen de carne y hueso que siempre me ha fascinado, me pongo contento. La veo encaminarse hacia nosotros, remolcando con la mano a una amiga que lleva una de esas faldas que usan las Testigos de Jehová.

Ha engordado y se ha cortado el pelo hasta el hombro; ya dista mucho de parecerse a Alanis Morrisette. De acuerdo a lo que refiere, ya no es profesora de yoga, ni vegetariana, ni seguidora de Sai Baba. Tampoco ha vuelto a tener noticias de su ex hindú. Tras una mala experiencia que tuvo en Puerto Rico, desistió de estar jugando a la hippie. Fue a una ceremonia en que un chamán le hizo beberse una sustancia que la hizo vomitar, revolcarse en la tierra y tener alucinaciones durante horas.

—Desperté llena de tierra y vómito, con un dolor de cabeza tremendo, como si la cabeza me hubiera crecido más de la cuenta. Me duché, me cambié y prometí concentrarme en una cosa.

—¿Cuál cosa?

—Aún no sé.

A eso de la una, cuando cierran el colmado, Manolo propone que vayamos a su apartamento a proseguir la bebentina. Vive tan cerca que andamos el trayecto a pie.

—Los palos de luz no funcionan desde los ochenta comenta Manolo mientras avanzamos bajo la sombra de las javillas y los almendros.

Llegamos al edificio y subimos al tercer piso. Después de abrir una verja y dos llavines, ingresamos. Manolo indica que pasemos a la habitación donde tiene su cama de agua, un televisor de casi cincuenta pulgadas y una neverita llena de bebidas. Como no hay otro sitio donde sentarse, nos subimos a la cama de agua. Manolo pone una película de Al Pacino. A la mitad, salgo a fumar al balcón. Carmen se me une, pero cuando le paso un cigarro, niega con la cabeza. Afuera, la ciudad en silencio, como si estuviera en toque de queda.

—¿Te acuerdas de los chinos?

—No he vuelto a saber de ellos.

—De seguro han vuelto a China

—A esta altura, ambos deben de estar casados, con hijos y con sus propios supermercados.

—En cambio, ni tú ni yo nos hemos casado sostiene Carmen con la vista en el cielo, como si acabara de ver una estrella fugaz y no la quisiera compartir.

Ambos nos quedamos viendo el cielo por un largo rato.

—¿Es cierto que tuviste un tumor en el estómago?

Carmen suelta una carcajada.

—Claro que no.

A la hora, Manolo y la amiga de Carmen, con tragos en las manos, se nos unen. Treinta minutos después ambas anuncian su partida. Las escoltamos hasta el Nissan que dejaron parqueado por el colmado. Antes de montarse, Carmen me da un abrazo. Se sube al asiento del copiloto y me tira un beso con la mano. El carro acelera y se pierde en la calle oscura y llena de baches. Esa es la última imagen que tengo de Carmen. A veces hasta me pregunto si el rostro aquel con el lunar que recuerdo es el verdadero. ¿O será la memoria que lo mejora?

13

A los pocos días de arribar a Chicago, sentado en el Starbucks de la Belmont con Halsted, confundí a Carmen con una transeúnte. Pedí un latte y me senté en una de las mesas que dan al ventanal. Veía la gente que caminaba afuera: punks de pelo verde moco, mujeres trotando y travestis con tacones. Entonces creí ver a Carmen pasar con un abrigo y con el pelo suelto y de nuevo largo como el de Alanis Morrisette. Salí del Starbucks y la seguí de cerca hasta que la vi entrar en un mall. Antes de que tomara la escalera eléctrica, le toqué el hombro y al darse la vuelta comprendí mi error. La mujer, alterada, se quedó mirándome hasta que le pedí disculpas, me di la vuelta y salí de vuelta al frío.

14

Puede que haya escrito lo anterior pensando que no he de volver a ver a Carmen en lo que me resta de vida. No obstante, hay una razón más inmediata. Hace una semana recibí un email de Carmen que me llevó a redactar esta secuencia de recuerdos. Lo leí en un laboratorio de la universidad atestado de estudiantes. Tuve que salir afuera para coger aire. Hacía frío. El cielo estaba gris, y el downtown, cubierto por la niebla. Una señora se acercó y me preguntó si me encontraba bien. Le respondí con la cabeza que no. Volví al laboratorio y leí tres veces más el email. Aquí lo tienen:

Como quería comunicarme contigo, puse tu nombre en Google y a los pocos segundos encontré tu email. Es increíble. En Internet aparece de todo. Te preguntarás por qué te escribo. Entiendo que te hagas esa pregunta porque yo misma a medida que escribo me la voy repitiendo. No sé. Es como si las manos teclearan solas y yo no tuviera más remedio que ver y aceptar las palabras y las oraciones y los párrafos que forman. Pero bueno, por otro lado, sé precisamente el porqué lo hago. Hace unas horas estaba pensando en ti. Es más, todavía sigo pensando en ti. Así como si fueras un comercial de la televisión que quisiera ver de nuevo, e incluso prendiera la televisión para verlo, pero por más canales que paso, no doy con él. Sucede que estoy viviendo en Barcelona desde hace unos meses, estudiando (no te voy a decir qué para que no te asustes), pero lo importante es que no me estoy engañando a mí misma, pensando que soy algo que no soy; en vez de eso, estoy leyendo mucho, hasta que los ojos me pican, y esforzándome como nunca para no perder mi beca.

Tengo amigas de todas partes: rusas, sudacas, italianas, gringas, cubanas. Estaba en la fiesta de una de ellas, hace como dos horas, o quizás tres horas. La vaina es que el coro estaba encendido, cuando de repente una ucraniana levanta una cerveza, una rubia con trenzas y que mide como siete pies, imagínate que mujerón; nada, en algún punto ella alza la cerveza y dice: piensen en una persona que les gustaría que estuviera con ustedes ahora mismo. Todas empezaron a mencionar nombres, nombres extraños en todas las lenguas, que tan pronto los mencionaban sentíamos como si estuvieran ahí. Cuando llega mi turno, me tomo mi tiempo, tomo aire y menciono tu nombre, y tan pronto lo digo, se me salen las lágrimas. Me fui a un rincón y me puse contra la pared y empecé a golpearla con mi cabeza, repitiendo «no soy más que una m

Con cariño, Carmen

Frank Baez

1

A Carmen la conocí hace quince años en la guagua de unos hermanos chinos que estudiaban en mi colegio. Después de clases los chinos conchaban por la ruta comprendida entre el Parque Independencia y Los Kilómetros. Cuando digo que eran chinos, no me refiero sólo a que eran de origen asiático, sino a que habían nacido en una provincia de China continental y habían emigrado con sus padres al país. Al igual que muchos chinos, sus padres llegaron engañados a Santo Domingo pensando que llegaban a Miami o a Puerto Rico. Según me contaban, el dinero que hacían con la guagua les servía para pagar la mensualidad del colegio y completar el alquiler del segundo piso donde residían junto al resto de su familia. Como vivían próximos a mi barrio de vez en cuando les pedía que me dieran bolas hasta mi casa. A Carmen la conocí uno de esos días. En una esquina de la Correa y Cidrón la diviso con uniforme de colegio, con botas Doc Martens y con el pelo tan negro y tan largo que recuerda a la versión caribeña de la cantante Alanis Morrisette, famosa en esa época. Al ver que le hace señas a los carros públicos, le pido a los chinos que se detengan a recogerla y éstos frenan, dan reversa, le tocan bocina, y ella, sin pensarlo mucho, hala la puerta corrediza, entra preguntando si estamos conchando, y tan pronto le contesto que sí, ella se deja caer en el asiento. Aunque prefiere el Heavy Metal me cuenta que la ha afligido el suicidio de Kurt Cobain. ¿En serio?, le pregunto. Tengo tres días llorando de corrido, me dice. Justo cuando le anuncia a los chinos que se queda en la próxima esquina, le pregunto si me puede dar su número de teléfono; ella contesta que no. Le pregunto entonces si desea que la acompañe a su casa; dice que no de nuevo, de una manera educada y amable, que quizás no es ni amable ni educada, pero como ya me empieza a gustar Carmen entonces lo siento así.

2

Meses después vuelvo a topármela en una guagua. Esta vez no la de los chinos, sino en una de esas voladoras que hacen la ruta de San Cristóbal hasta el Parque Enriquillo. A Carmen la acompaña una prima gorda que se pasa el trayecto entero contando la desesperante trama de una telenovela venezolana. Antes de apearse, Carmen saca un lapicero y escribe en la palma de mi mano derecha su número de teléfono. Me pide que la llame ese mismo día. Sin embargo, ese día me distraje tanto que olvidé copiar el teléfono de Carmen en un papel, y al llegar a mi casa el teléfono escrito en mi mano se me había borrado completamente. Quizás sudé mucho ese día. No recuerdo.

3

Conozco varias jevitas. Salgo con algunas, peleo con otras, me acuesto con pocas. Una de esas noches, sentado en el parque e intercambiando cidis con los vecinos, alguien me cuenta que Blas, el metálico de la cuarta, está saliendo con Carmen. Dado que éste es más feo que Joey Ramone, me río de los rumores, hasta que una semana después los veo besándose en la penumbra del Lumiere. A Blas le tenía mala voluntad desde la vez que mi mamá subió a tender una camiseta de Pink Floyd a la azotea y cuando volvió para recogerla ya no estaba. Cuando lo supe, me dio tanta rabia que tuve que trancarme en el cuarto, poner una canción pesada, una de Pantera, y subir el volumen a todo para que los vecinos no me escucharan gritar y darle trompadas a la pared. Tras desahogarme, fui directo al apartamento de Blas a acusarlo de ladrón, pero éste negó con la cabeza y fingió que ni siquiera le gustaba Pink Floyd. A mí lo que me gusta es el metal, dijo. Sin embargo, días después un amigo lo vio con la camiseta puesta en Café Atlántico.

Así que voy a una de esas fiestas que celebraban en los multifamiliares del INVI y que casi siempre terminaban en tiroteos, y me topo con Carmen, que está sin Blas y que tiene puesta una camiseta de Iron Maiden y los jeans rotos en las rodillas, y que se desplaza con un cigarrillo en los dedos como si estuviera en medio de un video de MTV. Le pregunto por Blas y ella responde que es un comemierda. No intento reprimir la sonrisa que me aflora en el rostro.

—¿De qué te ríes?

—No me río.

—Sí, te ríes como si te acabaras de ganar la lotería.

De tanto en tanto alguien se acerca y se queda bobo mirándola. Otros tratan de sumarse a la conversación, pero al no darles Carmen oportunidad de opinar, dan la vuelta y se van a contemplar el culo de otra jevita. Al cuestionarme sobre los chinos, no tengo más remedio que mentirle y decirle que han puesto un supermercado. Después de la graduación del colegio no podía precisar si éstos seguían en la isla o se habían ido de vuelta a China. De igual manera, no sé qué ocurrió con la guagua, la cual de seguro los sindicalistas de Los Kilómetros confiscaron y sacaron de ruta.

En un momento, cambian las canciones gringas por un reggaetón. Aquellos que estaban sentados en los muebles y recostados de las paredes comienzan a perrear. Con tal de que fuéramos a un lugar más íntimo, me hago el sordo: cada vez que Carmen dice algo, le repico con señas que no la oigo.

—No te oigo, mami –le repito, señalándome un oído primero y luego una bocina que tenemos al lado.

—Pérate –dice, y alza la cabeza como el periscopio de un submarino, me agarra del brazo y me lleva entre los dúos y los tríos que perrean hacia la azotea. Ya arriba, rodeados por las fachadas de los multifamiliares, emprendemos a hablar.

—A mí me gusta ese lunar que tienes ahí –le digo.

—¿Lo quieres? Te lo vendo.

Se quita las Doc Martens y se sienta en el borde de la azotea con las piernas colgando en el vacío.

—¿Qué haces?

—Ven, no seas pendejo; siéntate.

Me acerco al borde e intento agarrarla. Pero a medida que me acerco, ella, riendo, se escabulle y se desplaza más a la derecha. Echo un vistazo hacia abajo y la imagino cayéndose en el pavimento y sobre el techo de uno de los carros parqueados, al igual que en la canción esa de Iron Maiden que ella tanto tararea. Le pido que deje el coro, que se baje, pero no me hace caso y sigue ahí subida mirando hacia abajo, como si estuviera concentrada viendo algo que sólo existe en su cabeza.

—Desde acá se ve el mar y Quita Sueño.

—Bájate de ahí, Carmen.

—No.

—Ajá, ¿es caerte lo que quieres?

—Te dije que no. Es más, si te mueves de donde estás, salto.

Justo cuando dice eso, se va la luz en el sector. Sumido en la oscuridad, lo único que alcanzo a distinguir más allá de las azoteas de los multifamiliares, es el letrero de Texaco.

—¡Carmen! –voceo sin recibir respuesta y temeroso de que se haya caído.

Tiento el borde de la azotea hasta que tropiezo con sus Doc Martens. Las recojo. Bajo las escaleras agarrado del pasamano. Ya en la fiesta, la veo descalza hablando con una morena que jugaba de centro para el equipo de básquet de Miramar. Dejo sus botas tiradas sobre un mueble y me largo.

4

En adelante, la veo con frecuencia con una camiseta de Sepultura paseando un chihuahua. Un día me dicen que Miguel, un amigo de la infancia, fue quien le regaló el perrito. En esa época no me importaba mucho. Incluso salía con una jevita que posteriormente me abandonaría por un mormón. No obstante, una vez andando a pie hasta la panadería, veo pasar a Carmen en una OMSA. La sigo con la mirada mientras ésta pega la cara al cristal sucio para no perderme de vista. Por unos segundos nuestras miradas se tocan, de una manera intensa y reconfortante, hasta que la OMSA se aleja por la avenida y se pierde con Carmen.

5

Vuelvo a verla en un concierto navideño. Prácticamente me tropiezo con ella mientras repaso las gradas en busca de asiento. Casi no la reconozco. Lleva el pelo recogido, unos jeans y una blusa rosada. Le pasa el chihuahua a una de sus primas y me abraza. Habla tanto que casi se le olvida presentar a las primas santiagueras que la acompañan. Son fanáticas de Los Rosario, agrega como para justificar su presencia ahí. Cuando la cuestiono sobre su nuevo look, me responde que tras lesionarse el tímpano izquierdo no ha vuelto a escuchar Heavy Metal. Incluso, por recomendación del médico, tuvo que botar unos audífonos que le costaron carísimos. Está a punto de explicarme cómo fue cuando la interrumpe el presentador con el anuncio de que Los Hermanos Rosario acaban de llegar. A lo largo y ancho de las gradas truenan los aplausos. Clavamos la mirada en el escenario, aguardando a que éstos suban, pero en cambio sale el presentador para anunciar que los Hermanos Rosario están en un minibús afuera y que subirán en diez minutos. El público lo abuchea. Si la tarima no estuviera tan lejos de las gradas, de seguro alguien hubiera saltado, burlado la seguridad y golpeado y pateado sin piedad al presentador.

—Eso es porque no les han pagado –dice Carmen mientras yo trato de imaginarme el interior del minibús donde Los Rosario aguardan incómodos y mentándole la madre a los organizadores.

Entonces comienza a caer una lluvia de botellitas de agua. Al caerme una en la cabeza, Carmen y sus primas se agachan y se resguardan contra mí. Impulsada por el pánico, la gente empieza a darse empellones, a lanzarse botellitas y a insultarse. Más tarde Aníbal, que se me acercó para que le presentara a las primas de Carmen, me contaría que quienes empezaron a tirar las botellitas fueron dos muchachas del Siete. Como por inercia, la mayoría se suma al pleito, empujando e insultando al que tienen enfrente o a sus espaldas. En un momento, volteo la cabeza hacia el escenario a ver si los Hermanos Rosario han hecho acto de presencia, cuando oigo un disparo. Instantáneamente me lanzo al suelo. En ese punto, todo se vuelve caótico: mujeres y hombres gritan, empujan y se embalan a la salida. Carmen está tirada a mi lado con su chihuahua, que ladra como si estuviera tosiendo. Vuelven a disparar. La muchedumbre se parte en cuatro. Me siento como en la secuencia de disparos de Full Metal Jacket. Les ordeno a Carmen y a sus primas que corran hacia la salida. —¡Ahora! –les grito como si estuviéramos en una trinchera.

Estas corren hasta confundirse con la multitud amontonada en una de las puertas de acceso. Al rato, Aníbal y yo las seguimos. Ya afuera, muevo la cabeza a derecha y a izquierda, buscando infructuosamente a Carmen con su chihuahua y sus primas. Retornando a casa en un carro público, Aníbal dice que quien disparó fue La Hiena y que desde que jugábamos básquet en el Ocho y Medio nos tiene mala voluntad.

6

No vuelvo a ver a Carmen hasta mucho después. ¿Cuánto tiempo? Un año y medio, tal vez dos años. En la sala de espera de una clínica donde me van a hacer unos análisis, la veo entrar con unas gafas enormes, aproximarse a donde estoy y saludarme con un abrazo. Sigue con el pelo como Alanis Morrisette, hasta encuentro que lo tiene mucho más largo, mucho más negro y mucho más maltratado. ¿Has salido del país?, me pregunta. Al negar con la cabeza, ella empieza a narrar la manera en que se fue con el programa de Work and Travel a Wisconsin, donde trabajo en una aburrida feria mecánica que abandonó al poco tiempo. Sin más opciones de empleo, retorna a la isla e ingresa en la universidad: se decide por psicología. A medida que toma clases de psicología empieza a trabajar como ayudante de profesora en un preescolar. A los pocos meses, se involucra y compenetra con los niños de una manera que no había imaginado. También se involucra con el papá de uno de sus alumnos. Le acepta una cena. Sin imaginárselo, esa noche acaban en la cama. Sigue aceptándole invitaciones a resorts y restaurantes chic hasta que la esposa de él, embarazada de seis meses, se aparece una mañana en el aula con una sevillana y la amenaza. Tienen que venir profesoras de las demás aulas para arrebatarle entre todas la sevillana. Sin pensarlo mucho, Carmen decide abandonarlo no sólo a él, sino también el preescolar. Coge aire y hace una larga pausa que yo aprovecho para pedirle su número de teléfono. Sin embargo, cuando estoy a punto de anotarlo, una de las enfermeras con cara de perro bulldog grita mi nombre, y cuando levanto la mano, me manda a que la siga por un pasillo. Ordena que me siente en una camilla, que me arremangue la camisa, y me pincha con la jeringuilla hasta extraerme una pinta de sangre. Al terminar, intento ponerme de pie, pero me da un yeyo y antes de perder el conocimiento, caigo como uno de esos ascensores de un rascacielos que te llevan al lobby antes de que logres pestañear. Cuando vuelvo en mí, lo primero que alcanzo a ver es a un residente con una bata verde y a su derecha la enfermera con cara de perro bulldog. Caminando de vuelta a la sala de espera, descubro que el asiento donde estaba Carmen se encuentra ahora ocupado por una gorda que lee una revista Vanidades. Le pregunto a la enfermera con cara de bulldog si estuve mucho tiempo desmayado. Responde que menos de un minuto.

7

Meses después nos reencontramos en otra clínica. En esta ocasión, a una donde llevan a Esteban de gravedad luego de un intento de suicidio. Doy zancadas por los pasillos asépticos leyendo los números de las habitaciones. Al intentar ingresar en la indicada, una enfermera me detiene, señalando hacia un grupo en el que reconozco a una serie de familiares y amigos de Esteban, que vociferan y gesticulan como si estuvieran en un billar. De pronto veo a Carmen, que se inclina un poco para servirse café de un termo. La abordo. Charlamos un rato y convenimos en sentarnos más allá, próximos a los ascensores. Carmen está animada. En un momento, me dice que alcanzó a salir con Esteban. Insisto tanto que ella acaba contándome los pormenores. Sin embargo, antes de referir el hecho, Carmen me hace prometerle que no relacionaré lo que me va a contar con el intento de suicidio de Esteban.

—¿Por dónde empiezo? –se pregunta mirando el vaso con café. A ver, Esteban y yo llevábamos meses cruzándonos a diario por los pasillos de la universidad. Un día me puse una bufanda crema. No por dármela de fashionista, sino porque donde estaba cogiendo clases ponían el aire acondicionado en full. Ese día Esteban me pasa por el lado y sonriendo dice que le gusta mucho cómo me queda la bufanda. De ahí en adelante nos hicimos panitas. Siempre nos saludábamos. Otra vez lo vi fumando afuera frente a un aula donde tomaba clases. Pese a que había dejado el cigarrillo, comencé a fumar por esos días para tener una excusa para salir al pasillo a conversar con él. Un día coincidimos en Cabarete. Otro día se acerca para invitarme a ver una película de Brad Pitt. Al final de la película, me pide que lo acompañe a su apartamento. Esa noche actuaba prácticamente como un psicópata.

—¿Como un psicópata?

—¿Te acuerdas del video de Thriller, cuando Michael Jackson, que parece súper amigable al principio, de pronto se convierte en un zombi?

—Claro.

—Pues así mismito estaba actuando.

—¿Y con todo y eso fuiste al apartamento?

—Claro, estaba intrigada.

Sentados en el apartamento y escuchando bossa nova, Carmen se para y anuncia que va al baño. Esteban se hace como el que no la escucha y se sirve un poco más de whiskey. Carmen se lava las manos y permanece un rato contemplándose en el espejo. Cuando trata de abrir la puerta, se percata de que está trancada por fuera. Empieza a vocearle a Esteban y a tocar la puerta. No recibe respuesta. Empuja la puerta con su cuerpo varias veces, gritando hasta darse por vencida. Toma asiento sobre los azulejos con la esperanza de que Esteban termine la broma. Dura alrededor de dos horas en el baño hasta que de pronto se levanta, gira el picaporte de la puerta y ésta se abre como por obra de magia, o al menos eso supone Carmen ante esa situación. Sale al pasillo y camina con cautela, tanteando las paredes y encendiendo una a una las luces de las habitaciones, hasta que comprende que es la única persona en el apartamento. Se marcha a su casa y dura varias semanas con miedo a que Esteban la vuelva a llamar. Por supuesto, luego de esto, Esteban abandona la universidad y Carmen no vuelve a verlo. Así no se juega con la gente, agrega antes de darle un sorbito al vaso con café.

8

Algo parecido me ocurre con Carmen nueve meses después. Casualmente nos topamos en un bar de La Zona. Al contrario de las otras veces, Carmen lleva una blusa corta, unos jeans ajustados y el pelo recogido por el calor que hace en esos días. En vez de conversar, bebemos shots de tequila y bailamos hasta que apagan la música y el bartender nos pide que salgamos para poder cerrar. Mientras esperamos un taxi, Carmen, borracha, me invita a su apartamento con la intención de prestarme un libro de Virginia Woolf. Dije su apartamento, pero esto debo rectificarlo, ya que Carmen vive entonces con sus padres en un apartamento del Diez y Medio. Por supuesto, esto lo sé más adelante, ya sentado en la cama de ella quitándome los zapatos.

—Duermen aquí al lado.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No me preguntaste.
—¡Ay mi madre!
—O sea, ¿tú pensabas que yo vivía sola?

Carmen busca el libro de Virginia Woolf para leerme algunos pasajes que tiene subrayados. Tras aquella película en que Nicole Kidman hace el papel de Virginia Woolf, todo el mundo se considera experto en la obra de la escritora inglesa. Intento desviar la conversación por otros cauces, pero Carmen vuelve, retoma el tema y lee sus extensos subrayados. Así que no tengo otra opción que asentir, enfocando la mirada en el lunar que tiene cerca del cuello y en su blusita, con toda la paciencia que puede tener alguien deseoso de ligar y que para lograrlo se transforma en una oreja de seis pies. En el colegio tenía un amigo que movía la oreja izquierda. Nunca he podido hacer eso. Sin embargo, cada vez que asiento ante lo que lee Carmen, me siento como la oreja de mi amigo.

Mientras Carmen lee los pasajes subrayados, me doy ánimos para alargar la mano y tocarle una teta. Cuando lo hago, ésta reacciona de manera violenta y me propina un librazo en la cabeza. Dado que el libro es de tapa dura, me saca un chichón. Carmen se levanta como si nada hubiera pasado. Anuncia que asaltará la nevera. Contrariado, me recuesto en la cama y le echo un vistazo a varios pósteres de filmes de los noventa. Con la esperanza de escuchar a los padres de Carmen, me pongo de pie y camino hasta la pared que da al cuarto contiguo. Por más que me concentro no escucho nada. Aproximo la oreja a la fría y rugosa pared. Me concentro como si fuera una oreja de seis pies. Al instante, empiezo a escuchar los ronquidos de un hombre, o puede ser que estos surjan de mi imaginación. La cuestión es que sigo pegado a la pared cuando ella retorna, y me pregunta qué diablos estoy haciendo.

—Mi papá tiene el sueño ligero.
—Baja la voz entonces.
—¿Qué?
—No grites.
—Tenemos que esperar a que ronque. Puede estar al acecho.

Le echa un vistazo a su reloj.

—Debe estar empezando.

Se cruza de brazos.
—¡Tengo hambre y no hay nada en la nevera!
—¿No te puedes aguantar?
—Quiero pizza.
—¿A esta hora? Imposible. Mañana.
—¡Quiero pizza!

Se sienta en la cama y me observa, como si hasta entonces me hubiera visto sin lentes y de pronto se los pusiera para contemplarme tal cual soy. Se pone a cantar en inglés.

—Haz silencio. ¿Quieres que se despierten?
—¿Me traes un chimi?

Saca un cigarrillo, se pone a fumar y a esparcir cenizas en el piso y en la cama.

—¿Un chimichurri?
—Sí, porfa. Tengo hambre.

—Pero, ¿un chimi? Se ve mal comerse un chimi de madrugada. Nunca he salido con una jeva que coma chimis. Y mucho menos de madrugada.

—Por favor, no critiques mis hábitos alimenticios.
—¿Estás segura?
—Por favor.

Al parecer mi abstinencia sexual es tan tortuosa que le digo que sí. Bajo las escaleras, me alejo del edificio y camino en dirección a la Independencia. Pienso en llegar a un colmado, donde justo al lado tienen un carrito de chimis, pero cuando llego, éste se encuentra cerrado y el carrito no se ve por ninguna parte. Camino entonces en dirección al centro comercial donde hay siempre un carrito para los noctámbulos. La distancia es de más de un kilómetro. Doy zancadas y rezo porque no se aparezcan dos sargentos en un motor, me pidan dinero y, al no poder ofrecerles nada, terminen llevándome detenido a un cuartel lleno de delincuentes y travestis. Al llegar, el dueño le prepara un chimi con mucha cebolla y repollo a un camionero. Mientras prepara el mío, me distraigo mirando los locales desahuciados del centro comercial y el parqueo en que se distingue un Daihatsu de dos puertas que alguien dejó abandonado. Sin embargo, a los pocos minutos, las luces se encienden y el carro avanza hacia la avenida. De acuerdo al dueño del chimi, desde que subieron la tarifa de los moteles, muchas parejas se parquean ahí con los vidrios subidos. Al principio, le molestaba, pero dejó de importarle tan pronto como muchos de ésos se convirtieron en potenciales clientes. A mí lo que me importa son mis chelitos, repite mientras pica la cebolla y los tomates.

A eso de las tres, subo las escaleras del apartamento de los padres de Carmen con el chimi en una funda. Carmen me ha prometido que dejaría la puerta abierta para cuando retornara; no obstante, al tratar de abrirla, compruebo que tiene el seguro puesto. Llamo despacio para que los padres de Carmen no se despierten. Doy golpes blandos. Apenas rozando con los nudillos la madera. Sin embargo, no hay señal de que Carmen los haya oído. Aunque me imagino que se ha olvidado de mí y que debe de estar roncando en su cama, persisto ante la puerta. Pego la oreja contra la puerta de caoba e instantáneamente me vuelvo a sentir como una oreja de seis pies. Permanezco casi una hora en esa posición, luego me doy por vencido y decido recostarme, cerrar los ojos y dormir hasta que una o dos horas después despierto estremecido. Afuera empieza a clarear. Me levanto, bajo las escaleras y me marcho a casa llevando un chimi conmigo en vez del libro de Virginia Woolf.

9

En 2001 o 2002, vuelvo a topármela, mientras hacemos fila para ingresar en el único baño que hay en Tamaño. En esa época está tan flaca como una anoréxica. Sigue con el pelo largo a lo Alanis Morrisette, pero esto es lo único que me recuerda a la cantante. Poco después, me entero de que anda con un hindú alto y lampiño, que ronda con un trago por el balcón. Si Carmen sigue conversando conmigo después de que ambos salimos del baño, es porque lo quiere poner celoso. Pero alcanzamos a hablar, o más bien ella habla, gesticulando con sus brazos cargados de pulseras que cada vez que se agitan, suenan como si alguien estuviera sobando una pistola. Cuenta que se mudó de Los Kilómetros, que ha abandonado la psicología, que da clases de yoga en dos gimnasios y que mantiene una estricta dieta de berenjenas. —¿Una dieta de berenjenas? –pregunto. —Sí –responde. Cuenta que meses atrás, en el comedor de su casa, cortaba un pedazo de bistec, y que de pronto oyó un sonido casi imperceptible, un quejido que al rato identificó como una vocecita que le suplicaba que por favor no se lo comiera. Al instante, se percató de que la voz provenía del bistec. Carmen puso los cubiertos en el plato y le aseguró que no lo haría. Tuvo una conversación de cinco minutos con el bistec. Desde entonces, no ha vuelto a consumir carne.

En ese punto de la conversación, no me atrevo a abrir la boca y acecho con la mirada al novio hindú de Carmen, que se ha sentado a cuatro mesas de donde estamos. ¿Quién es?, le pregunto. Estudia medicina en Unibe, dice. Ésta aprovecha entonces para hablar de Sai Baba, de métodos de respiración y de cómo expandir la consciencia. Al terminar, vuelve a sentarse junto a su novio.

10
Una noche estoy con Aníbal en Cinemacafé. Frente a nosotros, sentada junto a unos extranjeros, hay una morena con el pelo suelto y ojos color miel que de tanto en tanto voltea la cabeza para vernos. Sobre el escenario, una banda de rock toca canciones argentinas. Le echamos un vistazo a la morena con el pelo largo y luego hacia el cantante de la banda, que si mal no recuerdo le llamaban Burguer, pero cómo se puso un balón intragástrico y bajó de peso, decidieron llamarle Hot Dog. La morena se levanta y va en dirección a los baños, pero a mitad del trayecto es interceptada por Aníbal.

Su nombre es Yocasta. Debe de tener alrededor de dieciocho años. Aníbal le invita un trago, pero ella se excusa y hace el ademán de irse al baño. Aníbal la detiene, sosteniéndole una mano, y tras mucho insistir la convence para que le dé su número de teléfono. Al lograr zafarse, Aníbal la sigue con la mirada como si ésta fuera modelo en una pasarela y él un modisto que tomara notas.

—Yocasta se parece a una jevita que estaba conmigo en un posgrado –comienza Aníbal tan pronto toma asiento. Me pasó algo muy raro con esa jevita. La convencí para que nos juntáramos a terminar un proyecto. Era sábado. Estábamos en la biblioteca. Discutíamos. Entonces veo que la nariz comienza a sangrarle. Le bajaba un hilo de sangre hasta la blusa. En un momento, como que se entera y se pasa el dedo por la nariz, saca una servilleta de la cartera y se lo cubre. Por supuesto, yo estoy mudo, observándola. Ella se levanta, toma su cartera y sus cosas, y antes de marcharse, como en una telenovela venezolana, grita: ¡animal! Creo que esa fue la última vez que hablamos. No la última vez que la vi, ya que nos topábamos en el aula clase tras clase.

—¿Y se parece a Yocasta?

—Un poco. Se llamaba Carmen.

—¿Por casualidad no es una que tiene el pelo largo como la cantante Alanis Morissette?

Aníbal hace una larga pausa hasta que me pide que le repita la pregunta. Se la repito y me dice que no conoce a esa cantante.

11

Hay rumores de que Carmen regenta un restaurante vegetariano, de que se rasura la cabeza y de que se muda a un ashram en Chile. Dos amigas comunes comentan cosas relacionadas y ambivalentes con respecto a la relación de ella con su novio hindú. La primera se refiere a una ruptura. Carmen sufre tanto que empieza a tener dolores en el estómago. Al principio, cree que es propio del dolor de la separación, pero al hacerse una biopsia, el gastroenterólogo descubre que tiene un tumor cancerígeno. Su familia decide llevarla a Colombia, donde logran extirparle el tumor. Sin embargo, el cáncer ya se ha expandido por otros órganos del cuerpo. Un oncólogo se reúne con la familia y le pronostica a Carmen seis meses de vida. La familia nunca llega a comunicarle esto. Cuando pasa más de un año, Carmen va de nuevo donde éste y se somete a los exámenes. Después de examinarla, el doctor alega que se ha curado. Un milagro, agrega emocionado.

La segunda, en cambio, refiere que Carmen acaba mudándose con el hindú, que aunque estudió medicina en Unibe, nunca ejerce. Se dedica a dar clases de hatha yoga. Al irse como profesor por varios países, Carmen lo acompaña. Después de vivir en Honduras, Bolivia, Uruguay y Chile, retornan a Santo Domingo y deciden casarse tan pronto como éste retorne de un breve viaje a Trinidad y Tobago. Carmen no vuelve a tener noticias de él. Intenta llamarlo a los números de teléfono que le dejó, pero cada vez que llama, el teléfono suena y nadie lo levanta. Se queda con la duda de si el hindú tuvo un accidente mortal, o sencillamente se hartó de ella y la abandonó.

12

Finalmente converso con ella en el balcón del apartamento de Manolo. Pero retrocedamos un poco. Para entonces, me han rechazado para todas las becas que he aplicado. Tan desilusionado estoy que Manolo, con tal de subirme el ánimo, me invita a uno de colmados de Gascue con cooperantes de una ONG que te sacan a bailar y te brindan tragos. Bajando botella tras botella, Manolo no para de contar las desgracias que le hizo sufrir una sanjuanera con que se mudó meses atrás. De pronto, en medio de los que están sentados en sillas de plástico y de los que beben cerca del mostrador, veo a Carmen. Al principio pienso que la he confundido, pero a los pocos segundos, al darme cuenta de que es la Carmen de carne y hueso que siempre me ha fascinado, me pongo contento. La veo encaminarse hacia nosotros, remolcando con la mano a una amiga que lleva una de esas faldas que usan las Testigos de Jehová.

Ha engordado y se ha cortado el pelo hasta el hombro; ya dista mucho de parecerse a Alanis Morrisette. De acuerdo a lo que refiere, ya no es profesora de yoga, ni vegetariana, ni seguidora de Sai Baba. Tampoco ha vuelto a tener noticias de su ex hindú. Tras una mala experiencia que tuvo en Puerto Rico, desistió de estar jugando a la hippie. Fue a una ceremonia en que un chamán le hizo beberse una sustancia que la hizo vomitar, revolcarse en la tierra y tener alucinaciones durante horas.

—Desperté llena de tierra y vómito, con un dolor de cabeza tremendo, como si la cabeza me hubiera crecido más de la cuenta. Me duché, me cambié y prometí concentrarme en una cosa.

—¿Cuál cosa?

—Aún no sé.

A eso de la una, cuando cierran el colmado, Manolo propone que vayamos a su apartamento a proseguir la bebentina. Vive tan cerca que andamos el trayecto a pie.

—Los palos de luz no funcionan desde los ochenta –comenta Manolo mientras avanzamos bajo la sombra de las javillas y los almendros.

Llegamos al edificio y subimos al tercer piso. Después de abrir una verja y dos llavines, ingresamos. Manolo indica que pasemos a la habitación donde tiene su cama de agua, un televisor de casi cincuenta pulgadas y una neverita llena de bebidas. Como no hay otro sitio donde sentarse, nos subimos a la cama de agua. Manolo pone una película de Al Pacino. A la mitad, salgo a fumar al balcón. Carmen se me une, pero cuando le paso un cigarro, niega con la cabeza. Afuera, la ciudad en silencio, como si estuviera en toque de queda.

—¿Te acuerdas de los chinos?

—No he vuelto a saber de ellos.

—De seguro han vuelto a China

—A esta altura, ambos deben de estar casados, con hijos y con sus propios supermercados.

—En cambio, ni tú ni yo nos hemos casado –sostiene Carmen con la vista en el cielo, como si acabara de ver una estrella fugaz y no la quisiera compartir.

Ambos nos quedamos viendo el cielo por un largo rato.

—¿Es cierto que tuviste un tumor en el estómago?

Carmen suelta una carcajada.

—Claro que no.

A la hora, Manolo y la amiga de Carmen, con tragos en las manos, se nos unen. Treinta minutos después ambas anuncian su partida. Las escoltamos hasta el Nissan que dejaron parqueado por el colmado. Antes de montarse, Carmen me da un abrazo. Se sube al asiento del copiloto y me tira un beso con la mano. El carro acelera y se pierde en la calle oscura y llena de baches. Esa es la última imagen que tengo de Carmen. A veces hasta me pregunto si el rostro aquel con el lunar que recuerdo es el verdadero. ¿O será la memoria que lo mejora?

13

A los pocos días de arribar a Chicago, sentado en el Starbucks de la Belmont con Halsted, confundí a Carmen con una transeúnte. Pedí un latte y me senté en una de las mesas que dan al ventanal. Veía la gente que caminaba afuera: punks de pelo verde moco, mujeres trotando y travestis con tacones. Entonces creí ver a Carmen pasar con un abrigo y con el pelo suelto y de nuevo largo como el de Alanis Morrisette. Salí del Starbucks y la seguí de cerca hasta que la vi entrar en un mall. Antes de que tomara la escalera eléctrica, le toqué el hombro y al darse la vuelta comprendí mi error. La mujer, alterada, se quedó mirándome hasta que le pedí disculpas, me di la vuelta y salí de vuelta al frío.

14

Puede que haya escrito lo anterior pensando que no he de volver a ver a Carmen en lo que me resta de vida. No obstante, hay una razón más inmediata. Hace una semana recibí un email de Carmen que me llevó a redactar esta secuencia de recuerdos. Lo leí en un laboratorio de la universidad atestado de estudiantes. Tuve que salir afuera para coger aire. Hacía frío. El cielo estaba gris, y el downtown, cubierto por la niebla. Una señora se acercó y me preguntó si me encontraba bien. Le respondí con la cabeza que no. Volví al laboratorio y leí tres veces más el email. Aquí lo tienen:

Como quería comunicarme contigo, puse tu nombre en Google y a los pocos segundos encontré tu email. Es increíble. En Internet aparece de todo. Te preguntarás por qué te escribo. Entiendo que te hagas esa pregunta porque yo misma a medida que escribo me la voy repitiendo. No sé. Es como si las manos teclearan solas y yo no tuviera más remedio que ver y aceptar las palabras y las oraciones y los párrafos que forman. Pero bueno, por otro lado, sé precisamente el porqué lo hago. Hace unas horas estaba pensando en ti. Es más, todavía sigo pensando en ti. Así como si fueras un comercial de la televisión que quisiera ver de nuevo, e incluso prendiera la televisión para verlo, pero por más canales que paso, no doy con él. Sucede que estoy viviendo en Barcelona desde hace unos meses, estudiando (no te voy a decir qué para que no te asustes), pero lo importante es que no me estoy engañando a mí misma, pensando que soy algo que no soy; en vez de eso, estoy leyendo mucho, hasta que los ojos me pican, y esforzándome como nunca para no perder mi beca.

Tengo amigas de todas partes: rusas, sudacas, italianas, gringas, cubanas. Estaba en la fiesta de una de ellas, hace como dos horas, o quizás tres horas. La vaina es que el coro estaba encendido, cuando de repente una ucraniana levanta una cerveza, una rubia con trenzas y que mide como siete pies, imagínate que mujerón; nada, en algún punto ella alza la cerveza y dice: piensen en una persona que les gustaría que estuviera con ustedes ahora mismo. Todas empezaron a mencionar nombres, nombres extraños en todas las lenguas, que tan pronto los mencionaban sentíamos como si estuvieran ahí. Cuando llega mi turno, me tomo mi tiempo, tomo aire y menciono tu nombre, y tan pronto lo digo, se me salen las lágrimas. Me fui a un rincón y me puse contra la pared y empecé a golpearla con mi cabeza, repitiendo «no soy más que una mierda, no soy más que una mierda». Lo hice porque lo más seguro es que tú no recuerdas todas las cosas que yo recuerdo. Ahora estoy medio traqueteada y sé que dentro de un rato me voy a arrepentir de este email, pero mientras tanto, mientras dura este momento en que todavía no me arrepiento, te ruego que me recuerdes un poquito como yo a ti hace unas horas.

__________

Frank Baez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978) es editor de la revista Ping Pong, y autor de los libros de poesía Jarrón y otros poemas (Betania, Madrid, 2004), Postales (Casa de Poesía, Costa Rica, 2008), y del libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Nacional, Santo Domingo, 2007). Con el libro Postales ganó el Premio Nacional de Poesía en el 2009. Lleva un blog en la siguiente dirección: www.frankinvita.blogspot.com.

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Frank Baez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978) es editor de la revista Ping Pong, y autor de los libros de poesía Jarrón y otros poemas (Betania, Madrid, 2004), Postales (Casa de Poesía, Costa Rica, 2008), y del libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Nacional, Santo Domingo, 2007). Con el libro Postales ganó el Premio Nacional de Poesía en el 2009. Lleva un blog en la siguiente dirección: www.frankinvita.blogspot.com.

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Un comentario a “Con cariño, Carmen”

  1. J. J. Junieles 27 diciembre 2010 at 20:23 #

    Me gusta este relato, vale más que cientos de novelas malas. En las búsquedas y desencuentros de los personajes, nos hallamos todos. Felicidades.


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