Sunday, 13th February 2011

Sin palabras

Publicado el 03. nov, 2010 por Cuadrivio en Cuento, Literatura

Dawn Marlan


Tenía dieciocho años cuando descubrí que era norteamericana. Fui educada con la mano en el pecho y los ojos en la bandera. Estaba ahí, justo debajo de los techos bajos y la luz fluorescente en la esquina derecha de la habitación. Juraba a la bandera como todos los niños juraban a la bandera: sin pensar realmente, sin creer pero sin dudar. A cualquiera le hubiera dicho que era americana, tal como decía que era judía, tal como decía que era una niña. ¿Pero quién iba a preguntar? Era Estados Unidos, sin lugar a dudas; el mismo Estados Unidos entre la costa Este y el centro, un lugar demasiado grande como para ser amistoso y demasiado pequeño como para ser tolerante.

Uli fue la primera persona que me preguntó qué era. Lo conocí en Middlebury, Vermont, lugar de huertos de manzanas y de una industria de miel de maple en pleno crecimiento. Era un escenario natural para la producción agrícola, que no para el desarrollo de fluidez en lenguas extranjeras, aunque ésa fuera la consigna de una escuela situada en la colina cubierta de pasto, no muy lejos de las Montañas Verdes. Si te inscribías en el curso de verano, tenías que jurar no respirar siquiera una palabra en tu lengua natal. Si cumplías el juramento, salías de ahí hablando con gran fluidez.

Yo aprendía alemán, idioma considerado, por regla casi universal, francamente feo. Les dije a mis padres que aprendía alemán porque era el idioma de la filosofía. En realidad, aprendía alemán por un tipo que me enseñó a comer musli, un tipo que era culto, sofisticado y austriaco; un tipo al que le gustaban Beethoven, las vasijas de cerámica de semillas de mostaza y los quesos muy apestosos. Un tipo al que, además, no le gustaba compartir una cama. Y fue porque aprendía alemán que conocí a Uli, quien estaba condenado a ser diferente al austriaco. Después de todo, a Uli le gustaba desayunar Cornflakes.

Estaba en medio de una multitud, escuchando el discurso-de-bienvenidos-a-Middlebury, cuando vi a Uli de perfil. Sus piernas estaban cruzadas; una envolvía a la otra, pero ambos pies tocaban el piso. Su pelo caído (casual, casi desaliñado) enmarcaba unos ojos serios, concentrados, que miraban con intensidad. Debí haberme dado cuenta de que esas características se contradecían entre ellas. Sin embargo, pensé que lo mejor de ambos mundos estaba contenido en su fisionomía. Me dije que debía evitar hablar con él: era demasiado guapo. Que fuera guapo significaba que no podía ser de fiar.

Pero ahí estaba él, de alguna manera, acercándose a mí.

—Estoy dando clase de cine –me dijo.

—Estoy quebrando mi juramento de sólo hablar alemán –le respondí.

—Also, sprechen wir Deutsch.

—Yo todavía no hablo alemán –susurré–, por eso estoy aquí. –Miré alrededor para ver si alguien nos veía.

—La Sprach-Polizei (policía del lenguaje) no está de guardia –dijo con una sonrisa que parecía retarme.

Vimos películas esa noche, películas que, al parecer, nadie más quería ver. Sus piernas se tendieron sobre la silla frente a él. Reclinó su espalda. Su cabeza estaba a unos cuantos centímetros de mí. Por un instante, hablamos en la oscuridad.

—Aquí puedes ver cómo una toma media-estática de personas hablando puede hacer que todo lo que digan suene como a una epifanía –susurró.

Yo estaba en silencio, empapándome con cualquier cosa que mandara en mi dirección: datos sobre cine, señales de interés o desinterés, el aroma de su loción para después de afeitar. La pantalla destelló blanco y negro, una luz que, mientras bailaba, llenaba el auditorio vacío, un auditorio hecho para nosotros.

—Me parece infame que los gringos coman palomitas en el cine –declaró–. Estás viendo una película seria y, de repente, junto a ti… cronch, cronch, cronch.

—Sólo te das cuenta de los crujidos si no estás acostumbrado.

—A los gringos no les importa porque son escapistas de la realidad. Por eso es que no hay finales tristes en películas de Hollywood. Pero si eres víctima de un final feliz – aseveró–, serás víctima de intereses ideológicos. –Empezó a reír.

Lo miré, después cerré los ojos. ¿Qué intereses ideológicos? ¿De qué hablaba? Si tan sólo mi experiencia con la política no hubiera sido esa pinche clase en prepa, en la que me dediqué a escribir poemas mientras el Sr. Johnson balbuceaba monótonamente sobre fechas de guerras y diatribaba contra madres solteras. Toda la exposición que había tenido a la política se limitaba a una pila de Ms. Magazines amontonadas en nuestro baño, montones que señalaban las diferencias entre mi madre y las señoras Anderson y Ostfield. Yo sabía esto con sólo ver las portadas, sin la necesidad de abrir un solo ejemplar. Que Uli pudiera tener la razón, al final me inyectaba emoción, una emoción que convivía incómodamente con el placer de admirar su modo de pensar y las cosas de las que se daba cuenta. Y, sin embargo, había algo que aún no tomaba en cuenta, porque estoy segura de que, al final, no puede estar del todo mal querer ser feliz. Pero no podía armarme de valor para decírselo.

—¿De verdad te parece tan terrible ver una película por el mero placer de verla? –le pregunté. Comenzó a reír.

—¡Ah! Arte por el arte mismo. Dime si le atiné –descansó su mano sobre mi pierna–. Lo que más te interesa, entonces, es el placer.

Con su mano sobre mi pierna ya no pude seguir pensando. Me encabronó darme cuenta de que su insulto me hiciera desearlo más. Pero sí lo deseaba. Quería sus labios, quería su cuerpo, quería sus conocimientos. Mi mundo giraba alrededor de la idea del placer y, de repente –¿habrá sido para burlarse de mí?–, sacó una manzana de su mochila.

Uli comía manzanas al por mayor. Había muchísimas cosas que no podía comer porque había tenido hepatitis el año anterior y las grasas no eran benéficas para su hígado. Es difícil evitar las grasas en Vermont. Sólo habían tres opciones: aros de cebolla y carne asada en la Vermont Steak House, el General Tso en El dragón dorado o crepas y queso en la Brasserie francesa. Todo mundo iba a ésta última: Shane (el sacerdote y profesor de latín), y Hubert y Helga (corpulentos y serios autores de nuestro libro de Alemán I). Yo siempre pedía Brie horneado; Uli, una crepa de jamón y espárragos.

—Que la hagan con la menor cantidad de grasa posible –le dijo a la mesera la primera vez.

—Pero la crepa va rellena con una crema especial –le informó la mesera.

—Haga la crepa con la menor cantidad de grasa posible –insistió con confianza.

Cuando estábamos en público, yo hablaba sobre el vino y el clima, y sobre cualquier cosa que pudiera decir con mi, aunque mínimo, recién adquirido alemán, hasta que pudiéramos hablar inglés en privado.

Estábamos en mi auto naranja, que estaba estacionado.

—Puedes preguntarme lo que sea –dijo Uli.

Comencé a cuestionarme qué sería lo que él me querría preguntar. Yo estaba en el asiento del copiloto. Volteó a verme. Observé su brazo mientras él jugaba con la radio: era delgadito pero musculoso, de alguna forma bronceado, a pesar de que siempre vestía chamarra de cuero. Apagó la radio. Demasiada estática.

—Cuéntame del tiempo que pasaste en Brasil –le dije.

—Pasé tres años en Brasil –respondió–, ¿qué puedo contarte de ello?

—¿Salías con alguien allá? –pregunté.

—¿Sabes?, el mundo no sólo es personal.

—Claro que sí, lo personal es también lo político.

—Si eso fuera cierto, significaría, precisamente, que nada es personal en absoluto.

—Como quieras –le dije mientras le daba vueltas a mi cabello con mi dedo, defendiéndome con mi lindeza.

Sabía que tenía la razón. La política no tenía ningún sentido si no significaba algo específico en la vida de alguna persona, para la experiencia de alguna persona. Probablemente usé las palabras incorrectas. Llegaron a mi mente como una cantaleta que asocié no con un significado, sino con cierto de persona, un activista, quizá; el tipo de persona que yo creí que él respetaría. Pero no quería comenzar una pelea: al fin estábamos solos en la oscuridad.

—Brasil es un país muy pobre –comenzó.

No quería escuchar una clase sobre niveles de pobreza, demografía, índices criminales. De hecho, no quería escuchar ningún tipo de dato. Quería historias, de ésas que quedan soslayadas y dilapidadas entre datos. En ese momento, yo quería una historia específica: la de la mujer cuya influencia sobre él aún era palpable.

—¿Quién era tu novia? –interrumpí.

—¿En Brasil?

—Ajá.

—María.

—¿Ahí fue donde te dio hepatitis?

—¿Te refieres a Brasil? –Asentí.

—¿Cómo te dio? –me preguntaba si la hepatitis era una ETS, pero es mejor no hacer ese tipo de preguntas.

—No sé. Me pudo haber dado por cualquier cosa, en cualquier lugar. Casi muero por eso, tú sabes… Ahora soy más cuidadoso.

Deliberadamente volteó a verme, como si estuviera decidiendo. Yo estaba usando una camiseta con escote, una falda corta y botas vaqueras de color rojo, pero creo que ni se daba cuenta de ello.

En efecto, era bastante cuidadoso conmigo. A veces entraba a mi cuarto para decir buenas noches. Se acercaba a mi cama (enfundada con sábanas Perry Ellis con estampado de cebra), besaba mi mejilla y salía sin ninguna señal de vacilación. ¿En verdad venía a darme las buenas noches y desear que tuviera sueños lindos? Estaba acostumbrada a captar la atención de los hombres. ¿Acaso no había atracción entre nosotros? Me escogió de entre la multitud y me bañó con toda la atención del mundo, so pretexto de poderme rechazar seductiva y coquetamente. Quizá no sabía lo que quería. Yo sí sabía. Lo miré y lo quise. Así de sencillo. Obvio. Forzado. Quería tocarlo, pero no hice nada.

—¿Cómo eras antes de irte? –le pregunté.

Supongo que le pregunté eso porque podía notar que Brasil había marcado algún cambio importante en él, le había dado una suerte de reglas nuevas para su vida. Lo que sea que le había pasado estaba influyendo en sus decisiones ahora. No estoy segura cómo lo supe, pero lo sabía. La verdadera pregunta que quería hacerle, sin embargo, era por qué quería que yo le hiciera preguntas. ¿Acaso quería jugar un juego en el que él tenía las respuestas y yo tenía que buscarlas? Me estaba dando carta blanca para preguntar lo que fuera. Pero «lo que fuera» sólo podía significar sexo, porque ésa es la única cosa para la que tienes que pedir permiso para preguntar sobre ella («Disculpa, Uli, pero me gustaría preguntarte sobre la población brasileña». «Espero no excederme, Uli, pero me gustaría preguntarte sobre el estado actual del cine brasileño». «Espero no ser muy entrometida, pero ¿tienes hermanas o hermanos?») ¿Qué más podía ser? ¿Y si estaba tan interesado en responder mis preguntas, por qué no tenía ninguna para mí? Parecía suponer que no había demasiado que saber sobre mí, las especificidades de mis deseos, mi gama de experiencia a los dieciocho años.

¿De verdad no había nada interesante sobre crecer en medio de una cultura suburbana con mi mamá? ¿O sobre pretender (si eras hombre) que en todo lo que pensabas era futbol americano y sexo, y pretender (si eras mujer) que en todo lo que pensabas era en chicos jugando futbol americano, nunca sobre sexo, y por supuesto que jamás sobre libros y Europa y todas las cosas que me interesaban porque quería huir? Quería huir a pesar de que me gustaba el edificio de ladrillos rojos donde vivía con mi mamá y mi hermana, rodeado por una vasta cantidad de edificios de ladrillos rojos. Quería huir por la existencia misma de clubes armados en los garajes, donde los jóvenes se manoseaban en la oscuridad y se pasaban botellas de Jack Daniels, y los tipos hablaban sobre cómo habían manoseado y las mujeres hablaban sobre cómo no había pasado de un fajecito. Pero tuve la oportunidad de echar un vistazo a lo que era escapar de los suburbios, porque siempre conté con Squirrel Hill, una comunidad judía en la ciudad, donde mi padre vivía y donde se suponía que a los chicos les gustaba el sexo y donde todo mundo se escondía detrás de cigarrillos JCC envueltos en papel de fresa. Era una comunidad en la que nadie notaba lo rara que era la casa de papá, aunque estaba llena de libros, colecciones de botellas de viejos boticarios y arañas conservadas en botes. Uli tampoco sabía de eso. No sabía del campamento en una frondosa y retacada de mosquitos Virginia del Oeste, donde pasé mis veranos escapando en las noches para nadar en el lago, el lugar donde íbamos a misa, debajo de los árboles. O que había encontrado una manera para no ser molestada por los tipo que pasaban el rato en las rampas, siendo tipos. Pero después fui a la universidad y descubrí la verdadera limitación de mi burbuja; cómo incluso mi recién estrenada ventana a una comunidad citadina y un paraíso rural estaba limitada. Uli no sabía nada de eso. Y en vez de preguntar, en vez de responder las preguntas que me hubiera gustado hacerle, respondió la única que escuchó. Fue mi culpa, por supuesto. De todas las cosas que pude haberle preguntado, se me ocurrió una pregunta tan vaga que carecía de sentido:

—¿Cómo eras antes de ser cuidadoso?

Ulí respondió, cabello güero en cara, con esas líneas que desde sus labios trazan una sonrisa a medias perpetua:

—Era descuidado, pero después de enfermarme decidí que sólo buscaría cosas que fueran necesarias.

Había cigarras afuera y se podía sentir la humedad en el aire. Ahí, en la oscuridad, con música de insectos e imágenes un tanto exóticas de fondo, una mujer brasileña pobre, de quien he tratado de bloquear sus características, cuyas sus experiencias en la vida real sólo podría empezar a imaginar. Cruzando el asiento, busqué su mano y la tomé entre la otra. Era demasiado aburrida, lo sabía. Mi pasión no tenía adónde ir. Básicamente, era profana. Aún así, lo deseaba en un grado ya doloroso, así que me agaché y besé su mano con ansias suprimidas, un pequeño, adolescente ofrecimiento. Tocó mi cara, nos miramos mutuamente. Dijo:

—No sé si esto es necesario.

Una noche me preguntó si quería manejar por Vermont con él, el fin de semana. Deseosa de estar con él, no anticipé que los pastizales de las granjas y el morado de las montañas en el fondo resaltarían el silencio.

—Escuché alguna vez que hay un montón de hotelitos campestres por ahí –le dije mientras hojeaba un libro de viajes. –Lo iba a dejar manejar.

—¡Por favor, nada de encantos del viejo mundo! ¡Cualquier cosa, excepto eso! Demasiado alemán. Vine a Estados Unidos por una razón. Hay que buscar un motel con televisión.

Yo quería decirle que los cuartos de motel era donde los chicos suburbanos iban a beber cuando el frío del invierno asediaba los bosques, que los hotelitos eran más íntimos, que tenían más personalidad, eran menos genéricos. Los moteles eran los lugares donde los jóvenes perdían su virginidad en la noche de graduación, donde yo había perdido mi virginidad en la noche de graduación. Por vez primera me dí cuenta que lo que yo consideraba sexy –una chimenea, un grabado antiguo en la pared, techos de madera y un restaurante anticuado– era, por el contrario, algo familiar. Yo pensaba que era sexy porque era diferente de los moteles en los que, con muy poquito dinero, un adolescente podía escabullirse en cualquier momento. Un hotelito era para adultos porque uno no se escabullía para llegar, porque si se te permitía ir, obviamente para tener sexo (y uno sólo iba ahí si se le permitía), eras adulto, sofisticado. Yo era tan in-adulta que el simple hecho de tener sexo era algo atrevido para mí, nada ordinario. Era tan in-adulta que no estaba buscando transgredir: fantaseaba sobre tener el permiso. Miré por la ventana. El paisaje era bellísimo: la forma en la que el camino curveaba y caía, los graneros rojos y las granjas viejas y gigantescas, el puente cubierto más adelante que nos hizo bajar la velocidad, y después todo el espacio que le seguía, colores exiguos, un cielo azul. Pensé que sería perfecto escuchar a Dylan. Probablemente él odiaba a Dylan. Demasiado folclórico. Probablemente él odiaba la música clásica. Demasiado alemana. Divagué sobre si le gustaba el punk, lo que hubiera obliterado por completo la belleza del paisaje. ¿Estaba muy viejo para el punk? Se estaba deteniendo en una gasolinera.

—Voy por una coca –le dije, y me dirigí hacia la tiendita.

Sentí sus ojos sobre mí mientras caminaba y me pregunté qué había visto. Era diminuta. Mi cabello castaño caía en ondas sobre mi espalda. Vestía negro, botas de motociclista y un vestido azul, delicado, escogido con precisión en el estante de una tienda de segunda mano. Me sentía culpable por comprar ahí, porque tal vez había gente pobre que lo necesitara más, pero todos lo hacíamos de cualquier manera, pues éramos estudiantes y tampoco teníamos dinero. Las botas fueron las sobras de mi relación con Matthew. Cuando andaba con él, sólo vestía de negro, tal como él lo hacía. Me vestía para él. Fue a Matthew a quien yo amaba cuando Joanie me decía que los adolescentes no se podían enamorar en realidad. Joanie, la que se había operado la nariz y se había pintado rayitos en el pelo, la que trabajaba en la tienda de mis abuelos mientras hablaba de zapatos Charles Jordan y porcelana inglesa. Yo sentía deseos como los de ella, tal vez superiores a los de ella. Quería todo con él, aún sin saber qué significaba todo. Deseaba desde lo etéreo, y ésa era la diferencia. Y tal vez, tampoco había nada sórdido en mi amor para hacerlo realidad, esa palabra que la gente mayor mostraba con ostentación como si fuera una medallota. La siguiente novia de Matthew usaba vestidos floreados. Fue una revelación. Todo ese tiempo pude haber usado vestidos también.

—Unos Camel, por favor –pedí mientras empujaba dos cocas hacia la caja. Miré al hombre que me observaba con cuidado.

—Tienes unos ojos bellísimos –me dijo.

—Gracias.

Me ruboricé, a pesar de lo que pensaba. Por un momento –aunque demasiado corto– alguien estuvo generosamente interesado en mí. Fue demasiado estúpido y patético. Me sentí mejor porque le había gustado la forma en que me veía, y al mismo tiempo me sentía peor por no estar segura de si a Uli le había gustado lo suficiente la forma en que me veía. Lo peor fue que como él supuso que yo no tenía nada particularmente interesante que decir, de pronto yo también lo creí.

Uli recargó su figura delgada sobre el auto.

—Te ganaste una coca –le dije. Él pareció estar contento.

Poco después estaba manejando a la entrada de un motel. Caminamos a la recepción.

—¿Tiene cuartos disponibles? –preguntó.

Yo estuve ahí parada, tratando de lucir lo suficientemente adulta como para entrar a un motel con un tipo (me puse un poco de lápiz labial en el auto –Blonde Venus–, lápiz labial de farmacia, pero sirvió para el momento).

Mientras lo miraba, la señorita de la recepción hojeaba un libro.

—Tenemos dos cuartos. Un cuarto pequeño con una king-size, y un cuarto un poco más grande con dos queen.

Nos miró. Mi corazón se detuvo. Él iba a decidir así, sin más, enfrente de una extraña, sin dejarlo al azar, si dormiríamos juntos o si habría la opción de dormir solos. Me miró y sonrió.

—Entre más grande, mejor, ¿no?

(¿Se refirió a una cama más grande o a un cuarto más grande?  ¿Era una forma de decir que no le gustaba tanto por estar chiquita? ¿Y cómo debía tomar sus burlas hacia América –disculpe, Estados Unidos de América? ¿Era mi arrogancia americana la que me hacía llamarle América?)

—No –le respondí, sin saber las consecuencias–. Más grande no es mejor. No es necesariamente mejor, digo.

—Nos quedamos con la más grande –dijo.

La señorita no tuvo problemas para entender a qué se refería. Encontramos el cuarto, el 116, al final del motel verde limón, bordeado por arcilla. Tenía una alfombra café, áspera, un cobertor con estampado de flores y una pintura de un bote. En general, pues, era una mala imitación de un hotelito campestre. Tenía una televisión gigante que hizo a Uli muy feliz. Brincó a la cama que estaba más cerca de la tele, control remoto en mano. Me subí también y prendí un cigarro.

—Me voy a bañar –le anuncié.

—Un baño suena perfecto –dijo.

(¿Estaba siendo conflictivo o simplemente  asoció la palabra bañar con tina?)

—Yo ya no me puedo bañar en tinas.

Las palabras huyeron de mi boca. Fue la primera oración espontánea en horas. Eso le interesó.

—¿Por qué no?

—No sé, me relajan demasiado.

—No seas ridícula. Es bueno estar relajado.

—No, me refiero a que me inhabilita. Cuando era una niña, un día un niño fue a mi casa para jugar pero, cuando llegó, mi hermana estaba afuera con su bici nueva y al niño le fascinó, entonces ya no quiso jugar conmigo. Estaba tan celosa y enojada por su distracción que cuando entré a la casa estaba llorando sin poderme controlar. Mi mamá corrió a verme, se puso en cuclillas y trató de calmarme. Me acercó a ella y frotó mi espalda. No funcionó y, aunque quería, no pude dejar de llorar. Así que me preparó un baño con agua caliente en la tina y me metió. Se sentó junto a mí y el agua lo logró: dejé de llorar, me tranquilicé por completo, así, en automático, como si me hubiera drogado. Floté ahí, nada más, pero sin tranquilidad, solamente me dejó de importar, todo… Así que ahora tengo una total aversión hacia los baños en tina. Tienen demasiado poder.

Fumé una bocanada del cigarro y sentí el humo en los entresijos más profundos de mi cuerpo. Miré a Uli. Se veía entretenido. Extendió su mano para fumar de mi cigarro.

—Suena como a una auto-alienación clásica de la clase media –dijo Uli, como si entregara un diagnóstico sombrío.

¿Estaba bromeando? Pensé que no.

—«All and all it’s just another brick in the wall» –canté de manera casi inaudible.

—Mi amiga neurótica de Nueva York –dijo sacudiendo su cabeza con cariño.

Me bañé. Agaché la cabeza y la envolví con una toalla para que el agua de mi cabello no escurriera sobre mi cuerpo. Podía escuchar la televisión en el otro cuarto, y me pregunté si Uli notaría que estaba desnuda. Al abrir la puerta, vi un flashazo, y Uli, con cámara en mano, estaba sentado en la cama, riendo. Me iba a poseer en abstracto.

Milagro de milagros, dejó que las cosas pasaran esa noche. Fue maravilloso poder besarlo, trazar la forma de sus labios, sus brazos, sus piernas. Había esperado demasiado tiempo. Recorrí su suave pecho con mis manos; tenía tan poco parecido al de un hombre maduro que me hizo sonreír. Mi confianza regresaba, lentamente. Pude expresar con mi cuerpo todo lo que no podía decir con mis labios. Balanceaba mi peso sobre él y mi cabello cubrió mi rostro.

Dijo algo que explotó en mí súbitamente, sólo identificable por el cráter que dejó. Algo así:

—¿No se supone que los judíos son las personas más sensuales?

¿Y luego, qué podía hacer? Desenvolví toda mi sensualidad, y no sentí nada.

Pudo haberlo dicho lo que dijo por mera curiosidad, hablando en voz alta, como si tratara de decidir si valía la pena. O tal vez lo dijo como un hecho, en una suerte de decepción retroactiva. ¿Y cómo se supone que pueda cumplir con sus expectativas (sin mencionar que eran míticas), mientras intentaba con devoción estar a la altura? O tal vez no se dio cuenta que no era mi momento más sensual, porque el mito dosificaba la sensualidad y yo era un simple vehículo para ella. O tal vez él nunca supo que yo era judía. Tal vez, por casualidad, eso nunca fue descubierto. No recuerdo haberle dicho. ¿Acaso ignoraba la cosa específica que le dio estructura a nuestra relación? ¿Habré dicho algo que le hizo notarlo? ¿No estaba llevando a cabo circo y maroma para demostrarle que no lo culpaba? ¿No estaba aprendiendo su idioma, practicando la producción de sonidos alemanes, presionando mi lengua con el paladar para hacer la ch suave hacia la parte trasera de mis dientes para obtener un lindo y distintivo siseo? ¿No probaba eso que no culpaba a los hijos por los crímenes de los padres? Yo pertenecía a la gente diezmada por su gente. Así de penoso e incómodo lo sentí. Pero era más que eso. Era algo inefable.

Si nunca le dije que era judía, si nunca lo adivinó, entonces ésas no eran sus palabras, sino un producto de mi invención, fabricado para explicar la frialdad entre nosotros. Si nunca lo supo, algo más debió haber dejado el cráter.

Durante el desayuno, la hostess nos dirigió a una mesa bien iluminada pegada a una ventana. Una hormiga caminaba por el marco. La mesa estaba cubierta por un mantel de algodón cuadriculado, el tipo de mantel que me hubiera encantado. Yo fumé.

—Dime algo –dijo Uli. Lo estaba intentando, he de admitir.

—¿Qué debería decirte?

Me hubiera gustado hablar con él, mucho, muchísimo, de verdad, si tan sólo me hubiera hecho una pregunta de verdad, si tan sólo hubiera sido directo.

—Dime algo interesante.

Busqué algo interesante. Pero, ¿qué le puede interesar a un hombre como él, un hombre en sus treinta que ha viajado por todo el mundo, que sabía de filosofía, que hacía películas…? ¿De qué hablaba, por lo general, con mis amigos? Los motivos de las personas, de psicología. Él desconfiaba de la psicología; además, no conocíamos a las mismas personas. Debería haber más cosas de las que hablaba con mis amigos. Lo terrible de la administración de Reagan (tal vez, en este punto podríamos estar de acuerdo), o alguna exposición interesante (Cy Twombly, Jean-Michel Basquiat), o la opinión que nos merecía el baile de Twyla Tharp, o algo sobre el divorcio de nuestros padres… No, no había nada, nada que pudiera decirle (no puedes decir Reagan sin calar terreno, «Ey, sabes, odio a Reagan y todo lo que apoya». ¡Demasiado obvio!) Y ahí estaba, sin poder recordar ni una sola cosa interesante. ¿De qué hablaba con él María de Brasil? ¿El precio de la carne de puerco? Tenía también el quehacer diario. Así que traté de imaginar algo poco interesante, pensando que con eso sería suficiente. El tiempo corría, pero no se me ocurría nada.

—Está bien, voy a leer –abrió el periódico.

Como ya era muy tarde, pensamientos llegaron a mi mente: la mesera usaba un vestido que se veía como esos vestidos comprados en tiendas de segunda mano que vestíamos con una mezcla de necesidad e ironía –ironía que, en ocasiones, rayaba en crueldad, aunque siempre inofensiva–. Miraba a las personas mayores en la esquina, que me hicieron pensar que sería magnífico desayunar con mis abuelos, pero ellos sólo eran felices si desayunaban en Nueva Jersey, donde podían comer bollos de Parnisse con huevo y donde los bagels de agua siempre estaban buenos y donde el salmón ahumado se cortaba a mano; sólo podían ser felices si se conjuntaban todos esos rituales que reemplazaban a los que habían perdido en el pasar de la vida. Si hubieran llegado unos minutos antes, los hubiera rechazado también, como la nieta sencilla, privilegiada, bien ponderada, llena de anécdotas familiares; una judía brillante que, con desesperación, quería conocer algo más del mundo, pero quien, hasta el momento, todavía no lo había logrado.

Después de esa noche me fue todavía más difícil hablar con Uli. Nos dejamos de ver. De vez en vez, mientras yo hacía algo, él se aparecía de repente para preguntarme si quería ver una película, pero cuando estábamos en la oscuridad, él no hacía nada. No me tocaba. Nada. Y pensé que eso se había acabado. «Lo que responde al nombre de amor es el destierro», solía decir. Tal vez sí le importaba un poco. Si tan sólo pudiera recordar el contexto. Siempre decía cosas por el estilo, cosas elusivas. «Seguiremos en contacto», dijo. Yo no le creí.

Pasaron los meses. ¿Cuál habría sido el punto, si no hubiera quedado más que los sentimientos de añoranza, vergüenza y, de cuando en cuando, indignación; sentimientos sin objeto, dirección, o uso; sentimientos que se interponían entre cualquier nueva esperanza que pudiera tener y yo?  Dos meses de silencio. Dos años pasaron. ¿De verdad pasó, aunque no lo conservemos?

Estaba viviendo en Berlín, trabajando en un bar con show de cabaret. Era 1989. El muro había caído. Mi alemán era correcto. Vivía con Raúl, mi novio germano-cubano, y me sentía bien, fuerte, lo suficientemente fuerte como para buscar, entre mis contactos, el teléfono de Uli en Hamburgo. Le hablé porque no podía dejarlo desaparecer por completo. Le hablé porque… No sé por qué, supongo. Solamente lo llamé.

En el tren a Hamburgo compartí mi vagón con una familia italiana. El camino se me hizo corto entre dibujitos de monstruos y las canciones de la artista pop de moda, favorita del niño de doce años—«total geil!», decía en intervalos irregulares, rebosando de entusiasmo y sin rastro de pena («¡está buenísima!»). Desempacamos los sándwiches de panes con mantequilla y salami sazonado, y sacudimos las migajas de vuelta a la bolsa mientras yo respondía preguntas sobre Estados Unidos. Estaba tranquila, inusitadamente serena, por lo que sea que fuera eso que había entre Uli y yo. Ya no lo necesitaba para que me enseñara sobre Europa y, sin lugar a dudas, ya no lo amaba. Pero estaba esperando que, en ausencia de necesidad, algo pasara.

Y, de pronto, todo estaba pasando. Desde que nos saludamos en la estación de tren, hasta el viaje en auto, hasta mi llegada a su departamento, todo se desenvolvió de manera sedosa. Le hablé (ahora en Alemán) sobre mi experiencia en Berlín, y sobre lo que estaba haciendo (mesereando; Raúl), y las clases que más me habían gustado (Nietzsche, Escultura), y que todo me había parecido muy sencillo, tal como lo había esperado. Era notoriamente más madura. Me senté en su sillón, dándole unos traguitos a un Milchkaffe servido en un tazón amarillo decorado con un vidriado que lo hacía parecerse a los que tenía mi madre en Provence. En realidad es gracioso que Uli tuviera un tazón de ésos: era demasiado femenino. Hubiera esperado algo con menor especificidad estética, la taza de un cafecito local o algo así. Los hombres que había conocido sólo echaban cosas al azar, improvisando. Pero, de nuevo, los hombres que había conocido también tenían veinte años. Tal vez cuando tuvieran la edad de Uli tendrían la suficiente confianza en sí mismos como para comprar tazones con vidriado provenzal.

Miré alrededor del departamento, a las paredes con plastas blancas, la planta que colgaba de la ventana –a la que no le hubiera caído mal una regada, porque las orillas de sus hojas tenían ya un tono café–, a la televisión y al estéreo. La puerta de su estudio estaba abierta, dejando entrever un escritorio blanco adornado con una máquina de escribir; la silla negra que lo acompañaba lo hacía ver algo moderno. La cocina tenía un descanso para desayunar, una mesa de madera con una pieza de mármol encima (parecía algo que se había encontrado en algún lugar, ya que apenitas y se acercaba al tamaño correcto), un estante para revistas, una pequeña tele en blanco y negro encima de la mesa, y una fotografía en la pared de una mujer de tez un tanto oscura, con pómulos saltones y cejas gruesas que enmarcaban un par de ojos grandes, remarcados con delineador. Me detuve enfrente de la fotografía de la mujer, quien estaba sentada y usaba un suéter con cinturón que dejaba avistar una figura con proporciones de Barbie; estaba obliterada. Miré la foto y vi lo diferentes que éramos: mi cuerpo parecía el de una niña comparado con el de ella. La única similitud era que ninguna de nosotras era alemana. Y de repente tuvo sentido por qué se había tomado la molestia con esta niña joven, americana, que apenas sabía hablar. En teoría, yo era para él tan exótica como ella lo había sido, y tan destrozada por el ocaso de la historia también. Ella venía de un país pobre; ella cumplía con el rol de la explotada. Y yo era algo que nunca mencionamos, algo sin nombre. Él me llamaba su amiga neurótica de Nueva York, sólo que yo no era de Nueva York; eso fue de su invención.

Uli volteó hacia mí.

—Estaba pensando que podríamos escuchar un poco de música esta noche. ¿Te gusta la música alternativa?

—Claro –dije tan casual como pude, sin tener la menor idea de lo que era la música alternativa.

—Podemos calentar esta comida persa, ver las noticias y después nos iremos –me dijo–. Mi amigo Klaus nos va a ver allá. Es profesor de filosofía. Te va a caer bien.

Así, Uli calentaba mi comida y yo miraba, supuestamente, las noticias, pero en realidad prendía un cigarro y me preguntaba si el amigo era una suerte de protección, o si ya tenía planes con él. Me preguntaba qué es lo que pensaba de mí, qué le había dicho a su amigo. Me preguntaba dónde dormiría esa noche y cuánto tiempo tendría que ser sociable ante de que terminara el fin de semana y pudiera regresar a Berlín con Raúl. En la tele había un panel de discusión. Yo caché una que otra palabra al azar, aquí y allá, noté gesticulaciones. Noté que todo mundo se veía grande y blanco, así como Uli, quien era tan sexy que incluso parecía injusto (¿por o a pesar de su grandura y blancura?) con las líneas trazadas por su sonrisa y su ceja abundante.

—¿Qué opinas de la situación? –preguntó apuntando hacia la tele.

¿La situación? No había escuchado nada. Todo ese tiempo había pensado que si el muro podía caer, si el mundo podía cambiar drásticamente en dos años, yo también podía haber cambiado. Me miró esperando una respuesta. Durante ese segundo él había imaginado que yo era, por lo menos, una amiga amable, una persona amable, el tipo de persona a la que podría hablarle sobre las cosas que le interesaban, las cosas que deben interesarle a las personas pensantes. Estaba en lo correcto, pero hubiera presumido que estaba equivocado. Si hubiera estado en Berlín, con mis amigos, por supuesto que hubiera puesto más atención a lo que decían en las noticias, me hubiera concentrado, porque por mejor que fuera mi alemán en ese momento, ver las noticias requería algo de esfuerzo, algo de concentración. Pero mi concentración todavía estaba, de nuevo, en todo menos las cosas que nos hubieran acercado: estaba en él y en mí, en su ropa, el mismo uniforme de jeans deslavados, camiseta y chamarra de cuero; estaba en sus manos, en su sillón y en la fotografía de la pared.

—No hubiera… no estaba escuchando, Uli; estaba pensando en algo más –pude escuchar la falta de convicción en mis propias palabras–. Pero puedo ver las noticias contigo.

Traducción de Raúl Bravo Aduna


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Dawn Marlan es doctora en Literatura comparada por la Universidad de Chicago. Ha publicado ensayos y reseñas sobre literatura, cine y arte en publicaciones que van desde el PMLA hasta el Chicago Tribune. Actualmente es profesora de los departamentos de Literatura comparada y Estudios germánicos en la Universidad de Oregón. Su primera novela, The Passings, está siendo representada por la agencia literaria Jennifer Lyons en Nueva York.

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Raúl Bravo Aduna (Estagira de México, Oregon, 1855) ve el mundo con ojo crítico, pero en vez de preocuparse, decide reír en respuesta a sus fallas. Le gustan el helado y el hockey. Le obligan a decir «es miembro del consejo editorial de Cuadrivio…». Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

Su blog personal: http://somuchtheworse.wordpress.com

Y su cuenta de Twitter, en la que sostiene una relación no correspondida con Anahí: http://www.twitter.com/rusoaduna.

Sin palabras

Dawn Marlan

Tenía dieciocho años cuando descubrí que era norteamericana. Fui educada con la mano en el pecho y los ojos en la bandera. Estaba ahí, justo debajo de los techos bajos y la luz fluorescente en la esquina derecha de la habitación. Juraba a la bandera como todos los niños en el juramento a la bandera: sin pensar realmente, sin creer pero sin dudar. A cualquiera le hubiera dicho que era americana, tal como decía que era judía, tal como decía que era una niña. ¿Pero quién iba a preguntar? Era Estados Unidos, sin lugar a dudas; el mismo Estados Unidos entre la costa Este y el centro, un lugar demasiado grande como para ser amistoso y demasiado pequeño como para ser tolerante.

Uli fue la primera persona que me preguntó qué era. Lo conocí en Middlebury, Vermont, lugar de huertos de manzanas y de una industria de miel de maple en pleno crecimiento. Era un escenario natural para la producción agrícola, que no para el desarrollo de fluidez en lenguas extranjeras, aunque ésa fuera la consigna de una escuela situada en la colina cubierta de pasto, no muy lejos de las Montañas Verdes. Si te inscribías en el curso de verano, tenías que jurar no respirar siquiera una palabra en tu lengua natal. Si cumplías el juramento, salías de ahí hablando con gran fluidez.

Yo aprendía alemán, idioma considerado, por regla casi universal, francamente feo. Les dije a mis padres que aprendía alemán porque era el idioma de la filosofía. En realidad, aprendía alemán por un tipo que me enseñó a comer musli, un tipo que era culto, sofisticado y austriaco; un tipo al que le gustaban Beethoven, las vasijas de cerámica de semillas de mostaza y los quesos muy apestosos. Un tipo al que, además, no le gustaba compartir una cama. Y fue porque aprendía alemán que conocí a Uli, quien estaba condenado a ser diferente al austriaco. Después de todo, a Uli le gustaba desayunar Cornflakes.

Estaba en medio de una multitud, escuchando el discurso-de-bienvenidos-a-Middlebury, cuando vi a Uli de perfil. Sus piernas estaban cruzadas; una envolvía a la otra, pero ambos pies tocaban el piso. Su pelo caído (casual, casi desaliñado) enmarcaba unos ojos serios, concentrados, que miraban con intensidad. Debí haberme dado cuenta de que esas características se contradecían entre ellas. Sin embargo, pensé que lo mejor de ambos mundos estaba contenido en su fisionomía. Me dije que debía evitar hablar con él: era demasiado guapo. Que fuera guapo significaba que no podía ser de fiar.

Pero ahí estaba él, de alguna manera, acercándose a mí.

—Estoy dando clase de cine –me dijo.

—Estoy quebrando mi juramento de sólo hablar alemán –le respondí.

—Also, sprechen wir Deutsch.

—Yo todavía no hablo alemán –susurré–, por eso estoy aquí. –Miré alrededor para ver si alguien nos veía.

—La Sprach-Polizei (policía del lenguaje) no está de guardia –dijo con una sonrisa que parecía retarme.

Vimos películas esa noche, películas que, al parecer, nadie más quería ver. Sus piernas se tendieron sobre la silla frente a él. Reclinó su espalda. Su cabeza estaba a unos cuantos centímetros de mí. Por un instante, hablamos en la oscuridad.

—Aquí puedes ver cómo una toma media-estática de personas hablando puede hacer que todo lo que digan suene como a una epifanía –susurró.

Yo estaba en silencio, empapándome con cualquier cosa que mandara en mi dirección: datos sobre cine, señales de interés o desinterés, el aroma de su loción para después de afeitar. La pantalla destelló blanco y negro, una luz que, mientras bailaba, llenaba el auditorio vacío, un auditorio hecho para nosotros.

—Me parece infame que los gringos coman palomitas en el cine –declaró–. Estás viendo una película seria y, de repente, junto a ti… cronch, cronch, cronch.

—Sólo te das cuenta de los crujidos si no estás acostumbrado.

—A los gringos no les importa porque son escapistas de la realidad. Por eso es que no hay finales tristes en películas de Hollywood. Pero si eres víctima de un final feliz – aseveró–, serás víctima de intereses ideológicos. –Empezó a reír.

Lo miré, después cerré los ojos. ¿Qué intereses ideológicos? ¿De qué hablaba? Si tan sólo mi experiencia con la política no hubiera sido esa pinche clase en prepa, en la que me dediqué a escribir poemas mientras el Sr. Johnson balbuceaba monótonamente sobre fechas de guerras y diatribaba contra madres solteras. Toda la exposición que había tenido a la política se limitaba a una pila de Ms. Magazines amontonadas en nuestro baño, montones que señalaban las diferencias entre mi madre y las señoras Anderson y Ostfield. Yo sabía esto con sólo ver las portadas, sin la necesidad de abrir un solo ejemplar. Que Uli pudiera tener la razón, al final me inyectaba emoción, una emoción que convivía incómodamente con el placer de admirar su modo de pensar y las cosas de las que se daba cuenta. Y, sin embargo, había algo que aún no tomaba en cuenta, porque estoy segura de que, al final, no puede estar del todo mal querer ser feliz. Pero no podía armarme de valor para decírselo.

—¿De verdad te parece tan terrible ver una película por el mero placer de verla? –le pregunté. Comenzó a reír.

—¡Ah! Arte por el arte mismo. Dime si le atiné –descansó su mano sobre mi pierna–. Lo que más te interesa, entonces, es el placer.

Con su mano sobre mi pierna ya no pude seguir pensando. Me encabronó darme cuenta de que su insulto me hiciera desearlo más. Pero sí lo deseaba. Quería sus labios, quería su cuerpo, quería sus conocimientos. Mi mundo giraba alrededor de la idea del placer y, de repente –¿habrá sido para burlarse de mí?–, sacó una manzana de su mochila.

*

Uli comía manzanas al por mayor. Había muchísimas cosas que no podía comer porque había tenido hepatitis el año anterior y las grasas no eran benéficas para su hígado. Es difícil evitar las grasas en Vermont. Sólo habían tres opciones: aros de cebolla y carne asada en la Vermont Steak House, el General Tso en El dragón dorado o crepas y queso en la Brasserie francesa. Todo mundo iba a ésta última: Shane (el sacerdote y profesor de latín), y Hubert y Helga (corpulentos y serios autores de nuestro libro de Alemán I). Yo siempre pedía Brie horneado; Uli, una crepa de jamón y espárragos.

—Que la hagan con la menor cantidad de grasa posible –le dijo a la mesera la primera vez.

—Pero la crepa va rellena con una crema especial –le informó la mesera.

—Haga la crepa con la menor cantidad de grasa posible –insistió con confianza.

Cuando estábamos en público, yo hablaba sobre el vino y el clima, y sobre cualquier cosa que pudiera decir con mi, aunque mínimo, recién adquirido alemán, hasta que pudiéramos hablar inglés en privado.

Estábamos en mi auto naranja, que estaba estacionado.

—Puedes preguntarme lo que sea –dijo Uli.

Comencé a cuestionarme qué sería lo que él me querría preguntar. Yo estaba en el asiento del copiloto. Volteó a verme. Observé su brazo mientras él jugaba con la radio: era delgadito pero musculoso, de alguna forma bronceado, a pesar de que siempre vestía chamarra de cuero. Apagó la radio. Demasiada estática.

—Cuéntame del tiempo que pasaste en Brasil –le dije.

—Pasé tres años en Brasil –respondió–, ¿qué puedo contarte de ello?

—¿Salías con alguien allá? –pregunté.

—¿Sabes?, el mundo no sólo es personal.

—Claro que sí, lo personal es también lo político.

—Si eso fuera cierto, significaría, precisamente, que nada es personal en absoluto.

—Como quieras –le dije mientras le daba vueltas a mi cabello con mi dedo, defendiéndome con mi lindeza.

Sabía que tenía la razón. La política no tenía ningún sentido si no significaba algo específico en la vida de alguna persona, para la experiencia de alguna persona. Probablemente usé las palabras incorrectas. Llegaron a mi mente como una cantaleta que asocié no con un significado, sino con cierto de persona, un activista, quizá; el tipo de persona que yo creí que él respetaría. Pero no quería comenzar una pelea: al fin estábamos solos en la oscuridad.

—Brasil es un país muy pobre –comenzó.

No quería escuchar una clase sobre niveles de pobreza, demografía, índices criminales. De hecho, no quería escuchar ningún tipo de dato. Quería historias, de ésas que quedan soslayadas y dilapidadas entre datos. En ese momento, yo quería una historia específica: la de la mujer cuya influencia sobre él aún era palpable.

—¿Quién era tu novia? –interrumpí.

—¿En Brasil?

—Ajá.

—María.

—¿Ahí fue donde te dio hepatitis?

—¿Te refieres a Brasil? –Asentí.

—¿Cómo te dio? –me preguntaba si la hepatitis era una ETS, pero es mejor no hacer ese tipo de preguntas.

—No sé. Me pudo haber dado por cualquier cosa, en cualquier lugar. Casi muero por eso, tú sabes… Ahora soy más cuidadoso.

Deliberadamente volteó a verme, como si estuviera decidiendo. Yo estaba usando una camiseta con escote, una falda corta y botas vaqueras de color rojo, pero creo que ni se daba cuenta de ello.

En efecto, era bastante cuidadoso conmigo. A veces entraba a mi cuarto para decir buenas noches. Se acercaba a mi cama (enfundada con sábanas Perry Ellis con estampado de cebra), besaba mi mejilla y salía sin ninguna señal de vacilación. ¿En verdad venía a darme las buenas noches y desear que tuviera sueños lindos? Estaba acostumbrada a captar la atención de los hombres. ¿Acaso no había atracción entre nosotros? Me escogió de entre la multitud y me bañó con toda la atención del mundo, so pretexto de poderme rechazar seductiva y coquetamente. Quizá no sabía lo que quería. Yo sí sabía. Lo miré y lo quise. Así de sencillo. Obvio. Forzado. Quería tocarlo, pero no hice nada.

—¿Cómo eras antes de irte? –le pregunté.

Supongo que le pregunté eso porque podía notar que Brasil había marcado algún cambio importante en él, le había dado una suerte de reglas nuevas para su vida. Lo que sea que le había pasado estaba influyendo en sus decisiones ahora. No estoy segura cómo lo supe, pero lo sabía. La verdadera pregunta que quería hacerle, sin embargo, era por qué quería que yo le hiciera preguntas. ¿Acaso quería jugar un juego en el que él tenía las respuestas y yo tenía que buscarlas? Me estaba dando carta blanca para preguntar lo que fuera. Pero «lo que fuera» sólo podía significar sexo, porque ésa es la única cosa para la que tienes que pedir permiso para preguntar sobre ella («Disculpa, Uli, pero me gustaría preguntarte sobre la población brasileña». «Espero no excederme, Uli, pero me gustaría preguntarte sobre el estado actual del cine brasileño». «Espero no ser muy entrometida, pero ¿tienes hermanas o hermanos?») ¿Qué más podía ser? ¿Y si estaba tan interesado en responder mis preguntas, por qué no tenía ninguna para mí? Parecía suponer que no había demasiado que saber sobre mí, las especificidades de mis deseos, mi gama de experiencia a los dieciocho años.

¿De verdad no había nada interesante sobre crecer en medio de una cultura suburbana con mi mamá? ¿O sobre pretender (si eras hombre) que en todo lo que pensabas era futbol americano y sexo, y pretender (si eras mujer) que en todo lo que pensabas era en chicos jugando futbol americano, nunca sobre sexo, y por supuesto que jamás sobre libros y Europa y todas las cosas que me interesaban porque quería huir? Quería huir a pesar de que me gustaba el edificio de ladrillos rojos donde vivía con mi mamá y mi hermana, rodeado por una vasta cantidad de edificios de ladrillos rojos. Quería huir por la existencia misma de clubes armados en los garajes, donde los jóvenes se manoseaban en la oscuridad y se pasaban botellas de Jack Daniels, y los tipos hablaban sobre cómo habían manoseado y las mujeres hablaban sobre cómo no había pasado de un fajecito. Pero tuve la oportunidad de echar un vistazo a lo que era escapar de los suburbios, porque siempre conté con Squirrel Hill, una comunidad judía en la ciudad, donde mi padre vivía y donde se suponía que a los chicos les gustaba el sexo y donde todo mundo se escondía detrás de cigarrillos JCC envueltos en papel de fresa. Era una comunidad en la que nadie notaba lo rara que era la casa de papá, aunque estaba llena de libros, colecciones de botellas de viejos boticarios y arañas conservadas en botes. Uli tampoco sabía de eso. No sabía del campamento en una frondosa y retacada de mosquitos Virginia del Oeste, donde pasé mis veranos escapando en las noches para nadar en el lago, el lugar donde íbamos a misa, debajo de los árboles. O que había encontrado una manera para no ser molestada por los tipo que pasaban el rato en las rampas, siendo tipos. Pero después fui a la universidad y descubrí la verdadera limitación de mi burbuja; cómo incluso mi recién estrenada ventana a una comunidad citadina y un paraíso rural estaba limitada. Uli no sabía nada de eso. Y en vez de preguntar, en vez de responder las preguntas que me hubiera gustado hacerle, respondió la única que escuchó. Fue mi culpa, por supuesto. De todas las cosas que pude haberle preguntado, se me ocurrió una pregunta tan vaga que carecía de sentido:

—¿Cómo eras antes de ser cuidadoso?

Ulí respondió, cabello güero en cara, con esas líneas que desde sus labios trazan una sonrisa a medias perpetua:

—Era descuidado, pero después de enfermarme decidí que sólo buscaría cosas que fueran necesarias.

Había cigarras afuera y se podía sentir la humedad en el aire. Ahí, en la oscuridad, con música de insectos e imágenes un tanto exóticas de fondo, una mujer brasileña pobre, de quien he tratado de bloquear sus características, cuyas sus experiencias en la vida real sólo podría empezar a imaginar. Cruzando el asiento, busqué su mano y la tomé entre la otra. Era demasiado aburrida, lo sabía. Mi pasión no tenía adónde ir. Básicamente, era profana. Aún así, lo deseaba en un grado ya doloroso, así que me agaché y besé su mano con ansias suprimidas, un pequeño, adolescente ofrecimiento. Tocó mi cara, nos miramos mutuamente. Dijo:

—No sé si esto es necesario.

*

Una noche me preguntó si quería manejar por Vermont con él, el fin de semana. Deseosa de estar con él, no anticipé que los pastizales de las granjas y el morado de las montañas en el fondo resaltarían el silencio.

—Escuché alguna vez que hay un montón de hotelitos campestres por ahí –le dije mientras hojeaba un libro de viajes. –Lo iba a dejar manejar.

—¡Por favor, nada de encantos del viejo mundo! ¡Cualquier cosa, excepto eso! Demasiado alemán. Vine a Estados Unidos por una razón. Hay que buscar un motel con televisión.

Yo quería decirle que los cuartos de motel era donde los chicos suburbanos iban a beber cuando el frío del invierno asediaba los bosques, que los hotelitos eran más íntimos, que tenían más personalidad, eran menos genéricos. Los moteles eran los lugares donde los jóvenes perdían su virginidad en la noche de graduación, donde yo había perdido mi virginidad en la noche de graduación. Por vez primera me dí cuenta que lo que yo consideraba sexy –una chimenea, un grabado antiguo en la pared, techos de madera y un restaurante anticuado– era, por el contrario, algo familiar. Yo pensaba que era sexy porque era diferente de los moteles en los que, con muy poquito dinero, un adolescente podía escabullirse en cualquier momento. Un hotelito era para adultos porque uno no se escabullía para llegar, porque si se te permitía ir, obviamente para tener sexo (y uno sólo iba ahí si se le permitía), eras adulto, sofisticado. Yo era tan in-adulta que el simple hecho de tener sexo era algo atrevido para mí, nada ordinario. Era tan in-adulta que no estaba buscando transgredir: fantaseaba sobre tener el permiso. Miré por la ventana. El paisaje era bellísimo: la forma en la que el camino curveaba y caía, los graneros rojos y las granjas viejas y gigantescas, el puente cubierto más adelante que nos hizo bajar la velocidad, y después todo el espacio que le seguía, colores exiguos, un cielo azul. Pensé que sería perfecto escuchar a Dylan. Probablemente él odiaba a Dylan. Demasiado folclórico. Probablemente él odiaba la música clásica. Demasiado alemana. Divagué sobre si le gustaba el punk, lo que hubiera obliterado por completo la belleza del paisaje. ¿Estaba muy viejo para el punk? Se estaba deteniendo en una gasolinera.

—Voy por una coca –le dije, y me dirigí hacia la tiendita.

Sentí sus ojos sobre mí mientras caminaba y me pregunté qué había visto. Era diminuta. Mi cabello castaño caía en ondas sobre mi espalda. Vestía negro, botas de motociclista y un vestido azul, delicado, escogido con precisión en el estante de una tienda de segunda mano. Me sentía culpable por comprar ahí, porque tal vez había gente pobre que lo necesitara más, pero todos lo hacíamos de cualquier manera, pues éramos estudiantes y tampoco teníamos dinero. Las botas fueron las sobras de mi relación con Matthew. Cuando andaba con él, sólo vestía de negro, tal como él lo hacía. Me vestía para él. Fue a Matthew a quien yo amaba cuando Joanie me decía que los adolescentes no se podían enamorar en realidad. Joanie, la que se había operado la nariz y se había pintado rayitos en el pelo, la que trabajaba en la tienda de mis abuelos mientras hablaba de zapatos Charles Jordan y porcelana inglesa. Yo sentía deseos como los de ella, tal vez superiores a los de ella. Quería todo con él, aún sin saber qué significaba todo. Deseaba desde lo etéreo, y ésa era la diferencia. Y tal vez, tampoco había nada sórdido en mi amor para hacerlo realidad, esa palabra que la gente mayor mostraba con ostentación como si fuera una medallota. La siguiente novia de Matthew usaba vestidos floreados. Fue una revelación. Todo ese tiempo pude haber usado vestidos también.

—Unos Camel, por favor –pedí mientras empujaba dos cocas hacia la caja. Miré al hombre que me observaba con cuidado.

—Tienes unos ojos bellísimos –me dijo.

—Gracias.

Me ruboricé, a pesar de lo que pensaba. Por un momento –aunque demasiado corto– alguien estuvo generosamente interesado en mí. Fue demasiado estúpido y patético. Me sentí mejor porque le había gustado la forma en que me veía, y al mismo tiempo me sentía peor por no estar segura de si a Uli le había gustado lo suficiente la forma en que me veía. Lo peor fue que como él supuso que yo no tenía nada particularmente interesante que decir, de pronto yo también lo creí.

Uli recargó su figura delgada sobre el auto.

—Te ganaste una coca –le dije. Él pareció estar contento.

Poco después estaba manejando a la entrada de un motel. Caminamos a la recepción.

—¿Tiene cuartos disponibles? –preguntó.

Yo estuve ahí parada, tratando de lucir lo suficientemente adulta como para entrar a un motel con un tipo (me puse un poco de lápiz labial en el auto –Blonde Venus–, lápiz labial de farmacia, pero sirvió para el momento).

Mientras lo miraba, la señorita de la recepción hojeaba un libro.

—Tenemos dos cuartos. Un cuarto pequeño con una king-size, y un cuarto un poco más grande con dos queen.

Nos miró. Mi corazón se detuvo. Él iba a decidir así, sin más, enfrente de una extraña, sin dejarlo al azar, si dormiríamos juntos o si habría la opción de dormir solos. Me miró y sonrió.

—Entre más grande, mejor, ¿no?

(¿Se refirió a una cama más grande o a un cuarto más grande? ¿Era una forma de decir que no le gustaba tanto por estar chiquita? ¿Y cómo debía tomar sus burlas hacia América –disculpe, Estados Unidos de América? ¿Era mi arrogancia americana la que me hacía llamarle América?)

—No –le respondí, sin saber las consecuencias–. Más grande no es mejor. No es necesariamente mejor, digo.

—Nos quedamos con la más grande –dijo.

La señorita no tuvo problemas para entender a qué se refería. Encontramos el cuarto, el 116, al final del motel verde limón, bordeado por arcilla. Tenía una alfombra café, áspera, un cobertor con estampado de flores y una pintura de un bote. En general, pues, era una mala imitación de un hotelito campestre. Tenía una televisión gigante que hizo a Uli muy feliz. Brincó a la cama que estaba más cerca de la tele, control remoto en mano. Me subí también y prendí un cigarro.

—Me voy a bañar –le anuncié.

—Un baño suena perfecto –dijo.

(¿Estaba siendo conflictivo o simplemente asoció la palabra bañar con tina?)

—Yo ya no me puedo bañar en tinas.

Las palabras huyeron de mi boca. Fue la primera oración espontánea en horas. Eso le interesó.

—¿Por qué no?

—No sé, me relajan demasiado.

—No seas ridícula. Es bueno estar relajado.

—No, me refiero a que me inhabilita. Cuando era una niña, un día un niño fue a mi casa para jugar pero, cuando llegó, mi hermana estaba afuera con su bici nueva y al niño le fascinó, entonces ya no quiso jugar conmigo. Estaba tan celosa y enojada por su distracción que cuando entré a la casa estaba llorando sin poderme controlar. Mi mamá corrió a verme, se puso en cuclillas y trató de calmarme. Me acercó a ella y frotó mi espalda. No funcionó y, aunque quería, no pude dejar de llorar. Así que me preparó un baño con agua caliente en la tina y me metió. Se sentó junto a mí y el agua lo logró: dejé de llorar, me tranquilicé por completo, así, en automático, como si me hubiera drogado. Floté ahí, nada más, pero sin tranquilidad, solamente me dejó de importar, todo… Así que ahora tengo una total aversión hacia los baños en tina. Tienen demasiado poder.

Fumé una bocanada del cigarro y sentí el humo en los entresijos más profundos de mi cuerpo. Miré a Uli. Se veía entretenido. Extendió su mano para fumar de mi cigarro.

—Suena como a una auto-alienación clásica de la clase media –dijo Uli, como si entregara un diagnóstico sombrío.

¿Estaba bromeando? Pensé que no.

—«All and all it’s just another brick in the wall» –canté de manera casi inaudible.

—Mi amiga neurótica de Nueva York –dijo sacudiendo su cabeza con cariño.

Me bañé. Agaché la cabeza y la envolví con una toalla para que el agua de mi cabello no escurriera sobre mi cuerpo. Podía escuchar la televisión en el otro cuarto, y me pregunté si Uli notaría que estaba desnuda. Al abrir la puerta, vi un flashazo, y Uli, con cámara en mano, estaba sentado en la cama, riendo. Me iba a poseer en abstracto.

Milagro de milagros, dejó que las cosas pasaran esa noche. Fue maravilloso poder besarlo, trazar la forma de sus labios, sus brazos, sus piernas. Había esperado demasiado tiempo. Recorrí su suave pecho con mis manos; tenía tan poco parecido al de un hombre maduro que me hizo sonreír. Mi confianza regresaba, lentamente. Pude expresar con mi cuerpo todo lo que no podía decir con mis labios. Balanceaba mi peso sobre él y mi cabello cubrió mi rostro.

Dijo algo que explotó en mí súbitamente, sólo identificable por el cráter que dejó. Algo así:

—¿No se supone que los judíos son las personas más sensuales?

¿Y luego, qué podía hacer? Desenvolví toda mi sensualidad, y no sentí nada.

Pudo haberlo dicho lo que dijo por mera curiosidad, hablando en voz alta, como si tratara de decidir si valía la pena. O tal vez lo dijo como un hecho, en una suerte de decepción retroactiva. ¿Y cómo se supone que pueda cumplir con sus expectativas (sin mencionar que eran míticas), mientras intentaba con devoción estar a la altura? O tal vez no se dio cuenta que no era mi momento más sensual, porque el mito dosificaba la sensualidad y yo era un simple vehículo para ella. O tal vez él nunca supo que yo era judía. Tal vez, por casualidad, eso nunca fue descubierto. No recuerdo haberle dicho. ¿Acaso ignoraba la cosa específica que le dio estructura a nuestra relación? ¿Habré dicho algo que le hizo notarlo? ¿No estaba llevando a cabo circo y maroma para demostrarle que no lo culpaba? ¿No estaba aprendiendo su idioma, practicando la producción de sonidos alemanes, presionando mi lengua con el paladar para hacer la ch suave hacia la parte trasera de mis dientes para obtener un lindo y distintivo siseo? ¿No probaba eso que no culpaba a los hijos por los crímenes de los padres? Yo pertenecía a la gente diezmada por su gente. Así de penoso e incómodo lo sentí. Pero era más que eso. Era algo inefable.

Si nunca le dije que era judía, si nunca lo adivinó, entonces ésas no eran sus palabras, sino un producto de mi invención, fabricado para explicar la frialdad entre nosotros. Si nunca lo supo, algo más debió haber dejado el cráter.

*

Durante el desayuno, la hostess nos dirigió a una mesa bien iluminada pegada a una ventana. Una hormiga caminaba por el marco. La mesa estaba cubierta por un mantel de algodón cuadriculado, el tipo de mantel que me hubiera encantado. Yo fumé.

Dime algo –dijo Uli. Lo estaba intentando, he de admitir.

¿Qué debería decirte?

Me hubiera gustado hablar con él, mucho, muchísimo, de verdad, si tan sólo me hubiera hecho una pregunta de verdad, si tan sólo hubiera sido directo.

Dime algo interesante.

Busqué algo interesante. Pero, ¿qué le puede interesar a un hombre como él, un hombre en sus treintas que ha viajado por todo el mundo, que sabía de filosofía, que hacía películas…? ¿De qué hablaba, por lo general, con mis amigos? Los motivos de las personas, de psicología. Él desconfiaba de la psicología; además, no conocíamos a las mismas personas. Debería haber más cosas de las que hablaba con mis amigos. Lo terrible de la administración de Reagan (tal vez, en este punto podríamos estar de acuerdo), o alguna exposición interesante (Cy Twombly, Jean-Michel Basquiat), o la opinión que nos merecía el baile de Twyla Tharp, o algo sobre el divorcio de nuestros padres… No, no había nada, nada que pudiera decirle (no puedes decir Reagan sin calar terreno, «Ey, sabes, odio a Reagan y todo lo que apoya». ¡Demasiado obvio!) Y ahí estaba, sin poder recordar ni una sola cosa interesante. ¿De qué hablaba con él María de Brasil? ¿El precio de la carne de puerco? Tenía también el quehacer diario. Así que traté de imaginar algo poco interesante, pensando que con eso sería suficiente. El tiempo corría, pero no se me ocurría nada.

Está bien, voy a leer –abrió el periódico.

Como ya era muy tarde, pensamientos llegaron a mi mente: la mesera usaba un vestido que se veía como esos vestidos comprados en tiendas de segunda mano que vestíamos con una mezcla de necesidad e ironía ironía que, en ocasiones, rayaba en crueldad, aunque siempre inofensiva. Miraba a las personas mayores en la esquina, que me hicieron pensar que sería magnífico desayunar con mis abuelos, pero ellos sólo eran felices si desayunaban en Nueva Jersey, donde podían comer bollos de Parnisse con huevo y donde los bagels de agua siempre estaban buenos y donde el salmón ahumado se cortaba a mano; sólo podían ser felices si se conjuntaban todos esos rituales que reemplazaban a los que habían perdido en el pasar de la vida. Si hubieran llegado unos minutos antes, los hubiera rechazado también, como la nieta sencilla, privilegiada, bien ponderada, llena de anécdotas familiares; una judía brillante que, con desesperación, quería conocer algo más del mundo, pero quien, hasta el momento, todavía no lo había logrado.

Después de esa noche me fue todavía más difícil hablar con Uli. Nos dejamos de ver. De vez en vez, mientras yo hacía algo, él se aparecía de repente para preguntarme si quería ver una película, pero cuando estábamos en la oscuridad, él no hacía nada. No me tocaba. Nada. Y pensé que eso se había acabado. «Lo que responde al nombre de amor es el destierro», solía decir. Tal vez sí le importaba un poco. Si tan sólo pudiera recordar el contexto. Siempre decía cosas por el estilo, cosas elusivas. «Seguiremos en contacto», dijo. Yo no le creí.

Pasaron los meses. ¿Cuál habría sido el punto, si no hubiera quedado más que los sentimientos de añoranza, vergüenza y, de cuando en cuando, indignación; sentimientos sin objeto, dirección, o uso; sentimientos que se interponían entre cualquier nueva esperanza que pudiera tener y yo? Dos meses de silencio. Dos años pasaron. ¿De verdad pasó, aunque no lo conservemos?

*

Estaba viviendo en Berlín, trabajando en un bar con show de cabaret. Era 1989. El muro había caído. Mi alemán era correcto. Vivía con Raúl, mi novio germano-cubano, y me sentía bien, fuerte, lo suficientemente fuerte como para buscar, entre mis contactos, el teléfono de Uli en Hamburgo. Le hablé porque no podía dejarlo desaparecer por completo. Le hablé porque… No sé por qué, supongo. Solamente lo llamé.

En el tren a Hamburgo compartí mi vagón con una familia italiana. El camino se me hizo corto entre dibujitos de monstruos y las canciones de la artista pop de moda, favorita del niño de doce años—«total geil!», decía en intervalos irregulares, rebosando de entusiasmo y sin rastro de pena («¡está buenísima!»). Desempacamos los sándwiches de panes con mantequilla y salami sazonado, y sacudimos las migajas de vuelta a la bolsa mientras yo respondía preguntas sobre Estados Unidos. Estaba tranquila, inusitadamente serena, por lo que sea que fuera eso que había entre Uli y yo. Ya no lo necesitaba para que me enseñara sobre Europa y, sin lugar a dudas, ya no lo amaba. Pero estaba esperando que, en ausencia de necesidad, algo pasara.

Y, de pronto, todo estaba pasando. Desde que nos saludamos en la estación de tren, hasta el viaje en auto, hasta mi llegada a su departamento, todo se desenvolvió de manera sedosa. Le hablé (ahora en Alemán) sobre mi experiencia en Berlín, y sobre lo que estaba haciendo (mesereando; Raúl), y las clases que más me habían gustado (Nietzsche, Escultura), y que todo me había parecido muy sencillo, tal como lo había esperado. Era notoriamente más madura. Me senté en su sillón, dándole unos traguitos a un Milchkaffe servido en un tazón amarillo decorado con un vidriado que lo hacía parecerse a los que tenía mi madre en Provence. En realidad es gracioso que Uli tuviera un tazón de ésos: era demasiado femenino. Hubiera esperado algo con menor especificidad estética, la taza de un cafecito local o algo así. Los hombres que había conocido sólo echaban cosas al azar, improvisando. Pero, de nuevo, los hombres que había conocido también tenían veinte años. Tal vez cuando tuvieran la edad de Uli tendrían la suficiente confianza en sí mismos como para comprar tazones con vidriado provenzal.

Miré alrededor del departamento, a las paredes con plastas blancas, la planta que colgaba de la ventana –a la que no le hubiera caído mal una regada, porque las orillas de sus hojas tenían ya un tono café–, a la televisión y al estéreo. La puerta de su estudio estaba abierta, dejando entrever un escritorio blanco adornado con una máquina de escribir; la silla negra que lo acompañaba lo hacía ver algo moderno. La cocina tenía un descanso para desayunar, una mesa de madera con una pieza de mármol encima (parecía algo que se había encontrado en algún lugar, ya que apenitas y se acercaba al tamaño correcto), un estante para revistas, una pequeña tele en blanco y negro encima de la mesa, y una fotografía en la pared de una mujer de tez un tanto oscura, con pómulos saltones y cejas gruesas que enmarcaban un par de ojos grandes, remarcados con delineador. Me detuve enfrente de la fotografía de la mujer, quien estaba sentada y usaba un suéter con cinturón que dejaba avistar una figura con proporciones de Barbie; estaba obliterada. Miré la foto y vi lo diferente que éramos: mi cuerpo parecía el de una niña comparado con el de ella. La única similitud era que ninguna de nosotras era alemana. Y de repente tuvo sentido por qué se había tomado la molestia con esta niña joven, americana, que apenas sabía hablar. En teoría, yo era para él tan exótica como ella lo había sido, y tan destrozada por el ocaso de la historia también. Ella venía de un país pobre; ella cumplía con el rol de la explotada. Y yo era algo que nunca mencionamos, algo sin nombre. Él me llamaba su amiga neurótica de Nueva York, sólo que yo no era de Nueva York; eso fue de su invención.

Uli volteó hacia mí.

—Estaba pensando que podríamos escuchar un poco de música esta noche. ¿Te gusta la música alternativa?

—Claro –dije tan casual como pude, sin tener la menor idea de lo que era la música alternativa.

—Podemos calentar esta comida persa, ver las noticias y después nos iremos –me dijo–. Mi amigo Klaus nos va a ver allá. Es profesor de filosofía. Te va a caer bien.

Así, Uli calentaba mi comida y yo miraba, supuestamente, las noticias, pero en realidad prendía un cigarro y me preguntaba si el amigo era una suerte de protección, o si ya tenía planes con él. Me preguntaba qué es lo que pensaba de mí, qué le había dicho a su amigo. Me preguntaba dónde dormiría esa noche y cuánto tiempo tendría que ser sociable ante de que terminara el fin de semana y pudiera regresar a Berlín con Raúl. En la tele había un panel de discusión. Yo caché una que otra palabra al azar, aquí y allá, noté gesticulaciones. Noté que todo mundo se veía grande y blanco, así como Uli, quien era tan sexy que incluso parecía injusto (¿por o a pesar de su grandura y blancura?) con las líneas trazadas por su sonrisa y su ceja abundante.

—¿Qué opinas de la situación? –preguntó apuntando hacia la tele.

¿La situación? No había escuchado nada. Todo ese tiempo había pensado que si el muro podía caer, si el mundo podía cambiar drásticamente en dos años, yo también podía haber cambiado. Me miró esperando una respuesta. Durante ese segundo él había imaginado que yo era, por lo menos, una amiga amable, una persona amable, el tipo de persona a la que podría hablarle sobre las cosas que le interesaban, las cosas que deben interesarle a las personas pensantes. Estaba en lo correcto, pero hubiera presumido que estaba equivocado. Si hubiera estado en Berlín, con mis amigos, por supuesto que hubiera puesto más atención a lo que decían en las noticias, me hubiera concentrado, porque por mejor que fuera mi alemán en ese momento, ver las noticias requería algo de esfuerzo, algo de concentración. Pero mi concentración todavía estaba, de nuevo, en todo menos la

Sin palabras

Dawn Marlan

Tenía dieciocho años cuando descubrí que era norteamericana. Fui educada con la mano en el pecho y los ojos en la bandera. Estaba ahí, justo debajo de los techos bajos y la luz fluorescente en la esquina derecha de la habitación. Juraba a la bandera como todos los niños en el juramento a la bandera: sin pensar realmente, sin creer pero sin dudar. A cualquiera le hubiera dicho que era americana, tal como decía que era judía, tal como decía que era una niña. ¿Pero quién iba a preguntar? Era Estados Unidos, sin lugar a dudas; el mismo Estados Unidos entre la costa Este y el centro, un lugar demasiado grande como para ser amistoso y demasiado pequeño como para ser tolerante.

Uli fue la primera persona que me preguntó qué era. Lo conocí en Middlebury, Vermont, lugar de huertos de manzanas y de una industria de miel de maple en pleno crecimiento. Era un escenario natural para la producción agrícola, que no para el desarrollo de fluidez en lenguas extranjeras, aunque ésa fuera la consigna de una escuela situada en la colina cubierta de pasto, no muy lejos de las Montañas Verdes. Si te inscribías en el curso de verano, tenías que jurar no respirar siquiera una palabra en tu lengua natal. Si cumplías el juramento, salías de ahí hablando con gran fluidez.

Yo aprendía alemán, idioma considerado, por regla casi universal, francamente feo. Les dije a mis padres que aprendía alemán porque era el idioma de la filosofía. En realidad, aprendía alemán por un tipo que me enseñó a comer musli, un tipo que era culto, sofisticado y austriaco; un tipo al que le gustaban Beethoven, las vasijas de cerámica de semillas de mostaza y los quesos muy apestosos. Un tipo al que, además, no le gustaba compartir una cama. Y fue porque aprendía alemán que conocí a Uli, quien estaba condenado a ser diferente al austriaco. Después de todo, a Uli le gustaba desayunar Cornflakes.

Estaba en medio de una multitud, escuchando el discurso-de-bienvenidos-a-Middlebury, cuando vi a Uli de perfil. Sus piernas estaban cruzadas; una envolvía a la otra, pero ambos pies tocaban el piso. Su pelo caído (casual, casi desaliñado) enmarcaba unos ojos serios, concentrados, que miraban con intensidad. Debí haberme dado cuenta de que esas características se contradecían entre ellas. Sin embargo, pensé que lo mejor de ambos mundos estaba contenido en su fisionomía. Me dije que debía evitar hablar con él: era demasiado guapo. Que fuera guapo significaba que no podía ser de fiar.

Pero ahí estaba él, de alguna manera, acercándose a mí.

—Estoy dando clase de cine –me dijo.

—Estoy quebrando mi juramento de sólo hablar alemán –le respondí.

—Also, sprechen wir Deutsch.

—Yo todavía no hablo alemán –susurré–, por eso estoy aquí. –Miré alrededor para ver si alguien nos veía.

—La Sprach-Polizei (policía del lenguaje) no está de guardia –dijo con una sonrisa que parecía retarme.

Vimos películas esa noche, películas que, al parecer, nadie más quería ver. Sus piernas se tendieron sobre la silla frente a él. Reclinó su espalda. Su cabeza estaba a unos cuantos centímetros de mí. Por un instante, hablamos en la oscuridad.

—Aquí puedes ver cómo una toma media-estática de personas hablando puede hacer que todo lo que digan suene como a una epifanía –susurró.

Yo estaba en silencio, empapándome con cualquier cosa que mandara en mi dirección: datos sobre cine, señales de interés o desinterés, el aroma de su loción para después de afeitar. La pantalla destelló blanco y negro, una luz que, mientras bailaba, llenaba el auditorio vacío, un auditorio hecho para nosotros.

—Me parece infame que los gringos coman palomitas en el cine –declaró–. Estás viendo una película seria y, de repente, junto a ti… cronch, cronch, cronch.

—Sólo te das cuenta de los crujidos si no estás acostumbrado.

—A los gringos no les importa porque son escapistas de la realidad. Por eso es que no hay finales tristes en películas de Hollywood. Pero si eres víctima de un final feliz – aseveró–, serás víctima de intereses ideológicos. –Empezó a reír.

Lo miré, después cerré los ojos. ¿Qué intereses ideológicos? ¿De qué hablaba? Si tan sólo mi experiencia con la política no hubiera sido esa pinche clase en prepa, en la que me dediqué a escribir poemas mientras el Sr. Johnson balbuceaba monótonamente sobre fechas de guerras y diatribaba contra madres solteras. Toda la exposición que había tenido a la política se limitaba a una pila de Ms. Magazines amontonadas en nuestro baño, montones que señalaban las diferencias entre mi madre y las señoras Anderson y Ostfield. Yo sabía esto con sólo ver las portadas, sin la necesidad de abrir un solo ejemplar. Que Uli pudiera tener la razón, al final me inyectaba emoción, una emoción que convivía incómodamente con el placer de admirar su modo de pensar y las cosas de las que se daba cuenta. Y, sin embargo, había algo que aún no tomaba en cuenta, porque estoy segura de que, al final, no puede estar del todo mal querer ser feliz. Pero no podía armarme de valor para decírselo.

—¿De verdad te parece tan terrible ver una película por el mero placer de verla? –le pregunté. Comenzó a reír.

—¡Ah! Arte por el arte mismo. Dime si le atiné –descansó su mano sobre mi pierna–. Lo que más te interesa, entonces, es el placer.

Con su mano sobre mi pierna ya no pude seguir pensando. Me encabronó darme cuenta de que su insulto me hiciera desearlo más. Pero sí lo deseaba. Quería sus labios, quería su cuerpo, quería sus conocimientos. Mi mundo giraba alrededor de la idea del placer y, de repente –¿habrá sido para burlarse de mí?–, sacó una manzana de su mochila.

*

Uli comía manzanas al por mayor. Había muchísimas cosas que no podía comer porque había tenido hepatitis el año anterior y las grasas no eran benéficas para su hígado. Es difícil evitar las grasas en Vermont. Sólo habían tres opciones: aros de cebolla y carne asada en la Vermont Steak House, el General Tso en El dragón dorado o crepas y queso en la Brasserie francesa. Todo mundo iba a ésta última: Shane (el sacerdote y profesor de latín), y Hubert y Helga (corpulentos y serios autores de nuestro libro de Alemán I). Yo siempre pedía Brie horneado; Uli, una crepa de jamón y espárragos.

—Que la hagan con la menor cantidad de grasa posible –le dijo a la mesera la primera vez.

—Pero la crepa va rellena con una crema especial –le informó la mesera.

—Haga la crepa con la menor cantidad de grasa posible –insistió con confianza.

Cuando estábamos en público, yo hablaba sobre el vino y el clima, y sobre cualquier cosa que pudiera decir con mi, aunque mínimo, recién adquirido alemán, hasta que pudiéramos hablar inglés en privado.

Estábamos en mi auto naranja, que estaba estacionado.

—Puedes preguntarme lo que sea –dijo Uli.

Comencé a cuestionarme qué sería lo que él me querría preguntar. Yo estaba en el asiento del copiloto. Volteó a verme. Observé su brazo mientras él jugaba con la radio: era delgadito pero musculoso, de alguna forma bronceado, a pesar de que siempre vestía chamarra de cuero. Apagó la radio. Demasiada estática.

—Cuéntame del tiempo que pasaste en Brasil –le dije.

—Pasé tres años en Brasil –respondió–, ¿qué puedo contarte de ello?

—¿Salías con alguien allá? –pregunté.

—¿Sabes?, el mundo no sólo es personal.

—Claro que sí, lo personal es también lo político.

—Si eso fuera cierto, significaría, precisamente, que nada es personal en absoluto.

—Como quieras –le dije mientras le daba vueltas a mi cabello con mi dedo, defendiéndome con mi lindeza.

Sabía que tenía la razón. La política no tenía ningún sentido si no significaba algo específico en la vida de alguna persona, para la experiencia de alguna persona. Probablemente usé las palabras incorrectas. Llegaron a mi mente como una cantaleta que asocié no con un significado, sino con cierto de persona, un activista, quizá; el tipo de persona que yo creí que él respetaría. Pero no quería comenzar una pelea: al fin estábamos solos en la oscuridad.

—Brasil es un país muy pobre –comenzó.

No quería escuchar una clase sobre niveles de pobreza, demografía, índices criminales. De hecho, no quería escuchar ningún tipo de dato. Quería historias, de ésas que quedan soslayadas y dilapidadas entre datos. En ese momento, yo quería una historia específica: la de la mujer cuya influencia sobre él aún era palpable.

—¿Quién era tu novia? –interrumpí.

—¿En Brasil?

—Ajá.

—María.

—¿Ahí fue donde te dio hepatitis?

—¿Te refieres a Brasil? –Asentí.

—¿Cómo te dio? –me preguntaba si la hepatitis era una ETS, pero es mejor no hacer ese tipo de preguntas.

—No sé. Me pudo haber dado por cualquier cosa, en cualquier lugar. Casi muero por eso, tú sabes… Ahora soy más cuidadoso.

Deliberadamente volteó a verme, como si estuviera decidiendo. Yo estaba usando una camiseta con escote, una falda corta y botas vaqueras de color rojo, pero creo que ni se daba cuenta de ello.

En efecto, era bastante cuidadoso conmigo. A veces entraba a mi cuarto para decir buenas noches. Se acercaba a mi cama (enfundada con sábanas Perry Ellis con estampado de cebra), besaba mi mejilla y salía sin ninguna señal de vacilación. ¿En verdad venía a darme las buenas noches y desear que tuviera sueños lindos? Estaba acostumbrada a captar la atención de los hombres. ¿Acaso no había atracción entre nosotros? Me escogió de entre la multitud y me bañó con toda la atención del mundo, so pretexto de poderme rechazar seductiva y coquetamente. Quizá no sabía lo que quería. Yo sí sabía. Lo miré y lo quise. Así de sencillo. Obvio. Forzado. Quería tocarlo, pero no hice nada.

—¿Cómo eras antes de irte? –le pregunté.

Supongo que le pregunté eso porque podía notar que Brasil había marcado algún cambio importante en él, le había dado una suerte de reglas nuevas para su vida. Lo que sea que le había pasado estaba influyendo en sus decisiones ahora. No estoy segura cómo lo supe, pero lo sabía. La verdadera pregunta que quería hacerle, sin embargo, era por qué quería que yo le hiciera preguntas. ¿Acaso quería jugar un juego en el que él tenía las respuestas y yo tenía que buscarlas? Me estaba dando carta blanca para preguntar lo que fuera. Pero «lo que fuera» sólo podía significar sexo, porque ésa es la única cosa para la que tienes que pedir permiso para preguntar sobre ella («Disculpa, Uli, pero me gustaría preguntarte sobre la población brasileña». «Espero no excederme, Uli, pero me gustaría preguntarte sobre el estado actual del cine brasileño». «Espero no ser muy entrometida, pero ¿tienes hermanas o hermanos?») ¿Qué más podía ser? ¿Y si estaba tan interesado en responder mis preguntas, por qué no tenía ninguna para mí? Parecía suponer que no había demasiado que saber sobre mí, las especificidades de mis deseos, mi gama de experiencia a los dieciocho años.

¿De verdad no había nada interesante sobre crecer en medio de una cultura suburbana con mi mamá? ¿O sobre pretender (si eras hombre) que en todo lo que pensabas era futbol americano y sexo, y pretender (si eras mujer) que en todo lo que pensabas era en chicos jugando futbol americano, nunca sobre sexo, y por supuesto que jamás sobre libros y Europa y todas las cosas que me interesaban porque quería huir? Quería huir a pesar de que me gustaba el edificio de ladrillos rojos donde vivía con mi mamá y mi hermana, rodeado por una vasta cantidad de edificios de ladrillos rojos. Quería huir por la existencia misma de clubes armados en los garajes, donde los jóvenes se manoseaban en la oscuridad y se pasaban botellas de Jack Daniels, y los tipos hablaban sobre cómo habían manoseado y las mujeres hablaban sobre cómo no había pasado de un fajecito. Pero tuve la oportunidad de echar un vistazo a lo que era escapar de los suburbios, porque siempre conté con Squirrel Hill, una comunidad judía en la ciudad, donde mi padre vivía y donde se suponía que a los chicos les gustaba el sexo y donde todo mundo se escondía detrás de cigarrillos JCC envueltos en papel de fresa. Era una comunidad en la que nadie notaba lo rara que era la casa de papá, aunque estaba llena de libros, colecciones de botellas de viejos boticarios y arañas conservadas en botes. Uli tampoco sabía de eso. No sabía del campamento en una frondosa y retacada de mosquitos Virginia del Oeste, donde pasé mis veranos escapando en las noches para nadar en el lago, el lugar donde íbamos a misa, debajo de los árboles. O que había encontrado una manera para no ser molestada por los tipo que pasaban el rato en las rampas, siendo tipos. Pero después fui a la universidad y descubrí la verdadera limitación de mi burbuja; cómo incluso mi recién estrenada ventana a una comunidad citadina y un paraíso rural estaba limitada. Uli no sabía nada de eso. Y en vez de preguntar, en vez de responder las preguntas que me hubiera gustado hacerle, respondió la única que escuchó. Fue mi culpa, por supuesto. De todas las cosas que pude haberle preguntado, se me ocurrió una pregunta tan vaga que carecía de sentido:

—¿Cómo eras antes de ser cuidadoso?

Ulí respondió, cabello güero en cara, con esas líneas que desde sus labios trazan una sonrisa a medias perpetua:

—Era descuidado, pero después de enfermarme decidí que sólo buscaría cosas que fueran necesarias.

Había cigarras afuera y se podía sentir la humedad en el aire. Ahí, en la oscuridad, con música de insectos e imágenes un tanto exóticas de fondo, una mujer brasileña pobre, de quien he tratado de bloquear sus características, cuyas sus experiencias en la vida real sólo podría empezar a imaginar. Cruzando el asiento, busqué su mano y la tomé entre la otra. Era demasiado aburrida, lo sabía. Mi pasión no tenía adónde ir. Básicamente, era profana. Aún así, lo deseaba en un grado ya doloroso, así que me agaché y besé su mano con ansias suprimidas, un pequeño, adolescente ofrecimiento. Tocó mi cara, nos miramos mutuamente. Dijo:

—No sé si esto es necesario.

*

Una noche me preguntó si quería manejar por Vermont con él, el fin de semana. Deseosa de estar con él, no anticipé que los pastizales de las granjas y el morado de las montañas en el fondo resaltarían el silencio.

—Escuché alguna vez que hay un montón de hotelitos campestres por ahí –le dije mientras hojeaba un libro de viajes. –Lo iba a dejar manejar.

—¡Por favor, nada de encantos del viejo mundo! ¡Cualquier cosa, excepto eso! Demasiado alemán. Vine a Estados Unidos por una razón. Hay que buscar un motel con televisión.

Yo quería decirle que los cuartos de motel era donde los chicos suburbanos iban a beber cuando el frío del invierno asediaba los bosques, que los hotelitos eran más íntimos, que tenían más personalidad, eran menos genéricos. Los moteles eran los lugares donde los jóvenes perdían su virginidad en la noche de graduación, donde yo había perdido mi virginidad en la noche de graduación. Por vez primera me dí cuenta que lo que yo consideraba sexy –una chimenea, un grabado antiguo en la pared, techos de madera y un restaurante anticuado– era, por el contrario, algo familiar. Yo pensaba que era sexy porque era diferente de los moteles en los que, con muy poquito dinero, un adolescente podía escabullirse en cualquier momento. Un hotelito era para adultos porque uno no se escabullía para llegar, porque si se te permitía ir, obviamente para tener sexo (y uno sólo iba ahí si se le permitía), eras adulto, sofisticado. Yo era tan in-adulta que el simple hecho de tener sexo era algo atrevido para mí, nada ordinario. Era tan in-adulta que no estaba buscando transgredir: fantaseaba sobre tener el permiso. Miré por la ventana. El paisaje era bellísimo: la forma en la que el camino curveaba y caía, los graneros rojos y las granjas viejas y gigantescas, el puente cubierto más adelante que nos hizo bajar la velocidad, y después todo el espacio que le seguía, colores exiguos, un cielo azul. Pensé que sería perfecto escuchar a Dylan. Probablemente él odiaba a Dylan. Demasiado folclórico. Probablemente él odiaba la música clásica. Demasiado alemana. Divagué sobre si le gustaba el punk, lo que hubiera obliterado por completo la belleza del paisaje. ¿Estaba muy viejo para el punk? Se estaba deteniendo en una gasolinera.

—Voy por una coca –le dije, y me dirigí hacia la tiendita.

Sentí sus ojos sobre mí mientras caminaba y me pregunté qué había visto. Era diminuta. Mi cabello castaño caía en ondas sobre mi espalda. Vestía negro, botas de motociclista y un vestido azul, delicado, escogido con precisión en el estante de una tienda de segunda mano. Me sentía culpable por comprar ahí, porque tal vez había gente pobre que lo necesitara más, pero todos lo hacíamos de cualquier manera, pues éramos estudiantes y tampoco teníamos dinero. Las botas fueron las sobras de mi relación con Matthew. Cuando andaba con él, sólo vestía de negro, tal como él lo hacía. Me vestía para él. Fue a Matthew a quien yo amaba cuando Joanie me decía que los adolescentes no se podían enamorar en realidad. Joanie, la que se había operado la nariz y se había pintado rayitos en el pelo, la que trabajaba en la tienda de mis abuelos mientras hablaba de zapatos Charles Jordan y porcelana inglesa. Yo sentía deseos como los de ella, tal vez superiores a los de ella. Quería todo con él, aún sin saber qué significaba todo. Deseaba desde lo etéreo, y ésa era la diferencia. Y tal vez, tampoco había nada sórdido en mi amor para hacerlo realidad, esa palabra que la gente mayor mostraba con ostentación como si fuera una medallota. La siguiente novia de Matthew usaba vestidos floreados. Fue una revelación. Todo ese tiempo pude haber usado vestidos también.

—Unos Camel, por favor –pedí mientras empujaba dos cocas hacia la caja. Miré al hombre que me observaba con cuidado.

—Tienes unos ojos bellísimos –me dijo.

—Gracias.

Me ruboricé, a pesar de lo que pensaba. Por un momento –aunque demasiado corto– alguien estuvo generosamente interesado en mí. Fue demasiado estúpido y patético. Me sentí mejor porque le había gustado la forma en que me veía, y al mismo tiempo me sentía peor por no estar segura de si a Uli le había gustado lo suficiente la forma en que me veía. Lo peor fue que como él supuso que yo no tenía nada particularmente interesante que decir, de pronto yo también lo creí.

Uli recargó su figura delgada sobre el auto.

—Te ganaste una coca –le dije. Él pareció estar contento.

Poco después estaba manejando a la entrada de un motel. Caminamos a la recepción.

—¿Tiene cuartos disponibles? –preguntó.

Yo estuve ahí parada, tratando de lucir lo suficientemente adulta como para entrar a un motel con un tipo (me puse un poco de lápiz labial en el auto –Blonde Venus–, lápiz labial de farmacia, pero sirvió para el momento).

Mientras lo miraba, la señorita de la recepción hojeaba un libro.

—Tenemos dos cuartos. Un cuarto pequeño con una king-size, y un cuarto un poco más grande con dos queen.

Nos miró. Mi corazón se detuvo. Él iba a decidir así, sin más, enfrente de una extraña, sin dejarlo al azar, si dormiríamos juntos o si habría la opción de dormir solos. Me miró y sonrió.

—Entre más grande, mejor, ¿no?

(¿Se refirió a una cama más grande o a un cuarto más grande?  ¿Era una forma de decir que no le gustaba tanto por estar chiquita? ¿Y cómo debía tomar sus burlas hacia América –disculpe, Estados Unidos de América? ¿Era mi arrogancia americana la que me hacía llamarle América?)

—No –le respondí, sin saber las consecuencias–. Más grande no es mejor. No es necesariamente mejor, digo.

—Nos quedamos con la más grande –dijo.

La señorita no tuvo problemas para entender a qué se refería. Encontramos el cuarto, el 116, al final del motel verde limón, bordeado por arcilla. Tenía una alfombra café, áspera, un cobertor con estampado de flores y una pintura de un bote. En general, pues, era una mala imitación de un hotelito campestre. Tenía una televisión gigante que hizo a Uli muy feliz. Brincó a la cama que estaba más cerca de la tele, control remoto en mano. Me subí también y prendí un cigarro.

—Me voy a bañar –le anuncié.

—Un baño suena perfecto –dijo.

(¿Estaba siendo conflictivo o simplemente  asoció la palabra bañar con tina?)

—Yo ya no me puedo bañar en tinas.

Las palabras huyeron de mi boca. Fue la primera oración espontánea en horas. Eso le interesó.

—¿Por qué no?

—No sé, me relajan demasiado.

—No seas ridícula. Es bueno estar relajado.

—No, me refiero a que me inhabilita. Cuando era una niña, un día un niño fue a mi casa para jugar pero, cuando llegó, mi hermana estaba afuera con su bici nueva y al niño le fascinó, entonces ya no quiso jugar conmigo. Estaba tan celosa y enojada por su distracción que cuando entré a la casa estaba llorando sin poderme controlar. Mi mamá corrió a verme, se puso en cuclillas y trató de calmarme. Me acercó a ella y frotó mi espalda. No funcionó y, aunque quería, no pude dejar de llorar. Así que me preparó un baño con agua caliente en la tina y me metió. Se sentó junto a mí y el agua lo logró: dejé de llorar, me tranquilicé por completo, así, en automático, como si me hubiera drogado. Floté ahí, nada más, pero sin tranquilidad, solamente me dejó de importar, todo… Así que ahora tengo una total aversión hacia los baños en tina. Tienen demasiado poder.

Fumé una bocanada del cigarro y sentí el humo en los entresijos más profundos de mi cuerpo. Miré a Uli. Se veía entretenido. Extendió su mano para fumar de mi cigarro.

—Suena como a una auto-alienación clásica de la clase media –dijo Uli, como si entregara un diagnóstico sombrío.

¿Estaba bromeando? Pensé que no.

—«All and all it’s just another brick in the wall» –canté de manera casi inaudible.

—Mi amiga neurótica de Nueva York –dijo sacudiendo su cabeza con cariño.

Me bañé. Agaché la cabeza y la envolví con una toalla para que el agua de mi cabello no escurriera sobre mi cuerpo. Podía escuchar la televisión en el otro cuarto, y me pregunté si Uli notaría que estaba desnuda. Al abrir la puerta, vi un flashazo, y Uli, con cámara en mano, estaba sentado en la cama, riendo. Me iba a poseer en abstracto.

Milagro de milagros, dejó que las cosas pasaran esa noche. Fue maravilloso poder besarlo, trazar la forma de sus labios, sus brazos, sus piernas. Había esperado demasiado tiempo. Recorrí su suave pecho con mis manos; tenía tan poco parecido al de un hombre maduro que me hizo sonreír. Mi confianza regresaba, lentamente. Pude expresar con mi cuerpo todo lo que no podía decir con mis labios. Balanceaba mi peso sobre él y mi cabello cubrió mi rostro.

Dijo algo que explotó en mí súbitamente, sólo identificable por el cráter que dejó. Algo así:

—¿No se supone que los judíos son las personas más sensuales?

¿Y luego, qué podía hacer? Desenvolví toda mi sensualidad, y no sentí nada.

Pudo haberlo dicho lo que dijo por mera curiosidad, hablando en voz alta, como si tratara de decidir si valía la pena. O tal vez lo dijo como un hecho, en una suerte de decepción retroactiva. ¿Y cómo se supone que pueda cumplir con sus expectativas (sin mencionar que eran míticas), mientras intentaba con devoción estar a la altura? O tal vez no se dio cuenta que no era mi momento más sensual, porque el mito dosificaba la sensualidad y yo era un simple vehículo para ella. O tal vez él nunca supo que yo era judía. Tal vez, por casualidad, eso nunca fue descubierto. No recuerdo haberle dicho. ¿Acaso ignoraba la cosa específica que le dio estructura a nuestra relación? ¿Habré dicho algo que le hizo notarlo? ¿No estaba llevando a cabo circo y maroma para demostrarle que no lo culpaba? ¿No estaba aprendiendo su idioma, practicando la producción de sonidos alemanes, presionando mi lengua con el paladar para hacer la ch suave hacia la parte trasera de mis dientes para obtener un lindo y distintivo siseo? ¿No probaba eso que no culpaba a los hijos por los crímenes de los padres? Yo pertenecía a la gente diezmada por su gente. Así de penoso e incómodo lo sentí. Pero era más que eso. Era algo inefable.

Si nunca le dije que era judía, si nunca lo adivinó, entonces ésas no eran sus palabras, sino un producto de mi invención, fabricado para explicar la frialdad entre nosotros. Si nunca lo supo, algo más debió haber dejado el cráter.

*

Durante el desayuno, la hostess nos dirigió a una mesa bien iluminada pegada a una ventana. Una hormiga caminaba por el marco. La mesa estaba cubierta por un mantel de algodón cuadriculado, el tipo de mantel que me hubiera encantado. Yo fumé.

—Dime algo –dijo Uli. Lo estaba intentando, he de admitir.

—¿Qué debería decirte?

Me hubiera gustado hablar con él, mucho, muchísimo, de verdad, si tan sólo me hubiera hecho una pregunta de verdad, si tan sólo hubiera sido directo.

—Dime algo interesante.

Busqué algo interesante. Pero, ¿qué le puede interesar a un hombre como él, un hombre en sus treintas que ha viajado por todo el mundo, que sabía de filosofía, que hacía películas…? ¿De qué hablaba, por lo general, con mis amigos? Los motivos de las personas, de psicología. Él desconfiaba de la psicología; además, no conocíamos a las mismas personas. Debería haber más cosas de las que hablaba con mis amigos. Lo terrible de la administración de Reagan (tal vez, en este punto podríamos estar de acuerdo), o alguna exposición interesante (Cy Twombly, Jean-Michel Basquiat), o la opinión que nos merecía el baile de Twyla Tharp, o algo sobre el divorcio de nuestros padres… No, no había nada, nada que pudiera decirle (no puedes decir Reagan sin calar terreno, «Ey, sabes, odio a Reagan y todo lo que apoya». ¡Demasiado obvio!) Y ahí estaba, sin poder recordar ni una sola cosa interesante. ¿De qué hablaba con él María de Brasil? ¿El precio de la carne de puerco? Tenía también el quehacer diario. Así que traté de imaginar algo poco interesante, pensando que con eso sería suficiente. El tiempo corría, pero no se me ocurría nada.

—Está bien, voy a leer –abrió el periódico.

Como ya era muy tarde, pensamientos llegaron a mi mente: la mesera usaba un vestido que se veía como esos vestidos comprados en tiendas de segunda mano que vestíamos con una mezcla de necesidad e ironía –ironía que, en ocasiones, rayaba en crueldad, aunque siempre inofensiva–. Miraba a las personas mayores en la esquina, que me hicieron pensar que sería magnífico desayunar con mis abuelos, pero ellos sólo eran felices si desayunaban en Nueva Jersey, donde podían comer bollos de Parnisse con huevo y donde los bagels de agua siempre estaban buenos y donde el salmón ahumado se cortaba a mano; sólo podían ser felices si se conjuntaban todos esos rituales que reemplazaban a los que habían perdido en el pasar de la vida. Si hubieran llegado unos minutos antes, los hubiera rechazado también, como la nieta sencilla, privilegiada, bien ponderada, llena de anécdotas familiares; una judía brillante que, con desesperación, quería conocer algo más del mundo, pero quien, hasta el momento, todavía no lo había logrado.

Después de esa noche me fue todavía más difícil hablar con Uli. Nos dejamos de ver. De vez en vez, mientras yo hacía algo, él se aparecía de repente para preguntarme si quería ver una película, pero cuando estábamos en la oscuridad, él no hacía nada. No me tocaba. Nada. Y pensé que eso se había acabado. «Lo que responde al nombre de amor es el destierro», solía decir. Tal vez sí le importaba un poco. Si tan sólo pudiera recordar el contexto. Siempre decía cosas por el estilo, cosas elusivas. «Seguiremos en contacto», dijo. Yo no le creí.

Pasaron los meses. ¿Cuál habría sido el punto, si no hubiera quedado más que los sentimientos de añoranza, vergüenza y, de cuando en cuando, indignación; sentimientos sin objeto, dirección, o uso; sentimientos que se interponían entre cualquier nueva esperanza que pudiera tener y yo?  Dos meses de silencio. Dos años pasaron. ¿De verdad pasó, aunque no lo conservemos?

*

Estaba viviendo en Berlín, trabajando en un bar con show de cabaret. Era 1989. El muro había caído. Mi alemán era correcto. Vivía con Raúl, mi novio germano-cubano, y me sentía bien, fuerte, lo suficientemente fuerte como para buscar, entre mis contactos, el teléfono de Uli en Hamburgo. Le hablé porque no podía dejarlo desaparecer por completo. Le hablé porque… No sé por qué, supongo. Solamente lo llamé.

En el tren a Hamburgo compartí mi vagón con una familia italiana. El camino se me hizo corto entre dibujitos de monstruos y las canciones de la artista pop de moda, favorita del niño de doce años—«total geil!», decía en intervalos irregulares, rebosando de entusiasmo y sin rastro de pena («¡está buenísima!»). Desempacamos los sándwiches de panes con mantequilla y salami sazonado, y sacudimos las migajas de vuelta a la bolsa mientras yo respondía preguntas sobre Estados Unidos. Estaba tranquila, inusitadamente serena, por lo que sea que fuera eso que había entre Uli y yo. Ya no lo necesitaba para que me enseñara sobre Europa y, sin lugar a dudas, ya no lo amaba. Pero estaba esperando que, en ausencia de necesidad, algo pasara.

Y, de pronto, todo estaba pasando. Desde que nos saludamos en la estación de tren, hasta el viaje en auto, hasta mi llegada a su departamento, todo se desenvolvió de manera sedosa. Le hablé (ahora en Alemán) sobre mi experiencia en Berlín, y sobre lo que estaba haciendo (mesereando; Raúl), y las clases que más me habían gustado (Nietzsche, Escultura), y que todo me había parecido muy sencillo, tal como lo había esperado. Era notoriamente más madura. Me senté en su sillón, dándole unos traguitos a un Milchkaffe servido en un tazón amarillo decorado con un vidriado que lo hacía parecerse a los que tenía mi madre en Provence. En realidad es gracioso que Uli tuviera un tazón de ésos: era demasiado femenino. Hubiera esperado algo con menor especificidad estética, la taza de un cafecito local o algo así. Los hombres que había conocido sólo echaban cosas al azar, improvisando. Pero, de nuevo, los hombres que había conocido también tenían veinte años. Tal vez cuando tuvieran la edad de Uli tendrían la suficiente confianza en sí mismos como para comprar tazones con vidriado provenzal.

Miré alrededor del departamento, a las paredes con plastas blancas, la planta que colgaba de la ventana –a la que no le hubiera caído mal una regada, porque las orillas de sus hojas tenían ya un tono café–, a la televisión y al estéreo. La puerta de su estudio estaba abierta, dejando entrever un escritorio blanco adornado con una máquina de escribir; la silla negra que lo acompañaba lo hacía ver algo moderno. La cocina tenía un descanso para desayunar, una mesa de madera con una pieza de mármol encima (parecía algo que se había encontrado en algún lugar, ya que apenitas y se acercaba al tamaño correcto), un estante para revistas, una pequeña tele en blanco y negro encima de la mesa, y una fotografía en la pared de una mujer de tez un tanto oscura, con pómulos saltones y cejas gruesas que enmarcaban un par de ojos grandes, remarcados con delineador. Me detuve enfrente de la fotografía de la mujer, quien estaba sentada y usaba un suéter con cinturón que dejaba avistar una figura con proporciones de Barbie; estaba obliterada. Miré la foto y vi lo diferente que éramos: mi cuerpo parecía el de una niña comparado con el de ella. La única similitud era que ninguna de nosotras era alemana. Y de repente tuvo sentido por qué se había tomado la molestia con esta niña joven, americana, que apenas sabía hablar. En teoría, yo era para él tan exótica como ella lo había sido, y tan destrozada por el ocaso de la historia también. Ella venía de un país pobre; ella cumplía con el rol de la explotada. Y yo era algo que nunca mencionamos, algo sin nombre. Él me llamaba su amiga neurótica de Nueva York, sólo que yo no era de Nueva York; eso fue de su invención.

Uli volteó hacia mí.

—Estaba pensando que podríamos escuchar un poco de música esta noche. ¿Te gusta la música alternativa?

—Claro –dije tan casual como pude, sin tener la menor idea de lo que era la música alternativa.

—Podemos calentar esta comida persa, ver las noticias y después nos iremos –me dijo–. Mi amigo Klaus nos va a ver allá. Es profesor de filosofía. Te va a caer bien.

Así, Uli calentaba mi comida y yo miraba, supuestamente, las noticias, pero en realidad prendía un cigarro y me preguntaba si el amigo era una suerte de protección, o si ya tenía planes con él. Me preguntaba qué es lo que pensaba de mí, qué le había dicho a su amigo. Me preguntaba dónde dormiría esa noche y cuánto tiempo tendría que ser sociable ante de que terminara el fin de semana y pudiera regresar a Berlín con Raúl. En la tele había un panel de discusión. Yo caché una que otra palabra al azar, aquí y allá, noté gesticulaciones. Noté que todo mundo se veía grande y blanco, así como Uli, quien era tan sexy que incluso parecía injusto (¿por o a pesar de su grandura y blancura?) con las líneas trazadas por su sonrisa y su ceja abundante.

—¿Qué opinas de la situación? –preguntó apuntando hacia la tele.

¿La situación? No había escuchado nada. Todo ese tiempo había pensado que si el muro podía caer, si el mundo podía cambiar drásticamente en dos años, yo también podía haber cambiado. Me miró esperando una respuesta. Durante ese segundo él había imaginado que yo era, por lo menos, una amiga amable, una persona amable, el tipo de persona a la que podría hablarle sobre las cosas que le interesaban, las cosas que deben interesarle a las personas pensantes. Estaba en lo correcto, pero hubiera presumido que estaba equivocado. Si hubiera estado en Berlín, con mis amigos, por supuesto que hubiera puesto más atención a lo que decían en las noticias, me hubiera concentrado, porque por mejor que fuera mi alemán en ese momento, ver las noticias requería algo de esfuerzo, algo de concentración. Pero mi concentración todavía estaba, de nuevo, en todo menos las cosas que nos hubieran acercado: estaba en él y en mí, en su ropa, el mismo uniforme de jeans deslavados, camiseta y chamarra de cuero; estaba en sus manos, en su sillón y en la fotografía de la pared.

—No hubiera… no estaba escuchando, Uli; estaba pensando en algo más –pude escuchar la falta de convicción en mis propias palabras–. Pero puedo ver las noticias contigo.

Traducción de Raúl Bravo Aduna

__________

Dawn Marlan es doctora en Literatura comparada por la Universidad de Chicago. Ha publicado ensayos y reseñas sobre literatura, cine y arte en publicaciones que van desde el PMLA hasta el Chicago Tribune. Actualmente es profesora de los departamentos de Literatura comparada y Estudios germánicos en la Universidad de Oregón. Su primera novela, The Passings, está siendo representada por la agencia literaria Jennifer Lyons en Nueva York.

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—No hubiera… no estaba escuchando, Uli; estaba pensando en algo más –pude escuchar la falta de convicción en mis propias palabras–. Pero puedo ver las noticias contigo.

Traducción de Raúl Bravo Aduna

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Dawn Marlan es doctora en Literatura comparada por la Universidad de Chicago. Ha publicado ensayos y reseñas sobre literatura, cine y arte en publicaciones que van desde el PMLA hasta el Chicago Tribune. Actualmente es profesora de los departamentos de Literatura comparada y Estudios germánicos en la Universidad de Oregón. Su primera novela, The Passings, está siendo representada por la agencia literaria Jennifer Lyons en Nueva York.

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