Voladores

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 Edgar Adrián Mora

 

 

Hubo un gran combate en los cielos. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar en el Cielo para ellos. Y fue arrojado el Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

 

Apocalipsis 12:7-9

 

Desperté muy temprano y no lo encontré. Habíamos estado en el cuarto del hotel tomando cerveza y viendo la repetición de un partido de futbol. Lo vimos en el canal de la competencia. En nuestra empresa comentan sólo ignorantes y arribistas (eso no lo ponga, que si se enteran allá arriba me corren). Pues total que vimos el partido y después comenzó un programa sobre hombres fuertes que jalan vagones de tren y levantan troncos a peso vivo. El caso es que de repente me dormí. Así nada más. No recuerdo ni en qué momento fue. Cuando desperté, Nibardo había desaparecido. Bueno, no desaparecido. Nomás no estaba en la cama. Dije su nombre en voz alta para ver si me contestaba, pero nada. Pensé que había salido a comprar cigarros o algo, ¿no? Me volví a dormir. Y hasta ahorita no ha aparecido. Hoy en la mañana no llegó a desayunar, ni tomó en cuenta el plan de grabación. Estamos haciendo un reportaje para el programa de los viajes, ése donde sale la güerita que habla con la gente y explica la historia de los lugares que grabamos, ¿no? Pues bueno, ella llegaba hasta mañana porque primero teníamos que grabar el stock del programa, y ya luego ella viene y lee los guiones que el Nibardo le prepara. Es bueno para escribir y para leer. No la chamaca sino mi compa. Produce todo. Y ahora no aparece. Yo sólo cargo la cámara, armo el tripié y voy por los mandados. Hablé a la empresa y allá me dijeron que viniera con ustedes. Que levantara un acta y que mañana mandan a alguien a investigar qué pasó. Que no me mueva de aquí. Yo les hago caso, ¿pero y si nunca vienen por mí?, ¿qué voy a hacer?

 

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Desde los seis años se sube al palo. Se amarra con los brazos y con los pies al tronco de ocote que después de un rato se comienza a mover de un lado para otro, como si le dieran cosquillas los pies que lo recorren. Hoy es su primer día como oficiante, en el mero atrio de la iglesia de Cuetzalan y en honor al señor san Francisco, “el varón que tiene corazón de lis, alma de querube, lengua celestial”, como recita el sacerdote cada vez que alguien le pregunta quién había sido el santo.

Casi nadie sabe, pero en realidad la fiesta siempre es en honor de san Miguel Arcángel. La iglesia es la de san Francisco, pero el patrón de los voladores es san Miguel. Cuando los conquistadores españoles llegaron a las tierras altas del Totonacapan, construyeron el templo de san Francisco porque los primeros sacerdotes que arribaron pertenecían a la orden franciscana. Pusieron las imágenes de san Francisco de Asís y del Arcángel. La primera por el patronazgo, la segunda por aquello de derrotar al demonio. Los españoles le temían como nadie al demonio. Los indios reconocieron algo en aquellas imágenes. Los primeros años hablaban en secreto entre ellos y señalaban su capa roja y su espada ardiente; se hicieron devotos de la imagen. Los padres temieron que San Francisco se enojara porque le habían robado el culto. Le temen al demonio, pero también a la venganza de sus misericordiosos patrones. Y escondieron la imagen del capitán de las huestes de Dios. Los indios se enojaron y abandonaron la iglesia. Construyeron una propia kilómetros abajo de Cuetzalan. En medio de la selva surgió la primera iglesia no fundada por padres cristianos, sino por los propios indios para adorar al destructor de serpientes y demonios. Ahí fue el primer lugar donde los indios enterraron el palo de ocote. Ahí, la primera vez que danzaron, cantaron y volaron para el señor san Miguel. Sin embargo, los voladores vivían aquí desde antes, desde que Tajín, Yohualichan y Xiutetelco eran las ciudades que conocían el ritual del Señor de los cielos, del volador primero, del acribillado por las armas de los hijos del diablo, los mexicas-chichimecas que casi exterminan al pueblo totonaco. Pero de eso ya hace mucho tiempo. El debutante sigue su camino hacia el extremo del palo, hasta la cruceta, concentrado en profundidad.

Los asesinos se han perdido. La serpiente se los ha llevado. Al fondo de la tierra y no al cielo. A morar con los espíritus de oscuridad. Nosotros sobrevivimos. Porque nuestra fe nos salva. Porque entendimos lo que nadie más ha podido comprender. Que, en verdad, los dioses no moran en la tierra ni vienen del mar. Los dioses están en el cielo. Siempre han estado ahí. Desde arriba observan a sus hijos. A los que quieren volar como ellos. Los agradecidos. Los que vivirán para siempre.

Kin puchinakán pusltikú… Padres nuestros…  Ustedes que bajaron del cielo y nos dieron la palabra y el fuego. Que incendiaron el cielo y nos mostraron la belleza y la vida. Señores del cielo. Adorados nuestros. Como el cielo se mantiene con su venia y voluntad, queremos hacerles ofrenda. Darles la sangre de nuestros enemigos. Los que buscan el secreto. Los que miran a través de los árboles y se roban lo más preciado, lo más hermoso, lo que nunca morirá. Les damos sangre y oramos por su próxima venida. Porque la muerte primera no sea sino la llave de la vida eterna. Kin puchinakán pusl… tikú

Arriba de la cruceta nuestros hermanos oran. Nuestros hermanos cantan. Nuestros hermanos vuelan, como los primeros, los que vinieron del cielo, los que giraban sin cesar, los de mil ojos fulgurantes, los silenciosos llenos de luz, los que se posaron sobre los ocotes y nos mostraron la forma de adorarlos.

Kin puchinakán pusl… tikú… Aquí está la sangre. Alimento de la tierra. Señal de fuego. Capa del señor san Miguel Arcángel, General de los cielos. Espada ardiente. Señor san Miguel, que llegó en silencio y nos salvó de la muerte. Allá en el principio de todo. Y años después volvió. Con san Francisco, patrón de animales, venía san Miguel, dominador de hombres y demonios. Toma nuestra humilde ofrenda, guerrero sin misericordia. Nuestro corazón es como éste. Tómalo. Acaba con nuestros enemigos, que son los tuyos también. Kin puchinakán pusl… tikú…

 

***

Dicen que es una zona de ovnis, que los platillos voladores se asoman a Cuetzalan por las noches de septiembre y alumbran los poblados con miles de relámpagos que enceguecen. Después sólo llueve. Los indios creen que es la respuesta a las plegarias a san Miguel y san Francisco. Tiene años que vengo a pasar el inicio del otoño acá, y aún no acabo de comprender cómo se creen todas esas cosas. Primero lo de los ovnis y luego lo de los santos. Pareciera que la civilización se quedó en otra parte. Es curioso. Me fascinan las historias. Y los dueños de las cantinas y de los hoteles tienen una imaginación gigantesca. Muchos hablan de lo que los abuelos decían y otros de lo que los indios les murmuran por los rincones de las cocinas y los zarzos. No faltan los tesoros escondidos, o las brujas voladoras, o la llorona cara de caballo que recorre las calles empedradas. Pero lo más interesante es la cuestión extraterrestre.

Los pobladores más antiguos, y mire que entre ellos hay gente instruida y con educación a cuestas, insisten en contar lo de los platillos voladores. Algunos tienen álbumes llenos de fotografías de luces extrañas en la noche. Una de las doctoras de la clínica municipal tiene un rebozo de bordados preciosos cuyo principal motivo es, créame o no, una nave espacial como la de las películas de antes. Se la dio una parturienta agradecida porque logró salvar la vida de ella y la de su hijita. El dueño del beneficio de café me mostró un video que hizo uno de los reporteros que vienen a hacer documentales sobre la reserva natural y las zonas arqueológicas. Y sí, se ve muy real; pero con todo el adelanto que hay de la tecnología actualmente, uno ya no sabe. Está el platillo, o la nave, usted sabe, encima del árbol más grande del monte, al lado de la carretera. «Mire, venga a la ventana. Ese árbol, el de la derecha. Pues ahí estaba suspendido el ovni. Después todo quedó a oscuras. Se fue la luz en el pueblo, y hasta al platillo se le apagaron las luces. ¿Vio el arbolito? Mañana ya no estará. Este año lo han escogido para ser el palo principal del ritual de los voladores.»

 

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La Voz de la Sierra (Cuetzalan del Progreso, 29 de septiembre): El cuerpo sin vida del camarógrafo de televisión Nibardo Chávez fue encontrado la mañana de ayer en el paraje conocido como Camino a Tzinacapan. El descubrimiento lo hizo un grupo de excursionistas que se dirigían a uno de los saltos de agua que hay en la región, a fin de realizar diversas maniobras de rappel, mismas que habían hecho sin mayores contratiempos durante los últimos días. Cuando bajaban por una de las veredas del monte, descubrieron, atravesado en uno de los tantos matorrales que existen en el bosque, el cuerpo desnudo y sin vida del trabajador de la empresa televisiva más importante del país.

Versiones de algunos de los excursionistas afirman que el cadáver se encontraba lleno de extraños símbolos hechos con algún objeto punzocortante y que, según dijo alguno, parecían figuras egipcias o signos antiguos. Coincidieron también en el hecho de que había sido despojado del corazón, ya que tenía un orificio más que evidente a la altura del pecho. Cuando les preguntamos acerca de la presencia de sangre, argumentaron que no había tal, que el cuerpo estaba inmaculado, como si lo hubiesen lavado, pero que se debería a la intensa lluvia que cayó sobre la localidad la noche de ayer.

La policía municipal, por su parte, ha dicho que los posibles motivos de la muerte estarían relacionados con un crimen pasional. Por mera precaución, han puesto bajo responsabilidad del juez local al ayudante de cámara del reportero. Éste afirma que no supo nada del hoy occiso durante todo el día anterior al descubrimiento del cuerpo y que ya había notificado la desaparición, ese mismo día, a sus jefes de la empresa en la que ambos laboraban.

Por la tarde se presentaron abogados de la televisora hasta los separos de la policía municipal. A los pocos momentos de entrar, salieron con el ayudante de cámara que mostraba signos de cansancio y angustia. Cuando el reportero de este diario intentó obtener algún comentario de los abogados, éstos se negaron rotundamente a decir algo al respecto. Se rumora que la popular presentadora Mónica Garzón se encuentra en el hotel La casa de Piedra de esta localidad. Se ha hablado de una posible relación sentimental entre ésta y el hoy occiso, pero no se ha podido confirmar nada.

 

***

Llegué hace diez años. Vine a buscar la paz y a salvar almas. Y me encontré con adoradores del demonio, con pecadores que todavía invocan a sus dioses antiguos, dioses de piedra y de madera. Si sólo fueran los indios, podría explicarse. Pero no. Muchas de las familias más antiguas están contagiadas por la ridícula superstición. «Los mensajeros del cielo existen», dicen los inconscientes. Y aun así, vienen a mi iglesia, se santiguan y oran con la hipocresía asomada en sus ojos… con las señales de la brujería en sus manos. Ya no puedo dormir con esos zumbidos alrededor de las torres de la iglesia, con las luces demoníacas que traspasan los vitrales del templo de nuestro Señor Jesucristo y de su siervo san Francisco. Un día de éstos me voy a ir. Largarme de aquí sin dar ninguna explicación… sólo irme adonde los rostros y las voces sean sólo un mal recuerdo, donde pueda morir en paz, donde pueda vivir sin saber que los ríos que corren por la sierra están manchados de sangre pagana, de sangre inocente, de sangre…

 

***

A Mónica no le importa –pensaba sin cesar–, no le importa que la quiera. No le importa que la busque. No le importa que, en muchos sentidos, sea lo único real que puedo concebir. Llegará mañana, me repetía. Mañana por fin la tendré en mis brazos y podré decirle todo lo que me he guardado estos días. Si tan sólo pudiera ofrecerle lo que se merece… pero es inútil. Frente a ella quedo desarmado, inerme. Ante sus ojos de lince cautivo, sus manos de agua cristalina, sus caderas de altar de sacrificios, como éste en el que estoy ahora.

No es buena idea salir a caminar en la madrugada. Los oí acercarse. Sus pies de pluma pisando las huellas invisibles que iba dejando sobre las piedras, como dos rayos de luna que bajaban reptando por las escaleras de la calle. Todo fue tan rápido. Sentí el olor agrio del sudor de uno, sólo por un instante. Después un resplandor y luego nada. Desperté a oscuras. Sólo oía voces en una lengua que desconocía. ¿Totonaco o náhuatl? Tenía algo sobre la cabeza y no pude ver nada. Me arrastraron sobre hierba, lodo y tierra, hasta llegar aquí, a estas piedras en la orilla del río. Seguían hablando de cosas que no entendí. Me quitaron la capucha, que no era más que un costal de manta vacío. Si no estuviera amarrado y amordazado, seguro habría llegado a un acuerdo con alguno de los que parecían dirigir el circo. Sentí frío, la piedra estaba mojada. Y de repente me quitaron la ropa. Trate de resistirme, pero mis ataduras me impidieron moverme o intentar alguna defensa. Uno de ellos trajo un punzón de los que usan para cosechar la mazorca del maíz. Afilado como aguja de coser. Lo calentó en el fuego hasta que el metal se puso rojo encendido, casi blanco. Después comenzó a pasarlo por mis brazos, mis piernas. Dibujó figuras en mi estómago, hizo un círculo a la altura del corazón. Todo lo veía, todo lo sentía. Incluso llegó a mi nariz el olor a carne chamuscada, a piel desollada, a vellos calcinados. El sacerdote, al menos eso parece, corta con un cuchillo que trae al cinto un puñado de mis cabellos. Los lanza al viento mientras repite unas palabras en la lengua que no consigo reconocer. Siento un calambre en una de mis piernas, trato de moverla, pero el cuerpo ha dejado de obedecerme. El sacerdote mantiene el cuchillo en alto mientras murmura palabras continuas con la boca entrecerrada. Sigue murmurando mientras un hilillo de baba y sangre de la lengua que me he mordido repetidamente comienza a reptar fuera de la comisura de mis labios. Mi cabeza cuelga de uno de los bordes de la piedra que oficia de altar. El sacerdote calla y los dedos se aprietan alrededor del mango del cuchillo. Me mira a los ojos y descarga el golpe. Siento cómo penetra el acero en mi pecho y enseguida se me cierra la garganta, el sacerdote descarga el cuchillo sobre mi cuerpo dos, tres, cuatro veces más. Después introduce su mano en mi pecho, mi pecho sangrante que se derrite hacia el agua de la corriente. Siento una descarga eléctrica en el estómago, mi garganta se relaja. Pasa el aire por última vez. Mi aliento se apaga. Lo último que veo es mi corazón sostenido en lo alto por el sacerdote. Después lo arroja hacia la corriente del río. El agua lo arrastra y, antes de que se hunda en el agua, golpea las piedras que encuentra a su paso. Yo sigo con los ojos abiertos. Pienso en Mónica y mis ojos comienzan a cerrarse. Una luz baja del cielo.

 

***

Aquí seguimos, estimados televidentes. Transmitiendo, desde la ciudad de Cuetzalan, en la Sierra Norte del Estado de Puebla, la ceremonia de los Voladores. A estos voladores se les conoce como «de Papantla», pero, en realidad, existen mucho más allá de la población veracruzana famosa por su producción de vainilla.

Podemos ver desde aquí cómo suben uno a uno los hombres responsables de este formidable espectáculo. Uno a uno ascienden por el tronco del árbol de ocote, la palabra proviene del náhuatl ocótl, que significa ‘pino’. Es un espectáculo formidable, como ustedes pueden observar, aquí en el atrio de la parroquia de san Francisco, entre estas calles empedradas y llenas de historia y misticismo. Uno de los voladores, el encargado de tocar la flauta y el tambor, se encuentra ya en la cima del tronco que comienza a moverse de un lado a otro. Acá abajo estamos con los nervios de punta.

Conviene recordar que la disposición de los voladores corresponde a la concepción de los cinco puntos cardinales que tenían los antiguos mexicanos y que compartían con los totonacos de estas regiones. Los cuatro puntos que conocemos todos como norte, sur, oriente y poniente, pero la concepción indígena añade el centro, que está representado por el hombre que al centro de la cruceta de madera toca los instrumentos que ya mencionamos. Los cuatro voladores representan también las cuatro estaciones del año. Cada volador da trece vueltas alrededor del palo; entre los cuatro, entonces, dan cincuenta y dos. Trece eran los meses del calendario maya, que regía en las zonas totonacas, y cincuenta y dos el número de semanas que contenía el año. El ritual se realizaba cada cincuenta y dos años, es decir, cada cambio de siglo según las mediciones de tiempo de los antiguos indígenas habitantes de la región. El origen se remonta a épocas de sequía y a las ofrendas hechas a Xipe Totec, el Tezcatlipoca rojo que los totonacos tenían como dios principal. El dios era el símbolo de la fertilidad y de la renovación, pero también era la encarnación del más allá, de lo que existía cuando se traspasaba el umbral de la muerte…

Pues bien, como podemos ver, los voladores han tocado el suelo, y así concluye este ritual que, además de espectacular, es una forma de conservar vivas las tradiciones de los más antiguos mexicanos. «México Místico Mágico» quiere enviar un sentido pésame a los familiares y amigos de nuestro colaborador Nibardo Chávez, quien perdió la vida trágicamente en días recientes. Nibardo fue durante tres años colaborador habitual de este programa y un compañero de trabajo excepcional. Vaya pues, nuestro saludo y pésame. Hasta aquí llegamos hoy. Les envío un beso y los mejores deseos. Soy Mónica Garzón. Nos vemos la próxima semana a la misma hora y… bueno… ustedes saben…

Mónica voltea al lado contrario de la cámara. No quiere que quede registro de lo que está sintiendo. El nuevo camarógrafo, ascendido gracias a las desafortunadas circunstancias, entiende y cierra el objetivo. Apaga el aparato y se apresura a desmontar el tripié y el sistema de iluminación. Varios niños curiosos rodean los maletines y los focos esparcidos por el suelo; uno de los más pequeños se atreve a tocar una de las baterías de reserva. Mónica lo ve y le sonríe. Regresa la vista a la explanada. Ve al cura santiguarse con la vista puesta en las alturas. Después entra a su iglesia. Los turistas se desperdigan como hormigas que abandonan una estructura inundada. Se pierden entre las calles empedradas y los olores a café recién tostado. Sólo quedan dos sentados en las gradas de piedra. Uno le señala al otro un punto indeterminado en las lejanas montañas. Las mujeres pasan con sus hijos a cuestas o a rastras vestidas de mil colores, como si las mariposas se hubieran desintegrado sobre sus vestidos. Una lágrima escurre por la mejilla de Mónica. Con cuidado, para no estropear el maquillaje, trata de secarla con un pañuelo de papel. Mientras lo hace descubre unos ojos que la miran fijamente. Son los del músico de la cruceta. El volador del centro. La mira como si quisiera atravesarla. Los demás voladores están contando las ganancias de la recolección de monedas de los turistas. Mónica se siente inquieta sin saber por qué. Recuerda el cuerpo de Nibardo ahí en la plancha del hospital municipal, sin el corazón, con la piel cubierta de llagas. Ella busca sostenerse de algo sin encontrar de qué. El volador la sigue viendo. Ella quiere desviar la mirada, pero algo se lo impide. Le falta la respiración.

Caen las primeras gotas de un aguacero. Ahora son los cinco voladores los que ven a Mónica, que sigue inmóvil en el quiosco del reloj del parque donde ha hecho su grabación. Cuando los voladores comienzan a caminar hacia ella, un rayo cae sobre la punta del palo en medio de la explanada. Los voladores se ven entre sí y regresan sobre sus pasos. Allá arriba los relámpagos iluminan el pueblo, que ha quedado repentinamente sumergido en la oscuridad. El párroco ordena tocar las campanas de la iglesia. El ayudante de cámara le señala algo a Mónica. Ella despierta de su letargo y mira en la dirección que señala el dedo de su camarógrafo. Entorna la mirada para observar mejor a través del agua que comienza a caer sobre la sierra. Sobre un árbol, hay un globo de fuego que permanece inmóvil.

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Édgar Adrián Mora nació en Tlatlauquitepec, en la Sierra Norte de Puebla. Es culpable confeso de la publicación de Memoria del polvo (México, UACM, 2005) y Claves para comprender América Latina (México, Lazo Latino / Unión Radio, 2007). Es profesor con vocación, lector compulsivo y narrador esforzado. Actualmente es coordinador editorial de Nostromo. Revista crítica latinoamericana y becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA. Pueden visitarlo en su blog: fabricadepolvo.blogspot.com

 

 

 

 

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