Poemas de Arturo Loera
Cámara de Gesell
Alguien piensa y escribe, el otro observa. Alguien se dice en las palabras que atraviesan el cristal del libro, cámara de Gesell que hablará de la muerte y de la vida entre las páginas y los muros libres. Libro de una cara que espera su contra. Vidrio y acto de dos participantes.
***
Paredes sin voz
*
¿De qué sirvió la disección del viento?
Para nosotros se levantan los muros quirúrgicos
y cada gesto del aire es la consolidación,
la materia,
el mortero,
la mezcla exacta
con la que se perfilan y endurecen los pilares
de algo tan marchito
como los animales muertos a un lado del camino.
*
¿De qué sirvió la disección del viento?
Cada trueno era una llave
que clamaba las cadenas
pero también hemos perdido las cadenas.
Aquí termina la dictadura del cielo
y comienza la dictadura del hombre
y comienza un cielo nuevo,
más cercano
pero no más inmediato,
como un puente que pende en el aire
sin ser contenido por nosotros
o como tu rostro de nube dormida.
*
¿De qué sirvió la disección del viento?
El sol es una lámpara que ya no alumbra
nuestra lectura del mundo
y entre estos muros recién nacidos y muertos
la oscuridad es un libro abandonado.
Ahora ascendemos sin lidiar con el aire.
Ahora los muros son azules y negros
y cobran sentido y suerte de celdas olvidadas.
Ahora el mundo es una elegía para el mundo.
*
Díganme, de qué sirvió la disección del viento
si no fue para perpetuar la fiebre
que también asciende y se interrumpe
y es una fiebre que nos mira dormir
con el deseo incinerado.
Fiebre que ha empeñado nuestras lágrimas
a cambio de monedas corrientes.
Fiebre tacaña y miserable.
Nadie va a pagarme la resurrección
Tengo unas monedas de plata
que encontré tiradas en la banqueta
y en mi bolsillo se han vuelto perlas
y en la ciudad, un pedazo de carne.
Tengo unas monedas de plata
que encontré en la puerta de la iglesia
y en mis manos se convirtieron
en sangre y mercurio de Cristo.
Judas debe estar muy decepcionado.
Previendo la pobreza,
guardé una moneda bajo mi lengua.
Estoy dispuesto a sembrarla
y regar con mi saliva
la tierra de la avaricia.
(Dependerá el color en cuestión del sacrificio)
Pensando esto, me quedé dormido
y soñé que de mi costado,
como huesos, costillas y tiempo,
nacían tres monedas negras.
Con ellas voy a comprar
una maleta de obsidiana
para empacar mis huesos
y ya no preocuparme por dinero
y quedarme dormido
y no hablarle a nadie
y esperar que cualquiera,
con su tiempo, costillas y huesos,
quiera pagar una parte
de mi resurrección.
Inventar el sol
Para inventar el sol
hay que salir y quemarse y no llorar
y mientras todo pasa quemarse de nuevo.
Para inventar el sol hay que abrir los ojos
y no cerrarlos ni por el fuego ni por la mosca
ni por las lágrimas del desvelo que brotan de nuestro rostro quemado.
Para inventar el sol se requiere una mezcla de cemento
y mil luciérnagas
y mil cigarras como fondo para el óleo del cielo
y asesinar la envidia de las nubes.
Para inventar el sol primero hay que inventar el silencio
que inventa la vida que crece bajo las uñas
que inventan a la tierra muerta o a la tierra que descansa
y no es necesario llevar el sol en los ojos
porque de la luz del sol no tenemos la patente.
Academia
Que sea de ti el amor
que se calcina en el pasillo.
Que nadie exhiba con su llanto
las raíces de la académica hipocresía.
Deben saturarse los salones
y no hablar de amor.
No hablar
porque el amor es una ofensa
y tienen forzados los ojos abiertos
y tragan sus pupilas sebáceas
fechas y datos sin fin.
Sí,
que sea de ti el amor
que se desangra entre los pizarrones blancos
y los pizarrones verdes;
que se desangre
más que un libro de historia;
que provoque más llanto
que las ciencias exactas.
Que sea de ti el amor del tiempo.
Se aleja el amor de los poetas,
los hombres sólo quieren justificarse
y a veces piden ayuda al futuro.
Pero que sea de ti, entonces,
el amor muerto
para leer tranquilo
tu epitafio sobre la hierba.
***
Alguien se aleja del vidrio. La mirada no fue exacta pero nuestras manos estrecharon la palabra y nuestros ojos coincidieron en las líneas que trazaron este libro, cámara de Gesell que ahora cierra la puerta para salir de nuevo al mundo, para salir de la palabra misma y ser en la mirada otro cristal, otra visión entre todas las visiones de la tierra.
(Estos poemas pertenecen al libro Cámara de Gesell, premio de poesía Editorial Praxis 2013.)
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Arturo Loera (Chihuahua, 1987) estudió la licenciatura en Letras españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue delegado de su universidad en la Red Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura 2011-2012. Es autor de El poema vacío (2013), y de la plaqueta Cruz y ficción (2011). Premio de poesía «Editorial Praxis» 2013 por el libro Cámara de Gesell (Praxis 2014). Poemas suyos han sido publicados en revistas como Radiador, Punto en línea, Palabras malditas, La cigarra y Círculo de poesía, entre otras. Fue coordinador del taller de poesía «Nellie Campobello» en la Facultad de Filosofía y Letras de Chihuahua. Miembro del taller de poesía «Alí Chumacero», dirigido por Enrique Servín. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas.












