La escuela a distancia
Kurd Laßwitz
«En verdad es un largo camino a casa. En días cálidos como éste es que se nota. Creo que estoy algo cansado, pero algo de ejercicio hace bien».
Esto pensaba el profesor Frister mientras regresaba a casa después de haber dado cuatro clases en la preparatoria. De inmediato se puso cómodo en su sala de estudio. Se sentó en el escritorio, sujetó su cabeza con sus manos y apartó el húmedo cabello gris de su frente con un movimiento rápido.
«Todavía me queda una corta hora ante el escritorio. Entonces, ¿qué haré? Trabajar, por su puesto. Allí hay dos pilas grandes de cuadernos azules, trabajos de estudiantes del último grado, correcciones que deben hacerse. ¡Pero ya no más! ¡Por supuesto que es muy interesante guiar cada año a individuos por el camino del desarrollo espiritual! ¡Qué hermosos ejercicios, las mismas materias, por vigesimoctava ocasión, de nuevo me reaniman con nuevos bríos! ¡Sólo es una lástima que los alumnos no repasen lo suficiente! Sé perfectamente lo que hay en los cuadernos. Siempre son los mismos errores. Es muy interesante e instructivo para los estadistas ver cómo en todos los individuos la ley del error humano prevalecerá en su desarrollo. ¡Muy interesante! Pero ahora, ahora estoy algo cansado».
Frister tomó un manojo de papeles en los que estaba escrita su investigación sobre el transcurso de las curvas de temperatura diarias –visiblemente importante para las vacaciones de verano–, y se sumergió en ellos. Allí había un punto difícil de donde no había logrado pasar. Sabía el camino a seguir pero las mediciones eran un trabajo de muchos meses. ¿De dónde iba a sacar el tiempo necesario?
Buscó la pluma, hizo una anotación, volvió a dejar la pluma y a sujetar su cabeza entre las manos.
«Así debería de ser –pensó–. Sólo se debería hacer pronto. ¿Pero cuándo? Las cuatro clases, el mucho hablar y poner atención, la ira por las mismas tonterías y el camino. En general aún estamos atrasados en cuanto a la técnica escolar. ¿No se debería de encontrar algo mejor que esta vieja práctica en que alumnos y profesores entran juntos a un salón y…? Bueno, pero por supuesto que esto es un hecho ideal… en el que se malgastaría mucha energía, y sería algo cansado. Me refiero a que el desarrollo de la técnica podría encontrar aquí un camino económico».
Frister se recargó en la silla y cerró un poco los ojos.
«Sí –pensó él–, en cien o doscientos años, ¡con qué compasión verán a nuestro envejecido método despilfarrador de fuerzas! Una juventud cuyo sentido de la responsabilidad se encuentre fuertemente impregnado en su sangre y piel, un profesorado que utilice las últimas técnicas, sin excusas, ningún intento de engaño, ninguna niñería, ningún error, ninguna sobrecarga de trabajo. ¡Condiciones ideales! ¿Por qué no puedo tomar vacaciones hasta entonces? Qué extraño que no se me ocurriera antes. Muy extraño, debo preguntar… ¿No acaban de llamar a la puerta?».
—Ah, es usted, colega Voltheim. ¡Excelente! Justamente pensaba en usted. Usted es el hombre de los descubrimientos. ¿Conoce alguna institución que se dedique a…? ¿Cómo puedo decirlo? ¿A modernizar, a simplificar las clases…? Mmm…
—Bueno, estaba pensando que nuestra escuela a distancia es una excelente institución –dijo Voltheim.
—¿Escuela a distancia? ¿Por qué me ve tan raro, colega? Sólo estoy un poco fatigado. Por favor, tome asiento.
—Estoy consciente de que su hora de clases va a comenzar, pero espero no importunarlo.
—¿Hoy? ¿Yo? Es muy normal en mí permanecer en silencio. Aunque tal vez me duele un poco la cabeza. Entonces, ¿cuál es la fecha de hoy?
—Ocho de julio de 1999, consejero natural.
—¡Vaya, vaya! Es cierto. ¡Hmm! Estaba pensando que usted siempre tiene que hacer sus chistecitos… «Consejero natural»…
—Simplemente, ése es el título que tiene como profesor a distancia de geografía en la Real Preparatoria Telefónica 211. ¿Escucha eso? Los alumnos se han conectado con usted. Ya puede empezar.
Frister se esforzó por ver a la cara a su colega, pero tenía la vista nublada. Percibió un traqueteo suave y metálico sin poder explicarse de dónde provenía. «Seguramente sólo es una broma de Voltheim», pensó. Bueno, no lo detendré. Veamos qué es lo que se propone. Y riendo dijo:
—Estimado colega, no estoy para nada preparado y tampoco sé a qué se refiere con escuela a distancia.
—Ah, consejero natural –oyó claramente que Voltheim le replicaba–, veo que me quiere tomar el pelo. Desde ayer grabó en el fonógrafo su clase para hoy. Y sobre la escuela a distancia usted mismo escribió un panfleto en 1977. ¿No lo recuerda?
—En realidad no, no lo recuerdo.
Voltheim rio abiertamente.
—Bueno, entonces ponga atención –dijo–. ¿Ve en aquella pared la particular colección de cuadros?
Frister miró. Estaba completamente sorprendido. Efectivamente, en la pared donde usualmente se encontraba un librero ahora se encontraban unos 30 marcos cuadrados. Pero las imágenes tenían movimiento. Jóvenes de entre 16 y 19 años se estiraban y se ponían cómodos, cada uno en un sillón. Y éstos eran realmente sus estudiantes del último grado, aun cuando tenían trajes poco habituales. Ese cuya cabeza apenas se asomaba detrás de su periódico era el primero de la clase. Y Meyer fumaba tranquilamente su cigarro. Otros masticaban su desayuno.
—De verdad quiero creer que ahí veo a mis alumnos –dijo Frister–. ¡Qué interesante! Si tan sólo supiera qué significa esto. ¿Realmente tuve unos cien años de vacaciones? Asuma esta vez, estimado colega, que estamos en el año 1999 pero que he perdido momentáneamente la memoria.
—Con mucho gusto consejero, si eso lo divierte. Esos jóvenes estudian el último año de la Real Preparatoria a Distancia, generación 2011, antes de entrar a la universidad. De hecho no se encuentran en ningún salón de clases, sino que la mayoría están sentados en sus propios hogares, al igual que usted. Sólo en los casos en que los padres no tienen los medios para comprar todo el aparato de enseñanza a distancia, se trasladan entonces a los puestos públicos destinados para esto. Los alumnos, como usted bien sabe, viven en los más diversos lugares de nuestra patria, ya que la transmisión de la clase a distancia se extiende a 1000 kilómetros a la redonda y hasta a más.
—De verdad no sé nada colega. Solamente siga hablando. Durante mis vacaciones la tecnología debió de haber avanzado a pasos agigantados.
—¡A eso me refiero! No solamente el comunicador a distancia, sino también el proyector a distancia han sido tan perfeccionados que mientras se escuchan las palabras del interlocutor también se puede ver su imagen y movimiento. Ahora, por supuesto que ya no es necesario que se recorran los largos caminos a las escuelas; profesores y alumnos pueden quedarse cómodamente en casa.
—Muy agradable –murmuró Frister–. Pero las sugerencias personales…
—No faltan. Así como usted puede ver a los estudiantes, ellos pueden ver al profesor, sólo que en un marco más grande, aproximadamente del tamaño real de una persona. Por el contrario, los estudiantes no pueden verse entre sí, únicamente oírse; pero lo que se habla entonces lo oyen también todos. Usted sólo tiene que presionar el botón de ahí enfrente, así se conecta y entonces puede comenzar la clase.
—Entiendo. ¡Cuántas molestias han llegado así a su fin! ¿Pero no es muy apresurada mi celebración? Escúcheme, colega, ¡la institución le debió de haber costado al Estado una gran parte de su dinero!
—¿A qué se refiere? Desde que se descubrieron las inconmensurables vetas de oro en Nueva Guinea y petróleo en la China alemana tenemos tanto dinero que finalmente no se encontró nada mejor en qué usarlo que la mejora de la educación.
—¡Vaya, vaya! ¿Cuál es mi salario entonces?
—¡Pero si ya lo sabe! Como consejero de ciencias naturales, cinco mil marcos. Pero vayamos al grano. Naturalmente la limpieza escolar también ha avanzado a pasos enormes. Se ha solucionado la sobrecarga de preguntas. Los sillones en que se encuentran los alumnos están equipados con varios aparatos de medición que monitorean el peso corporal, el ritmo cardíaco, la presión y la cantidad de exhalaciones para calcular el gasto de la energía cerebral. Tan pronto como esta última baja de los límites permitidos, el psicógrafo reconoce el cansancio y rompe la conexión entre el estudiante y el profesor, y dicho estudiante es dispensado de las clases posteriores. En cuanto un tercio del grupo se desconecta, se termina la hora de clase.
—Me parece bastante bien. ¿Y en el caso de que sea yo mismo el que está algo cansado, como hoy por ejemplo…?
—¡No se preocupe! También se han hecho cargo de eso. Si usted gusta iniciar ahora, entonces tenga la amabilidad de ponerse esta cinta de protección cerebral, así previene el peligro de utilizar más energía cerebral de la necesitada para la capacidad de los estudiantes y se mantiene su consumo en un nivel saludable. Y ahora préndalo. Escuche eso, suena. Ahora su imagen es visible para los estudiantes y puede hablar con ellos.
—¿Pero de qué? No estoy preparado –susurró suavemente Frister a Voltheim.
—Usted ya encontrará de qué, como profesor con gran experiencia –contestó Voltheim‒. Sólo deje que los alumnos hablen. En cada marco está el nombre de cada uno. Su exposición está aquí en el fonógrafo, sólo necesita prenderlo.
Uno se daba cuenta de inmediato de que el profesor había empezado la clase a través de la conexión a distancia, lo que significa que se había vuelto visible para los alumnos. Rathenberg guardó su periódico, Meyer retiró su colilla de cigarro y rápidamente la colocó a un lado, Suppard y Neumann tragaron los últimos bocados de sus desayunos.
Frister revisó las imágenes en los marcos.
Uno de los estudiantes, Meyer, hizo una reverencia y dijo:
—Falté la clase pasada.
—¿Por qué?
—Tuve que ir a que me dieran masaje en la segunda circunvalación cerebral.
Frister sacudió la cabeza. ¿Cómo podía saber si eso era una excusa suficiente según los parámetros modernos?
—¿Por qué fue eso necesario? –preguntó y le dio una señal a Voltheim indicando que requería de su ayuda.
—Mis padres hicieron que me fotografiaran mis sueños, y ahí se descubrió que siempre soñaba con caballos –abundó Meyer.
—¡Mentira! –susurró Voltheim–. Los caballos están extintos desde hace mucho tiempo.
—Pero los caballos están extintos desde hace mucho tiempo –dijo Frister.
—Exactamente por eso tuve que ir a que me masajearan, profesor.
—¡Bah, la geografía es el mejor masaje cerebral!
Frister notó que dos marcos que estaban vacíos por primera vez se ocupaban. Leyó los nombres y dijo:
—Dígame, Heinz, ¿cómo es que apenas llega?
—Discúlpeme profesor, mi mamá dejo ayer en el club de mujeres en Spitzbergen nuestra máquina revolvedora de bolsillo y tuve que pasar a recogerla rápidamente, pero como había mucho viento me retrasé un poco.
—Y usted, Schwarz, ¿por qué ha llegado tarde?
—Yo, yo… Ayer ascendieron a mi padre a consejero secreto de electricidad…
—¿Y? No le veo ninguna relación.
—Fuimos invitados a celebrar a la gerencia central de vino espumoso y por eso no pude llegar inmediatamente a mi habitación.
—¡Excusas! –susurró Voltheim–. Se fue a tomar en algunos bares.
—Bueno, bueno –dijo Frister–, el asunto no me parece suficientemente claro. Ahora dígame, Meyer, ¿qué vimos la clase pasada?
—Discúlpeme consejero, falté ayer.
—Tsk, cierto. Dígamelo usted, Brandhaus.
—Perdóneme, profesor, ayer no pude trabajar. Aquí está el justificante de mi padre.
Brandhaus presionó el botón de su fonógrafo y se escuchó la voz grave de un hombre mayor: «Mi hijo Siemens no pudo escribir sus trabajos escolares de ayer debido al cansancio excesivo de los músculos de sus brazos. Brandhaus».
—¿Cómo? –preguntó Frister–. ¿Necesita los brazos para repetir lo visto en la clase pasada?
—Nuestro motor está descompuesto, así que tenía que girar manualmente el fonógrafo con el que había hecho las anotaciones, y justamente eso es lo que no podía hacer.
—¿Qué pasó para que sus brazos estuvieran exhaustos?
—Hice ejercicios en la rueda voladora.
Desconcertado, Frister volteó a ver a Voltheim.
—Puede ser –murmuró el segundo–. Pudo haber hecho una fiesta aérea con algunas chicas y haber bailado demasiados rigodones aéreos.
—Vaya, escúcheme, colega. No parece haber menos justificantes en la escuela a distancia que en mi época.
Y giró de nuevo hacia los alumnos.
—Bueno, entonces, Rathenberg, ¿qué es lo que vimos?
—Las estaciones de comunicación por luz con América. Pero ya no existen. Todas han sido retiradas de servicio, pues fueron reemplazadas por los pulsadores a distancia. Los rayos de solución química recientemente descubiertos penetran el núcleo hirviente de la Tierra, y por tanto se tiene la posibilidad de comunicarse a través de la misma por medio de las rutas químicas.
Frister sacudió la cabeza en asombro.
El estudiante interpretó esto como una objeción y continuó:
—Usted también mencionó la conexión Kreuzberg-Chimborazo, pero desde hoy en la mañana también ha sido retirada del servicio. Justamente lo acabo de leer en el periódico regional de Berlín.
—Muy bien. Ahora, Hornbox, continúe.
—Los países más importantes de América son el Imperio Californiano, el Reino de Nueva York, la República Anarquista Cubana, el Estado Pontificio Mexicano y el Reino Sudamericano del Sol.
«¡Lo que se escucha de todo!», pensó Frister. Sin embargo sólo dijo:
—Continúe usted, Schwarz.
Schwarz comenzó con una retahíla de palabras desconocidas que Frister conseguía entender con mucho esfuerzo:
—Después de que los técnicos de este último Estado llegaron al poder gracias al uso de los rayos solares y reunieron todas las materias primas de la humanidad en su mano, fundaron un Estado a base de acciones bancarias que consiste en todo el territorio de Sudamérica que pudieron comprar entre los trópicos. Ya que todo su poder se deriva del sol, llamaron a su país Estado del Sol. Colocaron en las montañas, en las copas de los árboles, en las estepas y en las amplias llanuras sus recolectores de rayos…
—Pero, Schwarz, no está moviendo los labios al hablar. ¿Y porqué tamborilea sus dedos en la mesa? ¿De pura casualidad lo está leyendo?
—Para nada, consejero –y Schwarz seguía moviendo los dedos en su lugar–, estoy ocupando la máquina parlante. No puedo hablar por mí mismo porque me quemé la lengua.
—Entonces continúe.
—Hasta ahí llegamos la clase pasada.
Frister volteó a ver a Voltheim.
—¿Y ahora qué? –preguntó.
—Deje que su fonógrafo hable.
Frister activó el instrumento y, para su gran asombro, esta vez oyó su propia voz:
—Ahora veremos los viajes de exploración al Polo Sur. Actualmente es muy fácil para nosotros pasar con nuestras máquinas voladoras por encima del desierto de hielo, pero piensen en las dificultades que se tenían hace todavía cien años, qué valor se requería para explorarlo con frágiles barcos y en débiles trineos de perros por zonas inaccesibles. Si nuestros antepasados hubieran sido tan perezosos como ustedes no hubieran ido nunca al Polo Sur. ¡Eran personas completamente diferentes! A un estudiante del siglo XIX nunca se le hubiera ocurrido comer espárragos a escondidas durante la clase, como por desgracia noté el otro día. Además de que son un estimulante que raya casi en la glotonería. ¡Piensen en el suplicio de hambre que los exploradores tuvieron que soportar! Hubo momentos en que por semanas no tenían nada más que tocino de ave crudo, pero aun entonces no perdieron el ánimo y, en medio del sufrimiento del hambre atroz, uno de los héroes escribió en su diario la memorable frase…
—Emil, ¿quieres cenar espárragos hoy? Están baratos –era una aguda voz femenina la que de repente se coló entre las palabras del profesor en este punto de la exposición.
Los estudiantes recibieron esta interrupción con una risa atronadora. Frister volteó a ver indignado a Voltheim.
Voltheim también reía.
—Seguramente –dijo él– ayer durante su preparación de la clase su amable esposa entró y le preguntó esto, y obviamente el fonógrafo grabó fielmente las palabras.
—Pero, estimado colega, esto también es algo fatal en esta escuela a distancia…
—También tiene su lado bueno, vea eso. Esos espasmos de la risa han cansado tanto a los estudiantes que ocho de ellos han sido desconectados. Estos estudiantes están exhaustos. Tres más y tendrá que terminar la clase.
—Oh, eso sería realmente bueno para mí, pues, como creo que ya le he dicho, estoy un poco agotado. Oiga usted eso. ¿Qué significa esa campanilla?
—Ésa es la señal de que el director quiere hablar con usted.
Al momento escuchó Frister una voz desconocida:
—Perdone usted que le moleste, estimado profesor, pero justamente me acabo de enterar de que el colega Brechberger chocó contra una chimenea en su bicicleta voladora y se ha asustado bastante. Deberá sustituirlo la próxima clase.
—Ah, claro, con gusto…
El director colgó.
—¿Qué debería de hacer ahora, estimado Voltheim? –se quejó Frister–. Los estudiantes restantes aún se ven muy frescos y ya no me fío del fonógrafo.
—Deje que repitan lo que acaban de ver.
Frister volteó hacia la clase y dijo:
—Ahora repítanme lo que acabo de decirles.
Vio cómo todos los alumnos activaban casi al mismo tiempo sus fonógrafos en que habían grabado la exposición. Los aparatos ronronearon. De manera conjunta pero desacompasada rugieron desde las dos docenas de fonógrafos las palabras de la exposición hasta sus oídos. Cada vez más rápido, su cabeza zumbaba y retumbaba, sintió cómo se mareaba en tal maraña ensordecedora, gimió, sujetó su cabeza y, en ese momento, hubo silencio. Completo silencio.
«¡Claro, la banda cerebral!» pensó él. «Tan cansado estoy que la clase se terminó automáticamente. Estoy desconectado. ¡Gracias a Dios!»
En ese momento se elevó en las alturas. Los marcos frente a él se habían desvanecido. Sus viejos libros estaban en su lugar.
—Pero dígame, ¿qué es esto, Voltheim?
Su colega se levantó, se paró a un lado de él y dijo:
—Discúlpeme profesor, espero no haberlo despertado. Cuando entré usted ya dormitaba, así que me senté en el sofá lo más silenciosamente que pude para no molestarle.
—¿Así que dormía? ¡Pero sí lo oí entrar! Imagínese, he soñado algo extraordinario. ¡Salario de cinco mil marcos! Pero al final tenía que sustituir a un colega…
—Sí, eso último lamentablemente es verdad, por eso es que estoy aquí. El compañero Treter…
—¡Por supuesto! ¿Cuándo?
—Mañana temprano a las ocho.
—¿En el salón?
—Si no, ¿en dónde?
—Pensaba en la escuela a distancia. ¿Se sorprende? ¡Si tan sólo supiera! ¡Tuve cien años de vacaciones! No importa, tome asiento, por favor. ¿Así que mañana? Me parece bien, porque hoy de verdad estoy fatigado.
(1902)
Traducción de Fátima Mondragón
Traducido de: Kurd Laßwitz, Bis zum Nullpunkt des Seins und andere Erzählungen, Allitera Verlag, 2001.
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Kurd Laßwitz (Breslavia 1848-Gotha 1910) está considerado el padre de la ciencia ficción en Alemania. Fue un conocido escritor, científico y filósofo. Un asteroide, un cráter en Marte y un prestigioso premio a las mejores obras de ciencia ficción en lengua alemana llevan su nombre.
Fátima Mondragón es estudiante de la licenciatura en Letras Alemanas. Actualmente realiza un intercambio académico en la Heinrich-Heine-Universität Düsseldorf.












