La abuela muerta

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Dominique Schilling

La abuela muerta se llamaba Guadalupe, como la virgen y como la muñeca que me regaló el día que me operaron la cabeza y me vendaron todo menos los ojos, la nariz y la boca; parecía una momia en miniatura, y una vez que me sacaron la venda, un monstruito, porque las lágrimas quedaron estancadas en las gasas; entonces la piel se me llenó de hongos, y los pocos pelos que me habían crecido estaban machucados, ni siquiera pude pasarme la mano por la cabeza y sentir el cepillo suave que forman los pelitos que empiezan a asomarse al mundo. Guadalupe era mi único consuelo. Una muñeca pelada y fea que me regaló mi abuela para que sintiera que no era la única nena con la cabeza a la intemperie. A mi mamá le pareció horrible, pero a mí me gustó la idea de consolarme a costa de la decadencia ajena; así que Guadalupe pasó a ocupar un lugar central en mi cama, era una extensión de mi cuerpo, mi mano terminaba donde terminaba ella; hasta que un día me peleé con mi abuela, entonces la muñeca fue a parar al tacho. Esa noche me arrepentí y sentí culpa por primera vez: algo incómodo, como una bola de pelos de gato atorada cerca del corazón que no me dejaba respirar normal. Me sentí culpable por haberla eliminado, y el hecho de que fuera pelada y fea tiñó todo el episodio: era un acto discriminatorio, por eso me iba a ir al infierno sin escalas y no iba a recibir regalos de navidad ni de cumpleaños por tiempo indefinido, y, menos aún plata del ratón Pérez, eso que estaba en plena época descartadora de dientes; entonces, como la vida funciona gracias a la culpa y al dinero, la quise salvar del agujero negro lleno de cáscara de manzanas y bananas, papeles mamarracheados, arroz amarillo y pañales hechos un bollo pero no la encontré. Salí del departamento y la busqué en el tacho gigante que estaba en el pasillo de servicio y tampoco; bajé los cinco pisos por la escalera, me daba miedo el ascensor, esa caja hermética, intermitentemente poco iluminada y negra, protagonista de mis pesadillas despierta cuando mi hermano saltaba y yo sentía que eso era todo, y que al día siguiente en el diario que papá leía todas las mañanas iba a aparecer el titular: «Nenes muertos porque hermano saltó en el ascensor»; pero la escalera también era oscura, entonces los objetivos fueron breves, fui de la lucecita naranja que prendí en el sexto piso, a la lucecita naranja en el quinto, y así hasta planta baja; cuando llegué sana y salva metí las manos en los bolsillos del pijama y me sentí mejor; los pies descalzos sobre la baldosa desnuda me daban frío. En la planta baja encontré el gran contenedor de basura, el que tenía la posta porque juntaba la porquería de todo el edificio, una cosa verde inmensa con olor a baño roto o a agua estancada, pero no llegué a ver qué había adentro porque era muy alto; entonces apilé una caja de frutas vacía sobre tachos de pintura y enduído, un balde al revés, dos diarios, todo en una torre que se cayó ni bien apoyé mis dos pies sobre el último objeto: un plato para comida de gato, con comida adentro. El ruido despertó a Rubén, el encargado, que salió gritando con un cuchillo en la mano «¿quién anda ahí?»; cuando me descubrió entre el caos y el desperdicio le pregunté si no había visto a Guadalupe «pero nena ¡mirá lo que hiciste! Y ahora ¿quién va a ordenar este despelote? Porque a mí no me pagan para limpiar las macanas ajenas. Ustedes, mocosos malcriados… deberías estar durmiendo.»

—¿La viste a Guadalupe?

—¿A quién?

—A mi muñeca, Guadalupe.

—¿En dónde?

Quise contestarle que en la basura, pero las palabras se convirtieron en un llanto reprimido de vergüenza, miedo y culpa.

—A la basura se la llevaron hace rato. Bueno… bueno… no llores. A las muñecas creo que se las dan a otros chicos para que las cuiden.

—¿Guadalupe va a estar bien?

Rubén asintió con cara de pocas ganas y de querer irse a dormir.  «Vamos que te llevo a tu casa»

 —¿Le vas a contar a mamá?

Subimos hasta mi piso por el ascensor. La puerta de casa estaba cerrada, entonces tocamos el timbre, yo recé para que mamá no se despertara pero se ve que esto del infierno arrancaba en vida, porque abrió la puerta y después de escuchar la explicación de Rubén le agradeció, cerró, me agarró de mis pelos cortos y me arrastró hasta la cama. Esa noche me costó dormir, lloré mucho, sin ruido para que nadie se diera cuenta, y eso era peor porque me hacía doler cabeza, que combinado con la culpa y el dolor de pelo, era fatal.

Mi abuela Guadalupe se murió un domingo a las nueve de la mañana, casi dos horas antes de que yo cumpliera veinte años clavado; estábamos ella, mi prima y yo, esperando, tranquilas, a que su cuerpo se dejara de inflar y desinflar torpemente. Mamá llamó quince minutos antes y le dijimos «tomate un taxi porque no la llegás a ver despierta», pero no llegó; el taxi se equivocó y dobló en Azcuénaga, cuando todavía iba para el otro lado, entonces se tuvo que bajar, correr dos cuadras, subir las escaleras de la entrada, y después las que llegaban al primer piso donde vivía mi abuela. El llanto terminó de sacarle el poco aire que le quedaba, repetía por qué nadie hace lo que yo digo, por qué nadie hace lo que yo digo. Ese día mamá se quedó huérfana, tenía cuarenta años pero lloraba como si tuviera seis.

La enfermedad de mi abuela Guadalupe fue lenta, aburrida, pero sobre todo fue fundamental, duró lo que ella tardó en convencerse de probar el porro y de perdonar a mi tía por haberse vuelto a casar. Intoxicada por la morfina, el dolor de huesos y el hambre, se despertó ese viernes y nos preguntó a mi prima y a mí qué nos parecía si fumaba marihuana, «bien, ¿querés?», le preguntamos nosotras, y mi prima metió su mano en el bolsillo, «a ver», dijo, «¡Germán!». Germán vino desde el otro cuarto, «¿qué pasa?» Entonces le contamos que la abuela quería marihuana y Germán largó una carcajada perfecta que nos contagió a todos la risa, «pero abuela, ¿esto se te ocurrió mientras dormías? ¡Son las diez de la mañana! ¿querés desayunarte uno?», mi abuela sonrió y después rodó los ojos hacia la ventana donde colgó la mirada perdida, no se animó a decir nada, a reconfirmar su desesperación o su intriga, entonces Germán vio que era en serio: ya te consigo, dijo y se fue.

Con mis hermanos y mis primos la hacíamos reír, le contábamos anécdotas que inventábamos, exagerábamos las cosas lindas, minimizábamos las feas; se había armado un pacto tácito en donde la exageración estaba permitida a cualquier escala; cuando comentábamos episodios que todos habíamos presenciado el narrador podía tergiversarlo en pos de la distracción y la risa. Los días que ella se sentía bien nos contaba historias de su vida en España: amaba a su papá que era diplomático, entonces cada vez que se iba de viaje, que era todo el tiempo, ella se escondía en la valija, y cuando la levantaban para meterla en el auto la descubrían; se bajaba y se agarraba de la pierna del papá que se reía mientras su mamá la retaba: «usted es una vergüenza, mijita, esta noche se va a la cama sin comer»; pero una vez el chofer que subió la valija al auto no la sintió, entonces la encontraron en el siguiente pueblo porque la oscuridad del baúl le dio miedo y se largó a llorar. Tres años más tarde su súper papá utilizaría ese mismo baúl para sacar monjas de España, «salvó noventa y tres monjitas, yo anotaba sus nombres en mi diario, muchas se llamaban Guadalupe, como yo», decía sonriendo pero con lágrimas en la voz. Para mi abuela morirse significaba la posibilidad de volver a verlo; era una tristeza con expectativas ambiciosas, lo que dificultaba el despegue era el miedo y el dolor; la degradación del cuerpo que va desapareciendo hasta que, literalmente, se apaga; como el motor de un auto que se queda sin nafta, pero más como el de un avión que se queda sin gasoil.

A la mañana, mi prima le cantaba «Mambrú se fue a la guerra» mientras yo la maquillaba exactamente como ella me había enseñado: primero cubría toda la piel reseca de su cara y un poco del cuello para que el cambio de color con la garganta no fuera ordinario; la acariciaba con una esponjita muy suave, ella cerraba los ojitos y yo veía cómo su boca iba dibujando una sonrisa tímida para no arrugar la piel e impedir que la base quedara con imperfecciones; después pasaba a los párpados y con un delineador contorneaba la forma del ojo muy suave, porque el lápiz le sacaba pedacitos de piel en esa parte tan frágil, ya sin pestañas; pintaba despacio y sin apretar, con una delicadeza que yo no sabía que tenía y un nivel de precisión y concentración que me hacía sentir cirujana, y aunque no estaba salvando a nadie, yo le mostraba orgullosa, con el espejito de mano, cómo iba quedando y ella murmuraba: «está perfecto», aunque ni se notaba, pero había que hacerlo igual, era parte del ritual; no hacerlo significaba el fin. Después redibujaba sus labios con un pincel compuesto de dos pelos y le pasaba una manteca de cacao especial color rojo; al final ella sonreía de manera forzosa para poner los cachetes en posición así yo les aplicaba rubor, hacía dos círculos rosas perfectos que contrastaban con la piel de polvo blanco y los ojos turquesa; parecía una mujer sana. Mi prima y yo éramos las únicas autorizadas a verle la cara sin color y sin forma; también la podíamos cambiar y bañar, pero yo no me animaba, nunca fui buena con los enfermos ni con el pudor de los demás.

Mi abuela me había dejado bien claro cómo quería que la maquillara para el velorio, y a mi prima qué ropa le tenía que poner. El maquillaje era muy sencillo pero además, rápido, ya que no tenía que ir mostrándole el proceso con el espejo. Igualmente, no me di cuenta de que estaba maquillando un cadáver hasta que tuve que pegarle los labios con la gotita, la mandíbula se caía lentamente y la boca abierta daba la sensación de que quería decir algo pero no podía; su cara todavía estaba caliente, y seguía siendo hermosa.

Esa mañana Germán no quiso entrar a verla. Tenía culpa, bola de pelos de gato cerca del corazón. «Germán, no seas básico, no se murió por eso. Ya no aguantaba más, todos lo sabemos. Además, nadie se enteró lo que pasó anoche. Y nosotros no vamos a decir nada, cómo el Ital Park. ¿Te acordás?» Pero Germán no me escuchaba. «Además, si hubiera tenido un porro en mi bolsillo la culpable habría sido yo.»

Germán levantó la cabeza y vi la secuencia de gotas que le fueron inundando los ojos rojos; «perdón, no quise decir eso Germán, la culpable de darle el porro, digo… la culpable como decir la que efectivamente se lo dio, entendés lo que digo, no seas así, dale.»

Nos quedamos sentados en el patio un rato, hacía frío y los pájaros que mi abuela alimentaba con pedacitos de lo que sobraba estaban callados, tristes. «¿Creés que se dan cuenta de todo?», pregunté.

—Sí, seguro… se siente en el aire. En la falta de aire.

—No llores, ya va a pasar.

—La culpa no pasa.

—Te juro que sí, Germán, como todo, te olvidás.

Pero yo no estaba segura. Esa mañana, mientras el torso de mi abuela se levantaba y caía rotundamente, sobresaltado, desprolijo, yo recé a un dios que no conozco, ni que creo que exista, a mi abuelo muerto, al sol, a Greiscol, recé para que el sufrimiento se terminara, para poder pensar que capaz, capaz, se encontraría con su gente, capaz la pasaría mejor después, capaz todo eso que dicen los creyentes, los que todavía tienen una religión, la que sea, por favor, alguien, padre nuestro que estás en el cielo o en el Big Bang, llevate este cuerpo podrido y hermoso, lejos, para siempre. Y la culpa me la aguanto, Germán, porque ahora ella tiene que estar mejor, porque eso era lo que ella quería, dejar de respirar, quedarse sin el aire que ahora nos falta a los dos; ¿nos ayudás a mover el cuerpo? Tenemos que ponerle el vestido azul.

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Dominique Schilling nació un otoño en Nueva York, pero vive en Buenos Aires y es argentina, a pesar de que conserva el pasaporte para poder viajar sin visa al país del norte. Es diseñadora gráfica e instructora de esquí, pero esto no se lo cuenta nunca a nadie, porque en realidad lo que más le gusta en el mundo es escribir. Hace tres meses publicó por primera vez en la revista Llegás a Buenos Aires, donde tiene una columna mensual que se llama «Buenos Aires en fuga» (www.revistallegas.com.ar); y en diciembre del año pasado, la editorial chilena Libros del Perro negro publicó una antología de cuentos escritos por jóvenes narradores argentinos, seleccionando su texto «The Primos»  para ser parte del compilado.

 

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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