Howth

Por  |  0 Comentarios

Lorena Huitrón

Howth

 

 

I

 

No pesan las piernas ni las botas reblandecidas:

el viento arde en la nariz, inflama los pulmones

al escuchar la marea que dice

aquí, ahora.

El Atlántico toca la flauta

acompañando al barco solitario

cuyo camino lustra al tiempo,

en ese arrullo la memoria

abre los ojos, se siente desnuda,

el silencio la concilia, la abrazo,

fracasar ya no es violencia

hilada entre los labios, quien no pide

mi nombre tampoco es rehén

entre los dientes,

aquí y ahora el sonido de mi cuerpo

se despide de esa voz chamuscada

de años ignorantes por caminar

entre el error del nomadismo.

 

 

II

 

La idea del pasado hiere al pecho,

desbroza su musgo, lo descarna,

regresa en boomerang las palabras cuyo luto

impide saber cómo decirlas.

En el acantilado la vida se recuesta en ellas,

reposa en sus escamas,

la soledad existe, es plenitud.

 

Al mirar hacia abajo un hombre se baña.

Sus rodillas permiten ser nutridas

por el agua helada, su espalda se cubre

de ese frescor que arde y humedece

mis falanges.

En su baño, el pensamiento iza las velas

dejando al aire ser su lumbre.

Así se piensa,

como esa figura blanquecina,

exponiendo el aliento tembloroso

y a la vez fortalecido por ese

paso incierto que nos busca

en el lenguaje para ser,

como las piernas de este hombre,

estacas firmes sin temor

al nivel del mar

ni al látigo que el escollo recibe.

 

 

 

III

 

Ancianos atravesaban Howth cuesta arriba

con pasamontañas, recuperando

su juventud, pulsándoles vivaz el pecho.

Miré a mis amigos y me repetí:

los nombres son parapentes

dirigidos al mar picado

que se funden en su piel espesa

hasta flotar, besarlo y perderse.

 

Qué es tu nombre sino península

donde yací de dolor y gozo,

nubes con el vientre hinchado

a punto de parir el aguacero.

 

La memoria abre los ojos,

se contempla desnuda.

Me acuclillo, sin cazar otro aliento

te desgrano,

aquí y ahora desciendes

como es debido,

atragantando el perfume de las olas.

 

 

IV

 

Para conocer la sabiduría

del naufragio basta olvidar nuestro

peso, prolongar la laxitud del cuerpo,

ser Caronte con la barca

y las manos vacías.

 

Quien desconoce la inutilidad de la brazada

para llegar a tierra firme, es por temor

a saber que su origen se conoce

en la mínima pausa, cuando los brazos

se dejan caer por el aire irlandés

cuyo empujón a las bufandas desanuda.

 

Miré al barco seguir su marcha

con mis hombros llenos de mojabobos,

hasta columbrar su compañía:

un par de delfines,

párpados de espuma abriéndose apenas,

desperezando al oleaje.

 

En esa epifanía mis amigos

y yo permanecimos quietos,

en ellos sentíamos que el mundo

se proyectaba,

áureo ante nuestros ojos,

móvil en los cabellos

como si la vida apuntara

hacia cualquier punto cardinal

cual brújula agitada.

 

El corazón necesita otras grutas

para recorrerse y encontrar

la ausencia de límites,

limpiarse de sí mismo,

sumergirse hasta el fondo

de su silueta continente

para aprender a suspirar por nadie,

sólo por su peso.

 

La soledad es plenitud avivada

por el nado de los delfines

dejando dormir a nuestros huesos

horadados antes por el ventarrón.

 

Howth nos canta aquí, ahora,

nos llama inagotable,

rumora en el mar encrespado

que la presencia sólo es

el ágil recorrido de perros

sin pavor al sinuoso

camino del acantilado.

 

 

V

 

En el acantilado, memoria,

de cormoranes es tu lecho.

 

Una vez soñé que el ángulo del mundo

era la mitad de un perfil huyendo

de las sombras, temeroso a ser guiado

por la cuerda de una voz sin muros,

sin costillas, a cabalgata caprichosa,

lista para despeñarnos.

 

Pero el saber del mar desdobla,

habla de la infancia,

de la risa de las madres

y de las manos de los abuelos,

nos engarza,

hacen un canal en la médula.

 

El agua es huida, regreso,

nido de fugacidad y permanencia,

la vida en ella se reviste,

lame enamorada su espuma,

alisa cada pliegue doloroso

dejado por la legión de la edad

al romper filas.

 

El rezo ya no suplica.

La soledad es plenitud

salpicada por el corazón,

único gran clavadista.

 

 

 

Tlacotalpan

 

Lo que bate el río

es la emoción de una banca

por palpar el sudor reunido

de dos cuerpos tomándose una foto.

 

El Papaloapan desconoce

que, tras ese despropósito,

el amor da la espalda.

 

 

 

 

 

____________

Lorena Huitrón (Xalapa, Veracruz, 1982) estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana e hizo un Magíster Universitario en traducción en la Complutense de Madrid. Colaboró como poeta y traductora en Assembling the bones/ensamblar los huesos, publicación conjunta entre la Universidad Veracruzana y la Universidad de Victoria en Canadá en el 2005.

Print Friendly

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>