Hombres de equipo

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Emma Donoghue

Eso era lo más amable que Saul podía decir de alguien: que era un verdadero hombre de equipo.

—Jonathan —solía decirle a su hijo mientras comían tocino, huevos, salchichas y guisantes—, un delantero no se pone al frente por la gloria personal. Sólo te convertirás en un jugador estrella si mantienes tu mente en jugar por el bien del equipo. Los que intenten ser los primeros serán los últimos y viceversa.

Jon sólo seguía comiendo su pan tostado.

Saul King creía en cargar combustible a primera hora de la mañana, cuando había tiempo suficiente para quemarlo. «Desayuna como rey, come como rico y cena como mendigo». Eso lo hacía desternillarse de risa.

El chico sólo tenía dieciséis y medía casi 1.80. Los cabezazos eran su punto fuerte. Cuando el balón descendía hacia él, podía sentir su cuello tensarse y cada pizca de fuerza en su cuerpo concentrarse en el hueso frontal de su cráneo. La parte crucial era estar listo para el balón; conectarlo con toda su fuerza y golpearlo de vuelta al cielo. En sus días buenos, Jon se sentía duro y brillante como un espejo. Sabía que si el planeta Marte se cayera, podría conectarlo con la cabeza y dispararlo hacia la siguiente galaxia.

Pero ahora ya había aprendido a no ponerle atención a su padre antes de un juego. Si Jon dejaba que las advertencias le llegaran, no podría ni tragar. Si no comía suficiente, quedaba hecho polvo para el medio tiempo. Si marcaba, perdía los pases y parecía que el área chica se encontraba a más de diez kilómetros. Si el equipo perdía, su papá lo tomaba personal y peor de lo que un entrenador debería. Una vez, cuando Jon voló un penal, Saul dejó de hablarle por una semana.

—Nervios de acero —el hombre canoso le dijo finalmente, mientras se sentaban uno frente al otro en la mesa, esperando a que mamá trajera otra tetera.

El tenedor de Jon chocó contra su plato.

—¿De qué hablas, papá?

—Si el delantero no tiene nervios de acero cuando se necesitan, no va a poder patear un buen penal.

Su hijo escuchaba y aprendía. Como si tuviera opción.

Los chicos ya estaban pateando el balón en la cancha cuando llegaron los King. Saul salió; la puerta del auto estaba firme en su mano mientras veía a los jóvenes sobre su hombro.

—Vaya, vaya —dijo—, ¿a quién tenemos aquí?

Una cabeza cobriza desconocida se distinguía entre la manada.

—Ah, sí, Shaq dijo que tal vez traería a alguien de la escuela —dijo Jon, sacando su mochila del asiento trasero.

—Ése sí que es un par de piernas —suspiró Saul. Él y su hijo se encontraban a medio metro de distancia, mirando correr al nuevo chico. Era compacto, pero se movía ligero como gacela.

—¿Lateral? —aventuró Jon.

—Ya veremos —dijo Saul misteriosamente.

Resultó que Davy tenía diecisiete. De cerca no se veía tan pequeño; sus extremidades eran angostas, pero puro músculo. Era el menor de ocho hijos; una de aquellas ruidosas familias irlandesas. Su cara se ponía roja como tomate cuando corría, pero parecía que nunca se quedaba sin aire; su risa se volvía un poco más ronca, pero era todo. Era un pinche genio en el campo. Junto a él, Jon se sentía pesado y torpe.

En los vestidores después de la primera práctica, Davy tocó su guitarra como si fuera eléctrica. Cantando, con ruidosa seguridad:

Get knocked down

But I get up again…

—Mejor pon algo de carne en esos huesos —señaló Saul y cargó a Davy con cinco bolsas de suplemento de glucosa alto en proteína. Resultó que Davy vivía en la misma calle que los King, así que Saul insistió en darle un aventón a casa.

En dos semanas, Davy fue declarado un verdadero hombre de equipo. Se convertiría en el nuevo delantero. Jon fue transferido al mediocampo.

—No te estoy quitando el puesto —su padre insistió—. Esto es un equipo, no una maldita empresa.

Jon miró por la ventana del auto y pensó cómo sería jugar en un equipo donde el entrenador no fuera su padre, que no lo cambiara de una posición a otra sólo para demostrar que no daba ningún trato especial a su hijo. Se visualizó convirtiéndose en una leyenda en algún deporte que Saul King nunca había practicado, que incluso no supiera cómo escribir: bádminton, tal vez, o curling, o luge.

Pero la cosa era que lo único que siempre había querido era jugar futbol.

A Jon ya se le había pasado el berrinche para el siguiente entrenamiento. Tenía razones de sobra para odiar a ese Davy, pero no lo hizo. El tipo era un delantero de nacimiento, Jon debía admitirlo; hubiera sido una tontería ponerlo en cualquier otra posición dentro del campo. No era muy bueno cabeceando, pero hacía magia con los pies. Y el medio campo tenía sus propias satisfacciones, Jon aprendió.

—Ustedes son las piezas claves del equipo —les dijo Saul con solemnidad—. Se descuidan por un segundo y el juego se cae a pedazos.

Corriendo con el balón entre sus pies, Jon miró de reojo a Davy.

—¡Ahí te va! —Jon pasó el balón de lado y Davy lo tomó sin siquiera mirarlo. Sólo después de anotar, se giró para sonreírle a Jon.

—Tu papá es cagadísimo. Quiero decir —se corrigió Davy, en la ducha—, está bien. Sabe mucho.

—Ni la mitad de lo que aparenta —dijo Jon mientras se enjabonaba las axilas.

—¿Es cierto lo que Shaq dice de él, que llegó a la semifinal de la Copa FA en 1979?

Jon asintió, avergonzado.

Davy, bajo el chorro de agua, la escupió como ballena.

—Puta. ¿Qué era?

—Portero —En un impulso, Jon se acercó al oído de Davy—. Papá me despelleja si sabe que te dije esto. Nunca se lo ha perdonado.

—¿Qué? ¿Qué? —Los ojos del chico eran verdes como escamas.

—Se puso nervioso. En el gol ganador.

Davy respiró tan profundo que hizo una nota musical limpia.

En octubre los días se hicieron más cortos. Una horrible tarde de lluvia, Saul los hizo correr quince vueltas en el campo antes de que empezaran siquiera, y para cuando finalmente sonó el silbato, estaban llenos de lodo hasta la cintura y estaba muy obscuro para ver el balón. Naz se tropezó con el pie de Jon y cayó en su codo.

—Maldito simio —gimió Naz—, pinche simio larguirucho.

Los otros pensaron que era muy gracioso.

—No dejes que te molesten —dijo Davy casualmente después, mientras enfriaban.

—¿Quiénes? —dijo Jon, como si estuviera muy, muy lejos.

Davy se encogió de hombros.

—Cualquiera de ellos. Cualquiera que te diga de cosas.

Jon se mordió el labio.

—Tengo cinco hermanos mayores —agregó Davy cuando él y Jon se sentaron en el asiento trasero del auto y contaban sus moretones—. Y mis hermanas son peores. Siempre se están burlando de mí. Una de ellas me dijo renacuajo hasta que se casó.

Una sonrisa relajó la mandíbula de Jon. Miró por la ventana a su padre, que recolectaba los conos de entrenamiento.

—Sólo ignóralos y recuerda que eres un gran jugador.

—Tal vez no lo soy —dijo Jon, mirando el cabello rojo de Davy.

—¿Tal vez eres qué? —Davy dejó escapar una carcajada—. Jon-boy, eres el mejor. Tienes un cerebro futbolero perfecto, y eres muy bueno dando pases.

Jon agradeció la puesta de sol, entonces. La sangre se le subió a las mejillas.

Davy lo visitaba casi todos los días. La señora King con frecuencia le pedía que se quedara a cenar. «A ese niño no le dan de comer bien en su casa», señalaba enfadada. Pero Jon pensaba que Davy se veía bien como estaba.

La hermana menor de Jon, Michaela, se sentaba junto a Davy en la mesa siempre que podía, incluso si lo llamaba enano. Sólo tenía quince años, pero se veía bastante grande. Como siempre le recordaba a Jon, las mujeres maduraban dos años más rápido.

Davy terminó por llevar a Michaela al baile local la noche de Halloween y Jon llevó a su amiga Tasmin. Luego, mientras las chicas hacían fila por papas fritas, Davy siguió a Jon hacia los sanitarios. Más tarde, Jon nunca estuvo seguro de quién empezó a juguetear; sólo pasó. Fue una especie de broma y una especie de reto. En un cubículo blanco con una larga grieta en la pared, se desabrocharon los pantalones. Se quedaron mirando hacia abajo; no se vieron a los ojos.

Todo acabó en dos minutos. Tardaron más en dejar de reír.

Cuando volvieron con las chicas, las papas se habían enfriado y Michaela quería saber qué era tan gracioso. Jon no pudo pensar en nada, pero Davy dijo que sólo era una vieja broma sobre Diana. Tasmin dijo que en ese caso podían guardársela entre ellos porque ella no creía que fuera muy agradable burlarse de los muertos.

Después de Halloween, algunas personas dijeron que Davy salía con Michaela. Jon no entendía qué quería decir con exactitud. Como sea, no pensaba que Davy y Michaela hicieran cosas entre ellos. No sabía qué pensar.

Saul King no dio su opinión al respecto. Pero comenzó a meterse con Davy en los entrenamientos.

—¡Cuida tu espalda! ¡Cuida la portería! —vociferaba ronco—. ¡Mantenlos bajo presión!

Davy no decía nada, sólo iba de un lugar a otro, sonriendo como siempre.

—¿Dónde tienes los pinches ojos?

—Alguien ya no es el jugador estrella —comentó Peter con Naz, entre dientes.

Saul dijo que tenía mandados que hacer en el pueblo, así que Jon y Davy tendrían que caminar de regreso a casa para variar.

—Tu papá anda de cabrón conmigo —comentó Davy cuando daban vuelta en la primera esquina.

—No le digas así —dijo Jon.

—Pero lo es.

Jon negó con la cabeza.

—Me refiero a que no digas que es mi papá.

—Oh.

El silencio se extendió entre ellos.

—Es como con la jarra de miel —dijo Jon.

Davy volteó hacia arriba. Sus pestañas parecían de gato.

—Tenía como tres años y quería un poco de miel de la jarra, pero él dijo que no. No guardó la jarra ni nada: sólo dijo que no y la dejó ahí, como a diez centímetros de donde estaba. Así que en cuanto salió del cuarto, la abrí y metí mi cuchara, por supuesto. Y juro que debió estar esperando porque volvió a entrar y me arrebató la cuchara de la mano antes de que la acercara a mi cara.

—¿Qué tiene de malo la miel? —preguntó Davy, desconcertado.

—Nada.

—Pensé que era buena para uno.

—No tenía nada que ver con la miel —dijo Jon, con la boca seca—. Sólo quería ganar.

Davy caminaba junto a él, dándole vueltas al asunto.

Se fueron por el camino largo, a través del parque. Cuando pasaron por un tejo enorme, Davy volteó a ver a Jon y sonrió como un tiburón.

Sin decir palabra, se agacharon y gatearon por debajo del árbol. Las ramas oscuras colgaban alrededor de ellos como cortinas. Nadie podría ver lo que hacían; un paseante ni siquiera sabría que estaban ahí. A Jon se le olvidó la pena. Hizo una barrida y derribó a Davy en la suave tierra húmeda.

—¡Está solo! —aulló Davy, fingiendo estar asustado. Ya no tenían frío. Se movieron con gracia elegante, esta vez. Era telepático. Era cadencia perfecta.

—Por Dios santo, manténganse en posición correcta —vociferó Saul a su equipo.

Los tenis de Davy se desdibujan como los de Maradona, pensó Jon. El chico corría a toda velocidad alrededor del campo, confundiendo a los defensas, jugando para un público imaginario.

—No te molestes en intentar impresionarnos con tu gambeteo, irlandés —gritó Saul al viento invernal—, sólo trata de patear el balón. Esto es fut, no el maldito Riverdance.

Después, en las duchas, Jon observó la curva dura del brazo de Davy. Quería tocarlo, pero Naz estaba a menos de un metro. Echó un vistazo de reojo a la cara de su amigo, pero estaba cubierta por el vapor.

Saul ya no les daba aventones a Jon y Davy después del entrenamiento. Decía que caminar era un buen ejercicio y que Dios sabía cuánto les serviría.

—No sé por qué, pero tu papá quiere joderme —dijo Davy, en su largo camino a casa.

—Claro que no —dijo Jon débilmente.

—Que sí. Dijo que pensaba que haría menos el ridículo en la defensa.

—¿Defensa? —repitió Jon, con voz aguda—. Qué pendejada. En el partido del sábado metiste nuestro único gol.

—Tú colocaste el balón. Saul dijo que sólo un parapléjico lo hubiera fallado.

Jon trató de recordar el disparo. No podía decir quién había hecho qué. En un buen día, él y Davy se movían como un jugador, pensaban lo mismo en el mismo instante.

—¿Imagino que no hay forma de que sepa sobre nosotros?

Jon quedó tan impactado que dejó de caminar. Tuvo que recargar su mano en la pared más cercana o se hubiera caído. Sintió el frío del enguijarrado contra sus dedos. Nosotros, pensó. Había un nosotros. Un nosotros del que su padre podía saber algo. —De ninguna manera —dijo al fin, con voz ronca.

Jon sabía que existían reglas, incluso si nunca las decían en voz alta. Él y Davy eran una especie de amigos y una especie de algo más. No perdían su tiempo hablando al respecto. De cierto modo, era como el futbol (el forcejeo sudoroso, la emoción excitante) y, de otro, era como un partido jugado en Marte, con reglas no escritas y una gravedad diferente.

Las tardes se hacían cada vez más frías. En la Noche de las hogueras, se arriesgaron a hacerlo en el cuarto de Jon. La puerta no tenía seguro. Mantuvieron el estéreo encendido muy fuerte para que no hubieran silencios sospechosos. Afuera los juegos artificiales estallaban por intervalos como bombas. La cabeza de Jon palpitaba por el ruido y el terror. Era la vez que más había disfrutado.

Después, cuando se desplomaron en las esquinas opuestas del cuarto, como dos jugadores ordinarios después de un partido, Jon le bajó a la música. Davy dijo, de la nada:

—Estaba pensando en decirle a mis papás.

—¿Decirles qué? —preguntó Jon sin pensar. Luego entendió y su estómago se hizo un nudo.

—Ya sabes. Cómo soy —Davy soltó una risa maniaca.

—No eres…. —su voz se fue apagando.

—Lo soy, ¿sabes? —Davy todavía sonaba como si estuviera hablando sobre el clima—. Lo he sospechado por años. Pensé en intentarlo con tu hermana, pero, para ser honesto, nada.

Jon sintió que iba a vomitar.

—¿Les dirías sobre nosotros?

—Sólo sobre mí —Davy lo corrigió—. Sin decir nombres y todo eso.

—Nunca lo harías.

—Tendré que hacerlo algún día, ¿no?

—¿Por qué? —preguntó Jon, atragantándose.

—Porque me está poniendo nervioso —explicó Davy a la ligera—, y no juego bien cuando estoy nervioso. Sé que mi familia se va a poner loca por su mente cerrada cuando les diga, así que bien podría quitármelo de encima de una vez.

Qué valiente, pensó Jon. Pero debía detenerlo.

—Escucha, maldito idiota —dijo Jon violentamente—, no puedes decirle a nadie.

Davy se sentó y enderezó sus hombros. Se veía pequeño, pero para nada joven; tenía la cara de un adulto.

—¿Lo dices como si fuera una orden? Suenas como tu papá —agregó, con un toque de burla.

—Él sabrá —susurró Jon—. Tus padres adivinarán que soy yo. Le dirán a mi papá.

—No lo harán. Estarán muy ocupados moliéndome la cabeza a palos.

—Mi papá se enterará.

—¿Cómo lo hará? —dijo Davy razonablemente.

—Sólo lo hará —tartamudeó Jon—. Me matará. Me agarrará de la garganta y nunca me soltará.

—Esas son pendejadas —dijo Davy, con mucha ligereza—. Ya no somos niños. No se nos va a caer el cielo encima. Sólo te cagas de miedo por que te digan puto, ¿o no?

—No digas eso.

—Qué delicado. Es sólo una palabra.

—Pero no lo somos —le dijo a Davy fríamente—. No es lo que somos.

La boca del chico se arrugó divertida.

—Oh, ¿entonces qué somos?

—Somos amigos —dejó salir Jon de su garganta tensa.

Una ceja cobriza se levantó.

—Amigos que juguetean un poco.

—¡Pu-to! ¡Pu-to! —Davy cantó las palabras en voz baja.

La mano de Jon se abalanzó hacia el estéreo y subió el volumen a tope para ahogarlo.

En la puerta de junto, Michaela comenzó a golpear la pared.

—¡Jonathan! —chilló.

Le bajó un poco, pero mantuvo su mano en la perilla.

—Vete —dijo.

Davy lo miró sin comprender. Después alcanzó su chamarra y se levantó en un movimiento fluido. Parecía un dios despectivo. Parecía que nunca nada podría derribarlo.

Jon evitó a Davy toda la semana. Caminaba de regreso a casa después del entrenamiento mientras Davy seguía en las duchas. En su mente, preparaba un plan de contingencia. Negarlo todo. Reírse. Decir que el maldito pervertido lo había inventado todo.

Nadie pareció notar que los dos amigos ya no se hablaban. Todos estaban preocupados por el gran partido del sábado.

Por la noche, Jon se abrazaba a sí mismo como si fuera un hombre ahogándose, aferrándose a un mástil.

Finalmente llegó el sábado. El campo ya estaba lodoso y mal cortado antes de que empezara. Los del otro equipo eran matones, en particular un lateral con bigote. Desde la patada inicial, el equipo de Saul jugó peor que nunca. El lateral izquierdo se estrelló con la defensa central, cuya nariz se desangró sobre su camisa. Jon se movía como si estuviera encadenado. Cada vez que tenía que pasar el balón a Davy, se quedaba corto o se pasaba por un kilómetro. Era como si hubiera un escudo alrededor del pelirrojo y nada pudiera atravesarlo. Davy fue sorprendido fuera de lugar tres veces en el primer tiempo. Después, cuando Jon pateó un balón en el borde de su área de penales, uno de los delanteros del otro equipo apenas lo tocó con el dedo del pie y metió un gol de suerte en la esquina superior izquierda.

—Se están correteando como ciegos —Saul le dijo a su equipo en el medio tiempo, con pena y desdén.

Para el comienzo del segundo tiempo, la lluvia caía implacablemente. El lateral gordo pisó a Peter, y el árbitro no vio nada.

—Mire —vociferó Peter, tratando de quitarse el zapato para mostrar las marcas de los tacos.

Al otro equipo le pareció hilarante.

—¡Pendejos! ¡Putos! —cacareó el tipo gordo.

La rabia se encendió en el corazón acelerado de Jon, atizando sus músculos. Le hubiera gustado agarrar al lateral por la garganta y apretar sus pulgares hasta alcanzar las vértebras. ¿Qué es lo que Saul solía decirle siempre? Ningún hijo mío será expulsado por su temperamento. Jon se obligó a girar y alejarse trotando. Ningún hijo mío, dijo la voz en su cabeza.

Naz hizo un tiro elevado sobre la defensa. Jon llegó primero, posicionándose bajo el vuelo del balón. Sería un cabezazo hermoso. Incluso podría darle un giro al partido.

—¡Mío! —gritó Davy, trotando en reversa hacia Jon.

Jon mantenía sus ojos pegados al balón que caía,

—¡Mío!

—¡Es mío! —repitió Davy, a su lado, pegándose a él.

—¡Vete al carajo!

No volteó. Empujó con el hombro a Davy con más fuerza de la que quería. De pronto, Jon supo lo que pasaría. No estaba listo para encontrar el balón, no creía poder hacerlo. Perdió el balance y el balón cayó sobre un lado de su cabeza y lo derrumbó en el lodo.

Jon terminó con un traumatismo cervical.

Saul volvió a casa del siguiente entrenamiento y dijo que Davy estaba fuera del equipo.

—Culero —dijo Jon.

Su padre lo observó, boquiabierto. El tenedor de Michaela se congeló camino a su boca.

—¡Jonathan! —imploró su mamá.

Sobre su collarín de hule espuma, Jon podía sentir su cara ardiendo. Pero abrió la boca y escupió todo.

—No eres un entrenador, eres un sargento. Escogiste a Davy para acosarlo porque sabías que será un mejor jugador del que tú fuiste. Y ahora lo sacaste del equipo sólo para demostrar que puedes. ¡Qué pinche espíritu de equipo!

—Jonathan —La cara de su padre se ensombreció, ilegible—. Fue él quien se salió. Dejó el equipo y no volverá.

Una tarde, después de dos semanas, Davy pasó de visita. Jon estaba solo en la sala, viendo un viejo video de Inglaterra contra Argentina en Francia 98. Pensó que Davy se veía diferente: ojeroso, de alguna manera más grande.

Davy miró la tele.

—¿Ya anotó Owen?

—Hace años. Ya casi llegan a penales —Jon mantuvo los ojos en la pantalla.

Davy dejó su mochila cerca del sillón pero no se sentó, no se quitó la chamarra. En silencio, miraron la agonizante tanda de penales.

Cuando terminó, Jon regresó el video

—Si Beckham no hubiera dejado que lo expulsaran, los hubiéramos triturado —comentó.

—En tus sueños —dijo Davy. Vieron las figuras parpadeantes. Después de un largo minuto añadió—. He querido venir, de hecho, para decir, ¿sabes? Lo siento y todo eso.

—No es nada, sólo un esguince —dijo Jon, deliberadamente obtuso. Davy puso la mano en su cuello, pero el collarín bloqueó sus dedos.

—Vas a superarlo. Sin problemas.

—Sí —dijo Jon débilmente—. Así que —agregó, sin mirar a Davy—, ¿hablaste con tus papás?

—Sí —la sílaba era monótona—. No te preocupes, no salió tu nombre.

—No me preocupé.

—Olvídalo —interrumpió Davy con suavidad. Miraba al video mientras rebobinaba; un cuadrado verde cubría a las figuritas que corrían frenéticas hacia atrás, huyendo del balón.

El tema parecía cerrado

—Escuché que ya no juegas estos días —dijo Jon.

—Así es —dijo Davy con más energía—. Pensé que debía enfocarme en los libros por un tiempo, antes de mis exámenes finales.

Jon lo miró.

—Iré a la universidad en septiembre, toco madera —Davy golpeteó la mesa de centro. —Ya recibí una oferta de un lugar en Derecho en Lancaster, pero necesitaré dos B y una A.

—¿Derecho?

Jon asintió, luego hizo un gesto de dolor por el espasmo en su cuello. Había tanto que no sabía sobre Davy, que nunca pensó en preguntar.

—Pero podrías inscribirte de nuevo en verano, después de tus exámenes, ¿no? —le preguntó tan neutral como pudo.

Hubo una pausa de un largo segundo antes de que Davy negara con la cabeza.

—No lo creo, Jon-boy.

Así que eso era todo, se dio cuenta Jon. No habría un final apropiado. Más como un partido cancelado por una granizada o porque el jugador estrella había abandonado la cancha.

—O sea, voy a extrañarlo, pero cuando lo piensas bien, es sólo un juego, ¿no?… Ganes o pierdas —añadió Davy después de un momento.

Jon no podía hablar. Sus ojos estaban mojados, nublados.

Davy tomó su mochila. Después hizo algo extraño. Se inclinó y besó a Jon en los labios, por primera vez, de camino a la puerta.

 

 

 

Traducción de Antonio Puente

 

 

 «Team Men» from Touchy Subjects by Emma Donoghue (copyright © Emma Donoghue 2006) is reproduced & translated by permission of CDLA on behalf of Emma Donoghue.

 

 

 

 

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Emma Donoghue (Dublín, 1969) es una novelista, dramaturga e historiadora literaria. Actualmente reside en Canadá. Su obra ha sido reconocida con diversos premios como el Stonewall Book Award por su novela Hood y el Ferro-Grumley Award en la categoría de literatura lésbica por su novela Slammerkin. Su novela Room fue finalista del Man Booker Prize y se convirtió en un bestseller internacional. Acaba de publicar su octava novela, Frog Music.

Antonio Puente Méndez (Ciudad de México, 1988) es licenciado en Lengua y Literaturas Modernas (Letras Inglesas) por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente cursa la maestría en Letras (Modernas Inglesas) en la misma institución con la investigación «El adulterio femenino en la obra de Jhumpa Lahiri». Sus áreas de interés son la narrativa escrita por mujeres de los siglos XIX y XX en lengua inglesa, el feminismo, el poscolonialismo, los estudios de género y el psicoanálisis. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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