Henry
Frank Báez
Conocí a Henry el mismo día que me mudé del barrio italiano de Chicago a Pilsen. A diferencia de Santo Domingo, en Chicago es común que las mujeres tengan gatos como mascotas, que les pongan collares y los lleven los fines de semana al veterinario. Cada vez que una gringa me invitaba a su casa me percataba de que tenía un gato que al poco tiempo se restregaba amorosamente contra mis piernas. Pero no todos eran amorosos. También estaban los odiosos. Por ejemplo, el siamés de una vecina que todas las mañanas se paraba frente a la ventana como si fuese un policía retirado. Recuerdo que se quedaba contemplándome con esa mirada desdeñosa del que se estima superior a ti. Quizás era conservador y consideraba que inmigrantes como yo estaban destruyendo su país.
Al contrario de éste, Henry me parecía liberal y progresista. Le debía su nombre a Henry Miller, escritor por el que su ama tenía una extraordinaria devoción. De ella no sabía mucho, tan sólo que era oriunda de Nebraska y que trabajaba en publicidad. Al ésta iniciar un tórrido romance con mi roommate, terminamos mudándonos los tres en el cuarto piso de un enorme loft en Pilsen, que cómodamente podría albergar a dieciocho dominicanos recién llegados. En un principio, habíamos pensando comprar cortinas y biombos para resarcir la falta de habitaciones, pero no lo hicimos. Cada uno terminó demarcando el espacio que más le gustaba con sus pertenencias y sus respectivas camas. Ya que carecíamos de puertas, Henry se la pasaba corriendo y saltando por todas partes como si él fuese el dueño del loft. Si abría de pronto la puerta principal, Henry se embalaba por las escaleras, al extremo que tenía que dejar lo que traía en el piso –generalmente fundas de supermercado– y bajar a buscarlo. Como en Pilsen suelen criar pitbulls en los patios para peleas ilegales y además los restaurantes de Chinatown no están muy alejados, resulta peligroso para un gato callejear tras gatas en calor. A veces la temperatura estaba bajo cero y tenía que correr por las esquinas tras Henry, gritando su nombre, mientras los vecinos me miraban, de manera sospechosa, desde los portales y las ventanas.
El día que me mudé al loft, Henry se orinó en mi cama. Fue terrible: tuve que poner amoniaco por todos lados; gritarle «¡gato del diablo!»; amenazarlo con un zapato. No obstante, a medida que los días pasaban, nos acostumbramos tanto el uno al otro que acabamos siendo panas. No sólo porque adorábamos los Fig Newtons o porque odiábamos a Oprah, creo que fue sobre todo porque a Henry no le molestaba si me dirigía a él en español o en mi inglés de muelle.
Una noche nevaba. Estábamos sentados frente al televisor bebiendo vodka con jugo de naranja. Esperábamos una pizza. A la muchacha de Nebraska se le ocurrió hablar sobre gatos. En un instante, se refirió a las nueve vidas que argumentan que los felinos poseen. Esa es una leyenda urbana, le respondimos. Ella estaba borracha o había bebido de más, qué se yo, la cuestión es que de repente cargó a Henry en sus brazos y se dirigió con él hacia la ventana. La abrió y tiró el pobre gato afuera. Como dije anteriormente, estábamos en un cuarto piso. Gritamos y corrimos a la ventana, mirando hacia abajo donde una cosa peluda yacía en medio de la acera emblanquecida.
—¿No se ha movido? –pregunté.
—No.
—¿Crees que esté muerto? –preguntó Sócrates.
—Esperen un momentito –dijo la muchacha de Nebraska.
Con la ventana abierta, miramos abajo, al tiempo que el viento soplaba y dispersaba nieve dentro del loft. Seguimos con la mirada la trayectoria de los copos de nieve que caían sobre Henry, dispuestos a sepultarlo. De pronto Henry erigió sus cuatro patas y procedió a caminar, tambaleándose y resbalando, como un borracho de los alrededores.
—Ésta es la tercera vez que lo arrojo. Supongo que sólo le restan seis vidas más.
No entiendo cómo no reuní el valor suficiente para tirar a la muchacha de Nebraska por la ventana abierta. Bajamos y trajimos a Henry de vuelta al apartamento. Minutos después corría por el loft como si nada hubiera pasado. El día antes de abandonar Chicago, lo puse en mi maleta, pero la muchacha de Nebraska lo encontró y no tuve más remedio que dejarlo fuera. Antes de irme, recuerdo que tras sacar las maletas al pasillo, me quedé mirando el gato desde la puerta entornada. Éste también me miraba, de seguro aguardando una oportunidad para escabullirse. Duramos mirándonos unos tres minutos. Luego cerré la puerta y me marché por siempre.
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Frank Báez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978) es editor de la revista Ping Pong, integrante del colectivo «El Hombrecito», autor de Postales y En Rosario no se baila cumbia. Lleva un blog en la siguiente dirección: www.frankinvita.blogspot.com.













hSantana
septiembre 9, 2012 at 6:23 pm
Henry es un texto que sustentado en una sencillez que ronda lo excepcional hace que el lector se traslade a los espacios en donde los sentimientos son un excusa para poder seguir caminando.