El retorno de Jackie B
José Luis Sandín
Justicia
Dado que todas las pistas conducían a él, se entregó a la policía. Ya cometería el crimen cuando saliera de prisión.
El retorno de Jackie B
Subes las escaleras del metro, las mismas que el tipo desciende. Subes y el bolso te acompaña en silencio, se mueve contigo, te sigue el paso con complicidad. Miras sus manchas, suspiras, te apresuras.
Él baja, baja con los ojos en ti: en el pelo, que escurre agua; en la cara, que no ha dormido; en el paso, que cae más y más a cada paso, ¿de tanto bailar en mesas? Lo miras, te gusta. Agachas el rostro y él, un segundo antes de cruzarse contigo, te saluda.
—Hola.
Su voz te sorprende, levantas la mirada, te detienes.
—Hola.
—¿Cansada?
—Para nada.
—¿Qué vas a hacer? ¿A dónde vas?
—A dormir, ¿gustas?
—Eeeh, debo ir a trabajar.
—¿Y…?
—Pero…
Sonríes: no conoces hombre que haya resistido esa sonrisa tuya, que viéndote reír así no camine a tu lado, junto a ti, escaleras arriba.
Cambias el bolso de lado para ocultar con tu cuerpo las salpicaduras de otro cuerpo –el último, el que dejaste atrás hace una hora–, para tomarlo a él, al tipo que se ata a ti sin saber a quién se ata, de la cintura. Sonríes. Escaleras arriba tu voz baila, el bolso también.
El laberinto
Entra en un sueño distinto cada vez que decide el rumbo: derecha o izquierda. Algunas veces vuelve sobre sus pasos, mas el camino ya no es el mismo ni lo recorre a la inversa.
Aquí, su madre cuida de que nada le falte, le seca el sudor, mantiene limpio el orinal. Sólo maldice tenerle que cortar las uñas de las manos atenazadas al libro que leía antes de quedarse dormido; un libro de fastuosas tapas con letras de relieve dorado y una llamativa imagen: un seto que se embrolla a sí mismo, sin que se aprecie una sola rendija por la que pueda abandonársele.
Sexogenario
Sin duda fue su mal hablar el que lo llevó a una vida intensa.
Tenía quince años el día que, usando un lenguaje muy rebuscado, pidió vivir hasta los sesenta. Contagiada por la vehemencia del mancebo, la Virgende los Milagros hizo la gracia y él, murió de agotamiento a los treinta.
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José Luis Sandín (Hermosillo, Sonora, 1959) se dedica actualmente a desarrollo de sistemas computacionales. La escritura se ha convertido en uno de sus ejercicios favoritos.













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