El clóset para la ginebra. Tercera y última entrega
Leslie Jamison
Tilly
Un invierno Dora llegó a casa de la universidad, con toda su ropa en bolsas de tela, típico de ella, y un par de ojos rojos, algo que no era típico. No era ni una llorona ni una fumadora regular. Nuestra madre había puesto la mesa para la cena horas antes de su llegada. Nuestro padre se había ido hace años.
Dora entró a mi cuarto a hurtadillas después de medianoche, se sentó en mi cama y agitó la cabeza: «¿Estás despierta?»
La verdad es que me encontraba delirando. Había tomado vodka sin descansar desde el postre. Sólo había postre cuando Dora venía, aunque a ella no le gustara.
Sé que la mayoría de las personas comienza a beber con otras personas antes de empezar a beber en soledad, pero yo lo hice de la forma opuesta. Amaba la sensación, el calor, de estar ebria, como si estuviera hecha de chocolate derritiéndose y desperdigándose en todas las direcciones. No necesitaba de otras personas para poder anhelar ese sentimiento.
Dora me dijo que había estado con un hombre por primera vez. Para ella era algo difícil de decir, pude notarlo. Ella nunca hablaba sobre ese tipo de cosas. Le pregunté que si le había gustado. Dijo que estuvo bien. Me preguntó si estaba borracha.
Le pregunté sobre el tipo. ¿Quién era? Alguien que se iba a estudiar un posgrado en derecho el próximo otoño, me dijo. No había sabido nada de él desde que dejó su cama. «¿Qué significa eso?», preguntó. «Tú sabes de estas cosas.» Yo era más joven que ella, por siete años, pero lo que dijo era verdad.
Le dije que podía significar muchas cosas, y que no estaba segura de que alguna de ellas fuera algo bueno. Le pregunté si ella quería verlo otra vez.
—Quiero que él quiera verme.
Asentí.
—Sólo quisiera que no me importara.
—No veo qué tiene de malo que te importe.
—No –dijo–. Creo que no podrías saber qué tiene de malo.
***
En aquellos días la casa estaba callada, como si estuviéramos en un funeral en el que no se pudiera hablar sobre nada. Mi madre no sabía cómo hablar conmigo. Pienso que estaba asustada, asustada de toda la tristeza que hacía que yo quisiera beber y dormir todo el tiempo, pero ella buscaba algún signo que le hiciera creer que yo podía ser una persona extraordinaria en secreto. A veces la cachaba leyendo los exámenes arrugados que yo había tirado a la basura. O la encontraba en el pasillo, cuando yo salía del baño, como si me hubiera estado escuchando cantar en la regadera. Yo sentía que su vida ya había terminado, y ahora ella esperaba que la mía comenzara. Ya éramos dos.
Siempre había chicos. La mayoría de ellos ni siquiera me gustaba, pero parecían la forma más sencilla de cambiar mi vida. Después de quinto de preparatoria, me escapé a Berkeley con mi profesor de literatura norteamericana, Arthur Boy. Nos burlábamos de su nombre. Él fue mi primer hombre de verdad. Sin embargo, la mayoría del tiempo no era una persona muy divertida. «Sálvame de mi esposa», me dijo. «De mí mismo.»
Nos mudamos a una casita de madera en la calle Poirier. La casa no estaba precisamente en Berkeley, pero estaba al lado de la frontera con Oakland, junto a los artistas y los excursionistas de tiempo completo. El verano del amor ya había caducado. Kennedy murió y luego murió King, otro Kennedy murió, ¡el pequeño Bobby!, y todo mundo sintió que algo se había perdido. Las personas se drogaban por razones diferentes que antes.
El niño que operaba la pensión se hacía llamar Peter Pan. Vendía drogas en East Bay. No sólo hash ni sólo ácidos, aunque a mí me gustaban y obtuve mis primeras dosis de los botes que estaban alineados en el borde de su tina, el color del vidrio parecía agua de mar.
Arthur y yo nos drogábamos en Tilden Park. «Pon tu torso contra el mío», dijo, y su voz sonaba como si viniera del pasto. Yo trataba de separar nuestras horas imaginadas de las reales. ¿Habría habido un terremoto tan pequeño que quizá lo soñamos? ¿Había un cuervo sacando los ojos de una ardilla? ¿Le aventamos piedras? ¿Lo matamos? ¿Vimos su alma elevarse? Se puede sentir un chispazo dentro de uno cuando todo se está reordenando. Es increíble poder compartirlo con otra persona.
Peter P. estaba friendo un pescado. Le ayudaba a las personas a huir del final de los sesenta y entrarle a cosas más fuertes. La gente regresaba de la guerra y no podía recordar quién había sido antes de incendiar pueblos completos. Un tipo llegó a la cocina con una gasa ensangrentada bajo el brazo. Había roto una de nuestras ventanas. Le dio a Peter P. un billete de veinte con la esquina rota. «Desgraciado», dijo. «Casi me mato para conseguir el dinero.»
Peter P. tenía una cerveza en una mano y un sándwich de atún en la otra. Le dio una bolsita de plástico al hombre. «Oye», dijo. «Necesitas que te atiendan.»
Esa noche le dije a Arthur que quería que nos mudáramos. «Está matando gente», le dije. Yo no sabía qué era que tu cuerpo necesitara tanto algo.
—Preciosa –Arthur me dijo–. No sabes qué es eso.
Con él, me sentí más sola de lo que jamás me había sentido. En casa, al menos sentía que dejar mi casa podría llevarme a algo mejor.
A Arthur le encantaba coger en todo tipo de lugares: en el techo, en el armario del pasillo, en la tina. «Aquí está perfecto», dijo, mientras me colocaba sobre la mesa de la cocina. «Una madera real de grano fino.» Yo sentía que él extrañaba a su esposa y demás cosas lindas que antes tenía. Una vez vi que la puerta del baño se abrió. Peter P. estaba ahí, viéndonos.
«¡Desgraciado!», gritó Arthur. «¡Pinche pervertido!» Pero los dos estaban riendo, y sentí que lo habían planeado: ¿Quieres ver cómo le gusta? ¿Quieres verla?
Respiré profundamente y le dije a Arthur que yo no era alguien nada más para coger. «¿Qué creíste que éramos?», preguntó. «¿Una pequeña familia?» Empezó a meterse drogas más pesadas –le hacían decir cosas con las que no estaba de acuerdo minutos después. Sin embargo, seguían siendo las cosas que decía. Ésa fue la última vez que me sentí traicionada por un hombre. Después, ya lo esperaba.
Me fui a la mañana siguiente, le pedí aventón a una pareja de gente mayor. Manejaban una camioneta verde y me compraron hot cakes en una cafetería sobre la carretera. Durante todo el trayecto practiqué qué le diría a mi madre. Quería contarle sobre las cosas que había aprendido, que ya no buscaba amor en cualquier lugar, que ya sabía un par de cosas sobre la familia.
Lucy abrió la puerta vistiendo su camisón de seda azul, el que tenía manchas de jugo de naranja a la altura del regazo. Se veía más vieja. Era más vieja. Tenía la mano sobre el corazón. «Ahora late de una forma chistosa», dijo. «Creo que es tu culpa.»
Fue uno de los momentos en que más la amé. Ver sus ojos cansados y cómo no podían ver algo que no fuera yo. Saber que lastimaría su cuerpo si me fuera otra vez. Esto me maravilló. Me hizo sentir pena.
«Ay, Tilly», dijo, y comenzó a llorar, y yo no sabía por qué –porque estaba a salvo, porque estaba en casa, porque parecía que no me había ido tan mal, o porque parecía que me había ido mal, porque me veía mal. Honestamente, no sabía cómo me veía.
Tomé su mano. Su piel era suave, como papel gastado.
—Me siento deshecha, mamá. No la estoy pasando bien.
—Estás de regreso –dijo–. Eso es lo que me importa.
Los días que siguieron, nunca me preguntó por qué me había ido, sólo le interesaba saber por qué había regresado. Creo que le alegraba escuchar lo solitaria que me había sentido.
«Dora dice que te debía haber dejado resolver las cosas por tu cuenta.» Dora ya se había mudado a Boston, donde estudiaba un posgrado en derecho. Pensé qué habría sido de aquel muchacho. ¿Todavía estaba en su vida? A veces hablaba por teléfono, manteníamos cierto equilibrio de silencio al teléfono. Una vez le pregunté si era feliz. Ella respondió que estaba exactamente donde quería estar.
No regresé a la escuela, aunque sólo me faltaban algunos meses para terminar.














Raúl Bravo Aduna
agosto 26, 2011 at 2:16 am
por tu pseudónimo y el hecho de que comentaste también en la traducción que hice del texto del Dr. Albright, voy a suponer que tu comentario, Wisława, es para mí. y te lo agradezco muchísimo. si no es así, con mucho gusto se lo comunicaré a Leslie de tu parte. saludos.
Wislawa Whitman
agosto 3, 2011 at 8:06 pm
Guau. No tengo más que decir salvo que te he seguido últimamente y me he convertido en tu fan.
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