Dora y Tokio
Yunuen Cuenca
Apenas abrí los ojos para recibir el lastimoso resplandor de la nieve cuando Dora me dijo que ya no era joven. «Y lo afirmo porque lo sé», dijo mirando al techo, a la nada pintada de blanco. También me comentó que sus piernas le empezaban a doler cuando se agachaba, que sentía las nalgas al caminar y que igual le sucedía con la espalda y los brazos. «Los músculos superiores del muslo se me suben». A lo que respondí, quitándome las lagañas, que su contracción se debía al exceso de ejercicio. Pero no reflexionó en ello. «Antes», dijo; como si antes se condensara en el momento previo a acostarse en la cama o en el día de ayer o en los dos años desde que estamos juntos. «Antes», repitió sin realmente decírmelo, sino pensando para sí: «Antes no sentía nada, el cuerpo estaba, sin más, pero no me había dado cuenta…», y volteó la cara para mirar los copos de nieve que, como insectos, volaban detrás de la ventana.
Se levantó con dificultad, con una lentitud dolorosa. Se acercó al armario, sacó los pantalones de invierno, un calcetín enrollado hacia sí mismo, una chamarra, y fue hacia el cuarto de baño dejando la puerta abierta. Al fin Dora me dijo con voz de mosaico que iba a salir a correr, pero antes se detuvo un tiempo frente al espejo.
Estoy seguro que pudo distinguir el resplandor de las baldosas sobre su piel y las manchas chocolate que meses atrás aparecieron cerca de sus sienes, adornándolas como una corona de viejos laureles. El brillo de la losa se cristalizaba en sus córneas y agudizaba la profundidad del entrecejo, que, es cierto, en ocasiones le otorga una personalidad más interesante. Pero yo sé que el ceño que divide su frente no corresponde a su carácter, pues la estría es más contundente y tal vez más asertiva porque demuestra que el tiempo ha penetrado en ella.
Desde la cama pude ver su cuerpo desnudo desdoblándose hacia mí en una imagen idéntica y tal vez más real: Dora llevaba tiempo hablando sin hablarme, como si no se encontrara dentro de ella. Por el contrario, noté que su cuerpo se distinguía con contundencia de la lustrosa, repetitiva y ordenada pared de mosaicos blancos quién sabe de qué manera, ignoro el milagro que determina dónde empieza qué y dónde termina lo otro.
Cuando estuvo lista llamó a Tokio con un breve chiflido. El animal inmediatamente movió el rabo y se desperezó haciendo un arco peludo con la espalda. Entonces Dora alistó la correa, las bolsas para residuos caninos y se dispuso a salir, ajustando el cronómetro de plástico que sujetaba en la muñeca derecha.
La he visto correr más de una vez, por supuesto. Hubo un tiempo en que lo hicimos juntos, pero eso se acabó cuando acepté el turno vespertino en la escuela. Todavía me sorprendo pensando en ella mientras tomo el café de la tarde. Imagino cómo sus piernas se mueven provocando en la invisibilidad ondas similares al obcecado movimiento de un ventilador. Hasta creo que Dora sólo corre así, mecánicamente –de hecho ella misma me ha dicho que algunas veces no se da cuenta de que está corriendo. Lo que es seguro es que reconoce el trayecto a la perfección: una hilera de árboles a primera vista idénticos entre sí pero únicos e individuales si se considera la pequeña placa de metal que con un número los identifica y diferencia. Aunque apuesto a que Dora no ha notado lo de la placa todavía.
También he recreado el correr de Tokio con precisión: al tiempo que las piernas de Dora se mueven con ritmo, una tras otra, una tras otra, él da cuatro pasos en lugar de dos, es decir que da ocho pisadas caninas cada dos zancadas de Dora. Algunas veces se desvía del camino para olfatear detrás de un árbol o para levantar con el hocico alguna rama del suelo. Otras para corretear algún cuervo que picotea en la nieve. Luego la alcanza otra vez y corren juntos formando un ente indivisible por la cinta que en ese momento hace de correa umbilical.
En cuanto sale la primera gota de sudor en el rostro de Dora, cuando por fin deja de sentir su cuerpo y se funde con todo, es decir, en el instante en que pierde individualidad porque su mente está concentrada en cualquier otro sitio que no es ella misma, Dora descubre cómo la fría luz del sol agujerea las ramas de los árboles para proyectar en el suelo su penosa luminosidad.
Así corre mucho tiempo, sin saber realmente si su cuerpo se diferencia del paisaje o más bien, si forma parte de éste. Dora corre automáticamente hasta que Tokio tira de la correa y la devuelve a la dimensión en la que él, verdaderamente auténtico, mea sobre un árbol.
•••
Al llegar a casa, Dora dejó un rastro de piedrecitas que no se podrían considerar tierra sobre el suelo recién barrido. Luego me dio un beso dejando un sabor a sal, a mar en los labios, y se metió en la regadera al tiempo que tarareaba una canción que no supe reconocer.
Al terminar secó su desnudez entre el pasillo que hay del baño al cuarto donde dormimos. Después se vistió, preparó un té y tostó un pan al que untó un poco de mermelada. Mientras desayunábamos habló de lo bien que había corrido y de lo estupendo que había sido escuchar sus pasos contra la gravilla esa silenciosa mañana de invierno. También mencionó lo excelente que se había comportado Tokio y me dijo que antes que llamarle Tokio le hubiéramos puesto Nacho, pues al revolcarse en la nieve producía un olor que le recordaba a los nachos de comida. Luego dijo algo del tiempo, que estaba bueno o que le había parecido un poco fresco, pero no lo recuerdo bien.
Antes de salir definitivamente al trabajo para no volver sino hasta las siete de la tarde con otro rostro, quizá con un gesto más pétreo que alegre, Dora se sentó en el banco del comedor, tomó un calcetín y lo movió como una hélice para que un ligero pero efectivo vientecillo secara las coyunturas de los dedos que en ese tiempo le daban comezón.
Con una lentitud descomunal se puso al fin los calcetines, recorrió el mismo camino de tierrecilla que había dejado al entrar y se calzó, guardando dudoso equilibrio, los zapatos. Me dijo adiós mientras se ponía el gorro y los guantes. Escuché el cerrar de la puerta y me quedé de pie unos minutos mirando sus tenis, lo que me llevó a pensar en sus pies, en sus piernas, en su figura… Tokio ladró, entonces me vi obligado a ir a la cocina y servirle el desayuno.
***
En la habitación amarilla
«No quiero que me hable, no quiero que me hable, no quiero que me hable», dijo, y se tapó los oídos con ambas manos. «Estoy enojada, muy enfadada, casi podría decir que verde de coraje», dijo, y se llevó las manos a los muslos. La habitación estaba fría, quizá más fría que el exterior, donde el termómetro ascendía a nueve grados. La temperatura del cuarto desentonaba con la luz del sol invernal que intentaba disimular su debilidad en las cortinas amarillentas, dispuestas como las alas de una polilla.
La mujer azotó las piernas contra el suelo. Pegó una y otra vez con enfado, pero los golpes dolieron, es más, hasta sonaron, y pareció que sus huesos eran de vidrio: una mujer de cristal en un capullo de fuego. «Dile que estoy indispuesta», dijo con voz trémula. «Que no puedo verla… no, no, ¡mejor dile que no quiero verla!», chilló como si alguien espiara detrás de la puerta. Luego miró sus manos resecas y finas, salpicadas de manchitas rojas que se confundían con pecas. Las venas trazaban caminos verdosos desde los dedos hacia las muñecas, riachuelos de sangre que parecía que iban y venían sin motivación.
Qué enojada estaba aquel día, de verdad que lo estaba. Tanto, que no quiso comer ni tejer ni ver la tele. Tampoco charlar con la enfermera que vigilaba que no se tragara el estambre ni se mordiera los labios. Más bien se dedicó a quejarse entre dientes, constriñendo los labios de vez en cuando, como si intentaran alimentarla a la fuerza.
Sin duda llevaba tiempo sola, tanto, que la soledad la había enloquecido y la había hecho enojar mucho esa mañana de invierno.
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Yunuen Cuenca (México DF, 1979) trabajó varios años en festivales de cine hasta que decidió, sin haberlo premeditado, dedicarse a las letras.
En 2012, publicó el texto «Hurt» en la revista electrónica Illogical Questions, editada por Inger Díaz Barriga. En 2010, participó en la página de internet La lonchería. Información a la carta con un texto que hablaba de futbol, y en 2009 publicó un relato corto en la sección «La Jornada Semanal», del periódico La Jornada. Durante ese mismo año trabajó como correctora de estilo en la editorial Mondadori.
En 2007 y 2008 colaboró en El Perro, proyecto liderado por Yuri Herrera, Daniel Fragoso y Enrique Garnica que obtuvo la beca para publicaciones independientes Edmundo Valadés (2009-2010), otorgada por el Fonca.
Recientemente colabora con el programa Radio Mórbido en Ibero 90.9 FM con la entrega de microrrelatos.
@yunuencuenca












