Descripción

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Foto: © Vennecto


Michelle Pérez-Lobo

Es un monosílabo punzante,

descriptivo y abierto,

aliciente de todas las desgracias más profundas,

muro contra el cual las nubes se compactan;

es motivo de vuelo,

escalón hacia el silencio,

posibilidad y augurio,

vida en el revés de una moneda sucia;

son dos fonemas que preludian la desgracia

–sonidos distintivos, no ortográficos,

un par de milagros,

coincidencia de aparatos y cuerdas,

maquinaria que propicia el habla humana–,

la impotencia de cargar órganos inermes,

olvidar las llaves de oxidados brazos;

es el único vocablo irrefutable,

hermano de ese otro último verbo,

sustantivo y adjetivo esenciales:

Morir, Muerte, Muerto

–¿es palabra el morir, es un hallazgo?

¿Qué letras de qué Verbo primigenio

capaces de romper la soga blanca? –.

En una parcela de tiempo

–cuando los ojos se destruyen,

suspensos entre explosión y silencio–

la lengua se estira hasta el cielo de la boca

–una ranura tersa y sucia,

ajena al polvo pero sujeta al insecto,

aireada y putrefacta, inamovible–,

toca las ranuras gomosas de la carne

y empuja cierta, profunda,

como capaz de apuñalar a un ciervo

–uno de esos seres desnudos de malicia

aunque llenos del instinto más rojo,

casi carmín o casi hueso;

un mamífero rosado

que huye de entre las cejas de una mujer–,

para después descender y viajar al velo

–con la pereza que reside en la odisea–

en tanto dos carnes se sorprenden sin motivo

–forman un círculo imperfecto,

geometría cálida–

y el aire se diluye y libera

–orgasmo de la lengua,

labor fonética de parto,

suspiro de fuegos fatuos–.

Es ahí donde nacen las palpitaciones trágicas,

los actos funestos, las consecuencias:

en el punto exacto donde la consonante se transforma

y la vocal es más redonda y más oscura;

esa partícula de oxígeno

disfrazada de lenguaje

que causa la liberación bucal

es culpable de las fracturas terrestres,

de las bifurcaciones infinitas,

de todas las porciones más negruzcas del cerebro,

de las tintas que construyen las acciones,

de las novelas más desnudas y yertas,

de las ruinas activas, de la creación de tumbas,

de la soledad nómada y de polvo

–mucho polvo que vive entre falanges–,

de las cutículas sin forma

y de los puños constantes

–las rocas más estúpidas,

los cariños más compactos–.

Doble faz, dos letras:

es hija menor de los futuribles

y a la vez asesina del hubiera;

es el último sonido del místico

–ese ser parecido a cualquier aire–

que muere recargado contra la pared:

un infante ingrávido

cuyo primer aliento expulsó un no

–nada de padre ni madre, nada de luces,

ningún espíritu viejo como guía

sino la catarsis de la carne,

elemental pureza,

espacio vacío de tierra y dioses:

el universo hecho crema vieja–.

_____________________

Michelle Pérez-Lobo estudia Letras Iberoamericanas en la Universidad del Claustro de Sor Juana y es editora de la sección de poesía de la revista La Peste, donde también ha publicado poemas y ensayos.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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