Z. Reqber, historietista

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René Rueda Ortiz

 

Eran llamativos. Incómodos para unos pies planos como los de Reqber. En cambio los botines ofrecían formalidad y bajo costo. Pero aquella tarde quería hacer lo que le fuera en gana, desde salir a la calle enfundado en el traje de terciopelo azul, que sólo utilizaba dentro de casa, hasta ingresar en la zapatería Moderna y adquirir ese par de amarrados de charol a dos colores: verde y anaranjado. Detestaba que, antiguamente, al ingresar a la misma zapatería decidido a comprarlos, las habladurías y la vergüenza lo obligaran a claudicar.

La empleada notó que el cliente se había ensimismado: miraba sin parpadear el aparador externo desde el cual se distinguía el incesante flujo peatonal. Raro cliente. Las esquinas de su boca se prologaban hacia arriba: un par de cicatrices que lo obligaban a una sonrisa inmutable. La empleada le habló:

—¿El señor ya ha decidido?

Al marcharse de la zapatería, ninguno de los peatones se fijó en la sonrisa. Reqber concluyó que se debía a su traje y a sus amarrados, cuya extravagancia atraía a las miradas como la miel a las moscas. «Entre más lejos de la cara, mejor», se dijo, y se integró al flujo peatonal que iba al mismo destino: el Cuarto Festival de Violín, realizado, como de costumbre, en la plaza de armas.

Un violinista flaco inauguró el acto con la ejecución del Capricho №5 de Paganini. Reqber, a punto de llegar a la plaza, se juzgó dichoso; dejó que su cuerpo obedeciera el ritmo del Capricho; necesitaba un desfogue así para olvidarse del encargo que lo mantenía insomne y bloqueado: crear una historieta competitiva en un mundo gobernado por el cómic estadounidense y el manga japonés. Probabilidad de fracaso: 98%.

Reqber estaba harto de su trabajo. Su presente era una larga temporada en que no había logrado producir una sola historieta que valiera la pena. Tampoco se creía capaz de ejercer otra profesión. A menudo recordaba que el gusto por las historias ilustradas lo había heredado de Padre, pero Padre era un recuerdo hiriente.

El violín llegó a las notas finales del Capricho cuando Reqber conquistó un lugar cercano al escenario. Su cuerpo continuaba moviéndose con desparpajo y no le interesaba que la gente lo viera como si fuera un loco. Pero un susurro que llegó desde atrás caló en su alma:

—Sigues siendo un marica, farol y horrible.

Reqber se volvió. Por un instante, el susurro le rompió el desfogue, aunque el aplauso multitudinario que recibió el intérprete lo conectó nuevamente con el espectáculo. Esas palabras podían ser dirigidas contra cualquiera.

Un breve silencio envolvió al festival, antes de que apareciera en escena el General Ratko Mladic. Sin embargo, Reqber no pudo aclamar a la primera estrella de la tarde, porque la misma voz que había entonado el susurro, se mofó abiertamente de sus amarrados de charol.

Miró a un lado y a otro, luego hacia atrás. Vio espectadores al borde del llanto, niños sobre los hombros de sus padres. Vio la espalda de un sujeto que rápidamente se perdía entre la multitud: era gordo y alto, vestía de negro, cubría su cabeza con un sombrero de ala media; de la corona del sombrero emergían dos orejas puntiagudas.

Las notas de Srebrenica, pieza con la que Ratko Mladic había alcanzado la fama, inundaron el escenario. El volumen suave con que daba inicio, permitió que Reqber escuchara los gritos que Gordo profirió desde un extremo de la plaza:

—¡Con que te amujeraron!, ¡te amujeraron!, ¡esos zapatos lo demuestran!

«Puta suerte», se dijo el historietista: «mejor hubiera escogido los botines». Ya no logró prestar atención a la música del General. Fue tras Gordo que, al sentirse perseguido, corrió a la esquina próxima y dobló a la derecha.

Al no poseer el peso ni la fuerza necesarias para abrirse camino entre la multitud, Reqber tuvo que emprender la persecución a paso lento. Las puntas de sus amarrados chocaban incesantemente; sus pies, unos pies hechos para el descanso, echaban de menos la presencia de unos arcos normales.

Cuando llegó a la esquina en la que Gordo se había esfumado, habían pasado cuatro minutos desde el último avistamiento. «Quizá sólo esté cansado», dijo al fin, mientras retornaba al escenario: «después de todo, no es alentador que de un día para otro llegue el jefe, el jodido jefe, y diga: Zetita, debes tener el proyecto para mañana, sin prórroga, o te olvidas del adelanto. Puede que el cansancio y la presión me generen visiones».

Y el alquiler atrasado, y el pago de la luz, y la manutención de Madre en el psiquiátrico, se adueñaron de sus pensamientos. No podría recuperar la serenidad. El culpable andaba por ahí: Gordo oculto de raudos movimientos que sabía cómo ofenderlo. La violencia con la cual Mladic interpretaba Srebrenica, no logró acallar un nuevo grito:

–¡Aquí estoy, hembrita garchada!

Localizar el lugar del cual vino la imprecación le fue imposible. Dudó de los peatones, sacudió la cabeza, corrió entre las calles, miró en los contenedores de basura y junto a los autos aparcados. Estaba convencido de que, de no dar un escarmiento a Gordo, las ofensas continuarían. Echó un vistazo a un bus que en ese momento cruzó frente a él. Apretujado en la parte trasera, iba Gordo.

Durante la carrera que emprendió para alcanzar al vehículo, los amarrados trituraban con furia falanges y metatarsos, pero el deseo de venganza era más grande: «¡Suben!», gritó. El chofer hundió el freno. Abrió la puerta delantera.

—¡No!, ¡la de atrás!, ¡abra la puerta de atrás!

—Yo abro la que quiero, ¿se va a subir o no?

Iba repleto: gente con bultos de todo tipo saturaba el pasillo. De un salto trepó al interior. Faltaban cuarenta metros para que la unidad se internara en el túnel que conducía al sur de la ciudad. Entre los pasajeros de pie, Reqber apenas vislumbraba a Gordo. No avanzaron ni treinta metros cuando el odiado enemigo gritó: «¡Bajan!».

Atascado entre los pasajeros, el historietista no pudo evitar que Gordo descendiera; no quería ponerse a gritar, se sentía ridículo y fatigado. El bus se perdió en la boca del túnel que medía un kilómetro de largo.

En la primera parada de la colonia Títeres, a un kilómetro de la plaza de armas, Reqber aguardaba un bus que lo llevara de regreso, sólo pensaba en castigar a Gordo. Una octogenaria y su nieta se arrimaron a la parada.

—Muy buenas noches tenga, joven.

—Buenas, señora. Es raro encontrar gente amable en estos tiempos.

—Cómo cree, joven, si en esta ciudad la gente es muy amable.

—No se crea, señora, hay sujetos muy groseros, sujetos que no deberían existir, que nomás se dedican a molestar.

—¡Jesús! ¿Pues qué le hicieron, joven?, ¿lo asaltaron?

—Para nada, seño, ya no tiene importancia.

—Pues confíe usted más en la gente, aunque se la pase sonriendo, se le nota que anda molesto.

—¡Aquí estoy, payaso idiota!

Reqber dio un giro de 180 grados, pero más allá de un perro que marcaba los postes, no había nadie.

—¡Gordo hijo de puta! ¡Chingada madre!

La nieta de la anciana recibió de mala manera las palabras de Reqber, de suerte que empezó a llorar. El bus de regreso apareció al fondo de la calle.

—Modere su vocabulario, delante de los niños no se dicen palabrotas, y sí, tiene usted razón, hay gente muy grosera, y lamentablemente una de ellas es usted.

Reqber no estaba para sermones:

—Sáquese, pinche vieja– dijo. Hizo la parada al bus, abordó. La anciana prefirió aguardar el próximo transporte.

Por primera vez en una hora y media sintió alivio al mirar que varios asientos iban desocupados. Se dejó caer en uno. Las rodillas y los pies le dolían. Cerró los ojos. Fue entonces cuando escuchó un coro de voces: «Con tu exotismo, nada más lograrás que alguien te viole. Abre los ojos, mojoncito, aquí estoy. Óyeme bien, payaso, óyeme bien: te quitas esos pinches zapatos, te vas directo a casa y te pegas un tiro, el mundo estará mejor sin ti».

Abrió los ojos, ninguno de los pasajeros movía la boca. El bus agotaba tranquilamente los últimos metros del túnel. A dos asientos, Reqber percibió el nacimiento de unas risitas. Provenían de tres jóvenes. Llenó el pecho de hombría y los confrontó:

—Fueron ustedes ¿verdad?

—Nosotros qué, cabrón.

—¡Baja de ahí, maricón! ¡Te garcharé como nunca!

Gordo estaba parado en la acera que continuaba tras el túnel. A Reqber le sorprendió su capacidad de movimiento; le parecieron ridículas aquellas orejas que sobresalían en la corona del sombrero. Pudo notar que de las mangas de la camisa pendían unos trozos de tela, para emular, tal vez, las alas de alguna criatura maléfica.

—Déjenlo ya, es sólo un perturbado– dijo uno de los jóvenes.

—¡No soy un perturbado!, ¡¿qué no lo ven?! ¡Es él!, ¡mírenlo, pendejos!: ¡es el pinche murciélago gordo!

Bajó del bus, lastimado por las burlas que los pasajeros le dedicaban. Estaba a una cuadra del lugar desde el cual Gordo le había anunciado que lo garcharía como nunca, pero en un soplo, el agresor se había esfumado. La música de los violines navegaba en el eco de las calles. Angostas calles. Construcciones de techos elevados. Reqber quería regresar a casa. Echó a andar con los zapatos molidos por el ajetreo para el que no habían sido diseñados. A lo lejos, provocador como siempre, Gordo le salió al paso:

—¿Qué te ocurre, afeminado?, ¿no quieres que te ensanche la sonrisa?

—¡Párate, culero!, ¡párate!– vociferaba, en tanto emprendía la persecución, ridículo y desesperado, D. Z. Reqber.

Gordo quebraba indistintamente a la derecha y a la izquierda. Terminó en una calle cerrada. La velocidad de su pensamiento le permitió vislumbrar una escalera de servicio que se encontraba al fondo. Arreció el paso, sorteó una alcantarilla destapada, esquivó las mentadas de Reqber y alcanzó el primer peldaño de la escalera. Ya había trepado seis, cuando el historietista lo cogió de una pantorrilla. Para mayor agarre, hincó sus dientes en la carne blanda. Gordo contuvo un grito, se concentró en escalar, era cobarde pero fuerte. El sombrero con orejas yacía en medio del asfalto.

Cuando llegaron al techo, consiguió desprenderse de Reqber. Cojeó unos ocho metros hasta ser derribado por una patada en los cojones. Reqber montó sobre el pecho y apretó con ambas manos las delgadas greñas de su agresor.

Antes de levantar la cabeza para estrellarla contra el suelo, ciertos recuerdos se apoderaron del historietista: Gordo suplicaba por su vida igual que Padre. Sintió piedad y lloró, pero la venganza reclamaba su pago.

Azotó el cráneo por un buen rato. Cuando la sangre chorreaba olorosa y los puños se le hundían en la blandura del cuero cabelludo, el remordimiento lo obligaba a repetir entre lágrimas: «Mejor hubiera escogido los botines, hubiera escogido los botines…».

 

 

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René Rueda Ortiz (Chilpancingo, Guerrero, 1984). Narrador. Becario del FOECA Guerrero en dos ocasiones. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas durante los periodos 2012-2013 y 2013-2014. Ha publicado Diario posmoderno y «Un poema para el luto: No es el viento el que disfrazado viene y sus símbolos».

 

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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