Urbe carente. Dos relatos

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Alejandro Córdova

 
 

 
 

AVENIDA DE LA REVOLUCIÓN

 

 
A eso de las once paramos en el autoservicio del redondel de la plaza Italia para cenar algo. A Steven se le antojaba comida chatarra y aunque yo no quería, era la única opción. Se oía, recuerdo, un murmullo que hacía sentir la noche como si no existiera el tiempo, como si siempre hubiese estado así. De no ser por las incontables vallas publicitarias de colores vivos, la ciudad hubiese sido sólo negrura. Aún me recuerdo distraído en el letrero iluminado del restaurante hasta que la niña me habló. El autoservicio estaba deshabilitado, pero podíamos entrar al lugar y pedir comida para llevar. Les dije a los otros que fueran sin mí, una hamburguesa de pollo y papas fritas estarían bien. Les esperé dentro del carro hasta que me dieron ganas de respirar un poco el aire de la noche. Entonces salí y me alejé unos cuantos metros, cerca del jardín donde está sembrado el gran letrero del restaurante. Le fallaba el neón a una letra; me gustó verla parpadear. Sentí frío.

—No los cumple.

La niña tenía una voz demasiado dulce y aunque le escuché perfecto, parecía estar susurrando.

—¿Perdón?

—Que si le estás pidiendo un deseo, no los cumple –reiteró.

—¿Al letrero?

Había entendido. La niña tenía el ceño fruncido. Tenía ojos de gato. Me explicó que hacía mucho tiempo que esa letra estaba agonizando, que ella creyó que podía pedirle un deseo porque nunca terminaba de apagarse, no moría, y alguien le había dicho que las esperanzas nunca mueren. Sonreí.

—Pero los deseos no se piden a las letras de una valla –le dije–. Sólo a las estrellas. –Volví mi mirada al cielo y luego a su cara, que tenía muy sucia–. ¿Ves alguna estrella?

—No importa –dijo.

—¿Cuál era? –pregunté.

—No te lo voy a decir.

La amenacé, entonces, con tampoco contarle mi deseo, si es que había pedido alguno, a lo que ella contestó que no le interesaba. Volví mi mirada hacia el restaurante esperando ver salir a los demás para escabullirme del momento sin herir a la niña. Como no había señal de ellos, decidí cambiarle de tema.

—¿Qué se supone que estás haciendo a estas horas acá?

—Vendiendo –contestó tranquila–, vendo rosas.

—Ajá, y ¿dónde están tus rosas?

—Hoy las vendí todas.

—¿Y tus papás?

—No tengo.

—Entonces tu deseo es encontrarlos.

—No –. Torció la cara. Hubo silencio.

—Y, ¿cuál crees que es mi deseo?

Ella abrió la boca sin emitir palabra. Sonó la puerta del restaurante al cerrarse y las risas de mis amigos acercándose al carro. Era casi morbo preguntarle de nuevo.

—¿Cuál es mi deseo?

—Ya no importa –gritó–. No se cumplen.

Volví a ver la letra de la valla, aún intermitente. Regresé al auto.

—¿Quién era? –preguntaron.

—Una indigente –dije–. Quería una moneda.

Alguien soltó un comentario sobre la seguridad de la zona. Yo entré al carro y no aparté la mirada del letrero del restaurante. Otro día quise regresar a ese lugar para encontrármela por casualidad y lo que vi fue a dos hombres subidos en escaleras reparando el letrero. La letra debió haberse apagado y con ella, el deseo de la niña. No lo sé. No me interesa. A los otros dos niños con ojos de gato que ahora venden rosas en el mismo redondel seguramente sí.

 

 

29 CALLE PONIENTE

 

 
No llovió el día que vi a mi hermano después de tantos años. Nos encontramos en el Mister Donut de la veintinueve calle. Era su favorito, me dijo. Que se iba ahí al menos dos veces a la semana a tomar café y leer mientras veía llover.

—¿Cómo está mi papá?

—Bien –le dije por mentirle–. Me pregunta por vos a diario.

Estaba escribiendo algo sobre una servilleta. No alcancé a ver lo que decía. Diez años atrás me habría preguntado más por papá, estoy segura.

Mi hermano tenía barba, me gustaba cómo se le veía.

—Te parecés tanto a él –le dije. Me arrepentí al instante. Mi hermano dejó de escribir en la servilleta, la hizo puño y se la llevó a la bolsa de la chaqueta. Respiré hondo–. De veras, siempre pregunta por vos. Le dije que trabajabas en la ciudad y que te iba de maravilla.

Sabía que no era así. Papá nunca volvió a mencionarlo. Le avergonzaba tener un hijo como él. La noche que mi hermano se fue de casa, papá no dejó de contarme historias de cuando estuvo en la guerra. Ya no me gustaba escucharlas como cuando era niña, me aburrían, pero sabía que lo hacía porque se sentía mal por mi hermano. Papá ponía casetes de sus bandas americanas favoritas y decía que le gustaba oírlas porque ellos sí sabían qué significaba la revolución, pese a ser bandas gringas.

Ese día, en el restaurante, el televisor sobre nuestra mesa pasaba videos musicales de esas mismas bandas. No tenía volumen. Mi hermano odiaba esa música, le parecía tonta porque hablaba de cosas que la gente quería y no podía tener. Cosas que no son cosas, me decía, sino ideas. Cuando se lo dijo a mi papá hace diez años empezó todo. Luego se fue bajo la lluvia y no supe más.

—¿Por qué te enojaste con papá? –pregunté. No debía hacer esas preguntas, pero no pude evitarlo: lo extrañaba. Sabía que todo era por la lluvia y su música y la revolución y todo eso que sucedió antes de que naciéramos.

—Ya no importa –me dijo.

—¿Y la lluvia?

— No sé –respondió. Volvió la mirada hacia la ventana, se perdía en ella. Afuera estaban el estacionamiento y el supermercado. Saludó con una sonrisa al vigilante y luego miró al cielo descapotado, limpio, bonito.

—¿Qué ves? –. No me gustaba su silencio.

—El cielo –susurró–. Hoy está como derramado.

—¿Ya te has mojado? –pregunté.

—No –me contestó y sabía que era cierto. Sabía que esperaba siempre a que pasara la lluvia por completo, como cuando éramos niños.

—Volvé –le pedí–. Te extrañamos.

— No. Aún no es tiempo. –Y siguió viendo el cielo a través de la ventana, como quien ve llover a cantaradas.

 

 

Del libro Urbe carente (inédito).

 

 

 

 
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Alejandro Córdova (San Salvador, El Salvador, 1993). Escritor y actor joven. Perteneció a las extintas escuelas de jóvenes talentos en letras, un programa de formación para jóvenes escritores que existió entre 2005 y 2011. Ha recibido varios talleres literarios con escritoras como Claudia Hernández, Jacinta Escudos, Jorgelina Cerritos, Susana Reyes, entre otros. También ha recibido formación en dramaturgia y actuación desde los 13 años. Estudia la licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Ha obtenido en dos ocasiones consecutivas el Premio Nacional de Cuento en los Juegos Florales de Sonsonate (2012) y Santa Tecla (2013). Ha publicado en la Colección Juegos Florales 2012 la obra Repertorio de heridas y otros cuentos en revistas nacionales.

 

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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