Hatay

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Tzitzi Janik Rojas Torres

 

 

I.

Evitas pensar. Sabes que si piensas te darás cuenta de que elegiste el bando equivocado. No es tampoco que pudieras estar de su lado, porque naciste en la clase social de la indiferencia; media, trabajadora, obrera-colectiva, la nueva sociología debería cambiar las etiquetas económicas por las psicológicas –piensas– que describen de manera más precisa, pero en automático te detienes: estás pensando. Hay que evitarlo: no lo olvides.

Las patrullas salen como quien sale a recoger a su hijo todos los días, o como un simple repartidor de pizzas. Los conductores, todos parecidos, con las barbillas rasuradas y las cejas gruesas, no demoran en prender las sirenas como si se pudieran evadir las tragedias con el ruido. Tú, parado en la puerta de la comisaría, das la vuelta de regreso a tu oficina azul en el cuarto piso. Tus pasos firmes y rápidos son la señal certera de que estás vacío. Sólo los que no piensan no dudan –piensas– pero de nuevo te detienes, no por miedo a divagar esta vez sino porque tienes asuntos más importantes.

Haces un repaso mental en el ascensor. Once menos cinco, el té de media mañana. La llamada de alerta vino del lobby del Palacio de Justicia que, protegido por quince metros de jardín y escaleras con doble descanso, no sufrió daños. Dada la magnitud de la explosión la diferencia entre el hecho y la llamada no es de más de tres minutos. El estallido alcanzó dos coches junto a la patrulla. El hombre, corrección, el niño (entonces te muerdes el labio inferior y bajas la vista, como si pudieras esparcir tu pena entre los otros, pero sabes que no funciona así) llevaba el explosivo bajo la ropa, una camiseta juvenil con el logo de algún equipo de futbol –imaginas– pero la información precisa no ha llegado. Él mismo llevaba el detonador en la mano. Siete policías muertos. La escolta de guardia y el cambio de turno que venía a relevarla.

Buscas las llaves de tu oficina en la bolsa superior de tu chaqueta (desde que el año pasado te ascendieron de grado ya no llevas uniforme). Entras. La luz, blanca, parpadea un poco antes de prender. Comienza a sonar el walkie-talkie. El tiempo, que hasta ese momento parecía detenido desde la salida de las patrullas, se acelera de nuevo. Piden instrucciones; recoger lo que queda de los cuerpos, la morgue judicial. Una escolta de guardia para la morgue. Una escolta de guardia para la escolta de guardia. Cercar la zona. Prohibir entrada y salida del Palacio. Identificar posibles testigos. Nombres al Departamento de rastreo en la ciudad, huellas y restos físicos al laboratorio suroeste, justificaciones al Departamento de imagen pública. Imposible armar visiones íntegras cuando la burocracia todo lo divide. Pero no tienes tiempo para tus propias quejas, giraste instrucciones en distintas áreas, así que las llamadas provenientes de la zona del atentado se intercalan con las llamadas de las otras patrullas. Repliegue de las patrullas de revisión hasta no eliminar todo riesgo de otros posibles ataques. Uso de rutas alternas de patrullaje, cambio aleatorio del personal. El gobierno legaliza la esquizofrenia cuando se trata de seguridad estatal –sentencias–, cuando hay peligro todos son tus espías. Un dejo de culpabilidad te recorre desde la espalda baja hasta los hombros, mueves la cabeza como si con ello pudieras sacudirte lo que sientes. ¿Y sentir que los que combates tienen algo de razón? Gracias al cielo los pensamientos aún no son objeto de regulación penal… pero no logras tranquilizarte.

Movilizas al mismo tiempo al Departamento de inteligencia interno: ¿sabían los terroristas la hora de las patrullas de revisión? ¿Del cambio de las escoltas? ¿Obtuvieron información interna? ¿Se cambiaron con suficiente frecuencia los patrones de arribo? Las órdenes vienen y van. Cualquiera diría que todo se desarrolla con demasiada rapidez, pero nadie allí se da cuenta. Demasiado acostumbrado a los estímulos, temes el día que, como las ratas de laboratorio, te habitúes a los electrochoques y ya no reacciones más. Nadie te dijo que aceptando el trabajo, firmabas no sólo por un horario de oficina extendido de ocho a diez de la noche con medio día de descanso en domingo, firmabas también un contrato de envejecimiento prematuro; sabes que las arrugas en la comisura de los ojos se acentuarán antes de tiempo. Evitas pensar.

Las catástrofes sólo duran minutos. Arreglarlas puede tomar más tiempo, sobre todo por el desgaste mental (quieres decir «desgaste del alma» pero un asalto de laicismo te reprime). Una hora de destrucción puede tomar años, incluso generaciones enteras, en ser medianamente subsanada. Sin embargo los pasos a seguir después de cualquier catástrofe son irrisorios de tan simples. Lo primero es limpiar; ordenar los restos. Si algo es útil, volverlo a poner en su lugar a manera de recordatorio. Luego fingir que nada ha pasado; peor aún, fingir que nada pasará de nuevo. La naturaleza humana tiende a resistirse al cambio. La inercia, en los hombres, es siempre igual a cero. Te regocijas entre el hecho de que recuerdes tus lecciones de física de la secundaria y tu humor pesimista.

Levantas el auricular, extensión 903. Departamento de salud (implementado en el segundo periodo de transición del país, cuando se daba el paso del laicismo moderado a la erradicación de la religión musulmana en el gobierno), tiene como principal meta evitar que los burócratas se vuelvan locos (o tan gordos, neuróticos, hipocondriacos, que sean inútiles al estado). Una mujer mayor contesta: sabe que eres tú, sabe lo que tiene que hacer. La extensión que marcas pertenece al Servicio Social. Llamar a las familias, cambios de casas, protección a testigos, condolencias.

Quisieras ser tú el que diera las condolencias; condolencias sin sentido, porque no acabas de definir de qué lado estás. No del de ellos, te repites. Pero a veces parece que no estás ni de tu propio lado. Sabes perfectamente qué policías han muerto. Es tu trabajo, junto con el consejo, armar las guardias. No obstante no los conocías, el Departamento es grande. Por suerte –divagas dejando de prestar atención a la mujer cuarentona del otro lado de la línea– ninguno de ellos se llamaba como tú. No soportarías ver tu nombre en la lista de héroes de batalla, al fin y al cabo es tu nombre, aunque no se refiera a ti. ¿O no? Cuelgas el teléfono. Suena de nuevo al instante. Te muerdes el labio.

—Los medios están pidiendo los nombres de los policías. Programamos la primera rueda de prensa para hoy en tres horas, ¿gira instrucciones?– afirma una voz femenina, esta vez joven. La reconoces; es del Departamento de imagen pública. Es atractiva. Podrías pedirle que fuera a verte y que ella tomara el dictado del informe. Podrías verle las piernas mientras escribe la sarta de justificaciones que ambos se saben de memoria y que ambos saben ya insuficientes. Pero no. —Yo mismo redactaré el informe –contestas–, que el comisario Hasan se encargue de los pendientes. No dices nada más y cuelgas. Piensas un segundo en la joven del otro lado de la línea. En sus piernas.

Escribes en una hoja: intercalar los horarios de revisión de las patrullas. Escalar el arribo del personal. Establecer retenes para peatones. Medidas de prevención para proteger a los que protegen. ¿Y quién protege a los que no quieren ser protegidos? Te preguntas. Las medidas de prevención para atentados futuros pueden esperar, sabes que en ese momento lo más importante no es prevenir, sino convencer a todo el mundo de que no pasará de nuevo.

En el computador encendido abres una hoja de Word. Piensas en la suerte que tienes al no ser tú el que esté en la rueda de prensa. Será el Jefe superior, ese hombre con el vientre fofo desbordando por la cintura, los cachetes flojos, la mandíbula trabada de una rabia ignota. Tiene rabia de tanta ignorancia –piensas–, nadie puede sobrevivir a tanta ignorancia sin que algo dentro te explote: «la ignorancia es una bomba con un reloj sin plazo», escribes. Justo cuando aprietas en el teclado la «o», aprietas suprimir como si fuera la frase misma la que en cualquier momento pudiera explotar. Tú tienes que escribir sus informes, sus discursos públicos, los resúmenes de los eventos, de los libros, hacerle sumarios de la realidad. Es un idiota.

Parpadea el indicador de párrafo en la pantalla. Miras la computadora sin mirarla y tu atención rebota en la pared azul de tu oficina. No hay nada en los muros, en tu escritorio hay apenas unos dibujos, recortes, que sirven sólo para desviar la atención (para sobrevivir). No quieres adornar la oficina porque no quieres que te agrade estar allí. Tienes miedo a un día decir, como aquellos oficiales de 40 años con 25 en servicio: «lo que sea de cada quien, mi oficina es un lugar confortable, me gusta mi trabajo». Ellos sí están vacíos, te dices, pero en cuanto lo enuncias un dolor agudo te sube por el vientre; el vértigo de quien está en el borde del abismo y sabe que dará el paso.

«Los terroristas», escribes.

No. Un niño de 14 años no puede ser un terrorista: las cosas designan palabras, no las palabras a la cosas. Decides que en el informe llamarás al niño «niño» y que intentarás evitar la palabra «terrorista». Al menos así evitas que el último recuerdo de la vida de ese muchacho sea ligado con terror. La pesadez te gana, los dedos no se quieren mover en el teclado. Te preguntas: ¿Tienen derecho a decidir pertenecer a un país o no? El liberalismo te da todas las libertades, menos la de rechazarlo. Sabes lo que dirán, sabes que no puedes ni enunciar la idea en las juntas del consejo de seguridad (lunes por la mañana, cambiaron de aula, al salón magno), que si todos decidieran su nacionalidad, que la existencia jurídica no es cuestión individual, que la estructura social debe ser respetada, que el devenir histórico predispone al hombre a determinadas circunstancias. No, son estúpidos, acaso alcanzarán a atisbar nociones de economía y pérdida de territorio. No quieres escribir. Quieres levantar el auricular, llamar al Departamento de información y preguntar el nombre del niño. ¿Y qué si se llamara como tú?

No.

Tecleas dos palabras en la pantalla. Las seleccionas y aprietas suprimir de nuevo.

 

 

 

 

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Tzitzi Janik Rojas Torres (Ciudad de México, 1986). Licenciada en Filosofía por parte de la UNAM, ha realizado estudios en traducción, lingüística y literatura. Se interesa por las relaciones de comprensión entre distintas culturas e idiomas y su significación literaria. Actualmente se encuentra en Ardahan, Turquía, frontera con Georgia.

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. Agustín

    diciembre 31, 2015 at 10:22 am

    Ese momento en que el cuento también se convierte en ensayo. Que gran cuento. Suban mas cuentos por favor. Saludos.

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