Creación de las aves

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Helen Garrido

Un ligero aroma de ébano, un pasillo largo, lleno de tenue luz verde isabelino.

Caminé por todo el pasillo sin encontrar puertas o ventanas. No sé de dónde venía esa luz verde. Los pequeños cuadros que hacían el piso eran cada vez más resbalosos: una saliva los iba cubriendo conforme me adentraba en ese caracol infinito que se convertía en escalones.

—¡La puerta! –le dijo mi yo al otro yo de mi cuerpo, como si ambos hubiéramos buscado todo este tiempo aquella puerta apolillada.

Lenta y cuidadosamente eché un ojo por la cerradura. Todo parecía cinco grados más caliente que fuera del cuarto que veía a través de la minuciosa chapa de oro.

—¿Buscas algo? –irrumpió la voz temblorosa.

Ahora lo único que podía ver iba de sus rodillas a sus pies. Plumas cafés de varias tonalidades invadían sus piernas; sus pies femeninos y sucios nadaban en la espesura salivosa del piso.

Recorrí con la mirada cada parte de su cuerpo. Plumas, plumas, plumas y… ¡ojos bellos, serenos! Pico pequeño, cara de búho, plumas de búho, cuerpo de mujer.

Respondí con ternura ocular.

—Ahmmm, creo que me perdí.

—Todos los que toman este camino creen haberse perdido. Entra ya.

Entonces, descubrí la cosa más rara que hasta ahora había visto: un enorme insecto del que emanaba la luz verde. Dos grandes óvalos y algunas patas salpicadas por aquí y por allá. Estaba junto a un escritorio, puesto como una lámpara.

Arrastré la otra silla y me senté frente al escritorio repleto de Renacimiento. Ella se sentó, recargó los codos sobre el escritorio y con rostro ligeramente alegre me dijo:

—Te voy a decir por qué no te equivocaste de camino –y empezó a leer para mí las hojas viejas de papel mate impregnadas de tinta fresca–. «Un ligero aroma de ébano, un pasillo largo, lleno de tenue luz verde isabelino…»

Todo lo que ella había escrito era lo que me condujo hasta ese lugar.

Remojó su pluma en el tintero y comenzó a escribir cómo me alejaba del lugar: recorría el pasillo de regreso y la luz verde se tornaba blanca.

De pronto, cada letra que escribía se hacía sólo mancha sobre el papel mate. Las manchas, cada vez más dilatadas, originaron figuras inverosímiles; en leve parpadeo, las letras fueron transformadas en un óleo en el que me vi auscultando un cuadro donde hay una niña y un búho con cuerpo de mujer.

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Helen Garrido (Ciudad de México, 1988) estudia Letras Hispánicas en la UNAM.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

2 comentarios

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  2. caffeine

    agosto 4, 2010 at 7:42 am

    y de aquella extenuante pintura de Varo sobresalía de una manera acomplejada el incesante zumbido de un sueño.

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