Con cariño, Carmen

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Ilustración: Valeria Hernández ©

Frank Baez


1

A Carmen la conocí hace quince años en la guagua de unos hermanos chinos que estudiaban en mi colegio. Después de clases los chinos conchaban por la ruta comprendida entre el Parque Independencia y Los Kilómetros. Cuando digo que eran chinos, no me refiero sólo a que eran de origen asiático, sino a que habían nacido en una provincia de China continental y habían emigrado con sus padres al país. Al igual que muchos chinos, sus padres llegaron engañados a Santo Domingo pensando que llegaban a Miami o a Puerto Rico. Según me contaban, el dinero que hacían con la guagua les servía para pagar la mensualidad del colegio y completar el alquiler del segundo piso donde residían junto al resto de su familia. Como vivían próximos a mi barrio de vez en cuando les pedía que me dieran bolas hasta mi casa. A Carmen la conocí uno de esos días. En una esquina de la Correa y Cidrón la diviso con uniforme de colegio, con botas Doc Martens y con el pelo tan negro y tan largo que recuerda a la versión caribeña de la cantante Alanis Morrisette, famosa en esa época. Al ver que le hace señas a los carros públicos, le pido a los chinos que se detengan a recogerla y éstos frenan, dan reversa, le tocan bocina, y ella, sin pensarlo mucho, hala la puerta corrediza, entra preguntando si estamos conchando, y tan pronto le contesto que sí, ella se deja caer en el asiento. Aunque prefiere el Heavy Metal me cuenta que la ha afligido el suicidio de Kurt Cobain. ¿En serio?, le pregunto. Tengo tres días llorando de corrido, me dice. Justo cuando le anuncia a los chinos que se queda en la próxima esquina, le pregunto si me puede dar su número de teléfono; ella contesta que no. Le pregunto entonces si desea que la acompañe a su casa; dice que no de nuevo, de una manera educada y amable, que quizás no es ni amable ni educada, pero como ya me empieza a gustar Carmen entonces lo siento así.

2

Meses después vuelvo a topármela en una guagua. Esta vez no la de los chinos, sino en una de esas voladoras que hacen la ruta de San Cristóbal hasta el Parque Enriquillo. A Carmen la acompaña una prima gorda que se pasa el trayecto entero contando la desesperante trama de una telenovela venezolana. Antes de apearse, Carmen saca un lapicero y escribe en la palma de mi mano derecha su número de teléfono. Me pide que la llame ese mismo día. Sin embargo, ese día me distraje tanto que olvidé copiar el teléfono de Carmen en un papel, y al llegar a mi casa el teléfono escrito en mi mano se me había borrado completamente. Quizás sudé mucho ese día. No recuerdo.

3

Conozco varias jevitas. Salgo con algunas, peleo con otras, me acuesto con pocas. Una de esas noches, sentado en el parque e intercambiando cidis con los vecinos, alguien me cuenta que Blas, el metálico de la cuarta, está saliendo con Carmen. Dado que éste es más feo que Joey Ramone, me río de los rumores, hasta que una semana después los veo besándose en la penumbra del Lumiere. A Blas le tenía mala voluntad desde la vez que mi mamá subió a tender una camiseta de Pink Floyd a la azotea y cuando volvió para recogerla ya no estaba. Cuando lo supe, me dio tanta rabia que tuve que trancarme en el cuarto, poner una canción pesada, una de Pantera, y subir el volumen a todo para que los vecinos no me escucharan gritar y darle trompadas a la pared. Tras desahogarme, fui directo al apartamento de Blas a acusarlo de ladrón, pero éste negó con la cabeza y fingió que ni siquiera le gustaba Pink Floyd. A mí lo que me gusta es el metal, dijo. Sin embargo, días después un amigo lo vio con la camiseta puesta en Café Atlántico.

Así que voy a una de esas fiestas que celebraban en los multifamiliares del INVI y que casi siempre terminaban en tiroteos, y me topo con Carmen, que está sin Blas y que tiene puesta una camiseta de Iron Maiden y los jeans rotos en las rodillas, y que se desplaza con un cigarrillo en los dedos como si estuviera en medio de un video de MTV. Le pregunto por Blas y ella responde que es un comemierda. No intento reprimir la sonrisa que me aflora en el rostro.

—¿De qué te ríes?

—No me río.

—Sí, te ríes como si te acabaras de ganar la lotería.

De tanto en tanto alguien se acerca y se queda bobo mirándola. Otros tratan de sumarse a la conversación, pero al no darles Carmen oportunidad de opinar, dan la vuelta y se van a contemplar el culo de otra jevita. Al cuestionarme sobre los chinos, no tengo más remedio que mentirle y decirle que han puesto un supermercado. Después de la graduación del colegio no podía precisar si éstos seguían en la isla o se habían ido de vuelta a China. De igual manera, no sé qué ocurrió con la guagua, la cual de seguro los sindicalistas de Los Kilómetros confiscaron y sacaron de ruta.

En un momento, cambian las canciones gringas por un reggaetón. Aquellos que estaban sentados en los muebles y recostados de las paredes comienzan a perrear. Con tal de que fuéramos a un lugar más íntimo, me hago el sordo: cada vez que Carmen dice algo, le repico con señas que no la oigo.

—No te oigo, mami –le repito, señalándome un oído primero y luego una bocina que tenemos al lado.

—Pérate –dice, y alza la cabeza como el periscopio de un submarino, me agarra del brazo y me lleva entre los dúos y los tríos que perrean hacia la azotea. Ya arriba, rodeados por las fachadas de los multifamiliares, emprendemos a hablar.

—A mí me gusta ese lunar que tienes ahí –le digo.

—¿Lo quieres? Te lo vendo.

Se quita las Doc Martens y se sienta en el borde de la azotea con las piernas colgando en el vacío.

—¿Qué haces?

—Ven, no seas pendejo; siéntate.

Me acerco al borde e intento agarrarla. Pero a medida que me acerco, ella, riendo, se escabulle y se desplaza más a la derecha. Echo un vistazo hacia abajo y la imagino cayéndose en el pavimento y sobre el techo de uno de los carros parqueados, al igual que en la canción esa de Iron Maiden que ella tanto tararea. Le pido que deje el coro, que se baje, pero no me hace caso y sigue ahí subida mirando hacia abajo, como si estuviera concentrada viendo algo que sólo existe en su cabeza.

—Desde acá se ve el mar y Quita Sueño.

—Bájate de ahí, Carmen.

—No.

—Ajá, ¿es caerte lo que quieres?

—Te dije que no. Es más, si te mueves de donde estás, salto.

Justo cuando dice eso, se va la luz en el sector. Sumido en la oscuridad, lo único que alcanzo a distinguir más allá de las azoteas de los multifamiliares, es el letrero de Texaco.

—¡Carmen! –voceo sin recibir respuesta y temeroso de que se haya caído.

Tiento el borde de la azotea hasta que tropiezo con sus Doc Martens. Las recojo. Bajo las escaleras agarrado del pasamano. Ya en la fiesta, la veo descalza hablando con una morena que jugaba de centro para el equipo de básquet de Miramar. Dejo sus botas tiradas sobre un mueble y me largo.

4

En adelante, la veo con frecuencia con una camiseta de Sepultura paseando un chihuahua. Un día me dicen que Miguel, un amigo de la infancia, fue quien le regaló el perrito. En esa época no me importaba mucho. Incluso salía con una jevita que posteriormente me abandonaría por un mormón. No obstante, una vez andando a pie hasta la panadería, veo pasar a Carmen en una OMSA. La sigo con la mirada mientras ésta pega la cara al cristal sucio para no perderme de vista. Por unos segundos nuestras miradas se tocan, de una manera intensa y reconfortante, hasta que la OMSA se aleja por la avenida y se pierde con Carmen.

5

Vuelvo a verla en un concierto navideño. Prácticamente me tropiezo con ella mientras repaso las gradas en busca de asiento. Casi no la reconozco. Lleva el pelo recogido, unos jeans y una blusa rosada. Le pasa el chihuahua a una de sus primas y me abraza. Habla tanto que casi se le olvida presentar a las primas santiagueras que la acompañan. Son fanáticas de Los Rosario, agrega como para justificar su presencia ahí. Cuando la cuestiono sobre su nuevo look, me responde que tras lesionarse el tímpano izquierdo no ha vuelto a escuchar Heavy Metal. Incluso, por recomendación del médico, tuvo que botar unos audífonos que le costaron carísimos. Está a punto de explicarme cómo fue cuando la interrumpe el presentador con el anuncio de que Los Hermanos Rosario acaban de llegar. A lo largo y ancho de las gradas truenan los aplausos. Clavamos la mirada en el escenario, aguardando a que éstos suban, pero en cambio sale el presentador para anunciar que los Hermanos Rosario están en un minibús afuera y que subirán en diez minutos. El público lo abuchea. Si la tarima no estuviera tan lejos de las gradas, de seguro alguien hubiera saltado, burlado la seguridad y golpeado y pateado sin piedad al presentador.

—Eso es porque no les han pagado –dice Carmen mientras yo trato de imaginarme el interior del minibús donde Los Rosario aguardan incómodos y mentándole la madre a los organizadores.

Entonces comienza a caer una lluvia de botellitas de agua. Al caerme una en la cabeza, Carmen y sus primas se agachan y se resguardan contra mí. Impulsada por el pánico, la gente empieza a darse empellones, a lanzarse botellitas y a insultarse. Más tarde Aníbal, que se me acercó para que le presentara a las primas de Carmen, me contaría que quienes empezaron a tirar las botellitas fueron dos muchachas del Siete. Como por inercia, la mayoría se suma al pleito, empujando e insultando al que tienen enfrente o a sus espaldas. En un momento, volteo la cabeza hacia el escenario a ver si los Hermanos Rosario han hecho acto de presencia, cuando oigo un disparo. Instantáneamente me lanzo al suelo. En ese punto, todo se vuelve caótico: mujeres y hombres gritan, empujan y se embalan a la salida. Carmen está tirada a mi lado con su chihuahua, que ladra como si estuviera tosiendo. Vuelven a disparar. La muchedumbre se parte en cuatro. Me siento como en la secuencia de disparos de Full Metal Jacket. Les ordeno a Carmen y a sus primas que corran hacia la salida. —¡Ahora! –les grito como si estuviéramos en una trinchera.

Estas corren hasta confundirse con la multitud amontonada en una de las puertas de acceso. Al rato, Aníbal y yo las seguimos. Ya afuera, muevo la cabeza a derecha y a izquierda, buscando infructuosamente a Carmen con su chihuahua y sus primas. Retornando a casa en un carro público, Aníbal dice que quien disparó fue La Hiena y que desde que jugábamos básquet en el Ocho y Medio nos tiene mala voluntad.

6

No vuelvo a ver a Carmen hasta mucho después. ¿Cuánto tiempo? Un año y medio, tal vez dos años. En la sala de espera de una clínica donde me van a hacer unos análisis, la veo entrar con unas gafas enormes, aproximarse a donde estoy y saludarme con un abrazo. Sigue con el pelo como Alanis Morrisette, hasta encuentro que lo tiene mucho más largo, mucho más negro y mucho más maltratado. ¿Has salido del país?, me pregunta. Al negar con la cabeza, ella empieza a narrar la manera en que se fue con el programa de Work and Travel a Wisconsin, donde trabajó en una aburrida feria mecánica que abandonó al poco tiempo. Sin más opciones de empleo, retorna a la isla e ingresa en la universidad: se decide por psicología. A medida que toma clases de psicología empieza a trabajar como ayudante de profesora en un preescolar. A los pocos meses, se involucra y compenetra con los niños de una manera que no había imaginado. También se involucra con el papá de uno de sus alumnos. Le acepta una cena. Sin imaginárselo, esa noche acaban en la cama. Sigue aceptándole invitaciones a resorts y restaurantes chic hasta que la esposa de él, embarazada de seis meses, se aparece una mañana en el aula con una sevillana y la amenaza. Tienen que venir profesoras de las demás aulas para arrebatarle entre todas la sevillana. Sin pensarlo mucho, Carmen decide abandonarlo no sólo a él, sino también el preescolar. Coge aire y hace una larga pausa que yo aprovecho para pedirle su número de teléfono. Sin embargo, cuando estoy a punto de anotarlo, una de las enfermeras con cara de perro bulldog grita mi nombre, y cuando levanto la mano, me manda a que la siga por un pasillo. Ordena que me siente en una camilla, que me arremangue la camisa, y me pincha con la jeringuilla hasta extraerme una pinta de sangre. Al terminar, intento ponerme de pie, pero me da un yeyo y antes de perder el conocimiento, caigo como uno de esos ascensores de un rascacielos que te llevan al lobby antes de que logres pestañear. Cuando vuelvo en mí, lo primero que alcanzo a ver es a un residente con una bata verde y a su derecha la enfermera con cara de perro bulldog. Caminando de vuelta a la sala de espera, descubro que el asiento donde estaba Carmen se encuentra ahora ocupado por una gorda que lee una revista Vanidades. Le pregunto a la enfermera con cara de bulldog si estuve mucho tiempo desmayado. Responde que menos de un minuto.

7

Meses después nos reencontramos en otra clínica. En esta ocasión, a una donde llevan a Esteban de gravedad luego de un intento de suicidio. Doy zancadas por los pasillos asépticos leyendo los números de las habitaciones. Al intentar ingresar en la indicada, una enfermera me detiene, señalando hacia un grupo en el que reconozco a una serie de familiares y amigos de Esteban, que vociferan y gesticulan como si estuvieran en un billar. De pronto veo a Carmen, que se inclina un poco para servirse café de un termo. La abordo. Charlamos un rato y convenimos en sentarnos más allá, próximos a los ascensores. Carmen está animada. En un momento, me dice que alcanzó a salir con Esteban. Insisto tanto que ella acaba contándome los pormenores. Sin embargo, antes de referir el hecho, Carmen me hace prometerle que no relacionaré lo que me va a contar con el intento de suicidio de Esteban.

—¿Por dónde empiezo? –se pregunta mirando el vaso con café. A ver, Esteban y yo llevábamos meses cruzándonos a diario por los pasillos de la universidad. Un día me puse una bufanda crema. No por dármela de fashionista, sino porque donde estaba cogiendo clases ponían el aire acondicionado en full. Ese día Esteban me pasa por el lado y sonriendo dice que le gusta mucho cómo me queda la bufanda. De ahí en adelante nos hicimos panitas. Siempre nos saludábamos. Otra vez lo vi fumando afuera frente a un aula donde tomaba clases. Pese a que había dejado el cigarrillo, comencé a fumar por esos días para tener una excusa para salir al pasillo a conversar con él. Un día coincidimos en Cabarete. Otro día se acerca para invitarme a ver una película de Brad Pitt. Al final de la película, me pide que lo acompañe a su apartamento. Esa noche actuaba prácticamente como un psicópata.

—¿Como un psicópata?

—¿Te acuerdas del video de Thriller, cuando Michael Jackson, que parece súper amigable al principio, de pronto se convierte en un zombi?

—Claro.

—Pues así mismito estaba actuando.

—¿Y con todo y eso fuiste al apartamento?

—Claro, estaba intrigada.

Sentados en el apartamento y escuchando bossa nova, Carmen se para y anuncia que va al baño. Esteban se hace como el que no la escucha y se sirve un poco más de whiskey. Carmen se lava las manos y permanece un rato contemplándose en el espejo. Cuando trata de abrir la puerta, se percata de que está trancada por fuera. Empieza a vocearle a Esteban y a tocar la puerta. No recibe respuesta. Empuja la puerta con su cuerpo varias veces, gritando hasta darse por vencida. Toma asiento sobre los azulejos con la esperanza de que Esteban termine la broma. Dura alrededor de dos horas en el baño hasta que de pronto se levanta, gira el picaporte de la puerta y ésta se abre como por obra de magia, o al menos eso supone Carmen ante esa situación. Sale al pasillo y camina con cautela, tanteando las paredes y encendiendo una a una las luces de las habitaciones, hasta que comprende que es la única persona en el apartamento. Se marcha a su casa y dura varias semanas con miedo a que Esteban la vuelva a llamar. Por supuesto, luego de esto, Esteban abandona la universidad y Carmen no vuelve a verlo. Así no se juega con la gente, agrega antes de darle un sorbito al vaso con café.

8

Algo parecido me ocurre con Carmen nueve meses después. Casualmente nos topamos en un bar de La Zona. Al contrario de las otras veces, Carmen lleva una blusa corta, unos jeans ajustados y el pelo recogido por el calor que hace en esos días. En vez de conversar, bebemos shots de tequila y bailamos hasta que apagan la música y el bartender nos pide que salgamos para poder cerrar. Mientras esperamos un taxi, Carmen, borracha, me invita a su apartamento con la intención de prestarme un libro de Virginia Woolf. Dije su apartamento, pero esto debo rectificarlo, ya que Carmen vive entonces con sus padres en un apartamento del Diez y Medio. Por supuesto, esto lo sé más adelante, ya sentado en la cama de ella quitándome los zapatos.

—Duermen aquí al lado.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—No me preguntaste.
—¡Ay mi madre!
—O sea, ¿tú pensabas que yo vivía sola?

Carmen busca el libro de Virginia Woolf para leerme algunos pasajes que tiene subrayados. Tras aquella película en que Nicole Kidman hace el papel de Virginia Woolf, todo el mundo se considera experto en la obra de la escritora inglesa. Intento desviar la conversación por otros cauces, pero Carmen vuelve, retoma el tema y lee sus extensos subrayados. Así que no tengo otra opción que asentir, enfocando la mirada en el lunar que tiene cerca del cuello y en su blusita, con toda la paciencia que puede tener alguien deseoso de ligar y que para lograrlo se transforma en una oreja de seis pies. En el colegio tenía un amigo que movía la oreja izquierda. Nunca he podido hacer eso. Sin embargo, cada vez que asiento ante lo que lee Carmen, me siento como la oreja de mi amigo.

Mientras Carmen lee los pasajes subrayados, me doy ánimos para alargar la mano y tocarle una teta. Cuando lo hago, ésta reacciona de manera violenta y me propina un librazo en la cabeza. Dado que el libro es de tapa dura, me saca un chichón. Carmen se levanta como si nada hubiera pasado. Anuncia que asaltará la nevera. Contrariado, me recuesto en la cama y le echo un vistazo a varios pó

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. J. J. Junieles

    diciembre 27, 2010 at 8:23 pm

    Me gusta este relato, vale más que cientos de novelas malas. En las búsquedas y desencuentros de los personajes, nos hallamos todos. Felicidades.

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