La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo

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Yarica Martínez Cortés

 

Treinta y tres millones de colombianos no caben en toda la vastedad de los infiernos. Hay que dejar un espacio prudente entre dos de ellos para que no se maten, digamos una cuadra, de suerte que si no se pueden ver por lo menos se divisen.

 

Vivimos rodeados de violencia en la calle, en la televisión, en el cine y en los periódicos de nota roja, cuyas imágenes no guardan ya ningún respeto; pareciera que estamos tan acostumbrados a ella que para algunos apenas representa un espectáculo grotesco. Querámoslo o no, la violencia se ha vuelto parte de nuestra vida diaria y es imposible negarla. Por eso, tampoco es extraña su presencia en terrenos antes inimaginables como es el caso de la literatura, donde cada vez cobra mayor impacto. Precisamente, este tema es el eje de La virgen de los sicarios (1994), novela de Fernando Vallejo, uno de los escritores más controvertidos de nuestra época.

Hace tiempo, Colombia se posicionó como uno de los países más temidos de América Latina, pues se convirtió en el escenario de diversos hechos violentos, esto en gran medida por el tráfico de drogas, negocio que dio lugar a los famosos asesinos a sueldo: los sicarios, quienes generalmente eran jóvenes menores de edad provenientes de barrios marginados. En su novela, Vallejo, con su sello de la narración en primera persona y su típico lenguaje soez y abrumador, nos da un recorrido por el Medellín que dejó el jefe del cartel Pablo Escobar, donde presenciamos una cadena de asesinatos sin distinción de género, raza ni condición social; todo esto de la mano de Alexis, un joven sicario, denominado el «Ángel exterminador», quien es el encargado de «limpiar» las calles de la ciudad. La novela es un viaje constante entre el pasado idealizado del narrador y el presente desastroso del mundo del «narco».

Esta historia, que se convirtió en el modelo de novelas de este tipo, no sólo llamaba la atención por el retrato que Vallejo hacía de su lugar de origen, sino también porque su publicación fue casi inmediata a la muerte de Escobar (un año después para ser exactos). Y aunque es cierto que la narración alude al horror colombiano, el texto se puede vincular con las realidades sociales de otros países; por tanto, no es extraño sentirse identificado o familiarizado con varios momentos de la obra, ya que, al final, la violencia es ineludible de la raza humana.

He aquí lo que podríamos considerar trascendental en esta novela: hechos como la violencia cobran valor literario; a partir de recursos como la hipérbole y la oralidad, se construye una estética de la violencia. Vallejo nos sumerge en ese universo a través del lenguaje, por medio de una voz narrativa vehemente, la cual podría molestar o incomodar al lector en algún momento. Nos acerca a la jerga de las comunas, a la devoción de los sicarios por María Auxiliadora, al ritual de las balas rezadas para que la víctima no sufra, en fin, nos muestra una ciudad llena de tradiciones entre las que, al parecer, la principal es matar. Cada uno de los asesinatos llevados a cabo por el «Ángel exterminador» simboliza la cotidianeidad del crimen porque, según el relato, no hay día que no se cometa uno en Colombia, así como no hay taxista que deje de escuchar vallenato con el volumen alto, por eso tampoco es extraña la fugacidad con la que se relatan estas muertes. Aun así, hay una escena demoledora donde el protagonista es un perro. No es intención contar de más, pero sí es necesario acotar que es uno de los momentos cruciales de la novela, pues está lleno de dolor, compasión e, incluso, reflexión.

La virgen de los sicarios contiene una serie de elementos transgresores que «violentan al lector», en este punto cabe aclarar que la violencia no siempre se encuentra relacionada con esa faz primigenia que impulsa al ser humano a aniquilar a otro. Salvador Elizondo, por ejemplo, la define como «el levísimo apenas acontecer que desordena una estructura o una continuidad». Y es que si bien el vigor de la narración logra desconcertar, la nostalgia y la ternura que se asoma de entre la denuncia y la imprecación puede hacerlo aún más. El narrador es un personaje que no sólo recuerda, sino que añora, pues mira hacia el pasado con melancolía porque el presente es desastroso. El romance entre un viejo escritor que no desea vivir más y un joven sicario que mata para sobrevivir es, sin duda, otra forma de violencia dentro del texto en la que la homosexualidad aparece como un elemento transgresor que afirma la oposición a los valores establecidos por una sociedad tradicionalista.

En la parte final de la novela, aparece Wílmar, personaje que acaba por definir la idea que el narrador expresa a lo largo de la novela: la humanidad, representada por los colombianos, no tiene remedio. Esto último queda a consideración del lector quien es el que, como siempre, tiene la última palabra, que él juzgue si tiene razón o si hay algo más detrás de esta afirmación, si la violencia sólo juega un papel anodino o es un intento del escritor por hacernos conscientes de ella, un esfuerzo por hacernos regresar de la indiferencia.

Cuando se habla sobre Fernando Vallejo y su obra, diversas reacciones emanan, hay quienes gozan de su literatura, mientras existen otros que la detestan. Parece no haber un punto intermedio entre estos dos caminos. Sin embargo, esta reseña es una invitación a acercarse a La virgen de los sicarios, una historia que más allá de los prejuicios vale la pena leer y es que sea por medio de la ironía, la violencia o la nostalgia, el lector se ve involucrado con la novela irremediablemente.

 

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Yarica Martínez Cortés (México, Distrito Federal, 1987). Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha impartido asesorías de español a estudiantes de secundaria como parte del programa «Estás a tiempo» coordinado por la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) y promovido por la Secretaría de Educación Pública (SEP). Actualmente estudia la Maestría en Docencia en Educación Media Superior (MADEMS) en el campo de conocimiento de español en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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