Tributo a la nada
Despertar acongojado por la soledad, la tristeza y el vacío, y no hallar por ningún lado un asidero, un sentido que mitigue o disuelva nuestra angustia, es, a todas luces, un ultraje. Pero ¿no será que el ultraje fue cometido en otro tiempo, antes de que la vida nos empujara al borde del abismo? Y más aún: ¿qué razones hay para seguir viviendo en un mundo donde aparentemente todo ha sido despojado de su significado y los referentes se han desmoronado? Nerea Barón se contorsiona en la frágil cuerda del sinsentido en busca de una respuesta.
Like a film that’s so bad but I’ve gotta stay ‘til the end.
Let me tell you now,
It’s lucky for you that we’re friends.
Like a friend.
Pulp
Nerea Barón
Entendí entonces que no me iba a morir. No así. Podía sentir la angustia subiéndome por el pecho, el hastío, la desesperación; podía sentir esas imperiosas ganas de fumar, de tirar todo por la borda, de ver arder Troya y de todas formas, de eso, no me iba a morir.
No era la primera vez que me partían el corazón. Tampoco era la primera vez que amanecía sin un futuro claro, en un país extraño y con apenas tres euros en la bolsa. Conocía muy bien ese hoyo negro en la garganta al despertar, las lágrimas de regadera, el extravío y, en resumen, el deseo vacío de todo deseo: el deseo de meterme a la cama y nada más, cerrar los ojos y desaparecer.
Me acuerdo de cuando me di un plazo de un año para descubrir por qué no me había matado todavía. Pasé el año sin encontrar una respuesta clara, pero llegado el día de emitir un veredicto un amigo me invitó un trago y accedí. Al fin y al cabo, era mi cumpleaños. Regresé a mi casa ya de madrugada, mareada y exhausta. Deseosa de quitarme los tacones y escudriñar un poco el refrigerador, la pregunta me pareció de pronto poco importante: podía esperar un día más. Al final, el suicidio siempre había sabido esperar.
Lo postergué por semanas hasta que, con el tiempo, la pregunta se tornó ociosa. ¿Que por qué no me daba un tiro? Honestamente quién sabe. No me mataba porque el whisky de esa noche, o porque me daba curiosidad el desenlace, o por el instinto de supervivencia o por la inercia, ese bicho terco y útil. En realidad, era una pregunta que aceptaba cualquier respuesta. No me mataba porque no era importante. Lo era más pasar al súper a comprarme algo para cenar, llegar a masturbarme, ver la serie nueva del Warner Channel y reír un poco.
Me habían arrebatado la teleología, eso era cierto. Compromiso cancelado, desempleo repentino y todo el teatro. No podían esperar menos que mi exasperación. Pero pensándolo bien, el ultraje había sucedido desde mucho tiempo atrás, mucho antes de que él se fuera, mucho antes de que yo viviera en este departamento inmundo, mucho antes incluso de que yo naciera.
Siempre me asombro cómo, en otra época, los sueños eran redondos: se les podía ver la cola y las patas, el principio y el final, el corazoncito acelerado y la meta clara. Imagino el cosquilleo de privilegio que habrán sentido Darwin, Copérnico o Kepler al encontrarse con un mundo que todavía era nuevo, y más aún, al sentirse con la licencia de descubrirlo (¡y creérselo!), de contar con la mirada de toda una sociedad que les secundaba el entusiasmo y la ingenuidad, que los escrutaba, que los tomaba en serio… Estaban construyendo algo.
Y no hacía falta tampoco ser un genio, un «gran hombre de la Historia», para gozar de esa fe ciega en un mundo sólido. Mi abuela todavía me enseñó un universo en el que el bueno era bueno y el malo, malo; en el que bastaba trabajar para que te fuera bien, en el que «estudios recientes demuestran» era un argumento de peso. Luego nos volvimos críticos, un poco antes de volvernos estúpidos.
Nos sentimos orgullosos por sacar a la luz personajes verosímiles: héroes que eran débiles y villanos que habían sufrido mucho, príncipes insoportables y ogros de buen corazón. «¡Parcialidad!», gritaron fascinados los filósofos, igual que como habían gritado con las vanguardias artísticas y con el boom del marxismo: nada los entusiasmaba más que ver correr el telón, develar la obra maestra, «la cosa en sí», sin darse cuenta de que lejos de encontrarla, la estaban matando.
Luego, luego nada. La muerte del sentido, del arte, de Dios, de la revolución, etcétera. La náusea sartreana, el vértigo kunderiano, el ateísmo postnietzscheano. La fragmentariedad como consigna, las benzodiazepinas, los Starbucks en cada esquina, la cura contra el cáncer que prolongara veinte años nuestra esperanza de vida. Basta. Suspiro.
¿Y todavía mi madre creía que yo podía ser escritora? Acusa a Foucault, mamá, por haber matado al autor; acusa a Nabokov, a Kerouac, a Hemingway o a Borges por haber nacido antes que yo. Uno comprende pronto que en la vorágine, una pieza más o una menos no hace diferencia alguna. No estamos aquí por éxito o por esperanza, estamos aquí únicamente porque alguien nos ha encerrado en el mundo y arrojado la llave afuera. Y pues en algo nos tenemos que entretener, mamá.
Ya casi amanece. Él solía prepararme el café a esta hora. Decía que a este paso nuestros hijos iban a nacer adictos a la cafeína. «Nuestros hijos», vaya ironía. Nadie debería tener que quedarse en la sala del cine después de los créditos. Es una franca tortura. Y pensar que aún pago la hipoteca de lo que iba a ser nuestra casa; la pago para venderla después, la pago para no ir a la cárcel. ¿Aunque lo hago realmente por eso? Quizá me engaño, ¿o qué explicación le doy al hecho de que yo misma elija el color de las paredes y asista a las juntas del vecindario? Soy una estafa.
Y, sin embargo, me asomo a la ventana. Me gusta el color del cielo cuando amanece. Es de un azul ligeramente purpúreo, la bisagra entre el día y la noche, esa niebla ambigua. Es viernes al fin. Debería hablarle a Mónica para ver si va a hacer algo al rato, me gustaría que me contara qué pasó con su melodrama con Juan. Tal vez podríamos ir a ese bar que está por Callao, creo que hoy iba a estar al 2 x 1.
Quizá no hace falta más que eso para continuar vivos, después de todo. El deseo sin rumbo ni finalidad, la pulsión de vida irracional pero constante, la sonrisa del hombre de la calle, el café con leche, el espejo cuando es benevolente y la curiosidad: ¿cómo le hacen las arañas para hacer tan sofisticadas telarañas?
La vida como un tributo a la nada. La vida sólo porque sí.
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Nerea Barón: contorsionista metafísica.













Buenaventura
septiembre 9, 2012 at 8:18 pm
Para seguir vivo, sólo hace falta estarlo. No es una cuestión de bifurcaciones que surgen del libre albedrío. O quién sabe.