Pumas y Tiburones Rojos, una doble nacionalidad
Eduardo de Gortari
Hay gustos y deformaciones que sólo pueden adquirirse en edades precisas: difícilmente uno se podrá convertir en un ferviente lector de Baudelaire o de Kerouac si no es a los 17 años. Del mismo modo, la afición a un deporte, para ser profunda, depende de qué tan en serio se puede tomar uno el juego; y, como diría Gadamer, nadie en el mundo puede tomarse más en serio un juego que un niño. De entrada, en la niñez uno está ampliamente dispuesto a dejarse llevar por el peso de la leyenda: aunque no presencié ninguno de los cuatro campeonatos de Joe Montana, el fanatismo que mi hermana mayor profesaba por el quaterback de San Francisco selló mi apego hacia los Cuarenta y Nueves.
Sin embargo, en el futbol fue un poco diferente mi método de elección. Aunque mi padre es un aficionado riguroso, no heredé de él mi gusto por el futbol, mucho menos la elección de equipo: siempre supe que no era buena idea, aun en sus buenos tiempos, irle a un equipo al que le van tres personas: el Necaxa. Tampoco me volví un fanático del futbol jugándolo. Debo decirlo: a diferencia de tantos hinchas que esgrimen a la menor provocación «que pudieron ser profesionales», nunca tuve madera de futbolista. A lo largo de los años he sido un aficionado constante y, ante todo, un videojugador obsesivo que a veces aún logra gambetas imposibles; mas nunca fui un buen jugador fuera de las canchas virtuales. Desde el principio asumí con temple que mi lugar siempre estaría en las gradas o sosteniendo un control de PlayStation.
Fue justo gracias al International Superstar Soccer en el Super Nintendo que me aficioné verdaderamente. México miles de veces obtuvo la Copa del Mundo en la soledad de mi cuarto; y miles de veces fue aporreado más tarde ante las huestes italianas o brasileñas que dirigía mi hermano. Nunca quise cambiar a México por otro equipo que estuviera a la altura del rival. En parte así me libré a tierna edad de cualquier nacionalismo malhechor, y así, como mi padre con el Necaxa, me curtí ante la derrota.
El problema, claro, es que pronto descubrí que los excelsos goles que anotaba en la consola no solamente jamás podría anotarlos yo en la vida real, sino que tampoco los profesionales mexicanos eran capaces de hacerlo. Siempre supe que tendría que valorar el futbol por muchas razones ajenas a la calidad con la que se desempeña en México. ¿Y para qué aficionarse a un equipo mediocre mexicano, incapaz de ser como una escuadra de Nintendo? ¿Para qué ver perder a México en vivo, si yo siempre podía lograr que ganaran el Mundial en 8, 16 y, más tarde, 64 bits? Me temo que la respuesta que obtuve en aquel entonces ahora goza de una amplia desaprobación: por convivir.
Durante mi infancia en Veracruz, mis amigos siempre me vieron con la desconfianza con la que se ve a cualquier defeño. No importaba que mis recuerdos del DF fueran microscópicos, para ellos bien podía ser un infiltrado chilango, alguien que sabía que en otro lugar del mundo el transporte subterráneo era una realidad y no una promesa de campaña, alguien que había visto con sus propios ojos avenidas con más de dos carriles. En Veracruz, irle a los Tiburones Rojos era equivalente a tener una carta de naturalización definitiva; podías haber nacido en el DF, pero irle al equipo local te certificaba como jarocho de pura cepa. En 1997 José Mari Bakero llegó directo del Barcelona al Puerto de Veracruz y yo sellé mi dividida pero siempre firme afición a los Tiburones Rojos. En el Luis Pirata Fuente asistí a derrotas implacables que cerraron rachas esperanzadoras, inútiles victorias incapaces de revertir una temporada mediocre, conocí por primera vez la amargura bienhechora de la cerveza Superior durante suradas de terror y vi a la selección nacional ganarle 5-4 a Liberia. Mi presencia en el humilde estadio del fraccionamiento Virginia me ayudó a entender que no se puede elegir el lugar donde naces, pero sí el lugar de donde provienes.
Y dije «afición dividida» porque mi propia pertenencia geográfica es tema de discusión: si en Veracruz a veces me juzgaban de chilango, ante mi familia del DF siempre pasé como jarocho. A eso debo agregar que la familia de mi madre se distingue por ser ajena a la conversación y particularmente entre los hombres el repertorio de temas se reduce a tres: los «pinches descompuestos» coches, el «pinche mal» gobierno y los «pinches perdedores» Pumas. De mi familia aprendí que, aun si no es deseable, es posible odiar profundamente las cosas que uno más quiere. Bajo ese panorama, si quería cruzar palabras con los integrantes masculinos de mi familia durante los fines de semana o durante las vacaciones, debía aprender primero sobre aquellos tres temas ineludibles, del mismo modo en que Thao en Gran Torino aprende de Clint Eastwood a conversar como (inserte gruñido) un hombre. Pronto, no sólo le agarré gusto a hablar mal de los Pumas frente a la tele; también le agarré aprecio a ese equipo que representaba a la universidad que siempre fue mi universidad mucho antes de que yo ingresara en ella. Ignoraba que ese equipo entregaba más dinero a Slim que a la universidad, pero en cambio sabía muy bien que ahí estudió mi abuelo y que mi otro abuelo se prometió a sí mismo que sus hijos estudiarían ahí, sabía que en la UNAM se conocieron mis padres; incluso en ese entonces sabía del protagonismo que tuvo la UNAM en dos fechas cruciales para mi familia: el 2 de octubre del 68 y el 10 de junio del 71. Poco o nada me importa el papel que ha jugado la UNAM en la vida del país comparado con la importancia que ha tenido en mi vida y la de la gente que me rodea.
Por supuesto, esta pasión dividida, que para muchos es un injustificable pecado deportivo, jamás me ha retribuido por partida doble. Muy por el contrario, me he tenido que acostumbrar, con ambos equipos, a la mediocridad y a la derrota como marcas de lo cotidiano; en el caso del Veracruz, tuve que soportar el descenso, que para colmo fue estampado por los mismos Pumas. No conozco fecha más temible en la temporada que cuando ambos equipos se encuentran. Incluso, en algún momento, tuve que reconocer en la figura de Cuauhtémoc Blanco a un mesías indiscutible. Mi adicción a estos dos equipos sólo me ha servido para formar mi carácter, para acostumbrarme a perder en la siempre encomiable forma beckettiana («intenta de nuevo, fracasa de nuevo, fracasa mejor»), y para ver la victoria ocasional, dentro y fuera del estadio, con una saludable desconfianza.
Sin embargo, con los Pumas supe por primera vez en mi vida cómo se siente irle al equipo ganador. El inolvidable año del bicampeonato lo viví como una rara recompensa: en la casa de mis abuelos maternos a todos nos pareció desconcertante que habláramos bien de los Pumas. Ese año decidí que estudiaría en la UNAM y, aunque no cometí la torpeza de acudir el primer día de clases con mi playera de los Pumas, sí vi en aquellas insólitas victorias la aprobación del destino: debía hacer el examen de admisión y entrar al CCH Sur. Y en ningún momento pude dejar de lado el temple adquirido con los años: lo que parecía un genial golpe de suerte (Veracruz finalizando como líder en la liga, la posibilidad de que mis dos equipos se coronaran campeones, uno detrás del otro) acabó en victoria pírrica: en los cuartos de final los Pumas hundieron de forma contundente las esperanzas de los Tiburones. Viví con una amarga felicidad el trayecto final de los Pumas hacia el segundo campeonato y comprendí, de paso, el recelo o el franco desdén que han tenido históricamente los parisinos y los músicos ingleses hacia la alegría fácil: unos parecen indiferentes ante el hecho de vivir en la ciudad más bella del mundo; los otros nos han enseñado que todo romántico mediodía soleado puede terminar en rompimiento durante una tarde lluviosa. Estaba feliz por el campeonato de los Pumas, pero estaba consciente del costo que tuvo para los Tiburones; no en balde estos son melodramáticamente Rojos por la sangre. La vicisitud final ocurrió cuando mi ligue de aquel tiempo, una envidiable aficionada, consiguió dos boletos para el partido de ida en CU. En ningún momento dudé en ir, pero tampoco me sentía completamente digno de esos boletos: por un lado, la derrota del Veracruz me seguía rondando la cabeza; por el otro, me parecía peligrosamente villamelón que la primera vez que acudiría al estadio de CU fuera para ver una final. El azar resolvió el asunto de forma innecesariamente portentosa: me propinó una infección estomacal de campeonato. Escuché el partido contra el Monterrey desde el baño y esa chica decidió llevar al estadio un nuevo ligue cuyo estómago no sucumbiera ante la duda.
El desenlace apoteósico de mi doble afición ocurrió en 2007 en CU. En ese entonces tenía por roomie a uno de mis mejores amigos de Veracruz. No sé por qué en su cabeza pareció una buena idea que fuéramos a ver un encuentro Pumas-Tiburones pero el destino le demostró ampliamente que fue una pésima ocurrencia y que los empates jamás llegan cuando se les necesita: la primera vez que fui a un partido de los Pumas en CU viví, al mismo tiempo, la victoria total y el fracaso absoluto: Pumas masacró 8 a 0 a los Tiburones y, aunque nací bajo el signo de Libra, ni siquiera yo pude soportar emociones tan desiguales. Suena genial que la primera vez que vas a ver a tu equipo éste gane con un marcador inolvidable, tripleta de Esteban Solari incluida, pero se convierte en pesadilla si eso implica presenciar la mayor derrota histórica de tu otro equipo. Por supuesto no todo pudo ser drama y, a diferencia de mi amigo que para el cuarto gol prefirió dejar de ver hacia la cancha y acostarse sobre la grada como un soldado herido, viví con infantil entusiasmo cada uno de los 8 goles. Pero apenas terminaban las celebraciones de cada tanto, recordaba brevemente la otra mitad de mis lealtades. Nadie jamás sabrá, como yo lo supe ese día, el significado de la palabra agridulce.
Esta doble identificación, que de pronto parece una consecuencia evidente de mi signo zodiacal, es idéntica a tener doble pasaporte: jamás podría someterme a una etiqueta como la nacionalidad, pero en la repartición de lealtades geográficas mi corazón se bifurca irremediablemente entre dos códigos postales: nací en el 10900, pero me formé en el 94290. Mi acento mismo, que más de uno identifica (no sé por qué) como «norteño», es la mezcla a veces indisoluble de ambos dialectos, chilango y jarocho. Todo mi concepto de patria se reduce, como el sentido mismo de la palabra «patria» hace siglos, a la ciudad en la que vivo y a la ciudad en la que crecí. Los Pumas y los Tiburones son mis propias (y aún más mediocres) selecciones nacionales, que como toda selección responden más a intereses comerciales ajenos al fervor del aficionado. Pero incluso esos detalles ominosos del deporte dejan de importar cuando sales a la cancha, porque ahora mismo ya prendí el PlayStation y voy a jugar en el FIFA un Pumas-Veracruz. Y esta vez, acaso por primera vez en mi vida, estoy decidido a conseguir un empate.
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Eduardo de Gortari (Ciudad de México, 1988) es autor de los poemarios Singles //05/08// (RDLPS, 2008) y La radio en el pecho (FETA, 2010), este último elegido como uno de los mejores del 2010 por el diario Reforma. Ha colaborado en revistas como Tierra Adentro y Luvina y en antologías como Función privada, los escritores y sus películas (Cineteca Nacional, 2013) y Rigo es amor (Tusquets, 2013). En 2013 ganó el Premio Punto de Partida en la categoría de poesía. Fue becario del FONCA. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas, irregular pero orgullosamente, en la UNAM.












