Justicia desencadenada: responsabilidad y segunda modernidad

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A contracorriente de quienes ven en nuestros tiempos una «postmodernidad» caótica, donde todo ha perdido sus contornos y no existen ya certezas como en el pasado, Lyana Francot y Ubaldus de Vries, de la mano de la teoría de la modernización reflexiva de Ulrich Beck, demuestran cuán arraigada está nuestra época en la «modernidad» supuestamente superada (o negada) y cuán concretos son sus problemas y sus riesgos. Además, basados en una visión liberal del derecho, proponen una forma de solucionar equitativamente los enormes desafíos que enfrentan nuestras sociedades globalizadas.

Lyana Francot y Ubaldus de Vries

 

Introducción

 

La sociedad contemporánea occidental carece de límites. Diversos desarrollos socio-estructurales han llevado a que académicos hablen de nuestra sociedad como una «sociedad mundial».[1] Esta sociedad mundial parece usurpar otras sociedades delimitadas por estados. En todos los ámbitos sociales, vivir ha transmutado en algo ilimitado e incontenible. El transporte moderno no permite la existencia de lugares inexplorados y las relaciones sociales se encuentran siempre a un par de clics de distancia. Las relaciones amorosas se dan en aviones, las repisas de nuestras cocinas están retacadas con especias exóticas y otros ingredientes, y en nuestros jardines emergen plantas y flores rarísimas. La sociedad contemporánea ofrece opciones y oportunidades ilimitadas.  Al mismo tiempo, vemos cómo consultoras financieras «inteligentes» deciden cortar las raíces de compañías nacionales para ser parte de corporaciones globales con poder político siempre en aumento. También nos vamos dando cuenta de que decisiones tomadas aquí, sobre consumo, por ejemplo, afectan las vidas de personas en cualquier otro lugar. La industrialización y el capitalismo han traído riqueza –aunque no a todos– pero han mostrado también los muchísimos efectos secundarios que conllevan para los seres humanos y el medio ambiente. La sociedad mundial no es mundial solamente en términos económicos. La sociedad contemporánea también carece de límites en un sentido político, en el que los movimientos socio-políticos tienen un impacto global y se desarrollan frente a una audiencia mundial –la revolución egipcia de 2011 es quizá el mejor ejemplo de ello. Y la academia también celebra su ahora arena global, donde se cultivan redes de investigación transnacionales y programas de intercambio estudiantil. La ley moderna ha comenzado a vislumbrar la introducción de aspectos globales también, aunque denominados internacionales, como la Corte Penal Internacional y otros tribunales y cortes ad hoc, trascendiendo la jurisdicción tradicional del estado-nación.

Todos estos desarrollos transforman a los individuos en ciudadanos del mundo, lo quieran o no, ya sea por decisión o por omisión, negativa o positivamente: tanto para el turista como para el inmigrante, el mundo ahora está a sus pies.[2] Hogar para el ciudadano del mundo, este planeta no es un remanso de paz en sí. El individuo se ha separado de sus vínculos que habían sido instrumentales para su identidad: estado-nación, religión, lenguaje, moneda, por poner algunos ejemplos.[3] Esto indica que una sociedad mundial no es beneficio puro, sino que debe lidiar con problemas específicos. (Es decir: sugerimos que esta sociedad mundial construye su unidad e identidad por y a través de estos problemas.)

Los problemas

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