Humanizando al héroe
LA LUCHA DETRÁS DEL ESPECTÁCULO
A medio paso entre el deporte y la ficción, la lucha libre mexicana sintetiza como pocas cosas a todo el conjunto de nuestra cultura. En este texto se dan cita diversas voces, perspectivas y narrativas que tratan de descubrir el lado humano de los protagonistas de este espectáculo nacional.
Julieta Luna Rosas
Con una trayectoria de ciento cincuenta y dos años en el país, la lucha libre se sitúa como el deporte-espectáculo emblemático de la cultura mexicana. Divididos entre técnicos y rudos (héroes y villanos), los luchadores arriesgan la vida con marometas y llaves que hechizan a los espectadores de la eterna batalla del bien contra el mal.
Fue durante la intervención francesa, en 1863, cuando la lucha libre llegó a México como diversión en circos y ferias de origen europeo. En 1933, Luis Salvador Lutteroth González fundó la Arena Coliseo, el recinto dedicado a este deporte con mayor antigüedad en México y América Latina y hogar del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL).
En la actualidad, el pancracio se ha consolidado como referente del país en el mundo, destacando como sus principales características el uso de máscaras y la mezcla de técnicas de diversas disciplinas marciales, particularmente las referentes a la lucha aérea.
La función
«¡Pásele, pásele! Taquillas tres y cuatro están disponibles. Los precios los puede checar en pantalla», invita un acomodador a los transeúntes. La función de lucha libre está por comenzar, como todos los viernes a las ocho y media en la Arena México.
Los precios varían desde un costo de ochenta pesos del boleto más barato hasta los ciento cincuenta del más caro. En las filas se observan padres de familia, adolescentes, niños e incluso extranjeros, entre ellos norteamericanos y japoneses, cuyas culturas comparten con la nuestra la afición por la lucha libre.
Iluminados por la raquítica luz de un foco, puestos ambulantes (lonas improvisadas fuera del recinto) maravillan con sus productos y diseños a jóvenes y niños. Ofrecen playeras, tazas, figurillas de acción y, por supuesto, una amplia gama de máscaras colgadas con motivos de los luchadores favoritos de los espectadores.
Inaugurada el 27 de abril de 1956, la Arena México cuenta con capacidad para 17 678 personas. Los lugares más cotizados se encuentran frente al ring, donde hileras de sillas se disponen alrededor del cuadrilátero. Entre los asientos, vendedores de cerveza y golosinas despiertan el apetito entre los niños con sus chocolates, palanquetas y paletas.
En punto de las ocho y media, las luces del escenario se encienden; el público grita excitado por la música y el humo artificial que acompaña a los deportistas al entrar al cuadrilátero. Los gladiadores reciben las ovaciones o los abucheos de los asistentes. Posan, exhiben su vestimenta y musculatura hasta llegar al ring y colocarse en la esquina según el bando al que pertenezcan: técnicos o rudos.
Es la hora de comenzar. Al subir al ring los luchadores adquieren poderes sobrehumanos otorgados por los aficionados; sus máscaras los alejan de su humanidad para colocarlos en el papel de héroes o villanos. Víctimas y victimarios de «castigos», nombre para designar todo tipo de llaves y contrallaves, los enmascarados reciben con portentoso valor los golpes para satisfacer a su público. Lo que importa es el espectáculo.
«¡Órale, cabrón, le vas a sacar una piernita!», gritan los espectadores ante el temor de ver a uno de sus ídolos en peligro. Los golpes recibidos dejan sin aliento a los gladiadores. «¡Mírale nomás! ¡Ya le sacaste el aire al gordo!», reclaman los aficionados al ver el cambio de color en sus rostros.
El deporte-espectáculo
«Que quede claro, es un deporte», corrige Arturo López Escalona, reportero de Estadio: el diario deportivo de México; al igual que con el demás vocabulario utilizado para referirse a la lucha libre: «Son caídas, no rounds; luchas no peleas», remarca el aficionado y experto sobre el argot utilizado en el deporte. Cumpliendo con su deber y atendiendo su pasión, el amante de la lucha libre realiza su trabajo desde la esquina mil en la Arena Coliseo. La experiencia le ha enseñado que es el mejor lugar para observar los enfrentamientos, a la vez que le permite extender con amplitud sus piernas.
«Mucha gente piensa que es un espectáculo. Es un deporte-espectáculo. ¿Por qué espectáculo?», pregunta el periodista alzando la voz, excitado de hablar del deporte que le apasiona. «Porque es una representación teatral de la eterna lucha del bien contra el mal», concluye con gotas de sudor recorriendo su frente, efecto del calor de abril.
«Hay personajes que son buenos y los hay maléficos», enfatiza López Escalona apretando el puño sobre su rostro. «Todo depende de las características psicológicas de cada luchador: si su carácter es temperamental y explosivo y es muy tosco a la hora de combatir, es rudo», agrega.
La lucha libre mexicana combina lucha olímpica, grecorromana, aérea, libre y profesional, requiriendo de los deportistas una preparación previa y completa en cada modalidad de combate. «En cada estado hay comisiones de box y lucha. Ellos tienen temporadas para hacer exámenes. Es como una carrera. Cuando pasan el examen registran su nombre de luchador y si son rudos o técnicos», informa el periodista.
La rivalidad entre técnicos y rudos
«Los técnicos tienen mucha técnica, son muy científicos. Siempre verán cómo imponerse sobre los rudos, pero haciendo el bien. Tienen más transparencia en sus movimientos. Los rudos, por este arrebato de emociones, fallan», menciona Angie Roux, única mujer anunciadora en el país, radicada en la Arena López Mateos (Tlalnepantla, Estado de México).
Preferidos por los aficionados, los técnicos representan a los buenos dentro de la lucha libre: se apegan a las reglas para triunfar sobre el enemigo; mientras los rudos ejemplifican lo contrario a ellos: son rufianes que rompen las reglas desde antes de entrar al ring.
«El rudo es aquel que camina prepotente, no saluda, no quiere el aplauso. El rudo quiere que le mienten la madre, que le griten, que lo abucheen. Ése es su aplauso», describe el periodista deportivo Arturo López Escalona.
«El público espera que gane el bueno. Un villano siempre puede ganar o perder», comenta Daniel Chávez, luchador profesional con cuatro años de experiencia en artes marciales mixtas, sobre la teatralidad ejecutada en el cuadrilátero y la expectativa que tiene el auditorio. «Que el bien triunfe sobre el mal», puntualiza el deportista.
«El chiste de ser rudo es que te odien, que te tengan miedo. Una de las sensaciones más gratificantes de ser rudo es que los niños se acerquen con miedo a pedir una foto contigo», comenta Daniel Chávez sobre su personificación.
El misticismo y la fortaleza del luchador dependen de su máscara, elemento que otorga al luchador nombre artístico, personalidad y actitudes que identificarán al deportista sobre la lona. «Un luchador que pierde la máscara pierde la carrera, en pocas palabras», enfatiza el periodista Arturo López Escalona.
«Cuando no usaba máscara no me hacían mucho caso. Solo los niños y ya, pero eran pocos. Ahora, con máscara y con nueva identidad de luchador, debo estar en personaje. A veces termino espantando a medio mundo», dice el deportista de veintitrés años Daniel Chávez.
Los luchadores se resisten a la derrota. Es cuestión de honor. Perder significa la humillación pública de ser despojados de su identidad. Solamente se apuesta la máscara en grandes competencias. En caso de perder, el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL), empresa mexicana pionera del pancracio en el país, exige a los vencidos que pasen cinco años para volver a enmascararse.
Sin embargo, contrariamente a la opinión generalizada de respetar la identidad de los luchadores, Chávez opina que «hoy en día es muy rústico guardar tu identidad», y agrega: «Seamos sinceros: si buscas en internet, no sé, “Rey Misterio desenmascarado” aparece su nombre, quién es y dónde vive».
El entrenamiento de los guerreros
«¡Ya párale, güey!». Los golpes resuenan en la habitación; no han parado desde hace dos horas, tiempo que dura el entrenamiento de los luchadores. Por las venas de los deportistas circula la adrenalina. Caen sobre sus anchas espaldas; los golpes las han amoldado para recibir el impacto de su cuerpo contra la lona. Les duele, pero parece no importarles.
La lucha libre está hecha por atletas que se preparan diariamente para los combates. El entrenamiento comienza pasadas las 13:30 h, a tres cuadras de la estación Apatlaco (línea 8 del Metro), donde luchadores profesionales de entre diecinueve y veinticinco años de edad se reúnen con el entrenador: Bronco, luchador con treinta y cinco años de experiencia.
A pesar de rebasar los cincuenta años, Bronco permanece activo como luchador e instructor. Enseñar a las nuevas generaciones de gladiadores es una práctica común entre las grandes estrellas de la lucha libre, ya sea como medio de subsistencia o por afición al deporte.
Durante el calentamiento, con sus ejercicios previos para lubricar las articulaciones y prevenir futuras lesiones, el entrenador no para de gritar «no te quedes atrás» o «¡corre más rápido!». La dificultad de los ejercicios aumenta gradualmente: sentadillas, lagartijas, saltos que aceleran la respiración de los atletas.
Por el cansancio, el rostro moreno del maestro adquiere una pronta coloración pálida que le hace reconocerse superado por sus alumnos en fuerza y agilidad. El entrenamiento lo fatiga; su condición no es la misma de antes y prefiere no saltar a los veinteañeros que miden más de 1.80 metros de estatura.
«Está bien, hijo», da la razón Bronco cuando se presenta algún conflicto, ya sea por la estética de las poses o por la exigencia de los ejercicios. En general lo escuchan, aunque eso no lo exente de discusiones ocasionales con sus jóvenes pupilos. Una serie de cicatrices en su cuerpo respaldan su experiencia. «Cada entrenador tiene modos diferentes. Los luchadores se deben acomodar a todos los estilos», explica el instructor.
Terminado el calentamiento, los luchadores se adueñan del cuadrilátero. Una serie de ejercicios los invita a golpearse entre sí por turnos, a lanzarse contra las cuerdas y a castigar a sus compañeros. Lo disfrutan. Su gozo es comparable al de niños saltando sobre un castillo inflable. Entre acrobacias, marometas y paradas de manos, los luchadores realizan ejercicios propios de un gimnasta, lanzándose con crudeza a la rígida lona o fuera de ésta con unas rodilleras como única protección. Enrojecidos por los golpes recibidos, las pieles, mejillas y ojos de los luchadores denotan la sangre bombeada por sus cuerpos. Las patadas y los golpes están permitidos y, como si fuesen de goma, los luchadores juegan con las extremidades de sus adversarios, provocando que se contorsionen con gestos de dolor extremo.
Tras recibir un mal golpe, otro de los jóvenes camina sobre la espalda del deportista lastimado sosteniéndose de las cuerdas. «Cuando uno se lastima ésta es nuestra curación», sonríe complaciente Bronco, mostrando una amplia hilera de dientes amarillentos enmarcados por una barba corta y grisácea.
«¡Espérate, güey!», «ah, cabrón, avisa» son algunas de las exclamaciones de los deportistas llevando sus manos a la zonas en las que han recibido golpes. Aturdidos gritan y patalean por los golpes, mas el dolor es pasajero: en instantes se incorporan olvidando el sufrimiento ya vivido. «¡Claro que duele! Y dicen que es fingido… pero hay que apechugarlo», menciona Bronco orgulloso de la valentía con que sus muchachos reciben los golpes.
La vulnerabilidad del luchador
El 21 de marzo murió el Hijo del Perro Aguayo, luchador profesional heredero de la dinastía de los Perros y líder de Los Perros del Mal. Sucumbió durante una función de lucha libre a causa de lesiones en las cervicales y en la médula espinal que le fueron provocadas por un traumatismo en el cuello recibido mientras peleaba.
A raíz de su muerte, los medios de comunicación voltearon a ver a la lucha libre, exponiendo a la sociedad los riesgos físicos, económicos y laborales a los que son propensos los luchadores. Aunque conscientes de que la muerte es un peligro que siempre ronda, cada vez que suben al cuadrilátero los deportistas arriesgan su vida por pagas tentativas de cincuenta, trescientos o hasta mil pesos.
«Se tuvo que morir alguien conocido y famoso para que dijeran: “Oye, no tienen seguro social o seguro de gastos médicos”», opina ante la problemática Guillermo González Cosío, locutor en Estadio Deportes de Radio Capital 830 AM, experto y aficionado del pancracio mexicano. «Contadas son las empresas que te dicen: “Si te pasa algo yo respondo”. En otras te advierten: “Ni siquiera se te vaya a ocurrir torcerte un pie”. Ahora ya quieren hacer leyes, hospitales… y mil cosas», menciona molesto el periodista.
«Ahí te va una anécdota rápida. A Pentagón, Jesús Andrade, en Aguascalientes lo lesionan, sin querer, obviamente. Después de una semana despierta en el hospital.
—¿On toy?
—En el hospital.
—Ah, ok.
—¿Y mis compañeros?
—¿Cuáles compañeros?
—¿Y la empresa con la que vine, AAA?
—¿Cuáles? Ya se fueron. Acabó la lucha el domingo y el mismo domingo se fueron y el problema es a quién le vamos a cobrar.
»La historia cuenta que un luchador al que todo el mundo ataca –aclara González Cosío sin mencionar el nombre del aludido– fue quien corrió con los gastos del hospital. Muchos luchadores carecen de recursos económicos con que sostenerse; les dices “me debes quinientos pesos” y no pueden pagarte. Así hay infinidad de casos.
»Algunos tienen oficios, otros se dedican 100% a la lucha. Quedan en silla de ruedas, ¿y qué hacen? Tienen familia y lo único que saben es ser luchadores, ni siquiera se pueden subir al ring a enseñar a los chavos. No pueden. Luego la gente va y dice que es farsa, que no se pegan ni se hacen daño».
»Sí se preparan, igual que los futbolistas para pegarle al balón. Ellos tienen que entrenar las caídas. Si los agarran distraídos, caen mal y se pueden lastimar», menciona Guillermo haciendo gestos con los brazos; le molesta que duden de la veracidad de los golpes.
La necesidad de trabajar ha llevado a luchadores a subir al ring lesionados. Quince días, un mes, cuatro meses o más. Descansar es un lujo, los luchadores necesitan ingresos para subsistir.
«Entre ellos mismos se han aprendido a curar. Algunos de ellos son quiroprácticos. “Me duele la cadera, me duele la cintura”. En cualquier momento se dan su jalada, su estirada. “Acomódame el hombro, acomódame el dedo”. Prac, prac, escuchan los tronidos de hueso. “Ah, bueno, ya quedé, ya no necesito ir al médico”. A veces se llegan a subir con dedos fracturados», explica el periodista sobre las prácticas de los deportistas para sanarse, agregando que también los hay con la capacidad de suturarse a sí mismos.
Son contadas las empresas de lucha libre que ofrecen prestaciones, entre ellas el CMLL y la AAA, compañías que por su estructura cuidan a sus luchadores. «Si te lastimas trabajando para la empresa, ésta ve por ti, pero si te lastimas en otra empresa, es tu problema, tienes que seguir cumpliendo», menciona González Cosío sobre el trato que reciben los atletas por parte de la empresa. «Cumplen con el sueldo fijo, lo menos que tienes que hacer es cuidarte».
Ante los accidentes ocurridos sobre el cuadrilátero y el reciente deceso del Hijo del Perro Aguayo, el experto en lucha libre comenta: «La gente a veces es cruel. No puede considerarse un asesinato. Es un deporte de contacto; puede pasar en un combate de taekwondo. No es premeditado».
«Lo mató. Técnicamente sí lo mató. Es igual que un médico. Créeme que, hasta donde yo sé, ningún médico le dice a su esposa: “Mi amor, ya me voy. Te juro que hoy mato a dos o tres”. Son seres humanos, tienen errores, pero ninguno sale con la intención de matar a sus compañeros. No, no, no, son accidentes, gajes del oficio, y ni modo. No puedes culparlos».
La versión de un luchador con éxito
Plateada con motivos verdes y azul tornasol, la máscara de Tritón cumple efectivamente su función: proteger la identidad del luchador. Luego de una conferencia de prensa en el Consejo Mundial de Lucha Libre, empresa a la que pertenece como profesional, el técnico aceptó la entrevista.
A diferencia de otros luchadores independientes, Tritón es un luchador consolidado, de talla mundial. En nueve años dedicados a la lucha profesional y en pleno auge de su carrera, su pasión y esfuerzo lo han llevado a pertenecer al CMLL.
«Le echo muchas ganas y la empresa me ha dado trabajo; me trata muy bien. Gracias a la CMLL he salido adelante. Antes de entrar aquí no era nadie, y no he dejado de entrenar, doy todo. No pienso dejarla y nunca la dejaría, aquí me siento a gusto», añade complacido sobre su trabajo.
Pertenecer como profesional a una de las instituciones más importantes dentro de la lucha libre y contar con sueldo fijo le otorga a Tritón holgura económica, situación contraria a la de la mayoría de los luchadores en empresas independientes. «En una función he llegado a ganar hasta diez mil, treinta mil pesos. Además, si es algo que te gusta y que te pagan está muy bien».
«Muchos me han dicho: “Oye, quisiera estar con ustedes porque se gana muy bien”». Y en cuanto a la integridad de los luchadores, el deportista asegura que la empresa los provee con seguridad: «Estamos muy protegidos, tenemos médicos que están al pendiente», concluye.
En el 2015 Tritón fue seleccionado para ir a Japón al evento Fantasticamanía 2015, en el cual reconoce haber obtenido una fuerte cantidad de dinero en los seis días de su estadía. La experiencia lo marcó y ansía repetirla, «si Dios quiere», el próximo año.
Crisis, ¿cuál crisis?
«¿Crisis? Desde que tengo uso de razón siempre han dicho eso», menciona con desdén el reportero Arturo López Escalona respecto a la difusión de la lucha libre dentro del mundo mediático. «Sí, la lucha libre es más de pueblo, de barrio, pero viene de todas las clases sociales. Llega a pasar que a algunos les da pena y no lo reconocen», añade.
Que la lucha libre haya nacido como un deporte-espectáculo para gente de clase social baja ha formado un prejuicio y un estigma que la persiguen en la actualidad. «La lucha es para nacos», «fomenta la violencia», «es pura actuación» o «sólo son unos encuerados» son sólo algunas de las opiniones despectivas que López Escalona se ha encontrado al compartir su afición.
En la actualidad se puede apreciar que el público se ha ido extendiendo a las clases sociales media alta y alta. «Políticos, intelectuales, deportistas vienen aquí, todo tipo de gente», menciona López Escalona.
Sin embargo, la asistencia a la lucha libre ha disminuido con el paso de los años. «Ya no llama tanto a la gente. Ya no se ve a las masas cerrando Río de la Loza», menciona el aficionado José Velázquez refiriéndose a la calle donde se ubica la Arena México.
Como padre de familia, José Velázquez agrega su preocupación por la economía, añadiéndola como factor del declive en la asistencia a la lucha libre. «No tiene caso. Si no tienes acceso a la primera venta y quieres estar cerca de tus ídolos, tienes que pagar en reventa quinientos pesos por cada boleto. Salir en familia: dos chiquitines, la mamá y el papá, te sale en dos mil pesos. Sin embargo, si esto llegara a apagarse sería como si se apagara una parte de México».
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Julieta Luna Rosas (México, 1995). Estudiante de la licenciatura de Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Correo de contacto: rulo1795@hotmail.com.


