El sueño de Abraham
En las ciencias naturales también es necesario reflexionar sobre aquel aspecto del ser humano que, al mismo tiempo que le separa de la naturaleza, parece serle natural: la moralidad. En este artículo se expone la contradicción inherente a los sistemas éticos, más clásicamente judeocristianos, entre la distinción bien/mal y lo que hay de animal en el ser humano. Esta reflexión nos invita a una ética más racional y más natural, al mismo tiempo.
Daniel Ochoa
Esperar que nuestra moral y nuestra ética puedan
formar personas virtuosas, nobles y santas, es tan insensato
como imaginar que nuestros tratados de estética
pueden producir poetas, escultores, pintores y músicos.
Arthur Schopenhauer
Bienaventurados los pobres en espíritu,
pues de ellos es el reino de los cielos.
Mateo 5:3
La vida es complicada. Los que la estudiamos no llegamos a entenderla en lo más mínimo, e incluso a nosotros nos parece más complicada de lo que la gente no especializada supone. Además de esto, la especie humana no sólo intenta saber cómo funciona nuestro cuerpo o qué le ayuda o perjudica para poder vivir bien, sanos y en paz. Desde que el ser humano se convirtió en un ser civilizado hemos intentado además buscarle un sentido a nuestras vidas, un propósito, un fin. Dentro de toda esta oscuridad y embrollo que reina en nuestras mentes día a día, pareciera que los únicos a los que no les es tan especial es a todos los demás organismos a pesar de que también están vivos.
Todos los seres vivos tenemos cosas en común, algunos más que otros, pero hay cosas que no podemos evitar o impedir ya que perderíamos nuestras características esenciales. La más importante para el tema que intento desarrollar en este ensayo es la muerte. Todos los seres vivos, de la especie, familia, reino o dominio que sean, morirán. La vida y la muerte van de la mano, y no hay nada que se pueda hacer contra eso; todos los seres vivos somos seres finitos y eventualmente desapareceremos del universo. La única diferencia, y a mi parecer la más significativa y trascendental de los homo sapiens sapiens con las demás especies, es que para nosotros existe siempre sobre este tema polémica, discusión, e incluso se llega a los lindes del tabú.
¿Qué nos diferencia de los demás organismos, que nos hace disputar sobre estos tópicos y pervertirlos, denigrarlos, destituirlos e incluso suprimirlos en nuestra cultura? Pues además de la conciencia, la clave está en la moralidad.
Primero debemos realizar una distinción acerca de la moralidad y la ética para poder establecer el marco en el que se desarrollará este ensayo.
Francisco Ayala describe la ética como la propensión a juzgar las acciones humanas como buenas o malas, propensión que para él es un atributo natural de los seres humanos. La moral, en cambio, son las normas aceptadas por los seres humanos para guiar estas acciones, y se desarrollaron a partir de evolución cultural, no de evolución biológica.1
Por otra parte, Sigmund Freud expone la idea de un modelo estructural desde el punto de vista del psicoanálisis. Idea que utilizaré para poder diferenciar entre el instinto, el sentido común, la ética y la moral. Para él existen tres niveles estructurales de la mente. El primero es el id, el más básico, el insensato, el nivel moldeado por los instintos primarios y las funciones básicas del cerebro que sirven para, por ejemplo, comer o reproducirse. Este nivel, dice él, «no conoce valores, ni el bien ni el mal, ni tiene moral».2
El segundo es el ego, una especie de mediador entre el ser inconsciente y el consciente, el encargado de coordinar, alterar, organizar y controlar los impulsos instintivos para nuestro beneficio, aquel que conecta el principio del placer con el de la realidad y nos vuelve seres conscientes de nuestras acciones hacia el exterior (yo colocaría el sentido común y la ética dentro de este nivel, ya que mantienen una relación con el instinto natural pero suman la razón y la consciencia para controlarlo).2
Ahora, como nivel máximo se encuentra el superego, la moral, influjos sociales y culturales formativos, aquellas cosas que «la gente llama las cosas “más importantes” en la vida humana», los valores generalmente enseñados por los padres y otros cuerpos sociales como la Iglesia y la escuela. «El superego, como regla, reprime al ego», es decir, la moral norma las acciones naturales del ser humano: la ética y el sentido común. «El sentido de culpa –la necesidad de ser castigado generada por las transgresiones (…)– atraviesa la vida mental», al grado que pronto llegan a ser inconscientes, naturales e incuestionables. La moral se vuelve, sin darnos cuenta y sin cuestionamiento, la esencia de nuestras vidas.2
Generalmente esta moralidad es provista, como decían Freud y Marcuse, por la figura paterna o instituciones sociales aceptadas, es decir, no se obtiene de forma natural. La ética y el sentido común se obtienen a partir de un «sistema perceptivo consciente». El sentido común, a partir de silogismos base: el fuego quema. Si toco el fuego me quemaré. Y la ética a partir de la empatía: si nos pegan nos duele. Cuando yo le pego a alguien le duele. Por lo tanto, no le pegaré a alguien porque prefiero que no nos duela a ninguno de los dos.
Al contrario de estas dos, la moral se basa en ideas subjetivas, concepciones más personales acerca de cómo debe ser el mundo y las relaciones sociales, y muchas veces sin otra razón lógica que el gusto individual desarrollado en libros sagrados o conjeturas de una divinidad abstracta.
Pero ¿qué tan prestigiosas pueden llegar a ser estas ideas? ¿No dependen totalmente del comunicador y de qué tan retorcida pueda llegar a estar su mente? ¿No podría producir falsos entendimientos de la moral (doble moral) bajo circunstancias polémicas como la muerte? Esto es justo lo que ha sucedido durante siglos con las guerras santas, las luchas de poder entre diferentes iglesias, la manera de llevar la vida y la supuesta «vida después de la muerte», e incluso con los asesinatos brutales de justificación divina. Todo esto debido a que la moralidad es completamente subjetiva al ser humano que la plantea.
Pongamos un ejemplo para clarificar esta idea. El principal código moral de la iglesia judeocristiana son los «diez mandamientos». Aunque cada iglesia tiene pequeñas diferencias en cuanto a estas normas, existen algunas que son idénticas, como el mandamiento que dice «no matarás». En uno de los pasajes de la Biblia más impresionantes que hay, Dios tienta a Abraham para comprobar su fe.
Y dijo [Jehová]: Toma ahora a tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. (Génesis 22: 2)
Dios le exige a Abraham que para poder comprobar su fe en él debe matar a su hijo a sangre fría, poniendo en cuestión el código moral que lo rige. A pesar de esto Abraham no duda en ofrecer a su hijo en sacrificio con tal de mantener otro de los puntos importantes de este código moral, «amarás a Dios sobre todas las cosas», incluso por encima de su hijo…
Porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que castigo la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. (Éxodo 20:5, 6)
En el momento en que Abraham va a asesinar a su hijo para calmar el capricho de Dios, éste lo detiene en el último instante y le otorga la bendición y la fertilidad por el resto de su vida, «por cuanto obedeciste a mi voz» (Génesis 22:18).
Es muy claro que el código moral en el que se funda este pasaje es completamente cuestionable. Dios desestabiliza emocionalmente a Abraham en el momento en el que le dice que debe matar a su hijo a pesar de que no se debe matar; pero si Dios te lo exige, lo debes obedecer, porque debes subordinarte ante todo lo que él te diga, aunque eso rompa con todas las demás ideas de su código moral.
Dentro de la misma línea de la religión judeocristiana vayamos al principio del Génesis, cuando Adán y Eva vivían en el paraíso. La Biblia dice:
[Del árbol que está en medio del huerto] No comeréis de él, ni le tocaréis, porque no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; mas sabe Dios que el día que comiereis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal. (Génesis 3:3-5)
Este pasaje nos invita a cuestionarnos de manera filosófica el desarrollo de la moralidad judeocristiana. Nuevamente observamos que Dios es aquel que proveerá todo, te salvará y te hará feliz, siempre y cuando no sea cuestionado. En cuanto Eva y Adán comen del árbol prohibido, rompen el esquema de actuar bajo las órdenes de Dios; ahora son libres de actuar, pensar y descubrir el mundo por su cuenta, sin la necesidad de que Dios se los muestre. La fruta prohibida es la sabiduría, la conciencia de nuestra existencia, la razón; y la serpiente es el diablo, es la libertad de apropiarse de ella. Las únicas cosas que en realidad nos hacen humanos y nos diferencian de los demás organismos vivos son las que nuestra educación religiosa nos prohíbe. Dios nos pide que seamos ignorantes a cambio de la «vida eterna»; la sabiduría, en cambio, nos hace humanos a costa de ser finitos.3
La moral judeocristiana nos canaliza hacia el falso razonamiento. Tu ya no decides lo que debes de hacer a partir del ego y los juicios de valor propios (el sentido común). No puedes decidir si está bien asesinar a tu hijo o a tu familia. En vez de eso debes de aceptar lo que Dios proclama sean cuales sean las consecuencias, porque al final estarás con él.
El razonamiento, la ética y el sentido común del ser humano pensante se pierden porque se contradicen con la idea moralista judeocristiana. La sabiduría y Dios están en conflicto desde el principio de los tiempos (bueno, desde que la Biblia fue escrita).
Y entonces ¿qué hacemos? ¿Estamos destinados a ser inmorales si queremos ser sabios? ¿A no ser aceptados en el paraíso por ser libres, por querer saber más de nuestro mundo?
La respuesta recae en la naturaleza del ser humano, dejando atrás la moral, y tomando la ética y el sentido común para resolver nuestras vicisitudes. Para esto, primero debemos recordar que la moral es una creación humana cuyo fin es controlar los pensamientos naturales, la conciencia basada en normas establecidas por instituciones que están por encima de nuestro razonamiento natural individual. Esto implica que en la naturaleza los demás seres vivos no están regidos por un código normativo moral. La naturaleza es amoral.
Darwin escribía a su amigo Hooker en 1856: «Qué libro escribiría un capellán del diablo acerca del torpe, despilfarrador, desatinado y horriblemente cruel mecanismo de la naturaleza».4 El león se come a las crías de un antílope sin ningún recelo, sin ni siquiera imaginarse que está bien o mal o si su existencia y sus acciones son obra de Dios o del diablo; es lo que tiene que hacer para sobrevivir en un mundo basado en selección natural y adaptación, donde el mejor adaptado sobrevive y no el más bueno.
Todo nuestro planeta funciona a partir de seres amorales, el planeta Tierra ha sobrevivido durante miles de millones de años de esta manera. Nosotros con nuestros códigos morales, que en teoría deberían permitirnos una buena convivencia y un progreso social y civilizatorio, hemos proporcionado más destrucción a nuestro planeta que cualquier otro organismo vivo. Y nos hacemos decir conscientes.
En este momento algunos podrían pensar que mi propuesta apunta hacia una regresión a nuestros instintos naturales, disolver nuestra civilización e instruirnos nuevamente en las artes de la caza y la lucha por la sobrevivencia. No es así, eso sería prácticamente una involución. Pero sí podemos progresar hacia una sociedad donde los estándares del bien y del mal no estén regidos por un dios (o varios) omnipotente, pretencioso, inequívoco y autoritario, por el que nuestras decisiones sean juzgadas como pecado y que nos castigue por estas acciones sin preguntarnos por qué.
Para algunos esto parecería imposible de imaginar, pero, de hecho, los pueblos mesoamericanos poseían una cultura en la que los dioses no decidían por ellos, dioses racionales pero humanizados. En toda Mesoamérica existía un pensamiento religioso en el que los dioses tenían sentimientos, virtudes y defectos, y se equivocaban. Pueblos en donde el bien y el mal no existían por completo, una religión sin absolutos. «El dios y el hombre compartían características porque parte de la fuerza del dios era parte de la fuerza del hombre».5 En las culturas mesoamericanas los dioses compartían con los hombres y les ayudaban o perjudicaban de acuerdo a sus acciones, no como un castigo hacia su falta de fe, si no como una reciprocidad: ellos dependían de los hombres tanto como los hombres de ellos. Estos dioses se equivocaban, cometían adulterio e incluso se enamoraban. Tal como los seres humanos. Alfredo López Austin escribe en su libro Los Mitos del Tlacuache:
Volvamos a la necesidad de que la naturaleza de los dioses explique los procesos de este mundo: la composición específica se convierte en parte de una causalidad global, totalizante. Los hombres han imaginado a los dioses con la pretensión –consciente o no– de descubrir los secretos de su comportamiento (…). Los dioses tienen leyes. Lo sobrenatural mesoamericano no puede caracterizarse por su evasión a las leyes (…). No son, por tanto, todopoderosos.
Estas divinidades simplemente fueron creadas ante la ignorancia de los pueblos y como una explicación del funcionamiento natural. Servían para explicar la fenomenología del universo, mas no existía una degradación de los seres humanos hacia ellos como ritual. Incluso los propios mesoamericanos desafiaban y eran poseídos por los dioses sin miedo alguno. En prácticamente todas las religiones actuales el miedo y el servilismo son el engranaje fundamental; en el pensamiento religioso mesoamericano el conocimiento y la reciprocidad entre divinidad y humano eran lo esencial.
Hemos visto que la naturaleza es amoral, que se rige por leyes naturales impuetas por la evolución y la selección natural, con una violencia e injusticia que hacen pensar que el diablo es el que lleva las riendas de la elección de especies, no Dios. También hemos visto cómo la moralidad es una invención ficticia que nos ayuda a poder vivir mejor, a tener normas de convivencia y estabilidad social, pero que depende en su totalidad de los autores de estas normas. Normas que pueden estar basadas en códigos disfuncionales y contradictorios… que llevan a los padres a matar a sus hijos en nombre de Dios. Y por último entendimos que existen sistemas sociales como los mesoamericanos, en donde la divinidad no es todopoderosa, e incluso es completamente debatible y controvertible. Es una divinidad sin una moralidad como la entendemos en nuestra sociedad. Pero a pesar de esto, estos pueblos mantienen una serie de normas y leyes basadas en el cuestionamiento del mundo natural que los rodea.
Lo que sigue es conseguir una sociedad en donde la razón y la filosofía sean nuestro código normativo. Una sociedad donde las reglas morales sean conscientes y no elegidas por seres sobrenaturales inexistentes. Donde uno se pregunte ¿por qué hago esto?, ¿por qué seguir esta regla? Y no ¿cuál es el castigo que recibiré ante Dios? De esta manera Abraham podría cumplir su sueño, en el que demostraría qué tan sabio es al proteger a su hijo y no asesinarlo a sangre fría, porque no hay razones coherentes para hacerlo. La moral en este siglo debe ser cuestionada hasta encontrar lo que en realidad nos parece «correcto», sin prejuicios ni tabús. Sólo con la sabiduría que la ciencia y la filosofía nos pueden otorgar.
Bibliografía
- Ayala, Francisco J., «What the biological sciences can and cannot contribute to ethics», en Contemporary Debates of Philosophy of Biology. Singapur, Wiley-Blackwell, 2010, pp. 316-336.
- Marcuse, Herbert, Eros y Civilización, edición en español. Barcelona, Ariel, 2002, pp. 41-43.
- Ferry, Luc, Aprender a vivir, edición en español. México, Taurus, 2007, pp. 77-103.
- Dawkins, Richard, El capellán del diablo, edición en español. Barcelona, Gedisa Editorial, 2008, pp. 17-23.
- López Austin, Alfredo; Los Mitos del Tlacuache. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003, pp. 164-170.













luca
octubre 13, 2012 at 10:10 pm
te respondo con la sabiduría que Dios me ha dado, ¿si no crees en las normas de Dios?, ¿por que te jactas de tu finita sabiduría cuestionando a Dios? ¿acaso has hablado con él como los hizo Abraham? cuando lo hagas entonces entenderás, mientras tanto las cosas de Dios se disciernen Espiritualmente.