Sobre el arte digital en México

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Lejana a la discusión sobre la legitimidad del arte digital –asumamos que la expresión, independientemente de la forma que tome, y el impacto que tenga, puede llegar a generar aquello que llamamos arte–, Mónica Meyer realiza un recuento de los momentos, autores, obras, proyectos y técnicas digitales que han caracterizado a los vaivenes del arte mexicano con estas características. Si el mundo entero y las distintas profesiones del hombre se han servido del lenguaje de ceros y unos para generar un nuevo progreso, ¿por qué negarle al arte esta posibilidad?

Mónica Mayer

 

Hablar de arte digital es retomar el antiguo debate que surge cada vez que aparece una nueva herramienta para la producción artística, y más si tiene la potencialidad de ampliar nuestra definición de arte. Hablar de arte digital es reflexionar sobre el arte y sus complicaciones filosóficas, definir sus límites, sus alcances y su esencia. Hoy, acercarnos al arte digital implica contemplar una amplia gama de productos objetuales y virtuales que están redefiniendo la forma en la que vemos y pensamos el mundo, aún cuando no sean aceptados como ARTE.

Pero el debate en torno a la legitimidad del arte digital no debería de sorprendernos. Si a la fotografía le tomó 150 años ser aceptada como arte, las dudas en torno al arte digital seguramente continuarán aún después de que los productos y las herramientas con las que se produce sean obsoletos. La tecnología está avanzando a pasos tan acelerados que pocos teóricos o artistas logran seguirle el ritmo. En la red, por ejemplo, hay un foro llamado universe-in-universe (http://universes-in-universe.de/forum/english.htm) en el que se discuten cuestiones relacionadas con arte en internet. Recientemente, cerca de 450 artistas, críticos y curadores de todos los continentes se han enfrascado en una discusión en torno a cuestiones como: ¿el arte hecho con computadora es arte?, ¿el arte digital desplazará a la pintura?, ¿cuándo surgió y quién lo inventó?, ¿es un arte elitista?, ¿tiene una esencia democrática?, ¿los artistas de países pobres seguirán fuera de la jugada por la falta de acceso a la tecnología? En otras palabras, seguimos dándole vuelta a las mismas preguntas.

Como no parece haber respuestas absolutas a estas preguntas, porque el arte es un proceso demasiado complejo, hoy prefiero mencionar algunas de las rutas que ha recorrido el arte digital en México para ejemplificar la diversidad de sus posibilidades.

El papi del arte digital en México es Manuel Felguérez. En 1973, el maestro presentó la exposición El espacio múltiple en el Museo de Arte Moderno. De esta muestra y de su participación en la XIII Bienal de Sao Paulo, en 1975, seleccionó 50 diseños a partir de los cuales integró un modelo que sirvió para alimentar una computadora con la cual creó otros diseños. Leer La máquina estética, el libro que documenta este proceso, es un alucine pues en él se reproducen las instrucciones del programa para una de esas computadoras que seguramente invadían todo un cuarto. Nada que ver con las laptop de hoy. Al acercarse al arte digital, Felguérez fue la excepción entre los artistas mexicanos de aquella época; aunque él mismo no volvió a rascarle a esta veta.

El proceso hacia las propuestas digitales en México empieza a cuajar en los setenta, con la llamada generación de los grupos, que también incluyó a muchos artistas individuales. Por sus convicciones políticas, los integrantes de grupos como Suma, Proceso Pentágono y el No-Grupo empezaron a experimentar con fotocopias, copias heliográficas, mimeógrafos, plantillas y otros medios económicos para la reproducción masiva de imágenes. La televisión y el radio también se convirtieron en soportes para propuestas de performance o arte-acción y se desdibujaron los límites entre disciplinas tan distintas como la literatura, la danza y las artes visuales. Si bien los procesos utilizados en ese momento no eran digitales, los planteamientos estéticos y políticos de aquel entonces son los que han nutrido gran parte del arte digital actual. El medio es el mensaje, pero los mensajes también nos hacen desarrollar nuevos medios. Ya en el plano meramente anecdótico, les comento que en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP), en los setenta, tomábamos clase de cibernética con Óscar Olea, aunque jamás vimos una computadora. A veces la educación es medio esquizofrénica. ¿O sería meramente romántica?

La riqueza de esa investigación artística tomó muchos caminos que desembocaron en la marejada de arte digital que hoy nos rodea en forma de electrografías, multimedia, videoarte, arte en CD-ROM, net-art, arte virtual, etc. Así, entre los dinosaurios de estas propuestas tenemos a Felipe Ehrenberg, que se volvió experto en el mimeógrafo; Arnulfo Aquino y Jorge Perezvega, del grupo Mira, trabajaron las heliográficas; e individuos como Humberto Jardón, entre otros, la fotocopia en blanco y negro. Algunos artistas, como Carlos Aguirre, Rowena Morales y yo misma, usamos la fotocopia transferida a otros soportes como el papel. Fue la época del arte correo, precursor de muchos planteamientos del net-art. Mauricio Guerrero, maestro aquí en la UAM, es uno de los pocos artistas que ha recorrido todo el desarrollo de este género. El videoarte también empezaba y entre sus precursores estuvo la difunta Pola Weiss. Para muchos de estos artistas resultó de lo más natural dar un pasito y meterse de lleno al arte digital.

La producción de arte digital en forma individual se generaliza en los noventa, aunque en la década anterior se empezaron a abrir espacios en las instituciones que permitieron trabajar a algunos de sus pioneros, entre ellos Andrea di Castro, Cecilio Balthazar y Luis Fernando Camino. Zalathiel Vargas empezó a crear imágenes en programa basic en 1984, aquí, en la UAM.

La primera exposición de arte digital en México fue Electrosensibilidad, organizada por la UAM en 1988. Se presentó en la Galería Metropolitana y otros espacios. Esto seguramente despertó la envidia de la ENAP, porque en 1993 organizaron el encuentro Otras Gráficas, que incluyó un coloquio en San Carlos y una muestra en el Museo Carrillo Gil. Al poco tiempo, en 1994, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes inauguró su flamante Centro Nacional de las Artes, obra pública que coronó el dispendioso sexenio de Salinas. Ahí se encuentra el Centro Multimedia, que ya desde entonces contaba con equipo para realidad virtual. Otro eslabón del proceso de legitimación e institucionalización del arte digital es el hecho de que hacia finales de los noventa el Cenidiap, Centro Nacional de Documentación e Investigación de Artes Plásticas, ya contaba con dos investigadoras dedicadas de tiempo completo al tema del arte digital. Ellas son Margarita Ramírez y Adriana Zapett. Esta última tiene un librito publicado llamado, precisamente, Arte digital.

Hablar de arte digital implica hablar de una gran variedad de productos. Por un lado están todos los realizados con fotocopiadoras e impresoras digitales. A principios de los noventa se realizaron varios proyectos de esta índole. Uno de ellos fue el Proyecto Mímesis, organizado en 1991 por las galerías de autor Pinto mi Raya y Los Caprichos, con el patrocinio de Canon. La carpeta incluyó obras de 25 artistas de diferentes generaciones, empezando por Gunther Gerzso, 50 años mayor que el más joven de los participantes, César Martínez. La obra fue realizada en la fotocopiadora CLC500, que acababa de llegar a México.

Por otro lado están los proyectos hechos en computadora, dentro de los cuales distingo dos ramas: aquellos en los que la computadora sirve de apoyo a obras en soportes convencionales como el papel y los que utilizan la computadora como soporte. Ejemplo del primero, fue el proyecto Electrografía Monumental sobre Papel de Algodón, en el cual participamos Víctor Lerma, Humberto Jardón y yo realizando piezas de gran formato impresas en el taller Nash Editions en California, especializado en tirajes sobre papeles finos. Lo interesante de este taller es que alteraron la impresora Iris para poder utilizar estos papeles. Eventualmente, la compañía de impresoras integró estas modificaciones a todos sus equipos.

Es lógico suponer que la computadora misma es el soporte ideal para el arte digital porque sólo ahí se pueden aprovechar todas sus posibilidades. Sin embargo, como ya lo ha expresado Pedro Meyer, «estamos guardando información en herramientas que finalmente son efímeras». La tecnología cambia tan vertiginosamente que es difícil conservar el arte digital y, por lo pronto, el arte digital sobre papel tiene más oportunidad de perdurar. Por cierto, Meyer, uno de los grandes «gurús» del arte digital, editor de ZoneZero (http://www.zonezero.com/), una de las revistas virtuales de mayor relevancia; también es creador de una de las primeras obras en CD-ROM: Fotografío para recordar, de 1994.

Otra característica del arte digital es la posibilidad que le da al artista de utilizar todos los lenguajes artísticos anteriores y de reciclar imágenes propias o ajenas. Una pintura al óleo, un grabado a punta seca o un dibujo siempre están definidos por las limitaciones del material con el que se producen; pero la computadora puede integrar todos sus lenguajes. Esto y el reciclaje de imágenes hacen que la función del artista digital muchas veces no sea la creación de imágenes, sino la selección y reutilización de las que ya existen. Es el collage en su máxima expresión. Es la herramienta perfecta de la posmodernidad o quizá una de sus causas.

A partir de la segunda mitad de los noventa varios artistas mexicanos se meten de lleno a realizar propuestas digitales en las que la computadora no sólo es una herramienta más, sino que conceptualizan el arte digital como género, con sus propias búsquedas y especificidades. Uno de los artistas que dio el paso con mayor éxito es Andrea di Castro. Hay un proyecto de Andrea que me encanta llamado Gráfica monumental con tecnologías globales, en el que crea dibujos a partir del registro de sus movimientos sobre el paisaje. Lo pueden visitar en (http://www.imagia.com.mx/gradesc.htm).

Entre los artistas virtuales más destacados está el mexicano Rafael Lozano-Hemmer, que radica en Canadá y España. Conocí a Lozano-Hemmer cuando vino a México en 1994 a impartir un curso de realidad virtual en el Centro Nacional de las Artes. Curiosamente, este curso, al igual que el que impartía Óscar Olea en la ENAP en los setenta, carecía del equipo necesario para realizar obra, puesto que apenitas estaban instalando el Centro Multimedia. Para conmemorar el cambio de siglo y milenio, Lozano-Hemmer realizó una obra llamada Alzado vectorial. Arquitectura relacional No. 4, en el Zócalo capitalino, que me parece una de las propuestas más interesantes en cuanto al uso de la más sofisticada tecnología digital, condimentada con un fuerte contenido político implícito en la estructura misma de la pieza. Lozano-Hemmer colocó 18 luces robóticas alrededor del Zócalo, cuyos diseños lumínicos eran definidos por el público a través de internet. Cada diseño duraba unos cuantos segundos. Su proyecto convocó a cerca de ochocientas mil personas de todo el mundo. La información de este proyecto se encuentra en la página http://www.alzado.net.

Por su parte, Minerva Cuevas ha realizado otra obra de carácter conceptual, de esencia activista, utilizando la red como soporte. Cuevas es creadora de un proyecto llamado Mejor Vida Corp. ‒se puede ver en http://www.irational.org/mvc‒, a través del cual el público puede adquirir todo tipo de productos maravillosos gratuitos como credenciales de estudiante internacionales para cualquier persona, códigos de barras con precios menores a los del producto que va usted a adquirir o píldoras para no dormirse en el metro. También regala sus servicios mecanográficos y de vez en cuando se mete a barrer alguna estación del metro.

Por último, al igual que con el resto del arte, el digital requiere de una vigorosa promoción. Una forma de hacerlo es organizar exposiciones virtuales como InteractivA’01 (Cuba/EE.UU./México. Ver en: www.cartodigital.org/interactiva), curada por el artista interdisciplinario Raúl Ferrera-Balanquet. La muestra está integrada por piezas hechas para internet, no se trata de aquella aburrida historia de subir fotos de pinturas a la red. Por lo mismo, hay imagen fija y en movimiento, hay piezas con sonido, animación, video, hipertexto, interacción y todas las monadas que ofrece el medio. Aunque la exposición vive en el espacio virtual, fue inaugurada en marzo en el Museo de Arte Contemporáneo Ateneo, en Mérida.

Además de sus méritos artísticos, InteractivA’01 es un proyecto valioso porque surge como respuesta a la marginalización de los artistas de países pobres, que enfrentan dificultades para acceder a la tecnología. En la exposición hay obras de mexicanos como Maris Bustamante, Juan José Díaz Infante, Fernando Llanos, Ricardo Loria y Fran Ilich, así como creadores de otras latitudes como Brasil e India. Visítenla con bastante tiempo, porque algunas piezas son complejas y pueden perderlos por los laberintos del espacio virtual.

A manera de conclusión, yo diría que, si la influencia de las tecnologías digitales en la producción artística es innegable, el impacto de la circulación de información especializada a través de internet seguramente será mayor: hoy los artistas jóvenes en Chiapas, Monterrey o Colima están al día respecto de lo que sucede en todo el mundo gracias al internet. Están cambiando las herramientas, las formas de circulación de información, las formas de distribución de imágenes y su consumo. Más que hablar de arte digital, lo sabroso será ver en qué se convierte el arte según avance la era digital.

Esta ponencia fue presentada en mayo del 2001 en la Semana de las Nuevas Tecnologías para el Diseño, llevada a cabo en la UAM Azcapotzalco.

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Mónica Mayer (DF, 1954) estudió artes visuales en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM y obtuvo una maestría en sociología del arte en el Goddard College. Participó dos años en el Feminist Studio Workshop en Los Ángeles, California. Su obra gráfica y performances se presentan desde los setenta en espacios independientes y oficiales, nacionales e internacionales.

En 1983 fundó con Maris Bustamante el grupo de arte feminista Polvo de Gallina negra, primero en su tipo en México y cuya documentación se ha presentado en distintos foros, incluyendo el Museo Reina Sofía, en España.

En 1989 fundó con Víctor Lerma Pinto mi Raya, un proyecto de arte conceptual aplicado en el que han desarrollado propuestas en torno al sistema artístico.

 

 

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

1 comentario

  1. Alfredo Gallardo

    Mayo 18, 2013 at 11:17 pm

    El arte digital y los recursos tecnológicos aplicados al arte es un fenomeno complejo, debido a la realidad socioeconómica a la que pertenece, avanza dentro de un todo qeu es la época del internet y de los descubrimientos mas interesantes en la fisica cuantica, ahora, las aplicaciones para ipad , et son verdaderas obras de arte digital.
    en cuanto a la presentación de proyectos de artistas que involucren los sentidos del escucha dentro de un espacio, es interesantisimo también saber como todo se redefine a partir de discursos casi de ciencia ficción ¿Una exageración de lo funcional? o ¿el maravillarse por la energía electrica?, siguen siendo los temas de energía libre y la electricidad o la mecanica, así como la optica y la robotica temas que sorprenden al ser humano en sobremanera hasta un nivel psicológico, interesante como en el nivel profundo opera el simbolo de la electricidad, de lo luminoso(linterna mágica) . es interesante saber que evolucionan los medios junto con la economía, la politica y se redefine el campo social y como el internet es un sistema viviente de interacción , un orden que es reflejo de las intuiciones y de las tendencias actuales, pudiendo dentro de si coexistir las etiquetas de las ideologías a manera de imagen
    y antes de concluir diré mencionaré tres cosas que en distintos niveles son parte de la realidad mexicana en cuanto al arte digital, un lugar, un libro,dos exposiciónes, dos músicos:

    Laboratorio Arte Alameda
    Variación de Voltaje- Carlos Prieto
    Tres Variaciones de circunstancias fonicas y una pausa - Tania Candiani.
    Sonoridades Itinerantes- Fonoteca Nacional
    Manuel Rocha
    Murcof

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