José María Velasco

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De aprendiz de brujo a maestro hechicero

 

Conocemos a los autores por sus obras, pero pocas veces sabemos sobre el contexto de vida que los formó como artistas. En este texto, Jessica Calderón de la Barca redescubre al pintor mexiquense José María Velasco y analiza, más allá de su trabajo, cuáles fueron las circunstancias que lo llevaron a convertirse en el personaje que hoy seguimos reconociendo y admirando.

 

 

Jessica Calderón de la Barca P.

 

Hoy el viejo Gran Maestro Hechicero,

se ha marchado,

y sus espíritus encantados

vivirán también a mi arbitrio.

Goethe

 

Anónimo, José María Velasco, ca. 1868, Plata sobre gelatina. Col. Particular.

 

 

Existe siempre un lugar que, sin importar cómo o cuánto nos ha herido, se nos escapa. Pese al recuerdo grato o infame que nos provoque el rememorarlo, no nos será asequible en su totalidad; se nos perderá la hoja de algún árbol, la luz exacta que iluminaba la piedra dónde nos posamos, o el azul del mar −sólo los más perspicaces creadores podrían nombrar la variedad de azules de las aguas marinas. Entonces, como consuelo ante esa imposibilidad de hacernos asequible el espacio, nuestra mente y nuestros sentidos nos ofrecen una recreación que la imaginación poco a poco nos configura para el deleite de duermevelas y la construcción de los más maravillosos sueños.

Pese al reconocimiento de la imposibilidad de capturar o representar el espacio, nuestra percepción cede ante el artificio del paisaje. Éste se nos muestra en forma de cuadro y somos capaces de creer que hay un lugar físico, constatable, que se acerca, o por lo menos, se asemeja a aquel mundo idílico que ya no vemos por ningún lado. Por supuesto, estos mundos pueden ser imaginados por cualquiera, sin embargo, no todos pretenden aprehenderlos, los que sí, han necesitado aprender. Es decir, que han pasado por largos procesos que les permitieron adquirir los artilugios necesarios para traducir esas imágenes mentales en otros lenguajes que pueden ir desde la pintura de paisaje hasta su mera evocación en sonido.

 

Aprendiz de brujo

José María Velasco fue uno de esos aprendices de mago ―claro, uno que tuvo mayor fortuna con aquello de las brochas― que antes de convertirse en el gran maestro de la pintura mexicana del s. XIX, en el Velasco idealista, el romántico, el cristiano, el porfirista o el naturalista científico, también fue un estudiante. Todos esos motes de algún modo conviven en su personalidad, en su pintura, sin embargo, pueden llegar a ser un par de anteojos que lejos de permitirnos mirar mejor a través de ellos su obra, la vuelven borrosa. En medio de las explicaciones, de los grandes conceptos, perdemos la lección que más le importó adquirir, la que compartió con sus alumnos una vez que de pupilo se tornó en maestro hechicero: la obsesión por mirar.

Pensemos aquí en el Velasco en ciernes, antes de que los intelectuales como Paz le exigieran las peras a este olmo[i]. En aquél que precedió al mito que de él hicieron críticos e historiadores, pues sólo así lograremos encontrar a un artista que ante todo confiaba en la observación como el primer paso del proceso para crear la magia de las imágenes. Pensemos en el Velasco estudiante solícito, contemplativo. Que en sus palabras[ii] dicta: «El artista debe presentarse delante del natural en presencia de las obras de Dios, como discípulo siempre, nunca como maestro». Velasco como cualquier otro estudiante escuchó, siguió instrucciones y luego ―como suele suceder con los buenos alumnos― tuvo que desobedecer para encontrar su voz o en este caso sus parcelas.

Así, además de alumno espectador, también fue un estudiante dedicado, quizá trataba de suplir con empeño aquello en lo que sus compañeros le aventajaban: la edad, puesto que en la Academia se admitían niños con el único requisito de que leyeran y distinguieran las formas geométricas. A diferencia de ellos, su incorporación en la Academia de San Carlos fue bastante tardía: asistió a las clases nocturnas cuando era ya un adolescente. Su avance tan acelerado provocó la envidia de los otros alumnos,[iii] razón por la cual el joven Velasco tuvo que ser defendido en múltiples ocasiones por su maestro Eugenio Landesio. Sus defensas trascendieron las aulas y el hostigamiento escolar, cuando, tiempo después, lo protegió en repetidas ocasiones como su sucesor, a la par que exaltó la destreza de su obra ante figuras como las de Ignacio Manuel Altamirano.

Durante su estancia como alumno en la Academia, encontró gran afinidad con Landesio,[iv] quién le transmitió sus enseñanzas en la forma justamente inversa a como los hechiceros hacen su magia, pues estos ocultan las causas de su arte. En cambio, este maestro descifró y transmitió los secretos de la deconstrucción de la perspectiva, en la cual debía existir un balance entre los aspectos más generales de su carácter teórico y los ejemplos más concisos de su práctica. Después, debían continuar con el dibujo del natural y la pintura del paisaje, pues, según él, ésta era la fórmula de los grandes maestros de la pintura general. Es decir, un tránsito que iba desde la idea de la figura hacia la figura como forma y la copia del natural.

Landesio escribió algunos tratados[v] y clases para sus alumnos como La Pintura general o de paisaje en la Academia Nacional de San Carlos y Cimientos del Artista, los cuales tenían por objeto marcar el método para sus progresos. En estos escritos podemos encontrar algunos de los artilugios visuales que Velasco adquirió para la composición de sus paisajes.

Entre las instrucciones del maestro vemos que comienza señalando que lo indispensable es el genio y la disciplina, aunados a una gran capacidad de observación. También solicita la formación en las ciencias. En tercera instancia pide que practiquen la perspectiva y la figura humana, que dibujen incansablemente grupos de hojas, que pasen luego a los troncos, terrenos, montes y edificios. Ya que fueran capaces de reproducir lo anterior, entonces podrían captar los motivos de las nubes, para así bajar la mirada y volver a los follajes, ahora más complicados. Es decir que su método era unir la mano con el ojo, que cargasen consigo siempre una pequeña libreta en la cual tomarían apuntes de los que luego se servirían como un repertorio de la mecánica de la naturaleza para la ingeniería del cuadro. Podemos concluir que, en general, la lección se resume en su consejo[vi] a Velasco: «El ignorante debe errar, y el sabio puede equivocarse».

Como parte de esa necesidad de aprender lenguajes para comunicar lo visto y en concordancia con las recomendaciones del instructor, Velasco se introdujo al estudio de las ciencias, razón por la cual, además de cursar las materias impartidas en la Academia, estudió botánica y zoología en la Escuela de Medicina en 1865. Dichos estudios posteriormente le permitieron ser parte de la sociedad Mexicana de Historia Natural.[vii]

 

José María Velasco, Baño de los Pescaditos, (s.f.) Óleo sobre papel, 27 x 33. Col. Particular.

 

José María Velasco,Corredor con macetas de Baño de los Pescaditos, (s.f.), Lápiz y gis sobre papel, 31 x 24. Col. Particular

 

Esa obsesión de Velasco por estar viendo en lugar de mostrar fue hasta cierto punto incomprendida, aunque esa pulsión pueda resultar obvia para todos aquellos que pintan, escriben o toman un cincel. En cambio, para los que no, para los que observamos, a veces nos resulta una completa extrañeza. Antes de mostrar un paisaje acabado y aun después de la culminación de éste, Velasco, en armonía con las instrucciones recibidas, estudió desde la construcción geométrica del espacio hasta la articulación del animal representado. Así quedó plasmado en sus múltiples bocetos de dibujos preparatorios, como por ejemplo en el Baño de los Pescaditos, el cual representaba esa imagen que vibró dentro de él durante su infancia.[viii] Incluso una vez acabado un cuadro, Velasco volvió a hacer otro que podría ser parte de un juego encuentre usted las diferencias, o la muestra de esa nueva capacidad adquirida. Ese era el objetivo, sacar de sí la manía por dejar en imagen lo que su vista captaba como si fuesen sus manos. El ejemplo más claro de esto quizá sean las pinturas que hizo de un ex convento de San Agustín para conseguir una pensión en la Academia.

Estas pinturas son Patio del Ex Convento de San Agustín, ambas con el mismo título. La primera corresponde a la versión pintada del natural (1860) y la segunda a la de taller (1861).

 

 

 

José María Velasco, Patio del Ex Convento de San Agustín (3), 1860, Óleo sobre tela, 32 x 43. Col. Particular.

 

José María Velasco, Patio del Ex Convento de San Agustín (2), 1860, Óleo sobre tela, 72 x 98, Col. Museo Nacional de Arte.

 

Mientras agitaba el pincel en el primer lienzo, el mago dudó, se sintió superado por los artificios que diestramente manejaban sus competidores. De no ser por el consejo de Landesio probablemente habría declinado de intentar concursar por dicha pensión.[ix] La insatisfacción de este joven y el apego a su aprendizaje queda plasmado en el segundo cuadro. A éste le ha crecido follaje en los muros, aparecieron también unas personas fuera del edificio realizando actividades que parecen cotidianas (acicalan a su caballo o venden sus productos). También hay unas aves que toman un baño y agitan vigorosamente sus alas. Estos nuevos recursos en la obra muestran la importancia que Velasco le dará a la escena, al episodio. Y es precisamente esta inserción de motivos por donde se asoma la primera gran rebeldía del aprendiz respecto del mentor, pues si bien esto sigue siendo secundario en el paisaje de Velasco, la atención que le da al paso de la madurez se torna en su innovación como paisajista.

 

Velasco maestro hechicero

Arriaga, José María Velasco condecorado como Caballero de la Legión de Honor y la Orden de Francisco José, ca. 1905, Plata sobre Gelatina, Col. Particular.

 

El pupilo sustituía ocasionalmente a su profesor ―y, a diferencia del aprendiz de Goethe, éste no aprovechaba las ausencias de su maestro para jugar con sus instrumentos― sino que cubría la clase durante los periodos en los que Landesio debía de ausentarse. Además, previo al termino sus estudios en 1868, comenzó a impartir la clase de Perspectiva en la Academia de San Carlos.

Poco a poco, en Velasco la distancia respecto a su maestro se hizo más marcada para encumbrarse a sí mismo como uno. En ese proceso transformó recursos como el claroscuro y el color en sus paisajes, lo cual le permitió producir un efecto distinto para captar la atmósfera de los celajes. Cambió la pincelada coqueteando discretamente con los efectos impresionistas para los bosques y, como se menciono antes, sutilmente comenzó a retratar la vida que veía a su alrededor. La cantidad de atención y detalle que prestó a esto no puede atribuirse solamente a la destreza técnica, sino que la podemos entender como la expresión de un lenguaje propio en donde incorpora diversos episodios como parte de una narrativa más que como simples figuras decorativas dentro del paisaje.

En los escritos[x] que él hizo para sus propios alumnos, Velasco les instaba a que leyesen literatura ―por ejemplo la de Cervantes o Saint Pierre―, ya que esto les ayudaría a captar la escena que presenciaban para reconstruirla impregnando en ella el sentimiento que les provocaba.

En su idea de pintura, la subjetivación de lo observado comenzó a cobrar relevancia y a integrarse en su propio método de enseñanza. Es precisamente por esta subjetivación de la escena que lo conocemos como el paisajista poético, adjetivo que en ocasiones le ha hecho más mal que bien pues, o suele reducirse a una cursilería pictórica o a la idea de que se tomaba demasiadas licencias inventivas en la composición, cuando, en realidad, se refiere a que la potencia de su capacidad por hacer metáfora radica en la animación que logró dar a la forma: el árbol nos habla porque se mueve, el cielo parece avanzar y si produce nostalgia será sólo porque le concedemos su eterno estado cambiante.

Tampoco el camino del Velasco maestro estuvo allanado. Si bien la predilección de su profesor le sirvió para adelantarse en sus estudios y ganar premios, su filiación y gran amistad con él por poco le cuesta no ser su sucesor. Se ha interpretado que esta cercanía con Landesio se tradujo en una empatía política conservadora, una de las razones por las cuales Ignacio Manuel Altamirano le atacó en prensa e intervino para que la clase de perspectiva fuera entregada a Salvador Murillo, aunque Altamirano también se apoyaba en su juicio de que la obra de Velasco era monótona.[xi]

 

Los nuevos magos, negación y permanencia en el modernismo

Anónimo. Maestros de la Academia de San Carlos: Velasco, Pina, Parra, Barragán y alumnos. Plata sobre gelatina. Col. Particular.

 

Luego de practicar por cuarenta y dos años la magia del color en los óleos y en la docencia, Velasco se convirtió en un profesor consagrado que incluso viajó a Paris para mostrar 68 cuadros que fueron bien recibidos y que le valieron la medalla de caballero de la legión de honor.[xii] Pero hacia finales de siglo, su magia había dejado de sorprender a sus alumnos, quienes buscaban una nueva propuesta estética que se centrara más en el simbolismo,[xiii] en la visión sintética de la naturaleza, y ya no tanto en la precisión y la construcción de la pintura académica. Alumnos que de tan bien aprendida la lección, comenzaron a rebelarse a sus supuestos, puesto que se les antojaron anticuados, clasicistas y extranjeros. Para ellos, los mensajes plasmados en la obra de Velasco no hablaban del México que les afectaba. Y así, aquellas imágenes que eran más que paisajes dejaron de impregnarse en sus retinas, porque los sueños ya eran otros. Los nuevos aprendices querían una paleta propia para representar el color de los rostros que veían en las calles.

Pese a todo lo anterior, el paisaje continuó como un género bastante practicado en la ahora nombrada Escuela Nacional de Bellas Artes, lo que demuestra que el trabajo de este maestro, aunque no fuese seguido a pie juntillas, no fue en vano. Incluso lo podemos rastrear hasta algunos de sus alumnos que parecían renegar más de esa veta academicista. Diego Rivera es uno de esos alumnos. Él supo entender al maestro en sus enseñanzas y aprovechó su pericia técnica para la construcción de su lenguaje pictórico: «Rivera, ese árbol le va a aplastar; se lo está usted echando encima… Velasco tomó mi lugar, y con dos trazos el árbol quedó ubicado atmosféricamente.»[xiv] Tampoco podemos olvidar que justo lo que en el maestro Velasco fue un interés científico e inclusive una fuente de ingresos ―el dibujo de figuras, arquitectura y motivos prehispánicos― en el alumno Rivera se convertiría en iconografía y emblema.

Nuestro hechicero fue destituido a los 70 años para volverlo precisamente un motivo simbólico en la nueva escuela. Fue así como salió de las aulas para quedar como inspector de pintura y escultura, cargo que, si bien lo liberó en tiempo para seguir con sus obsesiones por el Valle de México ―ahora en menor formato― poco a poco fue apagando su carácter de mago entusiasta, hasta que dos años después falleció.

Quizá este magnífico hechicero haya quedado relegado tras las bambalinas del escenario pictórico, pero si nos fijamos bien, encontraremos que su legado siguió viviendo largo tiempo en la sangre fresca de la juventud mexicana que encarnó la revolución de las artes. No es ninguna casualidad que una de sus ofuscamientos más apasionantes ―el nacimiento de un volcán― haya sido un motivo de obsesión en quien se convertiría en su sucesor, por más opuestos que fueran: el Dr. Atl.

 

 

NOTAS

[i] Paz no trata a Velasco en el libro Las peras del Olmo, sin embargo en éste se puede encontrar el parámetro bajo el cual se preguntó en la exposición que se le hiciera a Velasco en el Palacio de Bellas Artes en 1942, «si esta alma fría y desdeñosa intentó decirnos algo» (Sánchez, p.17) Es en este libro dónde afirma que: «el artista trasmuta su fatalidad (personal o histórica) en un acto libre. Esta operación se llama creación; y su fruto: cuadro, poema tragedia… El hombre es el olmo que da siempre peras increíbles» Si bien la vida de Velasco tuvo algunas adversidades, no se encuentran indicios de que la intención del pintor fuera plasmar eso, quizá se ahí surja la discrepancia del autor hacía el pintor, pues éste último está siendo juzgado por otro lenguaje distinto al que quiso comunicar. Paz trata de manera más amplia Velasco y el tema de la pintura mexicana en Los privilegios de la vista II.(1994)

[ii] María Elena Altamirano, Homenaje Nacional. José María Velasco (1840 - 1912): Paisajes de Luz , Horizontes de modernidad, 2ª edición, CONACULTA/INBA, 1993, pp. 39.

[iii] Muestra de ello será el disgusto que provocó que ganase el la pensión por el paisaje del ex convento de San Agustín. Víctor M. Reyes «José María Velasco», en Franco Russoli (coord.), Cinco grandes de la pintura Mexicana, México, Promexa, 1981c, p.12

[iv] Landesio llega a la Academia de San Carlos por recomendación de Pelegrín Clavé y como un primer intento por reformar la Academia y el arte mexicano durante el México Independiente. Ver Eduardo Báez, Historia de la Escuela Nacional de Bellas Artes: Antigua Academia de San Carlos. 1781 - 1910. México, UNAM/ENAP, 2009, p. 131 - 141, 259.

[v] Fausto Ramírez, que: «La pintura de paisaje, en las concepciones y enseñanzas de Eugenio», Memoria – Museo Nacional de Arte, 1992, núm.4, pp. 61-79. Véase también: María Elena Altamirano, Op. Cit, pp. 65-100.

[vi] Dicha frase aparece a modo de epígrafe en una de las biografías más aceptadas para el pintor: Alfonso Sánchez, Velasco Íntimo y Legendario, México, Instituto Mexiquense de Cultura, 1990, p. 10.

[vii] Elías Trabulse, « Aspectos de la obra científica de José maría Velasco» en Xavier Moyssén et al. José María Velasco Homenaje, México, UNAM/IIE,1989, pp.123 - 180.

[viii] María Elena Altamirano, Op. Cit, pp.102.

[ix] Ídem.

[x] Eduardo Báez, « José María Velasco. Apuntes para sus alumnos» en Martha Fernández y Louise Noelle (coord.) Estudios Sobre Arte. Sesenta años del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, UNAM/IIE, 1998, pp. 329-336.

[xi] Olivier Debroisse, «José María Velasco y el paisaje fotográfico decimonónico. (Apuntes para un paralelismo)» en: Moyssén et al. Op. Cit, pp.103-121.

[xii] La cual recibió en 1889, Cfr. Justino Fernández, «La pintura. e) José María Velasco», en Justino Fernández, Arte moderno y contemporáneo de México. Tomo I. El arte del Siglo XIX, México, UNAM/IIE, 1993, pp. 95 y 96.

[xiii] Fausto Ramírez, Modernización y modernismo en el arte mexicano, México, IIE-UNAM, 2008, pp.9-68.

[xiv] Elisa García Barragán, «José María Velasco en Carlos Pellicer» en Literatura Mexicana, documento PDF, Investigaciones Filológicas/Centro de Estudios Literarios, 1997, pp.253, Obtenido de http://iifilologicas.unam.mx/litermex/uploads/volúmenes/volumen-8-1/7.%20Elisa%Garc%C3%Ada.pdf, consultado el 08 de noviembre del 2014.

 

 

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Jessica Calderón de la Barca Peña (Cd. de México, 1991). Sin que se diera cuenta se preocupó demasiado por el pasado, tanto, que creyó que podría entenderlo. Así que estudia Historia en la Facultad de Filosofía y Letras. Posteriormente recordó que aquello que la hacía vibrar era el sonido, por lo cual, lo busca siempre entre las imágenes de esos ayeres. jbp.calderondelabarca@gmail.com

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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