La astuta excepción de lo humano

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Fernando Pérez Herranz analiza cómo la finitud filosófica de la humanidad se concreta en el la posibilidad real de exterminar a todo un pueblo, poco tiempo después de publicarse en el Ser y Tiempo de Heidegger la idea de un ser para la muerte. Poco más tarde, la bomba atómica muestra el triunfo de la técnica: no hay conciencia ni teoría, sino poderes dispuestos a exterminarse los unos a los otros. Finalmente, observamos la actualidad del ser humano, peligrosamente astuto, donde el sujeto de la historia se dispersa y se multiplica… ¿ad infinitum?

 

Fernando Miguel Pérez Herranz

 

¿Tiene sentido hablar de la posibilidad del fin total de lo humano? ¿Equivale a la posibilidad del fin de la historia, de la Humanidad como sujeto histórico o de la Humanidad en su totalidad? Aunque ya es problemático que exista algo así como un sujeto histórico, pues ¿a qué tipo de sujeto correspondería el predicado historia? Dado el limitado espacio con el cuento en este ensayo, haré un planteamiento estructural y dejaré para otra ocasión, si llega el caso, su recorrido histórico.

 

El primer modelo de «fin total de la Humanidad»

Comenzaré trazando tres amelgas o fajas de un campo acotadas por la muerte –filosófica– de los individuos tomados distributivamente (die Allheit) y la muerte –amenazadora– de todos los individuos tomados colectivamente (die Allgemeinheit als das Ganze); y ambas muertes «virtuales» vinculadas por la muerte real, efectiva de un pueblo, tomado distributivamente (se marca a cada individuo) y colectivamente (se los agrupa en guetos, en campos…) al mismo tiempo. Una estructura que se fija cronológicamente en unos pocos años del siglo XX: los que trascurren entre la publicación de Ser y Tiempo de Martin Heidegger (1927) y la explosión de la primera bomba nuclear (1945) –que se pueden alargar hasta octubre de 1962 con la Crisis de los misiles de Cuba–, y en el ínterin, la «Solución final/definitiva» (Endlösung) del pueblo judío (distributivo) en los campos de exterminio (colectivo) del régimen hitleriano.

 

a) Conciencia

Heidegger rompe definitivamente con la columna vertebral de la metafísica occidental y, en un giro helicoidal de cuarenta y cinco grados y una separación máxima entre la curva cristiana y la curva nietzscheana, muestra la excepcionalidad del ente humano por ser el único que vive la existencia como algo problemático. El ente humano ha sido aherrojado (Geworfen) en un mundo formado por tendencias humanas –demasiado humanas–, de posibilidades, de variedades de múltiples dimensiones, con sus pliegues, repliegues y despliegues, y no en un mundo de cosas perfectamente separadas (jorismós) y ajenas al hombre (objetos), categorizadas por las ciencias. Heidegger propone el concepto de Stimmungen (estados armoniosos de ánimo, humores, talantes, tonalidades afectivas)[1] como guía de las acciones humanas que confluyen en las emociones. El Dasein es llevado de un lado a otro por esas emociones, fluyentes y no sustantivadas, como si fuera un ente más entre los entes, del modo más cosificante, más impropio del ser humano. El Dasein, aherrojado en ese mundo, ha de hacerse cargo de sí (Sorge) y enseguida comprende que participa de la Finitud(Endlichkeit). La preocupación conduce al hombre a buscar seguridades en la armonía o en la bondad divina, pero no puede salvar la angustia (Angst) de ese mundo extraño en el que está condenado a habitar, de un mundo que le parece Nada; y ha de enfrentarse a esa nadería aguantando a pie firme, dice David García Bacca.[2] Porque el hombre está siempre en trance de morir, es un ser contingente, una res nata (nada, cosa nacida) arrojada en esa Nada (nihil); es un ser relativo a la muerte, un ser para la muerte (Sein zum Tode). Heidegger va trazando los componentes ontológicos que con-forman la esencia del Hombre para alcanzar la paradójica conclusión de que la posibilidad del Dasein sólo adquiere sentido en relación con su misma imposibilidad, la muerte. Los hombres intentan tapar todos los resquicios que abre la angustia –no los miedecillos, las medrosidades o los sustos– con efectos tranquilizadores adquiridos en las farmacias de Sócrates o de Jesucristo y se disponen a aplastar el mundo mediante las técnicas, que no son sino subterfugios, excusas o evasivas. El hombre auténtico, al contrario, se bate para lograr una muerte auténtica y asumir por medio de la angustia el acabamiento existencial, condición absoluta de su libertad. Sin una conciencia fuerte de nuestra finitud, no hay verdad, y el hombre, éste o aquél, queda enfrentado a su propia muerte.

Ahora bien, en el progressus que Heidegger realiza en Ser y Tiempo a partir del parágrafo 54, deriva en la idea de que el Dasein histórico no puede alcanzar su autenticidad individual fuera de la comunidad. El proyecto heideggeriano sustituye el yo por el suelo y la sangre (Bolden und Brut) y el destino común (Geschick), lo que permite pensar la existencia como «ser-en-el-mundo» y no como «conciencia entre conciencias».[3] En cualquier caso, estos sujetos heideggerianos siguen estando recortados a escala individual y se oscurece su propuesta: pues las conciencias quedan definidas por relación a la sangre y a la tierra más que por las relaciones entre ellas; y el hombre ha de prepararse a esta muerte ontológica. Heidegger, que rechaza otros caminos además de la vía platónico-cristiana, el de Nietzsche o el de Jünger, abre las ventanas que dejan contemplar un camino muy peligroso. Un camino que recorrió con gran estrépito el nazismo.

 

b) Conciencia entre conciencias

Poco después de la publicación de Ser y tiempo, en 1933 –no afirmo que fuese su efecto, sólo significa aquí que se trataba del espíritu de los tiempos (Zeitgeist)–, Adolf Hitler es llamado por Paul von Hindenburg para presidir la Cancillería alemana, al haber obtenido su partido, el NSPAD, el 44% de los sufragios en las elecciones anticipadas de marzo. Y ya ese mismo año, sin solución de continuidad, el Führer y sus secuaces abren los campos de concentración de Dachau, Orianenburg y Emsland. Y comienzan a legislar contra el enemigo imaginario (Ley de Restauración del Servicio Civil Profesional, que prevé el retiro forzoso de todos los funcionarios «no arios»; despido de mil doscientos profesores y catedráticos universitarios, sin que ninguna facultad protestara por ello). Promulgan las leyes para la prevención de la descendencia hereditariamente enferma y para la protección de la salud hereditaria del pueblo alemán. En 1935-1936 tienen lugar los Progroms en Polonia. El 15 de septiembre de 1935 se aprueban las Leyes de Núremberg (Ley de ciudadanía y Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes). En 1938 tiene lugar la Noche de los cristales rotos con el resultado de 267 sinagogas saqueadas e incendiadas. La camarilla potencia los internamientos masivos –Dachau, Buchenwald, Sachsenhausen…– y Hitler confía a Göring la «cuestión judía». En 1938 se abren los campos de Flossenburg y Mauthausen. ¿Y la comunidad internacional? En 1939 Hitler y Stalin firman el Pacto germano-soviético (o Pacto Molotov-Ribbentrop), que contiene cláusulas secretas. Obtenido el permiso del enemigo comunista, comienzan las masacres: exterminio de todos los enfermos mentales minusválidos profundos, psicópatas, ancianos encamados, asociales, portadores de enfermedades congénitas y de afecciones hereditarias…, mediante el gas Aktion T4o la «terapia del hambre». Y quedan ya en el punto de mira los judíos. Fritz Klein afirma ante el tribunal que lo juzgaba: «(…) soy médico y deseo preservar la vida. Y por respeto hacia la vida humana extirparía un apéndice gangrenoso de un cuerpo enfermo. El judío es el apéndice gangrenoso en el cuerpo de la humanidad».[4] El 1 de septiembre de 1939 Hitler declara la guerra, y el mismo día ordena la eliminación de los discapacitados psíquicos y físicos crónicos por medio de la eutanasia masiva. Se abren los guetos para encerrar en ellos a los judíos: Lodz, Varsovia (que alberga más de medio millón), Radom, Cracovia, Lublin, Lwow…; sus habitantes están obligados a portar estrellas amarillas de seis puntas. En 1940 llegan los primeros prisioneros a Auschwitz. En 1941 se crean los Einsatzgrupen organizados por Himmler y Eichmann, grupos de acción especial que inician las masacres de civiles rusos, bielorrusos y ucranianos (por ejemplo, los fusilamientos de Babii Yar, Kiev, el 29 de septiembre).[5] En agosto se decide exterminar a los judíos de la URSS, y en septiembre, el día 20, a «todos» los judíos europeos; en octubre se inicia la construcción de Birkenau (Auschwitz). El primer gaseamiento con Zyklon B tiene lugar en Birkenau en diciembre. Al dar con la «Solución definitiva» (Endlösung) del problema judío, deja de haber problema. La posibilidad del fin de una parte de lo humano se ha consumado. El 27 de enero de 1945 el ejército soviético libera Auschwitz, que es una liberación relativa para muchos de ellos, pues Stalin ha pregonado que los rusos en poder de los alemanes eran «traidores a la patria». El 5 de mayo de 1945, con la liberación del campo de Mauthausen se detiene la eliminación ontológica de uno de los sujetos que han protagonizado la historia. Curiosamente, para muchos pensadores de la historia (Löwith, Puech, Ferrater Mora…) el pueblo judío habría sido precisamente el creador del «sentido de la historia», el primer pueblo capaz de hallar un valor ideal en un acontecimiento pleno de significado; otrosí, por simetría con el dios creador, el pensamiento hebreo puede pensar un dios destructor: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mateo 24,35). A un griego no se le habría pasado por la mente (noûs) la tesis del fin del mundo que es, por definición, eterno.

 

c)  Destrucción de unas conciencias por otras conciencias

Es, sin embargo, la construcción de la bomba atómica el acontecimiento que marca la realidad misma de la posibilidad del fin total de lo humano sobre la Tierra, su instrumento real, no imaginario o virtual. Ahora bien, aun cuando se hubiera dado la circunstancia de su explosión, no habría sido producto de un sujeto histórico que coincidiría en extensión e intensión con la Humanidad, sino producto del ataque de un Estado (y sus aliados) contra otro Estado (y sus satélites) –que exige un esfuerzo extra-ordinario de investigación tecnológica, en el contexto político de la «destrucción mutua asegurada»‒, aunque como efecto colateral arrastrase a la humanidad en su conjunto.

La tecnología de altas energías inicia su recorrido en el año 1932, annus mirabilis para la ciencia-técnica nuclear, con el descubrimiento de James Chadwick del positrón y del neutrón; John D. Cockroft y E. Walton en el laboratorio Cavendish de Cambridge aceleran protones hasta energías elevadas y bombardean litio produciendo dos núcleos de helio: una reacción nuclear, una transmutación, se había producido por medios enteramente artificiales. Van der Graaff, Cockroft y Walton ponen en marcha aceleradores de partículas y E. Orlando Lawrence, el ciclotrón.

La radiactividad artificial inducida por el bombardeo de partículas α, descubierta por Frédéric Joliot e Irène Curie en 1934, permite afirmar que las características radioactivas de las sustancias producidas al bombardear uranio con neutrones se asemejan a las de los elementos radioactivos mucho más ligeros (radio-lactancio). Otto Hahn y Fritz Strassman fisionan núcleos pesados en 1937-39. El propio Hahn, junto a Lise Meitner, en 1939 descubre que el lactancio se produce mediante el bombardeo del uranio, un indicio de que se había dividido en dos: el fenómeno de la fisión nuclear. Hideki Yakawa descubre el mesón en 1935. Joliot-Curie muestran en 1939 que se emiten neutrones al desintegrarse el uranio, de modo que la fusión de un núcleo de uranio produciría la ruptura de otros núcleos de sus proximidades en condiciones adecuadas, es decir que era posible la reacción en cadena: ¡un trozo de materia puede ser convertido, en ciertas circunstancias, en energía cinética fundida! Uno de los elementos de la tabla periódica de Mendeleiev, concretamente el 92, podía ser trasmutado en ¡una bomba!

En 1940 Otto R. Frisch y Rudolf Peierls dan un giro a la investigación científica británica. Había que abandonar los esfuerzos por encontrar un teorema, una verdad teorética (en el terreno en el que se movían Bohr, Einstein o Heisenberg) y aplicarlos a las operaciones mismas sobre las partículas conocidas y sus relaciones. En el memorando de Frisch y Peierls, que «iba dirigido a un objetivo determinado en su estilo práctico»,[6] se afirmaba que la energía liberada por 5 kg de uranio sería equivalente a la de varios miles de toneladas de dinamita,[7] y se concentran en el proyecto concreto de separar isótopos de uranio y el diseño de la bomba. Este programa bajo la dirección de Thomson y en el que se encontraban, entre otros, Chadwick y Cockcroft, se conoció con el nombre de Comité MAUD e integraba a las universidades de Birmingham, Cambridge, Liverpool y Oxford. Su objetivo era claro y preciso: determinar la posibilidad de la construcción de una bomba atómica. Nada tenía que ver aquí «la ciencia por la ciencia», ni la inteligibilidad del mundo, ni el consenso entre los científicos. No había más finalidad que mostrar la operatividad misma de la ciencia. Lo que se pedía, mejor, lo que se exigía, era la explosión de la bomba. Lo elevado del coste en una Inglaterra en guerra y su vulnerabilidad a un ataque aéreo de los alemanes a sus plantas obligan a desplazar el proyecto a Canadá o a Estados Unidos.

A partir de 1938 la física deja de ser divertida y entran en escena, junto a los científicos, los políticos, los militares y los intereses de la gran industria (fabricación de plutonio); quieren resultados para ganar la guerra y no reflexiones ontológicas, epistemológicas o éticas sobre la ciencia. Ser el primero en conseguir la reacción en cadena significa haber logrado la piedra filosofal. Leo Szilard, profesor de Columbia, piensa seriamente en la reacción nuclear y solicita una patente sobre un dispositivo. Considera que los alemanes pueden estar en el secreto y lo comenta con E. Wigner y E. Teller, que recaban la ayuda de Einstein para influir en el presidente Roosevelt. El genial físico se decanta por la efectividad de la bomba y envía la famosa carta al presidente de los EE.UU. en la que le advierte no sólo de los peligros, sino de las posibilidades de las reacciones nucleares en cadena. En 1942 el colegio Los Alamos Ranch se convierte en una ciudad-laboratorio. El 16 de julio de 1945 se instala cerca de Alamogordo (Nuevo México) un ingenio que daría lugar a una explosión nuclear. La transformación de la fórmula E = mc² en energía liberada se había realizado con éxito.[8] Pero todo aquel potencial destructivo se reduce a un «pequeño» ensayo sobre dos ciudades japonesas: Hiroshima y Nagasaki.

Lo más sorprendente de este proyecto es la falta de «teoría científica» que debería acompañar a los progresos de la era atómica. La tecnología ha triunfado sobre la ciencia. Escribe Mckay:

 

Incluso resulta bastante curioso que la mayor parte de la historia de las armas nucleares y de la energía nuclear puede narrarse sin ninguna referencia a la mecánica cuántica. Casi todos los grandes descubrimientos se hicieron sin su colaboración directa.[9]

 

La ciencia es derrotada en su propio terreno por la ciencia, y entonces se hace verdadera la máxima de Heidegger: «La ciencia no piensa». La técnica actúa con autonomía, con independencia de la sabiduría, de la prudencia, de la sindéresis. La explosión de la bomba atómica ignora la ciencia,[10] su verdad. Y la tecnología se asoma a las puertas de las profecías apocalípticas.

 

El segundo modelo de «fin total de la Humanidad»

Sorteado el primer modelo de destrucción, ¿está asegurada la continuidad ad aeternum de la humanidad, a la manera de Fukuyama, abocada a disfrutar del paraíso en el que se instalarían el mercado, la democracia y el consumo hasta derivar en un estado de indolencia, autocomplacencia y aun aburrimiento?[11] Intentemos una retorsión, que, como en la botella de Klein, atraviese por el interior de las amelgas labradas en la barbarie y emboquémoslo hacia una topología más fina, con sus nuevos anudamientos y desanudamientos, con sus inauditas singularidades, sus cobordismos sorprendentes…

 

a) «Fracaso» del apocalipsis nuclear

El «fracaso» del apocalipsis termonuclear, vinculado a los dos pretendidos sujetos de la historia, el capitalista (con sus mentores liberales-popperianos) y el comunista (con sus mentores progresistas), ha permitido la incorporación de cientos de pequeños sujetos que buscan su reconocimiento o consolidación como «sujetos históricos» diseminados por toda la geografía terrestre. ¿Les cabe a estos sujetos la referencia de Friedrich Nietzsche con su inquietante Ultrahombre (Übermensch) o de Walter Benjamin con su no menos desasosegante Mesías que habría de recomponer todo lo despedazado? Demasiado solemne y demasiado optimista, quizá; más bien hay que considerar el triunfo de los «señores de la guerra». La «guerra total» concluida en 1945 se disipa en guerras locales, no por ello menos dramáticas y brutales, y la apocatástasis terrenal sería más resultado de un accidente ocasionado por algún grupo terrorista o fundamentalista que se hiciera con el poder nuclear, algo que queda más para la imaginación de novelistas y cineastas. El fracaso del apocalipsis nuclear real constituye el éxito de su propia narración.[12]

 

b) Suicidios colectivos, inmolaciones y amenazas

Tras los «fracasos» del apocalipsis y de la revolución, el tedio de vivir se va posando suavemente sobre la Tierra y los espíritus más sensibles responden, entre nihilistas y místicos, con el deseo de redención. El Salvador definitivo descenderá del Pléroma en un momento histórico concreto que no conocen ni los ángeles arcontes, sus más files acompañantes. Los gnósticos refuerzan la excepción humana en la tierra, dotados como están de una chispa divina, que yace adormecida en su interior. La salvación definitiva  –nos ilustran– la alcanzaremos tras la muerte, si hemos sido precavidos y nos hemos entrenado en la gnosis. En el ascenso gnóstico, el espíritu va acompañado de un cuerpo pneumático semejante en sus rasgos al corporal, pero no a su materia, incorruptible; y cuando todas las chispas divinas hayan alcanzado el Pléroma, la materia desaparecerá y llegará el fin del mundo, lo que significará la restauración total del orden anterior a la «caída». Tal será la verdadera apocatástasis. De manera que el hundimiento del mundo se convierte en el punto crítico de la salvación definitiva, en la superación de la ilegítima creación del Demiurgo. Algunos individuos se autocondecoran con la medalla al mérito de constituir la vanguardia de este movimiento. Los antiguos Elías (2 Reyes 2, 11-12) o Pablo de Tarso (1 Tesalonicenses 4,18) son arrebatados hacia las nubes al encuentro del Señor; los contemporáneos, asociados a las «sectas del ocaso»,[13] buscan una «redención suicida» que les anticipe el fin del mundo. Tales: la secta Peoples Temple de Jim Jones; la Orden del Templo Solar en Suiza y Quebec, cuyos miembros en 1995 ponen fin a su vida terrena a fin de que sus cuerpos astrales vuelen hasta Sirio; otros, mediante actos hiperterroristas, como el de la secta Aum Shrinkyo, dirigida por el gurú Shoko Asahara, en Japón, que utilizó gas sarín en el metro de Tokio… A veces, pueblos enteros pierden la esperanza de ir más allá y, antes de ser absorbidos por el Gran Otro, el Gran Atractor, desaparecen como hicieron los numantinos o los saguntinos frente a Roma, en Europa, o los taínos caribeños en América frente al blanco europeo; y, en fin, hay quienes amenazan con la desaparición del mundo global para hacer más llevadera su marginalidad, sentida como una vivencia absolutamente injusta. Todos quieren hacer bueno al profeta: «No habrá ya más tiempo» (Apocalipsis 10,6).

 

c) Explosión de sujetos históricos

¿Podría una secta asumir el papel de sujeto histórico, cuando no lo han conseguido la iglesia romana, el estado absolutista o el imperio norteamericano? No nos lo parece, y ello por razones exclusivamente empíricas. Si siempre ha habido gran variedad de sujetos –ignorados o despreciados por el Yo trascendental–, en la hora actual su proliferación es, más que evidente, contundente. Comencemos por las variaciones del viejo y tradicional sujeto-absoluto, ya sea en su perspectiva del Bien que defienden los ortodoxos neoplatónicos, o del Primer Motor aristotélico, o del Creador judeocristiano, o del cogito cartesiano que vincula ciencia y experiencia… y que habían intentado mostrar la excepcionalidad del hombre espiritual, escindido de la naturaleza. Asimismo, el sujeto-sustancia –«la sustancia viva es el ser que es en verdad sujeto», dice Hegel–, que busca la excepcionalidad humana y la encuentra en la historia frente a la naturaleza, que es la posición de Wilhelm Dilthey o de José Ortega y Gasset; o el sujeto-trascendental kantiano, fundamento cognoscitivo y fuente de moralidad; o los equidistantes sujetos del término medio, virtuosos y profesionales; o la mujer que reivindica la dimensión corpórea del sujeto; y, en fin, el sujeto-tecnócrata, que fía la eficacia a la razón calculadora frente a una naturaleza a la que absorbe.

Continuemos con otro frente, el del sujeto-natural homogeneizado según la exhaustiva Scala naturalis, desde las amebas a las focas y desde los simios al hombre, como defienden Peter Singer o Jesús Mosterín. Una línea en la que podemos encontrarnos con el sujeto-de-la-imaginación simbólica, que atraviesa lo onírico y la imaginación creadora, desde Sigmund Freud a Ernst Cassirer; o el sujeto-utilitarista, interesado por asegurar la mayor cantidad de placer y ausencia de dolor a la mayor cantidad de individuos. Y también con los redundantes sujetos de empresarios y trabajadores, desdoblados y contrapuestos para un único y mismo fin: la producción y el beneficio, necesitados de un común enemigo. O con los sujetos agustinianos que habitan en la Ciudad de Dios y entran y salen de la historia por sucesivas caídas y redenciones.

Frentes que se ven salpicados por otros muchos sujetos desproporcionados y descentrados respecto de las profesiones y de las épocas en que viven. Millones de sujetos-fragmentados, de múltiples caras y perfiles: esquizofrénicos o diptongos, saturados, qutildeques o cualquieras, conversos ortodoxos y heterodoxos, híbridos o mixtos, hipócritas, malvados o etcéteras, zancones de pierna larga y cerebro corto…;[14] de sujetos-carenciales, ya sea ávidos de autonomía política o del poder de conducir ejércitos; del sujeto-acontecimiento, sujeto de una verdad indiscernible; y de sujetos- desarraigados (¿quizá la comunidad de los cualquiera?), que no pueden limitarse a recibir el don del padre y tienen que transformar la kenosis (= vacío) divina en trabajo; o del sujeto-badaliya, que vive sustituyendo a alguien, reemplazando a otro, o de los apátridas.[15] Ninguno de esos sujetos posee el suficiente carisma para hacerse con la totalidad del predicado historia y con el consiguiente poder de destrucción que habían logrado en su momento Hitler, por una parte, y los EE.UU y la URSS, por otra.

Tampoco los pueblos o naciones o estados parece que sean capaces de constituirse en sujeto de la historia. El proceso de mundialización (mundus = cofre para el ajuar, ropa limpia; lo limpio, aseado) está abocado a su destrucción, a lo in-mundo (podredumbre…). ¿Puede lograrse el aseo o el orden del globo terráqueo? El proceso de globalización o mundialización conduce a una situación de un continuo equilibrio inestable, en la que cualquier parámetro que sobrepase un cierto valor puede provocar rupturas y singularidades, vínculos entre democracias y estados totalitarios a través de las instituciones internacionales (cobordismos)… difíciles de prever. Lo más llamativo de nuestro presente es que sólo se admiten respuestas al proceso de «re-globalización», respuestas a las que he denominado en otra ocasión «remolinos de la globalización».[16] En la esfera terrestre se producen «vientos» de mayor o menor intensidad que desestabilizan múltiples zonas; algunos son tan intensos que bloquean incluso la perspectiva, el análisis, y los expertos económicos o militares no encuentran una defensa adecuada. Y además, para sorpresa de los europeos, han surgido otros centros en lugares que antaño fueron globalizados, y que ahora inician sus procesos de re-globalización. Los «remolinos» que parten de China –con su particular re-cubrimiento de Occidente–, de India, de Rusia o de Irán son ya de una dimensión que llena de incertidumbre a los políticos occidentales. La suerte está echada y el combate ha sido anunciado por todos los sujetos en liza o que se preparan para su incorporación: el sujeto-imperial que pretende hacerse cargo de la totalidad; su contradictorio, el sujeto de la antiglobalización; y sus opuestos y subalternos, los sujetos pluricromáticos que se multiplican segregados por el criterio cultural o multiculturalismo; o el «sujeto remolino», que se presenta como alternativa a todos los demás y que vendría a coincidir con aquellos países o zonas de crecimiento que empiezan a asomarse a la Historia: México, Brasil, China, India, Rusia o Irán son sus vanguardias; y existe todo un continente, África, que antes o después habrá de mostrar su potencia.[17]

¿Qué significa esta pluralidad de pretendientes a celebrar nupcias con el predicado historia? Sólo podemos suponer que los seres humanos, agenciados por todos los continentes y confines del esferoide terráqueo, muestran su capacidad de resistencia. Sócrates, Platón y Aristóteles –los padres del pensamiento occidental– consideraron que el hombre era una excepción dentro de la Scala naturalis. Después de Darwin sabemos que esa excepción no es ontológica, un regalo sin más de los dioses, pues somos organismos que participamos de los genes Hox, cuyo orden es idéntico para todas las especies. ¡Vale! La excepcionalidad procede de otra faceta: de la naturaleza misma de esta especie, astuta y maligna, que posee la capacidad de fusionar, absorber o destruir todas las formas que encuentra en su vecindad. La especie humana es demasiado astuta, demasiado maligna para sucumbir por la acción de otros atractores más poderosos. Así lo comenta René Thom:

 

Uno de los factores esenciales de la evolución es probablemente la atracción de las formas; toda forma propia (diríamos todo arquetipo, si este vocablo no tuviera una connotación finalista) aspira a la existencia y atrae el frente de onda de la existencia y desde el momento en que éste alcanzó formas propias topológicamente vecinas; hay competición entre estos atractores y hasta se podría hablar de la malicia o astucia de una forma para designar su poder de atracción sobre las formas vecinas existentes; desde este punto de vista, se sentiría uno tentado a atribuir la aparente detención actual de la evolución al carácter demasiado listo, excesivamente astuto, del atractor humano. De todas las formas vivas teóricamente posibles, sólo una ínfima minoría será alcanzada por el frente de onda y llegará a la existencia.[18]

 

A lo largo de la historia (y de la prehistoria) han caído pueblos, ciudades e imperios, pero no los grupos humanos, que se sobreponen a las adversidades en un constante combate, como enseñaba Heráclito: «El combate es el padre de todas las cosas» (frag. 53/22).

 

Corolario desde Europa y desde la filosofía

Europa, tras la Segunda Guerra Mundial y la experiencia del exterminio de una parte de la humanidad, ha de pagar la deuda de la barbarie a la que le llevó su pecado de hýbris, y ha tenido que renunciar a la violencia y a la expansión colonialista (salvo imprevistos). Y ya no puede evitar la aparición de otros centros expansivos –México, China, Sudáfrica, Brasil… Sin embargo, el mundo se encuentra tan europeizado, que todo él vive y aun asume la modernidad, la industrialización y el capitalismo; el pensamiento cristiano, liberal o marxista impregnan las ideologías de americanos, asiáticos o africanos… En el mundo triunfan ideologías, tecnologías y formas de vida que son un legado de la tradición europea.[19] Sólo porque Europa soporta aún mucha responsabilidad existencial, cognoscitiva y política en un mundo globalizado, la «provinciana» Europa queda comprometida con el resto de la humanidad por una fuerte obligación ontológica: demorar, que no acelerar, todo lo posible la llegada de una gran catástrofe que no sería tanto global como puramente local. Y los oficiantes de Escipión el Africano lo siguen al pie de la letra: si Troya fue destruida, y Príamo y sus guerreros cayeron con ella; si Cartago es ahora derrotada, lo mismo podrá ocurrirle al imperio romano: «Se volvió hacia mí [Escipión], me cogió la mano diestra, y exclamó: “Un momento glorioso, Polibio; pero no sé por qué temo y presiento que llegue la ocasión en que otro dé la misma orden contra nuestra patria”» (Polibio, Toma de Cartago, XXXVIII, frag. 21).

Y desde la filosofía, legado singular de la cultura occidental, nos queda siempre la labor de rellenar las profundidades de esos atractores tan malignos, tan astutos y tan perversos, para lo que no es suficiente el Humanismo (Robespierre seguía a Rousseau), si bien nos parece necesario. La filosofía puesta en acción habría de potenciar al millón de sócrates repartidos por todo el mundo, que han cuestionado las opiniones de los sofistas, de los dominadores del lenguaje pagados por la clase política, que promueven las opiniones que socavan los atractores del poder y los hacen cada vez más profundos y que han conseguido atribuir la dignidad a cada uno de los individuos –psiché, persona, habeas corpus… A los sócrates habría que añadir otro millón de walterbenjamines que promuevan el equilibrio del relieve de atractores y que no permitan traspasar el umbral a partir del cual el poder político y militar anula cualquier diferencia, cualquier matiz, y captura cuanto cae en su vecindad, el real final de los tiempos para todos los que no se encuentren en el interior del Gran Atractor:

 

No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo [guerra de trincheras, Auschwitz, bombardeos de ciudades, Hiroshima, napalm, Mosar/Sarajevo, Ruanda…] sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de éste: que la representación de historia de la que procede no se mantiene (W. Benjamin, Tesis sobre filosofía de la historia, 8).

 


NOTAS

[1] Véase el espléndido texto de Leo Spitzer, Ideas clásica y cristiana de la armonía del mundo. Prolegómenos a una interpretación de la palabra «stimmung», Abada, Madrid, 2008.

[2] D. García Bacca, Introducción literaria a la filosofía, Universidad Central de Venezuela, 1976.

[3] Para Heidegger, conciencia (Betsstsein) no está vinculado a conocimiento, sino a un modo de ser, a una relación con el mundo circundante, no con el pensamiento, sino con el afecto colectivo. Cfr. E. Faye, Heidegger. La introducción del nazismo en la filosofía. En torno a los seminarios inéditos de 1933-1935, Akal, Madrid, 2009, pp. 105 y 224.

[4] Citado en Esposito, Roberto, Bíos. Biopolítica y filosofía, Amorrortu, Buenos Aires, 2006, p. 230.

[5] Este suceso y muchos otros son narrados por V. Grossman e Ilá Ehrenburg en El libro negro, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Madrid, 2011.

[6] A. McKay, La construcción de la era atómica, Salvat, Barcelona, 1986, p. 68.

[7] N. Carpintero, La bomba atómica. El factor humano en la segunda guerra mundial, editorial Díaz de Santos, Madrid, 2007.

[8] O. Frisch, De la fisión del átomo a la bomba de hidrógeno, Alianza, Madrid, 1979, p. 209.

[9] A. McKay, op. cit., p. 13.

[10] La mecánica cuántica se ha ido formando con posterioridad a la explosión atómica. Véase, por ejemplo, E. Wichman, Física cuántica, Berkeley Physics Course, vol. 4, Reverté, Barcelona, 1986.

[11] F. Fukuyama, «The End of History?», The National Interest, Washington, verano de 1989.

[12] Desde Richard Matheson, Soy leyenda, escrita en 1954, Minotauro, Barcelona, 2007 (tras una catástrofe bacteriológica, Robert Neville, el único superviviente, pronto descubre que no está solo), a Cormac McCarthy, El camino, Mondadori, Madrid, 2007.

[13] F. Duque, Filosofía del fin de los tiempos, Akal, Madrid, 2000.

[14] En cursiva, nombres utilizados por Baltasar Gracián en El Criticón.

[15] Cfr. F. M. Pérez Herranz, «Navigare necesse est, vivere non necesse», en F. M. Pérez Herranz y E. Nájera (eds.), La filosofía y la identidad europea, Pretextos, Valencia, 2010, págs. 37-69.

[16] F. M. Pérez Herranz, «Sujeto expectante y globalización», Eikasía, n°31, marzo, 2010, págs. 1-47.

[17] Sobre el «ascenso de los demás», F. Zakaria, El mundo después de USA, Espasa, Madrid, 2008.

[18] R. Thom, Stabilité structurelle et morphogénèse, Interéditions, París, 1972, pág. 301.

[19] D. Chakrabarty, Al margen de Europa. ¿Estamos ante el final del predominio cultural europeo?, Tusquets, Barcelona, 2008.

 

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Fernando Miguel Pérez Herranz es profesor en la Universidad de Alicante, España, especializado en el estudio de las ideas occidentales del Sujeto y de la Ciencia.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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