Esculpir la realidad

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Cada vez más, conciernen a todo el mundo los efectos teóricos y prácticos de la tecnología, la ciencia y la concepción de lo humano propios de Occidente. Desde una perspectiva filosófica, Julio Alcántara caracteriza el ser occidental a partir de una particular inquietud de autoconocimiento que transforma al mundo y al hombre mismo, y nos advierte del peligro de que este creador histórico se vuelva un autómata ciego, con asombrosas posibilidades técnicas para trasgredir los límites que le impone la realidad, pero sin conciencia de sí ni de sus actos.

 

Julio Alcántara

 

El siguiente ensayo formó parte del ciclo de conferencias «The West: its legacy and future», realizado del 7 al 9 de septiembre de 2012 en L’Aquila, Italia, con motivo del aniversario de la revista Telos Press de Nueva York.

   

I offer you that kernel of myself that I have saved, somehow: the central heart that deals not in words, traffics not with dreams, and is untouched by time, by joy, by adversities.

Jorge Luis Borges

 

Al hacer una vez más la pregunta sobre el sentido y el origen de Occidente somos conducidos a una relación espacial de significación que el ser humano tiene con el mundo y consigo mismo. La esencia de este acto se funda en los valores que dan arraigo a esta época y que definen los límites de la extensión simbólica del presente: el ser humano, como ser espacial, es temporal –de hecho, las diferencias espaciales son campos múltiples del ser temporal. En síntesis, lo que hoy nos convoca es la significación polémica de los límites espacio-temporales del hombre occidental y, como tal, de una posibilidad fáctica de estar en el mundo.

Este cuestionar es de hecho un afirmar, pues partimos preliminarmente de la existencia de Occidente. Asumirnos como occidentales supone una interpelación específica al mundo y una conciencia de nuestra condición: es la posibilidad irreductible de la apertura de la realidad ante nuestros ojos desde la particular disposición fáctica con la que habitamos.

Este ensayo pretende rastrear el origen de Occidente desde su horizonte de significación. Con este fin, quiero proponer una ruta y un horizonte: primero, nuestra ruta será el viraje occidental sobre la fuente de creación de sentido, (entendido como «razón de ser») desde el mundo hacia el hombre; y segundo, nuestro horizonte será el reencuentro eminentemente occidental entre la conciencia y su creación, en otras palabras, el auto-reconocimiento de la razón en su obra: el ser que se transforma desde sí mismo como refutación y afirmación de sí mismo. [1]

«Esculpir la realidad» busca más polemizar y sugerir la idea de una «inquietud activa» como especificidad del hombre occidental que establecerla definitivamente, y se encuentra dividido en dos secciones de acuerdo a la ruta y el horizonte antes mencionados: 1) La apertura y 2) El reflejo.

 

1)    La apertura

¿De dónde surge el sentido? ¿Lo podemos crear o al menos modificar? La expectativa crece mientras observamos el desenvolvimiento brutal de nuestras capacidades de transformación de la realidad. El asombro contemporáneo que ha generado la técnica sólo tiene parangón con el absoluto dominio explicativo que las religiones históricas han ejercido sobre el hombre. En términos de Carl Schmitt:

 

El espíritu de la tecnicidad […] (e)s la convicción de una metafísica activista, de un poder y dominio sin límites del hombre sobre la naturaleza, incluso sobre la physis humana, en un ilimitado «retroceso de las barreras naturales», en posibilidades ilimitadas de modificación y felicidad de la existencia humana natural en el más acá (Schmitt, 1998: 120).

 

La conquista del espacio, la manipulación genética y la creación de materia radicalizan el proyecto científico-técnico del dominio total de la realidad. Así, el hombre encarna la suprema soberanía de creación fundamental y se proyecta ante sí mismo como su concreción más acabada. Lejos de todo valor o cualificación del mundo, este autómata se yergue como codificador de sí mismo y, por tanto, de su materialidad cósmica: hay una interiorización descomunal de la exterioridad humana.

Podemos decir que el hombre se ha trasladado a lo largo de tres etapas: el padecer, el conocer y el transformar su existencia. El «conócete a ti mismo» escrito en el pronaos del Oráculo de Delfos simboliza la apertura revolucionaria del nuevo sentido que adquirió la existencia, y del origen del hombre como medida de todas las cosas. Este período puede ser considerado el puente entre aquel donde el ser humano choca contra el fatum de la realidad y aquel donde crea nuevos posibles como una auténtica transgresión material de sus límites.

El primer contacto con el mundo en nuestra historia es sin duda un acto de violencia. Las fuerzas desencadenadas de la naturaleza sometieron la vida: el salvaje fue quien se salvó. Así, desesperadamente y con el peligro a cuestas, el hombre comenzó su lucha por sobrevivir, resultando en una superación de su condición primigenia y también en un conocimiento básico de las constantes naturales. Ante este estar arrojado al mundo, la pregunta por el principio o arché de todas las cosas fue un acto de necesidad para el ser humano.

Realmente no importa si el arché de todas las cosas era el aire, el fuego o el agua, el punto fundamental en este momento es que la fuente de la que emanaba la explicación sobre el devenir de los hechos era externa al hombre; es decir, la clave del movimiento cósmico no dependía de nuestra potestad. El sentido irradiaba del mundo hacia nosotros. Partiendo de esta realidad omnipotente y de sus leyes universales, la sabiduría era develación del orden cósmico, hasta que el conflicto sobre la justa nominación de la realidad fue destruido con la tragedia socrática.

El nomos humano perdió su armonía en el momento en que permitió el juicio y la muerte de Sócrates. Su ejecución reveló que «[…] el hombre común es cada uno de nosotros, por alto que esté situado, mientras no acceda a la sapiencia de la autoconciencia» (Nicol, 1977: 394). La revolución socrática sacó a la luz la anomia fundante del cosmos: el orden es creado por el ser político del hombre, quien genera comunidad y nomos; el sentido del Ser emana desde el hombre por medio del logos.

Cayó el pilar del orden griego y el logos emergió como fuente de la disputa. En este contexto cabe citar al filósofo Eduardo Nicol:

 

Lo implícito, pues, es que el sentido depende de nosotros mismos: tener sentido es dar sentido, y esto implica la posibilidad de más de un sentido. Para el griego, la necesidad de dar sentido a la vida se presentó como una revelación. De repente descubrió que tenía que vivir de sus palabras. Esta liberación era angustiosa. El hallazgo de la libertad traía la convicción de que la vida es problema; y la ansiedad de ser libre no se resolvería, en lo que cabe, mientras el individuo no realizase el sentido con una palabra común y vinculatoria: la de los sabios y los poetas, la de los legisladores y los filósofos (Nicol, 1977:179).

 

Con esto, la inquietud activa de comprensión y transformación de la realidad se convierte en la actitud arquetípica occidental. Lo que comenzó como una inquietud ante el mundo se convirtió en la inquietud del sí mismo que crea y que es medida de la realidad. Aquí tiene su epicentro toda la transformación de las condiciones de vida, pensamiento y significado de Occidente ante la apertura del hombre como símbolo. De manera inaudita, la presentación del hombre ante sí mismo derivó finalmente en el establecimiento de su idea de sí como origen de su auto-transformación: el hombre es un ser que necesita expresarse para ser, y la idea que tiene de sí mismo modifica su existir fundamentalmente.

Sócrates trastocó la búsqueda exterior de significación e hizo que explotara en nuestro interior. El hombre devino así principio y fin de la polémica medida del mundo, y la comunidad del lenguaje se situó en el centro de la representación del cosmos: la dialéctica se estableció como forma de enunciación del sentido del orden universal.

En suma, lo singular de Occidente es la centralidad de esta inquietud auténtica por el entendimiento como elemento activo que transforma la realidad. Prometeo, quien robó el fuego del conocimiento a los dioses para entregárselo a la humanidad, es la imagen mítica inaugural con que el develamiento de nuestras posibilidades cognitivas irrumpe en el sentido. Así, lo distintivo de Occidente es la puesta en escena de la autocreación humana al colocar al ser humano como escultor de su propia realidad y condicionamientos: el «conócete a ti mismo» señala la apertura del mundo en nosotros mismos.

Esto sólo sucede a través del tiempo, que es posibilidad y clausura. Dentro del tiempo se encontrará el hombre con su finitud y recibirá el aliento amargo de buscar su trascendencia. Agónicamente encontrará en su autoproyección temporal la superación de sus límites: la libertad. La historia será la hazaña de su libertad. Para Cornelius Castoriadis: «L’histoire est essentiellement poièsis, et non pas poésie imitative, mais création et genèse ontologique dans et par le faire et le représenter/dire des hommes» (Castoriadis, 1975: 8).

La inquietud activa del hombre occidental lo llevó desde la incansable búsqueda por el sentido de las cosas hasta el auto-reconocimiento de su propia gestación en el tiempo. Este gran periplo sienta las bases de las primeras ciencias y, sobre todo, de un especial carácter humano ante el cosmos. Se podría decir que se trata de un regreso al origen, pero particularmente es una continua búsqueda por el principio que da contenido a la existencia, a partir de la consciencia de que siempre estamos en contacto con un mundo mediado por nosotros mismos. En otras palabras, toda hermenéutica fenomenológica tiene que insertar al hombre, como factualidad y como símbolo, para explicar un mundo que se ha vuelto demasiado humano.

En estricto sentido, la inquietud activa crea sus propios referentes de exterioridad.  Que tal inquietud se tome a sí misma como parte de los elementos que interactúan para generar el mundo es el claro reconocimiento de que la fuente del sentido somos nosotros. Tal como Hegel afirmó: «Conocer la razón como la rosa en la cruz del presente y, por lo tanto, sacar provecho de ésta, tal reconocimiento racional constituye la reconciliación con la realidad…» (Hegel, 1986: 35).

2) El reflejo 

La ruta occidental de la inquietud activa ahora nos permite observar en el horizonte el reencuentro entre la razón y su obra como un acto de libertad donde la inquietud se proyecta a sí misma hacia el dominio de la existencia. La interioridad humana, como conciencia de sí, transforma el exterior al grado de habitar su propia creación: cultura es poiésis.

El regreso al origen es afirmación ontológica. Desde aquí, la sociedad occidental recodifica la existencia como afirmación y negación de sí misma. Lo otro, el más allá y lo imposible forman parte de nuestro espectro de significación como alteridad que limita la idea de hombre en continua construcción. Esta frontera cognitiva contiene la transformación ontológica, todavía.

La radicalización científico-técnica de esta época pretende exceder nuestro espectro de significatividad mediante el diseño artificial de la physis de la materia y de la vida: es la creación ab-soluta de existencia. De tal manera, parece anecdótica la pregunta heideggeriana sobre si el hombre es necesario para la posibilidad de la ontología, ya que se esboza el nuevo comienzo para un autómata pensante libre de condicionamientos de necesidad. El presente se reafirma como acto de trascendencia.

La idea tradicional de hombre es gestación de cultura, donde se refleja a sí mismo. La diferencia en estos días es que el hombre busca diseñarse artificialmente fuera de la contingencia histórica. Sin embargo: ¿qué clase de historia puede haber para un hombre sin límites? Ha habido una creciente divergencia entre las posibilidades de transformación de la realidad mediante la técnica y el conocimiento autorreflexivo del hombre. El peligro desatado por las fuerzas humanas ya no sólo es la imposible unificación del saber, sino el despliegue de un mundo sin necesidad y sin conciencia de sí.

En conclusión, la representación cultural de la vida es dramáticamente destruida por la división entre la existencia contingente y la artificial: la razón técnica sirve a la posibilidad más acabada de ser, independiente del curso causal de la materia. «La creación de la nada, rompiendo esta continuidad ontológico-temporal, sería en el hombre una creación sin condicionantes…: fuera el absoluto de un acto gratuito, y por ello mismo absurdo y carente de sentido» (Nicol, 1997: 331).

La inquietud activa rige la transformación del hombre, es el motor de su historia. No tiene sentido juzgar el curso que tome la singularidad encontrada en Occidente: continuará su propio rumbo como hasta ahora. Si hay una coincidencia en la atribución predicativa que aquí he hecho del hombre occidental con el de cualquier otra cultura es porque al hablar de lo particular de un tipo de existencia siempre se implican todas las posibilidades fácticas de ser. Así adquiere mayor claridad la alerta implícita en este texto ante el peligro próximo de la ruptura total entre las fuerzas de creación y la capacidad de autoconciencia.

 

 

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius (1975), L’institution imaginaire de la société, París, Éditions du Seuil.

Hegel, G. F. (1986), Filosofía del derecho, México, Juan Pablos.

Nicol, Eduardo (1997), La vocación humana, México, CONACULTA.

——— (1977), La idea del hombre, México, Fondo de Cultura Económica.

Schmitt, Carl (1998), El concepto de lo político, Madrid, Alianza Editorial.

 

 

 

NOTA

[1] En adelante, voy a utilizar los términos «ser» y «sentido» en su acepción de la filosofía de la existencia. Ser: modo de existir, y sentido: razón de ser.

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Julio Alcántara (1988) es politólogo de la UNAM e investigador asociado de CONACYT.

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