En defensa del público I

¿Quién y cómo decide lo que el público puede ver en un cine mexicano de los años sesentas? Primera parte de una crónica de Alejandro Ponce.

Alejandro Sal. P. Aguilar

 

A Fernando M.

 

CÁMARA sobrevuela la ciudad capturando carmines azoteas de vinil. Atraviesa edificios, terrenos baldíos, paraderos, departamentos. Espía oficinas de gobierno y vecindades repletas de tendederos. A medida que avanza desciende gradualmente y los ruidos de la calle van in crescendo: cláxones barítonos, comerciantes sopranos, algarabía en las esquinas, trabajadores pidiendo una torta en alguna lonchería, risas colegiales a la entrada de las escuelas, el tranvía que circula tormentoso sobre sus rieles metálicos. CÁMARA se acerca a un edificio de ventanales amplios y transparentes que abarcan la fachada de la construcción de extremo a extremo. Gran plano general. Las ventanas del edificio ceden el paso a la luz que entra holgadamente en el vestíbulo. El edificio ocupa toda la manzana y las entradas están situadas en cada esquina del frontispicio. CÁMARA llega a nivel de calle y se sitúa detrás de una escuincla que camina, se detiene en la esquina, mira que no vengan coches y cruza la calle. Mientras cruza alza la cara y en la marquesina del edificio lee: «Hoy Amor sin barreras». Ganada la banqueta, se acerca a los carteles de la entrada. En la imagen, una mujer corre tomada de la mano de un muchacho. Perdida en el epicentro de su cuadro, a la mujer le refulge la mirada, como navaja reverberante al brillo de una luz clandestina. A la niña le brillan los ojos también. Sube las escaleras que conducen a la taquilla. Un hombre vigila. Con cara de urgencia la niña cruza las piernas y los dedos de los pies le bailan en los zapatillos lodosos.

—Oiga, ¿no me da permiso de entrar al baño?

—Pasa, ándale, pero no te tardes, y cuidado con la alfombra.

Camina la chamaca por el pórtico y cruza la entrada hacia el vestíbulo. Desaparece entre la gente aglomerada en los sillones y la dulcería. Pasa junto a un joven vestido con traje de hombros de escuadra; traje negro, parduzco, acaso gris, corbata anclada a las columnas de la estancia. Lozanía ajustada a su serenidad aparente. Erguido él, erguido el traje, se ignora quién viste a quién. De no ser porque la edificación denota el funcionalismo en cada rincón, al joven se le confundiría con una estatua de viejo cine art decó. El muchacho ve desaparecer a la niña y se toma la cabeza; mira su reloj, se impacienta, se seca las manos sudorosas en los muslos. La hora de la función se aproxima y las gentes repartidas en el vestíbulo, afuera en el pórtico, alborotadas en la dulcería, cómodas en los sillones, se apresuran a ingresar a la sala. Algunos entran al lunetario a través de las cuatro galerías situadas a ambos extremos de la dulcería y dentro de la sala caminan por largos pasillos hasta encontrar un lugar. Otros suben por las escaleras laterales hacia el mezzanine que sirve de vestíbulo superior y da ingreso al anfiteatro en el segundo piso de la sala. Las parejas se recargan en el barandal o se sientan en los sillones. Los espectadores van tomando sus asientos en la vastísima sala del recinto –al cine Ermita solamente le caben 3 500 personas–. Las luces se atenúan y la cortina va descendiendo en elegantes segmentos. Visto en sus proporciones reales, el cine Ermita es un coliseo de 16 milímetros.

El joven de traje se acerca hasta un trabajador del cine y se presenta. El trabajador lo conduce a la oficina del gerente y lo anuncia:

—Que está aquí el supervisor de cinematografía.

—Ahh, pues que pase –musita el gerente con desgano, pingüino sin nieve, jaime de cabellera en decadencia. La oficina es un cuartucho siniestro con un escritorio de hectárea y media de longitud–. Pues ¿cómo le va? Mucho gusto en conocerlo.

El muchacho muestra su credencial de la Dirección General de Cinematografía de la Secretaría de Gobernación. Cartoncillo con su fotografía y su nombre: Fernando Macotela.

—Muy bien, gracias –responde el supervisor–. Mire, fíjese que antes de entrar me puse a ver y están entrando menores de edad. No están ustedes respetando la clasificación, están entrando muchos jóvenes.

—No, licenciado, no; pero es que en la taquilla les pedimos la cartilla.

—No, pues fíjese que no, porque yo ya me paré en la puerta y a nadie se la piden.

—¡Bueeeno!, mire usted… Déjanos solos, por favor –se dirige el gerente al trabajador que pernocta en la puerta. Se retira el metiche. El gerente abre un cajón, saca un sobre–. Oiga, pss, mire, aquí le tenemos esto preparado para sus chicles –pronuncia el gerente como recitando una oración mentada un millón de veces.

—A que ni sabe… –responde el supervisor–. Fíjese que yo no masco chicle.

—Bueno, bueno, para que se tome un refresco –ataja ingenioso el pingüino tropical, cabellos solitarios pegados con sudor en la frente.

—Tampoco tomo refrescos –responde árido el muchacho–. Y lo que le voy a pedir es que pare usted la película, ilumine la sala, y vamos a tener que sacar a todos los muchachos que no tienen edad.

—¡Oiga! –se exalta el gerente y al segundo busca mantener los estribos–, pero ¿cómo vamos a parar la función?

—Bueno, si no quiere no, pero entonces le retiro su permiso.

No da crédito el gerente y está viendo al muchacho a los ojos (CÁMARA los mira lateralmente situados cada uno en el extremo contrario del encuadre, la mesa abismal como frontera infranqueable). El gerente manda traer al proyeccionista y tan pronto se aparece le ordena detener la función:

—¿Cómo dijo, mi jefe?

—Que sí, ¡hombre!, que sí, que pare la película. ¿Está sordo?

Salen de la oficina los dos hombres seguidos de un tropel de trabajadores. Entran a la sala y un empleado del cine, lámpara en mano, comienza a echar luces por todas las filas. Los jóvenes acurrucados los unos sobre los otros se separan, alguna joven se plancha el vestido con las manos y su caballero acompañante se tapa la entrepierna con la bolsa de palomitas. Y no es lo de siempre, no es la cotidiana visita del rompepasiones que viene a revisar quién está en acto de romance para sacarlo del cine. En la pantalla, pandilleros cabezas duras bailan coreografías dignas de Broadway y se retan a un duelo callejero entre suaves y sincrónicos movimientos. Malvados entonan canciones melosas y melodiosas, quieren lucir de hiel y el intento resulta en pura miel. Pero hay escenas que han levantado revuelo entre la gente decente y han provocado suspicacia en las autoridades. Las luces de la sala comienzan a encenderse y la proyección se interrumpe. El supervisor entra en escena.

—A ver, muchachos… tú, que estás allá atrás, y el de playera roja, y las dos chicas que están por allá, se salen porque ya saben que esta película no es para ustedes. Y usted –dirigiéndose al gerente– les va a devolver el dinero que pagaron por sus entradas. Usted los dejó pasar. Y yo el acta la tengo que levantar de todas maneras.

El supervisor sube y baja escaleras, atiza el ojo, caza a un chamaco por acá y a otra escuincla por allá. Van saliendo los acusados; él rebusca en cada fila. Sin protestas, los señalados van abandonado la sala y se dirigen a las taquillas para pedir su devolución.

—¡Oiga, no! ¡Por favor! ¡No vaya a levantar el acta! –van regresando a la oficina gerente y supervisor–. Yo puedo hacer… emmm… yo puedo hacer… ¿No quiere usted dos sobres como este?

—No, voy a levantar el acta y usted la tiene que firmar.

En eso están cuando entra el empleado y se acerca al gerente y le secretea algo. El supervisor, temeroso, finge atención en los documentos, alza la oreja, no escucha nada.

—¿Seguuuuro? Hombre, ¡carambas!… ¿estás seguro? –inquiere presuroso el gerente al trabajador que le habla al oído.

—Sí, mi jefe.

—Mmm… oiiiga, mi lic… –y gira y se dirige al supervisor–, pss ¿qué cree? Fíjese que tenemos un problema –se regodea frívolamente, como gato cínico que se estira plácidamente después de una siesta de media tarde.

—Ahh, ¿sí? ¿Y cuál es el problema? –pregunta el supervisor.

—Fíjese que en la puerta están los hijos del presidente de la república, los jóvenes Díaz Ordaz, que quieren entrar a ver la película, pero como ya dimos devoluciones, pss ya no les vendieron boletos a ellos tampoco porque también son menores de edad. Entonces, ¿pues qué vamos a hacer, mi lic? –pronuncia triunfal el gerente (ya va guardando su sobre en el cajón y quiere soltar carcajada).

Corte directo. Pantalla en negro. En el fondo se escuchan máquinas de escribir produciendo cláusulas en serie. Las teclas son martillos de tinta desgastando los dedos. Secretarias y supervisores se liman las uñas en las teclas, en la noche plañen las yemas. Se alumbra la imagen y una oficina de gobierno se va revelando. CÁMARA permite entrever escritorios desvencijados, colores grises y caquis y pistaches en pisos y paredes. Estrechos pasillos entre escritorio y escritorio. Los teléfonos son los verdaderos reyezuelos de la burocracia: teléfono en espera, teléfono ocupado, teléfono desconectado, teléfono fuera de servicio, teléfono descompuesto. Formularios, formatos y firmas gobiernan en cada punto, en cada coma, en cada paréntesis. Una oficina sirve como sala de proyecciones. Allí los funcionarios de la Dirección General de Cinematografía inspeccionan películas, series, caricaturas. Las salitas de supervisión son unos cuartos desnudos, tierra baldía con un proyector sobre la mesa y unas sillas artríticas. Nada, ni  una paleta. Nada, los supervisores escriben sobre los muslos. Cada distribuidor que desea importar una película pasa por esta dirección y por los criterios de supervisores y directores. Lo mismo los productores de películas nacionales que pretenden proyectar sus obras en el extranjero. En la dirección hay dos o tres turnos de supervisión diariamente. Los supervisores ven las películas y llenan un formulario por cada una, elaboran una sinopsis del filme y vierten su opinión. «Por lo tanto, dado que contiene violencia y desnudos, esta película no puede proyectarse»; «concluyo que no hay mayor problema en transmitir esta serie»; «la ascendencia y vestimenta del protagonista son ofensivas para la nación», etcétera.

Las malas palabras no existen; el doblaje y los subtítulos eliminan groserías que se escuchan en los originales. Pueden omitirse escenas si el jefe de supervisión lo considera estrictamente necesario y la decisión queda a su reserva. La palabra censura no se usa en la dirección, la palabra censura está censurada, lo que la dirección realiza es la supervisión y clasificación del material audiovisual. Nada de opresión y amenazas de parte de los funcionarios, nada de déspotas frotándose las manos y regocijándose en sus interdictos. Los empleados de la dependencia ven y catalogan películas como quien acomoda el jamón en una tienda departamental, de acuerdo a ciertos criterios de refrigeración, siguiendo las pautas mínimas de higiene. La mayoría es gente respetable, responsable y honorable. La censura pierde su significado en la costumbre y la repetición.

Flor, Florecita, la jefa de supervisión, falsa rubia, no se cuenta entre estos adustos hombres. Siempre encuentra problemas en las películas. Florecita es de las que piensan que hay una variedad de escenas que pueden perturbar a los niños y tiene memorizadas taxonomías de tipos de violencia, de formas indecentes de besarse, de maneras soeces de expresarse y de lugares que no deberían servir de escenografía para un rodaje.

—Flor, ¿y esta película infantil por qué la puso para adolescentes?

—No, pues es que esa parte donde le pegan al caballo los niños no la pueden ver.

Clasifica películas infantiles como películas para adolescentes, «sugiere» de buena fe cortar esta o aquella escena, programa series de televisión que podrían transmitirse en un horario abierto en el nocturno.

—No, señor, no, entienda usted, su película tiene problemas. Señor, no, cómo cree. ¡Imagínese! No, mejor no se lo imagine. ¡Cómo!, ¡con esas escenas tan provocativas! No, señor, no. ¿No ve cómo en la escena del beso ella se le acerca mucho al joven y le recarga el busto?

—Y ¿qué no habrá manera de hacer algo?

—Bueno, pues si le cortan ustedes esa escena, a lo mejor.

Florecita colecciona escenas impúdicas y violentas. Las colecciona en fajos de billetes, en discretos regalos, en la cava de su casa, en los vestidos y zapatillas, en el coche rozagante. A cambio de un sobre o varios, Flor hace posible la magia del cine en todas las salas de proyección de la ciudad y aun en las de todo el país. Los productores ya lo saben y entre sus gastos presupuestales apartan algo para congraciarse con Florecita. No hay filme que no se quede en la anestesia al pasar por su quirófano.

Fernando trabaja sentado en la esquina de una mesa. «Sitiado en su epidermis», en un rincón de metro y medio, mete una hoja en la máquina de escribir y teclea arduamente. Saca la hoja y pone otra; los dedos ya se achatan y los bonches de hojas se van amontonando. De repente el director de cinematografía, Mario Moya, cruza la oficina hacia la dirección. El joven deja las hojas y toma unos rollos extendidos en la mesa, como papiros polvosos y olvidados, los junta, los agarra como puede y se dirige a la secretaria de director.

—¿Puedo hablar con el licenciado Moya?

—Va llegando apenas, espera que te llame.

—Ándele, no me tardo. Mire cómo vengo –lo mira la secretaria, se levanta y camina hasta la puerta de la oficina. Tarda unos segundos, sale y dice:

—Que dice el licenciado Moya que pase.

—Buenas tardes, licenciado –le dice el director al verlo entrar–. ¿Ora qué trae allí? –llega el joven hasta el escritorio y extiende el papelerío. El director tiene apenas 29 años pero su figura le impone a Fernando: porte ejecutivo, alto como aspirante a la presidencia, de aspecto juvenil pero perspicaz, de traje serio y mirada de aguja.

—Mire, licenciado, fíjese que me encontré estas cosas en los archivos.

—¿Sí? ¿Y qué son esos rollos?

—Mire, usted, véalos, vea este –y escoge uno de entre el montón y lo extiende con delicadeza, como si aquello fuera el mapa del oro de Moctezuma. El director lee el texto en francés, voltea a ver al nuevo empleado de la dirección, voltea a ver el papel que quiere enrollarse aún de pura costumbre, vuelve a ver al joven:

—¿Es cierto esto?

—Señor, pues allí estaba. Yo pienso que sí, y la verdad yo creo que es un desperdicio.

—¿De dónde lo sacó?

—Pues me puse a hurgar en el archivo y había un cajón hasta abajo con papeles empolvados, viejos, me puse a sacarlos y salió todo esto.

—¿Y allí estaba esto? –agita ligeramente el papel que tiene en las manos.

—Sí, licenciado.

—¿Palma de Oro a María Candelaria, 1946, del Festival de Cannes, pudriéndose en el archivo? ¡Pero es que esto no puede estar allí!

—No, licenciado, no. La verdad yo creo que esto debería estar enmarcado y colgado aquí en su oficina.

—¡Qué bien, licenciado! ¡Mire nomás! ¡Qué felicidad! ¿Y qué más tenemos?

— Está el diploma de Nace un volcán, el cortometraje dirigido por Luis Gurza.

—Muy bien, muy bien. Todo esto hay que enmarcarlo y lo felicito por andar buscando en ese archivo, ¡noo’mbre! –se queda callado desempolvando unos diplomas y viendo otros–. Se me acaba de ocurrir que usted debe ser supervisor.

—¿Cómo, licenciado?

—Sí, que yo creo que tiene que ser supervisor. ¿Cuánto lleva aquí? ¿Tres meses? Ya va siendo momento de que cambie de aires.

Afuera, la gente circula de aquí para allá. CÁMARA se va alejando de la puerta de la dirección, de a poco la toma se abre y más y más gente aparece en cuadro. De la nada una figura se atraviesa ante CÁMARA, es el proyeccionista que trajina pesarosamente con sus rollos bajo el brazo. Pasa junto a una secretaria y le dice: «buenos días, cielo», y continúa su camino. CÁMARA lo sigue hasta que todo el cuadro son sus rollos…

 

La próxima semana síguenos con el desenlace de esta historia, aquí, en Cuadrivio.

 

 

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Alejandro Sal. P. Aguilar (Ciudad de México, 1990) estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de Partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º Concurso Universitario de Cuento «Letras Muertas», de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería.

 

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Posted by Alejandro Sal. P. Aguilar

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de Partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º Concurso Universitario de Cuento «Letras Muertas», de la UNAM. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Es editor de Cuadrivio.

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