Wednesday, 24th October 2012

#YoSoy132, el movimiento cómodo

Publicado el 02. sep, 2012 por en Política y sociedad

¡Yo soy 132! Así suena entre gran número de mexicanos la denuncia actual del sucio proceso electoral y la imposición mediática de Enrique Peña Nieto como presidente electo, punta del iceberg de una democracia muy a medias y bastante neoliberal. #YoSoy132, movimiento iniciado por jóvenes universitarios de la capital, ahora es estandarte generalizado… ¿pero de qué, exactamente? ¿quiénes son los #YoSoy132? ¿Y qué serán cuando se haya desvanecido la coyuntura electoral? He aquí una visión amplia y crítica de Zedryk Raziel.

 

Zedrik Raziel Cruz

 

Yo no sé si #YoSoy132. 

Es decir, no sé si lo soy. Me gustaría tenerlo claro, para saber si escribo desde dentro o fuera del hashtag.

Alguna vez, eso es seguro, lo fui. Y lo dije: ¡yo soy un 132! Lo dije en el metro, en peseros y camiones, en la calle.

Hasta el primero de julio, yo fui brigadista. Y los brigadistas son uno de los varios medios de comunicación desde el Movimiento hacia el mundo donde ocurre la vida cotidiana. Claro que hay otros medios: el de las redes sociales, el de la prensa, el del diseño gráfico –de estampas y volantes–, el de las marchas multitudinarias y «cercos simbólicos» y el de los actos artísticos. –en

Sólo que nosotros, los brigadistas, creímos que estábamos a la vanguardia de todos los medios del Movimiento. No se culpe a nadie: a diferencia de los otros, las brigadas iban al mundo, entraban en él. Portábamos –nos decíamos– una candela. Si íbamos a entrar en una tiniebla, la luz era para disiparla. El arquetipo dice: «la luz es el conocimiento, la consciencia; la oscuridad es la ignorancia».

Entonces fuimos platónicos.

Y también fuimos un poco Prometeo: «hijos» desobedientes que procuran a la humanidad y la liberan de un castigo impuesto inmerecidamente por el «Padre»: frío, oscuridad, carne cruda.

En el Movimiento, pues, ha habido una narrativa mítica, como de hecho la hay en todos los movimientos sociales en la ilusión que les da dinamismo.

Pero la nuestra era una narrativa que causaba la repulsa de algunos antiintelectuales, porque, bueno, Prometeo era un dios olímpico, y Platón… ¡pues era Platón! Nos llamaron vanidosos, presumidos, ilustrados, vanguardistas, despóticos. Y nosotros, avergonzados de nuestra infinita vanidad (porque nos tomamos en serio aquel reproche: sí, no éramos más que simples estudiantes caguengues), nos preguntábamos unos a otros: ¿pero alguna vez hemos dejado de ser simples mensajeros?, ¿acaso no solamente portamos la flama que ilumina?, ¿no acabas de decir tú que somos uno de varios medios del Movimiento?

Por eso nos resultó chocante ese hermosísimo verso que el Movimiento adoptó para hacerse promoción: «si no ardemos juntos, ¿quién iluminará esta oscuridad?».

¿«Ardemos«… «juntos»? ¿Nosotros? Es decir que la candela somos nos

Ahí estaba la «vanidad», el vicarialismo.

Lo importante, entonces, era descubrir las caras de ese «nosotros». Saber quién se quema cuando nosotros –los otros– no, quién es el signo que arde en nuestro lugar, salvándonos.

 

***

Escribo sobre el #YoSoy132 como el autor que enjuicia su propia obra, más que como el crítico de arte que la califica desde su posición como otro exterior. Por una cierta deontología, el escritor está obligado a criticar sus libros; el crítico literario no está necesariamente obligado a fijar su atención en ellos. Es preciso comprender que el Movimiento –sus rumbos, prácticas y objetivos– son producto de un entramado de decisiones y omisiones de las que son responsables sujetos activos y pasivos, estos últimos dispuestos a actuar de conformidad con los principios del Movimiento sin pensárselo dos veces.

El Movimiento es creación, «obra», de un vasto número de autores. Yo soy, he sido, uno de ellos. Comparto la responsabilidad de sus logros y desaciertos. Me siento obligado a observarlo y criticarlo. Y las observaciones y recomendaciones que haga al Movimiento, y las flores que le lance por su hermosura, habrán sido observaciones y flores lanzadas a mí mismo.

Es preciso considerar al #YoSoy132 como lo que aspira a ser: un movimiento social, y, a partir de ese tipo ideal, concentrar el rigor de la crítica en sus objetivos históricos, sus medios para lograrlos y sus prácticas «virtuosas» y «viciosas». Sólo que de movimientos sociales yo no sé básicamente nada. Pero estamos obligados a hablar de movimientos, si no qué caso tendría. Justo ahora pienso en la oración con que Borges inició su ensayo «Indagación en la palabra»: «Quiero repartir una de mis ignorancias a los demás: quiero publicar una volvedora indecisión de mi pensamiento, a ver si algún otro dubitador me ayuda a dudarla y si su media luz compartida se vuelve luz».

 

***

En su momento estaba bien alegrarse por la primavera árabe. Incluso en México ha sido patrocinada una presunta «primavera mexicana». Simultáneamente fuimos felices por el movimiento estudiantil chileno y por el de los Indignados españoles. Luego ocurrió el Occupy Wall Street estadunidense y su malograda resonancia mundial (en honor al 15 de mayo español, se fijó –¿quién decidió, en dónde?– el 15 de octubre de 2011 como el día en que la población de todos los lugares del mundo mostraría su indignación contra la economía capitalista y sus estragos funcionales. Pero lo que hubo fue un lamentable desierto «ocupado» por unos cuantos errantes que dormían en tiendas de campaña y compraban cafecitos en un Oxxo para refugiarse del frío ardiente).

«¿Por qué ustedes se tardaron tanto?», oí un día que nos preguntaban. «¿Por qué ahora y no antes?», insistían. Y nosotros: «Porque hasta hace muy poco surgió la posibilidad de cambio, una fisura». ¿Y qué fisura más visible y fácil que la de un proceso electoral? Somos culpables de no haber sido más atentos, de no apreciar otras fisuras más sutiles que, sin embargo, palpitaban.

Según Héctor Aguilar Camín, la conducción de la micro y la macroeconomía por las dos administraciones federales del PAN ha sido inmejorable, comparada con las del PRI: ni déficits apocalípticos, ni devaluaciones, ni quiebras, ni inflación, ni pérdida del poder adquisitivo de la población. Citando el estudio titulado Clasemediero, realizado por Luis Rubio y Luis de la Calle, Camín argumenta que la economía «en crecimiento» que logró consolidar el presidente Felipe Calderón sirvió al fortalecimiento de las clases medias mexicanas, «incipientes pero multitudinarias, que son el nuevo rostro social del país».[1] Nosotros podemos mirar con escepticismo al entusiasta Camín, pero lo cierto es que, a diferencia de Italia, Grecia, Francia, Irlanda y España, en México no surgió una protesta con motivo de una crisis económica, el más contundente de los motivos de descontento social por cuanto que una real mano invisible –fantasmagórica pero objetiva– aporrea, desde lugares insospechados, el mortal estómago de los hombres y de sus familias.

Lo que sí motivó protestas políticas en México fue el problema de inseguridad y violencia causado por el comercio ilícito de drogas y la estrategia de contención militar implementada por el Gobierno Federal. A propósito de ello, Rafael Lemus advirtió una especie de trauma en el «campo intelectual mexicano», entendiendo al trauma como Roland Barthes: «aquello que suspende el lenguaje y bloquea la significación». El aumento de la violencia no trajo consigo un aumento equivalente de su discusión pública por parte de la academia. Hasta que ocurrió el asesinato de Juan Francisco Sicilia, en marzo de 2011.[2]

La pugna de Javier Sicilia por hacer notar la muerte de su hijo, aprovechando su capital simbólico como periodista de un reconocido medio crítico del Gobierno Federal (Proceso), puso irrefutablemente en el centro de atención el tema de la guerra contra el narcotráfico –como si el homicidio de Juan Francisco, hijo de un miembro de la revista que había venido señalando los graves fallos y riesgos de dicha ofensiva gubernamental, hubiera sido la ignominiosa comprobación de tales peligros, lo mismo que el repentino «silenciamiento» de un activista parece indicar, casi irrefutablemente, que sus denuncias contra el establishment eran verdaderas. La consecuencia de la formulación del problema por parte de Javier Sicilia, prosigue Lemus, fue la ruptura definitiva con el trauma y la depresión sociales: así aparecieron «las manifestaciones de duelo público más numerosas desde que empezó el conflicto […] mitad procesión fúnebre, mitad protesta política, [conformadas] lo mismo por personas con veladoras que por gente con pancartas».[3] El movimiento adquirió un nombre: por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD). A la fecha, sin embargo, el MPJD ha devenido una protesta propiamente de víctimas dolientes; ellas y su desconsuelo.

A casi tres meses de su explosivo surgimiento, el #YoSoy132, mediante decisiones destinadas a institucionalizar su organización interna, se ha resistido plausiblemente a desdibujarse.[4] Pero carga sobre sus hombros la culpa un tanto paradójica de no haberse apropiado mucho antes de un motivo, una fisura, para surgir y conformar un movimiento social –un surgimiento que, a su vez, habría cancelado sus posibilidades de aparecer en el presente como #YoSoy132.

Pese a sus esfuerzos para trascender la coyuntura electoral que justificó su aparición, el #YoSoy132 no ha dejado de ser un movimiento cómodo para todo mundo.

 

***

El #YoSoy132 tendría que apropiarse la premisa del movimiento Occupy Wall Street (OWS): el uno por ciento de la población del mundo «domina, explota, subyuga, oprime al restante 99 por ciento»; la riqueza de los diez mayores multimillonarios del mundo equivale al presupuesto de 87 países pobres.[5]

Si ha de trascender, si busca un cambio en ese orden de cosas que juzga inequitativo, violento, indolente e inhumano, el #YoSoy132 debe dirigir sus energías hacia objetivos estructurales. Como dice Víctor M. Toledo, «el #132 debe convertirse en #99», rectificando su definición del problema que busca confrontar.

El gran mérito del OWS se encuentra, justamente, en que definió su problema como un problema estructural y supo, por tanto, que un racimo de infinitas dolencias sociales de la actualidad tiene una «raíz» invisible y robusta, y lo principal, histórica. Si es histórica, entonces es explicable y modificable, curable. Para el OWS, esta raíz es el capitalismo monopolista, y en ello comulga con la corriente de pensamiento marxista (he aquí el ensamble entre protesta social y ciencia y filosofía). De modo que concentrarse en la solución de los problemas particulares del «racimo», no sólo es desgastante en el caso de no lograr los objetivos, sino perjudicial en el caso de lograrlos. Ya se sabe: la «solución» por parte de los gobiernos a demandas particulares suele ser un paliativo que prolonga la vitalidad de la causa estructural de incontables efectos sociales devastadores.

En su investigación La doctrina del shock, Naomi Klein da cuenta del creciente poder de decisión sobre los asuntos públicos que han adquirido los empresarios en la etapa del «capitalismo del desastre». En un discurso pronunciado en la Plaza de la Libertad ante los participantes del Occupy Wall Street, Klein señaló:

Si algo sé, es que el uno por ciento ama una crisis. Cuando la gente entra en pánico y está desesperada, y parece que nadie sabe qué hacer, es el momento ideal para lograr que se apruebe su lista de deseos de políticas pro empresariales: privatizar la educación y la seguridad social, recortar los servicios públicos, deshacerse de las últimas restricciones al poder empresarial. […] El egoísmo sin restricciones ha destrozado la economía global. Y también está destrozando al mundo natural.[6]

Que el movimiento Ocupa haya decidido acampar en Wall Street, en Estados Unidos, y en las sedes financieras de otras ciudades del mundo fue un paso fundamental, pues demostró que al fin había reconocido al «verdadero culpable», al más grande de todos los victimarios: el capitalismo.

El sistema capitalista es violento en sí. Slavoj Žižek sostiene que su violencia inherente no consiste solamente en violencia física directa, sino en «sutiles formas de coerción que imponen relaciones de dominación y explotación, incluyendo la amenaza de la violencia».[7] La violencia sistémica, inseparable de las condiciones sociales del capitalismo global, implica la creación «automática» de individuos desechables y excluidos. Así lo sostuvo el propio Žižek en una entrevista para el periódico El País: el capitalismo «[e]s el sistema más productivo en la historia», pero en la medida en que las corporaciones «luchan encarnizadamente» por privatizar los bienes comunes –por ejemplo, los recursos naturales o los conocimientos–, «[e]l capitalismo actual se mueve hacia una lógica del apartheid, donde unos pocos tienen derecho a todo y la mayoría son excluidos».[8]

El OWS había fijado su atención en el objetivo correcto: había tomado postura contra el sistema económico capitalista y su violencia congénita, pero algo salió mal: ¿cuál iba a ser el camino para alcanzarlo?

 

***

Eso que ocurre en el mundo contemporáneo a causa del capitalismo monopolista, ocurre también en México (y a la mexicana). Tras 30 años de gobiernos federales del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y del Partido Acción Nacional (PAN), en 13 sectores claves de la economía mexicana existen monopolios –operados por corporaciones nacionales y extranjeras– que desequilibran la oferta y la demanda: telecomunicaciones, cemento, televisión, supermercados, minería, electrónica, bebidas, pan, tortilla, banca, hospitales de paga y tiendas departamentales. ¿Cuáles son los nombres de esas empresas? Televisa, Cemex, Telecom, América Móvil, Telmex, Grupo México, Grupo Modelo, Grupo Carso, Grupo Alfa [¿Grupo Atlacomulco?], Soriana, Industrias Peñoles, Palacio de Hierro, Wal-Mart, Liverpool, Coppel, Elektra, GEO, ICA, Coca-Cola, Femsa, Kimberly-Clark, Bachoco, Bimbo, Altos Hornos, Gigante, Sears, Ferromex, TV Azteca…[9]

Las inimaginables ganancias de esas empresas no sólo provienen del decisivo control que ejercen sobre la oferta y la demanda ni de los bajos sueldos que pagan a sus empleados, sino de los impuestos que no aportan al fisco. Según Toledo, mientras que una persona común paga a la Secretaría de Hacienda del 25 al 30 por ciento de su salario, las corporaciones más lucrativas pagan sólo del 5 al 10 por ciento de sus ganancias. Ésa es la tal «clase político-empresarial», la que de facto gobierna a las sociedades del mundo y las arrasa.

La paradójica personalidad político-empresario es explicable desde la circunstancia en que se originó: en el capitalismo monopolista es mucho más sencillo alcanzar la privatización de recursos nacionales estratégicos, los recortes al gasto público y la desregulación arancelaria –en general, las ventajas fiscales– desde el espacio legal de la toma de decisiones. Es la pista que arroja Toledo: «El inaceptable fraude electoral, ejemplo para el mundo de la perversidad de las élites mexicanas, es solamente la punta del iceberg».[10]

Éste es el punto de confluencia entre el #YoSoy132 y el OWS –y las protestas antiglobalización de los noventa, y el nuevo ethos contra la sociedad del consumo y la lucha por los derechos civiles de los sesenta, y el movimiento feminista de los setenta, y el interés medioambientalista de los ochenta. Es la oportunidad de este movimiento universitario de trascender el particular y cortoplacista objetivo que motivó su aparición. A menos que desee permanecer como otra protesta testimonial.

¿Por qué, a la fecha, el #YoSoy132 no ha insinuado siquiera la intención de formular una crítica estructural? La respuesta –que, por lo visto, provoca un sutil sentimiento de vergüenza de sí mismo– hay que buscarla en el habitus de clase de los miembros del Movimiento. Gran parte de los universitarios de escuelas privadas –e incluso públicas– que militan decididamente en el Movimiento son miembros de las poderosas familias que se han beneficiado del complejo político-empresarial mexicano, uno de cuyos efectos es la concentración mediática que denuncian las protestas, pero también la desigualdad social, el incremento de precios, el deterioro ambiental, el desempleo, el financiamiento a cuentagotas de la investigación científica y tantas otras flores marchitas que penden del «racimo» y que, al parecer, no indignan.

Está claro que el origen de la comodidad del Movimiento no puede clarificarse sólo desde esta crítica formal de su economía política. De hecho, la teoría del habitus propuesta por Pierre Bourdieu es una reformulación del principio marxista de que «las condiciones materiales de la existencia determinan la conciencia de los sujetos». No la determinan, la orientan. En ese sentido, el hijo no ha de ser necesariamente la realización del padre. Vamos entonces al fondo: el modo de vida. Fundamentalmente clasemedieros, los integrantes del #YoSoy132 –tanto de universidades públicas como privadas–, en virtud de su historia personal y de nuestra historia social, han incorporado un modo de ser esencialmente coherente con los valores, las necesidades, las aspiraciones y los estándares-de-una-buena-vida funcionales al capitalismo. La vida dentro de la clase media contemporánea requiere y –en el caso de la mayoría de estas familias– propicia el consumismo, la realización personal, el relajamiento y el culto a la creatividad del sujeto.

Para algunos, eso es la posmodernidad.

Resultaría aún más sencillo protestar contra la familia como simple dueña de una vasta riqueza que protestar contra la familia como uno de varios sistemas de enseñanza que, imperceptiblemente, orientan la manera en que nosotros mismos percibimos, ordenamos y actuamos en el mundo. Como reconoce Bourdieu, la capacidad de pensarse a sí mismo, de pensar el cuerpo y pensar la práctica, es una conquista increíblemente difícil, en principio porque tenemos una idea muy singular de la reflexión, formada ella misma dentro de una cierta tradición que dificulta reflexionarla.[11] Y, sin embargo, es la única meta que vale la pena alcanzar, porque es la única que permitiría la liberación de los sujetos. A eso se refería Naomi Klein en su discurso al Occupy Wall Street: «Y no hablo de regular los bancos e incrementar los impuestos a los ricos, aunque eso es importante. Me refiero a cambiar los valores subyacentes que gobiernan nuestra sociedad». Por eso Klein se fijó tanto en una de las pancartas de los ocupas que decía: «Me importas». «En una cultura que entrena a la gente a evitar la mirada del otro, a decir “deja que se muera”, eso es una declaración profundamente radical», dijo.[12]

A lo mejor ahí estuvo, precisamente, el fallo del OWS. Marcelino Perelló, quien se define como un «hombre del siglo XX» (¡ujuy!), escribió que el Ocupa «[s]e trata de un movimiento lumpen pequeñoburgués. Jóvenes irritados porque la sociedad no parece estar en condiciones de cumplir sus expectativas de burgueses en toda la línea. Depa de tres recámaras, calefacción central, plaza de estacionamiento. Y terraza pa’los días soleados. Y en los lluviosos pa’l retriever».[13]

De acuerdo con la agencia de noticias EFE, en octubre de 2011 el diario británico The Times denunció que 9 de cada 10 indignados que acampaban frente a la catedral de San Pablo, en Londres, al término de cada jornada, volvían a sus casas a pasar la noche y recargar sus teléfonos celulares, atender obligaciones familiares o laborales o protegerse del frío, según testimonios de los propios activistas recogidos por The Times y coronados por la siguiente declaración de un indignado: «Tenemos que mostrar que nos preocupa que los banqueros no tengan integridad. Pero necesito ir a mi casa y enviar e-mails para mi empresa». Según la nota, el mérito de The Times es que puso en duda una consigna de los ocupas británicos: «Todo el día, toda la semana, dormiremos en las calles heladas de Londres».[14]

(¿«Si hay imposición habrá revolución»?, ¿en serio?)

En las redes sociales virtuales he advertido la incertidumbre –nada representativa de la mayoría pero sí sintomática– de algunos miembros del #YoSoy132 con respecto al megaconcierto Corona Capital 2012 organizado por la empresa OCESA, de cuyas acciones Televisa posee el 40 por ciento, según la Wikipedia. La dificilísima disyuntiva es ésta: ¿todos los que, en atención a una decisión del Movimiento, simpatizaron o participaron en el «cerco simbólico» realizado a las instalaciones de Televisa en la ciudad de México están en cierto modo impelidos a no asistir al Corona Capital 2012? Este concierto ha causado un entusiasmo casi adolescente en gran parte de los activistas del Movimiento, y lo más probable es que, a falta de un posicionamiento general del #YoSoy132 que identifique la inasistencia al concierto con la protesta política, se sentirán un poquito menos mal consigo mismos cuando compren su boleto. La indefinición del #YoSoy132 los ayudará a superar una disonancia cognitiva que los coloca entre las demandas políticas del Movimiento y sus necesidades individuales de diversión.

 

***

Pero el #YoSoy132 se ha ido constituyendo como una tensión entre lo político y la condición posmoderna de sus miembros.

Hay que poner atención al «inofensivo» hashtag que, con privilegio, encabeza (o ya de plano: distingue y dignifica) el nombre del #YoSoy132. Ese signo: #, fundamental de la red social virtual Twitter, indica las condiciones sociales del origen del Movimiento y, casi como corolario, las características de su organización interna, así como de los objetivos que se plantea y de los sujetos que lo conforman.

Pronto el #YoSoy132 apareció como fundamentalmente mediático: surgido en las redes sociales virtuales con la circulación y réplica de un video grabado por 131 estudiantes de la Universidad Iberoamericana –ése es su mito fundacional–, el Movimiento dirigió sus críticas al «duopolio televisivo» –acusando sesgos en el tratamiento de la información noticiosa– y demandó figurar en él, aparecer en sus canales para hacerse ver al público, siguiendo un novedoso principio de las manifestaciones políticas según el cual, el éxito de una manifestación depende del éxito que haya tenido en mostrarse en los medios de comunicación, como la televisión o la prensa (incluso, algunas protestas han optado por contratar asesores de imagen y publirrelacionistas para lograrlo).[15]

En consonancia con las ideas de que el internet es un medio de comunicación libre, horizontal, educativo y transparente, y de que la televisión, o, más bien, las empresas de medios mexicanas, tergiversan y ocultan la información relevante y unifican a las audiencias en torno a una idea falsa de la vida cotidiana, el #YoSoy132 se erigió como gendarme de la Verdad (mejor dicho: de las Verdades). Sus fuentes de conocimiento verdadero no provenían únicamente de internet, sino de las aulas de clases y de los libros que sustentan su formación científica y humanista.

Reformulo una frase prestada a Marcelo Pisarro: afirmar que el #YoSoy132 es un movimiento posmoderno no es una verdad certificada. Puede que los rasgos de la condición posmoderna repetidos por el #YoSoy132 sean sólo una coincidencia, pero las coincidencias pueden revelar curiosas o escandalosas afinidades. Las sociedades son posmodernas, dijo Jean-François Lyotard, por su descrédito de los grandes relatos unificadores de la modernidad y sus autoridades. Ese escepticismo, según Gilles Lipovetsky, habría desencadenado un «proceso de personalización» y propiciado un tipo de organización social que incorpora «el respeto a la singularidad subjetiva, valores hedonistas, respeto por las diferencias, culto a la liberación personal, al relajamiento, al humor y a la sinceridad, al psicologismo, a la expresión libre».[16]

Con ese ímpetu los miembros del #YoSoy132 se negaron a definir líderes en el Movimiento, en un afán de horizontalidad fácilmente confundible con el deseo de protagonismo individual. La consecuencia más inoportuna de esta personalización fue la dispersión de las Verdades, en dos niveles:

1) Desde los primeros momentos de la aparición de un grupo más o menos autonombrado «Yo soy el 132», proliferaron en medios de comunicación declaraciones de un sinnúmero de muchachos dispersos que, con un aire de seriedad, intentaron otorgarle un sentido al «viernes negro» de la Universidad Iberoamericana (pero los mitos fundacionales no se explican, se relatan; la explicación desmitifica); no obstante, sus argumentaciones un tanto inconsistentes –en su mayoría afirmaban que su causa era la «democracia en los medios» (!)– no bastaron para justificar el explosivo –y «antidemocrático», «intolerante», «irracional», «apasionado»– suceso de la Ibero, lo que sirvió a los más contentos opinadores para infantilizar las protestas y llevó a ciertas empresas de medios a buscar más encuentros públicos con los jóvenes con la finalidad de reducirlos ad absurdum y alimentar la ilusión de la «democracia mediática». Yo soy el 132 aún no tenía un objetivo, pero lo fue teniendo. Luego, ya como #YoSoy132, definió una comisión de su organización interna para reducir la incertidumbre causada por la dispersión de las Verdades: la de comunicación y prensa, encargada de publicar y otorgar legalidad a los posicionamientos del Movimiento.

2) El #YoSoy132 no unificó un discurso para reproducirlo durante las brigadas informativas destinadas a «promover el voto informado» desde la postura antipeñista y apartidista (ejem…) en que se había situado; sin embargo, tampoco logró establecer criterios que otorgaran validez a la información recabada por los propios brigadistas, como comprobación de fuentes, confirmación de datos imprecisos y entrevistas a especialistas. Yo, brigadista, atestigüé la difusión –de manera oral y a través de volantes– de información parcialmente falsa… según mis fuentes. De cualquier modo, cada una de las versiones sobre un mismo acontecimiento (por ejemplo, la represión en Atenco en 2006) dada a conocer por los brigadistas a nombre del Movimiento, contaba de por sí con una amplia credibilidad social, y esto por dos razones:

a) por provenir de carismáticos jóvenes universitarios, cuya característica más visible es su avanzada formación académica; según Max Weber, es posible construir una autoridad sobre la base de esta distinción: dominación carismática, derivada del reconocimiento en un sujeto (el «jefe») de una cualidad que se considera fuera de lo cotidiano, y por la cual se le estima dotado de atributos no al alcance de cualquiera, o como un ser modélico, y por tanto como jefe; sin embargo, su autoridad no depende tanto de que posea efectivamente esas cualidades como de que sus partidarios crean voluntariamente en ella.[17] Justo ahora recuerdo que, tras hacer un brigadeo en el municipio mexiquense de Tlalnepantla, un viejo nos dijo: «Gracias por quitarnos las telarañas de los ojos». Los universitarios, sólo por serlo, cuentan con una autoridad insospechada, lo mismo que la información que proporcionan, considerada por ellos mismos como un (des)encantamiento.

b) la segunda razón de la credibilidad de los brigadistas se halla en el principio de división establecido por el #YoSoy132 entre los campos del saber de la televisión y del internet-universidad. Los brigadistas debían enfatizar la necesidad de su existencia, y para ello debían situar a los destinatarios de las brigadas en la posición del hombre de la caverna que vive –él cree que vive– viendo pasar sombras huidizas. La sociedad desinformada es, pues, la causa suae de los brigadistas; sin la presuposición de aquélla, éstos no tendrían razón de existir.

Ninguna de estas circunstancias debe parecernos inmoral per se. A propósito de un breve ensayo que escribí con un grupo de amigos cuando comprendimos la urgencia de implementar brigadas informativas antes de la elección del primero de julio, un antiintelectual visiblemente ofendido hizo el siguiente comentario: «¿Volvimos al tiempo de las clases ilustradas? ¿Regresó Trotsky con sus vanguardias?». En aquel texto, publicado por Cuadrivio y Contratiempo, criticamos la renuencia del #YoSoy132 a asumirse como un movimiento conformado por científicos y humanistas más que por «jóvenes» o «universitarios», y derivamos esa resistencia del carácter hedonista y desenfadado de sus miembros (la maldita posmodernidad, ¡ay!). Si se asumieran como científicos y humanistas, habrían tenido que asumir, también, las obligaciones que la institución les impone hacia la sociedad.

Como la ciencia y la filosofía iban a orientar las decisiones y prácticas del Movimiento, había que realizar una ontología del presente tal como lo propuso Michel Foucault, y así analizar el surgimiento histórico de formas de dominación que aún en la actualidad nos constituyen. En aquel ensayo escribimos:

Hay que formular una interpretación causal que haga aparecer –a los ojos de la gente– la pobreza, el desempleo, la mala educación, la falta de vivienda, el alto coste de la vida, la inseguridad pública, el hambre, todo eso que la afecta cotidianamente, como productos de un salvaje modelo económico y de la insensible gestión que de él han hecho los gobiernos que hasta ahora han existido en México. De este modo, es posible establecer un nexo de responsabilidad social y jurídico, una clara definición de las víctimas y sus victimarios, y delinear así una orientación de la acción.

Para ello se requerían brigadas informativas de científicos y humanistas que fueran a la calle con la finalidad de reconstruir a cuatro manos, entre ellos y su sociedad, «la historia olvidada, ocultada o reprimida a fin de combatir la amnesia sobre la cual se fundan y se justifican todas las miserias, todas las pobrezas, todas las dominaciones y desventajas». Las brigadas del #YoSoy132 eran una actividad política, pero también pedagógica en tanto que su objetivo era ayudar a los sujetos a comprender sus circunstancias y aportarles las herramientas para superarlas, con miras al objetivo de suscitar el «voto razonado» como una vía de relativa liberación.

Esa aspiración ofendió a los antiintelectuales, sutiles defensores de categorías ideológicas como el «libre albedrío».[18] Si es verdad que el Movimiento busca la liberación de la sociedad a través de la «liberación de las conciencias» (al menos ésa es una consigna en las marchas: «Yo sí leo, no veo Televisa»), no puede obviar su papel protagónico como educador político. Lo dice Herbert Marcuse: en una sociedad en que la desigualdad en el acceso al conocimiento y la información es parte funcional de la estructura social, quienes ya poseen una educación están obligados a utilizar sus conocimientos para ayudar a que los hombres y mujeres puedan darse cuenta de su condición y de las perspectivas de cambiarla.[19] Puesto que toda educación auténtica es educación política –por ello su accesibilidad está desigualmente distribuida–, la autoliberación presupone una educación proporcionada por otros.

No es la clase trabajadora la que se está manifestando. El #YoSoy132 es un movimiento esencialmente intelectual, y el antiintelectualismo que se practica a su interior no sólo promueve complejos de inferioridad, derrota y apatía, sino que hace un servicio al orden que nos hemos propuesto subvertir. Y será, eso sí, un movimiento «lumpen pequeñoburgués» mientras no le dé un giro cualitativo a sus objetivos y prácticas fundadas sobre la comodidad, la vicarialidad y el testimonio.

 

***

Naomi Klein formó parte del movimiento altermundista de los noventa, que había señalado directamente al poder político-empresarial y definido las cumbres económicas como los blancos materiales de sus protestas: la OMC, el FMI, el G-8. Aquellos jóvenes hicieron «notar que la desregulación detrás del frenesí tenía un precio. Era dañino a los estándares laborales. Era dañino a los estándares medioambientales. Las empresas se volvían más poderosas que los gobiernos y eso era dañino para nuestras democracias». Pero a finales de la década de los noventa los altermundistas se enfrentaban al capitalismo en medio de un gran auge económico.[20] Eso dificultó mucho las cosas. Y hoy en día, pese a que este sistema ha causado el mayor empobrecimiento y amargura de la historia de su existencia, parece aún tan difícil que una protesta política encuentre una base social de apoyo.

Es posible que el #YoSoy132 sea consciente de esta desaprobación a priori de los movimientos sociales, máxime si damos por hecho que la economía mexicana es suficientemente próspera, como asegura Camín. O eso es verdad o el Movimiento lo asume como verdad; de otro modo no se explica la moderación de su crítica y sus métodos. El #YoSoy132 ha demostrado su deseo de no ser una protesta demasiado incómoda (ni para la sociedad ni para sus propios militantes): se ha «deslindado» de las decisiones que no le parecen pertinentes, ha propuesto marchar sobre las aceras para no molestar a los conductores y, lo más significativo de todo, ha organizado brigadas para borrar las pintas que han dejado algunos activistas en la ciudad.[21]

¿Es el #YoSoy132 un movimiento políticamente correcto?, ¿es chic? ¿Hasta qué punto su «civilidad» es censura, y hasta qué punto él mismo se autocensura? Su comisión de Comunicación y prensa, que emite los posicionamientos oficiales del Movimiento, correlativamente ha funcionado para desacreditar otras expresiones que no corresponden con sus categorías de «protesta» «estudiantil» «pacífica» y «apartidista». En el fondo de su desconocimiento de otras expresiones u otros modos de protestar, y en el fondo de sus esfuerzos por no confrontar o no llamar demasiado la atención, en esa censura-autocensura, se esconde la voluntad del vicarialismo: no busca integrar a los disensos, sino «representarlos», hablar en su nombre, protestar por ellos –pero bajo sus propios términos.

El vicario es en gran medida censor: personifica el discurso autorizado por él mismo en oposición a discursos desautorizados. «El censor actúa, o cree que actúa, en interés de la comunidad. En la práctica, es frecuente que exprese la indignación de la comunidad o que imagine dicha indignación y la exprese; en ocasiones imagina tanto la comunidad como la indignación de ésta», escribió J. M. Coetzee.[22] El censor lo es porque necesariamente se ha autocensurado. Si, como explica Coetzee, el ideal de toda ley, incluida la ley de la censura, es volverse obsoleta con el tiempo, una vez que sus restricciones se hayan grabado tan profundamente en los individuos como para que se vigilen ellos mismos, vemos que el #YoSoy132 ha incorporado, internalizado, un principio de comportamiento que le demanda protestar pero sólo un poquito, sin excesos, ser educado en sus modales, establecer horarios e itinerarios para marchar, no descuidar el empleo o la familia.

Borrar las pintas de la ciudad de México es un ejemplo de censura-autocensura. En semiología, las ciudades ofrecen un sinnúmero de signos que pueden constituir sistemas de comunicación no lingüísticos: la forma y disposición de los edificios, los señalamientos de tránsito, el vestuario de los viandantes, las instituciones y las normas sociales. Las ciudades pueden comunicar algo. Pero –y esto es un postulado de la semiótica– aquellos objetos adquieren el estatus de signos sólo cuando lo son para alguien, cuando significan algo para alguien. Algo así dijo Italo Calvino en una conferencia a propósito de su novela Las ciudades invisibles: las ciudades son un conjunto de memorias, deseos, símbolos, signos de un lenguaje, un lenguaje urbano. El hombre camina entre signos, escribió Calvino, pero sólo repara en ellos cuando los reconoce como signos de otra cosa: un cartel con un sacamuelas señala la casa de un dentista, un jarro indica una taberna, una balanza al herborista.[23]

En la idea estructuralista de sistema, las ciudades son coherentes y armonizan consigo mismas y con su historia. Pero son diacrónicas, pues en ellas se superpone, como en capas, la idea de ciudad que sus sociedades conciben y construyen en diferentes periodos de su existencia. La ciudad, pues, es un sistema abierto al cambio, pero un cambio proveniente de la institucionalidad –el Estado, la arquitectura, la ciencia– y los requerimientos sociales –la densidad demográfica, el agotamiento de recursos, el hundimiento del suelo. Cualquier intento de modificación sobre la forma de la ciudad que no provenga de esas dos razones y, sobre todo, que no busque la continuidad de la armonía, sino incluso su declarada deformación, es considerado una provocación. Las pintas, por ejemplo.

Las pintas como una intervención sobre una ciudad momentáneamente acabada (porque las sociedades defienden su idea de ciudad vigente), como un agresivo rayón con tinta indeleble sobre un cuadro –ya acabado– que indica crítica o inconformidad o rabia. Marcuse critica del arte su forma estética, por medio de la cual transforma el orden realmente existente de la vida cotidiana en una hermosa ilusión. A causa de la ilusión armonizante, el arte con forma estética está divorciado de la realidad, «en el sentido de que crea un mundo […] de justicia poética, de armonía y orden artísticos, que reconcilia lo irreconciliable y justifica lo injustificable».[24] Sin embargo, la principal amenaza de este arte no es que no represente la realidad como es y proponga un mundo-otro a los individuos, sino que promueva la reconciliación entre éstos y el mundo que no está representado (el real): las cualidades de armonía «contradicen demasiado claramente los horrores de la realidad, y esta contradicción aparece como escape de una realidad que no lo tiene».[25] El arte subversivo que deforma la forma estética también ha de permanecer en el terreno de lo ilusorio; no debe, ni puede, representar la realidad tal cual es; pero debe abrir «la realidad establecida a otra dimensión: la de la posible liberación»; ciertamente esto será una ilusión, pero una en la que se muestra una nueva realidad.[26]

La ciudad, arte con forma estética y estática.

El #YoSoy132, con sus brigadas de limpieza, clausuró sus propias posibilidades de utilizar a la ciudad acabada –¿y qué es más accesible a las personas que las calles por donde caminan?– como un espacio de crítica y utopía.

Una de las oraciones borradas fue ésta: «Soñé que era libre».

 

***

No es sencillo llegar a saber si el #YoSoy132 es un movimiento posmoderno o que lucha por contener la condición posmoderna de sus miembros. En 1971, Marcuse sostenía que la revolución hacia una nueva sociedad, la socialista, debía buscar un cambio cualitativo –además de cuantitativo– de la estructura del orden social, uno que no sólo debía producir más y distribuir de la mejor manera los bienes, sino producir de un modo diferente bienes diferentes y dar a las relaciones sociales una nueva forma.[27] Había que transformar la calidad de la existencia, transformar radicalmente las necesidades y aspiraciones mismas, tanto las culturales como las materiales; una verdadera transformación de la conciencia, la sensibilidad y la racionalidad. Marcuse, desde su posición en la filosofía contracultural, pedía la ruptura con el «programa» que la sociedad capitalista impone a la conducta de los sujetos. Esa revolución cualitativa comenzaría a gestarse desde los «contravalores» (en esa época eran considerados contravalores), como la exhibición de una conducta no competitiva ni productiva en el trabajo, el rechazo de la virilidad brutal, la afirmación de la sensibilidad y la sensualidad del cuerpo, la protesta ecológica, el movimiento de liberación de la mujer, el rechazo del culto a la belleza plástica y a la limpieza, el desprecio por la reverencia y los títulos meritocráticos, el nuevo erotismo, el nuevo placer espontáneo, experimental.[28]

Esa nueva calidad de vida se gestó desde finales de la década del 60, y hoy, según Lipovetsky, es la condición por excelencia de la sociedad posmoderna: descentrada, heteróclita, materialista, renovadora, retro, cool, psi, consumista, ecologista, sofisticada, espontánea, espectacular, creativa, flexible, narcisista, joven, hedonista, indiferente, relajada, desenfadada, humorística.[29] Y esta nueva racionalidad, lejos de minar el ethos capitalista, hoy en día lo ha dejado intacto.

Divertirse no es transgresor ni socava ningún sistema. «De hecho, el hedonismo generalizado entorpece la labor de los movimientos sociales y hace mucho menos atractivos los sacrificios en nombre de la justicia social».[30] No es que Marcuse y los filósofos de la contracultura no hayan previsto la incompatibilidad entre el hedonismo y la protesta social, es que la nueva racionalidad hedonista tendría lugar dentro de la nueva sociedad socialista, y en ella no sería necesaria, no tendría por qué serlo, protesta política alguna.

La «nueva forma de vida» propuesta por la filosofía contracultural hace 40 años ha sido integrada hoy en día por el capitalismo. La nueva sensibilidad y racionalidad que cabría proponer en la actualidad para superar las condiciones de la existencia funcionales al capitalismo monopolista ha sido, hasta ahora, inimaginable. Pero que no podamos imaginar cómo podría ser un nuevo orden social no nos autoriza a omitir la crítica de aquellas cosas que debieran funcionar de otro modo, aunque no sepamos cuál podría ser ese otro modo ideal.

Por lo pronto, el #YoSoy132 debe empezar por autodisciplinarse y fijarse metas de verdadera importancia social, realizar una rigurosa crítica estructural y dirigir su lucha contra el complejo político-empresarial, sin dejar fuera del foco de la acción a importantes «cómplices», como el Congreso de la Unión. Podría, también, asistir a las organizaciones progresistas en sus luchas: ayudarlas en la definición de sus demandas y de los medios pertinentes para gestionarlas, y acoger tales demandas para estudiarlas en la academia y quizás incorporarlas a los planes de estudio, a fin de profesionalizar las causas sociales. Y podría proponerse la fundación de una universidad popular para acoger a las decenas de miles de jóvenes rechazados de las escuelas públicas y brindarles una educación integral –participarían como profesores los militantes del Movimiento y académicos e investigadores que simpaticen con él–, no buscando ponerle un parche a la crisis del decadente sistema educativo, sino rescatar a esos jóvenes de la enajenación de la inacción.  Y también podría…

¿Quién de aquí ha afirmado alguna vez ser 132? Que lo diga, y asuma la insoportable responsabilidad que demanda un movimiento social.

 

Bibliografía

Herbert Marcuse, Contrarrevolución y revuelta. México, Joaquín Mortiz, 1973.

J. M. Coetzee, Contra la censura. Madrid,  Random House Mondadori, 2008.

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Olaf B. Rader, Tumba y poder. Madrid, Siruela, 2006.

Pierre Bourdieu, Intelectuales, política y poder. Buenos Aires, Eudeba, 2000.

___________________, La dominación masculina. Barcelona, Anagrama, 2000.

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Slavoj Žižek, Sobre la violencia. Buenos Aires, Paidós, 2010.

Terry Eagleton, Terror Santo. Barcelona, Random House Mondadori, 2008.

 

Hemerografía

Víctor M. Toledo, «Matemática política: por qué el #132 debe convertirse en #99», La Jornada, 28 de julio, 2012.

 

Cibergrafía

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Pepe Flores, «#YoSoy132, graffiti y el respeto al espacio público», alt1040.com, 7 de julio, 2012. Dirección URL: <http://alt1040.com/2012/07/yosoy132–graffiti>.

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[1] Héctor Aguilar Camín, «Los años del PAN», Milenio, [en línea], 25 de agosto, 2012. Dirección URL: <http://www.milenio.com/cdb/doc/impreso/9154097>.

[2] Rafael Lemus, «Políticas del duelo», Letras Libres [en línea], julio de 2011. Dirección URL: <http://www.letraslibres.com/revista/dossier/politicas-del-duelo>.

[3] Ibíd.

[4] En el siguiente enlace puede consultarse un mapa interactivo que representa la estructura por medio de la cual el #YoSoy132 toma decisiones actualmente: <http://mexico.cnn.com/nacional/2012/07/18/yosoy132-y-su-proceso-para-discutir-la-toma-de-decisiones >.

[5] Víctor M. Toledo, «Matemática política: por qué el #132 debe convertirse en #99», La Jornada, 28 de julio, 2012, p. 21.

[6] Naomi Klein, «La cosa más importante del mundo», La Jornada online, 16 de octubre, 2011. Dirección URL: <http://www.jornada.unam.mx/2011/10/16/opinion/022a1mun>.

[7] Slavoj Žižek, Sobre la violencia. Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 20.

[8] Víctor Lenore, «Slavoj Žižek: El filósofo de la anarquía», El País [en línea], 1 de abril, 2011. Dirección URL: <http://elpais.com/diario/2011/04/01/tentaciones/1301682172_850215.html>.

[9] Toledo, op. cit., p. 21.

[10] Ibíd.

[11] Pierre Bourdieu, La dominación masculina. Barcelona, Anagrama, 2000.

[12] Klein, op. cit., «La cosa más importante del mundo».

[13] Marcelino Perelló, «Déjenlos soñar, y después despiértenlos», Excélsior [en línea], 18 de octubre, 2011. Dirección URL: <http://www.excelsior.com.mx/index.php?m=nota&id_nota=775473>.

[14] EFE, «Indignados británicos pernoctan en la comodidad de sus casas», Excélsior [en línea], 25 de octubre, 2011. Dirección URL: <http://excelsior.com.mx/index.php?m=nota&seccion=funcion&cat=3&id_nota=777043>.

[15] Pierre Bourdieu, Intelectuales, política y poder. Buenos Aires, Eudeba, 2000, p. 194.

[16] Marcelo Pisarro, «¿Posmoderno yo?», revista Ñ [en línea], 17 de julio, 2012. Dirección URL: <http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/Posmoderno–yo_0_736726331.html>.

[17] Olaf B. Rader, Tumba y poder. Madrid, Siruela, 2006, pp. 65–66.

[18] Una parte de las investigaciones de Foucault se concentró en el estudio de las prácticas de libertad. A Foucault le interesó la manera en que el liberalismo y el neoliberalismo —ambos principios rectores del capitalismo en distintas etapas de su desarrollo— son capaces de crear un ethos, unas condiciones de aceptabilidad en virtud de las cuales los sujetos se experimentan a sí mismos como libres, aunque los objetivos de su conducta sean definidos por otros. Desde este punto de vista, la idea de libertad constituye una tecnología del poder que sirve para conducir el comportamiento. La dominación, el sometimiento, no solamente se obtiene mediante los instrumentos de la violencia o la ideología; es posible dirigir la conducta de manera eficaz con el consentimiento de los sujetos, haciendo coincidir su noción de libertad con la libertad que resulta útil para garantizar la gubernamentalidad. Vid. Santiago Castro-Gómez, Historia de la gubernamentalidad. Bogotá, Siglo del Hombre Editores, Pontificia Universidad Javeriana, Universidad Santo Tomás de Aquino, 2010, y Michel Foucault, Nacimiento de la biopolítica. Buenos Aires, FCE, 2007.

[19] Herbert Marcuse, Contrarrevolución y revuelta. México, Joaquín Mortiz, 1973, p. 58.

[20] Klein, op. cit., «La cosa más importante del mundo».

[21] Pepe Flores, «#YoSoy132, graffiti y el respeto al espacio público», alt1040.com, 7 de julio, 2012. Dirección URL: <http://alt1040.com/2012/07/yosoy132–graffiti>.

[22] J. M. Coetzee, Contra la censura. Madrid, Random House Mondadori, 2008, p. 24.

[23] Pisarro, op. cit.

[24] Ibíd., p. 103.

[25] Ibíd., p. 115.

[26] Ibíd., p. 100.

[27] Marcuse, op. cit., p. 19.

[28] Ibíd., p. 41.

[29] Pisarro, op. cit.

[30] Joseph Heath y Andrew Potter, Rebelarse vende, Taurus, España, 2005, p. 20.

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