La generación del vacío
Publicado el 02. sep, 2012 por Cuadrivio en Revistas, Zoo
Joseph Meleg Kleinz
Particularmente desconfío mucho de la literatura contemporánea; en cambio, soy un asiduo lector furioso de todo lo que huela a rancio. Sin escatimar en vanidad, debo señalar que soy un gran lector. Y eso debe ser un orgullo, pues no sé hacer ninguna otra cosa. Soy un inútil. Pero sé reconocer un buen escrito cuando lo tengo en las narices. Si alguna vez me atreviese a buscar trabajo, no sería, por cierto, en ningún lugar donde vendieran libros. Mi repugnante pedantería terminaría con mi sueño de asalariado.
Supongo que por eso me resultó curioso encontrar un blog literario bastante joven. No parece bueno y apenas lleva unas cuantas visitas, y sin embargo, se me antoja con temática bastante manida. Lo revisaba de manera veloz, leyendo con descuido y a mis anchas. Total, es mi derecho. Hasta que me detuve en una magnífica ilustración titulada «La sociedad de los tristes», título homólogo al cuento que ilustra. La técnica es sorprendente y la belleza, extraordinaria. La artista es una pintora llamada Daniela Negrete, de quien apenas sabemos que estudió en la Escuela Nacional de Artes Plásticas y que ha expuesto su obra en un par de oportunidades. La pieza habla por sí sola, y sin menoscabo de algunas otras imágenes suyas que aparecen en el blog, es la más representativa.
Conmovido por aquella pieza, me tomé un poco más en serio la tarea de leer algún texto completo. Al vuelo de la lectura, iba soltando críticas mordaces y malintencionadas, hasta que me detuve y pensé que quizá mi actitud mezquina se debiera a mi incapacidad, natural, de escribir algo (qué quieren, soy un inútil). Ciertamente son buenos. Quizá no son los mejores –pues eso ya lo dirá el tiempo– pero son buenos, escriben con sinceridad e ilustran mejor.
Se hacen llamar la Generación del Vacío, aunque en su perfil de Facebook son menos frívolos al describirse como un simple colectivo de escritores e ilustradores. Siendo algo extravagante, les envié un correo electrónico para felicitarlos por el esfuerzo, y aproveché para pedir informes sobre su trabajo. La respuesta fue hecha por una entidad misteriosa y sin rostro: «¡Leeremos tal día en la Burra Blanca, dirección tal, fecha tal!». Firmaba toda la Generación.
Entre música punk y cumbias en un ambiente por completo underground, dentro de un barsucho de mala muerte en el centro, se hicieron oír a través de un megáfono. Leyeron su manifiesto. ¡Un manifiesto! Ahí comprendí el logotipo de su colectivo: un lápiz antropomórfico, que en tanto escribe en un libro, grita a través de un megáfono.
Cuando regresaron a su mesa, me acerqué con actitud bienintencionada y les pregunté sin más: «¿Por qué Generación del Vacío?» Su mirada fue afable y la respuesta oportuna: «Pertenecemos –dijo una chica guapa de rizos– a una generación a la que han timado en todos los sentidos. Desde niños nos educaron para aceptar que la educación y el trabajo duro nos darían una mejor vida en un futuro próximo. Ese futuro se ha cumplido y no hay ninguna mesa dispuesta con nuestros regalos. Pero no se trata de resentimiento –corrigió–, sino de una actitud de esperanza. Aún creemos en la educación y en el trabajo, pero ahora hemos derribado todos los ídolos que nos hablaban de futuros posibles».
Es una lástima que me haya atrevido a escribir sobre estos jóvenes en el ambiente político que estamos viviendo, pues lo que siguió en la conversación fue una defensa furiosa de su ideología. «Buscamos sustentarnos en ideas precisas y recuperar los valores más altos de la humanidad. Estamos asqueados de la belleza y del poder, pero sobre todo, de la hipocresía y la mentira. Nosotros también somos buenos, ¿por qué no se nos ha dado un puesto gubernamental, una cátedra, siquiera un trabajo decente? ¡En la Generación somos maestros, licenciados y expertos, pero no tenemos esperanza!», aseguró otra chica que hablaba con grandes vuelos segura de sí misma.
Y así es indudablemente, pues ellos forman parte de la generación de nacidos en los primeros años de la década de los ochenta, y por ahora son el grupo más vulnerable en materia de empleo y seguridad social. Sí, a ellos se les enseñó que había un futuro detrás de los tiempos; sin embargo, eso que les corresponde no les ha sido otorgado. «Y ahora, debemos hacer algo y lo único que tenemos es la oportunidad de demostrar que la literatura no es un dechado de palabras bonitas y refinamientos amanerados, sino un motor de cambio y, ante todo, una ciencia», concluyó un joven alto de ceño fruncido.
Algunos de la Generación son maestros de nivel medio superior y básico; los ilustradores trabajan a destajo para empresas de publicidad; otros más se arruinan en la infame industria editorial; y algunos otros pasan el día en trabajitos infrahumanos para sostener sus estudios de posgrado. Casi nadie espera vivir de la escritura, sólo esperan poder hacerlo bien. Dicen que es mucho más noble dedicarse a algo que valga la pena. Y yo los apoyo.
Su plática interesante y fluida discurre por muchos senderos. Cada uno de ellos confluye en puntos similares sobre estética, filosofía, política y literatura. Las posturas ideológicas de algunos de ellos son, no obstante, radicales, no creen en los puntos medios. Influenciados por personajes oscuros e interesantes como Rubén Salazar Mallén, Josefina Vicens, Nicolás Guillén, Slavoj Žižek, Gilles Lipovetsky, Boris Lavreniov, Václav Havel, David Hume, Thomas Hobbes y Mircea Eliade esperan –aun contra su propio desencanto– publicar su libro en algunos meses. Espero que así lo hagan.
La dirección de su blog es http://elactonoes.wordpress.com y la mayoría de sus trabajos es rescatable, pero quizá aquellos que me llamaron más la atención son: «Éxodo», de Edith Vargas; «El huasteco», de Juan Carlos Torres López; «Cachorro Lobo», de Tania Mittanni Navarrete; «La redondez precisa del mundo» y «La sociedad de los tristes», de Rey Fernando Vera.
Como Generación, les dije antes de salir huyendo de aquel lugar –donde con mi traje caqui parecía absolutamente ridículo–: «Tienen una responsabilidad muy grande. ¿Cuándo van a comenzar a actuar, a generar cambios?» La respuesta fue casi unísona: «Sólo que encontremos tiempo o trabajo».
¡Shalom!
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Joseph Meleg Kleinz (Tel Aviv, Israel, 1977). Siendo muy joven vino con sus padres a la ciudad de México. Inició una carrera de teatro, pero no concluyó los estudios. Actualmente se dedica al tráfico de libros.








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