Pequeño y persistente anfibio mexicano
Publicado el 21. abr, 2013 por Cuadrivio en Libros, Zoo
Raúl Olvera Mijares
Existen muchos tipos de libros. Las obras votivas que dan testimonio de algo o alguien son –en primera instancia– costosas a causa de los materiales; los derechos de autor, cuando se citan fuentes diversas; los aportes de colaboradores que hubo que pagar; el trabajo mismo de la edición, corrección de estilo, lectura de pruebas finales, en fin. Las ediciones de lujo son fáciles de entender cuando se trata de conmemorar un evento histórico crucial o, bien, una figura señera, sea del ámbito de las letras, las ciencias o algún mecenas o estadista. Lo que vuelve excepcional la aparición de Axolotiada (FCE-INAH-Semarnat, 2011, 415 pp.) es el hecho de que un antropólogo y ensayista notable, como lo es Roger Bartra (ciudad de México, 1942), haya consagrado sus esfuerzos como humanista y editor al Ambystoma mexicanum, el mexicanísimo ajolote, que, según el diccionario, es una larva de cierto batracio urodelo, de unos 30 centímetros de largo, con branquias externas muy largas, cuatro extremidades y cola comprimida lateralmente, que puede conservar durante mucho tiempo la forma larvaria y adquirir la aptitud para reproducirse antes de tomar la forma típica del adulto. Vive en algunos lagos de la América del Norte. Esta definición, que también cita Salvador Elizondo en su libro El grafógrafo (1972), corresponde, en sentido estricto, al Ambystoma tigrinum.
Ricamente exornado con las fotografías de Paulina Lavista, los murales de Diego Rivera, los cartones de Satoshi Tajiri, pertenecientes a la serie Pokémon, y obra gráfica de Miguel Covarrubias, Alberto Castro Leñero, Juanjo Güitrón, Alejandro Magallanes, Colectivo Neza Arte Nel y otros artistas nacionales y extranjeros, el libro cumple a cabalidad la promesa contenida en el subtítulo, referir la Vida y mitos de un anfibio mexicano. Está dividido en cinco partes: «Antiguo Axolotario», con textos de fray Bernardino de Sahagún, Francisco de Hernández, Francisco Javier Clavijero, José Antonio Alzate; «Axotología», con los aportes científicos de Georges Cuvier, Auguste Duméril, José María Velasco, Stephen Jay Gould y Luis Zambrano; «Nuevo Axolotario», que reúne fragmentos y piezas completas de Aldous Huxley, Primo Levi, Giorgio Agamben, Julio Cortázar, entre otros; «Axolotitlán», en que se dan cita los clásicos nacionales que han abordado el tema, autores de la talla de Octavio Paz, Salvador Elizondo, Juan José Arreola, José Emilio Pacheco y Gutierre Tibón (mexicano adoptivo); y finalmente, «Axolotiada», que presenta contribuciones de autores vivos como Carlos Chimal, Verónica Volkow, Ana García Bergua y Pablo Soler Frost, por nombrar a algunos. La portada del libro ostenta la imagen –en blanco y negro– del monstruo, con sus amplias fauces, sus ojillos diminutos y claros, la orgullosa corona de los opérculos; efectuada desde abajo la toma, se alcanza a ver en la parte superior el reflejo en la superficie del acuario, como si fuese la panza –igualmente pálida– de una bestia aún mayor. Ésta es una de las siete fotografías que conforman la serie Miradas (1978-2010. Ensayo fotográfico. Plata sobre gelatina), de la autoría de Paulina Lavista, la última y más duradera consorte del gran escritor mexicano Salvador Elizondo, sobre cuyo texto habrá de volver Rafael Lemus, intentando esclarecerlo y adornarse. Christopher Domínguez Michael hace otro tanto con el autor, el único mexicano, por cierto, incluido en la sección «Nuevo Axolotario», aludiendo al bricolage casi canónico en el enfoque que priva en la antropología actual. Bartra mismo volverá sobre el cuento de Cortázar, «Axolotl», el cual se parafrasea como un homenaje póstumo al gran narrador en un fragmento procedente de su libro La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano (1984), título por demás expresivo del tema en cuestión.
Los avatares en el ciclo vital del axólotl, voz nahua derivada de atl, ‘agua’, y Xólotl, el dios hermano –gemelo de Quetzalcóatl pero deforme– quien, temeroso de la hoguera donde se habían arrojado los demás inmortales para mantener vivo el Sol, prefirió ocultarse para salvar el pellejo, primero en el seno de la tierra, en la raigambre misma del maíz de caña doble o jolote, pero lo hallaron; entonces buscó cobijo en el maguey que tiene dos cuerpos o mexólotl, donde de nuevo lo encontraron; así que decidió lanzarse al agua, entre el cieno de las lagunas poco profundas que dominaban el valle de Anáhuac; al final dieron con él, ahí también, en forma de axólotl y acabó en el fuego, no sin dejar huella de su paso por el medio líquido en sus numerosos descendientes. Descrito al principio por el médico Francisco de Hernández (1517-1587) con ciertas precisiones y errores, como los del supuesto ciclo menstrual de la hembra y las virtudes afrodisiacas de la carne cuando se ingería, fue hasta 1865, a raíz de la intervención francesa, que pudieron enviarse los primeros ejemplares vivos a Europa, en cantidad suficiente para que Auguste Duméril (1812-1870) los estudiara con detalle por espacio de varios años. Alexander von Humboldt, de su viaje a México, llevaría a París dos ejemplares, de los cuales haría entrega a Georges Cuvier (1769-1832). Discípulo de este último, Duméril hizo un descubrimiento que sacudió los fundamentos de la ciencia biológica de su tiempo: el ajolote era una larva de salamandra, pero que siendo infante presentaba las capacidades reproductivas del adulto, era capaz de desovar e inseminar los huevecillos. Más tarde esta inusitada facultad vendría a designarse como neotenia o pedomorfismo e inspiraría a Julian Huxley en ciertas teorías un tanto descabelladas en relación con el hombre, las cuales su hermano, Aldous, ilustra con lujo de detalle en la novela titulada After Many a Summer Dies the Swan (1939), donde el quinto conde de Gonister ha logrado vivir más de 200 años nutriéndose de hígados crudos de carpa. No obstante, se ha operado un cómico y lamentable cambio en su apariencia, pues se ha convertido en un simio antropoide casi totalmente cubierto de pelos, con extremidades inferiores y superiores bastante robustas y protuberancias óseas en el rostro, incapaz, por supuesto, de pensamiento racional.
Una línea similar, aunque no de retroceso sino más bien en la dirección contraria, conducente al final al mismo resultado, persigue Primo Levi en «Angelica farfalla», relato de Storie naturali (1966) que se ofrece en la versión de la novelista española Carmen Martín Gaite como «Mariposa angelical». Levi, sobreviviente de Auschwitz, retoma una de las historias de los horrores cometidos contra los judíos como sujetos de experimentación. Un tal doctor Leeb, con base en los asombrosos descubrimientos realizados acerca del ajolote, determina que la potencialidad de una especie para continuar su evolución es una característica biológica universal, también presente en el hombre, y como son ciertas glándulas –principalmente el timo y la hipófisis– las que controlan el crecimiento y la vejez, decide que administrando fluido tiroideo a seres humanos puede empujarlos a ser algo más. ¿Qué «más» sería eso? Ángeles, los cuales no son un mito sino hombres quienes, por razones accidentales o, bien, inducidas, han logrado vivir más tiempo y alcanzar la cabal transformación. Todo ocurre hacia fines de la guerra y lo único que quedan son huesos de aves, guano y restos de hemoglobina. Las cuatro criaturas, dos machos y dos hembras, se desarrollan en el corazón de Berlín, en el número 26 de la Glockenstraße; ahí mismo serán ultimadas días antes de que los aliados hagan su entrada, pereciendo a manos de su propio cuidador y hombres de uniforme, refiere una de las vecinas jóvenes.
Animal emblemático de México, aunque no exclusivo ‒existen varias especies de urodelos, o anfibios dotados de cola, en Norteamérica que conservan las branquias siempre o, bien, las pierden en una etapa posterior, desde sirénidos hasta salamandras sui géneris con diferente número de dedos en las patas respecto de las salamandras canónicas‒, monstruo sagrado que acompañó a los aztecas en su fundación de Tenochtitlan, especie endémica en las reservas de Cuemanco y Xochimilco, circunscritas hoy por hoy a cinco puntos (uno de ellos es la pista olímpica de canotaje) donde existen las condiciones propicias para su supervivencia, es decir, donde son tolerables los niveles de contaminación del agua y se mantiene a raya a los depredadores recién llegados, la población de carpas egipcias y tilapias de África, especies exógenas introducidas en tantos acuíferos del país como una solución rápida al problema de la desnutrición pero que trastorna por entero el equilibrio ecológico, este empecinado batracio urodelo se halla rindiendo la última batalla, ayudado por el hecho de que en algunas partes, por lo menos, está prohibida su captura y la venta de su carne. El Ambystoma mexicanum, que habita en la cuenca del valle de México, y el Ambystoma bombypellum, que únicamente se encuentra en San Martín Texmelucan, son las dos variedades conocidas de la especie. Hacia fines del siglo XIX se confundió la especie con la de otra salamandra autóctona, Ambystoma tigrinum mexicanum, e incluso con el Ambystoma velasci, que es de mayor tamaño, un error propiciado por el pintor de paisajes y naturalista por afición José María Velasco (1840-1912), quien diez años después de los franceses emprendiese la venganza de Moctezuma: amparándose en ejemplares capturados en las inmediaciones de los pueblos de Santa María y Zacatenco, llegó a afirmar que en México, su tierra natal, era posible observar la portentosa metamorfosis de los especímenes y, por si fuera poco, en la naturaleza misma, no en el ambiente controlado del laboratorio.
En realidad, son fascinantes los modos en que la evolución ha equipado a algunos seres confiriéndoles casi cualquier posibilidad: engendrar en estado larvario como preservando una eterna juventud; cambiar de sexo, puesto que es común observar el hermafroditismo sobre todo en las hembras; transformarse en un ser de tierra, la salamandra (de fuego para los alquimistas medievales); poder vivir en época de secas enterrado en una suerte de estado catatónico; sin mencionar la capacidad para regenerar casi cualquier tejido del organismo perdido por accidente o ablaciones quirúrgicas. Esa capacidad de adaptación y de pervivencia de lo antiguo, a un tiempo, serían deseables en el mexicano, quizá pequeño y algo singular como el ajolote, tal como apunta algún autor en el libro, pero igualmente resistente. Particularmente en estos momentos de crisis y descomposición del tejido social, si es que es válida la metáfora.
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Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y el principado de Liechtenstein. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Milenio, Replicante, Tierra Adentro, Luvina, entre otros. Puntos cardinales (Conaculta, 2003) y Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) son sus libros más recientes.










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