¿Para qué sirve la lingüística?

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Pocos saben bien a bien qué estudia la lingüística y para qué. En este artículo, Pedro Martín nos muestra que la lingüística ronda las fronteras entre la objetividad de las ciencias naturales y el carácter interpretativo de las humanidades, de manera que sus métodos, temas y utilidades son más variados de lo que podría pensarse.

 

 

Pedro Martín Butragueño

 

La lingüística (como la medicina, la psicología o la arquitectura) se encuentra a caballo entre las ciencias y las humanidades. Este carácter fronterizo hace de ella un buen testigo en el juicio epistemológico que separa el Escila interpretativo del Caribdis objetivo, aún moviéndose en aguas no siempre fáciles de navegar.

Conversaciones y discursos, oraciones y enunciados, frases y palabras, sílabas, acentos y fonemas son asunto de cada día. Si saludo a un amigo, si leo un libro, si recuerdo mi infancia o el día en que conocí a mi mujer, todo está lleno de palabras, de frases hechas y de frases creadas, de cosas dichas a media voz y a voz tonante. Puede decirse que la lengua es de todos, para todos y está en todas partes. Pero si es así, ubicua, traviesa, mordaz, risueña o enojona, ¿dónde buscar el lenguaje exactamente?

 

Campo de estudio de la lingüística

Para explicar para qué sirve la lingüística lo primero que hay que hacer es definir qué es, pues puede entenderse como el estudio de las lenguas, como el estudio del lenguaje o como el estudio de los hablantes, tres perspectivas no exactamente iguales[1].

Si hablamos de las lenguas, la lingüística estudia la forma en que se estructura todo lo dicho y lo escrito por millones de personas desde hace miles de años, desde la Tierra del Fuego a Filipinas y vuelta a empezar. Es más, como las lenguas cambian lentamente sin dejar de ser casi lo mismo, si tomamos como punto de referencia el español, tendríamos que anotar todo lo hablado y escrito también en latín, y reconstruir lo que hablaron y cantaron los indoeuropeos (Rodríguez Adrados). Puestos en esos caminos, habría que irse bastante atrás, hasta las raíces mismas del Homo sapiens y la génesis africana (Cavalli-Sforza), lo que ya es andar un buen rato. O podemos mirar hacia los lados, hacia la linguodiversidad de México (Valiñas), que tiene sesenta y tantas lenguas indígenas (a las que habría que sumar la lengua de señas mexicana y varias lenguas inmigrantes minoritarias), pero que pueden ser muchas más si se considera que las trescientas y muchas variedades en que se dividen son en realidad lenguas diferentes, por no hablar de la diversidad tipológica de esas lenguas (véanse los datos del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas).

Referirse al lenguaje supone crear modelos acerca de su naturaleza misma. La hipótesis estructural de Ferdinand de Saussure (el lenguaje como una estructura convencional y autónoma) está en la base de cualquier modelo lingüístico actual. La lingüística generativa de Noam Chomsky ha evolucionado hacia diferentes propuestas, como la hipótesis microparamétrica o la teoría de optimidad restrictiva, aunque todas ellas parten de una perspectiva común. Una de las más atractivas es el llamado programa biolingüístico que da materia a la idea del lenguaje como capacidad mental o competencia, en forma de instinto del lenguaje (por recordar a Steven Pinker). Una prueba fuerte para el programa reside en la observación de que si un pidgin es una especie de lengua común convenida en el trato social por individuos de diferentes orígenes lingüísticos, los niños hijos de esos primeros hablantes se convierten en hablantes nativos de una lengua criolla, que posee una gramática mucho más compleja (Derek Bickerton) y que califica ya como una lengua natural (históricamente, muchos criollos han nacido en situaciones de esclavitud), lo que da lugar a la hipótesis del bioprograma lingüístico. Otros modelos hacen énfasis en la constitución gestáltica del lenguaje (Ronald Langacker).

Por fin, otro gran enfoque de la lingüística hace referencia a los hablantes, considerando los procesos de adquisición de primeras y segundas lenguas en niños y en adultos, observando los procesos de cambio lingüístico en comunidades de habla específicas (William Labov), analizando las bases psicosociales que regulan las conductas verbales de grupos de diferentes tamaños, estudiando los conflictos entre comunidades lingüísticas, así como los procesos de revitalización y de normalización, al tiempo que los de retracción, desplazamiento y desaparición de lenguas o aparición de nuevas variedades.

La lingüística se mueve en el terreno de las humanidades de manera obvia, dado su objeto de estudio, y sus problemas guardan relación con la filosofía, la psicología, la pedagogía, la sociología y con la historia; sus métodos, por otra parte, son afines en bastantes dimensiones a los de las llamadas ciencias naturales. Existe lingüística descriptiva, teórica, experimental y aplicada. Hablemos un momento de esta última.

 

¿Para qué le sirve la lingüística a la gente?

Las personas suelen tener diferentes percepciones acerca del lenguaje: que una lengua se «sabe», pero muchas veces se pueden hablar dos o más; que existen diversos «acentos» (que siempre atribuimos a los demás, claro); que se habla «bien» o «mal»; que algunas cosas cambian; que se producen algunos cambios lingüísticos (la opinión común es que todo cambia para peor, lo que es una manifestación del principio de la edad de oro, un momento ideal donde cada cosa tenía su palabra y viceversa, después del cual todo es deturpación).

Curiosamente, las ideas más comunes de la gente sobre la lingüística y los lingüistas tienen poco que ver con esas intuiciones. Quizá no haya un solo estudiante de lingüística del que sus amigos no hayan creído que se dedicaba a una de estas dos actividades (si no es que a ambas): a) a ver qué está bien o mal dicho o escrito (¡con especial atención a la ortografía!)[2] y b) a conocer muchas lenguas, así porque sí, pues cuantas más mejor. La consideración inmediata suele ser que estudiar «eso» no sirve para nada y que los profesionales del ramo son: a) un lujo o unos parásitos, según el humor (en el sentido antiguo de la voz), y ante todo b) unas personas que se dedican a actividades irrisorias e inútiles. Todo el malentendido nace de la poca difusión social que los propios lingüistas hacemos de nuestro trabajo. Un ejemplo significativo: me parece que en la estupenda colección de La ciencia desde México no hay un solo título dedicado a las lenguas o al lenguaje desde ningún punto de vista. Es claro que hay que dedicar más tiempo y esfuerzo a estas cuestiones, en parte para explicar cuáles son los rendimientos sociales de la investigación en lingüística, es decir, para qué sirve.

Una primera utilidad de la lingüística es como conocimiento, como ciencia básica. Podría alegarse que saber que existen al menos 7,106 lenguas vivas en la actualidad (http://www.ethnologue.com), que todas ellas comparten ciertos rasgos comunes (los universales lingüísticos) en la organización de su fonología o de su sintaxis, que las relaciones filiales entre unas y otras pueden ser enormemente complicadas y que la forma en que las lenguas cambian puede modelarse desde la dinámica de sistemas complejos, no es relevante para la vida cotidiana de la mayor parte de la gente. La respuesta a esto es sencilla: para la mayoría de las personas tampoco es particularmente útil entender la vida de las estrellas, el pasado biológico o los últimos desarrollos en matemáticas. En lo personal, no creo que sólo lo que nos sirve para comer, dormir, sobrevivir un día más y divertirnos (apreciando profundamente todas estas cosas) sea lo único que importe.

Una segunda gran utilidad es el acceso a la literatura y a la historia. La gran herramienta para la adecuada fijación de los textos es la filología, que es también un tipo de lingüística aplicada, en la medida en que se fechan los documentos, se establece su autoría, se comparan las diferentes variantes cuando existen, etc., con el objetivo de proponer cuál pudo haber sido la forma original de un documento literario o histórico. El estudio de la literatura antigua y presente, y la adecuada fundamentación histórica depende en primer lugar de atestiguar el grado de autenticidad de los testigos escritos.

Más allá de la documentación misma, la historia lingüística, sea interna de una lengua, o la de los contactos y conflictos entre diferentes lenguas es dimensión central de la historia cultural. Cuando se ha dicho que en América existen tres grandes familias lingüísticas (los amerindios, los ná-dené y los esquimo-aleutianos –Greenberg), la afirmación (muy discutible, por otra parte) tiene consecuencias históricas notables. Lo mismo puede decirse, en un sentido más extenso, al correlacionar la información genética con la distribución de los grupos lingüísticos de todo el planeta (o como se ha empezado a hacer en México). O, más específicamente, al resumir la historia lingüística de México en el desplazamiento de las lenguas indígenas[3].

La lingüística es esencial en el desarrollo escolar de las lenguas maternas. Aunque la lengua materna no se adquiere en la escuela, ésta desarrolla un papel esencial para capacitar al alumno en la comprensión histórica, en el acceso a la cultura básica y a la alta cultura (ciencia, filosofía, arte) y, en general, promueve su ciudadanización, cuestión que va desde una adecuada comprensión crítica de los textos periodísticos al acceso a distintas necesidades públicas y privadas. Aquí es donde entran en juego diferentes herramientas al servicio de la normalización y la estandarización, como los diccionarios (considérese el Diccionario del español de México) y las gramáticas escolares, de primeras y segundas lenguas, así como dosis prudentes de prescripción y de corrección de estilo (necesarios también en diferentes ámbitos profesionales). Que conocer al menos lo esencial de la gramática de la lengua propia ayuda, y no poco, a entender mejor la de otras lenguas se sabe desde hace siglos; la lingüística ha desarrollado muchos otros métodos y recursos (entornos comunicativos, diferenciación de habilidades, etc.).

Un ámbito de acción crucial es la preservación y revitalización de las lenguas minoritarias, sean las originarias (como las lenguas indígenas), las lenguas de señas o las diversas lenguas inmigrantes. Debe observarse que la cuestión afecta a muchas otras fundamentales: educación, ejercicio de derechos lingüísticos, acceso social, gestión del bilingüismo, contacto y conflicto entre lenguas. Este es un terreno absolutamente esencial donde los lingüistas tenemos que actuar.

Las tareas de traducción e interpretación tradicionales se encuentran quizá entre las áreas mejor conocidas de la lingüística aplicada, junto a la normalización terminológica en cualquier ámbito profesional o técnico (del derecho a la medicina, o de la ecología a la mecánica); la profesionalización de traductores e intérpretes ha venido acompañada en los últimos años por el surgimiento de programas universitarios. Más novedoso, pero ya con un largo trayecto, son los trabajos de traducción automática, relacionados con los orígenes de la investigación chomskiana y mucho más ligados al desarrollo de aplicaciones cada vez más populares que, aunque lejos de ofrecer todavía resultados plenamente satisfactorios son un auxiliar interesante en la traducción esporádica y en las necesidades individuales, sin que ciertamente puedan reemplazar al traductor profesional; por supuesto, es en textos técnicos donde hoy por hoy la traducción automática suele tener mayor éxito, pero aun así, si el resultado no se revisa cuidadosamente suele ser insuficiente, por no decir disparatado.[4]

En la misma familia de trabajos se encuentra el reconocimiento y síntesis automática del lenguaje. Aunque es verdad que hay mucho trabajo por delante, hay que reconocer que los resultados son, por otra parte, notables. Una aplicación cotidiana es el empleo de dictáfonos automáticos (basados en el reconocimiento de voz), que ya incluyen incluso algunas computadoras comerciales. Es muy probable, a decir verdad, que se produzca una nueva revolución tecnológica cuando se consiga comunicación plena persona-máquina con lenguaje natural (es decir, con la lengua de todos los días) escrito y en especial hablado, lo que depende de los resultados en reconocimiento, síntesis y traducción, entre otras cosas.

Otras aplicaciones muy palpables son la lingüística forense y el tratamiento de patologías. La primera tiene aplicaciones en el reconocimiento de los orígenes de las personas y en la diferenciación entre individuos, pero también en la justicia equitativa entre ciudadanos, para corregir ciertas situaciones, como cuando en Estados Unidos se ha enviado a niños afro-americanos, y en México a niños indígenas, a clases compensatorias o de educación especial, cuando sus rezagos se deben a situaciones históricas de contacto entre lenguas o al hecho de que su lengua materna no sea la dominante.

 

Desarrollo de la lingüística en México

Ya hemos hablado de qué es la lingüística y de cuáles son algunas de sus aplicaciones. Como puede verse, es mucho lo que hay que hacer, tanto investigación básica como investigación aplicada. ¿Está la investigación en México a la altura de las circunstancias? Igual que decimos matemáticas mexicanas o química mexicana para referimos a la investigación que se hace en el país, o a los problemas más importantes para esa investigación, de la misma forma puede hablarse de lingüística mexicana, aunque subrayando que lo que se hace aquí contribuye y se ve beneficiado por la investigación internacional.

Llegados a este punto, hay que decir que una mirada horizontal, sincrónica, a nuestro alrededor, no necesariamente nos deja bien parados. Estamos lejos de lo que se hace en Alemania o en Estados Unidos, y quizá la comparación no sea apropiada. Con Brasil puede ser más interesante la comparación. Aunque Brasil es mayor y más poblado, ambos son países del mismo rango socioeconómico general, y no muy distantes demográficamente; en ambos la lengua dominante es una lengua europea que llegó a través de la colonización; en los dos países hay numerosas lenguas indígenas, quizás más en México (pero en Brasil el elemento africano es más importante); y ambos tienen contactos con otras lenguas, los mexicanos con el inglés, los brasileños con el español. Parece haber, sin embargo, más departamentos de lingüística interesantes en Brasil, así como más congresos, más publicaciones, más revistas, más citas internacionales, proyectos más ambiciosos y más trabajo divulgativo (un ejemplo magnífico es el Museu da Língua Portuguesa de São Paulo). Deberíamos, pues, analizar con seriedad qué están haciendo los brasileiros que no estamos haciendo nosotros.

Lejos de ser negativa, la mirada diacrónica ofrece un saldo muy bueno si consideramos cómo ha venido madurando cuantitativa y cualitativamente la lingüística en México (échese un vistazo a lingmex.colmex.mx y véase el aumento de la producción por años). Publicaciones, congresos y proyectos han crecido exponencialmente, y, en general, las investigaciones y las aplicaciones son más amplias, profesionales y penetrantes.

¿Cumple la lingüística mexicana su papel en la sociedad? Sí, pero quizá no lo suficiente, o no con el suficiente efecto. Aunque son muy apreciables las aportaciones de universidades, centros de investigación, academias e institutos de apoyo a las lenguas, es claro que estamos lejos de solucionar los problemas educativos vinculados con las lenguas, que hay una larga tarea por delante para visibilizar las lenguas indígenas, que estamos lejos de la independencia tecnológica y que hay que hacer prácticamente todo para incorporar el lenguaje a los saberes de la deseable sociedad del conocimiento.

 

 

NOTAS

[1] Me refiero aquí básicamente a la concepción moderna de la lingüística, pues sus orígenes y supuestos pueden rastrearse en el desarrollo remoto de sistemas de representación gráfica, en las obras de gramáticos y retóricos antiguos (de Pāṇini a Quintiliano), en la labor de los llamados lingüistas misioneros por todo el planeta (sobre todo en el s. xvi y en el xvii), en las ideas de Humboldt o en la propuesta de la existencia de una familia indoeuropea por William Jones (s. xviii).

[2] Lo de la ortografía es cosa curiosa. Aunque es importante en los procesos de estandarización y se debe ser realista acerca de su peso social, para no caer en el error de no enseñarla, preocupa ante todo a los no especialistas en el estudio del lenguaje. Cuando García Márquez presenta su celebre alegato contra ella, el gran escritor, indirectamente, le concede un peso que no merece.

[3] Véanse los tres volúmenes de la Historia sociolingüística de México de El Colegio de México (2010-2014).

[4] Cada vez es más común tener la experiencia de dialogar con un sistema para pedirle pequeñas cosas. Si se hace algo más que dar instrucciones breves y claras, los resultados pueden ser anodinos, como ocurre con alguno de los traductores más populares: [Español] En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor > [¿inglés?] In a village of La Mancha, whose name I do not remember, not long ago there lived a knight of the lance and ancient shield, a skinny nag and a greyhound > [¿francés?] Dans un village de la Manche, dont je ne me souviens pas, il n’y a pas longtemps vivait un chevalier de la lance et le bouclier antique, un bourrin maigre et un lévrier > [¿y de nuevo español?] En un lugar de la Mancha, que no me acuerdo, no fue hace mucho tiempo vivía un caballero de la lanza y el escudo antiguo, un rocín flaco y galgo.

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Pedro Martín Butragueño (Madrid, 1965) es doctor en Lingüística Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y nivel III del Sistema Nacional de Investigadores en México. Actualmente trabaja como profesor de tiempo completo en el CELL de El Colegio de México, donde coordina el Laboratorio de Estudios Fónicos. Codirige el proyecto «Corpus oral del español de México» y es autor de varios libros de sociolingüística y fonología del español.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

1 comentario

  1. Martín

    Octubre 21, 2015 at 9:11 pm

    Como estudiante de lingüística, y a diferencia de estudiantes de otras carreras un poco más ‘tradicionales’ (medicina, ingeniería, derecho, etc.), que, lejos de ser apasionantes, muchas veces llevan a las personas a seguirlas a partir de los réditos que éstas prometen, puedo sentirme orgulloso de que estudio algo que me apasiona, y creo que cualquiera cuya carrera esté orientada a las humanidades, en parte, como literatura, filosofía o antropología, sabe perfectamente que ésta es la única razón por la cual estamos inscritos en nuestras universidades; porque sería hasta absurdo creer que lo hacemos pensando en tener estabilidad económica, cuando en realidad sólo queremos comprender el mundo, y, por qué no, hacer de éste un mejor lugar (y si hay algo que la ciencia del lenguaje puede hacer, es realizar aportes interesantísimos en innumerables áreas, todas bien diversas, en las que la aplicación del lenguaje, por más que parezca nula, es crucial).

    ¿Pero por qué, siendo estudiante de la ciencia más linda jamás aprendida por el hombre -¡porque vaya que es apasionante!-, me es tan difícil explicarle a todo quien pregunta la utilidad que ella representa, la gran aplicación que tiene, y la importancia de ésta en el aporte científico a disciplinas que de ella (reitero, de forma indirecta) se valen? Es que encuentro complicado hacer una breve reseña de ‘para qué sirve la lingüística’ o cuál es el campo laboral en el que podríamos desempeñarnos profesionalmente.
    Pero tú, querido amigo, has hecho una apreciación muy acertada, y me atrevería a decir que muchos vamos a hacer nuestras tus palabras la próxima vez que nos veamos enfrentados a tal interrogante. Debo confesar, no obstante, que durante mucho tiempo mi respuesta fue demasiado rebuscada, y aunque yo sabía muy bien que quería estudiar lenguaje, principalmente gramática, me costaba hacer entender a la gente que la lingüística no es sólo corregir faltas de ortografía, como muchos de verdad creen, sorprendentemente, y no me sentía apto para dar una respuesta un tanto más técnica o académica.
    Sé que no soy el único al que le sucedió. De hecho, puedo afirmar con certeza que todo estudiante de lingüística ha pasado por ese período, en el que la incertidumbre de tener bien en claro qué era exactamente lo que hacíamos y para qué podría servirnos nos ganaba la partida.

    Quiero felicitarte, porque este artículo va a ser de gran utilidad para aquellas pequeñas mentes hambrientas de conocimiento que comienzan a elegir qué rumbo profesional seguir, o para aquellos ya inmersos en tan hermosa asignatura y que como yo, o como tú, posiblemente, en tu momento, busquen tener un respaldo mayor en la justificación de por qué hacen lo que hacen, o en pos de auto-convencerse de que están siguiendo buen camino; porque en internet, si bien hay muchas definiciones y entradas prefabricadas de qué es y para qué sirve, a excepción de alguna que otra bastante bien hecha, pero aún así incompleta, o que no termina de satisfacer al lector, ninguna es tan buena, tan personal pero objetiva a la vez, tan maravillosamente bien redactada y convincente como la que acabo de leer.

    Te mando un abrazo grande desde Montevideo, Uruguay, con la esperanza de hacer contacto y comenzar a comunicarnos seguido, lo cual me gustaría mucho.

    ¡Saludos!

    Martín.

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