Pequeño concierto científico

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BREVES REFLEXIONES SOBRE EL ARTE DE DIVULGAR LA CIENCIA

 

 

¿Quién dijo que con la ciencia no puedes hacer arte? Muchas teorías e ideas científicas poseen una belleza incuestionable; su transmisión a un público no científico plantea una empresa análoga a la del poeta, el pintor o el artesano. En este artículo, Lourdes Martín nos da a conocer, a través de un mosaico de variadas reflexiones, un color nuevo de la ciencia a partir de su divulgación.

 

 

Lourdes Martín Aguilar  

 

I. Pintores de galaxias

Yo contaba con dieciséis años cuando vi la serie televisiva Cosmos,[i] presentada por Carl Sagan, astrónomo y divulgador de la ciencia. Había adquirido ese DVD por muy poco dinero; en la portada aparecía una lustrosa galaxia, pero la verdad yo no tenía muchas expectativas. Un día comencé a ver el primer episodio, pero la calidad propia de una filmación ochentera, como buena habitante del siglo XXI, me desanimó un poco. Pasaron un par de meses antes de que le diera otra oportunidad y ahora puedo decir que fue amor a segunda vista, por nombrarlo de algún modo. Tal vez sus maquetas eran paleozoicas, según mi punto de vista, pero sus palabras me transportaban a un mundo intangible, descriptible sólo con la música de la ciencia, un universo extremadamente bello gracias a su inexorable complejidad y a sus ideas poco intuitivas. Ese verano me pareció que la ciencia era una gran razón para darle significado a muchas cosas, así que decidí estudiarla.

Yo sabía que me daba satisfacción, pero, ¿qué era exactamente la ciencia?¿Una búsqueda de la verdad? ¿Una manera de ver el mundo? ¿Un método para estudiar la realidad? Todas estas respuestas canónicas resuenan constantemente, pero pocos nos dicen que la ciencia es algo que se consume, con esto me refiero a que, al igual que una pintura, una obra de teatro, una pieza musical, o un poema, ésta posee un emisor (el científico) y un público que la asimila de cierta manera. Esa «objetividad» que se ha planteado como axioma de nuestra musa, es una mera idealización de cómo quisiéramos que fuesen su método e interpretación; sin embargo, la recepción de la ciencia en el público –tanto científico, como no científico– posee niveles de contingencia, de complejidad y de subjetividad equiparable al de cualquier obra artística. La ciencia es extremadamente humana; algunos sienten satisfacción olvidando esta premisa, yo siento preocupación. Por eso es que en esta ocasión, he decidido abordarla desde la divulgación de la ciencia, considerando a ésta como una obra artística, que además ha llegado a cambiar a la ciencia misma.

Algunos podrán argumentar que las obras de arte nacen de un binomio artista-contexto social, cuya interacción incuba un polinomio infinitamente complejo, donde se difuminan ambos polos; entonces probamos tanto la lírica del artista como el orbe en el que se hallaba inmerso al ejecutar su obra. ¿Qué exentaría a la ciencia de esta naturaleza dialéctica?

Por otro lado, es común y terriblemente simplista el paradigma de una ciencia que intenta apegarse a una descripción realista del mundo; la ciencia no hace eso. Mi idea sonará heterodoxa, pero no lo es del todo si se comprende: el objeto de estudio de la ciencia muchas veces trasciende las fronteras humanas en tiempo y espacio –galaxias medidas en pársecs, células micrométricas, millones de años, milésimas de segundos–. Estos paisajes superlativos –tal vez inventados por Jonathan Swift– no pueden ser explicados por una visión de mundo exenta de subjetividad y, por ende, de un toque artístico por parte del científico: la ciencia aspira, por supuesto, a explicar la realidad; sin embargo, no lo hace con explicaciones realistas, pues hasta ahora no he visto una filogenia trazada en la crin de un caballo, una transformación de Lorentz grabada en las estrellas o una representación de la molécula de benceno en mi almohada antes de dormir.

Quizás, al igual que el cuadro de un paisaje o el de una pareja besándose, una teoría científica puede transmitirnos ideas y sensaciones extremadamente humanas y sencillas; pero el lenguaje de la ciencia es extraño y retorcido, muchas veces poco intuitivo para el modo en el que solemos pensar. Por eso, es un gran reto –mas no imposible– transmitir las ideas de la ciencia.

Decir que tratar de entender la teoría de la evolución por selección natural es infructuoso para un público no científico, es como aseverar que sólo los críticos literarios pueden leer poesía. Por desgracia, esa postura tiene un lugar anquilosado en múltiples disciplinas, pues muchas ideas embebidas en las teorías científicas poseen una hermosura extremadamente alta, hasta el punto de considerarlas un patrimonio cultural. ¿Por qué no todos podríamos disfrutar de ellas? ¿Realmente es imposible explicar algunas ideas científicas a un público no científico? Por supuesto que no. Pero hay que saber cómo hacerlo. Para suerte de todos, vivimos en una época donde se da vasta importancia a la divulgación de la ciencia y, como cualquier corriente artística, posee exponentes talentosos, pero también otros que manifiestan excesos y carencias.

Independientemente de qué tan cercana tengamos la ciencia y su divulgación, estoy casi segura de que el lector habrá tenido algún encuentro cercano con ésta, y no me refiero a ejemplos áridos como «la computadora que usas existe gracias a la ciencia». La ciencia es un ente abstracto, no creo que tenga el poder –ni tampoco el tiempo– de andar produciendo circuitos integrados, tal vez tenga aplicaciones en la tecnología, pero esa es otra cuestión. Yo hablo más bien de ese posible momento, cuando nos emocionó –o al menos causó alguna reacción en nosotros– cierta idea o situación científica, aunque ni siquiera fuéramos conscientes de ello. De pequeña, mis padres pusieron en una repisa un frasco de vidrio que contenía un polvo de color gris. Una vez les pregunté qué era y me dijeron que se trataba de ceniza proveniente de la Luna. Yo por supuesto lo creí. Cada que lo veía, inalcanzable por mi altura de un metro, sentía una emoción profunda sobre un paisaje lejano, cósmico, uno de esos que estudia la ciencia. Claro que unos años después comprendí que, por desgracia, no era posible que se tratara de material «selenítico» y descubrí que sí era ceniza, pero de una dirección mucho más cercana: el volcán Popocatépetl.

 

II. Los músicos de las esferas

La música de Brahms suele exponerse como una de las herencias más importantes de Beethoven. Se refleja, por ejemplo, en su preferencia por realizar sus ideas sinfónicamente. ¿Qué tan diferente habría sido su estilo de no haber conocido las composiciones del músico de Bonn? Es una pregunta que realmente no tiene sentido, pero nos permite hacer una analogía con la ciencia y los científicos: no existe un rechazo llano de la teoría anterior para construir una nueva, la mayoría de las ideas no habrían existido de no ser por sus predecesoras, de esta manera, se acomodan con la forma de los estratos anteriores. A Galileo y Einstein los separan más de tres siglos; sin embargo, la Teoría de la relatividad no se puede construir sin la invariancia galileana, con la que el científico italiano estableció cómo un sistema ubicado en otro con movimiento uniforme, no es afectado por el movimiento del sistema mayor, debido a la misma constancia en el movimiento del último.

Veamos la ciencia como la composición de una orquesta: hay gente especializada, unos tocan el trombón, otros el violín, alguno quizás el órgano. Sin embargo, la sinfonía que habrán de tocar no existe sin el diálogo entre los instrumentos: el músico tiene que escuchar a cada uno de los otros intérpretes, saber cuándo entrar, cuándo es su silencio. Estas nociones no las puede poseer si no se encuentra fundido con la totalidad de la orquesta. ¿Darwin habría visualizado la mecánica de la selección natural sin el uniformismo de Lyell? El progenitor de la Teoría de la deriva continental, Alfred Wegener, y el climatólogo Wladimir Köppen, utilizaron las ideas matemáticas del ingeniero civil, Milutin Milankovitch, para el libro que realizaron en coautoría, Die Klimate der geologischen Vorzeit (Los climas en el pasado geológico), de 1924: los jeroglíficos oscilantes creados en un escritorio de Osijek, Croacia, sirvieron a Wegener y Köppen para viajar hasta las profundidades temporales de las últimas glaciaciones, condecoradas con gliptodontes del tamaño de un coche pequeño, casi como novela de Julio Verne.

¿Qué científico no ha soñado con ser experto en absolutamente todos los temas? Por desgracia (¿o para bien de algunos?) la división y la especialización existen como daños colaterales de la naturaleza mortal y de la no ubicuidad del ser humano. Por esto es necesario que los científicos mantengamos una divulgación constante de nuestras investigaciones entre nosotros mismos; las fuentes de ideas a veces surgen de las combinaciones menos pensadas. No debemos olvidar que la ciencia es un fenómeno sazonado de causalidades y serendipias.

 

III. Todo el mundo ama a los dinosaurios

 El otro día un amigo me explicaba por qué no le gusta la serie televisiva estadounidense La Teoría del Big Bang:[ii] cuando quiso entrar a estudiar la carrera de física, esa serie estaba de moda y los números de aspirantes para física crecieron muchísimo, así que se quedó afuera. Si bien no se trata de una serie cuyo objetivo sea divulgar la ciencia, sí tuvo incidencia sobre el número de personas que decidieron estudiar una carrera científica y así como éste hay cientos de ejemplos.

Una de las actividades favoritas de los paleontólogos es criticar los errores científicos de la saga Parque Jurásico;[iii] podemos argumentar que es ciencia ficción y por lo tanto la licencia artística es mayor que cuando hacemos divulgación de la ciencia. En contraparte, aunque no se trate de un producto que busque divulgar la ciencia, sí lo puede estar haciendo indirectamente, pero de manera errónea en algunos puntos. No pretendo resolver esta disyuntiva en un párrafo (se podrían escribir libros al respecto), pero me limitaré a realizar una aseveración: Parque Jurásico es un fenómeno sin precedentes que volvió extremadamente famosa la actividad paleontológica y, con esto, la atención de gran parte del público no científico se volcó hacia esa ciencia.

¿Cuántos niños y niñas se volvieron «dinosaurólogos» a raíz del fenómeno jurásico? El otro día un filólogo me daba cuenta de una situación análoga, pero con el caso del estudio del latín: ha conocido a mucha gente que le ha dicho que se ha inclinado a estudiar letras clásicas, o letras en general, por las historietas de Astérix y Obélix,[iv] ubicadas en el año 50 a. C., cuando Julio César ha conquistado toda la Galia.

Al parecer las teorías científicas no sólo han sido moldeadas por el modo en el que se divulga la ciencia, sino que la población también presenta un carácter plástico ante los productos de divulgación de la ciencia, y también hacia productos que indirectamente, y a veces inconscientemente, divulgan a ésta misma.

 

IV. Divulgación en el mundo real

Ciencia y divulgación se retroalimentan como las obras de arte lo hacen con las interpretaciones que les da su público. Actualmente la ciencia es un objeto que depende tanto de los científicos como de su público: en nuestro país organismos como CONACYT[v] financian la mayoría de las investigaciones. Se trata de una institución gubernamental y por lo tanto depende de los impuestos de la gente. La divulgación, además de ser un acto potencialmente grato para el científico y para su público, es una buena forma de retribuir con algo hacia los contribuyentes.

Sin embargo, la calidad de la divulgación aún es precaria en México, y eso muchas veces lo propiciamos los mismos científicos; es bastante común que el acto divulgativo se subestime: «¿Publicaste un artículo científico? ¡Enhorabuena!», pero «¿Fuiste a dar una charla sobre ciencia a alumnos de secundaria? Se nota que no eres un buen científico y entonces estás dispuesto a perder tiempo en esas actividades. No aspiras a ser un gran investigador y por eso te dedicas a esas tareas menores». Actualmente muchos profesionistas consideran la divulgación como una mera vulgarización de la ciencia por medios lúdicos. Sin embargo, es justificable definirla como una disciplina dura, laboriosa y compleja, que va más allá de la naturaleza endeble que suele otorgársele. Además no se limita a ser una acción de transmisión de la información, es un acto creativo per se. Su ejecución es una tarea igual de compleja que hacer la ciencia misma y eso se demuestra en la cantidad creciente de ciencia actual que estudia la divulgación, sus métodos, su público y su recepción.

Por otro lado, el sistema favorece la desertificación de la divulgación, de sus divulgadores y de su estilo: si un científico publica un artículo científico en una revista indizada,[vi] y otro de divulgación, curricularmente poseerá un mayor valor el primero. Naturalmente la gente tiende a invertir más tiempo en la primera opción.

Es urgente que los científicos tomemos la iniciativa de divulgar nuestras investigaciones, y que además lo hagamos con calidad; muchos ya lo hacen, pero son más los que no, los que hacen «divulgación» como una obligación y la producen como una verborrea de tecnicismos, incluso aburrida o tediosa para los vernáculos del tema.

Aboguemos por una ciencia de la que todos podamos ser espectadores –especialistas y no especialistas–, una en la que los científicos entiendan tan bien a su público como a sus teorías y aparatos; donde no sólo se sinteticen ideas hermosas en la superficie de un matraz, en la lente de un telescopio, o en la punta de un lápiz, sino obras de arte en la transmisión de las mismas.

Puedo aseverar que la carrera científica muchas veces llega a ser frustrante, competitiva; nos hace olvidar cómo sorprendernos ante el funcionamiento del mundo, puede volvernos demasiado maquinales, pero también puedo asegurar que el hacer divulgación nos ayuda a no olvidarlo totalmente y a seguir disfrutando las ideas. La explicación y la interacción con una diversidad de públicos nos otorga también una nueva perspectiva de los paradigmas con los que cotidianamente nos enfrentamos, y da a la ciencia un nuevo significado: el disfrute que se tiene por compartirla.

 

 

NOTAS:

[i] Cosmos: A Personal Voyage (1980). Creada por Carl Sagan, Ann Druyan y Steven Stoer, y dirigida por Adrian Malone.

[ii] The Big Bang Theory (lanzamiento en 2007). Creada por Chuck Lorre y Bill Prady.

[iii] Jurassic Park (1ª película de 1993). Basada en el libro homónimo de Michael Crichton (1990), y dirigida por Steven Spielberg.

[iv] Astérix et Obélix (1ª ed. 1959). Creada por René Goscinny y Albert Uderzo.

[v] Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología: http://www.conacyt.mx

[vi] Revistas de investigación científica que están contenidas en ciertas bases de datos, como Social Science Citation y Science Citation Index. Estar en dichas listas hace que la publicación se considere científicamente confiable y de alto impacto.

 

 

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Lourdes Martín Aguilar (Ciudad de México, 1994) cursa actualmente la licenciatura de Biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Conducida por su mayor pasión, la divulgación, es anfitriona en el Museo de las Ciencias Universum desde 2012. También tiene otras aficiones, como la literatura, la historia, la museología y, sobre todo, la ciencia ficción. Es editora de Cuadrivio.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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