El siglo que no acaba

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Sergio Huidobro

 

Tony Judt y Timothy Snyder, «Pensar el siglo XX», Taurus, 2012.

Tony Judt y Timothy Snyder, «Pensar el siglo XX», Taurus, 2012.

Cada jueves, durante casi un año, el Dr. Timothy Snyder, de la Universidad de Yale, tomaba el tren de las 8:50 de la mañana y después el metro, desde su casa en New Haven hasta un suburbio tranquilo de Nueva York, a donde llegaba poco antes de las once de la mañana.

Cada jueves, durante casi un año, el profesor Tony Judt, doctor por la Universidad de Cambridge, era auxiliado para vestirse y limpiarse. Un año atrás había sido diagnosticado con una esclerosis crónica y degenerativa que paralizaría músculos y órganos en un periodo menor a dos años. Era llevado a su estudio, donde recibiría a Snyder poco antes de las once de la mañana.

Un año atrás, apenas tres meses después de conocer el diagnóstico y con la consciencia de que el tiempo jugaba en contra, Snyder se había acercado para proponer a Judt una serie de conversaciones largas, después transcritas y publicadas, que repasaran en formato de diálogo el devenir intelectual del siglo XX europeo a través de varias aristas: los matices del estado totalitario, la cuestión judía y sus derivaciones sionistas, las metamorfosis liberales, el nuevo poder de las sociedades civiles, los márgenes de la socialdemocracia, el rol del libro y la figura del intelectual «público», la Europa del «centro» ‒Francia, Reino Unido y Alemania‒ frente a la de los márgenes ‒Polonia, Hungría, Chequia, los Balcanes‒ y la viscosa relación con Estados Unidos. Una propuesta ambiciosa. Y urgente.

El resultado, Pensar el siglo XX (Taurus, 2012), evade en todo momento el sentimentalismo fácil de un testamento o del texto póstumo; no es su intención ‒ni de Judt, ni de Snyder‒ pintar una despedida sino bucear en la laguna profunda que supone la memoria personal del primero: Nacido en Londres en 1948, Judt llegó al mundo en una ciudad todavía marcada por las bombas alemanas, en el mismo año en que fue proclamado el Estado de Israel. Sus padres, judíos seculares, se conocieron en Oxford a mitad de la guerra y eran a su vez hijos de emigrantes exiliados de cuatro países geográfica y políticamente marginales de Europa: Rusia, Rumanía, Lituania y Polonia.

Tony fue llamado así ‒Tony, no Anthony‒ en recuerdo de la prima de su padre, Toni, gaseada hacia el final de la guerra en las cámaras de Auschwitz. Cumplió veinte años en un momento providencial (1968) como un entusiasta del comunismo y un sionista aguerrido que se marchó a vivir el socialismo comunitario a un kibbutz israelí. Para el final de la década, sus pasiones se habían quebrado al toparse de frente con el destino agrio de los ideales: la ideología. Regresó a Inglaterra, cerró la puerta y se sentó a escribir.

Treinta años después, Tony Judt era uno de los intelectuales públicos más aguerridos, respetados y estimulantes de la arena anglosajona, «comprometido» en un sentido diametralmente opuesto al de los ardores que habían ensangrentado el siglo. Pocas biografías encarnan mejor que la suya el ethos de un periodo en el cual, en palabras a Isaiah Berlin, no importaba cuantos huevos se rompían si al final obtendríamos omelette; «no se puede entender al siglo XX ‒le dice a Snyder‒ si uno no compartió, aunque sea por un momento, sus ilusiones».

En ese sentido es que Snyder ‒por su parte, norteamericano estudioso del Este de Europa‒ rebasa el nivel de mero alumno entrevistador para ejercer una contra-voz dinámica, necesaria. Nacido veintiún años después que Judt, en 1969, Snyder cumplió los veinte años en otro momento providencial: en medio del deshielo, con el muro de Berlín cayendo, Ceaucescu colgando y las dictaduras desintegrándose. Una diferencia de apenas dos décadas que, en el diálogo de Pensar el siglo XX, marca un contrapunto interesantísimo: cada uno intenta desentrañar las claves del mundo que ha vivido, que es el mismo visto desde dos perspectivas que se explican una a la otra.

Como libro de memorias, el texto podría desconcertar a lectores casuales: Judt rara vez se muestra más personal de lo necesario, casi nunca emotivo, y son pocos los fragmentos relatados en primera persona. Como libro de historia no podría ser menos convencional: el formato dialogado ‒de herencia platónica, deudor, por ejemplo, de las conversaciones de Eckermann con Goethe‒ limpia a Pensar el siglo XX de recursos como citas textuales, epígrafes, estadísticas a granel o notas a pie de página; durante las charlas no hay libros consultados directamente y es ahí donde brilla la maquinaria memorística de ambos autores, que intercambian referencias y recuerdos de libros, textos y pasajes, que van de Hannah Arendt a Koestler, Orwell, Hobsbawm, Aron, Engels, T.S. Eliot, Keynes, Marx, Zweig, Vaclav Havel, John Rawls o Günter Grass, de modo que al final del volumen se nos ofrece una bibliografía atípica que no está integrada por los títulos que sirvieron a la preparación del texto, sino los que brotaron como referencia en medio de la conversación.

Es difícil encontrar un punto medio entre la memoria personal y la disertación erudita, que es el lugar de donde brota Pensar el siglo XX: el entusiasta de la autobiografía lo encontraría impersonal o críptico; el académico, peligrosamente subjetivo. Los dos, y cualquier otro, lo encontrarán estimulante. Hacia el final, en la última de las conversaciones registradas, el interés aterriza en la América del Norte de nuestros días ‒en donde tienen lugar estos diálogos‒, en los dilemas de la democracia social, las recientes mutaciones del nacionalismo y los nuevos roles del intelectual frente a las fuerzas del mercado. Aquí es donde la iniciativa de Snyder y la voluntad de Judt se revelan en toda su dimensión: tal y como el siglo XIX no terminó sino hasta 1914, las sombras del siglo XX se extienden aún hacia nuestro presente, y el rumbo que tome este siglo no será más que la medida en que hayamos aprendido las lecciones de aquel.

Pensar el siglo XX baja el telón borrando la línea divisoria entre la memoria personal y el pasado colectivo, entre el valor del recuerdo de infancia y el del dato duro, mostrándolos a todos como vías no siempre disímbolas para acceder al secreto de lo humano. La última página está fechada el 5 de julio de 2010. Judt moriría exactamente un mes después.

 

 

 

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Sergio Huidobro (Ciudad de México, 1988) cursó estudios en Ciencias de la Comunicación y Escritura Creativa. Colabora con narrativa, ensayo, crónica de viaje y crítica cinematográfica en publicaciones impresas y electrónicas de México, Ecuador y Estados Unidos como Punto de partida, La Tempestad Universitaria, Revista Mil Mesetas, El Fanzine, Periódico de Poesía, Contratiempo y Ágora, del Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México. Ha brindado charlas y co-impartido talleres de escritura y lenguaje audiovisual en recintos como la Fonoteca Nacional; en 2011 recibió el primer lugar en el Concurso de Crítica Cinematográfica Alfonso Reyes-Fósforo en el marco del FICUNAM.

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