«Ojos que no ven, corazón desierto», de Iris García

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García, Iris, Ojos que no ven, corazón desierto, México, Tierra Adentro, 2009.

Those who have crossed
With direct eyes, to death’s other Kingdom
Remember us—if at all—not as lost
Violent souls, but only
As the hollow men
The stuffed men
.

T.S. Eliot

Joaquín Guillén Márquez


México, dicen algunos versados en el tema, es un país violento. Los demás también lo dicen. Usualmente se tiende a pensar en el D.F. como una ciudad más profana y violenta que Las Vegas. Aquí en el D.F., según la vox populi, uno está expuesto a sufrir tres asaltos al día.

Esta imagen violenta de México (del país, no de la ciudad) pronto se transporta a otros lugares de la república, dejando al D.F. sólo como un lugar de perdición y no un lugar donde de pronto se empieza a ver con admiración a los narcotraficantes. Quizá los narcocorridos fueron la primera muestra artística de la aceptación o la resignación por esas situaciones.

Poco a poco la percepción de los habitantes ha ido cambiando. Una masacre, civiles muertos, linchamientos y luchas entre narcotraficantes pasaron de ser noticias novedosas a ser lo habitual, de ser una desafortunada ocasión a un motivo de cuidado diario para no entrar en fuego cruzado. La presencia fuerte e invisible de la violencia ha transformado la vida cotidiana.

La literatura enfocada en este tipos de temas está asociada al norte de México; no es coincidencia que también sea el lugar de origen de los narcorridos, cuyo escenario son esas tierras donde el dinero y el poder lo son todo.

A primera vista, el libro de cuentos Ojos que no ven, corazón desierto de Iris García (Acapulco, Guerrero, 1977) llama la atención por su ubicación geográfica y porque sus autores son principalmente hombres; en una leída más detenida y real, nos enfrentamos a una colección de textos que muestra la cotidianidad de tanta agresividad y la violencia en el país.

De entrada, el libro nos ofrece dos puertas: Ojos que no ven y Corazón desierto. Conviene seguir las instrucciones propuestas en el libro para efectos de contrastar los cuentos contenidos en ambas secciones. Otro aspecto a recalcar es que el escenario de estos cuentos es (cuando se menciona) Acapulco. Nótese, de nuevo, el contraste con los tópicos y regiones de este tipo de literatura al ser ubicada al sur y no al norte del país.

Cada sección del libro está claramente diferenciada por la cantidad de textos y la perspectiva desde la cual se narran. En la primera parte vemos a los actores principales en su clímax personal. En la segunda, la perspectiva es la de las víctimas, los personajes accidentales (y accidentados) del abandono, el crimen y la prostitución.

Ojos que no ven no es sólo un título atinado para esta parte del libro, también refleja el sentir del lector frente a muchos de estos temas. Nadie sabe lo que está pasando; nosotros mismos no podemos verlo. Esta sección parece ser la más virtuosa del libro en más de un aspecto. Pese a no arrojar referencias directas a libros, autores o géneros, aquí nos encontramos con una escritora y lectora del género periodístico (cabe señalar que Iris García también es periodista) y de la novela negra y policiaca. En cambio, en la segunda parte del libro, el eco de nombres como Coleridge (mencionado en el cuento «Designios») prácticamente no pesa. El juego de la intertextualidad es mayor en la mitad que da bienvenida.

Sopesando los diez cuentos contenidos en Ojos que no ven, corazón desierto, no es difícil distinguir una superior claridad en los primeros cinco –queda en la conciencia del siempre ocioso y desinteresado lector pensar en si esto es intencional. Tampoco le quito mérito ni es por simple gusto subjetivo declarar esto: los cuentos «Gatos Pardos», «Río revuelto» y «Ojos que no ven» no son sólo los más apantallantes, sino los mejor narrados y con personajes más memorables.

No le quito el mérito a otros cuentos; «Un poco de cariño», contenido en la segunda parte, parece marcar la línea por la que se debió guiar a los cuentos de la segunda sección, donde las historias y las formas de hablar son más vivas, y los personajes no son grises.

La técnica narrativa de la mayoría de los cuentos parece pertenecer o hacerse guiños con el realismo sucio y la literatura «negra». Esto es más notorio en la primera mitad, donde las acciones son más bruscas: no existen barroquismos ni oraciones extras, lo que facilita el sentir general. Desde los títulos, la economía del lenguaje es bastante notoria. «Ojos que no ven…» trae a la mente, de manera instantánea, «corazón que no siente». Lo mismo pasa, por ejemplo, con el cuento «Mala hierba», en el que Iris García juega con la imaginación del lector. Otro ejemplo es «Líneas paralelas», donde prácticamente podemos ver la pantalla divida en dos para colapsar sólo en el personaje masculino de la historia.

Otro de los juegos notorios de García se ejerce sobre las expectativas del lector; aquí se encuentra una táctica común y probada de la literatura policiaca y de cuentos cortazianos: los personajes y las situaciones cambian conforme el lector le da vuelta a la página. Sobresale en esta misma línea el cuento «Río revuelto», en el que la noción de bien y mal va mucho más allá de lo que uno puede pensar de los personajes. El lector no sabe qué esperar del narrador, de los protagonistas o de ambos, mucho menos de la autora. Ejemplifico con este fragmento:

―¿Sabes una cosa, licenciado Carvajal? La ventaja de vivir en un estado tan violento es que cuando se quiere asesinar a un funcionario público, siempre hay alguien a quien echarle la culpa.

El éxito de la narrativa de Iris García no se debe a la historia, sino a los personajes tan vivos que podrían ser tus vecinos; son tan verosímiles que trascienden la ficción, y eso es algo que asusta por parecer tan real. Es perverso, pero negarlo es ya inevitable.

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Joaquín Guillén Márquez (Ciudad de México, 1990) es estudiante de Literatura Inglesa en la UNAM. Ha colaborado en El Universal, Punto en línea, Hermano Cerdo, Palabras Malditas y El Juglar. Es miembro del consejo editorial de la revista electrónica cultural Cuadrivio.

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