Bersekers inducidos
Así como los temibles bersekers, guerreros vikingos que luchaban en trance para llevar a sus pueblos a la victoria a cualquier costo, los ciudadanos modernos son en muchas ocasiones inducidos por el Estado y el nacionalismo a un trance pasional para seguir empresas osadas, política y humanamente costosas. Reflexión pertinente en tiempos, todavía, de guerras y pasiones ideológicas.
David Antonio Maravilla Flores
El filosofo alemán Carl Schmitt sostenía que el principio fundamental de la política era la distinción entre nosotros y ellos –amigos y enemigos, respectivamente. Para este teórico político, entre más concreta la categórica separación, más probable el éxito de toda empresa política.[i] Históricamente, diferentes movimientos nacionalistas promovidos desde el Estado en diversas partes del mundo han construido a los otros en el imaginario público como una amenaza constante al estilo de vida y valores predominantes particulares de su sociedad (la nuestra, en cada caso). Con frecuencia, el objetivo de dichos movimientos ha sido legitimar proyectos estatistas, encubriéndolos como campañas en contra de una amenaza externa, que de otra forma hubieran encontrado resistencias importantes entre los actores sociales del momento. Es pertinente reflexionar sobre la capacidad de movilización social que obtiene el Estado al blandir la bandera del nacionalismo, en cualquiera de sus presentaciones, porque este predominio sobre la sociedad no es un poder común ni natural, y sin embargo, se presenta una y otra vez a lo largo de la historia, y aún en nuestros días.
En la tradición vikinga, los berserker eran guerreros que, vestidos solamente con pieles, entraban en trance durante la batalla y, poseídos por una furia ciega, arrasaban todo a su paso. Según los cantos nórdicos, eran hombres desalmados e insensibles al dolor cuya pasión era la guerra y su única protección el amor por la causa: la expansión del territorio vikingo. El trance de los berserkers era tan profundo que inhibía su sentido de autopreservación, por lo cual a menudo morían, no presas del enemigo, sino de sus imprudencias bélicas en aras de la consecución de la victoria. La victoria del pueblo vikingo. No era propio de estos autómatas de la guerra cuestionar ni negociar; su existencia era irrelevante en el ardor de la batalla, donde sus vidas no valían nada en comparación con la grandeza –y supervivencia– de su clan.
Este ensayo recurre a la lógica detrás del trance y la furia ciega de los berserkers autómatas –aunque nada tiene que ver con los pueblos nórdicos y sus conquistas– para reflexionar sobre la capacidad que tiene un
Estado para movilizar a su población, o en otras palabras, para inducirla en un trance bélico, en un ardor nacionalista[ii] favorable a los objetivos del Estado. Aquí se analiza cómo el Estado, capitalizando el nacionalismo interiorizado en la sociedad, es capaz de reducir a los hombres a ciudadanos y a los ciudadanos a soldados dispuestos a sufrir, olvidados de causas y alternativas de los conflictos, en las diferentes empresas estatistas que se presentan como defensa de la Nación. ¿Puede el Estado utilizar el nacionalismo como una herramienta de movilización de la población para conseguir sus objetivos? ¿Pueden los recursos simbólicos que sostienen al nacionalismo inducir a la sociedad en un estado berserker mediante la reducción de dinámicas sociales opuestas al cumplimiento de las prácticas estatales? Y si en realidad el Estado es capaz de capitalizar símbolos que introduce deliberadamente en la sociedad para modificar comportamientos y afirmar su autoridad, ¿por qué hay berserkers que sacrifican sus vidas –o la de sus hijos– mientras otros se resisten al esfuerzo nacional? ¿Cuál es el límite de la capitalización del nacionalismo?
Es necesario advertir dos puntos: por un lado, el Estado no es naturalmente la autoridad máxima hacia el interior de un territorio determinado, sino un actor en competencia que busca imponer sus intereses;[iii] por el otro, el nacionalismo es una creación artificial del Estado, porque se basa genéricamente en elementos introducidos deliberadamente por la autoridad estatal en el campo social con el objetivo de modificar dinámicas sociales y beneficiar sus intereses.[iv]
La hipótesis es que el Estado puede capitalizar el nacionalismo como recurso político para movilizar a la población en favor de sus objetivos porque debido a su constitución simbólica, reconocible e interiorizada por la mayoría de los individuos, impone la lógica estatal y anula cualquier otra –incluyendo las particulares de los funcionarios públicos o militares– en situaciones cruciales para la consecución de sus objetivos. En consecuencia, el Estado puede utilizar el nacionalismo como herramienta de control para afianzar su poder, modificando las dinámicas sociales para asegurar el cumplimiento de las prácticas estatales y su posición sobre otros centros de poder al interior del territorio.
Desde una perspectiva antropológica, el Estado no es la autoridad máxima per se al interior de una unidad territorial, sino un actor en competencia que busca movilizar recursos para ganar poder y supeditar las lógicas de acción de otros actores a la propia, cuyo acatamiento por parte de los actores sociales es necesaria para la consecución de los intereses estatistas.[v] La fuerza o debilidad del Estado depende de su capacidad para anular las lógicas alternativas de comportamiento durante el desempeño de las prácticas estatales, suspendiendo en el momento preciso los intereses subjetivos de los funcionarios que las realizan. De no suspender las lógicas alternativas de comportamiento, las prácticas estatales se corrompen y se incumplen sus objetivos en favor de los intereses subjetivos de los actores involucrados. En otras palabras, un Estado fuerte es capaz de anular la subjetividad de un policía, que profesional e impersonalmente sigue el procedimiento establecido para imponer una infracción. Por el contrario, un Estado es débil cuando no logra impedir que el mismo burócrata ignore su deber y ceda a las tentaciones de su propia lógica, por cuya subjetividad omite la infracción a cambio de una módica remuneración. Los procedimientos realizados cabalmente por los funcionarios públicos son el reflejo de un Estado fuerte. La corrupción e informalidad en los mismos procesos son el reflejo de un Estado débil –y en algunas ocasiones, prueba de la ausencia del Estado en zonas específicas de las dinámicas sociales.
La estrategia predilecta del Estado para ganar control sobre los actores y sus subjetividades consiste en introducir recursos al campo social con el objetivo de modificar su funcionamiento. Los tres recursos privilegiados por el Estado para modificar la naturaleza de sus relaciones con los actores no-estatales son la idea de ciudadanía, el sentido de cumplir la ley y la idea de justicia. La triada, debido a su fuerte carga simbólica, modifica notablemente las dinámicas sociales que entran en conflicto con el desempeño cabal de las prácticas estatales. Estos tres elementos conforman a su vez el triplete sobre el cual se construye la base genérica de todo sentimiento nacional favorable a los intereses de la autoridad estatal, pues por medio de sus recursos organizativos, el Estado socializa a los individuos en su reconocimiento –idealmente, en su respeto irrestricto– e, implícitamente, debido a su conexión con el respeto a la lógica estatal, fomenta el acatamiento velado, pero férreo, de los intereses estatistas por parte de los actores sociales. La triada fortalece al Estado frente a los demás poderes de diferentes formas: la ciudadanía modifica la percepción que los individuos tienen sobre ellos mismos y los otros, reforzando el lazo entre el individuo y lo nacional mediante el sentido de pertenencia con beneficios y obligaciones: se disfruta de derechos brindados por el Estado, pero, como retribución, se tiene obligaciones hacia él, especialmente cuando se trata de defender al Estado-Nación de amenazas externas (muchas veces con relativa independencia de lo que esto signifique). La idea de cumplir la ley está relacionada estrechamente con la idea de justicia. En el proceso de socialización, donde los individuos adoptan valores y desarrollan su orientación hacia el sistema, el Estado inculca desde diferentes instituciones la máxima de la ley como justicia. Lo justo es cumplir la ley –y favorablemente para el Estado, la ley es el conjunto normativo que establece las condiciones necesarias para el desarrollo de las prácticas estatales.
Pero el nacionalismo, como artificio del Estado para movilizar a los actores sociales anulando sus lógicas subjetivas, no podría ser capitalizable por la autoridad estatal sin la sacralización previa de la Nación.[vi] El punto final del proceso de construcción del nacionalismo como recurso político capitalizable requiere forzosamente presentar a la diosa Nación –e indirecta
mente al Estado, que se introduce como su representante–como protectora del orden, el estilo de vida, la legalidad y la justicia, exigiendo a los ciudadanos, a aquellos que se benefician de las virtudes de ésta, los sacrificios más profundos para protegerla. La Nación vale demasiado, como afirma Sánchez Ferlosio, porque en su construcción y preservación se han hecho incontables sacrificios. Para capitalizar el nacionalismo, el discurso estatal debe dar sentido al sufrimiento experimentado en aras de la grandeza de la Nación volviéndolo productivo al evocarlo, porque entre más se interiorice en los individuos que el sacrificio está justificado en la salvaguardia del futuro nacional, de su estilo de vida, de la libertad que disfrutan, más sacrificios estará dispuesta la sociedad a realizar en su nombre y más alto ascenderá, entre los dioses, el Estado-Nación. Ya sacralizada la Nación, el Estado puede capitalizar el nacionalismo para suspender de tajo las dudas de los actores y reducir a los individuos en ciudadanos y a los ciudadanos en soldados autómatas, obedientes, amantes de su patria, liberados de toda subjetividad o lógica opositora. El trance berserker que el Estado induce en los ciudadanos mediante la capitalización del nacionalismo fortalece la autoridad estatal y doma, con ferviente amor a la patria, la oposición de otros centros de poder.
Sin embargo, el trance inducido no es permanente. La condición de exaltación y fervor nacionalista, de subordinación al Estado y a sus prácticas, es momentánea y finita. Como todo recurso político, al igual que todo catalizador de movilización, la capitalización del nacionalismo funciona en ciertas ocasiones, como son empresas bélicas y proyectos modernizadores, y por periodos del tiempo limitado. Es necesario advertir que, aunque sea capitalizable, el nacionalismo es un recurso falible y limitado: sus efectos movilizadores disminuyen de no ser complementados con resultados a corto plazo que alimenten el trance berserker, que, al resignificar el sacrificio, mantengan marginadas las lógicas subjetivas, siempre al acecho. Con sólo promesas y evocaciones, pero sin resultados palpables o argumentaciones sólidas, las empresas estatales basadas en el nacionalismo no pueden sostenerse, pues la capitalización del nacionalismo es una estrategia viable pero no definitiva para aplacar la resistencia interna al Estado. Al igual que los berserkers despertaban del trance tras la batalla, el ciudadano-soldado deja detrás el fervor nacionalista, convirtiéndose una vez más en hombre. Y al perder de vista lo sagrado de la Nación-Estado, al desacralizarla negándole su sufrimiento, la oposición al Estado reaviva y se inmuniza al uso exaltante de los símbolos nacionalistas. El nacionalismo, como recurso movilizador, es una herramienta preciada, útil en extremo, pero que requiere situaciones extraordinarias para tener un efecto amplio y continuado. El trance del berserkser en el que se induce al individuo «ciudadanizándolo» durará tanto como el Estado pueda mantener la ilusión de amenaza inminente que pone en alerta a los amantes de la Nación. Después de la extinción de la ilusión, el trance termina y los cuestionamientos comienzan.
NOTAS
[i] Gregory, Derek, The Colonial Present. Oxford, Blackwell, 2004, p. 49.
[ii] Se entiende como nacionalismo a un tipo de ideología –sistema de principios mediante los cuales se ordena y entiende la realidad– que, exaltando los rasgos considerados endémicos de un grupo determinado, presenta a la Nación como referente identitario definitivo de los individuos que habitan dentro del territorio de la unidad política establecida. Véase Copp, David, «La democracia y la autodeterminación comunal», en Robert McKim y Jeff McMahan (comp.), La moral del nacionalismo. Barcelona, Gedisa, 2003, p. 126.
[iii] Midgal, Joel, Estados débiles, Estados fuertes. México, FCE, 2011, p. 36.
[iv] Loc. cit.
[v] Loc. cit.
[vi] Véase Sánchez, Rafael, Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado. Madrid, Alianza, 1987.
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David Antonio Maravilla Flores (1988) estudia Ciencias Políticas y Administración Pública en El Colegio de México. Colabora en la columna «Zoociedad civil» en el blog de la revista Ágora, además de ser miembro de su Comité de Publicación









