La isla

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Presentación

 

 

Frank Báez

 

Alguien dijo en una ocasión que Buenos Aires era la ciudad del mundo con más psicoanalistas por metro cuadrado. Esto, por supuesto, significa que debe contar con una gran cantidad de neuróticos para compensar esa oferta. Suponía que la capital de los neuróticos era Santo Domingo, por lo que me entraron unas ganas enormes de visitar Buenos Aires y compararla con mi ciudad. Tuve la oportunidad de ir el año pasado. Incluso me alojé en el departamento de un amigo cercano a la famosa Villa Freud. Pasé por allí de noche, cuando volvía, y me quedé viendo, fascinado, como si se trataran de zombis o vampiros, a los neuróticos que paseaban sus perros y retornaban a sus casas. La verdad no eran muy distintos a los de Santo Domingo.

Antes de ayer, leyendo La Isla, primera novela de Cecilia Galli, he vuelto a pensar en esos neuróticos. Ambientada en el Buenos Aires de finales de los noventa, La Isla se encuentra protagonizada por Rita Scoleri, redactora de una revista, que hace lo imposible por no convertirse en neurótica. Ésta logra independizarse finalmente de sus padres y de su ex novio, y se muda a un lindo apartamento que tiene todo excepto la pareja ideal con que sueña y que ella emprende a buscar. Sin embargo, le cuesta dar con él. La vemos deambular por la noche porteña entre neuróticos, quienes, iguales a zombis, la persiguen, la cercan e intentan comerle el cerebro para convertirla en una de ellos. Pero Rita, envalentonada, sigue buscando. Lo único que teme es al futuro, a la llegada del nuevo milenio, cuando supuestamente el Y2K lo destruiría todo y ella se quedaría sola por siempre. Llega el milenio, y aunque no destruye nada, sin embargo sí trae un renacer, un nuevo orden en su vida.

Esto de los neuróticos no es una particularidad de los personajes de Cecilia Galli. En una entrevista realizada a César Aira, éste señala que los escritores de Palermo –barrio donde Cecilia Galli vive– se caracterizan por trazar la neurosis y la hipocondría de sus personajes. Los primeros capítulos de la novela van en clave de escritora de Palermo; es decir, intuimos esa neurosis a la que me refería anteriormente. Sin embargo, hay un punto donde la novela da una vuelta de tuerca: de novela de corte psicológico se transforma en novela de aventuras. Aquí, en este punto, me parece que radica su riqueza, ya que el entorno de Rita se convierte en una metáfora de esa literatura porteña que señala César Aira, y de la que ella intenta escapar para no convertirse en neurótica, en algo predecible o nulo, como un zombi. Para Cecilia Galli, esa literatura debe dejar de mirarse el ombligo y buscarse fuera de su eje para reencontrarse lejos de ese Buenos Aires agónico donde todo el mundo está tan ensimismado por tanto preocuparse y no ocuparse. De esa forma, en busca de nuevas posibilidades, Rita emprende el viaje a la isla para encontrar una descarga espiritual que la haga encontrarse consigo misma. ¿Lo logra? Para saberlo hay que comprar la novela.

Sin embargo, con tal de que los lectores de Cuadrivio conozcan La Isla, su editor ha decidido publicar los dos primeros capítulos de la novela. Los que quieran adquirirla completa, pueden hacerlo en formato electrónico a través de Biblits.

Cecilia Galli es una de las nuevas voces de la literatura argentina. Tiene dos libros en su haber: Karaoke Kiss y Superhéroes. El primero es de cuentos y el segundo es un poemario. Al igual que La Isla, son libros explosivos y divertidos. Sin embargo, es en La Isla donde logra su mejor registro y donde su ingenio, el manejo del diálogo y la versatilidad de su prosa poética están mejor logrados. En ocasiones recuerda a Lorrie Moore, pero a una Lorrie Moore pasada en agua, en estado de gracia. Pero no sólo eso: en La isla, Cecilia Galli ha creado a Rita, un personaje memorable con el que simpatizamos como si se tratara de un amigo o un familiar cercano.

El otro día, hablando con ella, le pregunté si consideraba que Rita Scoleri era su alter ego, a lo que me respondió: «no es mi alter ego en el sentido de que no vive cosas que yo quiera o que haya querido vivir. Pero sí puede que lo sea en cuanto a metáfora de crecimiento, de pasaje. El zambullirse en la realidad y atravesarla, sufrirla, sentirla en la piel, para salir y ser una nueva versión, la versión acabada de sí misma».

 

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Frank Báez (Santo Domingo, República Dominicana, 1978) es editor de la revista Ping Pong, y autor de los libros de poesía Jarrón y otros poemas (Betania, Madrid, 2004),Postales (Casa de Poesía, Costa Rica, 2008), y del libro de cuentos Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Nacional, Santo Domingo, 2007). Con el libro Postales ganó el Premio Nacional de Poesía en el 2009. Lleva un blog en la siguiente dirección: www.frankinvita.blogspot.com.

 

 

La isla

 

 

 

cecilia galli guevara

 

Capítulo 1

No. Era inútil que mirara al teléfono, que lo atravesara con los rayos láser de sus ojos: no iba a sonar. Tan fácil como que nadie tenía todavía el número de su nueva casa, y ella no tenía a nadie que la llamara; a nadie interesante, por lo menos. Sus amigos de siempre ahora no le resultaban interesantes, lo que se dice interesantes. No era que no los quisiera más en su vida tampoco, pero estaba empezando una nueva etapa y quería más y más. Más gente, más experiencias, más aventuras.

Así que, mientras desarmaba sus bolsos y ordenaba la ropa en pilas sobre la cama, miraba de reojo al teléfono, indecisa entre si amarlo u odiarlo. No te voy a odiar todavía; primero, voy a darte una oportunidad. Y quizás seamos buenos amigos. Teléfono blanco. Redondito. A ella le gustaban las cosas redonditas, siempre más amigables que las angulares.

En una pila los jeans, en otra las camisetas, y en la tercera los suéteres. La ropa interior en una montañita aparte. Cuando terminó se puso a limpiar los estantes, y después de eso a guardar la ropa en el ropero. Su nueva casa. En primavera. Por fin sentía que su vida empezaba.

Por fin su vida estaba empezando. Siempre se había preguntado cuándo iba a ocurrir eso: si cuando terminara el colegio, si cuando terminara la universidad. ¿Cuándo se casara, quizás? Si ella no se casaría nunca… Encendió un cigarrillo y buscó un lugar cerca de la ventana del living. Tenía que encontrarse un lugarcito especial dentro de su departamento, que ya de por sí era especial. Miró su casa: chiquita, pocos metros, mucha luz. Ventanas grandes, con vista a los edificios de la vereda de enfrente. Y desde la cocina podía ver el pulmón de manzana, así que pensaba que tenía lo mejor de los dos mundos: la calle para estar conectada con el mundo, y el pulmón de manzana para espiar con sus largavistas sin ser descubierta.

Se paró contra la pared, junto al marco de la ventana. Desde ahí podía ver varios pisos de dos edificios del otro lado de la calle, y si se asomaba un poco, la vereda de enfrente. Estaba en el quinto piso. Siempre le había gustado ese número y un día decidió que sería su número de la suerte, aunque todavía nunca le hubiera ayudado a ganar nada, ni siquiera una rifa de kermesse. Pero había leído que para los celtas era el número de la perfección y decidió que para ella también lo sería. Cinco. Uno dos tres cuatro cinco. Los cinco dedos. Los cinco días de la semana. El día de su cumpleaños. La cantidad de mascotas que había tenido a lo largo de su vida. Y ahí se quedaba. Le gustaba el cinco.

Ahora esas ventanas enmarcaban el punto de vista de su nueva vida, y siempre se apoyaría contra esa pared mientras fumara, mientras pensara, a menos que sus pensamientos la llevaran a cuestiones hondas de su ser. Entonces para eso cerraría las pesadas cortinas que había instalado en todas las ventanas antes de mudarse y se sentaría en uno de los bancos de la cocina y miraría hacia el pulmón de manzana. Una vista hacia adentro para las cuestiones interiores.

Una, dos, tres… nueve ventanas de los edificios de enfrente. Seis casas distintas. Seis balcones, treinta plantas. Un caniche toy blanco. Siete minutos para terminar el cigarrillo. Cinco gotas de agua para apagarlo en la canilla. Pocos pasos para abrir las ventanas y ventilar. Después del reconocimiento de su nuevo territorio, Rita repasó el lugar con la mirada. Ahora era dueña de una cocinita, un living, un cuarto, un baño y un pequeño lavadero. Y estaba feliz. En los rincones estaban amontonados diferentes pedazos de su vida y aunque no sentía demasiado apuro por ordenar todo, quería hacerlo, porque encontrar un lugar definitivo para cada una de sus cosas le parecía casi una aventura, un paso más en su vida.

Puso música. Parklife a todo volumen siempre la hacía bailar. Se ató el pelo bien alto y volvió saltando hasta la cocina. Pasó un trapo por las alacenas y guardó tazas, platos y vasos. Se tomó unos momentos para decidir cómo pondría los cubiertos en el cajón: cucharitas, tenedores, cucharas y cuchillos; o cucharitas, tenedores, cuchillos y cucharas. Ya no recordaba cómo era el orden en la casa de sus padres, en donde había vivido estos veintitrés años, los primeros veintitrés. Y tampoco quería repetir esa organización, sino descubrir la que mejor le quedara a ella. Después de años odiando y rompiendo las normas de otros, había llegado el momento de crear las reglas que respetaría. Se decidió por cucharitas, tenedores, cucharas y cuchillos, y cuando terminó con todo, se sirvió un vaso de agua de la canilla. Todavía tenían que traerle la heladera y el lavarropas, que había comprado nuevos. No había conseguido nada prestado o usado y había decidido hacer la inversión. Pagaría cuotas durante tres años pero tendría su casa armada.

Repasó lo que había quedado de las cajas, en el living. Los libros formaban cuatro pilas contra la pared, junto a la biblioteca. Fue lo primero que ordenó, porque ya estaba cansada y si ubicaba los libros, la diferencia entre el caos y el orden sería evidente sin demasiado esfuerzo. Le agradeció a la Rita del pasado, a la Rita de hacía dos días, por haber limpiado los libros antes de meterlos en las cajas. No iba a ordenarlos ni por autor ni por colección, sino por orden de pila: ya estaba lista para un descanso más definitivo y todavía le quedaba tender la cama. El primero fue Todos los fuegos el fuego, su primer libro de verdad, el que marcó el punto de giro desde las lecturas de niña a las que valían la pena. Se había tragado ese libro en una tarde, cuando tenía catorce años, después de haberlo encontrado en el estante de abajo de todo de una de las bibliotecas de su casa, entre clásicos en francés forrados con papel celofán. Y en el momento en que se agachaba para leer los lomos de los libros de la pila buscando Rayuela y dejando de lado su decisión de ordenar sin ordenar, sonó el teléfono. «Vamos a ver si podemos ser buenos amigos o si me traés malas noticias», pensó mientras estiraba su mano hacia el aparato blanco y redondito.

—¿Rita? –Y Rita se queda en silencio durante unos instantes–. No puede ser Martín. No puede ser Martín. Justo cuando estoy pensando en esto de comenzar una nueva etapa no puede aparecerse en mi casa nueva como la mano del malo que revive en el último minuto de la película para agarrar el tobillo de la que acaba de matarlo para escaparse de sus fauces infernales. Igual tranquila, Rita, que al final el monstruo siempre vuelve a morirse. Tranquila, Rita.

—¿Quién habla? –Ganar unos segundos. Ganar unos segundos para poder pensar, para que no se te note el dolor de panza en la voz.

—¿Cómo, ya no me reconocés, linda?

—Martín, ¿qué hacés? ¿Cómo conseguiste este número? –Bien Rita. Contraatacá con una dosis de frialdad. Es un golpe bajo: él no está acostumbrado a que lo rechaces.

—Me lo dio tu hermano –¡Noooo! El único que no tenía instrucciones de no darle mi nuevo número a Martín porque no estaba cuando me fui va y atiende el teléfono. Mala suerte.

—Ah. Ok –No bajes la guardia. Que no te engatuse con su voz. Que tanto te gusta. Que tantas veces usó para hacerte feliz. No. Olvidate de eso, Rita. Su voz, que tantas veces usó para lastimarte.

—¿Y qué tal la nueva casa?

—Bien, estoy contenta.

—¿Tenés mucho trabajo con la mudanza? –¿Y vos te sentís solo de vuelta?

—Y… sabés cómo es esto.

—¿Querés compañía? –Sí. No. No. No. Vamos Rita, vamos que llegás. Es la última prueba. Si pasás, sos libre.

—No… gracias. En realidad estoy saliendo y vuelvo tarde.

—Ah, bueno, te llamo en otro momento…

—Dale… No. Martín, no me llames más. Chau.

Rita, que durante la conversación caminó por todo el departamento, nerviosa, cuelga el teléfono y se mira en el espejo del baño. Bien. Lo lograste. Se siente como la mierda pero está bien. Sabés que era lo que tenías que hacer, lo que querías hacer. Lavate la cara. Rita se enjuaga la cara con agua fría. Llamá a una amiga. Eso es exactamente lo que tenés que hacer ahora. Rita marca el número de su amiga preferida.

—Hola Lu, ¿qué hacés? ¿Bien? No, nada, estoy en la casa nueva, estoy en casa… Bien, linda, estoy feliz… Pero Lu…, Lu…, me llamó Martín. Sí, vení. Gracias. Quinto piso. Beso.

Y se sentó a esperar a que llegara su amiga. En un banco de la cocina, a fumar y estudiar el pulmón de manzana. Martín. No. Un balcón lleno de juguetes: un triciclo, una casita de plástico, una mesa con sillitas. Martín en mi casa conmigo en mi primera noche. No. Una mujer cuelga pantalones en un balcón, se apaga la luz de un baño y se baja una persiana.

Tan pronto pudiera, se compraría unos binoculares.

—¡Rita, me encanta! ¡Me encanta tu casa! –Lucía miraba todo con los ojos como platos, sin soltar el brazo de su amiga ni su cartera –. Pero no entiendo, si te mudaste hoy, ¿cómo tenés todo tan lindo ya?

—Es porque casi no tengo cosas… me falta traer algunas cajas pero va a quedar medio vacío por un tiempo. ¿En serio te gusta?

—Me encanta.

—¿Vivirías acá?

—¡Obvio, tonta! ¿Qué te pasa? Contame de Martín.

—Nada. Me llamó. Lo mandé a cagar.

—¿Pero tenía tu teléfono?

—No, se lo dio Ramón, que era el único que no sabía que no había que dárselo… es un pelotudo.

—¿Quién?

—¡Los dos! –y empezaron a reírse. Reírse de la desgracia propia era de las cosas que más les gustaba hacer.

—¿Pero qué hablaron?

—Nada, poco. Apenas oí su voz pensé que me moría, pero justo estaba pensando en la nueva etapa, mi nueva vida y la concha de la lora, y junté huevos y me dije: «Rita, el mundo es tuyo», tipo «Me gusta ser mujer…»

—¡Jaja, qué tonta!

—Pero me sirvió de verdad… Ofreció venir, casi dije que sí, después pensé en «Me gusta ser mujer» y le dije que no me llame más.

—¡Wow, Rita! ¿De verdad? ¡Eso es como un gran paso!

—Sí, un gran paso para la humanidad. Pero, bueno, me costó.

—No importa. Lo que importa es que lo hiciste. ¿Brindamos?

—¡Sí! Pero no tengo nada. ¿Vamos al chino o al bar?

—No, ¡es temprano! Empecemos por el chino y vemos a dónde nos lleva la noche.

—¡Al bar!

—¡Sí!

Lucía sacó la billetera de su bolso y Rita se puso su campera de cuero y chequeó que trajera llaves y un par de billetes en el bolsillo.

La tarde estaba cálida y ventosa. Iba a ser una de esas primeras noches de primavera en las que la gente siente la necesidad de salir a la calle y hacer revivir los bares de las esquinas poblando las mesitas de las veredas. Los árboles llenos de brotes, algunos ya repletos de hojas verdes y tiernas, las semillas de los plátanos volando por el aire y metiéndose en los ojos y entre la ropa, pidiendo ser sembradas, marcando el inicio de un nuevo ciclo, gritando que el invierno ya pasó y que ahora los días serán más largos, las noches más suaves, las voces más alegres. Rita sintió todo esto mientras caminaba por las calles que ahora le pertenecían, mientras pisaba los adoquines cuando cruzaba hacia el chino de la esquina de su casa, mientras hablaba con Lucía de mil cosas al mismo tiempo y se reían felices de estar vivas en ese momento del mundo, sabiéndose exactamente al comienzo de algo nuevo, oliendo que su aventura estaba por empezar, con la certeza de que no querrían estar en otro tiempo ni en otro lugar.

—¿Cerveza o vino? –preguntó Lucía.

—Vino.

—¿Una botella o dos?

—Llevemos dos para tener, pero tomamos una sola, que después salimos.

—¡Cierto! Si no, quedamos coma.

—Eso.

Eligieron además unas tostaditas, paté, papas fritas, queso y dos manzanas para armar una picada, y Rita aprovechó para comprar algunas cosas que necesitaba para su casa. Pagaron y volvieron al departamento, Lucía, tarareando la canción de pop chino que sonaba en el mercado.

La tarde se había convertido en noche y sólo quedaban unas nubes rosadas en el horizonte, el único vestigio del sol que ahora iluminaba otras tierras, otras casas, otra gente hacia el oeste. Rita encendió la luz de la entrada y una lámpara baja del living, dejaron las bolsas sobre la mesa de la cocina y Lucía destapó el vino y sirvió en dos vasos.

—Por tu nueva casa.

—¡Por nuestro futuro!

Y se sentaron en el piso entre almohadones, cerca a la ventana que daba a la calle. Encendieron dos cigarrillos y Lucía le preguntó a Rita cómo estaba.

—¿Por Martín?

—Sí…

—Bien, contenta. O sea, me siento un poco estúpida por haberlo mandado a cagar después de esperar que me llamara durante todo este tiempo. Pero es lo mejor, sé que es lo mejor. Me encanta estar con él, me encanta él, pero después, cuando no estamos juntos, cuando él se borra, todo es triste. En vez de sentirme enamorada, ilusionada, las mariposas, me siento una basura.

—Es que es un enfermito.

—Sí, ¿no?

—¡Ay sí, Rita! Te llama cuando se le canta, no te da nada nunca, es más, te deja como vacía. Y vos siempre estás para él. ¡Y él se aprovecha!

—Y los dos somos enfermitos… –dijo Rita un poco avergonzada.

—No, vos no. Vos sos mi amiga y vos te enamoraste. ¡Él es un tarado porque no puede tener una relación normal! Quiere tenerte pendiente y cuando estás pendiente no te da bola, pero te llama cada vez que se siente solo o está caliente. No da.

—No, es una mierda. Estuvo bueno mientras duró, pero si ya me deja mal, no da.

—Hiciste bien, te admiro por haberte animado. Pero ahora preparate porque va a empezar a llamarte todo el día. Se va a desesperar porque no está acostumbrado a que le digas que no.

—Sí. De repente le voy a resultar irresistible… ¡Quién hubiera dicho! –Y las dos se rieron.

—¡Brindo por eso!

Dos horas más tarde, Rita y Lucía habían terminado la botella de vino y se habían comido la picada. Estaban ordenando los libros en la biblioteca cuando sonó el teléfono. Rita atendió y la miró, pálida, a Lucía, que moduló un «no te creo» mudo. Rita permaneció unos momentos en silencio, dudando, y al final miró a Lucía a los ojos y, sonriendo, dijo:

—Martín, ya está. Date cuenta de que vos y yo no, nada, nunca. Vos no me querés, a mí esto no me sirve… No. No. Basta. No vas a cambiar nunca. Tenés un problema o directamente no te gusto. Aceptalo. Dejame tranquila. No me llames más… No, ahora no puedo seguir hablando y tampoco podés venir a casa. Estoy saliendo. No te importa a dónde. Y no me busques más. ¡Basta loco, no seas patético! –Y cortó. Lucía la miró atónita y Rita le devolvió una cara de loca y una risa maniática.

—Lu, necesito fumar.

—¡Yo también, me dejaste shockeada! ¡De dónde salió esta Rita!

—A veces hay que ser una perra para hacerse respetar –dijo muy seria Rita mientras sacaba una cajita de adentro de uno de sus bolsos–. Lo dijeron en una película. ¿Armás vos?

—Sí, dame. –Y Lucía se ató el pelo en una cola de caballo para que no la molestara en su tarea. Cuando el teléfono volvió a sonar, las chicas estaban bailando los mayores éxitos de Iggy Pop y cantando las letras a los gritos en el medio del living, demasiado ocupadas para atender.

—¡Amo mi vida! –gritó Rita.

—¡Sí, amo tu vida! –respondió Lucía, y a las dos les agarró un ataque de risa.

—Pongámonos lindas para salir –Y se metieron en el baño a revolver el maquillaje de Rita.

—¿Vos sabés cuáles son los colores de esta temporada? –preguntó Lucía mientras se miraba en el espejo. Y a Rita le dio tanta risa que terminó tirada en el piso.

 

Capítulo 2

Saludaron al portero con un beso y entraron al bar, atravesando la cortina de terciopelo bordó y pasando junto a la chica de las entradas que tenía una fila de siete turistas listos para pagar.

El bar era oscuridad, lucecitas de colores, vasos, camperas de cuero, humo de cigarrillos, brit pop, botellas, botas, brazos, noche, deseos, desilusiones, propinas, colillas, maquillaje y brillos. Esperanzas, carcajadas, soledad. Lucía y Rita atravesaron un mar de cuerpos y miradas hasta la mesa del fondo, donde estaban sus otros amigos. Un grupo colorido, literalmente, lleno de ropas peludas, brillantes, cuero de cualquier color y de todos los colores, aros y collares y mucho pelo. Este grupo de gente era del bar. Pertenecían al bar y el bar a ellos. Nunca se habían visto de día y nadie sabía ni siquiera de qué trabajaban los demás.

—¡Ritaaa! ¡Luuuu! ¡Pensamos que no venían! –saludó Puma, el más flaco de todos. Era el único hijo de un empresario hotelero, y si una noche de fin de semana no estaba en el bar, todos sabían que estaría tomando sol en Bali o paseando por Montmartre. No había destino en el mundo en el que la empresa de su padre no hubiera puesto un pie, y Puma no desaprovechaba lo que le había tocado. Eso sí, nunca veía a su padre, que era prácticamente un desconocido para él. Además estaba Felicitas con Angus, un vikingo que nunca se separaba de ella; Lolo con su novia de turno, que tenía más de cuarenta años y un cuerpo de bailarina, y Fran, la ameba del bar, que nunca hablaba pero se reía de todo.

Las chicas saludaron y se apretujaron en la mesa, una de cada lado. Cuando apareció Karen, la mesera antipática, Lolo le pidió cervezas como si fueran para él, pero eran en realidad para las chicas. Karen odiaba a las otras mujeres, y si ellas le encargaban algo, tomaba el pedido y nunca volvía. Por eso habían ideado el sistema: los varones llamaban a Karen, flirteaban un poco con ella, mientras las chicas miraban para otro lado o simulaban estar enfrascadas en una conversación, y cuando Karen se daba vuelta, los chicos les pasaban sus tragos.

Rita le habló al grupo sobre su nueva casa mientras Lolo y la bailarina se manoseaban sin pudor. Fran escuchaba demasiado atento, y Puma le acariciaba el cuello a Lucía, que miraba su pinta de guinness y se sonrojaba de a poco. En eso Prince empezó a cantar You Sexy Motherfucker y Rita saltó sobre la mesa y, seguida por Puma, se puso a bailar. Los dos se contoneaban y se agitaban al ritmo pegajoso de la música, y un par de nuevos en el bar los miraba de reojo. Eso era lo que no les gustaba del bar el sábado a la noche: había demasiados «turistas», como ellos los llamaban: los que sólo iban durante los fines de semana y no conocían ni al barman ni a las meseras ni a los dos porteros y pagaban sus entradas sin protestar. Y por eso se encontraban en el lugar cualquier noche de la semana, preferentemente miércoles y jueves. Y como eran parte del bar, y aunque no se conocieran fuera de él, todos sabían que podían ir solos, que siempre alguno de su grupo habría.

Cuando terminó su cerveza, Rita se levantó para ir al baño. Caminó los pocos metros que separaban su mesa de la cortinita de cuentas que marcaba el comienzo de los sanitarios y antes de llegar alguien la agarró de la mano y la hizo darse vuelta. Tuvo que levantar la vista para encontrarse con la cara del hombre que la había frenado, que era bastante más alto que ella.

—Hola –sonrió él con ojos de vampiro–. Soy Ramiro.

—Hola Ramiro… tengo que ir al baño. Me meo. ¿Puedo?

—¿Pero volvés? Volvé.

—Bueno, vuelvo –Rita se metió en el baño, y después de hacer pis constató que su delineador de ojos seguía en su lugar. Salió esperando encontrarse con Ramiro hablando con alguna otra chica, cosa que no le habría importado en absoluto. Pero no. Ramiro continuaba parado junto a la cortina, con su vaso en la mano, mirándola. Tenía pantalones de cuero negro, una camisa blanca como de otro siglo y botas de motociclista.

—Soy Rita.

—¿Querés tomar algo?

—Ya tengo ahí mis cosas con mis amigos –Ramiro miró en dirección a donde señalaba Rita y después volvió a mirarla a ella.

—Pero yo también voy a ser tu amigo. ¿Querés que vayamos con ellos o nos quedamos acá y tomamos algo? –Y señaló los bancos que estaban junto a una repisa que salía de la pared dorada.

Rita le avisó con señas a Lucía que se quedaba ahí y le sonrió a Ramiro, que levantó la mano llamando a la mesera. Pidió más cerveza y se sentaron en dos bancos, apoyándose en la repisa. Ramiro sacó un cigarrillo y le ofreció otro a Rita. Le dio fuego y después encendió el suyo.

—¿Entonces, Rita?

—Mmm. ¿Qué es esa pinta de vampiro?

—¡De vampiro! –Y Ramiro se echó hacia atrás mientras se reía–. Nos vamos a llevar bien vos y yo –Rita revoleó los ojos mientras daba una pitada y vio de reojo a Karen, que le daba las dos cervezas a Ramiro, como si fueran para él y Rita no existiera. Cuando Ramiro le preguntó a Rita qué le pasaba a la mesera, Rita negó con la cabeza y agarró su vaso.

—Por la noche –brindó Ramiro.

—Por la noche, Lestat –sonrió Rita. Y Ramiro volvió a reírse, esta vez un poco más fuerte.

Los dos hablaron durante media hora. Vampiros, bares, ninjas, excesos. Ramiro le contó que le gustaba leer a Anne Rice y mirar clásicos en cines destartalados. Rita le habló de su nueva casa y le dijo que acababa de terminar de leer Lestat el vampiro. Y que en su imaginación Lestat era igual a él, con la camisa blanca y el pelo largo.

—Yo soy un poco Lestat…., un poco romántico y otro poco cabeza dura.

—Por los vampiros románticos –dijo Rita mientras levantaba el vaso. En ese momento apareció Lucía con sus cosas en la mano.

—Hola… Nos vamos al Living. ¿Venís Rita? ¿Vienen?

—Sí –dijo Lestat–. Tengo la moto en la vereda, te llevo.

—¡Nos vemos ahí! –Lucía se despidió guiñándole un ojo a su amiga. Rita se rió y se puso la campera. Salieron a la vereda. Ramiro la llevaba de la mano.

—Vení –le dijo él. Y le puso su casco. Y su bufanda. Y sus guantes.

—Ey, me convertiste en muñeco de nieve, vampiro.

—Hace más frío en la moto. ¿Sabés andar?

—No, nunca anduve.

—Ok. No hace falta que te agarres de mí, pero podés si te hace sentir segura. Cuando doblemos, no hagas contrapeso. Acompañá el movimiento y disfrutalo. Subite.

Rita se sentó en la moto un poco tímida. El casco era pesado y tenía miedo de tirar la moto en su intento por subir. Le guiñó un ojo al portero que la miraba con cara de «mirá a esta piba con quién se va, con el vampiro del bar», y se dejó llevar.

Hacía más frío en la moto, era verdad. Ya no era una noche de primavera sino un retazo de invierno, y pensó que Lestat era bueno por haberla abrigado. Rita siempre se fijaba en si la gente era buena o no. Y por lo general no se equivocaba. ¿Cómo hacía? Había descubierto unas pocas categorías simples, que le parecían infalibles. Y si bien ahora Lestat le había caído bien por estar cuidándola, sabía que cómo la trataran a ella o a otros pares no era indicador de nada, porque siempre podía haber intereses de por medio. En cambio, estaba muy atenta a cómo la gente se relacionaba con quienes no tenían nada para dar a cambio: los viejos, los niños, los pobres y los animales. Y tuvo la impresión de que a Lestat no le iría mal en esas categorías.

Eran pocas cuadras hasta el Living, y cuando llegaron a Santa Fe Rita ya estaba cómoda en la moto, con la cara apoyada en la espalda de Lestat. El frío, el perfume del cuero, el suave ronroneo del motor, las miradas de los pocos que caminaban por la calle a esa hora, las lágrimas arrancadas por el viento, resbalándose de la cara por la velocidad y enjugándose en su pelo. Una vuelta hasta Marcelo T. de Alvear y al final parar en la puerta del lugar, pisar al bajar el sillón pintado en una baldosa y sacarse el casco.

—¿Y? ¿Te gustó?

—¡Claro!

Y Lestat se acercó un poco a Rita y le dio un beso en la boca. Ella lo olió mientras lo besaba: le gustaba su piel. Sintió sus movimientos suaves, sus labios carnosos, su lengua, sus dientes. Le puso una mano sobre el brazo, sobre la manga fría, y Lestat la rodeó con su otro brazo y la atrajo un poco más hacia él y Rita le acarició el pelo. Cuando se separaron, ella tenía la cara encendida. Se sonrieron. Se dieron la mano y subieron las escaleras, pasaron junto a la mesita que hacía de boletería y saludaron al chico de la entrada.

Esquivaron a dos chicas que pasaron corriendo hacia la zona de donde se escapaban los primeros acordes de Le Freak y caminaron al ritmo de Ah, freak out! Le freak, c’est chic, freak out! A Rita le encantaba ese lugar. Era una casa larga que de un lado tenía una pista de baile con música disco. Bolas de espejo, pantallas donde proyectaban cine bizarro, luces de colores, un homenaje al Studio 54. Y del otro lado, en la parte que daba a la calle, estaba el living propiamente dicho, la barra y una veintena de sillones de todos colores y estilos amontonados, otro DJ, y de este lado la oferta de música era más variada: desde brit pop hasta jungle, todo era posible. Ahora estaba sonando Song Two y Rita dejó a Lestat en la barra y se fue saltando hasta la esquina, donde le dio un beso al disc jockey estirándose por encima del pequeño mostrador que lo separaba de su audiencia.

—¿Viniste sola, linda? –le preguntó el DJ.

—No, con ese vampiro de la barra –y señaló con un dedo a Lestat.

—¡Con Rama!

—¿Lo conocés?

—Desde el jardín de infantes. ¡Ramiro!

Ramiro se les acercó y antes de darle un beso a Dani puso su mano alrededor de la cintura de Rita. «Marca territorio», pensó ella, y sonrió.

—No sabía que ustedes se conocían –dijo el DJ con una sonrisa.

—Nosotros tampoco –dijo Rita.

—Nos conocimos esta noche –aclaró Lestat.

—Ah, y veo que se llevan bien –se rió Dani.

En ese momento entraron los demás gritando y saltando, como si fueran los dueños del lugar. Los dos minutos se habían terminado y ahora Lucía y Rita se miraban mientras gritaban I get up when I want except on WEDNESDAYS! when I get ruuudely awakened by the dustman con un acento exagerado. Dani las miraba mientras le decía algo a Lestat al oído y los dos se reían. Puma y Feli saltaron sobre dos sillones, trepando por los respaldos, y apoyaron sus botas en la mesita que había en medio de los dos. Los demás se les unieron y Rita presentó a su nuevo amigo. Todos saludaron entre risas y Rita se puso en puntas de pie para decirle a Lestat que mejor ellos también fueran a dar una vuelta. Y sin decir palabra, él apoyó su cerveza en la mesita, la tomó de la mano y se la llevó por la escalera, caminaron unos metros hasta la esquina, cruzaron Paraná de la mano y siguieron hasta la entrada de una casa que estaba a oscuras. Fue ahí cuando Lestat la agarró de un brazo y la empujó contra la pared y volvió a besarla, esta vez un poco menos suavemente. Le recorrió la cara con las manos, después el cuello, después los brazos. Rita se separó un poco de él.

—Creí que salíamos a fumar.

—Sí, también, pero prefiero besarte –Y se quedaron en el zaguán un rato más, hasta que a Rita le dio un escalofrío y Lestat sacó un porro de su paquete de cigarrillos, lo encendió y caminaron hasta la esquina de Uruguay, donde dieron media vuelta y siguieron hasta el Living.

—¡Pensamos que no volvían! –saludó Puma levantando su vaso. Rita y Lestat lo ignoraron y se tiraron en un sillón a charlar.

—¿Tomás algo? –preguntó Lestat.

—En realidad tengo hambre… pero sí, dale, algo. Tomemos algo.

—¿Más cerveza? ¿Vino? ¿Un trago?

—¡Una coca! ¡Con hielo! ¡Y limón!

Mientras Lestat estaba en la barra, Lucía se escurrió de entre la gente y aterrizó junto a su amiga.

—¿Y? Contame.

—Nada. Buena onda.

—Te gusta la moto, ¡eh! –Y las dos se rieron–. ¿Y qué onda? ¿Vas a estrenar el colchón?

Lucía se rió más alto mientras Rita se ponía colorada.

Bailaban en una esquina de la pista disco, alejados de su grupo de amigos. Ramiro le acariciaba los brazos y para Rita la noche era pura sensualidad. La mudanza, el teléfono y Martín con todas sus cargas habían quedado lejos, muy lejos, cada vez más chiquitos, como el mundo cuando uno va desmayándose.

Salieron cuando el sol ya aclaraba las ventanas del living. La vereda estaba vacía: sólo había un chico vomitando en la esquina y el olor de la panadería que estaba por abrir. Ramiro apoyó una mano en la moto y con la otra le tomó el mentón a Rita.

—¿Te llevo a tu casa?

—Mmm…

—Dale, subite –Y se sacó su bufanda para envolverla otra vez alrededor del cuerpo de Rita.

—Te invito a desayunar –se decidió Rita–. Pero tenemos que comprar cosas porque me mudé hoy… ayer. Y no tengo nada.

Ramiro encendió el motor de una patada y fueron hasta una panadería que él aseguró estaría abierta. En el camino, Rita apoyó la cara en su espalda. Si los paraba algún semáforo, él le acariciaba los muslos. Después de comprar medialunas, cuando arrancaron hacia su casa, Rita se dejó llevar.

Cuando el sol ya amenazaba con asomarse sobre los edificios, se besaron contra un árbol y la piel de Rita brillaba blanca, como si estuviera iluminada desde dentro. Quince grados y las flores se abrían, aunque imperceptiblemente, en algún jardín, en alguna maceta de la cuadra. Si no hubiera sido domingo, a esta hora los porteros estarían mezclándose con los trasnochados, pero, como era domingo, los fieles de iglesia, listos para la comunión, con el repiqueteo apurado de sus zapatos, se cruzaban con los devotos de los afterhours que reptaban de una oscuridad a otra. Y mientras la ciudad se desperezaba, ellos se apoyaban en el árbol, Rita con la bolsa de la panadería en la mano, Ramiro con Rita en la suya. Entraron en el edificio.

______________

cecilia galli guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su cuento «Auf Wiedersehen!» fue seleccionado por la editorial Disculpe las molestias, para formar parte de su primera antología (que no fue publicada aún).

 

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

2 comentarios

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