Wednesday, 16th February 2011

La Revolución en un mosaico

Publicado el 03. nov, 2010 por Cuadrivio en Dossier

PRESENTACIÓN

La falta de creatividad, la improvisación, el despilfarro de recursos y una parafernalia mediática tan desmesurada como superficial han sido el distintivo de los festejos oficiales del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución mexicana. Ha habido, desde luego, esfuerzos –imperfectos, quizá, pero tangibles– por darle una mayor profundidad a las celebraciones: desde el programa Discutamos México hasta las loables iniciativas de diálogo y debate emprendidas por numerosas revistas e instituciones culturales y académicas. En uno y otro caso, sin embargo, ha sido la voz de los altos funcionarios y de los escritores, especialistas e historiadores más distinguidos la que ha prevalecido en este 2010 –es decir, las voces siempre escuchadas, siempre recurridas. Muchas han sido las ausencias notables en los festejos y debates, pero una de las más flagrantes es la ausencia de la voz de la juventud mexicana. En parte por indiferencia y en parte porque para los líderes políticos y empresariales de nuestro país los jóvenes parecen servir únicamente para vestir botargas o hacer de comparsas en mítines y sesiones fotográficas, la juventud –el supuesto «futuro» de la nación– ha sido poco menos que intrascendente.

Una de las premisas de Cuadrivio es reunir en un mismo espacio a plumas experimentadas y talentos noveles. En el dossier de nuestro segundo número hemos convocado a historiadores y académicos consolidados para reflexionar sobre la Revolución mexicana, pero, ante todo, hemos invitado a muchos jóvenes para que nos compartan la forma en que perciben la Revolución.

Nacidos en un México en el que, a diferencia del país en el que crecieron sus padres y abuelos, la Revolución había dejado de ser la fuente de legitimidad del gobierno y la política y la cultura estaban (y seguirán estando, gracias al impulso de las nuevas tecnologías) abiertas a toda clase de influencias extranjeras, los jóvenes del siglo XXI poseen ya todos los elementos para evaluar uno de los acontecimientos fundamentales de su historia contemporánea. Lo que presentamos al lector (un «mosaico» integrado por pequeños párrafos en donde chicas y chicos exponen su visión de los hechos) no es, siquiera remotamente, una muestra representativa de la juventud mexicana, ni aspira a serlo. Nuestros invitados son, en su mayoría, jóvenes universitarios y profesionistas que no alcanzan la treintena de años y, como se sabe, sólo un tercio de la juventud en México tiene acceso a la educación superior. Este mosaico sí representa, en cambio, un primer acercamiento a lo que piensan los presentes y futuros intelectuales de México, en el sentido que Gramsci dio al término «intelectual»: aquel que posee la capacidad dirigente y técnica para organizar instituciones y generar consensos en el seno de la sociedad civil. En otras palabras, este ejercicio de conjunción no llena el hueco que ha quedado en los festejos patrios, pero sí quiere contribuir a subsanarlo.

Como no podía ser de otra manera, las opiniones y puntos de vista contenidos en los siguientes párrafos divergen y presentan una variedad de percepciones más o menos evidente. Domina en ellos, sin embargo, cierta sensación de desencanto y recelo respecto a la Revolución, suspicacia que, a su vez, da paso a algunas inquietantes tendencias que, esperamos, despierten en nuestros lectores el interés por seguir indagando en el espíritu de la juventud y lo inciten a extraer sus propias conclusiones.

­—CONSEJO EDITORIAL DE CUADRIVIO

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LA REVOLUCIÓN EN UN MOSAICO

En completa soledad

La Revolución mexicana: sangre malgastada, pólvora fraternal, grietas en el corazón de las fértiles tierras, hogares deshabitados, vías del tren rotas, desarraigo, soberanía y detonaciones por doquier, sombreros al aire, tequila y mezcal en las venas, el triunfo momentáneo, el dictador, los fracasos cotidianos; ideales de una nación fragmentada, caudillos y ficciones, poder y burocracia, educación analfabeta, las decisiones constitucionales, las leyes de unos cuantos; indiferencia, desigualdad, falta de unión, regresar inevitablemente al mismo punto, sin transformar nada, sin trascender, en completa soledad.

Adrián Schleske (Ciudad de México, 1980). Periodista, poeta, narrador y corrector de estilo. Ha publicado poemas en el Periódico de Poesía de la UNAM. Gracias a El extranjero, de Albert Camus (su escritor favorito), incursiona en la literatura. También es un ferviente seguidor de la literatura rusa: Púshkin, Gógol, Lérmontov, Goncharóv, Túrgueniev, Korolenko, L. Tolstoi, Dostoyevski, Chéjov, Búnin, Andréiev, Kuprín, Gorky, Babel, Petrov, Ilf, Shólojov, A. Tolstoi, Pasternak, entre otros.

Revoluciones

Francisco I. Madero, Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Francisco Villa y Álvaro Obregón fueron protagonistas de la Revolución mexicana. Durante el periodo presidencial del último, José Vasconcelos, un gran político y filósofo mexicano, fundó la Secretaría de Educación Pública (SEP) en 1921, organismo mediante el cual llevó a cabo una extensa edición de textos clásicos, inauguró bibliotecas por todo el país, e implementó una serie de misiones culturales, por enunciar sólo algunas de sus acciones más relevantes. El autor de La raza cósmica y Ulises criollo también participó en el proceso revolucionario, pero sus mayores logros llegaron años después, como secretario de educación, y antes como rector de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), para la cual creó, en 1920, el lema todavía vigente de esta casa de estudios: «Por mi raza hablará el espíritu». Sin duda, Vasconcelos fue un protagonista y revolucionario que creó y modernizó instituciones sin la bandera de la violencia. La Revolución mexicana, más allá de sus dos objetivos principales: apertura democrática y justicia social, logró en lo educativo y en lo cultural un enorme cambio. A 100 años de distancia, es tarea de nosotros mantener a instituciones como la SEP y la UNAM modernas, vigentes y exitosas.

Andrés Ordorica Espinosa (Ciudad de México, 1988) estudia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La Revolución mexicana ilustra cómo las guerras sólo sirven para dejar miles de muertos y un cambio sobre quién ejerce el poder. Enarbolando diferentes ideas, como la sucesión presidencial, en un inicio, y posteriormente la reivindicación de los campesinos en el sur, así como los derechos sociales y garantías individuales plasmadas en la Carta Magna de 1917, se demuestra la violencia e inestabilidad que causó el vacío de poder, el cual tuvo que ser aplacado mediante la creación de instituciones, pero principalmente de una figura autoritaria que –en la práctica– tenía todo el poder: el presidente federal.

Así es como comprendemos que el cambio de poder no implica necesariamente una mejora en las condiciones de vida a largo plazo, pero sí la creación de un nuevo sistema que pueda mantener la paz y el orden social a costa del sacrificio de todo lo demás. Por ello, los hombres deben aprender que si ellos mismos no se ayudan, nadie más lo hará.

Angélica Isabel Barrera Nava (1987). Estudiante de la licenciatura en Contaduría de la Facultad de Contaduría y Administración, UNAM.

La Revolución mexicana resultó un potente prólogo para mi generación. No me significa más porque no arde en mí el fervor patrio que otros han heredado o con el que algunas instituciones políticas y económicas han traficado hasta nuestros días. La identidad mexicana del siglo pasado está marcada fuertemente por esa revolución. Agradezco que México haya sabido obtener una fuente fértil para su arte e historia. No obstante, el 2000 comenzó con una cara de extravío y fracaso, con sangre y destrucción por la batalla de los federales contra el crimen muy bien organizado. Yo quiero otra revolución, una distinta: no bélica, sí creativa. Quiero hacer lo que muchos han comenzado ya: escribir un capítulo generacional para esta novela con base en la imaginación, honestidad, inteligencia y la fuerza de la responsabilidad. Educación revolucionaria, libre, de vanguardia y para todos. Empleo competitivo. Transparencia y rendición de cuentas. Democracia plena. Quiero que México re-evolucione en la legalidad.

Ignacio Lozano es conductor en W Radio y columnista de Publimetro.

La Revolución mexicana no cumple 100 años. Vive mientras lo queramos. No tiene nada que ver con política. En el inicio del siglo XX, significó el establecimiento de lo mexicano. Sin embargo, México y nuestra identidad no se decretan inmutables porque se firmen acuerdos y constituciones. Restringirla a un solo evento político nos aleja del sinfín de posibilidades de lo que puede llegar a significar. No obstante, este evento histórico presenta una ocasión de reflexión a nuestro ayer y hoy para procurarnos un futuro mejor. O un futuro siquiera. Exige una acción y reacción a nuestra problemática, nos exige impulsarnos juntos para llegar a las estrellas. Es un trabajo constante. Es no tener miedo de encarar el lunes después de la fiesta del fin de semana. Creemos todos la Revolución mexicana. Revolucionemos el arte, la ciencia, nuestra identidad, la pasión por las cosas. Soñemos.

Christopher Olivares Martínez (1988). Estudiante mexicano en las carreras de Ingeniería Química y  Letras Francesas de la Universidad de Arizona, EU.

La Revolución mexicana es trascendente en el estricto sentido heroico de sus protagonistas, nada más. Nos los vendieron muy bien en los libros. Un soneto de los años 30 que me topé por casualidad asegura: «las revoluciones vienen, las revoluciones van, y los indios nunca tienen pan». Tan cierto como la hombría de Zapata. Por eso, 100 años después me caen tan mal los historiadores. Ensuciaron mi memoria para que tuviera fe. Tan esperanzado sigo que espero con ansía otra revolución, pero como la del 68.

Diego Armando Arellano (1984) estudió periodismo en la Universidad de Colima. Se integró al taller literario de José María, la Foca, en la ciudad de Toronto. Actualmente hace periodismo para el periódico El Juglar.

«México es más que una independencia y una revolución, más que un grito ahogado en sangre y una batalla histórica, más que el pasado que lo constituye y la nostalgia sentida por el dolor de las guerras ganadas y perdidas. México revolucionado es un día a día, un motín de anhelos y voces, somos todos y cada uno desde nuestra fortaleza. Revolución de sueños en nuestras manos, la constante lucha por ser más que una historia, la rebelión por trascender limpiamente en la fe de los niños que formarán las alas de México, la oportunidad final de tomar nuestra libertad por la que 200 años hemos luchado. México revolucionado es la pregunta personal que nos exige a gritos un compromiso por devolver a nuestra tierra, a nuestra gente, a nuestra vida, algo de lo mucho que se nos ha dado. México levantado es Teotihuacan, Quetzalcóatl, una hermosa bandera meciéndome al viento de esperanza, Jaime Sabines, Tlatelolco, la mariposa monarca».

Emilia Medina Tovar (Guanajuato, 1981). Ingeniera Bioquímica del Instituto Tecnológico de Celaya. Participa en el taller literario independiente Tormenta en el tintero de Celaya, donde actualmente colabora en la publicación del segundo libro en los géneros de poesía y cuento. Participó en el Día Internacional de la Poesía 2010 celebrado en Celaya con la lectura de sus poemas «Fragmentos».

La Revolución mexicana fue un suceso muy importante para nuestro país, ya que dio libertad a muchas personas para expresar sus necesidades y sus pensamientos; para decir lo que les parecía o no, para exigir y, al mismo tiempo, aportar nuevas ideas al gobierno. Yo pienso que las personas de aquel entonces tenían muchas inconformidades y fueron valientes al demandar al gobierno y pedir lo justo. Esto incluye el rol relevante y trascendental de las «soldaderas», debido a que ellas eran las que curaban a las personas que resultaban heridas durante la revolución. Para mí fueron importantes porque le dieron un giro completo al papel de la mujer en México, puesto que en esa época era muy común el machismo. Sin importar lo que pensaran los hombres, ellas salieron a defender sus ideales, aunque esto implicara cargar con un arma y pelear en asuntos del gobierno. Así fue como las mujeres dieron un paso importante para que el género femenino empezara a tomar sus propias decisiones.

Erika Janeth Cid Romer (1992). Le gustan las humanidades y las artes; leer y escribir. Estudiante de Ciencias de la comunicación en la Universidad La Salle.

La Revolución mexicana, el fin de la germinación de cientos de ideas que bullían en el país fomentadas por los avances en decenas de campos durante el Porfiriato, provocó un cambio que puede ser visto como cíclico. Los campos retrasados, el envejecimiento de una clase gobernante, las nuevas ideas propuestas y deseosas de ponerse en práctica; todo esto que se  desarrolló y cambó en medio de un conflicto armado es nuestra verdadera revolución. Con vuelcos de continuo, cambios en las alianzas, nuevos caudillos, líderes caídos, el legado de esta lucha sigue impactando con manifestaciones tan oficiales como el Partido Revolucionario Institucional (PRI) o el de la Revolución Democrática (PRD), así como con frases caras al corazón de algunos que gritan: «¡Zapata vive, la lucha sigue!». Con todo ello el fin de la revolución, si es que hay alguno, fue una decisión pragmática: la unificación de los grupos en un partido estatal y el cumplimiento de algunos de los grandes objetivos dejando otros de lado.

Jorge David Alvarado estudia Actuaría en la UNAM.

La Revolución mexicana es un proceso inconcluso en la realización de sus objetivos, los cuales fueron profundamente desvirtuados. Este distanciamiento y manipulación del concepto explica algunas de las causas de las crisis políticas y sociales que ha vivido el país después de 1910; por ejemplo: haber mantenido un régimen, sus prácticas antidemocráticas y políticas erradas durante siete décadas, prácticas que desafortunadamente siguen vigentes y arraigadas aun con la alternancia política. Considero a la revolución una etapa más de la historia de México, la cual inspiró diversas posturas y expectativas políticas, sociales e incluso culturales  –la novela de la Revolución mexicana, por mencionar un caso–; algunas de éstas fueron acertadas; tal es el caso de las hoy casi olvidadas misiones culturales. De esta forma, vemos cómo los objetivos de tierra, libertad y democracia se fueron olvidando a lo largo del siglo, aun cuando en el discurso histórico y político se hablara de ellos.

Luis Ángel González Flores (Ciudad de México, 1984). Licenciado en Ciencias políticas y sociales. Actualmente se desempeña en las labores de corrección y redacción.

Si fuera posible describir a la Revolución mexicana con una sola palabra ésta sería, indiscutiblemente, la palabra mito. Y es que, dejando de lado la eterna polémica acerca de si ésta cumplió o no con los objetivos que le dieron origen, habría que destacar, como un aspecto fundamental de esta revuelta, la imagen que de ella –y de sus protagonistas– tiene la mayoría de los mexicanos, aun aquellos que reniegan de la historia oficial: la de una lucha heroica que se esforzó en conquistar la democracia para México y en otorgar a los campesinos y obreros los derechos que históricamente se les habían negado. Vista desde esta perspectiva, la Revolución mexicana se convierte en una especie de mito fundacional del México contemporáneo, del mismo modo en que Ab urbe condita de Tito Livio lo fue para el Imperio romano: uniendo lo verídico con lo ficticio para tratar de crear una «historia» que le dé identidad y sentido de pertenencia a un pueblo.

Luis Ernesto Montiel Silva es estudiante de la licenciatura en Literatura Inglesa en la UNAM.

La revolución fue sin duda el contexto que enmarcaba la situación del país: México también se reformaba. Al igual que Rusia, abolía el antiguo régimen y, por medio de la lucha, transformaba o quería transformar el autoritarismo en libertad, concepto tan difícil en nuestro devenir histórico. Desde mi punto de vista, las guerras civiles son las peores para las naciones, y esta revolución no fue la excepción. Considero a este movimiento como ineludible, ya que se desarrolló por la noble necesidad de ser libres; sin embargo, muchas vidas se perdieron. Sin querer parecer romántico, estas vidas se sacrificaron por ideales, pues éstos son el motor que impulsa las mentes, el empuje que lleva al cambio. Gracias a este movimiento la sociedad mexicana del siglo XX ingresó en una etapa aún más moderna e industrial que permitió la transición al mundo que conocemos.

Luis Huitrón (ciudad de México, 1988). Estudió Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Trabaja como restaurador de arte de vez en vez. Apasionado de las iglesias y algunas otras construcciones.

El anhelo

Como todo animal, el humano tiene un instinto feroz que se desata cuando se siente agredido, marginado, violentado o cuando presiente que se encuentra en peligro de perder aquello que más valora: su dignidad y su vida. Dicha intuición se hizo presente en una sociedad que fue «enjaulada» dentro de una dictadura al mando de un personaje, que para muchos, simbolizó la existencia de un villano al frente de un país y, para otros, la presencia de una figura política de gran importancia: Porfirio Díaz. El pueblo mexicano se cansó e hizo notar su descontento a través de palabras de violencia, las cuales eran imposibles de pronunciar a través de esos labios llenos de rabia; por lo tanto, se hicieron presentes en el sonido de las armas, en el filo de los machetes y, sobre todo, en sus entrañas. Un pueblo capaz de arriesgar su vida por el anhelo de sentirse libres dentro de la tierra que los vio nacer y que los vería morir.

Mauricio Cortés es estudiante de la licenciatura de Estudios y gestión de la cultura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus intereses son la filosofía, el arte, la crítica y la literatura. De vez en cuando gusta de escribir crítica, reflexiones o poesía. En pocas palabras, su vida son las humanidades.

En la búsqueda por un cambio urgente ante la situación opresora que se vivía dentro del país, fue necesario no sólo levantarse en armas, sino también luchar por cambiar la forma de pensamiento; esto incluía una revolución en los medios de conocimiento: la filosofía, las artes, el periodismo, la ciencia y la literatura. La Revolución mexicana permitió y demandó la formación de instituciones de carácter científico. Los protagonistas de la formación de éstas quedaron igualmente reconocidos como personajes contribuyentes de una revolución inconclusa a pesar de que, durante el proceso de esta revolución, se evidenció la falta de participación de los científicos. Las instituciones científicas que dejó este movimiento son de gran importancia para el país hoy y el reconocimiento que se le hace de la formación de estás es poco, por lo que me cuestiono si este movimiento fue inconcluso en su totalidad o sólo en una parte.

Melba Aguilar Ruiz (ciudad de México, 1986). Estudió Biología en la Facultad de la UNAM. Ha participado en proyectos del Instituto de Biología así como en el Instituto de Ecología. Su área de interés y estudio es la botánica, donde su pasión por las cactáceas es evidente.

«A este país se lo está llevando la chingada», «cada día estamos peor en este pinche país» son frases que escuchamos casi a diario, dichas por mexicanos que, al hablar, lo hacen desde una condición extranjera, impersonal… ¿Qué tal si reformuláramos las frases y diéramos un sentido de pertenencia al objeto oscuro de nuestra crítica? Tal vez diciendo: «A nuestro país se lo está llevando la chingada» o «la corrupción en mi país es incontrolable». Este sencillo ejercicio podría ayudarnos a entender que los problemas  «del país» son nuestros. Que el problema no está en el allá lejano, sino en el aquí, cerca de nosotros, casi al lado. 100 años después persiste esa distante cantaleta de que la Revolución mexicana no ha terminado «de hacernos justicia». Empecemos nosotros mismos a hacerla nuestra (y no en un sentido estricto de las palabras), apropiándonos de nuestro país y sus problemas. Éste puede ser un primer paso para hallar las soluciones colectivas que necesitamos.

José Manuel Azpiroz Bravo (ciudad de México, 1980) es consultor político. En 2009 contendió por una diputación local en el Distrito Federal con el Partido Socialdemócrata.

¿Revolución o reforma política?

En la historiografía tradicional, la Revolución mexicana fue la primera revolución social acaecida en el siglo XX, lucha organizada por y para el «pueblo». Su causa: hondas desigualdades sociales y económicas entre las clases paupérrimas y la élite porfiriana. Su finalidad: la aniquilación de las estructuras vigentes en la época en pos de justicia e igualdad. Esta interpretación idílica y romántica dista mucho de la realidad. La revolución, mito fundacional del México moderno, obedeció a pugnas políticas entre las propias élites porfirianas favorecidas o ignoradas por el régimen más que a demandas sociales. Innegables son sus consecuencias a largo plazo, pero si su intención era consolidar la voluntad del «pueblo» en instituciones gubernamentales emanadas de la misma, ¿cómo explicar el movimiento cristero, el presidencialismo, el 68, y actualmente, el abandono del campo, el rezago educativo, los empleos sin seguridad social, las políticas fiscales benévolas con el gran capital pero de exacción constante con el pequeño contribuyente?

Melisa Martínez Maravilla (Ciudad de México, 1984). Egresada de Estudios Latinoamericanos; actualmente es profesora de Humanidades.

Ante la pregunta: ¿Qué significa la revolución para mí?, supongo que debo hacer la diferencia entre la palabra y el suceso que aconteció en 1910. Y digo esto porque pienso que los mexicanos, en general, no tenemos una idea precisa (a veces, ni siquiera una idea) de lo que es una revolución, de lo que implica revolucionar un estado de cosas. Después de 70 años de dictadura simulada en los que un partido desde el poder determinara que México era siempre el mismo, ahora, con casi seis años de una continuidad, se esconde bajo otras siglas partidistas; la palabra revolución es un vocablo ajeno para varias generaciones de coterráneos. Respecto al suceso de 1910, éste se transformó en un tema obligado dentro un libro de historia, en una mole arquitectónica ubicada en un lugar de la megalópolis (un edificio incompleto); incluso es una estación del metro; y ahora, después de ver los festejos del pasado 15 de septiembre, tal vez se convierta para nuestros niños en un número más del Cirque du Soleil. Uno nunca sabe en qué deviene la historia.

Rosa de los Santos Lau (Ciudad de México, 1970). Economista renegada, filósofa heideggeriana por convicción. Diletante, cinéfila, lectora obsesiva y escritora ocasional.

Uno no ama su patria porque sea grande, sino porque es suya.

—Séneca

Hay en la patria una dimensión tremendamente íntima y personal. Más allá de la turbulenta construcción del país y la historia de bronce que se ha tejido alrededor de ella, de las batallas perdidas y los héroes inventados, el país está en el corazón de quienes lo formamos. Lejos del aniversario de la independencia o la revolución, para mí México es el gesto de mi padre cuando nos decía que nos paráramos al escuchar el himno, Mujeres divinas, el chocolate de El Moro, los colores del mercado de San Juan, a mi abuelo comiendo ate de membrillo, Muerte sin fin. ¿Dar la vida por la patria? Quién sabe. Sólo si, como lo dijo Emilio Pacheco, «la patria es cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas y mi ciudad deshecha, gris, monstruosa».

Isabel Zapata (ciudad de México, 1984) es poeta. Estudia la maestría en Filosofía en The New School (Nueva York).

Estoy convencida de que la revolución es un mito. Me refiero a la idea común e idealizada que se tiene de ésta y que nos enseñan en la escuela, cuando recitan con fervor religioso los supuestos derechos por los que se peleaba o las biografías de machos mexicanos de principios del siglo XX. Si bien, era urgente un cambio político dentro del país, encuentro poco mérito a una bola de malvivientes dedicados a saquear pueblos, violar mujeres que eran parte de un ejército o de otro porque no tenían nada que perder. Sé que estoy siendo injusta con esa minoría que peleó con conocimiento de causa, comprometida con el movimiento, pero lo que he escuchado de boca de mis abuelas son relatos terroríficos donde sólo quedaba correr a esconderse porque venían los revolucionarios que robaban muchachitas. Ni qué decir de todo el show calderonista que han venido armando, como con el mundial, me tiene fastidiada.

Ximena Alcalá (ciudad de México, 1986). Estudia Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su interés principal son los estudios de género y la lingüística. Se confiesa coleccionista de diccionarios.

El 20 de noviembre es cumpleaños de uno de mis amigos, ¡al menos tengo algo que festejar! Porque si bien la revolución cumplió con el objetivo de derrocar un gobierno autoritario y estancado, falló en cumplir con el más trascendental: disminuir la desigualdad social y económica en México. En su lugar, heredamos otro gobierno autoritario que operó durante muchos años y se estancó en los últimos. Al final, parece que la revolución nunca pudo terminar. Hoy se sigue estigmatizando la reelección y la privatización; se niega la globalización y la diversidad; se defiende el nacionalismo y el petróleo, y se menosprecia la educación, el empleo y la agricultura. La lucha por el poder (democráticamente adquirido, por supuesto) mediante alianzas, traiciones, corrupción y manipulación, se exhibe en un espectáculo conocido como política mexicana, y se olvida al pueblo, dejándolo a su suerte, entre la violencia de esos otros que también pelean por el poder.

Abraham Vega Flores (1983). Es maestro en Tecnologías de la Información por la Universidad Anáhuac.

En pleno centenario de la Revolución, los ánimos de gran parte de la sociedad mexicana están enfocados en dirección opuesta a la deseada por el gobierno federal, que quiere presentar a nuestro país como una nación democrática y defensora de la justicia social. Diversos círculos de académicos e intelectuales consideran que la democracia es un sistema que, hasta nuestros días, no ha terminado de consolidarse como modus vivendi para la mayoría de los mexicanos; y, al igual que Francisco I. Madero en la época porfirista, señalan que la justicia, en vez de impartir su protección al débil, sigue siendo una forma de legalizar los despojos que cometen los fuertes. Aun cuando el régimen democrático mexicano ha establecido un conjunto de garantías tales como las elecciones libres y el pluralismo político, también es preciso subrayar que éste ha sido lo suficientemente inoperante a la hora de combinar la ley de la mayoría con el respeto a las minorías. Por ello, es posible establecer que la nuestra fue una revolución inacabada.

Carlos Enríquez (1989) estudia Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Una de las consecuencias del triunfo de la Revolución de 1910 fue la transformación profunda del campo cultural en México, no sólo por los términos en que el poder y los intelectuales convivieron en el espacio público, sino por la aparición misma de éste espacio público en su forma más amplia. La edad de los periódicos y los abogados. Así ocurrió la original alquimia entre el intelectual y el funcionario público. Una pléyade de poetas de esa época sacrificó los versos para ejercitarse en  la pedagogía, la agronomía o el derecho internacional, las necesidades de la patria, con el único propósito de «instaurar el buen poder, la obra de beneficio colectivo, imponiendo a la realidad cruda y bronca de la Revolución la sublime y ordenada de la ética absoluta y la técnica». Los hijos de la clase media venida a menos se convirtieron en los hechiceros, los sabios de la nación: la sofocracia, como viciosamente se llamó a esta generación. Por esto exigieron tanto, por eso la falta fue tan magnífica.

Héctor Flores (Ciudad de México, 1987) estudia Ciencia Política y Administración Pública en El Colegio de México.

Cien años ya del inicio de la Revolución Mexicana; un siglo ya desde que personajes de diversos estratos buscaron cambiar el rumbo de una sociedad, de un pueblo, de una nación. Una revolución recordada por la lucha por la tierra, los telegramas secretos, las intervenciones hostiles, los asesinatos cobardes, las invasiones extranjeras, entre otros eventos. Un movimiento donde las jerarquías dependían de las ideologías de sus caudillos, mismas que en un momento convergieron ante un enemigo común y que luego, tan pronto como lograron la victoria sobre el contrario, se dispersaron para seguir con sus luchas heterogéneas, que pasaron de lo físico a lo político, de un terreno militar a un escenario institucional y de la lucha unida a la lucha individual. Una revolución que irónicamente terminó por olvidar sus causas primigenias, y que aún hoy, en los albores del siglo XXI, sigue sin lograr aquel cambio anhelado. 100 años de revolución sin conclusión.

Iván E. Luna (1988) estudia Relaciones Internacionales en la FES Aragón, UNAM.

Considero que la revolución mexicana fue uno de los peores errores que se han cometido en este país, ya que acabó con el gran desarrollo económico y la modernización que se lograron durante el porfiriato. Además, a partir de entonces se fomentó, entre otras cosas, una política para «repoblar» el país, lo que a la larga ha agravado los problemas de sobrepoblación que actualmente se sufren en varias ciudades de la república. También es cierto que había injusticias y que la democracia no existía, pero en esa época la mayoría de los países, incluido Estados Unidos, se encontraba en condiciones similares con respecto a la justicia. Para alcanzar la democracia y lograr una genuina transformación, hubiera sido más conveniente esperar la muerte de Díaz y aguardar un cambio pacífico, que llevar a cabo una guerra de casi 20 años que ocasionó un retroceso en materia de desarrollo e instaló otra dictadura en el poder.

José Andrés Romano Salinas (1988) estudia de Ciencia Política y Relaciones Internacionales (CIDE).

Quizá, desde el pasado Bicentenario y en vísperas del Centenario, sería importante reflexionar un poco acerca de la posibilidad de hacer una celebración consciente; tal vez suene trillado, pero no me preocupa, porque lo considero relevante. Celebrar un acontecimiento histórico tan trascendente debería consistir, en mi opinión, en hablar acerca del Congreso Liberal Nacional, de Juan Sarabia y de Ricardo Flores Magón (que no son sólo nombres de calles), quienes procuraban la revolución del orden social existente basado en los privilegios otorgados al clero y otros sectores poderosos. Hubo un egoísmo generalizado que permitió a la revolución tomar fuerza, y cada estrato social halló su lugar en el movimiento: los empresarios nacionales intentaron desplazar a los extranjeros, en tanto que los campesinos pedían tierras. Cada cual expresaba lo que necesitaba, y lo exigía, y tal vez sea esto último la característica básica de la revolución nacional: la exigencia de una mejora en las condiciones de vida. Es mejor morir en pie, dijo Zapata, que vivir de rodillas.

Omar Salamanca (1991) estudia Derecho en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE).

Leí en la viñeta de un cómic mexicano noventero: «el orgullo de la raza ya aprendió a moverse a gatas». Me parece una afirmación aplicable desde entonces hasta estas décadas del nuevo milenio; sin embargo, aún ahora, esa resignación no quita el mal sabor de boca. Cualquier joven puede notar nuestra carencia de elementos para presumir que somos el pueblo maduro, autónomo y asertivo que se supone construirían nuestras dos grandes rebeliones, pero para compensar estas faltas, demostraremos que festejamos como nadie; de cualquier manera, cuando el centenario pase, podremos sumergirnos en una gama de imágenes, proyectadas en distintas pantallas, sin que sea necesario prestar atención a la que muestra al hombrecito en las noticias, enojado porque su juego de «guerritas» no salió como pensaba.

Acitlalli Chávez Rodríguez (1988) Estudiante de Comunicación y periodismo en FES Aragón.

Al ver un documental y escuchar los testimonios de los pocos sobrevivientes que dejó aquella revolución mexicana, de la cual hasta ahora no hemos tenido resultados, me pregunto si acaso la sangre derramada y los sueños de estos hombres, mujeres e incluso niños, a los que se les prometió Tierra y libertad, es valorada o por lo menos recordada por muchos de nosotros. No reconocemos, por ejemplo, a los personajes que iniciaron el movimiento, como Francisco I. Madero, que con su Plan de San Luis llamaba a tomar las armas contra el gobierno de Díaz el 20 de noviembre de 1910. Posiblemente los más populares sean José Doroteo Arango, mejor conocido como Pancho Villa, y Emiliano Zapata, quienes se han convertido en figuras míticas por el papel que les tocó desempeñar, o por autores como Paco Ignacio Taibo II, que los ha resucitado en sus biografías narrativas.

Daniel Perales Valdéz (30 de Marzo de 1986) Estudiante de Comunicación y periodismo en FES Aragón.

Celebrar el centenario de la revolución mexicana es radicar en el reino de los muertos efímeros, ser el sobreviviente un poco aturdido de un mundo sepultado por los sueños de libertad de aquellos que desearon justicia y terminaron siendo opresores. Pues a pesar de su anarquismo y colectivismo resplandeciente, la lucha de los revolucionarios nacionales como Zapata, Madero, Carranza, Obregón, entre otros, significó la cimentación de un Leviatán dialéctico, tal vez surrealista, que liberó mientras aniquilaba. La revolución mexicana es una utopía al alcance de nuestras puertas, un lirismo libertario  de  opresión tiránica que con el pasar de los años reinventará su historia, dignificará a sus villanos y crucificará a sus héroes, ya que uno de los productos de este movimiento –por desgracia– fue la bipartición de la democracia aristocrática y la alternancia –tal vez simbólica– en el poder. Este hecho irremediablemente ha producido una memoria cambiante, pero sobre todo, ha cambiado la vida institucional, educada de golpe por debajo del mantel.

David Romero Tapia. Estudiante de Comunicación y periodismo en FES Aragón.

Revolución mexicana: hecho histórico que quizá comenzó o quiso comenzar. Villa, Zapata y Magón tenían un ideal y los mataron; les siguió Cárdenas, quien dio otro paso, pero después no hubo un cambio que cubriera los requisitos conceptuales del término revolución; intentos son los que se han vivido. Mexicanos al grito de pobreza, de hambre y miseria, buscando una vida mejor en otra nación, mujeres llorando, sangre en las calles, indígenas en extinción, escuelas que crean máquinas, un país deteriorado, un sistema egoísta; humanos que no cuidan de su raza, ni siquiera se respetan; letras que intentan decir la verdad, castigadas con el silencio; sueños y más sueños. Seguimos vivos y no por gracia divina. Somos parte de una mentira histórica. Sigo creyendo en la posibilidad de un cambio real; ojala que en el futuro, México pueda celebrar el día en que sí hubo una verdadera revolución.

Enrique Tristán. Estudiante de sociología en Fes Aragón.

La Revolución mexicana significó muchas cosas para la sociedad actual: para unos, erigió héroes revolucionarios; para otros, fue un hecho social, cultural y político que cambio al país, y para otros más, significó la presencia, la unión del pueblo ante un gobierno opresor que siempre actuaba en su propio beneficio. Lo que más resalta de este hecho social es que la participación del pueblo indígena no haya destacado tanto como la de los campesinos mestizos, a pesar de que los indígenas fueron el sector más explotado por la mano opresiva y devastadora del estado; a pesar de que en el sureste se perpetrar una gran matanza de yaquis, que fueron llevados a Yucatán por medio de mentiras para realizar trabajos forzados que los convirtieron prácticamente en esclavos. La Revolución, al igual que los grandes movimientos sociales que se han manifestado en el país, dejó en el olvido al sector más oprimido, a los indígenas.

Mireya Esparza Ibarra (1988). Estudiante de etnología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia

A cien años

Estamos parados a cien años de la Revolución mexicana y nos preguntamos qué hacer con ella. Junto con los festejos caricaturizados de nuestros gobernantes, están la desazón y las opiniones detractoras que dicen que todo está mal: ¡Que los políticos posrevolucionarios y posmodernos tienen la culpa de todo! Siendo sinceros y dejando de lado la auto-indulgencia, la verdad es que no merecemos nada mejor de lo que tenemos ni habrá tiempos mejores para nosotros los indiferentes… si de algo ha de servir el centenario de la revolución es para que dejemos de quejarnos y apaguemos los monitores de la enajenación. La lucha por un país más libre y más justo es una lucha diaria que no se trata de tomar las armas, sino de tomar conciencia, de una vez por todas, de que tenemos un presente que construir para que el futuro pueda ser nuestro. Si queremos un país mejor, debemos de construirlo, debemos salir a las calles a ganárnoslo, qué importa que nos tome otros cien años.

América Vera (1989) estudia Política y Administración Pública en El Colegio de México.

¿Centenario?

Toda la vida hemos vivido con la imagen de que nuestra revolución es importante. En la primaria nos hacían recitar las palabras clave del Plan de San Luis como si fuera el padre nuestro en el Medioevo: «Sufragio efectivo, no reelección». El gobierno «revolucionario» nos vendió una imagen de libertad, una estabilidad sustentada en la legitimidad de su procedencia: la lucha armada contra la dictadura… Sí, la lucha armada que también se llevó a estudiantes entre las patas aquel dos de octubre; la que lanzó al Ejército federal a Chiapas en 1994 a pelear contra otro que llevaba nombre de héroe revolucionario; la que predica el neoporfirismo sugiriendo «privatizar para vivir mejor»; la que lucha estancada para ganarle al narco, cueste lo que cueste… Tal parece que de la Revolución sólo quedan pedazos, miembros amputados que muestra una dictadura de decepciones en desfiles los 20 de noviembre, como el brazo de Obregón que hace tiempo se exhibía en la Bombilla.

Miguel Ángel Hernández Lobunsky (1988) estudia Historia en la UAM y trabaja en el Instituto Mora.

Emiliano Zapata es, tal vez, la figura más emblemática de la Revolución mexicana. Cada vez que pensamos en un «típico revolucionario» viene a nuestra cabeza la imagen del «caudillo del sur». Sin embargo, el movimiento zapatista, a pesar de haber aportado el elemento indígena a la Revolución, estuvo siempre al margen de la lucha nacional (concentrándose sólo en Morelos) y no representó un factor decisivo para que ésta saliera victoriosa. ¿No será que la Revolución mexicana fue menos popular y más elitista de lo que queremos o nos gustaría pensar?

Gabriel Morales Sod (1990) estudia Relaciones Internacionales en El Colegio de México.

La Revolución mexicana provino de un país que combinaba crecimiento económico con gobierno dictatorial. Hoy, supuestamente, vivimos en una «democracia», pero de lo que carecemos es de un verdadero crecimiento económico. Surgió porque las clases modernas –proletariado y clases medias– no tenían las instituciones que los representaran. Hoy existen las instituciones pero predomina la apatía y desinterés político. Nació de una alianza sui generis entre campesinos, obreros y clases medias. Una alianza social de este tipo es más que utópica. Las alianzas políticas entre los partidos, en cambio, son más reales que nunca. Finalmente, la Revolución nació porque México se cansó de un gobierno dictatorial que, aunque logró gran estabilidad y paz social en un inicio, terminó sufriendo por crisis económicas, estructurales y coyunturales. A 100 años de la Revolución, parece que hoy nos aquejan problemas tan distintos como similares. El problema es que, hoy, una revolución social, cultural, política o económica parece impensable en un país donde predomina la apatía.

Marcela Valdivia C. (1989) estudia Relaciones Internacionales en El Colegio de México.

Los mexicanos tendríamos que sobreponernos a la serie de taras que pesan sobre nuestra manera de relacionarnos con la explicación histórica para poder construir interpretaciones sobre el significado de la Revolución mexicana que respondan a las preguntas de nuestro tiempo. Me refiero a que no fuese sólo un esfuerzo por parte de aquellos valientes que estudian o se dedican a las ciencias sociales (¡sigan así muchachos!), sino algo que represente un paso adelante en términos de madurez histórica para los mexicanos en general. La Revolución mexicana es un ejemplo claro de que conviene profundizar en nuestra comprensión de los procesos históricos complejos antes de apresurar una postura. Tendríamos que trascender las interpretaciones de carácter maniqueo que sobrevaloran a los grandes personajes y a sus voluntades como trazadores del camino de la historia. Se trataría de generar un punto medio entre la Historia que se imparte en los niveles básicos y la que se trabaja de forma especializada en la academia. Sería en ese punto medio donde tendría lugar un cambio en la actitud histórica que estamos implícitamente expresando.

Andrés Luna Jiménez (1989) estudia Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

«Revolución» significa cambio. Es una ruptura profunda con el pasado, un proceso donde se toma distancia de lo anterior y se emprende un camino completamente diferente. La verdadera «Revolución», la que se escribe con mayúscula inicial, no busca una rotación en la élite gobernante, sino un cambio trascendental. No fue nuestro caso porque México tuvo una «revolución» con minúscula. En 1910 comenzó en manos de un hacendado y para 1919 era comandada por un terrateniente. Su gran fracaso fue no tomar distancia del pasado del que surgía. Lejos de marcar un cambio de rumbo, favoreció la continuidad de las prácticas excluyentes que cimentaron el régimen autoritario más largo del mundo. Porfirio antes, el PNR-PRM-PRI después. El gran fallo: la concentración de poder. El efecto perverso: la continuidad del autoritarismo. La gran esperanza truncada: un México de ciudadanos vigilantes, no conformistas, no tan pobres. México no tuvo una Revolución, sino una revolución.

David Antonio Maravilla Flores (1988) estudia Ciencias Políticas y Administración Pública en El Colegio de México.

La Revolución es uno de los hitos de la historia mexicana del siglo XX. Mostrando la eficacia de nueve años de educación básica e historia de bronce, muchos asumen que significó un cambio radical, casi el cambio por excelencia. Otros, muy «críticos», cuestionan su carácter revolucionario (entendido como cambio radical) y la ven como más de lo mismo. Yo difiero de ambas posiciones. La Revolución implicó, como la mayoría de los hechos históricos, algo de continuidades, pero también de cambios. Sin duda, aunque la Revolución acabó con el México porfirista, terminó creando un sistema de partido hegemónico, con poderes presidenciales metaconstitucionales, y con el predominio de la nueva y consentida burguesía mexicana. Pero también significó reparto agrario, reconocimiento de derechos laborales y sociales, educación pública y seguridad social. El significado de la Revolución va más allá de lo que puede decir un maniqueísmo pueril. Si queremos entenderla, debemos repensarla, tan compleja, contradictoria e imperfecta como fue.

Daniel Vallejo Ledezma (1986) estudia Relaciones Internacionales en El Colegio de México.

Sin sentido y sin razón

La llegada del centenario de la Revolución mexicana. ¿Festejar 100 años de libertad es como ser «Totalmente Palacio»? ¿O es más bien la forma de publicitar las hazañas «heroicas» y «sentimientos patrióticos» de una nación enajenada con el espectáculo adicta al halago y al olvido por dos días de derroche donde «todos» podremos ser revolucionarios o independentistas carentes de verdadera identidad nacional? La historia nos la relata el cuarto poder y nos llenamos de «poderío», de «sentido», de «orgullo» y de «¡Vivas!». Sentido de la dignidad por los mexicanos. Justicia. Nacionalismo y globalidad. Héroes publicitarios. Llamar la atención para exaltar el orgullo de una tribu rajada, como diría Octavio Paz. Al grito de: ¡Viva México! Un espurio nos termina de dar identidad… La ironía: ¿A 100 años qué coreamos? ¿Qué es México? Todo menos Revolución e Independencia y si las hay, viven aisladas, quizá cerca de Chiapas… pero eso sí, muy lejos del Zócalo.

Iván Tonatiuh Hernández Bernal (Ciudad de México, 1984). Licenciado en Ciencias de la Comunicación con especialidad en Publicidad. Realizador free lance de fotografía publicitaria, de teatro, danza, fotoperiodismo.

Inquietud retrospectiva

Hace unas semanas me entró la cosquillita por saber sobre la participación de mis ancestros en la Revolución, por ver películas westerns y por la propaganda del bicentenario. No logré encontrar mucho, sólo que un abuelo de nombre desconocido había peleado (nunca supe en que bando), no supe si murió en combate o si vivió; creo que éste no es sólo mi caso sino el de muchos otros que desean ver atrás y encontrar la participación de su estirpe en la historia. Aunque hubiese encontrado mayores referencias, no podría hacer mías las batallas que otros pelearon, como si hubiese sido yo quien apostó el pellejo. Más bien, están las batallas de nuestro presente, aquellas que no hemos librado aún. Tomar un momento para reflexionar, otro para conmemorar, pero nuestra disposición y tiempo para fijar un propósito personal deberá volverse colectivo. Una lucha para que las palabras no caigan en la tierra.

Jenety Echeverría. Escritor de fin de semana. Estudioso de la cultura audiovisual japonesa, fumador compulsivo, adicto a la cafeína y estudiante de Ciencias de la Comunicación.

¿Democracia?

La historia de México habla por sí misma. Las revoluciones van y vienen por la misma razón: injusticia social. Para nuestra desgracia, la desigualdad no tiene fin; la democracia no da marcha y la corrupción e interés de unas manos gobiernan el país. Por ejemplo, durante el maximato, Plutarco Elías Calles continuó influyendo políticamente en las decisiones de los siguientes tres presidentes. Hoy, esta cuestión se semeja en personajes de opinión pública, como: Emilio Azcárraga, Carlos Salinas de Gortari, Carlos Slim, entre otros. La Revolución mexicana buscaba democracia y dejó a más de un millón de muertos. En México, la democracia sólo es «electoral», pues no se han logrado rellenar otros aspectos de esta forma de organización, por ejemplo, la democracia participativa y la socialización de instituciones. ¿Faltará derramar más sangre para obtener lo buscado desde hace más de cien años?

José Carlos Oliva López (Ciudad de México, 1990) estudia Ciencias de la Comunicación en la UNAM. Agradece a espacios como Cuadrivio por «abrir parcelas de opinión para sus lectores, estudiantes y personas que hacen del conocimiento la materia prima para ser mejores individuos».

Repensar la Revolución

La Revolución mexicana no la podemos ver como un solo movimiento social, completamente conformado y con una sola directriz. El país, desde la Colonia hasta la actualidad se ha dividido de muy diferentes formas, desde las castas en el tiempo anteriormente referido, a las divisiones de carácter económico y político que se dieron después de la independencia y cuajaron durante todo el siglo XIX. La Revolución fue la máxima consecuencia de esas eternas divisiones, pero el mismo hecho no estuvo exento de tenerlas. La primera Revolución del siglo XX fue baluarte de los movimientos sociales en el mundo, pero no fue un movimiento unitario. Las luchas en el norte fueron completamente diferentes a las del sur; los hacendados por un lado y los peones por el otro. La herencia de la Revolución dio para un proyecto de nación vigente por poco más de setenta años; repensemos la revolución para encontrar uno nuevo.

José Cristóbal Rosiles Śledzik estudia Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha participado como ponente y moderador en diversos eventos culturales organizados por la Representación del estado de Chiapas en el Distrito Federal y por la Asociación Cultural Dr. Rodulfo Figueroa, de la cual es miembro.

Toda revolución moderna implicó una negación y búsqueda de superación. Ese pensamiento fue inherente a la religiosidad occidental que logró su evolución en la ciencia empirista. Ante la secularización del mundo, la razón destruyó la dimensión espiritual de la vida. El asesinato de dios no terminó con la creencia en el desarrollo. México, aunque cantó una oda a esa defunción, no escapó del progresismo. La reforma juarista transvaloró al indígena y al cristiano. El positivismo sustituyó la ideología liberal de un pueblo obligado a deificar normas democráticas universales. Sin embargo, esa ciencia trituró una identidad incompleta, en consecuencia,  la revolución sacrificó a los héroes nacionales para rencontrarse con su pasado. La trifulca de 1910 careció de ideología, por lo tanto, el movimiento armado tuvo que reconocerse a sí mismo para construir e institucionalizar un Estado-nación. La revolución desdobló el retorno a la mexicanidad inconclusa y emotivista [*].

[*] El concepto «transvalorar» proviene de la filosofía de Nietzsche. El concepto de «emotivismo», por su parte, proviene del estudio del estudio de Alasdair McIntre sobre los valores modernos. De ahí el calificativo «emotivista».

Alejandro Domínguez Uribe (Ciudad de México, 1988) es becario del proyecto de investigación «Enseñanza para el estudio de la historia de las revoluciones» en la UNAM.

¿Dónde está la Revolución? Pensé que podría escribir un párrafo acusando a la historia mexicana de cíclica, un párrafo justiciero que mostrara que la Revolución ya está extinta y que de ella sólo queda el recuerdo; pero algo así de simplista sería falso. La Revolución no es el gran cambio social que el régimen anterior defendía, ni algo que se deba olvidar como el gobierno actual pretende. La Revolución –como todas las guerras mexicanas– cambió la economía, destruyó infraestructuras, modificó el gobierno. A ella le debemos una revolución socialista antes de la Revolución socialista y privilegios sociales (desde hospitales públicos hasta becas gubernamentales de creación artística), además de la manifestación artística mexicana por antonomasia: el mural. Pero tampoco podemos ingenuamente decir que la Revolución es buena y que Porfirio Díaz es malo. Muchos de los problemas actuales son los mismos que los pre-revolucionarios: problemas que claramente no se resolvieron en el transcurso de la canonización de caudillos. Creo que nuestro deber con la Revolución, antes que cualquier otra cosa, es encontrarla.

Ana Laura Magis Weinberg (Ciudad de México, 1988) estudia Letras Inglesas en la UNAM con afán de terminar lo antes posible. Es lectora profesional, traductora de hobby, y en sus ratos libres quisiera ser escritora.

De las frases gloriosas como «Tierra y Libertad» y «No reelección» que abanderaron la lucha de un pueblo, no quedan más que leyendas de heroicos líderes, pero también queda la esperanza de una nación que buscó limpiar sus incipientes instituciones para fundar una estructura jurídica e institucional que fuera capaz de satisfacer sus necesidades y representar sus intereses. Es por ello que no debemos considerar que la Revolución sea un proceso acabado; al contrario, asumir que el México que conocemos es resultado de dicho proceso nos obliga a estar en un estado de permanente introspección y autocrítica, siempre evaluando y cuestionando las consecuencias de esa guerra pero sin dejar de lado que nuestra sociedad no es la misma de hace 100 años. Sin embargo, hay problemas que no hemos logrado resolver y, por tanto, los jóvenes debemos ser capaces de ofrecer soluciones cada vez más complejas, desde lo individual hasta la organización colectiva.

Blanca E. Cervantes Lagunes (Ciudad de México, 1988) estudia Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

¿Y la Revolución, apá?

¿Se le puede llamar «revolucionario» a Madero? Tal vez se le pueda llamar el iniciador de la Revolución, pero creo que el mote de revolucionario auténtico le queda grande. Madero en realidad sólo deseaba un cambio político; una vez en el poder, mantuvo a los ministros del porfiriato, es decir, no introdujo ningún cambio en la estructura social y económica. Una revolución busca estos cambios. Zapata, Villa y Flores Magón sí los deseaban, aunque este último no creía tanto en las armas. A 100 años de la lucha revolucionaria, aún es lastimero ver cómo los cambios siguen sin llegar, resulta hipócrita ver cómo los gobiernos actuales festejan y veneran a gente como Villa y Zapata, ¿qué raro, no? Ellos fueron quienes los mataron, ellos fueron los enemigos del cambio. Y lo siguen y lo seguirán siendo, por los siglos de los siglos, amén.

Eduardo Ernesto «Bun» Alonso Saldaña (Gómez Palacio, Durango, 1989) estudia informática en el Instituto Tecnológico Superior de Lerdo y es miembro del taller literario de Saúl Rosales en el Teatro Isauro Martínez y del taller de Gerardo Monroy.

El 20 de noviembre más allá de ser una fecha para recordar con orgullo y celebrar –como promueven algunos políticos– que los mexicanos se unieron en la lucha para obtener mejores condiciones sociales, se trata de una fecha que invita a reflexionar sobre el estado del Estado mexicano: ¿qué tanto ha cambiado desde entonces? Hoy vemos cifras alarmantes: pobreza (49 por ciento), desempleo (5.1 por ciento), falta de acceso a servicios de salud (40 por ciento), rezago educativo (31 por ciento), y violencia por crimen organizado (28,000 muertes); y también vemos a gobernantes disputándose puestos de poder y jactándose de sus actos… ¡la descripción parece la del México de 1910! Bajo estas circunstancias, conmemorar la Revolución mexicana no resulta motivo para encomiarse, sino para pensar y (re)plantear México pero sin perderse en individualismos que únicamente atentan contra la nación y obstaculizan su potencial de progreso. El futuro se construye en función de lo que se tiene y se quiere lograr, ¿qué México queremos?

Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) estudia Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

El legado de los procesos iniciados en 1910 debiera motivar la revisión de las condiciones de existencia a la luz de aquellas injusticias contra las que luchó el México revolucionario. Mas hoy la vida de los mexicanos no está marcada por un replanteamiento crítico de las estructuras de poder, ni una democratización real de la vida nacional. Una dictadura partidista sustituyó la personalista y los distintos grupos que impulsaron el movimiento en sus inicios siguieron reivindicando intereses desde trincheras separadas, por lo que una clase dominante logró establecer su poderío sobre la mayoría fiada en las promesas del «régimen de la revolución». Rescatar la conciencia histórica sin mitificar nuestro pasado y reconocer que no vivimos un régimen revolucionario sino una realidad altamente contrarrevolucionaria son pasos necesarios para rescatar un proyecto que modifique estructuras que oprimen la mente y el espíritu impidiéndonos dotar de un nuevo significado la idea misma de revolución en el siglo XXI.

Ingrid Elizabeth Altamirano Vázquez (Ciudad de México, 1986) es asistente de investigación en el Programa El mundo en el siglo XXI y miembro del proyecto «Crisis, geoeconomía y geopolítica del capital en una era de transición hegemónica» del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.

La Revolución mexicana fue un levantamiento heterogéneo. No fue un movimiento ni sectorial ni regional, ni de una clase o estrato social en particular. Fue un movimiento de una incipiente clase media educada, un movimiento campesino, un movimiento burgués, un movimiento sindical, un movimiento de cacicazgos, un movimiento de marginados, un movimiento del norte, un  movimiento regional, un movimiento nacional. Un movimiento que reflejó la complejidad y las múltiples facetas de un país contradictorio, dual, casi esquizofrénico, de un país que ingresa al siglo XX pujante, vigoroso, próspero; pero plagado de desigualdad, de marginación, de exclusión. La Revolución mexicana representa la muerte de una utopía, la muerte del anhelo juvenil de una nación que soñaba con consolidar un proyecto verdaderamente nacional, incluyente, diferente. Representa un cruento choque con la realidad, el inicio de una etapa de «madurez», una madurez que, a largo plazo, sólo serviría para acentuar y perpetuar esa dualidad, esa contradicción, esa desigualdad.

Jaime Vigna Gómez (Ciudad de México, 1987) estudia Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Lo que hay que decir sobre la Revolución mexicana, creo, se resume en el Monumento a la Revolución, el enorme Palacio de Legislativo que nunca fue, y cuyos trabajos se vieron interrumpidos por la falta de recursos (suprimir a los «alzados», no era ni es barato). La obra proyectada de Émile Bernard permaneció abandonada hasta 1933, cuando comenzaron los trabajos para reconvertir la enorme estructura Art déco en un monumento apaciguador. ¿Símbolo del país que recicla sus ruinas? En los sótanos había un museo que, hasta donde mi memoria alcanza, siempre estuvo cerrado. De niños jugábamos cascaritas en los prados a sus pies. Desde la portería, observando la cima de su cúpula de jade, esperaba que sus arcos se tornaran en piernas y que saliera caminando dejando tras de sí una devastación de autos apachurrados. Que esa gigante ruina intentara no ser una ruina que pusiera en orden no sé qué cosas.

Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Escritor. Colabora en redes de blogs y revistas en México y España. Asistió a la Escuela de escritores de la SOGEM.

Hado revolucionario

Pese a quienes han encontrado en la negación o la impugnación tajantes un cómodo entretenimiento, la revolución mexicana –ese mito fundado en la utopía de libertad, igualdad y justicia para los menesterosos– seguirá representando, para millones de mexicanos, un futuro promisorio y una reconciliación con el pasado. Durante casi un siglo, la revolución fue el bastimento moral que permitió que generaciones enteras transitaran –con éxito relativo– al erial de la modernidad, y nada, en medio de nuestra actual desolación, es capaz de ofrecernos un mejor remanso. Pero la vigencia de ese mito no puede ser eterna. Decir que las nuevas generaciones refundaremos la utopía nacional sería tan falso como autocomplaciente; pienso, más bien, que, al igual que los rusos, los mexicanos rumiaremos una revolución que se marchita y desdibuja, impotentes e incapaces de evitar que el nihilismo de la modernidad, con sus gélidas industrias, su hueca democracia y su vacua prosperidad, engulla nuestros denuedos.

Ramsés LV (Ciudad de México, 1986) es director de Cuadrivio.

Lo que hay que decir sobre la Revolución mexicana, creo, se resume en el Monumento a la Revolución, el enorme Palacio de Legislativo que nunca fue, y cuyos trabajos se vieron interrumpidos por la falta de recursos (suprimir a los «alzados», no era ni es barato). La obra proyectada de Émile Bernard permaneció abandonada  hasta 1933, cuando comenzaron los trabajos para reconvertir la enorme estructura Art déco en un monumento apaciguador. ¿Símbolo del país que recicla sus ruinas? En los sótanos había un museo que, hasta donde mi memoria alcanza, siempre estuvo cerrado. De niños jugábamos cascaritas en los prados a sus pies. Desde la portería, observando la cima de su cúpula de jade, esperaba que sus arcos se tornaran en piernas y que saliera caminando dejando tras de sí una devastación de autos apachurrados. Que esa gigante ruina intentara no ser una ruina que pusiera en orden no sé qué cosas.

Óscar Luviano (Ciudad de México, 1968). Escritor. Colabora en redes de blogs y revistas en México y España. Asistió a la Escuela de escritores de la SOGEM.

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Un comentario a “La Revolución en un mosaico”

  1. Felipe Sánchez Barría. 21 noviembre 2010 at 17:28 #

    Por años, el discurso oficial de La Revolución fue la de un movimiento esencialmente popular, cuya consecuencia más profunda fue la creación de un Estado revolucionario inclusivo popularmente y anti-oligarca. Sin embargo, luego de la matanza de Tlatelolco esta visión fue criticada duramente, aduciendo que la Revolución fue combatida por los grupos populares pero que los verdaderos vencedores fueron las élites del norte, siendo éstos los forjadores de un Estado posrevolucionario autoritario, represivo y centralizador.
    Lo cierto es que La Revolución no se puede entender en términos de clase (popular o élite), sino en términos de proyectos políticos. Carranza y los sonorenses tenían una concepción de Estado e institucionalidad más acabada que la que pudo tener Villa, mientras que el proyecto político de Zapata tenía relación directa con su concepción sobre la propiedad y uso de la tierra y quién tenía el derecho de distribuirla dentro de la comunidad.
    Así La Revolución surgió como un momento de aceleración histórica donde varios elementos se conjugaron para dar inicio a uno de los sucesos históricos fundamentales en América Latina durante el siglo XX.


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